Idioma original: alemán Título original: Blauschmuck
Traducción: Richard Gross
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable
Me cuesta empezar la reseña de este libro, pues una introducción podría suavizar lo que el libro narra. De una contundencia y desgarro realmente abismales, esta primera novela de Katharina Winkler es de una calidad literaria, por su prosa, pero también por su mensaje, altamente inusual. Veamos qué nos cuenta la autora.
La protagonista: Filiz. Niña. Seis años al inicio de la historia y seis hermanos. Y una madre que los cuida. Y un padre que se supone que también, o debería, aunque no. Y animales a los que cuidan y que son su sustento. Son solo una familia de las muchas que viven en el pequeño pueblo, todas en situaciones similares de pobreza, suciedad y miseria. Miseria económica, pero también vital. Porque hay hambre, y miedo. Del hambre, también, pero del padre. De los hombres. Y de la oscuridad, porque «ataca a la virgen que lleva dentro».
En una vida limitada y regida por los designios del padre, hay pocas rendijas por las que dejar entrar la luz de la esperanza, porque «mi mundo es un pasillo largo y estrecho del que salen un sinfín de puertas por ambos lados (…) quiero abrirlas, pero están cerradas». Y en ese pasillo la vida transcurre, en un infierno que cambia de paredes y los demonios de máscara. Pero sigue siendo infierno y sigue habiendo demonios. Porque esa es la vida que tiene, y no le espera otra, porque otras mujeres ya la sufren también. Una prisión donde el carcelero es el padre, o el marido que lo sustituye, en autoridad, no en afecto, no existe eso. Tampoco se espera. Un calabozo vital donde la violencia es física y psicológica, ejercida y autoimpuesta, por una educación que no deja lugar a la libertad, ni aunque sea en sueños. La culpa y la violencia siempre presente. El castigo al acecho. La pena constante. Y el lamento ahogado por las lágrimas, cuando se permite que aparezcan, de manera escondida, clandestinas, requiriendo el derecho a existir, y a sentir.
Y los niños que vienen, y asoman a una vida que nadie les desea. Tampoco la vida a ellos. No les espera nada bueno. La ilusión de un aborto crece, al ritmo de un embarazo. Y en la desesperación, la rutina del pozo anímico. El anhelo de una respuesta, el desespero y ansia por no ser ignorada, por devolverse a la existencia, aunque sea a golpes de una realidad desgarradora. La esperanza de algo, aunque sea malo, pero peor es la nada, la indiferencia. Es la consecuencia tras la costumbre del maltrato, del menosprecio, del castigo.
La vida en una cárcel, mental, a veces física, encerrada en su vida. Los hombres ejerciendo de carceleros, el padre o el marido. Costumbres dominantes, agresivas y violentas acompañan sus días. No hay luz, ni tan siquiera la suficiente para ver la sombra de lo que fue. O que podría haber sido, pero no en este mundo, no en su mundo, en su sociedad.
Maltratos compartidos por tantas mujeres, gritos al unísono ahogados por el terror, y por no conocer otras vidas posibles. La dominación y el abuso, la violencia y el castigo, el control oculto tras la indiferencia aparente. Sin margen, sin opción, sin libertad, sin vida. «El tiempo sin golpes es el paraíso. Hay sitio para el latido de nuestros corazones.»
La vida resumida, rutinas cortas repartidas entre golpes, maltratos y noches interminables. Secuelas por dentro, golpes por fuera. Molida a palos, en las mejores ocasiones. También los niños, también las madres. Un infierno tan profundo que parece ajeno, un marido que «golpea el cuerpo en el que ya no estoy».
Esto y mucho más, y peor, es lo que el libro ofrece. Y lo hace con una prosa cuidadísima, de una poesía extrema, de una belleza estilística sorprendente, a la vez que volátil, pues se disfruta solo en el momento de leerla. Luego llega el mensaje a nuestro interior, y explota, y nos rompe. Porque es durísimo lo que cuenta. Porque es de una atrocidad impecable y contundente. Absoluta. Sin matices. Es patriarcado en su máxima expresión, en su más despiadado ejercicio. Y basado en hechos reales, por si hubiera duda de que existe. Y hay que combatirlo hasta que desaparezca, hasta que no quede ni un solo rastro que suponga un cárdeno adorno en la piel de ellas, ni en nuestras consciencias.
Nota adicional: en un alarde de osadía reseñista he intentado adaptar el estilo de la reseña al de la autora, salvando las distancias. Espero que los lectores me disculpen por el estilo algo extraño de esta reseña, pero es que la potencia narrativa y el contagio emocional que causa me ha impedido hacerla de otra manera. Las palabras surgen de las emociones que emanan de la lectura del libro. Y este sin duda es de una potencia inusual. Como los golpes, como el castigo, como el miedo. Porque el estilo es a base de frases cortas, capítulos cortos, a veces únicamente párrafos. Para aumentar el impacto, como si hiciera falta. No hay que adornar la crueldad, ni envolverla de adjetivos. La autora lo sabe. Solo hay que combatirla, sin dejar que aflore y nos derrumbe. Como hace este libro. Como hace Filiz.
