viernes, 15 de marzo de 2019

Colaboración: Me llamo Rojo de Orhan Pamuk

Idioma original: turco
Título original: Benim Adım Kırmızı
Año de publicación: 1998
Traducción: Rafael Carpintero
Valoración: muy recomendable (casi imprescindible)

La obra de Orhan Pamuk es vasta y sólida. Con más de una docena de títulos, algunos imprescindibles como Nieve o El museo de la inocencia, uno siente que es difícil encontrar otro título a esas alturas pero…
“Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido. En cuanto a él, ese repugnante villano, escuchó mi respiración y comprobó mi pulso para estar bien seguro de que me había matado, luego me dio una patada en el costado, me llevó hasta el pozo, me alzó por encima del brocal y me dejó caer”.
Este es el potente inicio de su novela Me llamo Rojo. Quien habla es el asesinado Maese Donoso, un ilustrador que en el año 1591 trabajaba en secreto en un retrato del Sultán, acción que algunos consideraban contraria a las enseñanzas del Corán.
Esto es solo una arista de una novela presentada como histórica pero que finalmente va más allá de reconstruir sucesos temporales. El relato va cambiando sucesivamente de narradores, conformando una narración coral que abarca distintas líneas e interpretaciones.
La historia-marco son los sucesos que van ocurriendo alrededor del trabajo encargado por el Sultán. La mayor parte de esto transcurre en los talleres de los ilustradores donde trabajaba Maese Donoso hasta su asesinato. Los personajes de Maestro Osman y sus ilustradores, Mariposa, Cigüeña y Aceituna (quienes además son sospechosos del crimen) son el eje de las conversaciones sobre el arte. Esto le sienta como anillo al dedo a Pamuk, pues a través de los diálogos y descripciones minuciosas de las pinturas de los maestros, expone uno sus temas favoritos: el choque oriente/occidente. De este modo, el arte es una excusa para hablar de identidad, formas de mirar el mundo o sentido del arte.
La fecha no es un dato menor, si se considera que en ese tiempo, el Imperio Turco estaba en su esplendor, luchando por expandirse a Europa, que se defendía hace más de un siglo del invasor, pero que empezaba a reflejar la influencia occidental en sus costumbres. La sociedad turca lidiaba contra occidente pero se deslumbraba con la cultura europea, aquí específicamente, con los maestros venecianos.
El otro hilo narrativo, está relacionado con encontrar al asesino de Maese Donoso. En este sentido, la novela se acerca a las historias de detectives, donde todos son sospechosos y cada uno tiene su versión y su coartada. La narración es hábil para mantener la tensión con el propósito de dilucidar quién es el asesino solo hacia el final.
Y la última trama narrativa (aunque no necesariamente en ese orden), se relaciona con la historia de amor entre Seküre y Negro. Amor que también sufre las férreas costumbres orientales. Un amor lleno de pasión y turbulencias, que deberá sortear grandes obstáculos para poder estar juntos.
Todo esto, narrado con un lenguaje muy pulcro y preciso, que logra mantener el ritmo en cada eje narrativo. La multiplicidad de voces sorprende, ya que no solo aparecen los obvios personajes actuando en cada una de las tramas, sino que además aparecen voces insólitas. A las ya mencionadas, en la que destaca la voz del asesinado Maese Donoso,se escuchan las voces de los cuadros pintados, las ilustraciones, que también van contado su parte en la narración: el perro, el árbol, el caballo y el color rojo; incluso algunos conscientes de su existencia como creación artística. Todo esto da un amplio y postmoderno aspecto a la historia. Un cuadro minuciosamente detallado, como uno de los tantos que aparecen descritos en el relato, un cuadro lleno de perspectivas, a la manera veneciana.
En resumen, una gran novela, que mezcla sucesos históricos, reflexiones del arte, miradas del problema cultural oriente occidente, elementos de novela negra, elementos de novela romántica, todo para darnos un gran fresco del Imperio Otomano de fines del siglo XVI. Un relato con diversas lecturas, que no se excluyen unas de otras y que terminan resonando más allá de lo meramente literario para transformarse en una lúcida reflexión sobre el arte y la vida. Sin duda, otro admirable trabajo de Orhan Pamuk.


