domingo, 7 de abril de 2019

Sole Otero: Intensa


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Una extraterrestre, aburrida de la tarea de vigilancia de un remoto cuadrante estelar, descubre cómo la relación sexual con un ejemplar varón de la especie ser humano de un irrelevante y atrasado planeta pone patas arriba su misión, su manera de pensar, su forma de ser. Intensa es la nueva novela gráfica de Sole Otero (Buenos Aires, 1985), una historia que va de emociones y sentimientos, de la dificultad de entender y comprender, aderezada con abundantes cantidades de ciencia ficción, erotismo, desparpajo y humor. Con tales ingredientes y teniendo en cuenta lo original, atrevido y divertido de la trama y de su tratamiento formal, a este encantado reseñador no le queda más que recomendar sincera y encarecidamente su uso y disfrute.

Intensa forma parte de un grupo de hembras que huyeron de su planeta de origen, Club, donde estaban biológicamente diseñadas para la muerte reproductiva, es decir, fallecer tras dar a luz  Mientras sus mejores científicas buscan un nuevo método de reproducción sin riesgos, los machos de su especie las acechan sin tregua. De conjurar ese peligro, y otros menores, se encarga la protagonista en su nave individual, que aunque equipada de todo tipo de avances tecnológicos -gimnasio, sala de baile, máquina de abducción e hipnosis para extraer sujetos de los planetas cercanos con los que satisfacer sus necesidades sexuales más urgentes…- no logra sacudirse el tedio galáctico. Equipada con Xoxo, una computadora dotada de inteligencia artificial y diseñada para ayudarla en todo momento a cubrir sus necesidades, descubrirá la pintoresca raza de los seres humanos, que en su atraso han conservado los llamados sentimientos. Y las llamadas emociones. Como el enamoramiento. O la vergüenza. O la ansiedad. Y la impaciencia. También las denominadas sutilezas, como por ejemplo el flirteo, aunque también tantas otras, decididamente salvajes, como alimentarse de cadáveres de animales. 

Intensa es, desde luego, una historia contada con imágenes, en la que las descripciones con texto y los diálogos son un complemento narrativo más del diseño gráfico, la composición, el dibujo o el tratamiento cromático. Y quizás el color sea una de las características más destacadas de esta novela, en la que la ausencia del amarillo implica la preponderancia del cian para las escenas digamos espaciales y del magenta para las terrestres, confiriendo al relato una atmósfera más fría y artificial, muy propicia para el registro de ciencia ficción que SoleOtero ha querido aplicar a la perspectiva, a la forma de abordar la trama y el tono de la narración.

Pero la presencia de cuerpos con nueve pechos, de platillos volantes y de máquinas hipnóticas para satisfacer los deseos más naturales apenas es la puesta en escena para contarnos –eso sí, de manera original y sorprendente- una historia más sobre el amor, sus límites y su fuerza absoluta; el enamoramiento, la pasión, el capricho, el sexo y el goce, la dependencia, la adicción, el desvarío o lo complejo y dificultoso y maravilloso que es el eterno juego de los humanos para explicarse y compartir. En una de las viñetas de Intensa, sus superiores le echan en cara a la protagonista que su comportamiento está siendo negligente. “Pero libre”, responde ella. Pues eso. 
 

sábado, 6 de abril de 2019

Andrea Bajani: Mapa de una ausencia

Idioma original: italiano
Título original: Se consideri le colpe
Traducción: Carlos Gumpert
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Muy recomendable

Ni me acuerdo desde cuándo no leía a un autor italiano, puede que el último fuese Malaparte, o Magris, no sé, pero en todo caso hace mucho mucho tiempo. Gran error, teniendo a mano a tipos como Bajani que, ya lo verán, ha escrito una muy buena novela. Bajani es un escritor que se podría calificar de joven (cuarenta y algo) y que, según fajas y contracubiertas de la muy pulcra edición de Siruela, llega al mercado español avalado por gente en principio tan fiable como Enrique Vila-Matas o Antonio Tabucchi. Bueno, tampoco quiere decir mucho, al igual que los diversos premios cosechados por este libro –publicado diez años antes en Italia-, pero de entrada tenía buena traza.

Casi siempre me resulta difícil hablar de un libro con el cuidado exigido para no incurrir en spoiler, a veces digo menos de lo necesario y otras seguramente llego a estropear algo. En este caso, me limitaré a decir lo que se resuelve en las primeras páginas: un joven italiano viaja a Rumanía tras serle comunicada la muerte de su madre, que se había afincado allí absorbida por un proyecto empresarial.

