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martes, 20 de enero de 2026

Colaboración: Las buenas noches, de Isaac Rosa

Idioma original: español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable 


Isaac Rosa tiene un radar. Siempre da en el clavo del zeitgeist español. En 2008, cuando empezaba a notarse la emigración y el miedo al otro se colaba en la vida cotidiana, publicó El país del miedo. En Feliz final habló de las relaciones líquidas, del amor vaporoso y de las rupturas cada vez más frecuentes. Y tras la pandemia, cuando por primera vez todo el mundo entendió que el fin del mundo podía llegar en cualquier momento, apareció Lugar seguro. Así que, ahora, no sorprende que escriba sobre el insomnio: nadie duerme bien.

La novela comienza con unas primeras páginas que piden ser leídas en voz alta, recitadas casi como una salmodia.

'No podemos dormir. Cada noche retrasamos la hora de acostarnos, cada noche nos vamos antes a la cama, cada noche lo hacemos a la misma hora y no: no podemos dormir. Tardamos en coger el sueño, lo logramos enseguida para despertarnos poco después, nos sorprende la alarma nada más cerrar los ojos. Nos sentimos llenos de energía y por eso no podemos dormir, nos sentimos agotadas y por eso no podemos dormir'.

A partir de ahí, Rosa urde una trama minúscula —dos insomnes sin nombre que se encuentran por casualidad y descubren que, juntos, sí pueden dormir— para hablar de las causas del insomnio. Y es donde siempre acierta: el problema no es individual, es colectivo. Por muchos remedios caseros, muchas pastillas o mucha higiene del sueño… el problema está ahí fuera. No es que algo funcione mal en nosotros; es que el sistema (trabajo, familia, hipoteca, estrés…) nos aplasta y nos impide dormir.

Pero Las buenas noches no es un panfleto: es una novela y muy bien escrita. 

Aunque lo habitual en una reseña sea hablar del contenido, aquí conviene insistir en que la literatura es, ante todo, forma y estilo. Diría que lo mejor de Rosa. Su estilo recuerda por momentos al último Javier Marías: frases largas, a veces de una página entera, en la que una idea se repite con variaciones, hasta llegar a un punto muy diferente. Un ejemplo (no pongo la frase íntegra):

'Yo en realidad no duermo nunca bien, dijiste, no duermo en los hoteles pero tampoco en casa, me acuesto muy tarde, espero a que me venza el sueño para no quedarme dando vueltas en la cama, y si lo consigo me despierto pocas horas después y ya no duermo más; he probado de todo, rutinas fijas, alejarme de pantallas dos horas antes, cenar poco, cenar lechuga, no cenar, hacer relajaciones, respiraciones profundas, deporte, nada de deporte horas antes, mierdas homeopáticas, y hasta ahora he evitado medicarme',

Rosa alterna la narración más convencional -la historia de esos dos desconocidos que duermen juntos- con un diario del sueño (o del no dormir), recomendado por el médico de cabecera al protagonista. Como es habitual en su obra, es en esos desvíos donde aprovecha para pensar: qué significa dormir, qué significa no hacerlo y por qué demonios no dormimos bien (o por qué duermen bien quienes sí duermen bien).

Algunos pasajes son directamente brillantes. La parte de la factura online, por ejemplo, es buenísima: me he reído a carcajadas. Rosa consigue que se te escape una sonrisa… y acto seguido te la corta. Porque lo que aparece debajo de la broma es el reconocimiento incómodo: estamos jodidos.

Quizá por eso Las buenas noches no ha tenido la repercusión que merece. Tal vez porque se aleja de la lectura sencilla de muchas novelas de moda (no citaré cuáles), o porque señala la causa profunda de nuestro malestar: el capitalismo, el trabajo, el maldito siglo XXI. 