Firmado: Cristian Uribe

jueves, 14 de marzo de 2019

Angela Carter: La juguetería mágica

Idioma original: Inglés
Título original: The Magic Toyshop
Traductor: Carlos Peralta
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable (con matices)



Melanie tiene quince años cuando sus padres fallecen. Junto a sus dos hermanos pequeños, Jonathon y Victoria, deberá abandonar una idílica casa rural para vivir con su tío Philip en el extrarradio de Londres. Él es un juguetero que domina con mano de hierro a su mujer, Margaret, una joven irlandesa muda, y a los hermanos de ésta, Finn y Francie.

Semejante premisa puede dar a entender que estamos ante un drama de huérfanos dickensiano. No andaríamos desencaminados: ciertamente, La juguetería mágica tiene mucho de este género. Sin embargo, también se aleja del realismo imperante en ese tipo de historias para regalarnos pasajes casi fantásticos.

Por otro lado, se podría decir que La juguetería mágica es una novela gótica actualizada; una que bebe del rico imaginario de los cuentos de hadas y de los mitos clásicos. Rinde especial homenaje a la historia de Barba Azul. Y de forma más certera, debo decir, que la descafeinada El coleccionista de libros de Alice Thompson, o el superficial "remake" de Amélie Nothomb.

Con La juguetería mágica, Angela Carter expresa su admiración por E. T. A. Hoffmann. El título del libro es ya una declaración de intenciones, con sus alusiones a la figura de los autómatas. Asimismo, es innegable que esta novela se adueña del concepto de lo siniestro (el "unheimlich"), para diseñar el escenario en el que la acción transcurre y generar la atmósfera adecuada con la que cobijar los eventos narrados.

Pero no os penséis que esta es una historia de terror. Ni de lejos. Alguna escena roza el horror, no lo niego, pero, al final, no hay cadáveres ocultos tras las puertas cerradas, ni los juguetes del tío cobran vida en ningún momento. El propósito de La juguetería mágica no es asustar al lector. Si acaso, pretende mostrar la transición que experimenta Melanie hacia la edad adulta. También quiere reivindicar la necesidad de derrocar cualquier tipo de opresión.

Me parece remarcable el feminismo que supura esta historia. No me extraña que a autoras de la talla de Joyce Carol Oates o Margaret Atwood se las perciba como deudoras de la obra de Carter. Sólo en La juguetería mágica se exploran el deseo y la sexualidad femenina, así como la liberación de la mujer. No en balde, La juguetería mágica culmina con la aniquilación del orden patriarcal.

Pero también es cierto que su mensaje es más universal, y nos anima a todos, sea cual sea nuestro sexo, a que afrontemos nuestros miedos y a que no nos dejemos subyugar por nadie. Finn se revelará destruyendo un cisne de tío Phillip. Margaret, poniéndose el vestido y el collar que le ha regalado Melanie. Y ésta última, al reconocer sus verdaderos sentimientos, abrazar su floreciente sexualidad y cortar lazos con las responsabilidades asfixiantes que suponían sus hermanos pequeños. 

Llegados a este punto, pasemos a las que, para mí, son las virtudes del relato.

  • La atmósfera a lo Hoffmann. 
  • Su ambientación. O bueno, gran parte de la misma, porque si bien es cierto que Carter describe minuciosamente la casa del tío Phillip, o el parque abandonado al que van Melanie y Finn, no dice casi nada de la tienda o el taller del juguetero. 
  • El villano de turno, Phillip Flower, es verdaderamente temible, pese a que su caracterización no recurre jamás a efectismos de ninguna clase. 
  • La potencia de las imágenes propuestas en La juguetería mágica es brutal. Incluso cuando éstas son insinuadas, o apenas entrevistas. 
  • La sutileza con la que esta novela aborda los temas que trata merece todos mis respetos. El despertar sexual de Melanie, por ejemplo, jamás cae en la obscenidad gratuita, ni se narra mediante lugares comunes. 
  • Hay que destacar el inteligente uso que Carter hace del simbolismo. La mayoría de elementos empleados en esta narración tienen su porqué. El manzano despierta reminiscencias bíblicas, y alude al paraíso y a la transgresión de Eva; el vestido de novia que usa Melanie, el mudismo y el collar de tía Margaret, los títeres de Philip, también aportan capas de significado a la narración.