Hay por tanto en principio un escenario que da para consideraciones sociopolíticas: los italianos desembarcaron en Rumanía como otras potencias económicas en otros muchos países que ofrecían mano de obra barata, suelo a precio de risa y mayor laxitud para desarrollar cualquier actividad. La cosa de la globalización, ya se sabe. Bajani toca el tema de forma algo tangencial, aunque hace un buen dibujo de esa sociedad rumana que acaba de salir del medievalismo comunista y se muestra estupefacta ante el cambio de milenio y demás. 

Pero me interesa mucho más la perspectiva individual del joven ante el cadáver de la madre, de la que no sabe nada desde hace años. En el tiempo que el protagonista pasa en Bucarest, sus reflexiones, que constituyen la base del libro, proceden de dos fuentes: los recuerdos infantiles, y el conocimiento directo que empieza a tener del entorno en el que se movió la madre en los últimos tiempos. Las dos corrientes se van entrecruzando para reconstruir la historia, siempre desde la subjetividad y la información parcial del hijo.

Desde el punto de vista del niño, la narración es impecable, sencillamente perfecta. El protagonista describe lo que el niño vio, lo que hizo y lo que escuchó, tal cual lo contaría un niño, aunque con lenguaje de adulto. Véase que no he dicho ‘lo que sintió’, porque el elemento emocional está completamente ausente. El narrador solo relata hechos, situaciones, juegos, llamadas, conversaciones, personajes que entran y salen de escena, nunca sentimientos. Así que, si alguien pensó en el clásico chantaje al lector poniendo por medio a la criatura, se equivoca por completo. Bajani –o mejor, su personaje- presenta escenas, recuerdos aislados, imágenes, y el lector saca las consecuencias.

Si con los recuerdos infantiles tenemos que ir construyendo la fase más remota de la historia de la madre, con lo que el hijo encuentra en su viaje vamos completando la más reciente. Aquí son los personajes secundarios los que suministran la información, y así el narrador va siendo consciente de todo aquello que ignoraba, aunque pudiese intuir una parte. Hablando con el socio y algunos colaboradores, observando los pabellones que se levantaron, contemplando la casa donde vivió y donde ahora yace muerta, la figura de la madre adquiere su correcta dimensión.

De forma que todo ello es en realidad un solo retrato, una biografía compleja, contradictoria, llena de puntos ciegos que a veces el narrador, y tras él casi siempre el lector, deben pensar como rellenar. El trabajo de construcción de ese retrato me parece excepcional, como cuando contemplamos a un artista avanzando en un dibujo: los trazos sueltos puede parecer que a veces no tienen sentido, o que tienen uno diferente del imaginado, pero poco a poco van conformando una imagen coherente, algo con vida propia que ha surgido de una simple acumulación de líneas, espacios y sombras. Porque además, el personaje que llena el relato (del que desgraciadamente me tengo que abstener de hablar) es también sumamente interesante, de una riqueza poco corriente, lo mismo en su relación con su hijo, con su(s) pareja(s), su familia o su empresa. Es decir, una mujer y los múltiples vértices de su entorno.

Me refería antes a la ausencia de emotividad, que es quizá el elemento más sorprendente –para bien- cuando se toca un tema como este. El hijo, ante la muerte de la madre, muestra siempre un tono neutro, sin que se transparente dolor, ni indiferencia, ni rencor, ni pena, nada. El relato, tanto de viejas historias infantiles como de situaciones actuales, es puramente objetivo. En esa distancia se esconde quizá una intención de abandono: el hijo, en su relativa frialdad y aunque no lo pretenda, está  devolviendo aquella ausencia de la que habla el título castellano. Que desde luego, también hay que decirlo, me parece mucho más bonito que el original, que precisamente hace alusión a la culpa, planteando (pienso que sin respuesta) si realmente el narrador la tiene o no en cuenta, o en qué medida. Todo este conjunto de emociones contradictorias que se deja ver detrás de la historia me parece lo más valioso del libro: el personaje-narrador nunca lo dice de forma explícita, pero de lo que cuenta se desprenden esos sentimientos enfrentados, soterrados bajo el propio relato, que el lector debe valorar según su criterio. La habilidad para presentarlo de esta forma solapada dice mucho sobre el talento del autor.

