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lunes, 12 de junio de 2017

Virginia Aguilera: Ojos ciegos



Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016

Valoración: Recomendable


Lo que me picó la curiosidad e indujo a leer Ojos Ciegos fueron el pequeño cúmulo de detalles que la envolvían; una historia ambientada en 1868, en los meses previos al estallido de la revolución conocida como La Gloriosa, emplazada en los desolados páramos turolenses y protagonizada por un juez prácticamente ciego y su ayudante, una impetuosa adolescente. Rasgos más que suficientes en mi caso como para sugerir una posible lectura inédita y sorprendente. A su vez, Ojos Ciegos contaba con el aval del galardón –sí, este es de los casos en que este tipo de reconocimientos mantiene todavía algún valor- que por unanimidad le deparó el jurado de la última edición del Premio Francisco García Pavón de narrativa policíaca.

La curiosidad ha tenido merecida recompensa. Virginia Aguilera (Zaragoza, 1980) ha armado en Ojos Ciegos una trama que funciona -aunque sin pretender poner a mil la adrenalina del lector- gracias a unos personajes con carisma y tirón como el juez Juan Carlos Rodríguez, que contrapone a su limitación sensorial una mentalidad abierta y convicciones firmes, y su ayudante, Candela, que con 17 años –casi veinte menos que el Juez- se asoma a las turbulentas relaciones de los habitantes del falansterio de Villacadima, una de esas comunidades creadas al albur de las ideas del socialismo utópico desarrolladas por teóricos como Charles Fourier.

El detonante de la acción es la desaparición de una de las integrantes del falansterio también llamado Alegría, lo que da pie a la investigación sobre cómo se organiza y articula esta utópica colectividad, igualitaria y autosuficiente, de aíres edénicos. Lo que no deja de ser una reflexión sobre el funcionamiento de la mente humana, lo inevitable de su pulsión egoísta y de su tendencia a buscar la plenitud propia mediante el sometimiento ajeno y lo inviable de los modelos de organización comunitaria basados en exclusiva en el principio de la intrínseca bondad humana.

Conocer la decencia, predicarla, imponerla a los demás y ser incapaz de domeñar las bajas pasiones. También Candela había detectado en la maestra esa lubricidad en la mirada de una mujer que se pretendía templada, una codicia de placer escondida tras un falso estoicismo.” Por supuesto, Ojos Ciegos, como cualquier narración del género, va de lo que media entre la apariencia a la realidad, entre las formas y el fondo. Que este descubrimiento esté en gran parte a expensas de una adolescente recatada e insegura, y a la vez audaz y lúcida, genera un vínculo potente entre el personaje y el lector que hace de palanca y empuja el afán de éste por leer y descubrir. Que el relato transcurra entre la sequedad, aspereza y rigores de la comarca turolense del Jiloca –aunque la propia editorial madrileña se empeñe en la faja de portada en situarla en el Pirineo- nos viene a recordar que esos parajes condenados al silencio y al olvido también existen. Y que la autora recree toda esta atmósfera con un lenguaje cuidado y pulido, con un tono acorde a la época y afinado a la actualidad supone igualmente un mérito que agradecerle.

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