lunes, 18 de febrero de 2019

Rosa Berbel: Las niñas siempre dicen la verdad


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

El primer libro de poemas de Rosa Berbel ha dado que hablar. Mucho. Ganador el año pasado de la XXI edición del Premio de poesía joven Antonio Carvajal, que con anterioridad se fijó en autores como Andrés Neuman, Luís Bagué Quílez o Martha Asunción Alonso, Las niñas siempre dicen la verdad ha recibido atención y parabienes en los suplementos literarios que determinan el canon literario a día de hoy en España y ha sido incluido en casi todas las listas de lo mejor que deparó la poesía en este país en el año 2018. Así que con la curiosidad desatada tuve que sobreponerme a dos obstáculos importantes a mi entender; el título y la portada. Hacerlo me ha compensado de sobras. Los versos que hay en estas páginas albergan la suficiente vida palpitando y tanta verdad contenida que el dato de la edad de la autora (Estepa, Andalucía, 1997) es apenas anécdota. 

El libro se articula en torno a una precuela, dos partes diferenciadas que acogen una docena de poemas cada una y se cierra con un poema algo más extenso que el resto. En la primera sección, que lleva por título Quemar el bosque, nos damos de bruces con una manera de encarar la vida y la relación con los demás perpleja, incómoda, instalada en el desasosiego. De estos versos se desprende una reflexión acerca del aprendizaje como tarea vital y también acerca de la familia como formato social; el hogar, el rol de la mujer, la tradición, la desesperanza, el miedo a la violencia: “¿No era esto madurar: elegir cosas / y esconder la elección a los demás?” La sensación del verano se asocia a la noción de infancia, reciente y perdida, y en este Quemar el bosque nos encontramos con imágenes, o ideas, como la de los niños muy viejos, o tan niños y tan sabios, o la de la infancia sin infancia. La infancia como un tiempo luminoso y ligero aunque también extraño e incierto: “Niña que no reconoce su cuerpo / comienza a sentir cosas algo extrañas: / hormigueo, mal carácter, un intenso dolor / en los dos pechos.”

En los versos agrupados bajo el título de Planes de futuro se hace más evidente el sentimiento de incertidumbre, de contradicción ante lo que parece que la vida va a poder deparar a quienes hoy y ahora se lanzan a por ella. El eje de la percepción se desplaza para apuntar hacia el porvenir y los versos escogidos de José EmilioPacheco para acceder a estos Planes de futuro se hacen bastante elocuentes: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”. Al puntito de provocación que supone traer a colación estos versos del poeta mexicano, la autora añade asimismo un toque más irónico en piezas como Manual de supervivencia para salir del nido o más sagaz, quizás, en Femme fatale con prisa, definitivamente uno de mis preferidos: “No es fácil ser mujer y ser fatale, / en los tiempos que corren / exige disciplina y certidumbres. / Hay que fumar sabiendo los peligros / de enfermedades poco fotogénicas. / Llevar medias de naylon sin carreras / durante una jornada de 10 horas.” 

Versos en los que se habla  de mantenerse bien agarrados a la vida, y seguir un camino propio aunque nos sintamos despistados, entre los pisotones de la gente, y por eso me refería al principio a verdad y vida. En el poema que cierra el libro, Sala de espera para madres impacientes, encontramos la construcción de una identidad compartida, femenina y consciente, que busca amparo, complicidad, calidez. Así que sí, me parece un libro muy recomendable porque siempre resulta de lo más apetitoso encontrarse con una voz nueva, original, cargada de interés y convicción.

domingo, 17 de febrero de 2019

Rohan O’Grady: Matemos al tío

Idioma original: Inglés   
Título original: Let’s kill Uncle
Traductora: Raquel Vicedo 
Año de publicación: 1964
Valoración: Está bien 

Matemos al tío es una novela escrita por la canadiense June Skinner bajo el seudónimo de Rohan O'Grady. Tuvo bastante éxito en su momento; incluso fue llevada a la gran pantalla en 1966, dos años después de su publicación, por el director de películas de terror William Castle. Sin embargo, ya empezaba a caer en el olvido. Es aquí donde Impedimenta aparece, fiel a su labor de rescatar títulos curiosos y, como en este caso, inéditos al castellano.