Después de todos los malabarismos para evitar destripar la historia, también diré que en mi opinión hay cosas que flojean algo en la novela: sobre todo los secundarios, bastante prescindibles y a años luz de los protagonistas, algunas incongruencias y subtramas sin mucho recorrido, o ese formato de confesión/reflexión dirigido siempre a la madre, que limita un poco la flexibilidad de la narración. Pero tampoco me hagan caso, son detalles de reseñista cascarrabias, que para nada desmerecen un libro de esos que de verdad se disfrutan.

viernes, 5 de abril de 2019

Sergio del Molino: Lugares fuera de sitio

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

He leído en algún sitio que este ensayo de Sergio del Molino es una especie de spin-off de su anterior y exitoso La España vacía. Como lo que no he leído este libro, me fío de esta observación y supongo que al menos en cierto modo así es, puesto que el anterior se refería a un movimiento centrípeto que ha dejado casi desiertas amplias zonas de la Península Ibérica, mientras que éste trata sobre aquellas fronteras que en su formación como estado ha ido trazando España, dejando en más de un caso "flecos" o, como dice el autor "dobleces del mapa", y en los cuales, con sus peculiaridades y contradicciones, el propio país-nación-Estado -el autor utiliza indistintamente estos términos, como es habitual en España- se explica mejor que en su centro (creo que le leí a Juan José Millás que los procesos más interesantes siempre ocurrían en los bordes de las cosas, o algo así). O quizás el centrípeto sea este movimiento y centrífugo el otro, según se mire...

Dobleces de los mapas cuya pertenencia a la patria española es, si no ya discutible, sí bastante aleatoria y, en algún caso, de pura chiripa; tras una introducción sobre la naturaleza de las fronteras y cómo han cambiado desde tiempos pretéritos -es decir pre-Zweig, que es a quien sigue- hasta los tiempos actuales, con el punto de inflexión en la época de entreguerras, el autor se dedica a analizar algunos lugares donde la Historia dejó sus grumitos, cual Cola-Cao old fashioned. en ambos lados del Estrecho, Gibraltar, Melilla y Ceuta. En la raya con Portugal, Olivenza y Rihonor de Castilla/Rio de Onor (el capítulo que me ha parecido más conmovedor, por cierto); en el Pirineo, Llívia y Andorra y como bonus-track, lo que él llama "fronteras fósiles", es decir, enclaves de una provincia dentro de otra, que sobrevivieron a la reforma de Javier de Burgos de 1833; los más significativos, por su tamaño o peculiaridades históricas son el condado de Treviño, Villaverde de Trucíos, el rincón de Ademuz y Petilla de Aragón.

En general, el autor del libro se muestra como un observador curioso, abierto y tolerante, de lo más dispuesto a corregir sus prejuicios cuando haga falta. Echando mano de una bibliografía escogida y de charlas -no muchas- con personajes interesantes y buenos conocedores de sus terruños, va urdiendo en cada caso un entramado de explicaciones históricas, sociológicas, periodísticas y literarias que, junto a su apreciación subjetiva, resulta cuando menos convincente y, desde luego, didáctica y entretenida. porque además hay que contar con la excelente prosa de este escritor, con su humanidad y bonhomía, que convierten la lectura de gran parte de este libro en una verdadera delicia; yo, al menos, me lo he pasado pipa, vaya...

Bueno, hasta aquí los parabienes, que no todo va a ser almíbar. La lectura de Lugares fuera de sitio . Viaje por las fronteras insólitas de España-(así reza el título completo, antes de que se me olvide mencionarlo- también me ha deparado algún momento más estupefaciente; por lo menos, la sensación de que uno  comienza leyendo un libro y acaba leyendo otro, hasta cierto punto, diferente. Me permito reproducir un fragmento del comienzo y de la conclusión, para que se entienda (y perdón si alguien lo considera un spoiler... pero, vaya, esto es un ensayo, no una novela de Agatha Christie):

"Sorprende que quienes han dedicado tanto tiempo y esfuerzo a pensar sobre las singularidades de estos territorios-frontera ignoren un aspecto elemental: que en ellos vive gente. Las cuestiones jurídicas y jurisdiccionales, así como las sutilezas de la diplomacia y la política exterior no deberían imponerse nunca ni a la voluntad ni a las condiciones de vida de los ciudadanos afectados (...)".

Qué ecuménico, ¿verdad? Pero más bonico aún es el final del libro:

"Quienes creemos que a los nacionalismos disgregadores y etnicistas como el vasco y el catalán se puede oponer una idea de nación abierta y fuerte fundada en el principio liberal de igualdad, debemos esforzarnos por eliminar cualquier forma de marginalidad y cualquier sentimiento de exclusión. Sólo así lograremos convencer de que una España dentro de Europa es la mejor forma de reconciliarnos con una historia ingrata y cruel -como la de todas las naciones- y enfrentar un futuro libre y democrático".

