viernes, 19 de febrero de 2021

Santiago López Petit: Tan cerca de la vida

Idioma original: castellano/catalán
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

En estos tiempos convulsos en los que nos hallamos inmersos, creo que hay dos tipos de lecturas que nos permiten sobrellevar la situación de manera más o menos soportable. Hay quien en la lectura busca la evasión, el divertimiento, la distracción; pero hay otros, en los que me incluyo, que necesitan analizar, profundizar en ello, tomar consciencia de cómo esta situación nos afecta a nivel anímico y en relación a la vida y a la sociedad en la que nos encontramos. 

Con este libro nos encontramos con un caso poco frecuente en cuanto a géneros literarios: el de la filosofía novelada. Es algo no habitual y de difícil integración porque cabe decir que imbricar ambos conceptos no es tarea fácil, pues urdir una trama argumental e incluir en ella reflexiones y digresiones filosóficas en conceptos tan abstractos y ambiguos como la vida, la muerte, el deseo o las expectativas vitales, es algo complejo y que, a menudo, podría acabar en un sinsentido (justo lo opuesto a lo que un libro de este tipo pretende conseguir). Pero en este caso, el autor y filósofo Santiago López Petit consigue su propósito a nivel general y lo hace de manera coherente con su habitual enfoque crítico y radical acerca de la sociedad de nuestro presente.

La novela empieza con un preámbulo donde se nos presenta La Escuela de la Vida, una institución grandilocuente, pomposa y terriblemente ambiciosa. Un lugar en el que se busca la excelencia no únicamente a nivel personal, sino también a nivel cooperativo que evidencia al afirmar que «queremos ser extraordinarios, nos hemos comprometido a ello. La vida está llena de oportunidades que tenemos que saber aprovechar». Ese es el mensaje que destinan, a modo de bienvenida, a los alumnos que formarán parte de esta escuela en la que «nos abren un espacio vital en el que poder encontrarnos a nosotros mismos y a la vez desplegar nuestras potencialidades». Y el protagonista se siente afortunado por ser admitido en ella, pues está convencido que «el uniforme de cada día es la esperanza, la esperanza de saber que cada uno de nosotros puede llegar a ser el protagonista de su propio cambio». Así, mientras el objetivo e intención iniciales del protagonista para apuntarse al curso es triunfar, ser famoso y mejorar sus capacidades, el objetivo de la escuela es «buscar líderes de organizaciones, empresas, instituciones y ONG para poner en sus manos herramientas para facilitar los cambios que reclama nuestra sociedad». Algo que, a priori, debería ser una tarea encomiable.

Pero, ¿qué ocurre si la escuela en la que se instruye acerca de cómo conseguir nuestros sueños, en la que se muestra el camino para ser mejores en todos los ámbitos, en la que se ensalzan las cualidades que debemos conseguir para llegar a ser aquellas personas que deseamos, es únicamente una constatación de cómo de desesperanzada es nuestra vida, de cómo la sociedad de la que formamos parte se sirve de los resquicios existentes entre actitudes de solidaridad para incidir y conseguir objetivos individuales sometiendo y aniquilando los colectivos? ¿Qué ocurre cuando caen las máscaras de la supuesta felicidad a la que deberíamos aspirar, pero que en el fondo sólo sirve como elemento ante el cual constatar la frustración de una sociedad abocada a la perdición? ¿Y si para «fomentar la creatividad y la superación de cualquier límite significa que tenemos que aceptar un patrón de adicción que lleva a la dependencia a su máxima expresión?» Porque «una de les enseñanzas principales de la Escuela consiste en potenciar nuestra auto exposición. Es imposible triunfar si te escondes. Además, la soledad no solo es triste, sino también peligrosa. En el fondo, no conviene que el hombre mire dentro de si mismo».

De esta manera, partiendo de una premisa sencilla pero atrayente, el autor utiliza la entrada del protagonista en la escuela para reflexionar sobre la vida, sobre la condición humana, sobre el individualismo y el cooperativismo, sobre las renuncias y los deseos, sobre las ganas de mejorar y la tentación siempre permanente de acomodarse, sobre la lucha vital incesante en encontrar motivos para vencer una vida que, si bien nos es dada, justamente por ese motivo parecemos estar en deuda con ella. Y, de igual manera, critica de manera directa y clara nuestra sociedad, una sociedad que nos empuja a vivir siempre al límite, de manera sutil, pues «nos están adoctrinando para que creamos que la vida consiste en vivir sin tiempo muertos, entregados a nuestros propios deseos. Nos empujan a vivir al límite. Pero esta es una apuesta tramposa». Y el protagonista, en lugar de maravillarse por ese espíritu new age y bonista, entra en una espiral de autoanálisis y toma de consciencia, pues en un acto de sinceridad y abatimiento el propio narrador afirma que «no sé exactamente cuál es mi deseo. Supongo que desaparecer. Desaparecer detrás de las letras de estos protagonistas prefabricados, hundirme en la pobreza de la liberación y entender por fin qué es la vida». Ahondando en ello, el protagonista asume que «el abismo no está afuera. Está dentro de ti. En tu interior» y encara a la propia vida acusándola con rotundidad afirmando que «dominas muy bien el arte del maltrato. Sabes humillar sin llegar a matar. Aplazas nuestra muerte porque en el castigo que aplicas existe una voluntad didáctica». 