Llegados a este punto, dejad que os diga que la edición de este volumen es de diez. Especialmente remarcable es su traducción; Raquel Vicedo recubre el texto con modismos y expresiones coloquiales que consiguen imprimir a la narración el carisma del material original.

El argumento 

¿De qué trata Matemos al tío? Pues bien, este libro es un cóctel que mezcla impúdicamente la novela negra con la comedia, las aventuras, el "bildungsroman" y el terror. Aunque muchos se han limitado a catalogarlo, quizás en un afán algo reduccionista, como un exponente de la literatura gótica del siglo XX.

Pero bueno, bien mirado, de gótico, Matemos al tío tiene por un tubo. De hecho, haría las delicias a Tim Burton. Sobre todo al Tim Burton más reciente, ese que parece haber dejado de lado su faceta más macabra pero que sigue mostrando devoción hacia las historias oscuras. ¿No me creéis? Dejad que os liste algunos de los elementos que engalanan a esta novela, elementos que fácilmente podrían aparecer en una película del director estadounidense. Tenemos: 

  • Un entorno bucólico que se verá asediado por un vil personaje. En este caso, una pequeña isla de la costa de Canadá a la cual vendrá a veranear el malvado comandante Sylvester Murchison-Gaunt.
  • Un par de niños más espabilados de lo normal. Ah, y ¡uno de ellos es un huérfano de diez años, multimillonario, cuyo tío, el mentado Sylvester Murchison-Gaunt, quiere cargárselo!  
  • Siniestras sesiones de hipnotismo, alguna escena de casquería, un cementerio, una playa de aguas peligrosas... 
  • Toques de ironía, especialmente cuando se usa para radiografiar a la sociedad de la época. 

En fin, que la cosa es, más o menos, así: Barnaby Gaunt acaba de perder a sus padres, por lo que tendrá que ir a vivir con su tío, el retorcido comandante Sylvester Murchison-Gaunt. Éste quiere matarle para heredar su fortuna de diez millones de dólares. Por desgracia para el pobre Barnaby, en la isla donde veranea nadie, ni siquiera el policía montado, el sargento Coulter, se lo cree. Nadie salvo Christie MacNab, la única menor de edad a parte de él. Ambos comprenderán que solamente les queda una opción: ser ellos los que maten. Por supuesto, también deberán salir impunes del crimen. 

Nótese que en esta breve sinopsis he dejado de lado muchas cosas. En primer lugar, el tío no hace aparición en la historia hasta pasadas cien páginas, por lo que se puede deducir que hay muchos otros frentes abiertos en Matemos al tío que el de la planificación de, precisamente, cómo matar al tío. También he omitido en este resumen a Una Oreja, puma ya viejo que aparece en la magnífica ilustración de la cubierta hecha por el inefable Edward Gorey. Cuando discuta, más adelante en la reseña, los contras de esta obra, veréis el porqué.

El villano 

La figura de Sylvester Murchison-Gaunt oscurece el tono general de la novela. No en vano es un villano temible, al menos en un principio. Digo en un principio porque el desenlace de la novela no lo trata con el respeto que merece. Su final es, de hecho, anti-climático.

En cualquier caso, el personaje sigue siendo muy interesante. Esto se debe, en parte, a las turbias migajas de su biografía que O'Grady deja caer a lo largo de la novela. Realmente te hacen temer al comandante, atisbar de lo que es capaz. Luego está su aterradora presencia. Hubo momentos en que algunas de sus apariciones, o sus diálogos, lograron ponerme los pelos de punta.

El ritmo 

O'Grady se toma su tiempo para introducir la geografía de la Isla, microcosmos en el que transcurre la acción; lo mismo con sus habitantes, sus formas de ser, sus costumbres. Esto sucede, sobre todo, en las páginas previas a la aparición del tío. Son las que más humor tienen, y aunque en ellas la historia avanza con algo de lentitud, su lectura no se hace pesada.