Hasta aquí, todo bien. Lástima que el final no esté a la altura de las circunstancias. En primer lugar, porque introduce una pieza en el juego que no había sido anticipada previamente. Encima, es abrupto, anti-climático y está regado con algunos de los peores diálogos de toda la novela. Tampoco me convence demasiado el apartado formal de La juguetería mágica. A todas luces, le falta algo de empaque.

  • No me gusta cómo está organizada la narración. A veces, Carter salta de una escena a otra sin que el texto pueda respirar debidamente, y en esos momentos, la comprensión de lo que estamos leyendo se dificulta. Por otro lado, las oraciones que componen algunos párrafos tampoco siguen un curso orgánico.
  • En las primeras páginas hay excesos barrocos que más adelante apenas vuelven a aparecer. Comprendo que la intención de Carter era contrastar las descripciones más poéticas del inicio de la narración con aquellas más apegadas a la realidad propias del final de la misma, pero la transición de un proceder a otro no me convence. 
  • La precisión de algunas metáforas es abrumadora, pero hay tantas a lo largo y ancho de la novela que acaban siendo cargantes. Además, no todas funcionan igual de bien. 
  • Tampoco todas las referencias literarias que se usan son pertinentes. Se invoca a Edgar Allan Poe o a Moby Dick, por ejemplo, sin venir a cuento. Carter estudió filología inglesa, y es por ello que las alusiones a autores clásicos (también a pintores y, en menor medida, a la cultura pop) son abundantes en esta obra. 

En cuanto a la edición de Sexto Piso, recalcar que es preciosa, pero:

  • La imagen de la cubierta no consigue, a mi juicio, transmitir el horror latente de los cuentos de hadas (ya sabéis, esas historias aparentemente infantiles que en realidad ocultan duras lecciones de vida). Parece, más bien, querer darlo a entender superficialmente con motivos "spooky" tales como calaveras o ratones. 
  • Emplea la traducción deficiente con la que Minotauro publicó esta novela por primera vez, allá en 1996. 

Resumiendo: en La juguetería mágicasegunda novela de Carter, ya se intuye que esta escritora tiene una voz muy personal, aunque todavía le falte madurarla bastante. Por lo general, este es un libro interesante. Algo indefinido, quizás, pero una lectura recomendable de todos modos, dada la originalidad de su propuesta y la solvencia de muchos de sus apartados.  

Un año después de su publicación ganó el premio John Llewellyn Rhys. También ha sido adaptado al cine y al teatro. Actualmente es considerado por muchos como una obra de culto. No es para menos: la misma autora es reivindicada a menudo desde círculos injustamente minoritarios.


También de Angela Carter en Unlibroaldía: "El señor León, enamorado" y "La prometida del Tigre", "La cámara sangrienta"  

miércoles, 13 de marzo de 2019

Sònia Hernández: El hombre que se creía Vicente Rojo

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (creo)

…aunque no termino de tener muy clara la valoración, pero quizá escribir esta reseña me ayude un poco. 

Lo que nos presenta Sònia Hernández son tres personajes: una periodista bien entrada en los cuarenta, con notables problemas de autoestima, que acaba de ser abandonada por su marido. Su hija, quinceañera que ejerce de tal (yo me la imagino gótica, aunque eso no lo dice el libro), juega con sus amigos a contener la respiración hasta no reconocerse en un espejo. Y un individuo algo mayor, que pasa por ser el pintor mexicano Vicente Rojo (el ‘pasa por ser’ no empeora el manifiesto y un poco extraño espoiler que ya contiene el título). Con estos tres vértices se construye la pequeña historia, que pone a los personajes en conexión a partir de una situación anecdótica. 

