lunes, 7 de enero de 2019

Patricia Highsmith: Las dos caras de enero

Idioma original: inglés
Título original: The Two Faces of January
Año de publicación: 1964
Traducción: Amalia Martín-Gamero
Valoración: recomendable

Todo el mundo sabe que el mes de enero tiene dos caras: primero, la tradicional resaca de Año Nuevo, la inevitable pesadez por la maratón gastronómica (rematada con el denostado pero ineludible roscón de Reyes, al menos por estos lares...), las tarjetas del banco temblando tras los excesos consumistas... Después vienen los buenos propósitos, las dietas, el gimnasio al que para marzo ya se ha dejado de ir, las rebajas, la interminable "cuesta de enero"... Bien, pues sobre tal esquizofrenia de la sociedad moderna occidental y la mejor manera de afrontarla sin menoscabo de nuestra salud y equilibrio interior escribió Patricia Highsmith este utilísimo libro para conservar el orden en nuestras vidas... ¡Muérete de envidia, Marie Kondo!

Vale, de acuerdo, ya dejo la patochada del día... Es evidente que éste no es un libro de autoayuda (de hecho, no se me ocurre nada más diferente de los libros de autoayuda que las novelas de Patricia Highsmith); su título hace alusión, además de que la historia se desarrolle en un mes de enero de alguno de los primeros años sesenta, al dios romano Jano, el bifronte, dios de las puertas, los comienzos y las transiciones. Dios al que hace alusión el nombre de enero en muchas lenguas europeas y, desde luego, en inglés.

La novela se podría calificar, más que de "policíaca", de "criminal" o noir, pero claro, tratándose de la Highsmith, cualquier clasificación por géneros no resulta demasiado definitoria. En ella, un joven norteamericano, Rydal Keener, que pasa una temporada en Atenas para alejarse de su familia -un típico personaje "highsmithiano", diríamos-, entra en relación, en circunstanciad harto peculiares, con un matrimonio de la misma nacionalidad que se encuentra haciendo turismo por Grecia: Chester MacFarland, un estafador de mediana edad, y su joven esposa Colette. Como, al parecer, Chester se parece bastante al padre de Rydal, recientemente fallecido, éste decide ayudarles a salir de cierto apuro y los acompaña a la isla de Creta. Allí la relación entre los tres se complica no sólo por las dificultades que deben afrontar, sino por la atracción mutua que sienten Rydal y Colette.

No voy a contar más de la trama, puesto que aún aguardan muchos giros y sorpresas en la misma. Sólo decir que la historia que cuenta convierte en un juego del gato y el ratón en el que las posiciones de uno y otro cambian, aunque además están cargadas de la ambigüedad moral que se presupone en cualquier narración de esta autora. Un thriller, de acuerdo, pero un thriller diferente, no exactamente "retorcido" sino complejo, con una perspectiva distinta a la que estamos acostumbrados con novelistas más convencionales. No es, lo reconozco, la novela más fascinante y perturbadora de esta fascinante y perturbadora escritora, pero sí lo suficientemente turbia como para hacernos plantearnos la integridad de nuestros propios principios, cómo habríamos actuado nosotros en el lugar de los protagonistas... o quizá mejor no saberlo.

Nota: la cubierta que se reproduce en esta reseña no es la de la edición que yo he leído (la de la Colección Compactos de Anagrama), pero resulta que en ésta aparece el cartel de la película de 2014 basada en la novela, y mirad, por mucho que salgan Kirsten Dunst y Viggo Mortensen y otro fulano que no sé quién es, paso de ponerla...

Más títulos de doña Patricia reseñados en Un Libro AL Día : aquí

domingo, 6 de enero de 2019

Georges Perec: Me acuerdo

Idioma original: francés
Título original: Je me souviens
Traducción: Mercedes Cebrián
Año de publicación: 1978
Valoración: Interesante

Los Me acuerdo se han convertido con el tiempo en una especie de subgénero, algo entre el experimento literario, la autobiografía y el diván del psicólogo. La puerta la abrió el norteamericano Joe Brainard, en un libro publicado en 1970 (I remember), y la idea, tan elemental que a nadie se le había ocurrido antes, triunfó de inmediato y de forma duradera. Perec transitó ese camino muy pocos años después, y le siguieron personajes diversos, como el actor Marcello Mastroianni o la dibujante libanesa Zeina Abirached. Usted, amigo lector, o vosotros, ilustres reseñistas y compañeros, o el tendero de la esquina si lo hubiese, cualquiera puede hacer su Me acuerdo particular. El modelo ya lo tenemos, y cada uno lo rellena con lo que le apetezca.