Una vez Sylvester Murchison-Gaunt entra en acción, los eventos tampoco se aceleran. No, al menos, hasta llegar el abrupto final. O'Grady sigue estableciendo personajes, lugares y objetos que tendrán importancia durante la contienda definitiva entre él y los niños casi con parsimonia. Quizás sea este dilatado pasaje central el menos llevadero de toda la novela. Por lo menos, a mí se me hizo algo cuesta arriba en ocasiones. Además, en este tramo hay pasajes claramente prescindibles, como alguna escena de los niños en el cementerio, o las cartas del sargento Coulter.

Lo bueno y lo malo

Pasemos a los que, a mi juicio, son los aspectos positivos de Matemos al tío:

  • Sus protagonistas, Barnaby y Christie, están muy bien perfilados. Además, los diálogos de ambos niños son una gozada. También el desarrollo de su vínculo. Por no olvidar que hay mucha química en sus interacciones. Sin duda alguna, impelen al lector a simpatizar con ellos. 
  • La rica galería de personajes. Aunque no sean especialmente memorables, salvo el tío, la diversidad de perfiles se agradece; uno tiene la impresión de que la isla bulle de vida gracias a sus habitantes. Por no decir que la mayoría son la mar de entrañables.  
  • El humor. Ya he anticipado que se concentra especialmente en el primer tercio del libro y luego acaba por desaparecer casi por completo, pero es innegable que hace que la experiencia global sea de lo más disfrutable. La astucia y el desparpajo de O'Grady impregnan de simpatía al texto. 
  • La transición entre un tono amable a otro oscuro está muy lograda. Pasamos de una narración casi bucólica a una colorista pesadilla infantil. 

Por otro lado, los defectos que le veo a esta novela son los siguientes:

  • Su ritmo, renqueante durante el tramo central. 
  • Me atrevería a decir que a la novela le sobran algunos personajes, pues la autora es incapaz de darle relevancia a todos ellos. El viejo puma Una Oreja, por ejemplo. Es una pieza clave en el enfrentamiento final contra el tío, vale, pero ya he insinuado que no me convence el planteamiento de esa escena. Y durante el resto de la novela, la verdad es que Una Oreja no es más que un detalle exótico en la narración. Es por esto, pues, que yo lo hubiera omitido. El propio matrimonio Brooks, aquéllos isleños que cuidan a Barnaby, es totalmente desaprovechado. Se nos dice que acoger al niño les ayudará a hacer más llevadera la pérdida de su pequeño hijo Dickie, pero esta subtrama jamás es explorada. 
  • La tensión que durante todo el libro lleva gestándose desemboca en un final anti-climático. Al menos es crudo, a lo Hans Christian Andersen. 

Conclusiones 

Visto lo visto, queda claro que esta novela coincide con toda una tradición literaria que intenta aunar la inocencia y la perversidad. Hay gente que la relaciona por este motivo con Huracán en Jamaica, de Richard Hughes. Yo añadiría, aquí, a Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Otra obra con la que se establecen relaciones es La noche del cazador, de Davis Grubb, donde parece ser que hay un psicópata que persigue a unos pobres niños.

Matemos al tío también me recuerda a la franquicia Una serie de catastróficas desdichas. No sé hasta qué punto ésta se habrá inspirado en la historia de O'Grady, pero sin duda alguna comparten premisas. Debo aclarar que el tono de la novela es, no obstante, menos infantil que el de Una serie de catastróficas desdichas

Y poco más que añadir. Esta lectura es deliciosamente oscura. Tierna, ingeniosa y pueril, a la par que cínica y amarga. Con toda seguridad gustará a tu Tim Burton interior. 

sábado, 16 de febrero de 2019

Stefan Zweig: Ardiente secreto

Idioma original: alemán
Título original: Brennendes Geheimnis
Traducción: Berta Vías Mahou (ed. en castellano) / Ester Capdevila (ed. en catalán)
Año de publicación: 1911
Valoración: recomendable

Es de sobras conocida la capacidad de Zweig para escribir sobre la condición humana y sobre las emociones, pues sabe entender como pocos aquello que sentimos, aquello que nos mueve, aquello que nos impulsa a actuar de una cierta manera, y esa mirada clara y precisa la transmite perfectamente en sus libros.

