Traducción: Patricia Pizarroso y Marc Casals
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable
Save Kovačevića 15, Prijedor 79000, Bosnia y Herzegovina. Esta es la dirección del rascacielos rojo, bloque construido en el año 1975, bloque en el que reside el propio autor de la novela y bloque a través del cual se cuentan los últimos 50 años de Yugoslavia / Posyugoslavia.
Eso de contar la vida a través de lo que va sucediendo en un bloque de viviendas es una idea muy perecquiana. ¡Tomar como punto de partida un espacio cerrado para, a partir de ahí, contar la historia de un lugar y un tiempo es algo que ya hizo Perec en La vida instrucciones de uso! Y no solo la idea, también a nivel estructural hay semejanzas con la obra de Perec ya que El rascacielos rojo se estructura en breves capítulos con los que se rompe la linealidad, que comparten personajes que irán apareciendo y desapareciendo, etc. Ahora bien, pese a estas semejanzas y a esa idea de puzzle que las une, la del francés es una obra más ficcional y lúdica que la de Cvijetic, mucho más anclada a una realidad terrible.
Porque lo que en 1975 fue un bloque de vanguardia construido para, en su mayoría, trabajadores con independencia de su origen "étnico" se convirtió en una perfecta metáfora de lo que sería después una región en la que la convivencia se convirtió en un arma mortal. Y en este sentido, hay dos imágenes centrales en el texto: un muñeco de cartón de Tito que se va pudriendo en un jardín y un muñeco de nieve cipotudo.
Así, encontramos relatos (o capítulos, porque en realidad El rascacielos rojo es una novela formada por 32 relatos interconectados + algún bonus track) que hablan de esos tiempos iniciales que los más viejos aún recuerdan (una gran terraza en la azotea y unas vistas de la ciudad que incluso los aviadores habrían soñado con tener) y que son puestos, de diversas formas, en contraposición con tiempos más recientes. Hablamos de finales de los 70 y primeros 80, años que, si bien parecían idílicos, fueron el catalizador sangriento de lo que vendría después.
Y lo que vino después fue una sucesión de desgracias, de muertes y venganzas en las ni una sola persona sintió vergüenza ni agachó la cabeza. Ni uno Nadie. Todos y cada uno. Un desierto. Y los textos hablan de vecinos matando a vecinos, de madres que se junta para paliar la soledad, de sueños rotos, finales trágicos, transiciones no del todo modélicas, etc. Hasta el punto de que hoy el pueblo vertical está cada vez más vacío, y solo queda la bilis tras la eclosión de tanta maldad.
Por suerte para el lector, dentro de todo este dolor y esta tragedia hay espacio para el humor. Personajes grotescos y excesivos en su bondad y en su maldad dan lugar a situaciones grotescas y excesivas, un poco al estilo de las primeras películas de los hermanos Coen. Negro negrísimo, sí, pero humor al fin y al cabo. Solo eso nos salva.

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