Lo que ocurre después es más bien poco sobresaliente, y el relato se mantiene, siempre en la voz de la madre, en el ámbito de lo íntimo, definiendo las relaciones entre los personajes, que básicamente podrían ser:
  • Entre madre e hija, el panorama es más o menos el esperado: la primera, todo inseguridad, intenta sin mucho éxito mantener la comunicación ante la actitud provocadora de la niña. La madre conoce los extraños juegos de prosopagnosia y se esfuerza por comprender que su hija busque, a su manera, otra forma de mirar una realidad que le parece aborrecible, porque en el fondo a la madre le ocurre lo mismo: empezando por los cambios en su propio cuerpo, se siente perdida, golpeada por la edad y la falta de respuestas. Y aquí aparece el pintor.
  • La relación entre la madre y el pintor es un poco el encuentro de la mujer desorientada con el gurú, el confesor, el guía espiritual. En el hablar pausado y sabio del artista encuentra ella el sosiego, y en sus obras, el equilibrio, una nueva forma de entender la belleza y hasta un dibujo para entender mejor el mundo.
  • Para terminar, la conexión entre el pintor y la hija, más allá del incidente fortuito inicial, es simplemente inexistente. La chica, pertrechada en su obsesión por la fealdad y quizás intentando preservar su propia perspectiva de la realidad, rechaza violentamente todo contacto con el hombre y fustiga a su madre para que haga lo mismo.

Como decía antes, nos mantenemos siempre en el ámbito de lo íntimo, todo este juego de relaciones impulsa a la madre a reflexionar sobre sí misma, sus limitaciones y su permanente sensación de estar a punto de asistir al final de algo. Pero cuando me refiero a ‘lo íntimo’ no es tanto la previsible retahíla sobre una madurez mal asumida, el papel de madre en camino de fracasar, o el matrimonio echado a perder. Quizá lo más notable del relato es que nos movemos en un plano intelectual relativamente elevado, tocando la búsqueda del equilibrio y el significado de la estética, todo lo que, a fin de cuentas, se resume en una explicación congruente sobre el mundo.

Como las largas reflexiones de la madre oscilan de continuo entre el nivel existencial y el doméstico, y además tenemos en el pintor un caso palpable de suplantación, uno tiene la duda de si la narración acabará más en el terreno de Bridget Jones o en el de Juegos de la edad tardía. Pero al final casi nos convencemos de que el libro de Sònia Hernández encuentra un camino propio y de cierto nivel, lo que no es desdeñable en un texto con semejante carga de subjetividad. Y además, expuesto con una prosa inteligente y fluida, y el interesante ingrediente de los hábiles juegos de identidad (no desarrollados del todo) entre Vicente Rojo, Max Aub y su alter-ego Torres Campanals. Todo lo cual pone al libro en un nivel apreciable, la verdad.

El problema en mi opinión es que un libro tan breve y una historia con tan poco desarrollo tienen que resultar intensos para no caer en la intrascendencia. Y ahí empiezan mis dudas. Hay bastantes páginas en que la narradora nos cuenta algunas experiencias anteriores (autoficción, tal vez?), que está bien para conocer mejor al personaje pero no sé si son estrictamente necesarias o hacen perder un poco de vuelo. Y el problemilla con el pintor, quien tiene nada menos que el honor del título, pues se queda un poco ahí, secundario, hasta desvanecerse sin haber aportado demasiado, más allá de un tibio mensaje metafórico. 

Se echa de menos eso a lo que a veces llamamos brío, que es algo tan inconcreto como fácil de detectar cuando no está, y así queda algo descolorida esta pequeña historia, no obstante haber sido elaborada con materiales interesantes. Pero aun así me parece algo diferente, que tiene su punto, y con todo sí se merece el Recomendable. Creo.

martes, 12 de marzo de 2019

Daniel Bernabé: La trampa de la diversidad

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: interesante, pero discutible

No sé si el hecho habrá trascendido fronteras, pero el caso es que este libro, desde su aparición hace cosa de un año, ha causado cierto revuelo dentro de la izquierda española (o al menos de cierta izquierda, más habitual y sensible a las redes sociales); digamos que a las sempiternas y casi entrañables divisiones que se dan en esta izquierda (marxistas, anarquistas, socialdemócratas, troskistas, maoístas, eurocomunistas y cualquier otro -istas que se tercie), debemos añadir, en este siglo XXI tan vintage que nos está quedando, la que hay entre la "izquierda diversa" o "posmo" y la "izquierda materialista u obrerista" (1). Sin embargo, en esta suerte de Antiguo Testamento revisitado, con sus luchas cainitas, su  filisteos y fariseos, sus travesías por el desierto... Pero, en fin, en este erial rojizo asediado por víboras, buitres y alacranes, de vez en cuando aparece un profeta que nos revela la palabra de Yahvé... digo, de Lenin. Preparaos, hermanos, para recibir el Libro de Daniel... Bernabé.