En este breve libro, Zweig despliega nuevamente su alta capacidad narrativa para implicarnos directamente y de manera inmediata en la historia. Así, no necesita muchas páginas para situarnos en ella y, establecido el marco ambiental, nos narra la llegada de un joven barón a un pequeño pueblo, donde se dispone a pasar unos días de vacaciones. El joven, poco amante de aventurarse en la exploración de uno mismo pretende dedicar su estancia a buscar compañía femenina, pues no se encuentra a gusto en la soledad y tiene pulsiones que le empujan a buscar y encadenar relaciones íntimas. Además, la lejanía respecto a su lugar donde habita, su buen parecido y unas ya demostradas artes seductoras, le brindan una buena ocasión para ello. Y parece que el azar se conjura con ello, pues encuentra en su mismo hotel una mujer que pasará unos días en la compañía única de su hijo pequeño. Qué mejor oportunidad para dar rienda suelta a sus pasiones, pues la ocasión parece propicia e idónea. O eso parece.

Ya en las primeras páginas, el estilo inconfundible del autor austríaco nos da las pinceladas suficientes para enmarcar la historia en un paisaje que sirve de escenario de los devaneos amorosos del protagonista, pero la habilidad de Zweig se pone de manifiesto realizando un ligero cambio en la aproximación a la historia al cambiar el foco inicial centrando la figura no en el joven barón aparentemente protagonista, sino en el hijo de la mujer que pretende conquistar. Y es a través de ese enfoque donde Zweig despliega su magnífico talento pues vemos en el niño aparecer todas las dudas que seguirán de mayores, que nos perseguirán, y asoman la soledad, la incomprensión, el miedo a perder el cariño de los seres queridos o admirados y, por extensión, el autor nos transmite bajo la mirada del niño todos aquellos sentimientos que envuelven los corazones de los adultos. Así, el autor cubre el espectro de las pasiones existentes en las diferentes edades en un solo personaje, y es a partir de él que la historia se centra en ellas, haciéndolas crecer y creando un despertar consciente de aquello que reside en cada uno de nosotros. A partir del triángulo formado por los tres (y únicos) protagonistas, Zweig alterna los equilibrios entre las relaciones que se crean entre ellos, decantando la balanza sentimental hacia un lado u otro, para explorar, en cada uno de ellos, aquello que les motiva y les conmueve, aquello a lo que aspiran y desean, aquello que quieren conservar aún a costa de arriesgar lo que ya tienen, y en ese vaivén emocional se abren las suficientes fisuras para dejar entrar y crecer, las dudas, los miedos y el egoísmo. Porque Zweig tiene la facilidad de con muy poco, captar, analizar, exponer y explotar los miedos y las pasiones que conforman la condición humana, el ego y el atrevimiento, el deseo y el rechazo, y la perversa habilidad de quien lucha por conseguir aquello que desea, sin tener en cuenta la voluntad o sentimiento de los demás.

Así, Zweig sabe perfectamente conectar con el lector, y despertar en el no únicamente la curiosidad en querer ávidamente avanzar en la novela, sino también en descubrir, averiguar y profundizar en aquellos sentimientos que albergamos en nuestro interior y que, en ocasiones mostramos, y en ocasiones escondemos, no únicamente a las personas de nuestro entorno sino también a nosotros mismos.

Si ubicamos la novela en la prolífica vida literaria del autor, y siendo una de sus primeras novelas, es interesante ser testigos de cómo a los treinta años Zweig ya se encontraba en una madurez narrativa sublime, no únicamente por saber retratar a la perfección cada uno de los personajes, sino también para conocer y expresar qué ocurre dentro de ellos. La narración en tercera persona es muy hábil pues, a pesar de que el punto de vista principal se centra en el niño, transmite perfectamente qué siente cada uno de los personajes, sus dudas, sus miedos y sus odios, estableciendo así un marco perfecto dentro del cual ubicar emocionalmente cada uno de los vértices de este extraño triángulo sentimental que conforman el niño, su madre y el joven barón.

