viernes, 18 de enero de 2019

Lev Tolstoi: La felicidad conyugal

Idioma original: ruso
Título original: Семейное счастие
Año de publicación: 1859
Valoración: Recomendable




Detrás de un título así de contundente encontramos una historia sencilla, narrada por Masha, una adolescente huérfana, heredera de una propiedad agrícola, no muy extensa según parece, que lleva una vida plácida junto a su hermana pequeña y el aya. La tristeza por el reciente fallecimiento de su madre se diluye un poco gracias a las frecuentes visitas de un antiguo amigo del padre, un hombre soltero que idealiza y al que acaba declarándose.
Con estos mimbres podríamos esperar cualquier cosa, pero se trata de un argumento concebido a mediados del siglo XIX cuyo autor es León Tolstoi, nada menos: aristócrata ruso de la época arraigado al terruño, de ahí su innegable conocimiento del ambiente descrito en la novela.
La felicidad conyugal es su primera novela no autobiográfica, anterior por tanto a sus obras mayores y mucho más célebres que esta. Sin embargo, y a pesar de no llegar a las doscientas páginas en formato pequeño, del reducido número de personajes –algunos apenas esbozados- y de la sencillez de la anécdota, su genialidad posterior se manifiesta ya en la exactitud del lenguaje, en la eficacia y belleza de las descripciones, en su agudeza psicológica y en que le bastan unas pinceladas para retratar con rigor a la alta sociedad de San Petersburgo.
La primera parte –y más lograda, creo- es un más que convincente ejercicio de introspección que nos pone en la piel de la protagonista mostrándonos sus inseguridades y sus sueños. Finalmente, asistimos al desarrollo de una relación que parece idílica pero cuya asimetría no parece presagiar nada bueno. La cosa cambia cuando se registran las incidencias de esa vida matrimonial que anuncia el título, porque entonces el Tolstoi moralista que tan bien conocemos no puede evitar meter baza y, progresivamente, adueñarse de la historia imponiendo su punto de vista aún a costa de forzar los acontecimientos, de eludir lo que no le conviene y hasta de alterar el carácter de los personajes para que coincidan con sus propósitos. Con ello pierde verosimilitud y coherencia pero, eso sí, sus tesis quedan intactas. ¿Cuáles son esas tesis? Pues que la vida mundana es peligrosa, que el marido ha de imponer su autoridad, y si no lo hace la esposa acabará reclamándola, que la pasión es un elemento dañino en las relaciones, que hasta un beso en la mejilla recibido involuntariamente de otro convierte en culpable a la mujer etc.
Contra lo que pueda parecer, y algunos críticos defienden, no creo que se trate de abogar por algo tan obvio como la transformación de un sentimiento impetuoso en algo más tranquilo y duradero. Porque el resquemor se ha instalado en la pareja y convivirán con él, y entre ellos, como si fuesen dos extraños hasta que la muerte los separe. Y ella, a su pesar, se ve obligada a aceptar ese estado de cosas porque es la decisión de su marido. Un castigo perpetuo, como el de Karenin impidiendo a Ana tener contacto con su hijo. La cuestión estaría en averiguar si Masha es o no la precursora de Ana Karenina. En ese caso, la copia sería más convincente que el modelo al estar la trama mejor resuelta, además, el personaje transgrede mucho más las normas ofreciendo a su autor la oportunidad  de ensañarse con ella a gusto. Supongo que, sobre el papel, es preferible un drama, por espantoso que sea, a un desenlace tan insulso como este. Y es que, aunque discrepe con ambos mensajes, si esta segunda parte sirvió de ensayo para tamaño novelón, podemos perdonar a Tolstoi cualquier incongruencia. 


