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sábado, 23 de agosto de 2014

Fernando Vallejo: Mi hermano el alcalde

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable

Tiempo de ismos? Bueno, con Vallejo tenemos algunos de esos. Cinismo y lirismo asegurados. Pesimismo y escepticismo, prácticamente. Y la duda, como siempre la duda que me asaltó con El desbarrancadero. Hasta qué punto cierto, hasta qué punto su creación. Seamos pragmáticos: si en el fondo nos da igual. Mientras Vallejo regale pasajes como el inicial del libro, estamos para poner pegas. Vean otros escritores la de páginas que necesitan para rozar tan siquiera las orillas del océano en el que Vallejo se baña y se rebaña en apenas un par de párrafos. Y es que el colombiano dispone a raudales de la virtud casi inconsciente de cautivar con cada frase, por mucho que a veces nos parece que lo que cuenta no es de gran importancia para el desarrollo de la trama, su enorme abanico de recursos siempre cala en el lector. Y no es que la trama no importe: también allí tenemos preparados puñetazos certeros en los riñones bajo apariencia de frases llenas de poder lírico.
Carlos, supuesto hermano de Vallejo, se convierte en alcalde de Támesis, población de curioso nombre en la que, se dice, todo el mundo desea ser feliz. Se convierte en alcalde porque lo decide en un episodio de delirio y tira adelante con la idea hasta que es elegido. Ha prometido cosas y sus votantes le exigen el cumplimiento de esas promesas.
Mi hermano el alcalde es una sátira sobre el poder en la que Vallejo no escatima ni uno de los recursos que le han hecho ser uno de los otros grandes escritores colombianos, o, como muy bien se le define en la solapa, una especie de Céline que arremete contra muchas cosas, un personaje que ni está cómodo ni es cómodo. Esta es una novela contada casi como si el escritor se encontrara ante nosotros sin más compañía que una taza de café, usando un lenguaje vivaz y florido, de un lirismo soez y algo acre que puede llevarnos a engaño si menospreciamos su intención. Pues ampliar la imagen, como ya sugiere Vallejo en algún momento, nos acercará a su verdadera dimensión: la toma aleatoria de la imagen de una sociedad que contrapone vitalismo a una realidad corrupta y violenta. Y así nos suministra Vallejo su abrumadura versión: como las madres que cuelan a los bebés la cucharada imitando un avión, nos da una lección de crítica, dignidad, y sabiduría.

También de Fernando Vallejo en UnLibroAlDía: Entre fantasmasLa virgen de los sicarios, El desbarrancadero

5 comentarios:

  1. Que no haya comentarios de este "obrón" tiene delito. Todavía recuerdo miles de loros volando y describiendo el valle y su realidad. Pedazo libro. Me lo leí hace muchos años y releí el año pasado. Y también lo he regalado. Claro que El desbarrancadero y La Virgen de los sicarios también me parecen cum laude. Como bien dices Francesc, Vallejo es de esos autores que regalan pasajes magistrales.

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  2. Bueno: ahora ya tiene un comentario. Aunque está eclipsado por otras obras de Vallejo (y él mismo eclipsado por su disidencia y la figura de Gabo), creo que Mi hermano el alcalde es toda una fábula sobre la cuestión de la politica local.

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  3. Jeje...yo soy tamesino y creo que la obra es muy entretenida porque el autor es un maestro de la técnica pero es una caricatura mal hecha de Támesis. Creer que se puede jugar con la personalidad de un municipio, olvidar el patrimonio que representa la cultura local y burlarse de gentes no da altura literaria. Ese es el problema del escritor que sólo tiene técnica. Que no tiene alma. Que nunca saboreará la esencia...la sustancia... el tuétano de la creación.

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  4. Creo, Anónimo tamesino, que Vallejo no se para a pensar en si ofende o si su prosa altera a quien la lee. Le veo esa pureza que puede ser fruto de la técnica o de la convicción. Para mí sí es un creador.

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  5. «— In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Gratia vobis et pax a Deo Patre nostro, populus tamesinus, dissolutus, formidolosus, sordidus, infidus, perfidus, sporcus, nefarius. Urbs sicariorum, putrida et putrefacta, Dominus vobiscum!
    Es que Carlos se expresa en un latín hermosísimo que aprendió en el seminario de La Ceja con los salesianos. Allí, en ese seminario de ese pueblo frío fue donde agarró la costumbre de abrir sotanas ajenas: botón por botón las iba abriendo como quien desgrana avemarías de un rosario. ¿Los misterios que vamos a contemplar hoy son cuáles, Carlos, a ver? Suelto al mundo exterior y a la permisividad de la vida laica, de las sotanas Carlos pasó a las braguetas de botón, que eran las que se estilaban antes. Pero la humanidad, ay, que es novelera y con tal de cambiar todo lo daña, cambió los turbadores botones por una cremallera, y así la cosa es otra cosa. Bragueta de cierre apurado no aumenta el incendio del alma». Alta literatura.

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