Firmado: Raul Gay

También de Isaac Rosa reseñado en ULAD: La mano invisible


viernes, 16 de septiembre de 2016

Isaac Rosa: La mano invisible

Resultado de imagen de la mano invisible isaac rosa amazonIdioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien

Comenzaré por el final. En las páginas que cierran la novela –tan teatrales como cualquiera de las otras–  tiene lugar una escena muy fin de fiesta, especie de recapitulación de lo leído a cargo de uno de los coprotagonistas, el vigilante de la nave, donde viene a decirse que, por mucho que el trabajo se sublime, nadie se prestaría a realizarlo si no necesitase el sueldo. Una obviedad, sí, pero relativa. Porque detrás de ese monólogo de clausura podemos imaginar a Isaac Rosa escribiendo con rigor y paciencia, documentándose a base de bien, incluso exprimiendo sus neuronas –con poco éxito, por cierto–para aflojar la tirantez del ambiente a base de monólogo interior y momentos de agresividad más o menos soterrada entre personajes, pero sin pasión, obligado por la necesidad de ganarse, él también, las lentejas. Algo que nota el lector desde esas primeras líneas en que un albañil, del que no sabemos nada, detalla con una minuciosidad y parsimonia irritantes cada uno de los movimientos necesarios para levantar una pared de ladrillos. Y, créanme, son bastantes, tantos y tan aburridos que dan ganas de arrojar el libro al mar y rezar para que alimente a las ballenas.  Porque yo en eso soy tajante: o leo o no leo. Jamás he practicado lo que llaman lectura en diagonal, entre otras cosas porque distorsionaría radicalmente la opinión que voy a formarme de un texto; imposible saber cuánto puede aburrirnos si lo leemos a saltos. De ahí que me lo trague todo, palabra por palabra, incluidas digresiones –que en este caso, como digo, amenizan un poco el conjunto–, momentos bajos y hasta posibles incongruencias. Hace falta dar oportunidades al cabreo. O a lo que sea, pues si hacemos trampas perdemos la posibilidad de enfadarnos más de la cuenta, pero también de reflexionar con los pensamientos que nos salgan al paso o de saborear hallazgos impactantes.
El autor experimenta con las perspectivas de su idea original y ese experimento tiene por objeto otro: un montaje o performance donde varias personas ejercen su oficio en un escenario con público. Algo ciertamente inusual, pero no demasiado sorprendente después de lo que llevamos visto. Cada capítulo refleja los pensamientos de uno de estos trabajadores en un estadio concreto del proyecto, de forma que cada punto de vista hace avanzar la acción un poco más, hasta el desenlace, tan coherente como previsible, incluso un puntito irónico.
La plantilla –donde, por cierto, se oculta un esquirol– está constituida por carnicero, operaria, informático, administrativa, teleoperadora, mecánico, costurera, limpiadora, camarero y mozo –inmigrante por más señas–además de los dos mencionados, y hasta una prostituta ocasional fuera de nómina. Tampoco faltan los merodeadores y vagabundos que visitan la instalación de incógnito para aliviarse, consumir o desfogar sus ánimos con un poco de vandalismo.
El título no se ha puesto al azar: se entiende por “mano invisible” el mecanismo espontáneo que caracteriza a toda sociedad capitalista haciéndola progresar por el simple impulso de sus leyes internas. De ahí que la novela, desde su planteamiento hasta el último detalle, contenga una carga crítica implícita, un guiño irónico sobre la cacareada utopía de que el trabajo realiza y pone en marcha una sociedad (casi) perfecta. Se trata por tanto de una sátira, del retrato de un estrato social y de una indagación sobre la experiencia laboral, sus posibilidades, frustración, reglas y límites, entendiendo por tales las condiciones de cualquier tipo que alguien, el que sea, está dispuesto a soportar a cambio de un salario. Límites que no son homogéneos, pues, como se demuestra a lo largo de la trama, dependen de la experiencia, capacidad crítica, espíritu de sacrificio, ideología, inteligencia, docilidad, resistencia, penosidad de las tareas, vocación, ambiciones, rebeldía, conciencia de clase, naturaleza reivindicativa etc. de cada uno de los individuos.
Eso en cuanto al fondo. El estilo, como es lógico, tiende a la monotonía y, en sus momentos más logrados, recuerda mucho al Saramago de Ensayo sobre la ceguera, tanto que somos incapaces de disfrutar unos párrafos más agradables que la media pero que se intuyen calcados de otro sitio.

En pocas palabras, novela con protagonista coral, bienintencionada y bastante trabajada, pero carente de chispa debido a la rigidez de planteamientos consustancial al subgénero de tesis.

martes, 4 de mayo de 2021

Reseña + entrevista: Los ojos cerrados de Edurne Portela

Idioma original: español 
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

Los ojos cerrados no parece una novela de Edurne Portela. Y sin embargo, es inequívocamente una novela de Edurne Portela.

