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sábado, 2 de octubre de 2021

Najat El Hachmi: El lunes nos querrán

Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: Está muy bien



En literatura, lo testimonial, comprometido, reivindicativo o todo a la vez suele ser un arma de doble filo. Establecer un equilibrio entre lo estrictamente literario y la necesidad de concienciar sobre determinados asuntos exige cierta renuncia además de dedicación y experiencia y aún así no es fácil salir airoso del intento. Najat El Hachmi no nació en Cataluña como la protagonista de su novela pero llegó a Vich con ocho años y, naturalmente, se siente catalana tal como indica el primer título que publicó, allá por 2004. Aunque, tal como se muestra en esta larga carta dirigida a su gran amiga, casi hermana, existe un desdoblamiento en las personas –sobre todo en las mujeres –que han nacido en una cultura pero han sido educadas por sus padres en otra muy diferente. Si son capaces de superar el miedo (a gritos, golpes, amenazas, habladurías) escogerán la mentalidad y forma de vida existentes en la sociedad que ha servido de caldo de cultivo para convertirse en lo que son. Porque la familia, incluso la más pacífica y tolerante, nunca va a abandonar los esquemas importados del país de origen, y esto da lugar a un chantaje emocional que, en el mejor de los casos, se daría de forma implícita pero cuya presencia constante es un hecho.

Otra vez a vuelta con las identidades. Los dilemas aquí son varios: entre lo religioso y lo laico, el hogar, reducto de las mujeres –sí, todavía, aquí y ahora– y los requerimientos de una sociedad con las exigencias que tan obvias nos parecen vistas desde fuera, entre la libertad y las normas, entre el pensamiento y la doctrina. El Hachmi no ha escrito una novela autobiográfica pero abunda en elementos de ese tipo. Al lector no le cabe duda de que es su propia experiencia la que se relata aquí, aunque la protagonista tenga otra personalidad y distinta trayectoria, aunque esa amistad indestructible entre dos chicas con parecida problemática no haya existido o lo haya hecho de otra manera. Esta relación invade el argumento y constituye el gran núcleo temático del texto, o uno de ellos, el otro, y quizá más fundamental, pues ese argumento no podría sobrevivir sin su existencia, es la culpa. Culpa por todo: por pensar de otra forma, por añorar otra vida, culpa por transgredir los mandatos y también por no tener la valentía de transgredirlos, culpa por haber nacido, o casi, culpa por ser mujer, por no ser delgada, por tener deseos y sentimientos, por carecer de referencias al pertenecer a la primera generación nacida en España, por no haber conseguido integrarse en el ambiente estudiantil, por no haber llegado a conocer Marruecos, por no ser demasiado religiosa ni lo suficientemente laica, por llevar pañuelo y por no llevarlo, por elegir mal la pareja, por haber sido estafada tras matarse a trabajar durante meses. Y por otra infinidad de motivos.

Desde esa óptica testimonial, el objetivo se ha cumplido con creces. ¡Cómo no ponernos en su lugar, comprender las paradojas a qué se ve sometida una mujer joven que empieza a sufrir cortapisas cada vez mayores y cuya única salida es encontrar un buen chico y casarse lo antes posible para liberar a la familia de su obligación de vigilarla y, de paso, obtener la ansiada libertad! Por supuesto, el elegido debe proceder de su país de origen, pero, en esas circunstancias, no es concebible que un chico de su generación mantenga la mentalidad de los mayores. El matrimonio les abrirá todas las puertas, o eso piensan unas chicas a las que se ha impedido conocer a fondo el terreno que pisaban, que no saben nada de la vida de aquí ni de la de allá ni de la de ese islote que, para lo que conviene es muy moderno y, en lo relativo a las mujeres no se ha movido ni un palmo. Me refiero a esos maridos medio adolescentes que empiezan a reproducir esquemas aprendidos en cuanto se sienten seguros en su estatus.

He leído historias sobre inmigración y desarraigo pero, si mal no recuerdo, esta es la más cercana a mí espacialmente hablando, porque habla del Estrecho, de lugares y costumbres que reconozco y comparto, y esa cercanía ha sido un plus –totalmente subjetivo– que ha compensado en parte todo lo que he echado en falta. A saber, profundidad, detalles, ampliación del plano a algo más que los dos personajes femeninos. Elementos había de sobra, pero este tipo de literatura tan cercano a la experiencia del escritor tiende a simplificar, a hurtarnos el contexto, a contarnos lo que ocurre en lugar de dejar que lo veamos directamente. Sí, los hechos pueden transcurrir ante los ojos del lector igual que ante el espectador de una película, aunque se utilicen diferentes materiales.

A pesar de haber ganado el premio Nadal de este año, eso es lo que reprocho a El lunes nos querrán- Un título que alude a esa doble identidad que les obliga a comportarse correctamente pero solo cuando pueden verlas, el resto del tiempo quizá puedan ser unas chicas normales y corrientes, hacer lo que hacen las demás, nada extraño en realidad, nada que perjudique a nadie. Pero cargan con un bagaje muy reducido y tienen que actuar a tientas, sin pautas aprendidas, sin padres a quien acudir ni otros mentores que puedan ayudarles. Concretando, respecto al contenido no tengo nada que objetar pero formalmente esperaba más. Y con razón, pues me consta que El Hachmi tiene un enfoque propio sobre cuestiones diversas y una envidiable capacidad para desprenderse de prejuicios y trampas. Escuchando sus conferencias y leyendo sus artículos se adivina una mujer inteligente y con una personalidad muy bien consolidada. En cuanto a sus habilidades literarias, tendré que seguir leyendo sus libros.

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