Año de publicación: 2025
Valoración: Está bien
Hay reseñas que son más fáciles de escribir que otras, y esta va a ser de las difíciles. En primer lugar, y esto es lo menos importante, porque ni siquiera es sencillo buscarle encaje en un género concreto. Giralt habla de su familia pero no por ello se trata de una biografía, ni de varias biografías concatenadas, tampoco es una autobiografía aunque el mismo autor aparezca con alguna frecuencia en la narración. No hay una cronología ordenada ni siquiera definida, son más bien semblanzas individuales pero interconectadas que, más que el relato de una vida, o de varias vidas, son una exploración en las personalidades y las trayectorias.
A través de su correspondencia conocemos un poco por encima el peculiar matrimonio de los abuelos, separados por muchos kilómetros cuando él se empecina en abrirse paso como escritor mientras la abuela espera en el pueblo y defiende como puede la vida familiar. Sabemos de la siguiente generación, los cuatro hermanos, casi todos con aspiraciones literarias o conexiones con el mundo del arte, aunque cada uno tomando un camino diferente, a veces adentrándose en la delincuencia, otras acometiendo empresas dudosas, viviendo la bohemia o parapetándose en la lectura. Cada uno con su propia mochila de recuerdos y expectativas, frustraciones y rencores, asumido todo ello con diferentes formas e intensidades. Vivencias comunes e individuales, respuestas definidas por el entorno o por la propia identidad, según.
Lo que parece interesar a Giralt es explorar ese mundo contradictorio y a menudo espinoso que es la familia, y lo hace desde esa doble perspectiva individual y colectiva, sondeando las personalidades, observando cómo interactúan o interfieren, detectando rasgos, elucubrando motivos. En ese proceso, cuando ya no hay más datos que analizar, se aventura el autor en la especulación intentando recrear las condiciones para esclarecer el porqué de los comportamientos.
Ya en las primeras páginas se refiere a lo que creo que llama ‘relatos de muertos’, las clásicas narraciones familiares sobre parientes antiguos y episodios que se pierden en las brumas, muchas veces rescatados con postizos que según los casos serán cómicos, heroicos o trágicos. Y quizá, buscándolo o no, lo que consigue Giralt con su inmersión en la historia familiar es justamente eso, recuperar los ‘relatos de muertos’, pero esta vez con un objetivo menos vistoso y lúdico que saborear viejos episodios para sentirse integrante de una saga o simplemente entretener a alguna audiencia. A veces parece que asistamos a algún tipo de terapia, una de esas regresiones en busca de puntos oscuros, un ejercicio para buscar las cicatrices de la familia, o más bien sus moratones, ya sea para sanar lo dañado o tan solo para establecer los equilibrios correctos.
Desde el punto de vista lector hay un poco de todo, apartados algo repetitivos o de un interés escaso junto con otros más dinámicos, siempre, claro está, dependiendo de lo atrayente que pueda resultar el objeto de la narración. Abundan, como fácilmente se deduce de lo que comentaba antes, páginas llenas de reflexiones o especulaciones que a veces pesan en exceso, aunque hay que reconocer que transmiten un análisis generalmente fino de reacciones, comportamientos y sensibilidades. Y aunque el autor demuestra buena mano y cierta elegancia en la construcción, tampoco puedo dejar de señalar alguna tendencia a la pedantería que asoma por el lado de un léxico en ocasiones un poco cargante.
Pero quizá lo que resulta quizá algo incómodo es la sensación de estar asomados a la intimidad misma de personas reales que no tendrían motivo para suponer que sufrirían semejante exhibición. Cuyo objeto, quede claro, casi nunca son episodios de sus vidas privadas sino algo mucho más profundo, nada menos que cómo pudieron llegar a pensar y sentir en relación a sí mismos y a sus familiares más próximos.

Hola, Carlos, no se si verás los comentarios a reseñas pasadas; por si acaso ahí lo dejo. Leí este libro en estos días y no conocía al autor. Desde la primera página percibi animadversión hacia su abuelo pero me dió igual. A la mitad del libro me enteré de que su abuelo había sido Torrente Ballester y entonces sí sentí casi cólera. Torrente era un buen escritor, con muchos registros, muy inteligente y trabajador, muy ameno y simpático en las muchas apariciones que hacía en televisión. Y este nieto suyo, con un lenguaje cuidado eso sí, me aburría diciendo, con un estilo denso, introspectivo, rebuscado, cosas intrascendentes sobre el flequillo de su madre o lo largas que tenía las piernas, o las apetencias que el clan tenía por ser una familia literaria como los Panero. En fin, que me desagradó mucho y me costó terminarlo.
ResponderEliminarUn saludo
Bueno, a mí no es que me haya desagradado el libro, creo que tiene aspectos interesantes y también otros donde flojea, por ejemplo ese tono del que ya he hablado en la reseña. No he querido ni siquiera apuntar que efectivamente el abuelo era Gonzalo Torrente Ballester, más que nada porque en el libro solo le cita una vez por su nombre. Como es un autor que admiro un montón, también me ha costado un poco digerir la semblanza que hace el nieto, casi siempre negativa, pero tampoco sé casi nada de la vida personal de don Gonzalo, así que respeto la opinión de Marcos Giralt y prefiero fijarme en el conjunto del texto con independencia de que se refiera en gran parte a un personaje más o menos conocido.
ResponderEliminarUn saludo y gracias por visitarnos.