Empecemos por lo que la diferencia de las anteriores, que es lo más obvio y lo primero que el lector notará. Mientras que Mejor la ausencia y Formas de estar lejos estaban dominadas por la voz y la visión de sus protagonistas y narradoras (Amaia y Alicia), en este caso el texto es coral: se nos presentan las voces y pensamientos de los personajes de Pueblo Chico, una aldea perdida en medio de la sierra (no sabemos cuál). Son las voces del presente, pero también las del pasado, un pasado traumático de guerra, desigualdad y represión, que sigue provocando ecos y consecuencias en el presente y condicionando la vida del pueblo. Esta estructura coral se relaciona también con una variedad de estilos y técnicas, de la narración en tercera persona al monólogo interior, o incluso a capítulos entre lo lírico y lo mitológico, en los que se incluyen algunas leyendas de Pueblo Chico sobre lobos, nieblas, lindes y bosques amenazantes.
 
Es cierto que aquí también hay una protagonista femenina, Ariadna, una joven que va (o vuelve) a Pueblo Chico buscando la calma, o quizás todo lo contrario, pero su papel es secundario en relación con otros personajes, y no tiene la misión de ser la narradora principal de la historia. De hecho, el personaje principal, el que une (casi) todos los hilos de la trama sería Pedro, el anciano (en el plano del presente) marcado por una historia de violencia cuyas ramificaciones vienen a ser la trama principal del libro. La muerte violenta de sus padres, en la represión de la (de una) posguerra, su supervivencia en un mundo dominado por los asesinos de sus padres, su intento de reencontrar la empatía, la solidaridad, el amor en los márgenes de la sociedad, son el alimento fundamental de la trama, en la que también asistimos al intento de Ariadna de encontrarse a sí misma (en el pasado y en el presente).
 
Se podría decir que Edurne Portela ha corrido dos riesgos con esta novela. El primero es abandonar la técnica que había desarrollado en sus dos novelas anteriores y optar por una estructura más fragmentaria y descentrada, y una visión más poliédrica y menos focalizada. El segundo riesgo consiste en alejarse del eje más o menos autobiográfico de sus dos anteriores novelas (la primera centrada en su infancia y adolescencia "vasca", la segunda en su periodo de estancia en Estados Unidos) para enfocarse en otros tiempos y en otros espacios más alejados de su propia vivencia (relativamente, porque Edurne Portela también, como Ariadna, se ha mudado a una aldea perdida en no sé sabe qué sierra), abordando el tema de la guerra, la posguerra y la pervivencia de su resaca hasta nuestros días. Dicho con otras palabras, escribir, a estas alturas, "otra maldita novela sobre la guerra civil", como diría Isaac Rosa, es siempre un riesgo, después de la saturación del género y del mercado que el título de Rosa parecía denunciar hace casi quince años.

Aunque en realidad, al leer Los ojos cerrados se produce un fenómeno semejante a lo que en términos visuales se conoce como "pareidolia": eso que nos hace ver conejitos en las nubes, caras en las paredes de Vélmez o a Jesucristo en una tostada. Porque en el texto de esta novela no aparecen las palabras "Guerra Civil", "posguerra", "Franquismo", "falangistas" o "maquis", y la historia no se ubica ni geográfica ni cronológicamente. Y sin embargo, creo que cualquier lector español proyectará esas palabras sobre el texto, hasta el punto de estar convencido de que sí aparecen, cuando lea sobre una "guerra", sobre los soldados que llegan al pueblo para buscar a los rebeldes, sobre los huidos que se emboscan en la sierra o sobre las fosas en las que caen los cadáveres para nunca ser encontrados. Proyectamos, sobre la novela, como siempre hacemos al leer, no solo nuestra memoria individual o colectiva, sino también nuestra cultura literaria o fílmica, que va de Luna de lobos o La lluvia amarilla de Llamazares a El laberinto del fauno de Guillermo del Toro, de La higuera de Ramiro Pinilla a Pa negre de Agustí Villaronga (o de Emili Teixidor), entre muchas otras referencias.