Del mismo autor: Guerra y paz, Sonata a Kreutzer, Ana Karenina,

jueves, 17 de enero de 2019

Mick Herron: Caballos lentos

Idioma original: inglés
Título original: Slow Horses
Año de publicación: 2010
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable


Pese al nombre, la Casa de la Ciénaga no es ningún pub de inspiración dickensiana. No se trata tampoco de una escape-room gótica ni de una página web sobre cine de terror de serie Z... Y, por supuesto, no se refiere ni a una casa de verdad, ni mucho menos a una ciénaga. En esta novela, así es como se conoce al departamento o sección de los servicios de inteligencia británicos donde son destinados aquellos de sus miembros que han cometido fallos graves (o tontos), que han sido elegidos para hacer de cabezas de turco de los errores ajenos o que han sucumbido de una forma u otra a alguna de las muchas debilidades humanas. Dicho en plata: que la han cagado y han pasado a engrosar el grupo de los "caballos lentos", que en el argot de los servicios secretos (y supongo que antes de los hipódromos), son el equivalente a los caballos que se quedan rezagados, sin posibilidad de disputar la carrera y ni siquiera alguno de los puestos de cabeza. Ese es el reino de Jackson Lamb, un veterano de los tiempos de la Guerra Fría sarcástico, gordinflón y flatulento, cuyo cometido parece ser, más que nada, fastidiar a sus subordinados.

Como se puede ver, esta es una novela de espías británicos, pero nada que ver con John Le Carré -un poco sí con Graham Greene- y, desde luego, a años luz de Ian Fleming; aquí lo más parecido que hay a James Bond es River Cartwright, un joven "caballo" que tras un error  bien gordo se ha librado de ser expulsado del Servicio tan sólo por la influencia de su abuelo, también un -respetado, en este caso- agente de otra época. Sin embargo, aunque el protagonista de la novela parece ser River, en un primer momento, nos acabamos dando cuenta de que el verdadero personaje principal, el 007 de la novela, es el inefable Lamb (el apellido, como es de suponer, es una ironía del autor), que se ha de desenvolver en un verdadero quilombo de operaciones internas que mezclan terrorismo, grupos de extrema derecha y algún político bastante reconocible en un ambiente pre-Brexit -la novela es del 2010-, pero que ya anuncia la estulticia y confusión (no solo en el UK) que sobrevendría años después y en la que todavía estamos.

Así pues, provisto con esta especie de "doce del patíbulo" (aunque a veces parecen más los polis de Brooklyn Nine-Nine), Mick Herron forja una trama impecable -quizá abusa un poco del engaño al lector-, original  y, desde luego, de lo más entretenida, además de enseñarnos un estupendo muestrario de personajes de lo más peculiar aunque, al mismo tiempo, creíbles gracias a una construcción sólida y compleja. Lo extraño, la verdad, es que esta novela, al igual que el resto de la serie que inaugura, dedicada a Lamb y sus chicos, no hubiese sido hasta hace bien poco publicada en castellano. En fin, nunca es tarde...

Por cierto, y como detalle que todos los biblionecrófilos agradecemos a Mr. Herron: en el libro aparece la tumba de Blake (está en el mismo cementerio que la de Daniel Defoe, al parecer)... Eso sí, cuando se escribió esta novela, aún no lucía su nueva lápida... ; )

miércoles, 16 de enero de 2019

Lucia Berlin: Una noche en el paraíso


Idioma original: Inglés
Título original: Evening in paradise: More stories
Año de publicación: 2018
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Muy recomendable

-Hola Oriol. Me comentas que te han regalado Una noche en el paraíso. ¿Qué te parece una reseña a cuatro manos? Desde luego, es un libro al que le tengo un montón de ganas. La anterior recopilación de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, me fascinó; me pareció que la autora tiene una voz original. Exquisita y cargada de arrojo y belleza. Y además, su condición de personaje relegado al olvido, ninguneado por la industria editorial, le añadía un extra de atractivo, aunque esta es una consideración que nada tenga que ver con el interés o valor de su escritura. Pero bueno, lo que vengo a decirte es que no suele ocurrirme con frecuencia, esperar la salida de un título nuevo con tanta apetencia como con Una noche en el paraíso. Si me gusta tan sólo la mitad de lo que lo hizo Manual para mujeres de la limpieza ya será un gustazo.

