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lunes, 20 de septiembre de 2010

Milán Füst: La historia de mi mujer

Título original: A feleségem története - Störr kapitány feljegyzései
Idioma original: húngaro
Año de publicación: 2009
Valoración: Está bien

Tropezar con la misma piedra. ¿Y si la piedra nos gusta? ¿O si tropezar con ella una y otra vez nos parece una buena manera de emplear nuestro tiempo? Es curioso la de cabezazos que nos tenemos que dar o la de años que han de transcurrir para que nos desengañemos por fin de alguien. O tal vez no nos dé la gana abrir los ojos. Eso y mucho más se plantea en esta novela que, aunque publicada por primera vez en 1942 – y editada aquí hace unos meses –, refleja rasgos humanos que estarán de actualidad mientras la materia de la que estamos hechos siga siendo la misma. Y puede aplicarse tanto a la pareja como a cualquier otro estrecho vínculo entre dos.

En este minucioso análisis de una obsesión, Füst nos presenta un personaje muy particular, cuya principal debilidad es la belleza femenina, plagado de defectos. Además de obsesivo y maniático, es ingenuo, excéntrico, indeciso e impulsivo a la vez, iracundo a veces, cascarrabias… Aunque cueste encontrarlo, el novelista está detrás, dosificando los golpes de efecto, impresionándonos con su ironía exquisita, con su conocimiento del hombre de cualquier época. Los hechos se narran en primera persona mediante un espontáneo flujo de conciencia que retrata perfectamente al protagonista con sus divagaciones, incoherencias, repeticiones, olvidos, frases deshilvanadas a veces. Consigue así dar la impresión de estar escrito sobre la marcha, por el tono casual, la inclusión de detalles aparentemente innecesarios y la provisionalidad de mucho de lo que se nos cuenta. Esta veracidad del personaje debe ser la causa de que, aunque siempre se vuelve a la misma cuestión, el interés se mantenga hasta el final. Todo el absurdo de la mente humana está concentrado en las inseguridades, manías y decisiones contradictorias de este personaje magnífico. La literatura habitualmente muestra una progresión de planteamiento a desenlace, el autor traza una línea, más o menos zigzagueante, siguiendo las normas del género y los personajes caminan por ella hasta el final. Jakab Störr, en cambio, es tan caprichoso como puede serlo cualquier ser de carne y hueso, no se atiene a las convenciones novelísticas y esto no gusta a cualquier lector.

Por eso, y a pesar de que me parece genial y muy divertida, le doy esta puntuación: no puedo recomendarla pues creo que todo el que no simpatice con el capitán se aburrirá muy pronto. A algunos les va a fascinar, otros pensarán que es insoportable. Aunque estoy del lado de los primeros, reconozco que la vida cotidiana no es muy apasionante y que esta novela la imita bastante bien. Pero, igual que en la vida, encontraremos constantes sorpresas, los personajes serán tan iguales a sí mismos (o tan inconstantes con su propia forma de ser) como podamos serlo cualquiera, las casualidades cumplen su función, de forma que la intriga está asegurada. Quizá para algunos lectores no sea suficiente pero eso es lo que le da consistencia al relato y lo ha mantenido vigente hasta hoy.

4 comentarios:

  1. Pues me lo apunto. creo que no he leído nada que se parezca;-)

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  2. Primero he visto que la habías catalogado como "está bien", y después, al leer los dos primeros párrafos de la reseña, me he estado preguntando por qué, si te había gustado tanto, le dabas solo un aprobado... Pero la explicación del último párrafo resuelve toda la cuestión. "¡Aaaaamigo!".

    Reseña con intriga ;) Me ha encantado, Montuenga.

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  3. No había leído los comentarios, por eso el retraso. Gracias a las dos.

    Parece que se la considera una de las grandes novelas del siglo XX, a la altura de las que todos estamos pensando, pero que, por proceder de un país que no está a la cabeza de la gran edición y estar escrita en un idioma que tampoco, ha pasado desapercibida injustamente. Pero bueno, aunque con retraso, ¡ya podemos leerla!

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  4. Hoy he terminado de leerla y me parece toda una genialidad, aunque todavía no sé si perdonarle que me haya hecho llorar.

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