¿Coño, dónde se han quedado "la voluntad y las condiciones de vida de los ciudadanos afectados"? Pues quizás en el capítulo dedicado a Llívia, enclave español en Francia (por más que el 96'12% de sus habitantes lo vean más bien como catalán en Cataluña. O, para ser precisos, de la Cerdanya... en la propia Cerdanya). Aquí la mirada comprensiva y casi cómplice hacia, por ejemplo, los llanitos gibraltareños que viven de montar sociedades-pantalla, los andorranos que se lucran gracias a la discreción de su sistema bancario o los musulmanes ceutíes que reivindican su españolidad por ser descendiente de los regulares marroquíes que lucharon en el bando faccioso durante la Guerra Civil (éstos, en cambio, son pobres, hay que señalar... bueno, menos los narcotraficantes); esta mirada amable que digo se torna en displicencia, cuando no abierto desdén, hacia esos arteros catalanes mimados por el franquismo y que ahora, sin embargo, han devenido ingratos indepes... Bueno, y ni tan mal, que el capítulo dedicado al condado de Treviño -perteneciente a Burgos, pero situado en el corazón de Álava- adquiere por momentos un tono tan dramático que el lector ya cree oír el ominoso y sempiterno golpeteo de la txalaparta, imprescindible fondo sonoro de cualquier reportaje sobre "La Cosa" vasca, que diría Iban Zaldua... (ya no sé si mencionar la asimilación que hace entre los mapas del tiempo de "la Gran Cataluña" y "la Gran Euskadi" con el anhelo de la Gran Alemania de Hitler. A punto he estado de gritar: "¡Chupito!").

Espero que se me entienda, antes de que petéis la reseña de comentarios indignados: ni soy ni lo pretendo un defensor de los "nacionalismos periféricos" (significativo este adjetivo, de todos modos), pero tampoco del "patriotismo constitucional" habermasiano del que hace gala el autor del ensayo. Es más, unos y otro me la traen al fresco, si se me permite tan simpática expresión. Pero además de percibir en el libro una curiosa, por selectiva, falta de empatía, no acabo de entender cómo se puede empezar éste contando cómo al pobre Goethe casi le empuran por dibujar unas ruinas que marcaban la frontera entre la República de Venecia y el Imperio Austríaco y acabar reivindicando el estado-nación y su integridad territorial como garante de los derechos y libertades de los ciudadanos (al margen de lo que opinen estos ciudadanos que viven en él y sobre todo en sus fronteras, además). Será que yo soy muy suspicaz o don Sergio muy confiado, no lo sé...


Otros títulos de este autor reseñados en Un Libro Al Día: La hora violetaLo que a nadie le importaLa España vacía

jueves, 4 de abril de 2019

Agota Kristof: No importa

Idioma original: francés
Título original: C'est égal
Traducción: Julieta Carmona Lombardo
Año de publicación: 2005
Valoración: bastante recomendable

Confieso, ya de entrada, que siento una gran admiración por la autora húngara, a la que considero una de las voces más potentes de la literatura de finales del siglo XX e inicios del XXI. A pesar de empezar su carrera literaria escribiendo obras de teatro, su salto a la fama está estrechamente ligado a la publicación de «El gran cuaderno», su primera novela y uno de las obras que más me han impactado en mi vida lectora, pero no sería justo obviar el resto de su obra, pues sabe narrar como pocos un paisaje interior desolador, de tristeza y desarraigo, de una gran soledad.

En este recopilatorio de relatos escritos a lo largo de su vida, de extensión muy muy corta (en ocasiones tan solo un par de páginas), la autora tiene más que suficiente para dejar patente su calidad literaria y mostrar su parte más triste, más desoladora, más abandonada. Los relatos que «No importa» contiene, comparten todos ellos un marco sentimental rodeado de un aura de soledad, de necesidad de afecto, de falta de una calidez que le transmita una paz que no se vislumbra en ninguno de estos cuentos. Es habitual en la autora el tono afligido y triste y esta recopilación es una clara muestra de ello, pues este patrón se repite a lo largo de la historia y sus textos inciden en ello.

La prosa de Kristof sorprende en este libro, no por la frialdad ya habitual en la autora, sino por un desolador paisaje emocional que se mantiene a lo largo de todos los relatos, con seres absolutamente perdidos y alejados de cualquier afecto, pero en una constante búsqueda, casi un desespero, casi una súplica, de alguien no solo que nos quiera, sino incluso alguien a quien querer. Esa es la tristeza que rezuma y exuda en esas escasas cien páginas, con muchos personajes sin padre ni madre, muchos sin hermanos, alguno abandonado en un orfanato de pequeño (como el protagonista del relato «El buzón») que, ya de mayor, sueña y desea, día y noche, con que alguien le escribirá para recomponer esa familia partida en su nacimiento; hay quien solo ama la ciudad y sus calles, nadie más, nada más, y le dedica una canción al amor que siente por ellas (como encontramos en el relato «Las calles»). O el desespero absoluto del relato «La gran rueda», en esas líneas intensas donde el protagonista afirma «quiero que me desees, que tengas ganas de mí, que me ames, que me llames» para terminar con una frase inmensa: «Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces». Son todos ellos seres tristes, de una profunda nostalgia, que parecen abandonados, no únicamente por las personas, sino también por ellos mismos, y que transitan por las páginas de este libro, como el protagonista de «Las calles» lo hace por ellas, pero en este caso no hay amor ni enamoramiento, solo pérdida y desazón, desaliento y nostalgia.

