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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad

Idioma originalinglés
Título original: Last and First Men
Año de publicación: 1930
Traducción: Jordi Arbonés
Valoración: bastante recomendable (pero no para todos los gustos)

Ya en Hacedor de estrellas había utilizado la etiqueta "no para todos los gustos", lo cual muestra un adelanto de cómo sería leer esta novela, similar en tema, ambición y tono a aquella tan filosófica, excepcional en su estética del asombro y la inocencia y, para qué negarlo, árida hasta la extenuación. Otra etiqueta podría ser "en pequeñas dosis", pero como la he leído de corrido y manejado sus conceptos de una forma más asequible (en escalas es mucho más humilde, ¡solo la humanidad!), creo que vale la pena hacer el intento.

Es esta un recorrido entero sobre la especie humana. Nosotros aparecíamos brevemente en Hacedor de estrellas, apenas nombrando nuestra extinción en Neptuno. Acá se traza (de forma quizás muy morosa al principio y luego acelerando vertiginosamente milenios) la historia completa, desde nuestros inicios como Primera Humanidad (en la cual todavía nos encontramos) hasta la Decimoctava Humanidad (unos mil quinientos millones de años después y ya en Neptuno). Stapledon utiliza el recurso de mensaje del futuro enviado al pasado, elemento que se explicará casi al final de la novela (bastante abstracta y original la utilización, pero cargada de una imaginería difícil de asimilar), como una forma de "poseer" al autor y conminarlo a escribir lo que le relatará.

No quiero repetirme en el argumento: básicamente trata de nuestro proceder como especie a lo largo de dos mil millones de años. La Primera Humanidad, por ejemplo, y luego de guerrear repetidamente entre Europa, EE.UU y China, se reúne bajo un Estado Mundial que fracasa estrepitosamente por la obsesión hacia el principio del Motor (en el sentido de movimiento, no de motor de auto), representado en el despilfarro de energías naturales y agotando los recursos del planeta (¡plena actualidad!) y de la cual unos habitantes de la Patagonia serán el reducto último y las raíces de las que surgirá la Segunda Humanidad, que no es mejor que la Primera. Y así más o menos en cada transición hacia otra Humanidad. Stapledon menciona las características físicas y culturales de cada una, la evolución de ambas a lo largo de millares de años, los auges y decadencias de las mismas (y, algo que me sorprendió para bien, la marcada importancia de las relaciones sexuales en cada una de ellas. Para ser de 1930 es de todo menos pacato). Algunas Humanidades, como la Tercera y la Quinta son el summum de nuestra especie, dedicadas a la religión del amor y al abandono del egoísmo natural en pos de una comunidad mundial, pero con la individualidad por bandera. Otras son un desastre, como la Cuarta, unos cerebros artificiales incapaces de entender el disfrute de sus creadores, la Tercera, y por ende resentidos hasta el hartazgo, y un par más en donde directamente somos pájaros, ratas o babuinos más preocupados por nuestros instintos primales que en el conocimiento y la intuición para mejorar.

Es, entonces, una novela circular. El narrador, con una mezcla de sorpresa, desgana y lleno de compasión hacia el resto de las Humanidades, deshoja cada una con precisión de científico e incluso reconociendo lo desesperanzador de su relato, ya que pareciera que nuestro destino natural es fracasar y arruinar sociedad tras sociedad. En algún punto menciona que el sufrimiento, puesto en una balanza, es mucho mayor que nuestras alegrías. Pero Stapledon, marcado con una fuerte impronta humanista (pleno período de entreguerras, por un lado, y no tan desconocedor de lo que se venía) y a pesar de que en la novela nos extingamos, considera que ha sido un placer formar parte del género humano. 

Por ello, y por más que la novela arranque lentísimo con la Primera y termine siendo una abstracción muy potente con la Decimoctava, en la que cuesta entender la sociedad del momento (aunque sea un efecto buscado por el narrador), y lo adictivo esté en ese medio (más o menos lo que pasaba con Hacedor de estrellas: lo interesante está en la expansión de la Humanidad, y lo árido al principio, cuando todavía nos vemos limitado por una historia muy reconocible, y al final, en el que nos cuesta situarnos) comprendido por la Tercera y la Décima Humanidad, cuna de lo mejor y lo peor de nuestras acciones, nos vemos involucrados , esperanzados y desesperanzados por nuestra historia, nuestra causa, nuestras cuestiones existencialistas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué estamos acá?, ¿es el universo algo con sentido o puro y fortuito azar? Uno termina siendo partícipe de lo que ocurre en la novela, termina creyendo que, desde su individualidad y en una trama de dos mil millones de años, importa lo que hagamos, por más que el narrador desempolve la trama histórica en suspiros como "y luego de millares de años consiguieron lo que buscaban", dejando de lado las iguales vidas en cantidad que se habrán vivido en ese período y la cantidad de miserias efectuadas, pero, y eso es lo más importante, también alegría y gozo por existir. Entonces, y para ir cerrando la reseña, nada mejor que citar a Stapledon, con su visión excesivamente romántica e ilusa para unos, necesaria y veraz para otros: "Está muy bien haber sido hombre".

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