En cualquier caso, aunque la estructura y la trama de esta novela se aparten de las dos anteriores de Edurne Portela, esta sigue siendo sin duda una novela de Edurne Portela. Porque el tema central de Los ojos cerrados, como de Mejor la ausencia y de Formas de estar lejos, es la violencia y su memoria; la violencia y la forma de hablar de ella. En este caso se trata de una violencia histórica y política, pero que, como cualquier otra, penetra en las familias, en las casas y en las personas, estallando y dejando las astillas del trauma por todas partes. Y ante esas astillas, esos traumas, caben dos actitudes: o cerrar los ojos y fingir que no ha pasado nada, o que lo pasado está superado y olvidado, o mirar de frente al dolor causado y sufrido, y exigir respuestas (y el texto está lleno de ojos que se cierran o se abren, dolorosamente).
 
Así, frente a narrativas que proponen la primera vía, aunque suponga cerrar las heridas sin curarlas y las fosas sin desenterrarlas (y Soldados de Salamina se ha convertido en una especie de epítome de esta propuesta), Los ojos cerrados parece mostrarnos una narrativa alternativa, la que exige una confrontación dolorosa con el pasado, que evite una tabula rasa falsa e inmoral. Todas las relaciones entre los personajes, de hecho, siguen marcadas por lo que pasó y lo que fue, aquello de lo que no se habla, y no hablar de ello solo prolonga las reverberaciones del dolor. No se trata de perdonar (como explica Edurne Portela en la entrevista que se incluye a continuación de esta reseña) sino de afrontar la verdad y reparar a las víctimas, si no se quiere que las víctimas sigan siendo victimizadas una y otra vez, en el presente como en el pasado.
 
Hay una escena probablemente marginal en la novela, pero que creo que sirve para representar esta continuidad de la violencia y del poder que a través de ella se sigue ejerciendo: unos cazadores llegan a Pueblo Chico después de una batida, con sus coches y sus escopetas, arrastrando el botín de su cacería; los habitantes del pueblo, que ya los conocen, se esconden en sus casas. Al marcharse, el pueblo queda manchado con la sangre de los animales. No es difícil identificar a esos cazadores como los descendientes o continuadores de la labor de los soldados que, muchos años antes, arrastraban otro tipo de cadáveres por el pueblo, dejándolo también inundado de sangre y miedo. Y a buen entendedor...

Entrevista con Edurne Portela:

Pregunta: Esta novela es diferente de las anteriores, en cuanto a la técnica y el estilo. ¿A qué se debe este cambio? ¿Fue la propia historia que querías contar la que te llevó a ello, o lo tenías claro desde el principio?

Edurne Portela: No, no lo tenía nada claro. Las voces fueron creciendo según crecía la historia. Comencé con la voz de Pedro, con su voz de anciano y al ir indagando en esa voz, sentí la necesidad de crear otras que ampliaran la perspectiva, que me permitieran contar otras cosas fuera de la subjetividad de Pedro.


P.: También llama la atención que la acción no se sitúe geográfica ni cronológicamente - y sin embargo cualquier lector español identifica la Guerra Civil y la represión franquista en algún lugar indeterminado de la España vaciada… ¿Por qué en este caso preferiste no dar coordenadas concretas y reales a la narración?

E.: No quería que la novela estuviera anclada a unas coordenadas específicas, no me interesaba escribir una novela sobre la "guerra civil" o el franquismo. De hecho, no es tanto una novela sobre la guerra del 36, sino sobre la continuidad de la violencia en tiempos de una supuesta paz. Y creo que las situaciones que se narran pueden extrapolarse a otros contextos en los que la población civil ha sufrido ese tipo de represión.
 
 
P.: Debido a estas diferencias, esta novela parece algo separada de las anteriores, a pesar de que comparten temas comunes. ¿Tú las ves como una “trilogía de la violencia”, por llamarlo de alguna forma? ¿Te lo planteaste así en algún momento? (Una continuidad curiosa es que las tres protagonistas femeninas tengan nombres semejantes: Amaia, Alicia, Ariadna).

E.: Sí, lo de las protagonistas con nombres A-a debe ser algún tipo de TOC mío. Pero no, nunca he pensado en clave de "trilogía", entre otros motivos porque nunca sé lo que voy a escribir cuando me pongo a escribir. Sería incapaz de planear algo así. En realidad llevo escribiendo sobre la violencia toda mi vida y me temo que es un tema del que no me puedo despegar porque con cada intento me quedo con la sensación de que no he encontrado respuestas ni resuelto dudas, de hecho con cada libro se me acumulan más. No tengo ni idea de qué haré después, pero seguramente seguiré en esta línea. Por muy diferentes que sean los libros (y este, estoy de acuerdo, es muy diferente a los anteriores), la indagación y la obsesión será parecida. Eso sí, la próxima protagonista no se llamará Azucena, lo prometo.
 