¿De qué se trata?

Pues tan sencillo como una colección de recuerdos, formulada mediante párrafos sueltos, todos (excepto uno, en el caso de Perec) iniciados con ese 'me acuerdo', no obstante el cual no se trata exactamente de recuerdos elaborados o congruentes, sino más bien de flashes, impresiones espontáneas de una escena, un personaje, una sensación. El libro de Perec contiene 480 impactos, y anuncia una continuación que nunca llegó a existir, con lo que no sabemos si esa puerta abierta era una intención incumplida o renunciada, escondía un mensaje sobre lo fraccionario del repertorio, o era simplemente una boutade.

¿Experimentación formal? o ¿Por qué el Me acuerdo de Perec es diferente a los demás?

En principio, lo que haya de experimentación formal en la fórmula no se debe atribuir a Perec sino al citado Brainard. Pero sí hay un matiz importante. No he leído el libro del autor norteamericano, pero entiendo que el formato abre la puerta a la autobiografía, el diario o las memorias, como supongo que será el camino seguido por los demás meacuerdistas. Pero Perec parece despojarlo de toda subjetividad, en la medida en que eso es posible.  En los recuerdos de Perec no aparece la niña de la que se enamoró a los doce años, su padre afeitándose mientras él le observaba admirado, o el día de su primer trabajo. Nos deja en cambio el simple nombre de un ciclista famoso de la época, un trabalenguas, Brigitte Bardot cantando una canción, o la perilla de un escritor desconocido. Porque esa es otra: la gran mayoría de las píldoras hace referencia a nombres, lugares y situaciones que no dicen nada al lector, en especial si no es francés. Con todo, la sensación que queda es la de un ejercicio psicológico casi por completo deshumanizado o, mejor aún, realizado con una perspectiva distorsionada, cambiando lo fundamental por lo anecdótico. Desconozco si es una técnica con algún valor científico, pero de lo que no cabe duda es que sí lo tiene desde un punto de vista literario.

¿Un producto OuLiPo?

 Al tomar un sistema tan vinculado a la memoria y a la subjetividad y vaciarlo de su elemento más característico, se diría que Perec lleva a cabo una de esas piruetas estilísticas tan del gusto de los miembros de OuLiPo, ya se sabe, aquel grupo literario encabezado por Raymond Queneau, y tan bien definido en esta entrada de ULAD. Una de las técnicas más conocidas de aquella gente era escribir sometiéndose voluntariamente a una traba o restricción (contrainte), como cuando el propio Perec escribió La disparition (El secuestro, en castellano) sin incluir una sola ‘e’ en el texto. En el caso de Me acuerdo diríamos que son una suerte de memorias a las que se ha extraído todo elemento personal, unos recuerdos fragmentados que podría haber escrito cualquier francés contemporáneo del autor.

Bueno ¿y qué pasa con el lector?

Pues seguramente lo que pasa muchas veces con este tipo de libros que se deleitan con la forma y realmente no pretenden transmitir nada. El lector que vaya buscando una historia, personajes, un contenido que le genere algún tipo de placer o enriquecimiento, va listo, o sea, que se verá decepcionado quizá no llegando ni al recuerdo 50. Si por el contrario nos damos por satisfechos por haber conocido algo diferente, un intento por forzar los límites de lo usual, encontraremos interesante el libro. Y hasta puede uno animarse con una versión propia (sin que nadie se entere).

Y a propósito del lector, que es al final el que compra el libro, lo tiene en sus manos y lo lee. No suelo hacer este tipo de reflexiones, pero esta vez creo que es necesario:  ya sabemos de lo impecable de las presentaciones de Impedimenta (cubiertas, encuadernación, tipografía, etc.), pero lo cierto es que, por la misma factura del libro, muchas páginas se despachan con apenas cinco o seis líneas de texto. Si llenamos así 176 páginas ¿no es un poco abusivo un precio de 17,95 €?