Con un estilo sobrio, más cercano a las situaciones cotidianas y a la sencillez de «John y Joe» o «El último cliente» que a sus novelas más extensas, la prosa de Kristof se acerca en esta obra a los brevísimos relatos, casi monólogos, donde la propia vida de la autora parece la fuente de la que emana esa profunda soledad, en un intento prologado e interminable de la búsqueda de una infancia y un hogar cálido que no le fue fácil de encontrar, tras una vida difícil dedicada simplemente, como si fuera poco, a salir adelante ante las situaciones más adversas que su época y circunstancias le depararon, como narra perfectamente en su autobiografía «La analfabeta».

Como en todo libro de relatos, hay algunos que sobresalen por encima de los otros y destacaría principalmente «Las calles», «El buzón», «La gran rueda» y «El ladrón», aunque todos son interesantes. Y, a pesar de la diferencia existente entre los distintos cuentos, hay algo que comparten y es su tono emocional; los personajes que ocupan los relatos viven una vida desprovista de ilusión, pero sin dejar que el tormento les alcance plenamente, como personas sin alma, como espectros que deambulan por las calles sin esperanza, sin futuro, sin deseo. El «No importa» del título hace justicia a lo que nos encontramos en el libro, pues parece como si aquello que ocurre (o lo que no) no afecte a sus personajes, como si no hubiera ya un futuro que ofrezca un mínimo de esperanza, como si hubieran abandonado cualquier intento de conseguir aquello que desean, como si ya nada valiera realmente la pena, como si nada importara. 

La prosa de este conjunto de relatos nos interpela claramente, y parece destinado a nosotros tanto como a la propia autora, en una reflexión constante sobre tiempos perdidos e ilusiones desperdiciadas en la esperanza casi eterna de encontrar la paz interna que la acerque, aunque sea de manera casi imperceptible, a lo que en la imaginación de la autora se asemeja a un posible hogar, físico y emocional.

También de Agota Kristof en ULAD: Claus y LucasAyerLa analfabeta La hora gris o el último cliente. John y Joe, El gran cuaderno

miércoles, 3 de abril de 2019

Jerzy Kosinski: El pájaro pintado

Idioma original: Inglés 
Título original: The Painted Bird
Traductor: Eduardo Goligorsky 
Año de publicación: 1965
Valoración: Recomendable (con matices)




Estalla la Segunda Guerra Mundial. Un niño es enviado a una aldea remota; sus padres creen que allí estará a salvo. Sin embargo, la cuidadora del pequeño fallece, de modo que éste deberá sobrevivir, por su propia cuenta, hasta el final del conflicto bélico. En estos años será testigo o incluso víctima de la maldad del ser humano.

Como podéis ver, El pájaro pintado es un "bildungsroman" en el que el contexto le arrebata la inocencia al protagonista de la peor manera posible. Por esta razón, difícilmente pueda leerse esta obra sin sentirse asqueado hacia nuestra especie. Y es que en estas páginas se cartografía su faceta más oscura.

Aunque esta novela no sólo repugna en sentido figurado. También los eventos narrados en ella te revolverán el estómago de forma literal. Palizas, asesinatos, torturas, violaciones y más atrocidades, muchas más, abundan en El pájaro pintado. Todo ello descrito con un estilo preciso y rotundo.

Pero, ¿qué otra cosa podíamos esperar de una ficción que trata sobre la barbarie vivida en Europa durante la Segunda Guerra Mundial? Bueno, mejor olvidad lo de la Segunda Guerra Mundial. En realidad, este libro va sobre la barbarie a secas, y sobre la maldad intrínseca del ser humano. No en balde, la maldad plasmada por Kosinski no es provocada, la mayor parte del tiempo, por las circunstancias; el autor parece dar a entender que, simplemente, el hombre es así.

En serio, casi ninguno de los personajes de El pájaro pintado tiene redención alguna. Los campesinos, por ejemplo. Kosinski los retrata, por lo general, con inclemencia. Son gente ignorante, supersticiosa, bruta. De nuevo: el ser humano es malvado. Punto. 

Quizás este mensaje es demasiado evidente para mi gusto, eso sí. Además de con sutileza, también me hubiera gustado que se exhibiera con menos maniqueísmos. Quiero decir, con un poco de astucia, Kosinski hubiera sido capaz de transmitirlo sin tener que victimizar tanto al protagonista, y tampoco hubiera tenido que recaer en que éste sea un niño indefenso y vulnerable. 