-¡Encantado de hacer una reseña contigo, Carlos! La verdad es que yo no he podido leer todavía Manual para mujeres de la limpieza, pero no tardaré en hincarle el diente. Y es que Una noche en el paraíso me ha dejado con ganas de más Lucia Berlin. Por si no se ha notado, esta antología me ha encantado: la mayoría de los relatos que la componen estaban muy bien. Encima, es lo suficientemente variada como para no saturar al lector. De hecho, Berlin me ha parecido capaz de moverse con holgura por registros de lo más distintos. Algunas historias estaban en primera persona, otras en tercera; había textos empañados por un tono algo ingenuo, y otros se decantaban por una voz narradora casi fatalista; cuando te has acostumbrado a los escenarios suburbanos, va y te sale con una ambientación que bien podría haber sido narrada por Stefan Zweig...

-Quizás, Oriol, uno de los rasgos de Lucia Berlin que más me llaman la atención sea la ausencia de cinismo, carencia más que remarcable en alguien que a los treinta y dos años acumulaba tres ex-maridos, cuatro hijos y una rotunda afición al trago. Lucia Berlin (EE.UU., 1936/2004) escribió a lo largo de su vida unos setenta y pico cuentos, veintidós de los cuales están recogidos en Una noche en el paraíso, habiendo asistido en su juventud gracias a su conocimiento del castellano a las clases del escritor aragonés Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Y sí, sus protagonistas parecen tener mucho de ella misma; mujeres que siempre contestan al teléfono y nunca cierran con llave. Mujeres que plantan flores, cultivan carcajadas, sonríen a las visitas inesperadas y leen y cantan a sus hijos, aunque sus vidas parezcan una calamidad, un despropósito, un loco desafío.

-Yo también he localizado en estas narraciones los elementos autobiográficos de los que hablas, Carlos. Uno de los más curiosos aparece en "La barca de la Ilusión" y "Las (ex)mujeres". Ya sabes, cuando dos mujeres apuñalaran al ex-camello de su marido, aunque el herido apenas sangra. Y estoy completamente de acuerdo en que la voz de Berlin, por fatalista que sea, nunca es cínica. Hay relatos en los que habla de las infidelidades o de los prejuicios, por ejemplo, y la tía es capaz de meter humor. Entendámonos: un humor simpático, nunca cáustico. El humor empañaba precisamente "Mi vida es un libro abierto", uno de mis relatos favoritos. Llegados a este punto, ¿puedo preguntarte si hay algún texto que no te haya gustado y por qué?

-Claro que hay relatos que me han gustado y otros que no tanto. En general me han parecido un punto más apesadumbrados y abigarrados que los cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpiezaMe ha llamado al atención la presencia de numerosos personajes en algunas piezas, algunas tan breves, como si la autora quisiera -intencionadamente o no- dejar constancia de la presencia de determinadas personas. Pero si tuviese que destacar alguno, me quedaría con "Perdida en el Louvre" y también con "Lead street, Alburquerque". Por perlas como esta: "Tendríamos dos hijas y una sería dentista y la otra adicta a la cocaína. Bueno, por supuesto, no sabía nada de eso, pero vi que no sería un camino de rosas". O esta otra: "No se trataba solo de que fuese joven. Llevaba toda la vida de un lado a otro. (...) daba la impresión de que nadie le hubiese contado ni enseñado en qué consistía hacerse mayor, formar una familia o ser una esposa. De que una razón de que fuese tan callada era que estaba observando, para ver cómo se hacía". Pero si me preguntas por alguno que no me haya gustado, pues me temo que la respuesta se queda en blanco, porque de verdad que no me parece ninguno prescindible. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-Uff... En mi caso, ha habido unos cuatro relatos que no me han gustado. Cosa que no ha arruinado mi experiencia lectora, ¿eh? Pero, por ejemplo, el que da título al volumen me ha dejado bastante tibio. Lo mismo sucedía con "Polvo al polvo". Y justo estas dos historias giraban de forma casi exclusiva alrededor de los hombres. Teniendo en cuenta que gran parte del libro se centraba en la figura femenina, lo cierto es que me hubiera gustado poder disfrutar estas dos piezas.  

-Los cuentos aquí reunidos fueron escritos entre 1981 y 1999, publicados sobre todo en revistas y editados en formato libro con posterioridad, sin apenas repercusión entre lectores y crítica. Y ahora, décadas después, se han convertido en un éxito de ventas y han tenido una repercusión extraordinaria. No soy capaz de elaborar una teoría al respecto, pero me alegro porque me parece una escritura valiosa y perdón por la falta de originalidad, lúcida y luminosa. Así que en mi opinión, resultan muy recomendables. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-¿Cómo? Ah, perdona, ya estaba buscando Manual para mujeres de la limpieza. Coincido completamente contigo, Carlos. Muy, muy recomendables.


