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domingo, 21 de mayo de 2023

Espido Freire: Donde siempre es octubre

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1999

Valoración: Recomendable

 

Puede que tenga una idea romántica, y antigua, y equivocada, de lo que debe ser un escritor, o mejor dicho de la imagen que debe transmitir un escritor: alguien quizá huidizo, más bien serio o a lo sumo irónico, encerrado en un mundo algo extraño en el que al resto de los mortales nos es difícil penetrar. Sin exagerar tanto, quizá alguien simplemente discreto y que pasa del mundanal ruido. Quizá por eso me caen más bien gordos los autores que de repente se hacen famosos y se prodigan en los medios, a veces porque los medios les requieren para conseguir una aureola cultural, a veces porque ellos mismos los buscan porque mola (y vende, claro) eso de llamar la atención. A todos se nos ocurren nombres que no voy a repetir. Seguramente por eso, porque tuvo su momento de fuerte exposición mediática, tenía yo cierta prevención hacia mi paisana Espido Freire a la que, desde mi ignorancia, lo confieso, no le veía méritos para prodigarse en prensa y TV como lo hacía. Pero claro, y con esto termino esta intro demasiado larga, uno va cumpliendo años y en algunas cosas se va haciendo más tolerante (en otras, menos).

Así que escojo esta novela de 1999 que Espido escribió con solo veinticinco años, y que además no era la primera sino la segunda, después de una Irlanda por lo visto bastante exitosa. La autora mostraba en el ámbito narrativo una productividad envidiable a finales de los 90 y principios de los 2000, que después parece que se fue espaciando y dejando más hueco a otro tipo de creaciones (libro juvenil, ensayo). Y, por lo que mí respecta, considero que su trayectoria empezó muy dignamente.

De momento, Espido hace algo que no es inusual pero para lo que, a mi modo de ver, hay que tener cierto atrevimiento: inventarse un entorno. Nos vienen a la cabeza esas localizaciones imaginarias tan famosas que todos conocemos, y ahora añadimos otra más, Oilea, una pequeña ciudad provinciana de la que solo sabemos unas pocas cosas, que está dividida en dos zonas casi impermeables (el norte de ricos, el sur de pobres, ya, algo tópico) y que tiene un casino de corte clásico, feudo también casi inexpugnable de la parte masculina de la sociedad. No conocemos nada más de sus edificios, tiendas o parques, solo que todas sus calles tienen nombres de flores, asignados de una forma bastante original. En su ausencia de descripciones físicas Oilea no es realmente tanto una localización geográfica como un escenario emotivo, un poco en la línea del Obaba de Bernardo Atxaga. Es un estado de ánimo, el reino del aburrimiento y la mezquindad de pequeños escarceos amorosos, aunque da para presentar realidades interesantes, como la de aquella mujer enamoriscada, que no vivía sino que imaginaba su vida, condenándose así a la inacción. 

Sin embargo, el pueblo es también escenario de situaciones escabrosas y otras donde domina el misterio, como la extraña casa de Feigenbaum, donde irrumpen inexplicables bandadas de mariposas, o el enigmático personaje de Loredana (seguramente el más potente del relato), aquejada de porfiria y que parece esconder algo maligno que no se sabe si está en su cuerpo, en su cabeza o en la cabeza de los demás. Estos pasajes de cierto tono gótico en los que afloran toques de realismo mágico, son quizá donde mejor se desenvuelve la autora.

Porque otra peculiaridad del libro es su formato. Es al mismo tiempo una novela fraccionaria y un libro de relatos con personajes y situaciones comunes, podemos leerlo como queramos, aunque en realidad tiene más de lo primero que de lo segundo. Aunque los breves capítulos son hasta cierto punto autoconcluyentes, forman un mosaico a través del cual se contemplan, desde distintos puntos de vista, las relaciones entre los habitantes de Oilea. Aquí vamos a disculparle a la joven Espido que nos sature un tanto con nombres extravagantes que sin duda pretenden evitar que localicemos la narración en un lugar o época determinados, pero que, más que otra cosa, contribuyen a sembrar confusión. Pero lo cierto es que son demasiados personajes, que sí, que funcionan a modo de relato coral, pero es inevitable que provoquen el despiste del lector.

Como es entendible también, pero un poco menos disculpable, que se hurte información mostrando cuadros repentinos que, uno a uno, crean una interesante atmósfera de desconcierto, pero dan lugar al apreciable riesgo de dejar al lector fuera de los hilos con los que se teje la narración. Dicho de otra forma, está claro que la autora controla muy bien las andanzas de sus personajes, sus conexiones y sus trayectorias, pero si lo expone de forma atomizada puede que quien lee solo aprecie puntos de interés aislados, se pierda ante los vacíos y los saltos y, lo que es mucho peor, acabe por desistir de buscar una lógica narrativa sólida. En cualquier caso, los capítulos están escritos casi todos ellos con una estimable técnica próxima al microrrelato, con un desarrollo generalmente atractivo y una conclusión con el grado adecuado de sorpresa.

Por mi parte he preferido pasar un poco por encima de ese conjunto algo difícil de controlar y quedarme con los chispazos de sordidez y misterio, y con el aire decadente que desprende el muestrario. Ahí sí, el libro funciona francamente bien y muestra talento y posibilidades, quizá más para una colección de relatos que para una novela, pero la sensación general es razonablemente positiva.

P.D.: Aunque con la misma imagen y también de Seix Barral, la cubierta de mi libro era bastante menos fea que la que pongo arriba. De haberme encontrado con esta es posible que no lo hubiera leído.

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