Las profecías de este Daniel se pueden concretar en unos puntos que van formando una hilazón, a modo de caminito de perdición, hasta el desastre final (me permito resumirlas a mi modo, pero añado  citas literales del libro, para que no se me pueda acusar de tergiversación alguna):

1- El neoliberalismo y su caballo de Troya intelectual, el posmodernismo, avanzan triunfantes por el mundo desde los años 70, cual Sauron y Saruman por la Tierra Media: "El neoliberalismo utilizó al posmodernismo para desmanterlar a la izquierda, para extender su amoralidad y cinismo con valores aceptables para crear un estado de cosas donde un proyecto no es que fuera el más apropiado, sino el único posible".
2- A la clase trabajadora se la dan con queso y se convierte (o cree hacerlo) en clase media aspiracional que se pone a competir en el mercado de la diversidad: "Si en un contexto neoliberal carente de conciencia de clase los individuos llenan su identidad media de clase media con el consumo de diversidad simbólica, tarde o temprano esas identidades simbólicas tienden a competir cuando ocupan un mismo espacio".
3- El debate político pasa a centrarse en la representación y el reconocimiento de la diversidad, en vez de en la redistribución. "(...) en el debate sobre la redistribución y el reconocimiento no se tiene en cuenta que el reconocimiento de la diversidad opera como un producto aspiracional bajo las condiciones neoliberales".
4- La izquierda cae en esta trampa para topos renunciando a plantear una lucha conjunta basada en las reivindicaciones comunes -materiales y no meramente simbólicas-de toda la clase trabajadora: "La izquierda, presa de este mercado, cosificada también como mercancía, presenta su seducción a través de las políticas de la diversidad. una vez que se ha visto incapaz de alterar el sistema, de cambiar las reglas del juego,las acepta y, creyendo aún desempeñar un papel transformador, su única función es resaltar lo minoritario, lo específico, exagerar las diferencias, proporcionar una representación no sólo a las mujeres, homosexuales o minorías raciales, sino a toda la clase media aspiracional".
5- En consecuencia, los agentes de la izquierda se dedican a perder el tiempo con pijadas que sólo les sirven para enfrentarse entre sí y debilitar sus vínculos con la sociedad real: "Deconstruir identidades hasta atomizarlas es dar anfetaminas al posmodernismo".
6- A la extrema derecha, en cambio, le viene de perlas esta competición en el mercado de la diversidad, que contribuye a afianzar su creciente presencia social y política: "Mientras que la izquierda juega siempre de inicio fuera del sentido común dominante, a los ultras tan sólo les hace falta exagerarlo".
7- La izquierda debe volver a presentar un frente común y dejarse de reivindicaciones parciales y, en ocasiones excluyentes entre sí, en el terreno de la representación simbólica: "¡DEJAOS YA DE BOBADAS, CONCHO!" (Vale, esto lo he inventado, pero es que no me apetecía seguir buscando citas...).

¿Tiene razón don Bernabé con sus tesis o no? Pues esa no es la cuestión, me parece a mí... o, en todo caso, eso dependerá de lo que considere cada lector y argumente a favor o en contra (por mi parte, yo estoy de acuerdo en algunas cosas y en muchas no). Pero lo que merece una mayor crítica en este libro son, en mi opinión, ciertos errores de apreciación y, sobre todo, que  en algunos aspectos su autor ha sido un poco -bastante- tramposillo (2). A saber:

I- Lo principal es que ha utilizado un truco muy pillín -no sé si se trata de una falacia del hombre de paja o simplemente de falta de término medio... Doctores tiene la iglesia de las falacias que sabrán más que yo-, consistente en reforzar sus propios argumentos recurriendo a la autoridad de sesudos/as  intelectuales de prestigio (historiadores, filósofas, críticos...), como Eric Hobsbawn, Terry Eagleton, Celia Amorós, Nancy Fraser, Seyla Benhabib...; mientras que para hablar de las posiciones que cuestiona apela a ejemplos sacados de... dibujos animados, telecomedias, noticias "chorras" que habrá encontrado en twitter... Incluso cuando alguno de estos ejemplos parece guardar un mayor rigor histórico, en realidad su relación con el tema central del libro resulta bastante tangencial.
II- Cae continuamente en una suerte de arcadismo obrerista, añorando una feliz época pre-neoliberal, cuando al izquierda europea conseguía sus logros político-sociales gracias a una acción sindical mayoritaria y a la tutela benévola de la URSS (eso sí, Bernabé toma también la precaución de desmarcarse de los nostálgicos entusiastas del vintage soviético)... Bueno, creo que tiene razón en que gran parte del llamado "estado del bienestar" se consiguió en Europa gracias al miedito que a los gobiernos les causaba la presencia del vecino soviético; pero en cuanto a la clase obrera... ni la occidental parece que estuviera tan concienciada ni la de los países socialistas tan satisfecha de vivir bajo ese sistema.
III- Si bien de forma repetida a lo largo de todo el libro su autor expresa muestras de respeto hacia las justificadas luchas feministas, de los homosexuales y de las minorías étnicas o raciales, lo cierto, es que las minimiza ya desde la primera anécdota que cuenta en el primer capítulo -sobre las "Antorchas de la Libertad" y la utilización de la lucha feminista por parte de la publicidad-, y la sensación que deja es que se trata de luchas a parciales o sectoriales que deben estar supeditadas a la lucha general de toda la izquierda, Y NO AL REVÉS. He escrito estas últimas palabras en mayúsculas para resaltar el sinsentido de considerar como una lucha minoritaria la de las reivindicaciones de las mujeres, que constituyen más del 50% de la población. Aparte de que no veo por qué la lucha feminista debe de ser identificada exclusivamente con las ideas y objetivos de la izquierda  Y NO AL REVÉS (y aquí ya me callo pues es obvio que tampoco soy la persona más adecuada para dilucidar esta cuestión) (3).
IV- El fallo más excusable, quizás -y eso que es algo que le preocupa mucho a nuestro pensador: "Si el objetivo de este libro es desenmascarar el mercado de la diversidad y la trampa que plantea para la política, uno de los motivos que lo impulsan es el auge de la ultraderecha"- sea atribuir el éxito de la extrema derecha a las mismas estrategias que, sin embargo, resultan tan desastrosas para la izquierda. ¿Acaso a los fachas del mundo les importa más la representación simbólica que a la izquierda desnortada? ¿En serio? ¿No será que saben que éstas son ahora las reglas del juego y se adaptan para conseguir sus objetivos, que no son otros que obtener el poder?

Yo, por supuesto, no tengo las respuestas, ni a estas preguntas ni a la cuestión principal que plantea el libro. Lo que tampoco sé es si las tiene Daniel Bernabé o si al menos a planteado las preguntas adecuadas. Cada cual, que juzgue...



(1) Aclaro, no obstante, que la mencionada dicotomía no ha surgido a partir de este libro; en realidad lo que hace La trampa de la diversidad es recoger, aun posicionándose en uno de los bandos, un debate previo, que sin duda personas más preclaras que yo sabrán rastrear en el pasado reciente.
(2) Que conste que a alguno de los capítulos, más que nada descriptivos, como el que dedica a explicar la historia de avance del neoliberalismo, no se les pude poner casi ningún pero.
(3) En descargo del señor Bernabé, hay que recordar que el libro fue escrito, en prncipio, antes del 8 de marzo del año pasado.
(4) Arcimboldo no tiene la culpa de nada.

lunes, 11 de marzo de 2019

Thomas Hardy: Dos en una torre

Idioma original: Inglés
Título original: Two on a tower
Traducción: Miguel Ángel Pérez Pérez
Año de publicación: 1882
Valoración: Recomendable alto

De: Un libro al día <unlibroaldia@gmail.com>
A: Tim Burton <melancolicochicoostra@gmail.com>
Asunto: Dos en una torre, de Thomas Hardy

Ya no tan estimado Tim(oteo):

Hace ya un tiempo te enviamos un mail hablándote de una historieta de Thomas Hardy, titulada "El brazo marchito", que nos parecía que podría funcionar de maravilla si tu la llevaras al cine. Sabemos que estas muy liado con la nueva adaptación de Dumbo y demás, pero ¡al menos podrías habernos dado acuse de recibo, macho!