 
P.: Una imagen que se repite a lo largo de todo el texto es la de los ojos cerrados del título, y también las miradas (que se encuentran, se evitan, acusan, se dirigen). Abrir los ojos es en muchos casos un gesto doloroso, la luz ciega y hiere. ¿Es posible vivir con los ojos cerrados?
 
E.: Sí, es una imagen constante que puede tener varias interpretaciones. Una es, como dices, cerrar los ojos ante lo que nos duele, nos incomoda, nos hace sentirnos responsables. Porque si eres testigo de una violencia o de un abuso, si lo ves, te tienes que posicionar, tienes que tomar partido porque incluso no hacer nada es tomar partido. Sin embargo, si no lo ves o haces como que no lo has visto, es más fácil relajar la conciencia, pensar que no tienes nada que ver con lo ocurrido.  ¿Es posible vivir así? Nuestra historia demuestra que, por desgracia, sí es posible. Pero el hecho de que sea posible no significa que esté bien, que sea la mejor opción. Y tampoco significa que por cerrar los ojos no sepas o dejes de ser responsable. 


P.: Un tema de fondo de la novela es el perdón, o su ausencia. ¿Crees que el perdón es posible? ¿En qué circunstancias o con qué condiciones? (Pienso en el contexto de la novela, pero también, en un cierto offtopic, en el País Vasco…)

E.: Creo que sobrevaloramos el perdón. El perdón favorece sobre todo al verdugo que, una vez perdonado, puede seguir adelante, tal vez incluso sin pagar por lo que ha hecho y sin un proceso de reparación con la víctima. Y otorgar el perdón pone en una posición difícil a la víctima. Si la víctima quiere perdonar, estupendo, pero nunca deberíamos exigir que perdone. Hay daños, violencias, que son irreparables y en las que el perdón no debería ser siquiera tema de discusión. ¿Por qué nos preocupamos tanto del perdón y tan poco de la reparación, de la justicia, de la verdad? ¿Por qué exigimos siempre que se perdone y que se pase página y exigimos tan poca justicia? 


P.: En cierto modo, se podría decir que la tuya es una novela crítica con la idea de “reconciliación”, al menos si esta reconciliación no cumple ciertas condiciones, o si es una reconciliación forzada y no sentida… Si te dijeran que tu novela reabre heridas, ¿te lo tomarías como algo negativo?

E.: Es que en este país se entiende por "reconciliación" que unos callen (si es necesario por la fuerza) y otros sigan defendiendo el mismo discurso de no reabrir heridas de que eso fue "guerra entre hermanos" y que "la España cainita" y que si la tercera España y que si los extremos se tocan. ¿Cómo se puede hablar de reconciliación después de 40 años de dictadura? ¿Reconciliarse quién con quién? Después de una dictadura asesina y represiva lo que toca es un proceso de justicia, de verdad y de reparación. Estoy harta de la carga católica del perdón y la reconciliación que diluye responsabilidades, que despolitiza, que pone el foco en los sentimientos y esas mierdas cuando lo que se necesitan son procesos judiciales, investigación y depuración de responsabilidades. Y si me dijeran que la novela abre heridas preguntaría que a quién se las abre. Porque en este país hay familias con heridas abiertas desde hace 80 años y otras a las que apenas se les notan las cicatrices porque se encargaron de cerrárselas muy bien durante todos los años del franquismo. Así que me digan a quién se le abren las heridas cuando hablamos de memoria democrática. Se les abrirán a los que entienden bien poco de democracia.

 
P.: El reverso del perdón sería, quizás, la culpa. Aquí es donde algunos lectores (entre los que me incluyo) pueden vincular Los ojos cerrados con La higuera de Ramiro Pinilla. ¿Qué lugar ocupa la culpa, en tu opinión, en el proceso de la memoria individual y colectiva? ¿Puede en algún caso ser positiva, o es un sentimiento solipsista, autocomplaciente o autodestructivo?

E.: Pues mira, la culpa va con el perdón y la reconciliación, al saco de palabras inútiles cuando hablamos de justicia. La culpa no sirve para nada, lo que sirve es la responsabilidad, tanto a nivel personal como colectivo. La responsabilidad exige una acción, te sitúa ante el hecho en el presente. Te haces responsable. La culpa se queda en sí misma, te regodeas en ella, te sientes culpable.
 