 Oriol Vigil & Carlos Ciprés


También de Lucia Berlin en ULAD: Manual para mujeres de la limpieza

martes, 15 de enero de 2019

Jean-Yves Jouannais: El uso de las ruinas

Idioma original: francés
Título original: L´usage des ruines
Traducción: José Ramón Monreal
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable

Un tipo curioso este Jouannais, crítico de arte y con vocación, según dice, de ser un personaje literario de Vila-Matas, con quien mantiene una rara relación epistolar. Yo creo que a Jouannais lo que realmente le gustaría sería escribir como Vila-Matas, y la verdad es que estilo y creatividad no le faltan.  Por lo visto, hace algún tiempo a este autor francés le empezó a dominar una especie de obsesión con las guerras, y se sumergió de lleno en ese mundo, con una perspectiva artístico-literaria muy rompedora. De hecho, dio un ciclo de conferencias periódicas sobre el tema en el Centro Pompidou, y de ese estudio y elaboraciones surge también el título que ahora comentamos.

El uso de las ruinas es una reflexión sobre una serie de episodios bélicos de épocas muy diferentes, desde el imperio persa hasta la Segunda Guerra mundial, centrados siempre en el sitio o bombardeo de una ciudad o una fortaleza. Son relatos breves de sucesos terribles, lugares devastados y poblaciones aniquiladas, con precisión y ritmo bastante borgianos, cuyo foco se detiene siempre en la ruina, el efecto físico del ataque, lo que literalmente es, tirando de tópico, el paisaje después de la batalla. Ahí se centra el autor para examinar qué quedó de aquella violencia, su huella material, a veces su ausencia, y leer en ella las intenciones del agresor (incluso de sus víctimas). 

Expone Jouannais la importancia de las ruinas para el vencido: la derrota no es del todo completa si se conserva el vestigio de un esplendor anterior, la prueba de una defensa heroica que de alguna manera conserva la llama de haber hecho frente al agresor. Por eso varios de los casos relatan la obsesión del vencedor para aniquilar por completo, hasta sus cimientos, el reducto, el bastión, la ciudad rebelde. Así, la demolición de la cancillería diseñada para Hitler por su arquitecto de cabecera, Albert Speer, la desaparición de Cartago a manos de los romanos, o la pulverización de una extraña isla artificial en los Países Bajos o de una fortaleza camino de Tombuctú. Los restos son a veces utilizados para conmemorar la batalla –quizá en un monumento, o en un uso civil-, y otras dispersados con furia para que no quede de ellos ni el polvo; pero el borrado absoluto del enemigo es también, en muchos casos, trabajo del ejército victorioso.

En otras ocasiones, la desaparición final del objetivo no es tanto voluntad del agresor sino el fin lógico de la secuencia del combate. Durante la I Guerra mundial, la colina de Vauquois, en la Lorena francesa, fue objeto de encarnizados combates durante años. El uso intensivo y salvaje de las minas por ambos bandos alteró la orografía del cerro, modificando su perfil y altitud, dejando un paisaje irreconocible. Algo similar –me permito añadir por mi cuenta- a lo ocurrido décadas después con los bombardeos rusos sobre Chechenia.

En ocasiones la guerra genera paisajes inesperados, no ya (o no solo) por la destrucción, sino por sutiles y provisionales transformaciones del paisaje. Cuenta Jouannais que ante la eficacia de los sistemas antiaéreos alemanes, los aliados encontraron finalmente un sencillo sistema para despistar a los radares. No recuerdo si era en Hamburgo, se lanzaron señuelos cargados con millones de tiras de papel de aluminio que, además de facilitar un bombardeo más cómodo, sembraron los alrededores de la ciudad devastada de una especie de floración brillante que, al menos durante un corto espacio de tiempo, creó una estampa casi irreal. Alguna fotografía da testimonio del paradójico fenómeno.