Más todavía: como he dicho, el contenido de la mayoría de meacuerdos resulta totalmente ajeno al lector, y la edición se acompaña de un buen número de notas explicativas (unas 60). No sé si esas notas sirven para ilustrar, o desvirtúan precisamente el espíritu del texto; pero, caso de incluirlas, deberían ser mucho más numerosas, deberían estar a pie de página y no al final (ya sabemos lo incómodo que resulta) y, sobre todo, es imperdonable que haya un error de numeración que todavía dificulte más la lectura. Y todo ello, con ese precio. Mal.

Otras obras de Georges Perec en ULAD: La vida instrucciones de usoLas cosasEl gabinete de un aficionado

sábado, 5 de enero de 2019

Barbara Pym: Mujeres excelentes

Resultado de imagen de mujeres excelentes amazonIdioma original: inglés
Título original: Excellent Women
Año de publicación: 1952
Valoración: Recomendable



El Londres de posguerra, un barrio y unos vecinos que tienen la mirada puesta en la vicaría y su correspondiente vicario, convenciones, chismorreos y represión más o menos aceptada. Una protagonista con entidad propia que sirve también como arquetipo. Porque esta es una novela de personaje. Miss Lathbury –hija de vicario a su vez, soltera, inteligente y de conciencia escrupulosa–, además de ser una de esas mujeres que menciona el título, sirve de núcleo argumental: el resto del reparto gravita en torno a ella y, literariamente hablando, este sirve de pretexto para resaltar sus rasgos personales. Podríamos decir que el mayor acierto de la autora consiste en haber creado un individuo tan convincente que es ella quien parece hablar por su boca, pero esto, paradójicamente, es también su punto flaco. Me explico: si hacemos una lectura literal de lo narrado y pensamos que Pym se está retratando a sí misma nos podemos morir de aburrimiento. Claro que, al menos en la edición que manejo, no hay más que mirar la solapa y toparse con su foto para comprender que la novela no tiene nada de autobiográfica. Se ve muy claramente que la personalidad de Mildred, así como sus rasgos físicos, están ausentes por completo de ese rostro, no hay en él nada que recuerde a la mujer gris, condenada a una existencia anodina y carente de recursos para escapar de ella.

Con esto quiero decir que Mujeres excelentes no es lo que parece a primera vista. Y es que debemos situarnos en aquellos años sombríos, prestar atención a lo que se nos  cuenta y, sobre todo, entrar en la mente de la autora, captar su evidente sorna, para entender que cada escena, comentario, pensamiento no son más que guiños al lector, o más bien un codazo cómplice, para que este repare en lo ridículo de una mentalidad y una forma de vida cuyo eslabón más débil son las mujeres, sobre todo aquellas de reputación intachable, que han asimilado las doctrinas y las ponen fervientemente en práctica. Y es que solo si somos capaces de conectar con la sátira, las situaciones nos parecerán divertidas y los diálogos descacharrantes.

Sin embargo, y a pesar de su carácter funcional y de no aportar más que unos pocos detalles imprescindibles y unas conversaciones tan abundantes como convincentes, todos los personajes están perfectamente caracterizados y son fácilmente reconocibles. Pym los vapulea sin piedad, tanto a los partidarios de algún credo como a los que representan el racionalismo y la apertura de costumbres. En ese microcosmos, vamos comprendiendo, siempre a través de las observaciones de Mildred, cómo cada vecino o visitante ocasional se afana por conseguir sus objetivos a costa de lo que sea, y nadie más adecuado que una mujer soltera –y por tanto sin obligaciones conocidas, es decir, disponible– hacendosa, educada desde niña en la ayuda al prójimo y extremadamente exigente consigo misma. Dentro de ese contexto, la posibilidad/necesidad de coger el último tren que la sacará de la soltería cuando todavía quedan algunos restos de juventud será el principal detonante que mantenga el interés del lector. Los candidatos van apareciendo: pueden contarse hasta tres, incluso cuatro si nos dejamos de prejuicios. Solo hace falta esmerarse, convertirse en alguien más encantador si cabe, más servicial, aunque se sospeche que ese es el camino equivocado, porque lo cierto es que, desgraciadamente, no queda otra.  Eso o resignarse a habitar a perpetuidad en los márgenes de la vida.