El caso es que como somos muy fans tuyos nos atrevemos a sugerirte otra obra de Thomas Hardy para que, por lo menos, te lo pienses. Mira, esta es "Dos en una torre", una novela de unas 400 páginas que, pese a esa portada que podría sugerir lo contrario, es más oscura que el ataúd en el que estuvo enterrado Barnabas Collins. Pero no oscura en el sentido "macabro" del término, sino en el de triste y, hasta cierto punto, deprimente.

Verás. "Dos en una torre" es una novela inglesa de finales del XIX que generó en su momento bastante polémica porque narra la historia de amor (y alrededores) entre Viviette Constantine, joven viuda de unos treinta años que pertenece a la alta sociedad, y el apuestísimo (y más bien tirando a pobre) aspirante a astrónomo Swithin StCleeve, apenas un crío de unos 20 años. Con estos mimbres, cualquier directorzuelo perpetraría un telefilme dominguero de los de Antena 3 y cualquier escritorzuelo se cascaría un bodrio pastelero de tres pares de narices, pero Thomas Hardy era un escritor de los buenos y tu eras eres el mejor director de los últimos tiempos (si quitamos a los hermanos Coen, a Sorrentino, a Wes Anderson...).

Pero la historia de Lady Constantine y StCleeve no es más que el punto de partida para construir una narración en dos planos (lo grande y lo pequeño, lo celestial y lo humano, etc) en la que el tema central no es otro, al igual que en otras novelas de Hardy, que la influencia de la culpa y el miedo sobre la vida de las personas, culpa y miedo que harán que los protagonistas sean incapaces de enfrentarse a los malentendidos y condicionantes celestiales y terrenales que parecen confabularse para hacer de sus vidas un camino de espinas.

Dos son las principales virtudes de la novela. Una de ellas es la magnífica descripción de paisajes y escenarios que realiza Hardy, todo un maestro en estas lides. La otra, y creemos que es lo mejor de la novela, es el análisis psicológico y evolución de los dos principales personajes, tanto es así que Hardy sostiene las 400 páginas del libro en base a este aspecto y lo hace, además, a buen ritmo y manteniendo la tensión a lo largo de toda la obra. Sabemos que igual el psicológico no es el punto fuerte de tus películas, Tim(oteo), pero el hecho de que los Constantine y StCleeve sean tan jóvenes y se pasen buena parte de la novela en el interior de una torre medieval realizando observaciones astronómicas te va a permitir gastar miles de dólares en decorados y en maquillaje y pelucones para Johnny Deep y Tilda Swinton (no podemos concebir otros actores para la peli). 

En el lado negativo, tenemos que reconocer que el final de la novela nos parece precipitado y facilón, casi decepcionante, sobre todo por ese cerrar una historia tan bien construida en apenas unos párrafos. Pese a este regusto amargo, "Dos en una torre" es una buena novela, oscura y ágil, y confiamos en ti para darle a la versión cinematográfica de "Dos en una torre" un final a la altura del resto de la narración. 

En fin, Tim(oteo), que nos haría mucha ilusión que nos contestaras y que tuvieras en cuenta esta historia de Thomas Hardy. De verdad que te puede ir como anillo al dedo y te puede sacar de esta última rachillla que llevas. Lo dicho, esperamos tu respuesta. Si no, te pondremos unas velas negras hasta que tu melena sea como el pelazo de José Luis Rodríguez "El Puma". ¿Terrorífico, eh?

También de Thomas Hardy en ULAD: El brazo marchito

domingo, 10 de marzo de 2019

Autobombo final 10º aniversario: ULAD en los medios





Después de diez días imparables de botellón y reggaeton, con motivo de nuestro décimo aniversario, vamos a poner el broche de oro con algunos ejemplos que ponen de relevancia el poder de ULAD en los medios.

Los más malpensados nos acusaréis de tomarnos un día de descanso para quitarnos la resaca, lanzándoos cuatro links como el que le lanza un filete a un chucho. Es una forma de verlo. Hay que reconocer que dichos links también los podéis encontrar en la pestaña «ULAD en los medios». 

