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miércoles, 17 de enero de 2018

Esther García Llovet: Cómo dejar de escribir


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Reconozco que me acerco de vez en cuando a las novedades de Anagrama. Lo hago con la ingenuidad esperanzada del adolescente que pasea cerca del portal donde vive el objeto de su deseo, lo hago esperando el encuentro casual que vaya a más, lo hago confiando que algún día se acaben los chascos y las decepciones.

Lo hago porque Jorge Herralde estuvo al mando de una editorial que me presentó a Bolaño, a Houellebecq, a Kapuscinski y al Hornby de los mejores tiempos y a algunos Auster, a Sebald y a Richard Ford. Demasiado bagaje para olvidar y demasiado bagaje para que me retraiga de hacer sangre.

Porque luego, tiempos más recientes, se unieron a esa selecta fiesta invitados no deseados. Nothomb, Trueba, algunos ya directamente deleznables, aguafiestas que les llaman, como Pablo Rivero o, el colmo de la vacuidad y la insustancialidad, el esperpento llamado También esto pasará, colofón de la infumabilidad y, en la apuesta de la editorial por atribuirle miles de cualidades, la terrorífica conquista de la sima de lo admisible, el momento en que la duda ha manchado lo que era una enseña casi inapelable.

Cómo dejar de escribir, título que parece hacer la competencia a los clickbaits, no os va a aclarar gran cosa. Novela corta que se lee en apenas una hora (curioso tanta concisión cuando la contratapa define a la autora como una admiradora de Bolaño o Foster Wallace) y en la que suceden pocas cositas. Renfo, curioso nombre para hijo y nieto de celebridades de origen latinoamericano, a la búsqueda de un manuscrito de su padre escritor, mientras se encuentra y desencuentra con personajes a la medida de la noche madrileña y de la volatilidad de los niños bien que gustan de paseos por el lado salvaje. Claudia, novia o algo así de vaivén, amigos de no menos curiosos nombres, va por aquí, va por allá, un coche viejo, poca cosita que pasa en una novela que parece un ejercicio de estilo por cuanto no hay una frase fuera de sitio, nada malo sucede en términos literarios, se va leyendo, se nota alguna hechura de influencias, se nota cierta seguridad de ser aplaudida por los de siempre por alguna ocurrencia, que para eso el mundo literario es pequeño y entre bueyes no hay cornadas.
Sin ánimo de ofender, leo que en el último Premio Herralde (el ganado por la entretenida novela de Juan Pablo Villalobos) el jurado decidió, sin premiarla, recomendar la publicación de esta obra. Que no resulta ni ofensiva ni inofensiva. que se lee tan fácil como si fuera un relato alargado publicado en una recopilación entre unos cuantos. Un viaje de autobús entre provincias, una espera que se alarga en alguna sala por una urgencia leve.
Y ahora me pregunto si he hallado en ella una sola razón para recomendar, yo, ya no publicarla, sino meramente leerla.

5 comentarios:

  1. El otro día leía a Mantuenga algo parecido sobre las desilusiones que tragaban por la empresa de estar al día. Cabe de nuestra parte, los lectores del blog, agradecerles que nos hagan de filtro para que no nos pasen esas cosas.

    En lo particular, me importa poco que las editoriales españolas publiquen lo que les salga de por ahí. En cambio, no puedo dejar de pensar en las obras que en detrimiento de estas pierden la oportunidad de llegar al lector español.
    Nueve noches de Bernardo Carvalho. La venganza de las chachas de Gabriel Santander, Las cenizas del cóndor de Butazzoni, toda la obra de la Argentina Susana Silvestre, etcétera, etcétera, etcétera. Libros que uno debe mandarse traer de Norteamérica o estar siempre al acecho de librerías de segunda mano por si algún emigrante tuvo la necesidad de venderlas.
    Y menciono solo algunas obras latinas porque es lo que conozco, imagino que lo que nos perdemos del resto del mundo o incluso de autores españoles sin enchufe debe ser monumental.
    Entiendo que las editoriales deben ganar dinero, también puedo comprender esa caducada idea de que el consumidor es quien decide, pero, ojalá el consumidor tuviera siempre la oportunidad de elegir.
    En un ámbito como la literatura, cabría esperarse que pasara.
    Y no, yo no encontré en tu reseña nada que me motivara a leer este libro.

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  2. Tengo una estantería llena de Anagramas y me jode reconocerlo pero, tras la entrada de lls italianos, creo que han bajado mucho el nivel.

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  3. Hola, Francesc:
    Creo que no caigo mal por aquí, pero lo tengo que decir. Me he leído TODO lo publicado por la Nothomb, TODO.El camino ha sido este: Descubrimiento, asombro, simpatía, aturdimiento, desgana, apatía, indiferencia, fin.
    A ese ritmo de escritura, copiandose
    a sí misma y yendo de boca al absurdo creo que no da más de sí. Explico que C
    como es muy solicitada, he sacado sus libros de la biblioteca. Petronille lo compré en un arrebato de tontería. No lo hagáis.

    Y en el caso de esta autora, pues gracias por el Consejo. Por suerte, sigue habiendo apuestas buenas, me gusta mucho lo que publican Astiberri y Acantilado, por decir algunas.
    Saludos

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  4. Bueno, asumamos que pocas editoriales suponen una garantía absoluta y que ello es bueno, en el fondo, no hace más que representar la diversidad de los gustos.
    Y Lupita, sobre Nothomb, veo que mi redactado pudiera incidir a equívoco. Me parece una escritora horrorosa, sobrevalorada y repetitiva.

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  5. He acabado el libro hace unos días y ahora buscaba alguna crítica con fundamento, no sólo que alaben a la autora y que intenten explicar el argumento. Totalmente de acuerdo con tu a preciación. Leído y ya casi, olvidado. Tenía unas expectativas muy altas pero ha sido un resultado fallido. Seguramente en un tiempo doy otra oportunidad a leer algún otro libro de ella, para quitarme el regusto amargo. O no.

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