Sea como fuere, al mensaje sobre la maldad inherente en el hombre hay que sumarle otro: el hombre es un lobo para el hombre. Esto sí que lo comunica Kosinski con inteligencia. En primer término, se anticipa esta reflexión gracias al título de la novela. Me explico: el niño es un pájaro pintado excluido por su bandada. Tiene piel morena, pelo oscuro y ojos negros. Es por eso que los aldeanos, sus compatriotas, lo discriminan: piensan que puede ser un judío o un gitano. No obstante, la novela cuestiona la raza del protagonista: ¿acaso no tenía su padre rasgos arios?, ¿acaso no le deja marchar un oficial de la SS tras examinarlo detenidamente? En otras palabras: El pájaro pintado denuncia lo fácil que es para el ser humano darle la espalda a otro sólo porque lo percibe diferente; arremete contra el odio que algunas personas sienten hacia sus semejantes, se deba a razones raciales, religiosas, etc... 

Otro acierto de Kosinski es no concretar en ningún momento el país en el que transcurre la acción, ni la cronología exacta de los hechos. Esta falta de referencias le da a la novela una pátina de universalidad, que encaja con sus temas y mensajes.

Dicho esto, listemos los aspectos positivos de El pájaro pintado:

  • Su idea de base. A la ejecución de la misma le falta empaque, pero entrever aquello que Kosinski tenía planeado, la versión ideal de este texto, no tiene precio.
  • El porqué del título. El "leimotiv" del pájaro pintado aparece a lo largo de la novela en una escena, como símil y, especialmente, como tema. Éste último uso otorga sentido al título de esta novela con lúcido acierto. 
  • Su pretendida universalidad. 
  • Sus mensajes. 
  • El manejo de los temas.
  • El tratamiento de la violencia y el horror. Kosinski no usa eufemismos que diluyan la crudeza de la historia. 
  • Algunas reflexiones sueltas. Sobre todo, esas en torno al racismo, la religión o la Unión Soviética.
  • La trama es variada y, hasta cierto punto, rica en matices. Especialmente durante la segunda mitad del libro. 
  • La prosa. De sintaxis sencilla, es directa y concisa por lo general, aunque elegante y hasta poética cuando toca.
  • Recuerdo una omisión importante por aquí, un símil fuera de lugar por allá, o alguna reiteración que no parece intencionada. En general, pero, la narración es legible todo el tiempo, incluso inspirada en determinados pasajes.
  • La fluidez de la novela. Dividida en capítulos breves que se leen en un suspiro, pese a que estos carecen de diálogos y están conformados, mayoritariamente, por párrafos bastante gruesos, El pájaro pintado es una lectura ágil, casi vertiginosa. 
  • La descripción psicológica de algunos personajes. Sin recurrir a exposición barata, Kosinski es capaz de otorgar profundidad a varios de ellos.   

Por otro lado, creo que a El pájaro pintado se le puede reprochar que:

  • El argumento es algo repetitivo. Sobre todo, durante el primer tercio de la novela. No en balde, la mayoría de los capítulos de esa parte del libro tienen una estructura similar: el protagonista llega a una nueva aldea, donde es acogido por alguien (que normalmente le maltrata) y por la razón que sea acaba huyendo del lugar.
  • La exposición constante al horror anestesia al lector. Si éste se hubiera dosificado con mayor tino... 
  • La voz del narrador es algo inconsistente.
  • Ya puestos, tampoco me acabo de creer el desarrollo del niño, no solamente su voz. Pese a todo lo que sucede, rara vez se muestra enfadado o indignado por ello hasta el final de la historia. De todos modos, agradezco que su caracterización se preste a mostrar una personalidad contradictoria en el último tercio del libro.
  • Por cada personaje bien escrito en El pájaro pintado, otros cinco son malvados uni-dimensionales. 
  • Es demasiado conveniente que el "status quo" de la mayoría de aldeas se rompa en presencia del niño, sea él el desencadenante o no. Más teniendo en cuenta que, por lo general, no permanece demasiado tiempo en cada una de ellas.
  • Abusa de los "deus ex machina". El protagonista se enfrenta a la muerte en varias ocasiones, y en muchas sobrevive de forma demasiado inverosímil. Eso sí, las veces en que logra salvar el pellejo gracias a su astucia resultan satisfactoriamente catárticas.
  • Creo que el autor debería haber balanceado más el sufrimiento del niño. Hacerlo más emocional, no tan visual. Su tono distante puede parecer un acierto en un inicio, pero a medida que la narración avanza se siente forzado y hasta cierto punto contra-intuitivo.