Aunque probablemente no sea el mejor libro del autor, es innegable su calidad literaria y cómo consigue siempre conectar con el lector a través, no únicamente de su clara estructura, sino de una prosa que recrea perfectamente el ambiente por el cual se mueven sus siempre reflexivos y apasionados personajes. Siempre es un placer leer Zweig, y cada libro es una ocasión más para deleitarnos con las historias que magistralmente narra.


Otras obras de Stefan Zweig en ULADEl mundo de ayer¿Fué él?Fouché. Retrato de un hombre políticoMendel el de los librosMaría AntonietaTiempo y mundoCarta de una desconocidaNovela de ajedrezVeinticuatro horas en la vida de una mujerViaje al pasadoLos ojos del hermano eternoLas hermanasMontaigneLa piedad peligrosa o La impaciencia del corazónClarissa, Miedo

viernes, 15 de febrero de 2019

Zoom: El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson

Idioma original: inglés
Título original: The Bottle Imp
Traducción: José Luis López Muñoz
Año de publicación: 1891
Valoración: Recomendable

No, amigos, tranquilos, que esto no es un libro de autoayuda para dejar el alcohol. La botella sobre la que habla Stevenson ofrece ventajas sin duda mayores, aunque a cambio resulta muchísimo más peligrosa (todavía, seamos correctos). Porque lo que hay dentro, como es obvio por el título, es un diablo, una inquietante sombra cuyo movimiento se trasluce apenas tras el vidrio, y da cierto mal rollo. Seguramente por esa denominación de ‘diablo’ que lleva el título en castellano, porque si le despojamos del carácter luciferino la imagen del lector se hubiera ido de inmediato y sin duda hacia el simpático concepto de ‘genio de la lámpara’ que nos ha llegado desde Las mil y una noches, con frecuencia edulcorada, banalizada y hasta pasada por el tamiz Disney.

Efectivamente, nuestro diablo concede deseos a su portador, y no ya tres, sino todos los que quiera, excepto el de prolongar la vida. Pero a cambio pone algunas condiciones algo complejas y bastante comprometedoras: si uno muere siendo propietario de la botella, se condena para toda la eternidad así que, por si acaso, es conveniente deshacerse de ella a no tardar mucho. Y para que la transmisión sea eficaz debe hacerse a un precio inferior al de adquisición. Es justamente este aspecto deflacionario el que preocupa a cada nuevo portador, y es un elemento muy útil para asegurar una tensión creciente en el relato. Además, si estaba usted pensando en técnicas comerciales torticeras para facilitar la venta, la última condición es que todos los requisitos deben ponerse en conocimiento del comprador sin faltar uno.

Keawe es un joven hawaiano que se hace con el enigmático recipiente casi por casualidad, y por un precio que a él le parece de ganga, pero que le traerá dificultades. El sueño de Keawe tampoco era demasiado aparatoso, se conforma con un casoplón allá en su isla, y enseguida le endosa la botella a un colega que se moría por tener un hermoso bajel. Todo le va bien a nuestro protagonista, hasta se enamora de una chica que, tras alguna reticencia, acaba por corresponderle. Pero le surge un problema bastante desagradable y desea recuperar los favores del diablo-genio. Tras intensa búsqueda, consigue por fin recuperar el vidrio, pero a un precio tan bajo que le va a ser difícil deshacerse de nuevo de él: los potenciales compradores desconfían de negocio tan extraño, y aún más cuando se les ofrece chollo semejante casi gratis. Bueno, el resto no lo cuento, claro.

El caso es que el relato es sumamente ágil, sencillo pero interesante y, como apuntaba antes, con un crescendo importante y muy bien desarrollado. Desde el principio tenemos claro que el asunto no se va a resolver con facilidad, pero los problemas con que va tropezando el propietario del frasco y la amenaza del incumplimiento de las condiciones hacen que aumente la angustia según se van cerrando las puertas de la solución. 

