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domingo, 28 de mayo de 2017

Conrad Schirokauer: Breve historia de la civilización china

Idioma original: inglés
Título original: A Brief History of Chinese Civilization
Traducción: Yolanda Fontal y Carlos Sandiña
Año de publicación: 1.990 (edición de 2.006)
Valoración: Está bien (Recomendable como mínimo para muy interesados)


Decía aquella famosa frase atribuida a Napoleón: ‘Cuando China despierte, el mundo temblará’, o algo así. Bueno, pues ya ha despertado, quizá no como imaginó Napoleón, sino en una desconcertante metamorfosis desde el comunismo hermético del ‘Libro rojo’ hasta el actual capitalismo rampante bajo Partido único. Mutación que las cancillerías occidentales seguramente acogieron con regocijo, que siempre es mejor que te compren a que te bombardeen (o no?) Así que, antes de que el chino se imponga como lengua obligatoria en próximas leyes de educación, haremos bien en ir informándonos un poco por encima sobre el origen de ese inmenso país, que ya nos provee de buena parte de los bienes que consumimos –y ya no sólo de los más baratos.

Cuando manejamos un libro de Historia que abarca una cronología muy extensa, el problema es casi siempre el mismo: de no ser que estemos muy interesados o dominemos un poco determinados periodos, las fases más remotas normalmente nos resultan ajenas y, en definitiva, el texto acaba por aburrirnos un poco. No les digo nada si además hablamos de una cultura de la que, como lectores occidentales, desconocemos prácticamente todo, empezando por el idioma. No nos engañemos, no es fácil lidiar con decenas, tal vez cientos, de Song, Han, Tang, Wang, Li, Chang, y así sucesivamente; sin las referencias visuales que, por mínimas o estereotipadas que sean, tenemos de personajes más próximos, sean europeos, egipcios o indios americanos; y con la consecuente imposibilidad de distinguir, ni por nombre ni por imagen, a emperadores, políticos o artistas, y menos aún al pueblo llano, a lo largo de muchos siglos. 

En tales situaciones el lector queda desarmado, perdido como un náufrago en mitad del océano. Nunca voy a defender que un historiador deba utilizar trucos para entretener a sus lectores, pero las materias pueden presentarse de diferentes formas, y el autor puede tener o no la habilidad de utilizar la más adecuada al target teórico del libro (ese lector occidental y poco informado sobre el tema, o sea, nosotros). En este caso, lo cierto es que ni el profesor Schirokauer ni –aún menos- su colaboradora Miranda Brown (que firma los tres primeros capítulos) brillan precisamente en esa faceta, de forma que aproximadamente la primera mitad del libro se hace un tanto árida.

Tampoco contribuye a aligerar el peso la notable atención que se presta el pensamiento y las artes. Desde muy pronto tenemos una presentación de las tres corrientes religiosas básicas en la sociedad china (confucianismo, taoísmo y budismo), cuya evolución se irá revisando a lo largo de los diferentes periodos históricos. E igualmente vamos teniendo noticia de las tendencias artísticas, en concreto literatura y pintura/caligrafía. En principio es de agradecer la atención que se presta a estas cuestiones, muchas veces relegadas en los libros de Historia, pero hay que admitir que tampoco aquí las cosas son fáciles porque la distancia entre las culturas orientales y el lector occidental resulta una vez más abrumadora. Y, a mi modo de ver, el libro no facilita el camino, acumulando demasiados datos, excesiva información que no permite una visión clara del conjunto.

Como era de esperar, según avanzan los siglos y las dinastías la lectura empieza a resultar más digerible. Empezamos a entender que China no es en absoluto un país uniforme, sino un gran mosaico étnico en el que ni siquiera sus emperadores tuvieron siempre el mismo origen nacional. Y, como tampoco podía ser de otra manera, las cosas cambian de forma decisiva en cuanto asistimos al momento en que el gigante asiático comienza a recibir visitantes europeos, es decir, del otro confín del mundo. Llegan por supuesto los ingleses, pero también holandeses, rusos, portugueses y franceses, mientras se incrementa la tensión con vecinos más cercanos, sobre todo Japón. Esta etapa que se podría llamar de ‘apertura forzosa’ me parece especialmente significativa. China es un país (imperio, región, como se quiera) casi siempre dividido, sumido en conflictos internos o fronterizos (Mongolia, Manchuria, Tibet), pero es también un territorio inmenso, con instituciones reconocibles y dinastías imperiales desde el Neolítico. Y sin embargo, en cuanto se encuentra al extranjero (occidental), con sus inventos, su vestimenta y sus armas, el gigante parece desmoronarse, como un ser enorme y primitivo, incapaz siquiera de defenderse. De forma que, desde la Guerra del opio  hasta la Segunda Guerra mundial (en la que apenas tuvo una intervención relevante), China perdió prácticamente todas las guerras que mantuvo –contra Inglaterra, Francia, Rusia y Japón- y en ese proceso fue también cediendo en todo lo que le exigieron: territorios, prerrogativas comerciales, pagos en metálico.

Este panorama deprimido desemboca en distintos episodios de enfrentamientos internos, que sucesivamente provocan la caída de la última dinastía (Qing), el ascenso del nacionalismo y finalmente la revolución comunista. Bueno, hasta que ésta, medio siglo después, ha alumbrado el peculiarísimo régimen actual al que me refería al principio. Claramente, este última parte del libro resulta mucho más asequible, en tanto en cuanto empezamos a reconocer a los actores y los acontecimientos nos resultan más cercanos. 

Una vez más, creo que me he extendido más de la cuenta. Así que termino sintetizando al máximo: libro denso, estructurado de forma cronológica y con algunos útiles esquemas que presentan las distintas épocas de forma visual, materia interesante aunque ardua en su mayor parte, y autores que no consiguen del todo mantener la atención del lector corriente. Resultado: Está bien (o tal vez un poquito más).

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