Pero el uso de las ruinas o su aniquilación no solo es consecuencia, voluntaria o azarosa, de la lucha. El escombro puede ser usado como nueva línea fortificada, como parapeto, tal y como se hizo para resistir el brutal sitio de Stalingrado, según cuenta al autor. O como material de trabajo, por acumulación, como algunos de los montajes Merzbau del interesante artista alemán Kurt Schwitters. 

Las cosas pueden ir aún más lejos cuando alguien convierte la destrucción en algo abstracto y lo utiliza de la forma más sublime y más estremecedora: dice Jouannais que, entre otras alternativas mucho más razonables, Julio César sólo decidió emprender la campaña de las Galias porque le pareció escenario más apropiado para escribir el célebre libro que todos los que hemos estudiado latín hemos sufrido con tanta paciencia (La guerra de las Galias). Y hay hasta quien parece haber sugerido (no sé si desarrollado) un sistema para leer en las ruinas como se leen las entrañas de un pollo. Creo que es un profesor polaco llamado Bolgacki o algo así, y a nuestro Jean-Yves no parece que le incomode mucho la idea.

Escrutando en todas estas cuestiones encontramos algo de lo que podríamos llamar intrahistoria de esas batallas, datos e imágenes que los libros ignoran, y que aportan una dimensión más cercana, no sé si más humana. Parece que veamos humear los restos, tocar las montañas de cascotes y observar los detalles de lo que ocurrió, por qué, cómo, quiénes. En definitiva, episodios llamativos, casi siempre interesantes y muy bien relatados, que aportan un punto de vista en mi opinión absolutamente novedoso sobre la guerra y sus consecuencias. Y un autor con talento para contarlo y valentía para arriesgarse en hipótesis, a veces en divagaciones, de esas que abren la mente. Incluso se permite la osadía de incluir un relato apócrifo, basado en un recuerdo familiar.

lunes, 14 de enero de 2019

Isaac Bashevis Singer: Escoria

Idioma original: Yiddish    
Título versión inglesa: Scum  
Año de publicación versión inglesa: 1991 
Traductor al español: Carlos Lagarriga 
Valoración: Entre recomendable y está bien



Mi primer contacto con Isaac Bashevis Singer, escritor laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1978, no podría haber sido más satisfactorio. Y es que Escoria es una novela de poco más que doscientas páginas, soberbiamente escrita y cuyo trasfondo no carece de interés. Presenta algunos defectos, como se verá en breve, pero, pese a todo, sigue siendo una lectura de lo más recomendable. 

¿De qué trata? Pues bien, su protagonista se llama Max Barabander. Max es un judío polaco que de joven emigró a la Argentina y consiguió amasar una fortuna. A sus cuarenta y siete años regresa a Varsovia, huyendo del trauma que ha supuesto la muerte de su único hijo, así como de la crisis matrimonial que dicha muerte ha conllevado. Ya en su ciudad natal, Max se irá hundiendo más y más en «un embrollo de mentiras y estafas», debido a su personalidad contradictoria e impulsiva.

El argumento de Escoria es bastante repetitivo, todo hay que decirlo. Max va conociendo (o reconociendo, en algunos casos) a gente, y a veces hace alguna promesa que momentos después se ve incapaz de cumplir. Sobre todo, hace promesas a mujeres. Como el buen Don Juan que es, se compromete/lía con mujeres a las que no puede honrar ni ayudar.

Así pues, si su argumento es tan cíclico, ¿qué tiene de aconsejable esta novela? Bueno, para empezar, la prosa de Singer es buenísima. Además, los retratos que el autor hace de Varsovia y de la sociedad judía de la época están muy logrados. Pero, para mí, lo mejor de Escoria es su protagonista, el propio Max. Está escrito para ser muy verosímil, para sentirse humano. Asimismo, sus defectos nos impelen a simpatizar con él. ¿Qué decir de su vano intento por sobrellevar una crisis de la mediana edad? ¿O de su constante forcejeo entre su sexualidad y las rígidas costumbres de sus compatriotas? ¿O de su voluntad para hacer lo correcto, siempre frustrada por su naturaleza moral corrupta? Como se podrá ver, es imposible no sentir cierta empatía por este mujeriego ya caduco, por este creyente extraviado.