Como pueden ver, una ratonera perfecta, pues en estos casos es sencillo convencer a la incauta de que, al utilizarla descaradamente, sin pago ni reconocimiento, en realidad se le está haciendo un gran favor. Y ella, no es que no lo vea, ya he dicho que de tonta no tiene nada, es que no es capaz de actuar de otro modo a causa de una educación y unas creencias que la colman de inseguridades y complejos. Una metáfora extrapolable a otros lugares y épocas, que adquiere especial relevancia en un momento de evidente preocupación por los roles de género. De ahí que Mujeres excelentes, cuya publicación pasó bastante desapercibida, tres décadas después de haber sido editada en España haya vuelto de nuevo a las librerías y en los dos últimos años no haya dejado de reeditarse.

viernes, 4 de enero de 2019

Rayco Pulido Rodríguez: Nela

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Recomendable





Nela es la adaptación para novela gráfica de Marianela, la conocida obra de Benito Pérez Galdós. Llegó a mis manos en forma de regalo inesperado y la leí de una sentada; pero el interés por reseñarla fue posterior porque, aunque Nela me pareció muy notable, fue la lectura de la obra original la que me hizo comprender y valorar debidamente el grandísimo trabajo de Rayco Pulido con su adaptación. 

Resumen resumido: Nela vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

Nela es absolutamente fiel a la obra original: la historia, los personajes, el lenguaje —e incluso la estructura por capítulos y el epílogo—, pero eso no significa que sea una adaptación mimética y mucho menos simplista; el profundo conocimiento y respeto hacia la novela de Galdós se hace patente en cómo se mantienen y adaptan aquellos elementos que le son esenciales y cómo se integran con gran acierto los que son propios de la novela gráfica. 

La narrativa en Nela es muy depurada y consigue que el lenguaje que tanto aturde al lector moderno en la obra original se convierta en un elemento enriquecedor por medio de la estricta selección de las frases precisas. El control narrativo es, en mi opinión, impecable gracias al dominio de los diálogos, los silencios y las elipsis: 
A ello hay que sumarle otras muchas perlas que emergen casi en cada página, retos que el autor se pone a sí mismo y que supera con ingenio y destreza: una escena que transcurre entre la luz y la oscuridad, las percepciones de alguien que ve por vez primera o una santa aparición que al final no lo es, por poner varios ejemplos. 

Como ya comenté en la reseña de Marianela, el lugar —ese territorio de fiera orografía y actividad minera en decadencia— juega un papel muy importante en la atmósfera de la historia; y en Nela adquiere la escala sobrehumana que Galdós ya apuntaba en sus páginas. Las imágenes de las grandes grietas y acantilados dominan algunas escenas, tragándose casi a los personajes como metáfora de la menudencia del ser humano: 

Otro elemento que se recoge con acierto de la obra original es la peliaguda cuestión del aspecto de la protagonista, cuestión que Galdós deja en manos del imaginario del lector y que en este caso, y por razones obvias, no puede eludirse. Me parece un asunto de primer orden ya que, tal como explicaba en una entrada anterior sobre las cubiertas de las diversas ediciones de Marianela, Nela no es fácil de retratar y cualquier intento que no se fundamente en una mínima reflexión sobre el personaje puede resultar ridículo y una fenomenal metedura de pata. Pero solo con ver la portada de Nela ya se observa que no es el caso. Rayco Pulido, manteniéndose fiel a su estilo, construye una Nela de aspecto ambiguo y difícil de catalogar logrando el mismo efecto que Galdós en Marianela: que la belleza (o no) de la protagonista adquiera un papel secundario para el lector y sin embargo sí nos fijemos en su frescura y su buen corazón, entre otras virtudes. 

La trama y el lenguaje de la obra hace que la asociemos inevitablemente a una estética concreta (películas en blanco y negro o tonos pastel, ilustraciones coloreadas y con aspiraciones realistas…) por ello el hecho de percibirla bajo el estilo minimalista y austero (casi espartano) de Rayco Pulido, es todo un choque: blanco y negro, trazos y texturas sin superficies homogéneas que no sean grandes manchas negras, el realismo desdibujado de algunos paisajes, la expresividad de los personajes frente al detalle. De la combinación surge una obra absolutamente genuina donde se logra algo maravilloso, que el conflicto de Nela se vea como lo que es: un conflicto universal y contemporáneo. Lo único que me ha decepcionado de la parte gráfica ha sido la caracterización de Teodoro Golfín del que en el texto original se destaca su aspecto rudo con una gran melena negra y del que se dice que es como un león o un perro salvaje.

