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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Darragh McKeon: Todo lo que es sólido se disuelve en el aire

Idioma original: inglés
Título original:  All That Is Solid Melts into Air
Año de publicación: 2015
Traducción: Rocío Martínez Ranedo
Valoración: bastante recomendable

Ventajas de los tsundokus: uno acostumbra a rebuscar entre pilas de libros que están ahí por los motivos más peregrinos (en este caso, Alba Editorial me lo envió de "acompañamiento" con otro libro) hasta que, de repente, uno se fija en algo, ve la portada, atiende más que el primer día a la sinopsis y, touché, se da cuenta de que esta es una novela sobre Chernóbil. Detalle oportunista a más no poder, claro, pero es que ya reseñé, hace algún tiempo, la esplendorosa Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich, que McKeon menciona al final del libro, y al que hasta cierto punto esta novela de curioso título (extraído de un texto de Karl Marx) viene a complementar. Donde Aleksiévich enumera testigos a los que humaniza uno a uno, McKeon genera una trama extendida a través de 25 años (bueno, más bien con un salto temporal final), dramatiza, si ello es posible cuando la realidad ya fue estremecedoramente dramática, aportando una historia de personajes que se cruzan y se integran de forma fluida, efectiva, no una trama en el sentido detectivesco sino más bien una red tejida al estilo de ciertas películas de Robert Altman, salvando todas las distancias.
Porque a McKeon le ha salido una brillante novela a base de tiznarlo todo de gris. La sensación es casi física y, aunque la novela tarde unas decenas de páginas en arrancar, aunque ese tramo inicial pueda desorientar a más de un lector impaciente, la espera vale la pena. En cuanto irrumpe la cuestión del accidente todo toma sentido y comprendemos que nada está ahí al azar, que habrá algún tipo de encaje o de confluencia. Artiom, hijo de gente del campo en la cercanía de la central, Maria, empleada de hospital, Grigory, cirujano comprometido con su profesión, Yevgueni, niño prodigio al piano que ha decidido adaptarse a un entorno hostil. McKeon ensambla esas piezas aportando veracidad y coherencia, quizás optando con la ventaja de conocer el desarrollo de los hechos, su conclusión y sus aparatosas consecuencias. Chernóbil, el accidente como ejemplo de los riesgos de la energía nuclear, claro, pero también el agudo análisis de la calculada paralización y silenciamiento de los hechos por el aparato del régimen, de ese reactor que en su estallido se constituye en metáfora de la caída del Imperio, en la espoleta del desmembramiento de la URSS, de la caída del muro, de la construcción de la nueva Europa que se estampará décadas más tardes contra la imposibilidad emanente de sus contradicciones.
El epílogo, fechado en 2011, con Yevgueni en un escéptico regreso a su país para recibir unos honores de los que duda profundamente, confirma esa ambición. McKeon podría haberse limitado a aprovechar las enormes posibilidades dramáticas de los hechos reales, que daban para una historia intensa, para cualquier tragedia en grado mayúsculo. Pero traza esa pincelada a posteriori y ello convierte a la novela en un notable y subliminal ejemplo de ambición narrativa.

2 comentarios:

  1. Francesc, solo con que sea la..no sé.. la mitad de bueno que Voces de Chernobyl, ya será excepcional. Sobre el libro de Alexievich me tocó hacer un estudio bastante concienzudo y acabé tan tocada que no he querido ver la serie aún.
    En fin, todo lo que hay alrededor de Chernobyl: el engaño, el silencio, los olores, la enfermedad, y, por supuesto, la muerte, hace estremecer de pavor. Quizás yo sea muy sensible o ñoña, pero todas las amigas que han leído ese libro me han dicho que también les ha hecho llorar.



    Saludos

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  2. Lupita: salvo por la cuestión de los hechos, no tiene nada que ver. Se trata de una ficción construida sobre el edificio de la realidad, y entiendo que dispone de sus licencias pues todo lo de Chernobyl no parece muy proclive a los finales ni lejanamente felices. El de Aleksievich es ya historia de la literatura moderna, directa, funcional, y sin concesiones a lo agradable.

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