La protagonista: Filiz. Niña. Seis años al inicio de la historia y seis hermanos. Y una madre que los cuida. Y un padre que se supone que también, o debería, aunque no. Y animales a los que cuidan y que son su sustento. Son solo una familia de las muchas que viven en el pequeño pueblo, todas en situaciones similares de pobreza, suciedad y miseria. Miseria económica, pero también vital. Porque hay hambre, y miedo. Del hambre, también, pero del padre. De los hombres. Y de la oscuridad, porque «ataca a la virgen que lleva dentro».
En una vida limitada y regida por los designios del padre, hay pocas rendijas por las que dejar entrar la luz de la esperanza, porque «mi mundo es un pasillo largo y estrecho del que salen un sinfín de puertas por ambos lados (…) quiero abrirlas, pero están cerradas». Y en ese pasillo la vida transcurre, en un infierno que cambia de paredes y los demonios de máscara. Pero sigue siendo infierno y sigue habiendo demonios. Porque esa es la vida que tiene, y no le espera otra, porque otras mujeres ya la sufren también. Una prisión donde el carcelero es el padre, o el marido que lo sustituye, en autoridad, no en afecto, no existe eso. Tampoco se espera. Un calabozo vital donde la violencia es física y psicológica, ejercida y autoimpuesta, por una educación que no deja lugar a la libertad, ni aunque sea en sueños. La culpa y la violencia siempre presente. El castigo al acecho. La pena constante. Y el lamento ahogado por las lágrimas, cuando se permite que aparezcan, de manera escondida, clandestinas, requiriendo el derecho a existir, y a sentir.
Y los niños que vienen, y asoman a una vida que nadie les desea. Tampoco la vida a ellos. No les espera nada bueno. La ilusión de un aborto crece, al ritmo de un embarazo. Y en la desesperación, la rutina del pozo anímico. El anhelo de una respuesta, el desespero y ansia por no ser ignorada, por devolverse a la existencia, aunque sea a golpes de una realidad desgarradora. La esperanza de algo, aunque sea malo, pero peor es la nada, la indiferencia. Es la consecuencia tras la costumbre del maltrato, del menosprecio, del castigo.
La vida en una cárcel, mental, a veces física, encerrada en su vida. Los hombres ejerciendo de carceleros, el padre o el marido. Costumbres dominantes, agresivas y violentas acompañan sus días. No hay luz, ni tan siquiera la suficiente para ver la sombra de lo que fue. O que podría haber sido, pero no en este mundo, no en su mundo, en su sociedad.
Maltratos compartidos por tantas mujeres, gritos al unísono ahogados por el terror, y por no conocer otras vidas posibles. La dominación y el abuso, la violencia y el castigo, el control oculto tras la indiferencia aparente. Sin margen, sin opción, sin libertad, sin vida. «El tiempo sin golpes es el paraíso. Hay sitio para el latido de nuestros corazones.»
La vida resumida, rutinas cortas repartidas entre golpes, maltratos y noches interminables. Secuelas por dentro, golpes por fuera. Molida a palos, en las mejores ocasiones. También los niños, también las madres. Un infierno tan profundo que parece ajeno, un marido que «golpea el cuerpo en el que ya no estoy».
Esto y mucho más, y peor, es lo que el libro ofrece. Y lo hace con una prosa cuidadísima, de una poesía extrema, de una belleza estilística sorprendente, a la vez que volátil, pues se disfruta solo en el momento de leerla. Luego llega el mensaje a nuestro interior, y explota, y nos rompe. Porque es durísimo lo que cuenta. Porque es de una atrocidad impecable y contundente. Absoluta. Sin matices. Es patriarcado en su máxima expresión, en su más despiadado ejercicio. Y basado en hechos reales, por si hubiera duda de que existe. Y hay que combatirlo hasta que desaparezca, hasta que no quede ni un solo rastro que suponga un cárdeno adorno en la piel de ellas, ni en nuestras consciencias.
Nota adicional: en un alarde de osadía reseñista he intentado adaptar el estilo de la reseña al de la autora, salvando las distancias. Espero que los lectores me disculpen por el estilo algo extraño de esta reseña, pero es que la potencia narrativa y el contagio emocional que causa me ha impedido hacerla de otra manera. Las palabras surgen de las emociones que emanan de la lectura del libro. Y este sin duda es de una potencia inusual. Como los golpes, como el castigo, como el miedo. Porque el estilo es a base de frases cortas, capítulos cortos, a veces únicamente párrafos. Para aumentar el impacto, como si hiciera falta. No hay que adornar la crueldad, ni envolverla de adjetivos. La autora lo sabe. Solo hay que combatirla, sin dejar que aflore y nos derrumbe. Como hace este libro. Como hace Filiz.




