Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: bastante recomendable
Los detractores dirán (no importa, lo dicen también de Houellebecq, que es uno de los mejores escritores vivos, si no el mejor) que Santiago Lorenzo lleva muchos años escribiendo el mismo libro. Incluso hay quien dirá que Contenta, aunque su portada apueste por un gris anodino frente a los tonos verdosos, cierra una trilogía que podríamos adjetivar como rural o algo así. Son ya seis novelas, en lapsos más o menos pausados, que comparten, además de la cuidada edición de Blackie Books, aspectos notables. Las seis publicadas tras la crisis de las sub prime, las seis con protagonistas que difícilmente calificaríamos de triunfadores, las seis rebañadas en el peculiar estilo narrativo de Lorenzo, una mezcla eficaz y novedosa que puede chapotear por igual en el chascarrillo, en el neoanacronismo, en una socarronería con medio pie hundido en la tragedia, siempre apunto de ser levantado, siempre arrastrando algo de barro.
Si bien Contenta nos depara un primer golpe de efecto allá por el capítulo cuarto, un golpe que la convierte indudablemente en una novela más política y más social que algunas de sus precedentes. Que no voy a desvelar aquí, por supuesto. Pero que supone un cambio de registro, aunque sea puntual, y que me hace pensar que Lorenzo no quiere quedarse en un rincón casi Pynchoniano de escritor de tramas extrañas, nombres estrambóticos y guiños indescifrables. Que está tejiendo un mundo, un universo que combina giros vitales a los que el mundo actual empuja, casi siempre en contra de nuestra voluntad.
Cecilia es una joven que se ha formado en algo que está en crisis: la producción audiovisual ya no es una garantía de forrarse. Su padre ha fallecido y ella no puede seguir pagando el alquiler del piso donde vive. Toca reinventarse, entrada la treintena, pues no le ha tocado esa lotería de la herencia. Sus quince minutos de fama parecen evaporarse cuando recibe un estrambótico encargo, hacer un reportaje sobre un pequeño pueblo que resulta ser de todo menos algo reportable. Acaba viviendo allí, a base de encadenar pequeñas tareas que, junto a la cesión de una exigua vivienda propiedad del ayuntamiento, le permitirán establecerse, seguir precariamente adelante y empezar a relacionarse con el entorno, un entorno que contradice sus primeras reticencias, que se muestra algo más acogedor de lo que preveía, pero aun así, con sus pequeños trucos escondidos.
Lo dicho: Lorenzo muestra personalidad, insiste en ella, se desmarca con tozudez de adscripción a movimiento alguno, actúa como un francotirador - de perdigones, eso sí - y continua creando un universo que, lejos de ser repetitivo e intercambiable, es rico y muestra nuevas facetas e incluso algún firme compromiso.
Previamente reseñado de Lorenzo en ULAD: aquí
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