En suma, El pájaro pintado es un buen libro. Por desgracia, le deja a uno la sensación de que podría haber sido todavía mejor. Además, recuerda enormemente a El gran cuaderno, de Agota Kristof (en su premisa, en el escenario brumoso, en el protagonista innominado, en la voz narrativa, en la prosa...), la cual es una obra muy superior. De todos modos, recomiendo la novela de Kosinski. Al menos, a aquéllos con un estómago fuerte, claro.


También de Jerzy Kosinski en ULAD: Pasos

martes, 2 de abril de 2019

Sergio Chejfec: 5

Idioma original: Español
Año de publicación: 1996 / 2019
Valoración: Bastante recomendable

Aclaración previa y necesaria: El relato (o novela corta) "5" fue publicado originalmente en el año 1996. En la edición aquí reseñada, publicada recientemente por la editorial zaragozana Jekyll & Jill (¡pero qué libros tan bonitos y cuidados, joder!), se acompaña al relato (o novela corta) de un texto que lo aclara o complementa.

Dicho esto, ¿qué es "5"? Pues bien, es el relato de un ultimo viaje (EL VIAJE, PROMESA DE LA TRAVESÍA, para él no prometía nada. En la primera hoja de un cuaderno liso puso, sin fecha visible, "Hoy ha comenzado el final"...), escrito en forma de diario apócrifo y anómalo en el que no encontraremos ni una sucesión lineal de hechos ni referencias espaciotemporales. Sus primeras líneas dan algunas de las claves de un texto fragmentado y fragmentario, muy marcado por sucesivos desdoblamientos. De ellos el más claro será el derivado de la elección de un narrador en tercera persona que por momentos llega a confundirse con el diarista. Ambos, narrador y diarista, serán seres casi tan fantasmales como los personajes que entran, salen y reaparecen en un relato que podríamos calificar como "irrealismo mágico". 

Esto en cuanto a la forma, ¿pero y el fondo?. El fondo lo constituye la exploración de las subjetividades, la memoria, la construcción de la identidad, el tratado casi sociológico, el peso de las herencias y las cargas, del destino, de las decisiones que marcan vidas (...su sueño mayor era retrotraer el pasado y optar por la mejor dirección en la esquina de decisiva...), la pequeñez de lo individual frente a lo colectivo, etc

Un tanto críptico todo, ¿no? Mejor que sea el propio Chejfec quien nos lo explique:
"... un mecanismo de exposición basado en situaciones visuales o narrativas, episódico, a lo mejor la palabra más justa sería cuadros, como los antiguos proyectores de imágenes... Pero no sería en ningún caso una proyección ordenada, o por lo menos no del todo. Las secuencias se irían disponiendo por sí solas..."
El párrafo anterior está extraído de "Nota", texto que comenta y amplía "5". Gracias a él conocemos la génesis del texto, que tuvo lugar durante los dos meses que Chejfec permaneció en una Residencia para Escritores situada en una ciudad extranjera. Esta ciudad y sus alrededores, lugares paradójicos en los que el escritor será al mismo tiempo un ser transparente y extraño, serán punto de partida y de llegada de "5" y servirán como telón de fondo de las rutinas (observar, pasear, escribir) y reflexiones sobre vida y literatura de Chejfec. Hasta tal punto resulta interesante la lectura de "Nota" que la posterior relectura de "5" cobra un nuevo sentido o, al menos, sentidos antes no captados. 

En cualquier caso, y pese a la que la exigencia para el lector no es precisamente pequeñas, ambos textos (juntos o por separado), uno por rompedor y el otro por esclarecedor, poseen interés suficiente como para justificar su recomendación.

También de Sergio Chejfec en ULAD: Mis dos mundos

lunes, 1 de abril de 2019

Ismail Kadaré: Las mañanas del café Rostand

Idioma original: albanés
Título original: Mengjeset në Kafe Rostand,motive të Parisit
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable (para admiradores de Kadaré). Los demás... cada cual que decida.