Se entiende perfectamente que no tengáis el menor interés por leer la nota de prensa que publicó el día 1 de marzo la revista digital The Citizen en su apartado literario

Y mucho menos la entrevista a nuestro Koldo publicada ese mismo día 1 en El Asombrario… es una entrevista la mar de completa e interesante pero claro, hay que leerla y en la tele dan cosas tan interesantes… 

Por no hablar de la entrevista radiofónica que le hicieron a Juan en el programa «Media tostada para dos» en Ràdio Malva de Valencia, el pasado 8 de febrero. Una hora lo tuvieron cascando sin parar, tuvimos que hacer una colecta de jalea real para reconstituirlo. Esto no se paga con dinero. 

Algo más corta (pero no menos interesante) fue la entrevista que le hicieron a Carlos Andia y que se emitió en el programa «Euskadi Hoy Magazine» de Onda Vasca, el 22 de febrero. ¡Eso es capear y lo demás son tonterías! 

En conclusión, tenemos ULAD para rato.

Un abrazo a tod@s. 
El lunes volvemos con las cosas de literatura y tal.

sábado, 9 de marzo de 2019

Andrés G. Leiva; Uno de esos días


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está muy bien

La vida en el extrarradio urbano nunca ha sido un camino de rosas. Ni ahora ni hace cuarenta años. Para quien encaró la década de los 80 con el rostro lleno de espinillas y la cabeza repleta de dudas -integrando por tanto aquella generosa hornada de españolitos que irrumpió en el planeta Tierra como parte del baby boom- criarse en uno de esos barrios de bloques de viviendas clonadas (ladrillo rojo, toldos verdes, grúas, descampados y polvorientos barrizales)  la experiencia del tránsito de la infancia hacía… lo que fuese… era adolecer –o sea, carecer- de casi todo Esencialmente de experiencia y sentido común. La constatación está en el prólogo, y en las más de cien páginas que le prosiguen, de Uno de esos días, la más reciente historieta publicada de Andrés G. Leiva (Córdoba, Andalucía, 1969).

Uno de esos días nos retrotrae a un sábado cualquiera de un mes de octubre cualquier como el de 1982. Nada en especial puesto que el televisivo y apocalíptico doctor Jiménez del Oso tenía vaticinado una más de las acongojantes e irreversibles debacles planetarias, coincidiendo con la retransmisión de un Atlético de Madrid vs FC Barcelona del campeonato nacional de Liga. Y lo hace, por cierto, al recuperar el autor una pequeña caja de cartón de casa de sus padres con una serie de objetos personales que desatan la narración; la taza de Naranjito, el tubo de pegamento Imedio, el casete de Leño en directo…, en una ingeniosa puesta en escena donde al presente le corresponde el blanco y negro y al pasado el color. Una paleta cromática que es, quizás, uno de los grandes atractivos de esta novela gráfica, pues el tratamiento de acuarela presta calidez y textura al relato, con algunas viñetas especialmente memorables, como esos oscuros cielos violetas sobre el barrio, punteados por el tenue amarillo de las farolas o de alguna habitación insomne.
En aquel tiempo en que las dos superpotencias andaban empeñadas en exhibir el tamaño de sus arsenales atómicos y en el que la presencia de ovnis era de una cotidianeidad normalizada, adolecer y crecer en el extrarradio podía no ser apenas un ejercicio de coctelería hormonal  sino también una experiencia vital dominada por la indigencia emocional y sentimental, en la que el trato con los demás se reducía apenas a una mezcla de desprecio y collejas, de sentido del ridículo y de percepción absoluta del ninguneo. De esa aridez con la que se tratan hermanos, compañeros, vecinos, da buena cuenta esa viñeta de la madre, absorta en su ventana acariciando el deseo de abandonar, de huir. O la sempiterna amenaza de los del barrio de al lado; siempre hay alguien más lumpen, más rudo, más mayor, incordiando, amenazando. Uno de esos días traza el recuerdo de esos adolescentes, esas personitas frágiles y vulnerables, aisladas en su incapacidad para sobreponerse a las carencias, temores, prejuicios e ignorancias, armadas apenas con la imaginación, la curiosidad o la cabezonería. Y con el deseo, materializado aunque sea en el fugaz roce de la mano de quien te atrae. Uno de esos días.