Poco más que añadir. Pese a sus defectillos (un argumento reiterativo y una extensión algo exagerada para lo que se nos está contando), Escoria vale la pena. A su manera, recuerda a la magistral Memorias del subsuelo, tiene una prosa correcta, buena ambientación y un protagonista interesante. Tampoco es una novela que caiga en el olvido nada más acabarla. Eso lo consigue un final algo efectista, pero que no resta seriedad al conjunto y que, de hecho, cierra la narración con un broche memorable. Lo tengo claro: insistiré con Singer.


También de Isaac Bashevis Singer en ULAD: Shosha, La familia Moskat, La destrucción de Kreshev, El certificado 

domingo, 13 de enero de 2019

Donna Tartt: El secreto

Idioma original: inglés
Título original: The Secret History
Año de publicación: 1993
Traducción: Gemma Rovira Ortega
Valoración: recomendable

Vamos a dejarlo en un escueto "recomendable" algo alto. Aunque dudo que muchos fueran capaces de escribir algo así antes de la treintena, ochocientas páginas son demasiadas (aunque se vuele en ellas, especialmente en las dominadas por los diálogos) para una resolución que bordea en lo policial, y he de decir que El jilguero me gustó más, le noté un aire más maduro, un planteamiento más ambicioso, como si aquí Tartt quisiese ser más Easton Ellis (a quien dedica, por cierto, la novela) y allí resultase ser más Franzen.

La sinopsis de la contraportada ya es escueta y con razón. "El secreto" (curiosa traducción del título que acaba relacionándola con ese repugnante tomito de autoayuda de una tal Rhonda Byrne) parte de una trama que, a poco que uno se extienda, revela demasiado pronto sus tiros escondidos. Richard, estudiante de lenguas clásicas es aceptado a regañadientes en un pequeño grupo de estudio, apenas media docena de alumnos, liderado por Julian, el típico profesor de rica estirpe que trabaja sin cobrar y por el gusto del proselitismo cultural. La materia de estudio es el idioma griego clásico, el escenario un campus de una pequeña pero elitista Universidad norteamericana, los personajes, indudables puntos fuertes de esta novela, los integrantes del grupo y algunos otros, ya en trazos más tenues, que se relacionan con ellos, que entran y salen en ese grupo que es cerrado y se cierra más, mera cuestión de supervivencia, cuando uno de sus juegos acaba con daños colaterales. Esa es la premisa del libro, puesta de relevancia en pocos párrafos (como hizo Richard Ford en Canadá), la del crimen involuntario o casual (pequeño hándicap, ese es un detalle que Tartt no aclara con contundencia) que necesita de otro crimen para poder ser perfecto o irresuelto. Este segundo crimen, este segundo asesinato, ya premeditado y calculado a conciencia.

Tartt afrontó esta historia brillante de forma algo irregular. Richard, narrador parece aportar la conciencia que a los otros les falta, parece no disponer de suficiente tiempo para sumergirse de lleno en la locura y ser el único elemento dotado de un sentido común convencional. A la vez parece ser más íntegro y menos volátil, sopesando pros y contras. Richard parece contaminarse con los devaneos insanos de sus compañeros, pero siempre mantener alguna distancia. No es capaz de que ésta sea insalvable, e ineludiblemente se ve involucrado en los hechos principales y en algunas situaciones personales, pero parece representar a esa clase media o baja que no puede permitirse derroches, que contempla cómo la clase alta se entrega a la frivolidad y pierde de vista la normalidad, la elude en su administración de recursos, en la fluidez de las relaciones. Todos esos hijos de empresarios y directivos de alto rango que son sus compañeros parecen constituir, más que un grupo de estudio para mentes brillantes, una especie de galaxia solipsista que, alejada de la realidad, es inconsciente de las consecuencias de sus actos o, peor aún, desprecia estas consecuencias si no le afectan directamente.
Estilísticamente la novela está bien resuelta, aunque se note en ciertos aspectos que fue escrita a través de largos años. El desnivel entre los fragmentos puramente narrativos (ricas descripciones, agudos símiles, lenguaje frondoso) y los más propiamente de acción (unos diálogos no siempre fluidos, como si el narrador no fuera capaz de transcribir literalmente) es a veces demasiado acusado, y, particularmente, cuando todo parece precipitarse hacia una trama más policíaca, especialmente en esa parte intermedia donde, perpetrado el segundo crimen, sus autores intentan regresar a una normalidad que no debe serlo en apariencia, algunas páginas parecen demasiado innecesarias (relleno que, por cierto, me permite que esta novela pueda validarse como "tocho") y desvirtúa un poco la intención del libro, que de lo que podría haber sido (una aguda crítica a esos universitarios  de familias ricas que llenan las universidades USA, sean o no de la Ivy League, y a sus aburridas existencias donde todo se arregla pidiendo a los papis que ingresen otra decena de miles de dólares), a lo que acaba siendo, una digna y entretenida, pero desigual, historia, a medio camino entre lo policíaco y lo iniciático. Ninguna queja para una novela escrita por una autora antes de cumplir la treintena, pero que me hace preguntar si constituye, por sí sola, un motivo para tanta repercusión de obras posteriores.