Es indudable que existe cierta carga de moralina, y por lo tanto podríamos leerlo en clave alegórica, sobre las dificultades de la vida, el precio de la ambición y sus riesgos, cosas por el estilo. Pero, como me ocurre con frecuencia, prefiero disfrutarlo como un relato de aventuras, con un elemento misterioso y perturbador que siempre está ahí, tentando con sus artes pero en el fondo amenazador, y las peripecias de todos aquellos que sucumben a la magia y terminan enredados entre sus sueños y su propia perdición. 

Stevenson es un maestro en este tipo de narraciones y ésta en concreto me parece un ejemplo brillante. No será una joya de la literatura, pero está estupendamente escrito, con sus ingredientes en su justa dosis, y se lee con gusto.

PD: Resulta muy curioso que, teniendo muy poco que ver en su desarrollo, el final de este relato se parece un montón al de Gautier que reseñamos hace unos días. Lástima no poder contarlo.

Otras obras de Robert Louis Stevenson en ULAD: La isla del tesoroEl extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. HydeEnsayos literariosEl club de los Suicidas

jueves, 14 de febrero de 2019

Liliana Bodoc: Los días del venado (La saga de los confines I)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2000
Valoración: Me lo he pasado en grande

Me salgo en esta ocasión de mi zona de confort y, haciendo caso a recientes comentarios de algunos seguidores de ULAD, me lanzo con una novela fantástica dirigida, al menos en la biblioteca de mi barrio, al público juvenil. Digo que salgo de mi zona de confort porque no es el fantástico un género que a priori me llame; de hecho, no he leído ni visto"El señor de los anillos", "Juego de tronos" o "Harry Potter". Prefiero, puesto a buscar "géneros menores", las películas de terror de serie B.

Me dejo de rollos y me centro en "Los días del venado", primero de los tres tomos que componen "La saga de los confines" de la argentina Liliana Bodoc. Resalto lo de "la argentina Liliana Bodoc" porque creo que tiene su importancia, tanto para el enfoque como para el desarrollo de la novela. "Los días del venado" transcurre en un lugar y un tiempo que bien podrían ser América del Sur y la época de la "conquista de América" y su argumento podría resumirse, de forma extremadamente resumida, en la eterna lucha entre el Bien y el Mal.

Profecías, augurios, señales del cielo y de la naturaleza y extraños indicios anuncian la llegada de algo desconocido, de una confusa amenaza difícil de interpretar. Esto obliga a los personajes a un viaje casi iniciático, a través de territorios desconocidos, para llegar a una reunión en la que líderes de las diversas tribus buscarán la forma de hacer frente a la citada amenaza. Toda esta parte ocupa dos tercios de la novela, debido sobre todo a que Bodoc opta por ir presentando poco a poco los personajes y territorios que protagonizarán la acción. La novela, quizá por esta elección de la autora, comienza con cierta "lentitud", pero la narración cobra un ritmo vertiginoso a medida que la tensión aumenta, los hechos se aceleran y la lucha se desata, de forma encarnizada, en el tercio final.

Quisiera destacar, además de lo ya comentado del ritmo de la novela, un par de aspectos de "Los días del venado" que me han sorprendido gratamente. Por un lado, Bodoc se sale de los cánones del género (al menos, de los estereotipos que uno tiene en mente al hablar de novela fantástica), y aunque obviamente encontramos magos, batallas, profecías, épica, etc., se observa un importante esfuerzo en la construcción de personajes y ambientes y una cuidada prosa, ágil y poética al mismo tiempo. Por otro, y teniendo en cuenta que se trata de una novela orientada al público juvenil, pone sobre la mesa valores que conviene no olvidar, como el respeto a la Naturaleza, la relación de los seres humanos con el entorno, la importancia del grupo, etc.

En definitiva, confieso que me lo he pasado en grande leyendo este libro, tanto es así que me voy a animar con los dos que completan la saga. Espero que sean tan entretenidos y estén tan bien escritos como este.