 
P.: Hay una escena que me parece muy significativa: en un momento de la novela unos cazadores vienen con sus escopetas y sus presas, llenándolo todo de sangre. ¿Intenta esta escena simbolizar que la violencia pasada (de la Guerra Civil o el Franquismo) sigue perpetuándose en el presente, aunque transformada?

E.: Pues no lo sé. La escena surgió y me pareció que tenía sentido, pero no intentaba hacer nada con ella. Simplemente la escribí. Pero sí creo que hay algo de lo que comentas. Al fin y al cabo en la novela hay una continuidad de esa violencia del pasado que se refleja en el mismo espacio de Pueblo Chico pero tomando otras formas, son como ecos.
 
 
P.: En general, ¿crees que hemos avanzado algo en el tema de la memoria histórica en España (política, social, culturalmente), o seguimos estancados en medio de la ceguera? ¿Crees que la literatura tiene poder para cambiar esto?

E.: Hay olas de interés por el tema de la memoria democrática y justo antes de la pandemia estábamos en un momento muy rico, pero ahora ha vuelto a pasar todo a segundo plano. Estuvo muy bien sacar a la momia de Cuelgamuros, expropiar el Pazo de Mierás, ahora a ver si los familiares pueden sacar a sus seres queridos de Cuelgamuros también. Pero queda mucho por hacer, queda mucho por investigar, queda mucha pedagogía sobre memoria democrática por hacer, no sólo de la guerra, sino de lo que supuso el franquismo para muchas comunidades. La literatura contribuye a su manera al debate público, de una manera tangencial y humilde con sus propias herramientas: provocando conversaciones, despertando memorias, usando la ficción y el lenguaje imaginativo para ensanchar la forma de pensar el pasado. Pero cambiar, cambiar, la literatura cambia poco.

jueves, 19 de febrero de 2026

Ana Penyas: En vela

 Idioma: español

Año de publicación: 2025

Valoración: bastante bien

Hace no mucho, supimos  o al menos este vuestro servidor, gracias a la reseña que el amigo Raúl Gay tuvo a bien enviarnos, que el último libro de Isaac RosaLas buenas noches, trata del insomnio galopante que al parecer, aflige a buena parte de la sociedad española actual. Lo mismo, supongo, que en otras partes del mundo occidental, pues tal era ya el trasfondo de la novela distópica de Karen Russell Donantes de sueños). Y no es que nos hayamos vuelto locos consumiendo café sin parar, sea "de especialidad" o de marca blanca, sino que las preocupaciones, el estrés, el ritmo que nos exige la vida urbana contemporánea (¿quién dijo capitalismo? No, hombre no, eso no tiene nada que ver) o incluso el influjo maligno de las pantallas a las que estamos enganchados/as (un consejo: intentad usar el móvil o el ordenador lo menos posible... salvo para leer este blog, claro) tiene la consecuencia de que mucha gente no es capaz de entablar el sueño ni leyendo algún tochaco de... (poned aquí al autor o autora al quien le tengáis más tirria).

Este es el contexto en el que se desarrolla el último cómic o novela gráfica de la valenciana Ana Penyas, que articula una narración alrededor de ocho personajes y ocho noches en las que les vamos conociendo y enterándonos de las razones por las que no consiguen dormir; desde Juan, trabajador en una empresa de venta on line y agobiado por las exigencias del trabajo y de la vida que, supuestamente, habría de llevar un joven triunfador, a la abogada Luisa, preocupada por sus cuitas familiares; también Irene y Aurora, jóvenes que tratan de ser independientes y desenvolverse en la gran ciudad, inmigrantes como el rider Carlos o Kalina, madre que se encuentra al borde de la miseria. O los sin techo José y Hassan, que ya se encuentran metidos de lleno en ella. Todas personas a las que, por algún motivo, la vida les ha pasado o les está pasando por encima... lo que no significa que sean los culpables, como sin duda considerarían los "gurú bros" que tratan de estafar a los chavales con sus cursos motivacionales en las redes. La mirada de Penyas, en cambio, es no sólo comprensiva, sino profundamente humanista, llegando a la conclusión de que, si el insomnio es un síntoma de algo, el problema no tiene tanto una solución individual como colectivo y lo debemos tratar de arreglar todos y todas juntos/as.