sábado, 12 de enero de 2019

Walter Mosley: Traición

Idioma original: inglés
Título original: Down the River Unto the Sea
Año de publicación: 2018
Traducción: Eduardo Iriarte
Valoración: está bien


La competencia e incluso excelencia como narrador de Walter Mosley  resulta bien conocida para cualquiera que haya frecuentado su serie de novelas del peculiar investigador afroamericano Easy Rawlins o haya leído algún otro libro suyo como la desoladora El blues de los sueños rotos. En los últimos tiempos, este autor ha vuelto a ser publicado en España, con esta novela protagonizada por el detective, ex-presidiario y ex-policía de Nueva York Joe King Oliver, y por la que ha recibido un sustanc... perdón, prestigioso premio del género negro (más aún en este caso), policíaco o como-se-quiera-decir.

Las comparaciones son odiosas, incluso entre libros y personajes del mismo autor, pero cabe decir que este neoyorquino Oliver del siglo XXI es bastante deudor del Rawlins de los años 50 en Los Ángeles; ambos son buenos tipos que se ven obligados, a veces, a bordear e incluso transgredir la ley. Los dos cuentan con la ayuda de un compañero que no sólo la transgrede, sino que incluso puede considerarse un verdadero psicópata: su viejo amigo Mouse, en el caso de Easy R.,  el diabólico y elegante atracador-relojero Melmorth Frost, en éste que nos ocupa. Los dos, en el transcurso de sus investigaciones, suben a los más altos palacios y descienden a las más bajas cabañas, por decirlo así... Y los dos (no sé si es algo intencionado o un tic inevitable del escritor) tienen cierta fijación por los colores, tanto -y sobre todo, aunque no sólo- por la piel de sus interlocutores como en general.

Dicho esto, hay que admitir que si bien Mosley no ha perdido su eficacia narrativa, como ya he mencionado, quizá sí su "ángel" o "duende", ese punto que convertía sus novelas en originales y diferentes. En esta Traición sabe combinar dos tramas detectivescas -la del propio caso que llevó a la cárcel y a la expulsión del cuerpo de policía a Oliver, y la investigación que trata de exonerar del corredor de la muerte a un activista político-, que se van trenzando a lo largo de todala historia; ahora bien, he de confesar que en algún momento he tenido que volver atrás para recordar si tal o cual personaje que se mencionan pertenecían a una o a la otra... Tampoco me convenció, en un primer momento, la presentación tanto de los protagonistas como de los casos que los ocupan; me parecía estar leyendo el guión de alguna serie televisiva de detectives con todos los tópicos del género (de hecho, creo que se está preparando una adaptación para la tele); ahora bien, cuando la novela toma cuerpo y, sobre todo, vira por fin hacia el hardboiled la cosa mejora bastante...

También he de reconocer, siendo honesto, que seguramente mi impresión de esta novela se encuentra condicionada por el magnífico recuerdo de anteriores libros de este escritor. Quien no haya leído ninguno puede pasar con este un rato, si no agradable -se describen escenas poco edificantes-, desde luego suficientemente entretenido.


Otros títulos de Walter Mosley reseñados en Un Libro Al Día: El demonio vestido de azul