Por todo ello, el mensaje del autor sobre la vida es de una crítica aterradora. Bajo el pretexto de una escuela de la vida donde el mundo debería abrirse ante infinitas posibilidades la constatación de la realidad dura, inquebrantable e implacable cubre de desánimo un relato en el que constata que vivir es una tarea ardua, que no hay soluciones mágicas ni mucho menos provenientes de manos de gurús vendedores de ilusiones inaccesibles, que «nada nos liga a nada. Nos han robado el pasado y el futuro se descompone cuanto no ha llegado todavía. Se acercan tiempos difíciles». Porque las cosas no son tan sencillas ni funcionan de manera tan perfecta como los participantes auguraban; porque, como en todo grupo de personas heterogéneo, surge el conflicto a la hora de resolver situaciones. Y a veces se exterioriza, pero en otras se contiene y «un conflicto que no explota es peligroso porque no se puede controlar. Un conflicto que sale a la luz visibiliza el enemigo y se puede comenzar a reconducir» constatando que «nadie ha vencido ninguna guerra manteniéndose siempre en posición defensiva. Quien se limita a defenderse está destinado a ser derrotado». Y, a raíz de esos conflictos, el autor empieza a constatar que no todo es tan fácil, que «no se puede aprender a decir ‘nosotros’ si se olvida que el nosotros está constituidos por diferentes yo».

El libro que ha escrito Santiago López Petit es un interesante ejercicio en el que adapta una serie de ideas y reflexiones al formato de novela. Y, a pesar de que la trama no es excesivamente rica ni continua, el autor sí consigue mantener el interés y la tensión en toda la lectura con un argumento sencillo que sirve de hilo conductor para lanzar una serie de reflexiones sobre la vida, sus objetivos, los ideales en claro contraste con una realidad que lucha por someternos a la repetición. Así, el autor apaga el interruptor con el que las grandes promesas iluminan nuestro mundo y nos somete a un estado de plácida penumbra en el que podemos observar esa luz que nos conduce a una salida satisfactoria a la vez que permite que veamos, sin que la sombra de falsas promesas oculte, nuestra propia personalidad. Es, en el discreto encanto de la soledad y la introspección donde nos conocemos y constatamos cuánto hay de falso fuera de nosotros y cómo de avispados y ávidos son los tentáculos que se agitan delante de nosotros para captar, no sólo nuestro cuerpo, sino también nuestra maltrecha alma que pide a gritos ser rescatada por alguien distinto a nosotros mismos porque, «¿de qué sirve un grito que nadie escucha? Para el hombre cansado, el oficio de vivir se ha convertido en el arte de disimular (…) Su cabeza ya no oye voces. Únicamente una sola voz que no cesa: “ya-no-puedo-más”. Así empieza el monólogo interior. Así se trenza esta cuerda que lo asfixia poco a poco y que nadie ve».

El libro que ha escrito López Petit es una bofetada a la visión idílica de un mundo donde aquello superficial oculta lo importante, aquello en lo que la fachada y la imagen tapa y disfraza lo que reside dentro. Esta obra supone un adentramiento a la oscuridad que habita dentro de nosotros para acostumbrarnos a ella, vivir con ella e incluso apreciarla y valorarla, pues únicamente cuando seamos capaces de saber quiénes somos y nos acostumbremos a ello seremos capaces de conocer la realidad de una vida que nos reta cada día a seguir luchando contra y por ella. Y, aunque el autor en ocasiones rompe el relato de manera más o menos lograda para introducir reflexiones y sueños que le permiten ampliar la disgregación que nos ofrece en esta novela en diferentes excursos lo hace de manera que, si bien parecen desarraigados de la historia contada, estos tienen ramificaciones que de manera tangencial tocan los mismos temas: la introspección, la vida, la reflexión, la autoconsciencia. 

Dice el autor que «escribo porque quiero llegar hasta el final, entender la naturaleza de este fuego que todavía quema dentro de mí. Existe un saber de la desesperación. Lo sé. Allí donde la vida se recoge, allí donde yo estoy vivo, me espera la sombra». Porque la propia vida juega en contra de nosotros, porque «querer vivir es un desafío contra la vida, aunque esta se desdobla para vengarse e inocular el veneno del ansia», porque «nos engañamos a nosotros mismos con la única finalidad de continuar ignorando que la vida conspira en contra de nosotros». Y necesitamos indagar en nuestro interior pues «creemos que la vida es el bien supremo y la muerte, el acontecimiento más terrible. Yo he sentido la falsedad de esta afirmación. La vida puede silenciar más que la muerte». Y hay que tener claro que «nadie permanece oculto a la venganza de la vida».

Este relato invita a sumergirnos en nuestra oscuridad más absoluta y el fondo más profundo de nuestra alma para conocernos, para tocar fondo, y desde ahí coger impulso para asomar de nuevo a la superficie de un mundo del que no esperamos una claridad absoluta sino únicamente la sensación de que nos reconocemos en él. El autor ha escrito un canto a la rebelión contra la vacuidad de las vidas que se basan en el exterior, en lo superfluo, en los cantos de sirena que prometen vidas fáciles y plácidas. Porque «toda presencia esconde siempre una ausencia. Algo se hace visible porque hay otra cosa que se invisibiliza». Y nos escondemos detrás de lo visible, ocultando, más aún aquello que no nos gusta. De esta manera, este libro vendría a ser el anti manual de auto superación, el némesis de Mr. Wonderful; es la constatación de que lo real a veces duele, y por ello precisamente es real. De que la vida no es fácil, no es su propósito. Ella lucha contra nosotros, y mientras haya lucha, habrá vida.

Dice el autor, en el tramo final de la novela, que «tengo la cabeza llena de interrogantes que no sé cómo responder, pero al menos ahora está viva». De esto justamente se trata, no nos conformemos con menos.

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