Por lo que ser refiere al apartado gráfico, esta ilustradora utiliza, como en obras anteriores, una hábil  combinación de la fototransferencia y dibujo tradicional, si bien es cierto que tendiendo, más que al naturalismo, hacia un cierto feísmo que podríamos calificar casi de expresionista, pese a que los personajes , en general, mantienen actitudes poco activas e incluso átonas, propias de quien trata de conciliar el sueño o está agotado por no conseguirlo. La composición de las viñetas, los encuadres y puntos de vista de las mismas y la estructura narrativa muestran, por otra parte, gran variedad y complejidad -gran detalle el de usar los formatos alargados propios de los teléfonos móviles, por ejemplo-, sin abrumar, no obstante a quien se decida a disfrutar de esta novela gráfica. Al contrario, cuando se llega a las últimas páginas y al final, no dirá si feliz o no, pero sí que satisfactorio, en cierto modo, de estas historias cruzadas, uno se da cuenta de que le ha sabido a poco, y que ha leído el libro con expectación creciente, pese a que lo que se nos cuenta en él sea, en cierto modo, la antítesis de un thriller, aunque sí denote un cierto suspense... 



También de esta autora (+ entrevista): Todo bajo el sol

domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...

lunes, 18 de marzo de 2013

Santiago Roncagliolo: Tan cerca de la vida

Idioma original: español
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable

La ciencia ficción (porque, sí, estamos ante una novela de ciencia ficción) tiene ciertos sub-géneros (o sub-subgéneros) a los que los autores vuelven una y otra vez, intentando buscar aristas nuevas a temas ya tratados, aunque respetando los códigos establecidos por las obras precedentes. El subgénero de robots, por ejemplo, al que Isaac Asimov sacó tanto jugo; o el de los viajes en el tiempo; o, como es el caso, el de los "replicantes": seres casi humanos pero no del todo humanos, producidos industrialmente pero capaces de confundirse con las personas. Parece ser que este tema tiene especial atractivo para los escritores "serios", porque es también el tema de Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero, y en cierto modo de Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro.

En Tan cerca de la vida, efectivamente, conocemos a Max, un analista de logística que acude a Tokyo (hasta la portada del libro recuerda a Lost in Translation) para una convención de la Corporación Géminis, dedicada a desarrollar androides de apariencia cada vez más orgánica y dotarlos de Inteligencia Artificial. El objetivo, obvio pero utópico, es lograr crear seres humanos artificiales que pasen por seres humanos y que cumplan sus funciones mejor que los seres humanos. Por ahora, todo lo que han conseguido son robots asistentes incapaces de mantener una mínima conversación, un niño que canta y un loro que, este sí, reproduce perfectamente las características de un loro "real".

Max se siente desorientado, se siente solo y diferente, no habla la lengua, no conoce a nadie y no comparte intereses ni afinidades con el resto de los invitados a la convención. Solo dos personas se interesan por él: el director de la corporación, Marius Kreutz, que demuestra tener grandes esperanzas depositadas en Max; y Mai, una misteriosa y silenciosa camarera del hotel en que se alojan, por la que Max sentirá una inmediata (y correspondida) atracción.

Cuando se escribe en un subgénero definido con una serie de patrones que hay que respetar (por ejemplo, si uno escribe una novela de vampiros) se establece necesariamente una tensión entre el mantenimiento de los elementos canónicos del género, y la innovación a partir de estos mismos elementos. Tan cerca de la vida parte, efectivamente, de la ya larga tradición de obras sobre Inteligencia Artificial y humanos artificiales, aunque no queda tan claro que logre aportar algo definitivamente innovador al género.

Es evidente que el tema del replicante, como el del "cyborg" (mezcla de humano y máquina) se presta a interrogaciones sobre el límite de lo humano o de la identidad individual; pero Roncagliolo no avanza demasiado por ese terreno. Prefiere, en cambio, construir un thriller de tonos oscuros y leves incursiones en el género de terror; como tal thriller está bien construido, aunque deje algunos cabos abiertos, y desde luego la lectura no resulta en absoluto pesada. Lo que me pregunto es si se puede decir algo nuevo sobre los "replicantes" que no se haya dicho ya; si las preguntas sobre la humanidad de los androides y los límites de la Inteligencia Artificial no se han convertido ya en un tópico al que resulta difícil sacarle punta nuevamente. Roncagliolo y Rosa Montero piensan que sí...