¡Ah! los míticos cafés parisinos. Nadie puede quitarles ese halo romántico que les envuelve desde hace siglos ni olvidar esas figuras soñadoras consagradas por los impresionistas mirando por la ventana o escribiendo. El café es el pretexto y punto de arranque de esta obra inclasificable. No es extraño que los escritores albaneses, como los de todas las latitudes, se sientan atraídos por esos carismáticos lugares, tan propicios para la evasión como inmersos en la realidad más cruda. Aun así, me pregunto ¿qué ha llevado a un escritor tan reconocido como Ismail Kadaré a recopilar  y llevar a la imprenta un puñado de escritos sin demasiada relación entre sí, pero que son un retrato de sí mismo? Porque esos retazos más o menos dispersos en origen conforman un mosaico que muestra la personalidad, vivencias, pensamientos, ideas, en fin, pasado y presente, no solo del escritor sino de todo un país, Albania, salpicado  por constantes cataclismos que se describen bastante fielmente con solo unos cuantos rasgos. Y es ese conglomerado de historia y vivencias lo que me ha parecido fascinante.
Kadaré, el escritor de dos mundos –oriente y occidente, el comunista y el burgués– ese que confiesa abiertamente su inquietud de todos los años un mes antes del fallo de los Nobel, realiza aquí, quizá sin querer, su autorretrato. En principio, puede que una colección de notas personales con distinta temática y fecha no seduzca demasiado al lector potencial, pero a mí me han parecido más auténticas que cualquier biografía propia y ajena, y mucho más que las artificiosas auto-ficciones, motivadas casi siempre por un mal disimulado narcisismo. Para empezar se trata de reflexiones aparentemente escritas cuando el autor sentía determinada preocupación, le estimulaban unos recuerdos concretos, necesitaba reflexionar sobre un asunto, y eso nos acerca a la faceta humana mejor que cualquier reconstrucción al uso. De paso conoceremos su faceta de ciudadano preocupado por los acontecimientos mundiales y nacionales, se nos desvelarán algunos de sus puntos de vista y aprenderemos algo de historia albanesa . Cómo es natural, los admiradores de la obra de Kadaré serán quienes más disfruten de estas páginas, pero también puede servir a quienes deseen leerle en un futuro próximo.
Y ahora una pregunta que no sé si viene a cuento. ¿Puede ser socarrón un escritor albanés? Lo he buscado en el diccionario y, sí, existe el término en ese idioma. Y es que me pareció que, en algunos momentos, ironía, incluso sarcasmo, era quedarse muy corto. ¿Letras que se largan sin previo aviso porque se han quedado embarazadas (sic)? ¿Cafés enemistados con los escritores por ocupar el lugar de otros clientes? A propósito de los cafés, el volumen comienza situando en París a un escritor que se pregunta (y pregunta a otros) si ha sido invitado realmente por Francia o todo se debe a un malentendido. Toda una declaración de intenciones para lo que vendrá más tarde, pues mucho de lo que cuenta no es exactamente cómo dice, hay que reinterpretarlo, encontrar los matices, adivinar lo que oculta tanta sutileza. “Retranca” se le llama también a eso.

“Cierto era que centenares de invitaciones no habrían bastado para hacerme venir, porque ninguna invitación de este mundo podía llegar al lugar donde residía desde hacía años, bajo tierra. Y menos aún llegar a desenterrarte y traerte a este lado. Y era normal que todo ello resultara increíble, puesto que nunca había sucedido que un muerto apareciera allá dónde se le esperaba, en el número 79 del bulevar Saint Germain.”

Pero nadie mejor que él mismo para definirlo. “… sin saber cómo, desde el momento que me ponía a escribir, afloraba de inmediato aquel estado anímico singular que podría ser tomado por posición irónica, irreverente o simplemente irresponsable frente a todo y todos. Era como una suerte de secreto nerviosismo, un salirse por la tangente incomprensible, o tal vez una coraza defensiva en forma de desdoblamiento”. Y es que, bajo cierta apariencia de frivolidad, se tratan cuestiones que no son para nada intrascendentes: tanto socio-políticas (invasiones, guerras, dictaduras, enemigos seculares, censura, imposiciones ideológicas) como particulares (delaciones, envidia y rivalidad, complots, lealtades inquebrantables, confidencias a media voz) motivadas por las primeras, pero que en realidad ocurren en todas partes. “Durante el siglo XX primaría la alianza no declarada del otomanismo y el comunismo. Su sustento era una carencia: los otomanistas no tenían nación, sino religión. Los comunistas no tenían patria, sino ideología”. Tampoco elude la especial situación de las mujeres, castigadas por ir descubiertas cuando la religión estaba en el poder y a la inversa en los tiempos del comunismo, o de las escritoras que, a causa del ostracismo a que fueron sometidas, acabaron en el exilio y utilizando una lengua distinta de la materna, o ese código siniestro llamado kanum –que en Abril quebrado describe y analiza desde varios puntos de vista– y que, paradójicamente, según él, libra a la mujer de la muerte (tratándola como un mero objeto, añado yo). Se percibe, además, un trasfondo de melancolía por el sufrimiento colectivo y de orgullo por sus propias creaciones.
De todo ello puede deducirse que en estas piezas Kadaré no compone un relato con principio y fin según los cánones, él simplemente esboza: alude a determinadas circunstancias y deja que sea el lector quien distribuya las piezas según unas instrucciones no demasiado explícitas, pero diáfanas para quien sepa leer entre líneas.

 Traducción: María Roces González