Traducción
al castellano: Anne-Hélène Suárez
Año
de publicación: 1943-44
Valoración:
Está bien
La escritora china Zhang Ai-ling, más conocida por la
versión anglosajona de su nombre, Eileen Chang, nació a principios del s. XX en
el seno de una familia aristocrática de Shanghái, una ciudad portuaria que por
aquella época era de las más modernas de Asia, y en la que el imperialismo británico
y las concesiones extranjeras provocaban grandes desigualdades. Chang recibió
una educación cosmopolita y bilingüe, pero tuvo una infancia difícil, con un
padre violento y adicto al opio. Además le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial,
y después la revolución comunista, con lo que decidió marcharse. Fue primero a
Hong Kong y más tarde a los Estados Unidos, donde pasaría el resto de su vida.
Empezó a escribir estando aún en China, durante la
ocupación japonesa, y sus cuentos destilan decadencia, melancolía y pesimismo.
Sabiendo en qué contexto pasaron sus primeras décadas de vida, no es de
extrañar.
Las historias de Chang hablan de la dificultad de comunicarse
y amar en medio de presiones sociales y diferencias de clase. Son historias
tristes, sin final feliz. Los ambientes son elegantes, igual que el lenguaje de
la autora, pero sus personajes son desdichados, y no tienen expectativas de
dejar de serlo. El tono es siempre tenso y desasosegante. Algunos episodios son
de una violencia apabullante.
Los relatos están presentados por un narrador que rompe lo que se conoce como “cuarta pared”: nos invita a “escucharle” mientras quema unos granos de incienso, o mientras prepara un té. Los cuentos durarían lo mismo que estas actividades. Este formato nos hace adentrarnos en el mundo de Chang, que convierte así sus historias en confidencias. Pese a esto, no dejan de resultar ajenas. A mí en todo caso me resultó difícil identificarme con el sufrimiento de los personajes de estos cuentos. Quizás sea porque la autora, aunque los trate con compasión, mantiene la distancia. O quizás se deba a mi lejanía de su cultura, porque los sentimientos que describe son sin duda universales, pero la perspectiva no lo es: es una perspectiva extraña, exótica en esencia (y no en forma, como pueda ser a veces la perspectiva que intentan dar los escritores occidentales a sus novelas de ambientación oriental). En este sentido, leer a Chang es una experiencia enriquecedora, aunque a mí me pareciera emocionalmente estéril.
El sabor que dejan estos relatos es amargo. Están muy bien escritos y su lectura es interesante, pero ¡qué desconsuelo!
Otro libro de Eileen Chang reseñado por ULAD: Un amor que destruye ciudades.
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