También de Santiago Roncagliolo en ULAD: El amante uruguayoLa pena máximaAbril rojoY líbranos del mal

miércoles, 27 de octubre de 2010

Breve antología de libros inexistentes

Hay libros que no existen, pero que tienen un lugar importante en la literatura; libros que nunca han sido escritos, pero sí comentados, buscados, reseñados o invocados en otros libros. Son obras ficticias, que en algunos casos se hacen pasar por reales, y en otros son claramente parte del juego narrativo; libros basados en otros libros que sí existieron, o meras invenciones de autores con un especial sentido del humor.

Probablemente el libro ficticio más citado y conocido de todos sea el Necronomicon o "(libro de las) leyes de los muertos", inventado por H. P. Lovecraft, supuestamento compuesto por un poeta loco de Yemen, traducido posteriormente al latín y encuadernado en piel humana; además de contener conjuros y fórmulas malignas, tiene la facultad de enloquecer a cualquier persona que intenta leerlo. Desde que Lovecraft lo creó y lo hizo aparecer en una de sus historias, "The Hound", en 1924, se ha convertido en un tópico de la literatura y el cine de terror.

A veces la invención de libros ficticios se integra en la creación de universos y mitologías narrativas complejas. Es el caso de los libros ficticios mencionados en el mundo de El Señor de los Anillos (por ejemplo, el Libro de los Registros o el Pergamino de los Reyes); de la Biblia Católica Naranja de la saga Dune; de la Enciclopedia Galáctica de Isaac Asimov, dentro del universo de Fundación, o de su contrapartida cómica, la Guía del autoestopista galáctico inventada por Douglas Adams (no la novela real, que sí existe, lógicamente, sino el libro mencionado constantemente en ella, del que llegan a copiarse algunos fragmentos, y que lleva la inscripción "Don't Panic!" en la portada).

Hay autores que tienen especial predilección por inventarse libros. Uno de ellos, probablemente el más grande creador de libros ficticios de todos los tiempos, es Jorge Luis Borges, a quien le gustaba comentar, glosar o reseñar libros inexistentes. Especialmente importantes, por su significación, son "El jardín de los senderos que se bifurcan" (la novela mencionada en el relato del mismo título), ese "nuevo Quijote" escrito por Pierre Menard en pleno siglo XX; o, por qué no, esa edición desconocida y escurridiza de la Enciclopedia Británica que apareceen "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius". Otro gran inventor de libros ficticios fue Rabelais, quien en su Gargantúa y Pantagruel menciona obras tan sustanciosas como el Modo cacandi, de Tartaretus, o el Ars honeste petandi in societate, de Maitre Hardouin de Graetz (que cada lector traduzca los títulos con sus pocos o muchos conocimientos de latín macarrónico).

En otros casos, el invento de una obra ficticia es algo meramente puntual. Los ejemplos de autores y libros inventados para aparecer en una sola obra son innumerables. Umberto Eco jugó con la idea del "Segundo Libro" de la Poética de Aristóteles, perdido o quizás nunca escrito, en El nombre de la rosa; la Teoría y práctica del colectivismo oligárquico del mismísimo Goldstein, ocupa un lugar prominente en 1984; en La vida nueva, de Ohran Pamuk, el grupo de personajes principales ve alterada su vida después de leer un misterioso libro; un libro asesino es también el centro de Nana, de Chuck Palahniuk; novelas como Los papeles de Aspern, de Henry James, o Posesión, de S. A Byatt, que tratan de escritores ficticios, les inventan también, como es lógico, una amplia bibliografía ficticia; mención especial merece Si una noche de invierno un viajero..., de Italo Calvino, que se compone de una sucesión de libros inventados e interrumpidos.

Quién pudiera tener entre sus manos alguno de estos libros imposibles. Y qué gran biblioteca se podría formar con todos ellos...



Más información:
-"Una selección de libros muy interesantes que nunca podrás leer... porque no existen", en el Blog de la BNE
-"Libros malditos. Bibliotecas que nunca existieron", en Muy interesante.
-"Libros inexistentes" en Dalgrev, un blog argentino
-Fictional book y List of fictional books (Wikipedia en inglés)

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...