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jueves, 6 de septiembre de 2018

Nikos Kavvadias: La guardia

Idioma original: Griego
Título original: Βάρδια
Año de publicación: 1954
Traducción: Natividad Gálvez
Valoración: Muy recomendable

Marinero. Poeta. Apenas narrador. La guardía es la única novela que nos dejó Nikos Kavvadías, así como tres relatos breves: Li, De la Guerra y A mi caballo. Como poeta resultó igual de parco, publicando dos libros en vida –Marabú en 1933 y Calima en 1947- y uno más –Través, en 1975- editado de manera póstuma. Su rasgo personal más evidente fue la condición de marino mercante y, en consecuencia, su manera de mirar y de contarlo; “En la ribera veo un marabú muy quieto,/ y mientras él me mira a su vez insistente,/ nos parecemos -creo-: estúpidos y solos”. Marabú, por cierto, le quedó como uno de los apodos con los que fue conocido. Nikos Kavvadías –aunque también transcrito como Kavadias o Cavadias- fue él mismo un personaje solitario, fantasioso y errante. Nacido en 1910 en Usuriisk, al norte de Vladivostok, en la porción de Manchuria dominada por los rusos, se embarcó por vez primera con veinte años y, con el paréntesis de la II Guerra Mundial, no volvió jamás a pasar demasiado tiempo en tierra firme.


La guardia está estructurada en tres partes. La primera lo hace como un diálogo entre un primer oficial y un radiotelegrafista –oficio de Nikos Kavvadías- en el turno de la guardia intermedia, la menos deseada por interrumpir sin remedio el sueño. Ambos se reencuentran dieciocho años después de un incidente con cuchillo de por medio a bordo del Pytheas, un carguero de quinientas toneladas con calderas y máquinas de vapor que navega desde Singapur hacia el Norte. Los turnos de guardia en el puente de mando dan pie a rememorar las vicisitudes compartidas a las que el tiempo ha despojado de rencor para dejarlas en recuerdos de trastadas y fechorías en travesías y puertos: en Beirut o en las islas Aleutianas, en Amberes o en Sydney, en Huelva o en Argel… En sus muelles, sus cabarets y pensiones, o en las cubiertas y camarotes de los barcos que navegaron. Historias de oficiales, mecánicos, peones, estibadores, guardas, prófugos, prostitutas y madames, que parecen haber surgido de un cuadro de Jules Pascin. Personas que se inventan su personaje, que se ocultan tras máscaras para que heridas, fragilidades y traumas no sean demasiada desventaja en la lucha de todos contra todos que los más desvalidos disputan por sobrevivir. Y en la que, cuentan, el propio Kavvadías aportaba el complejo por su escaso tamaño y un físico de esos considerado como poco agradecido. De ahí, quizás, esa querencia por crear personajes fatales y feroces, marineros cosidos a tatuajes, tragos, marihuana, decepciones y traiciones: “A nosotros nos hacen falta los cuerpos celestes cuando se encuentran a determinados grados sobre el horizonte. Lo demás es cosa de los enamorados en los parques.


Por la segunda y la tercera parte de la novela desfilan más personajes de la tripulación y asistimos a nuevos detalles de la vida de los marinos mercantes, navegando hierros flotantes que deberían haber visitado hace tiempo el desguace y que son una actividad más hostil y sacrificada que el de los pasajeros, línea de negocio por la que no cabe si no el mayor de los desprecios. Aquí el relato adopta un tono más intimista y personal (“Escucha. Es como si rompiéramos un juguete para encontrar el resorte”) y son frecuentes las alusiones, fieles o exageradas, a detalles que podrían ser considerados como biografía del autor, en Grecia, en el Índico, por los mares de China; las familias de marineros de la isla jónica de Cefalonia de donde salieron sus progenitores o anécdotas como la de la cucaracha en una barra de pan que su padre se tragó diciendo que era una pasa de su isla para que no menguase su reputación como mercader de confianza, la adolescente que esquivó en Beirut la custodia que le habían confiado... 


Nikos Kavvadías dejó de navegar unos pocos meses antes de fallecer en febrero de 1975 en Atenas: “Yo que deseé tanto que un día me enterraran / en algún mar profundo de las Indias lejanas / tendré una muerte triste y bastante normal / y un funeral de esos como toda la gente”. (Todos los versos aquí citados han sido traducidos por David Hernández de la Fuente). Un busto en su homenaje le recuerda en la orilla de ese mar que fue su vida, en Argostoli, en Cefalonia, junto a Ítaca. Por lo que cuentan, en Grecia sus poemas gozan de bastante popularidad gracias a las versiones de algunos músicos como Thanos Mikroutsikos.

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