P.S.: Gracias por la recomendación, de verdad

miércoles, 13 de febrero de 2019

Sergéi Dovlátov: Oficio

Idioma original: ruso
Título original: Ремесло: Повесть в двух частях - Remeslo: Povvest'v dvukh chastyakh
Año de publicación: 1977-1985
Traducción: Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea
Valoración: qué voy a decir... más que recomendable, claro

Afronto esta reseña con no poco pesar en mi corazón, porque, amigas y amigos, este libro es el último Dovlátov que me quedaba por leer (al menos, traducido) y lo guardaba como oro en paño para inaugurar este nuevo año, esperando que así fuera mejor, para todo el mundo, que el jodido 2018. Así, sacrifiqué la tradicional resaca, saltos de esquí y marcha Radetzsky para ponerme con este Oficio, que he ido racionando desde entonces como un naufrago el agua dulce (tampoco sé si hice lo mejor; una buena resaca hubiese sido un pertinente homenaje al gran Seriózha).

El volumen, titulado en el original Oficio (o también "arte, artesanía"), novela corta en dos partes, está dividido, en efecto, en dos partes bien diferenciadas; la primera de las cuales, El libro invisible, consta como el primer libro publicado por Dovlátov, -y cuenta, paradójicamente, el proceso de no publicación de un libro-, pero en principio formaba parte de una extensa novela de inspiración autobiográfica  (lo que conocemos hoy en día como "autoficcción", mal que me pese), titulada Cinco esquinas, y publicada separadamente fuera de la Unión Soviética. Años más tarde, junto con una segunda parte, El periódico invisible, conformaron este libro llamado Oficio.

He puesto antes que El libro invisible narra el proceso de "no publicación" de un libro, aunque, en puridad, aborda un tema más amplio: la relación del autor con la escritura -tanto literatura como periodismo- y su camino de formación para convertirse en escritor, en una especie de bildungsroman o como diablos se diga en ruso. Camino que, según Dovlátov, en su caso empezó muy joven, cuando, siendo un bebé en Ufa, el mismísimo Platónov quiso pellizcarle la mejilla. Ahora bien, el grueso de esta primera parte se la llevan los desvelos y aún desesperos del joven escritor para tratar de publicar su primer libro y sus extravíos por los vericuetos de la burocracia soviética. Por eso, aunque el relato -como a toda la literatura de este autor- no le falta una buena dosis de ironía y humor, la impresión que deja  es más bien triste, la de la impotencia y frustración de alguien que ve imposible llevar a buen término no ya su vocación, sino lo que parece incluso su destino (tampoco pensemos que esta sensación es exclusiva de sistemas como el soviético... habría que preguntar a tantos escritores del capitalismo actual que ven como el "mercado" les devuelve sus manuscritos una y otra vez). Posiblemente ésta fuera el principal motivo, junto con razones familiares, para que Serguéi Dovlátov acabara emigrando a Estados Unidos, más que las causas políticas o económicas... aunque su detención y breve paso por la cárcel también la motivaron en alguna medida, es de suponer.

La segunda parte, El periódico invisible -escrita, cierto es, años más tardes y en otras circunstancias- resulta más relajada y divertida, optimista, incluso. Cuenta, la creación de un periódico ruso en Nueva york por parte de un grupo de antiguos periodistas, como había sido el propio Dovlátov. Con un tono que recuerda al de La extranjera, el autor hace desfilar ante nosotros a toda una serie de personajes de la "tercera emigración" rusa, retratados con todo un repertorio de anécdotas que oscilan entre lo absurdo  y lo entrañable, esa mezcla irónica pero tierna que este autor domina tan bien como pocos. No diré cómo acaba la aventura mediático-empresarial, pero vaya, se puede esperar cualquier cosa...

Como siempre, leyendo a Dovlátov siempre queda una pregunta: ¿como es posible sentirse tan cercano de un escritor ruso ya fallecido, de un tipo bigotudo y alto como una torre que paseó hace años por las calles de Leningrado o de Queens, y con el que uno se identifica más que con su primo, con su vecino del tercero y no digamos con los que agitan banderas en nombre, se supone, de la misma patria a la que se supone perteneces? Quizá (sin duda, la respuesta está en párrafos como el siguiente:

"La patria somos nosotros. Nuestros primeros juguetes. Las cazadoras remendadas y heredadas del hermano mayor. Los bocadillos envueltos en papel de periódico. Las niñas, con sus estrictas faldas marrones. La calderilla en el bolsillo del padre. Los exámenes, las chuletas... Los versos ridículos, espantosos... Los pensamientos suicidas... Un vaso de agdam en el patio... El tabaco de liar en la mili... La hija, las manoplas, los leotardos, el talón torcido de una bota minúscula... Los párrafos tachados en diagonal, zis zas... Los manuscritos, la milicia, el Departamento de Emigración...

Todo lo pasado es la patria. Y todo lo pasado quedará para siempre..."

Mierda. Acabo de leer mi último Dovlátov y ya tengo mono...


Tropollón de libros reseñados  de Serguéi Dovlátov: aquí

martes, 12 de febrero de 2019

Zoom: Ursula K. Le Guin: El día antes de la revolución

Resultado de imagen de el dia antes de la revolucion amazonIdioma original: inglés
Título original: The Day before the Revolution
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien



Los motivos que mueven a la gente a rellenar una página en blanco pueden ser de muchos tipos. Ursula K. Le Guin (1929-2018) fue una gran fabuladora y, sobre todo, una idealista que utilizó los géneros fantástico y especulativo para exponer su pensamiento. En el terreno de la ciencia ficción sigue en cierto modo la estela de Stanislaw Lem aunque con un enfoque más político. Confieso que no siento una admiración incondicional por ella, sí por su compromiso, pero literariamente hablando no acaba de convencerme. El universo que presenta, poblado de especies que evolucionaron a partir de la humana, refleja sus ideales (pacifistas, ácratas, feministas y ecológicos).
El día antes de la revolución se publicó primero en una revista dedicada al género. luego formó parte de varias antologías. Narra el ocaso de la fundadora de la sociedad odoniana, cuyos descendientes seguirán viviendo conforme a sus ideas varias generaciones más tarde en Los desposeídos, una de sus novelas más célebres y mejor consideradas. Tal como la autora explica en el prólogo: “Odo apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un relato, no sobre el mundo que construyó sino sobre sí misma.” Supongo que un personaje tan importante, origen de toda una estirpe y promotora de una nueva forma de convivencia, tenía la potencia necesaria para reclamar mayor atención. Pero el resultado decepciona un poco, sobre todo por las expectativas que genera en el lector, deseoso de conocer a la persona capaz de llevar a cabo una hazaña como aquella.
Les adelanto que no van a encontrar aventuras, ni asistirán al proceso que transformó radicalmente las estructuras vigentes, conocerán solo a un pequeño grupo de adeptos que intenta abrirse paso dentro de un contexto más amplio. Le Guin nos enfrenta a una Odo exhausta, desilusionada y escéptica –ya que el proyecto no ha llegado aún a triunfar del todo– en un escenario de decadencia personal, con un horizonte mucho más realista que el argumento que le dio origen. Aquí lo que se plantea no es una convivencia más justa sino si merece la pena trabajar incansablemente durante toda una vida, sin tiempo para pensar en uno mismo ni para fijarse en lo que hay alrededor, para acabar convertido en mero símbolo.

“Ellos aceptaban sus azotes verbales, sumisos como niños agradecidos, como si ella fuera algún tipo de Madre Absoluta, el ídolo del Gran Útero Protector, ¡¿Ella?! Ella, que había minado los astilleros de Seissero y había insultado al primer ministro…”
La imagen de la impotencia: una mente que reclama acción en un cuerpo que apenas responde. Los otros serían dueños de su destino si se decidiesen a actuar pero, al parecer, la única que tiene agallas carece ya de fuerza física. Le Guin no se conforma con mostrarnos la parte humana, el relato es también la otra cara de la moneda de Los desposeídos. Si allí se mostraba la parte luminosa, aquí encontraremos todo lo contrario: el mundo real, sin utopías.


Traducción de Enrique Maldonado
Ilustraciones de Arnal Ballester


De la misma autora: Los desposeídos, Planeta de exilio