Y por todo lo expuesto, Nela me parece una obra sólida, interesante y emocionante, y por tanto, recomendable aunque —y no estoy diciendo que la lectura de novela gráfica deba condicionarse a nada— al tratarse de una adaptación, resulta mucho más enriquecedor abordarla habiendo leído antes la novela en la que se basa. 

Otras obras de Rayco Pulido en ULAD: Lamia 

jueves, 3 de enero de 2019

Mercè Rodoreda: Espejo roto (Mirall trencat)


Idioma original: catalán
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable

Conforme avanzaba en las páginas de Mirall trencat me esmeré (sin exagerar: el tiempo y los plazos de este blog no dan para entretenerse) en averiguar cuáles eran los referentes literarios de su autora. Leí en alguna biografía que se centraba más en aspectos personales y en sus relaciones con el mundo cultural durante su prolongado exilio y no salí de dudas, porque la única mención que sale en esta novela es la obsesión puntual de uno de sus personajes por Proust.
Y es que hay que reconocer que uno de los grandes logros de esta excelente novela es su capacidad para mostrar un estilo con una fuerte personalidad pero que a la vez dispone de un aura clásica que a mí me ha recordado a Faulkner, aunque donde el genio estadounidense necesita crear todo un condado imaginario para disponer a sus personajes a Rodoreda parece que le baste con una enorme casa con jardín en la parte alta de una Barcelona reconocible en sus escenarios pero que tampoco se erige en protagonista. Quizás sea más una novela sobre cierto submundo de la sociedad barcelonesa pero la proyección de Mirall trencat es universal.
Historia estructurada en tres partes que tienen una continuidad pero que se diferencian por una progresiva ruptura con el orden narrativo convencional. La primera es una presentación de los personajes, digamos, de la primera generación. Aquí conoceremos a la protagonista de la novela, Teresa Goday, mujer de irresistible atractivo físico y origen humilde que ha conseguido ocultar detalles de su pasado y que ha recurrido a alguna curiosa artimaña para seguir adelante. Eludiré ser demasiado específico. Surgen los personajes con un cierto aire folletinesco y vamos penetrando en ese mundo en una primera serie de capítulos bastante asequibles y concretos. Primer matrimonio, primer viudedad, segundo matrimonio y Teresa que toma el ascensor social hasta la última planta hacia arriba. Y esos personajes, muchos, pasan a distinguirse y a definirse de una manera en que solamente los grandes escritores hace posible. Cada personaje queda asociado de manera indeleble y aunque la novela es profusa en ellos, familiarizarse no es difícil. Esa primera parte sirve de presentación o preámbulo y no hay detalle superfluo, todo queda fijado en medio de voluptuosos párrafos de precisión inmaculada, tal es la capacidad de Mercè Rodoreda de transmisión de conceptos que pronto los personajes no son solo los de carne y hueso. Los objetos parecen tomar vida y la narración inicia un desplazamiento del que apenas hemos sido conscientes. Claro que hay un marido y un amigo del marido y un joyero, un notario, un dependiente de una sastrería, personal de servicio de paso más fugaz o con mayor raigambre. Pero también hay un armario japonés, una perla gris, un broche, y una gran casa con un jardín que empieza a abrumarnos y a seducirnos, como si fuera un elemento más del mecanismo narrativo.
Las interacciones se intensifican en la segunda parte, con un fascinante viraje hacia una tonalidad más psicológica. Los personajes han madurado, su trayectoria vital les ha llevado a ser padres, maridos, suegros, amantes, y toda esa carga estática que parecía acumularse en la primera parte empieza a generar reacciones. Hay una carga sexual latente, no explícita, la narración es tensa y a la vez fluída, una especie de reflejo de esa sociedad de clase alta donde, pase lo que pase, la podredumbre ha de mostrar una imagen presentable y discreta, y las vergüenzas no pueden salir a la luz ni traspasar el ámbito del rumor y el silencio cómplice. En ese punto, Mirall trencat parece influida levemente por la corriente naturalista que (la novela se escribió entre 1968 y 1974) dominaba la época con las estrellas del boom, en cuyo ámbito físico (París, Barcelona) Rodoreda forzosamente hubo de coincidir. En ese momento el aire de folletín se ha esfumado y la novela es un gozoso ejercicio de carga psicológica. Tragedias que se suceden, y cada personaje empieza a moverse en el escenario cubriendo sus espaldas preservando sus secretos y sus debilidades. Las tinieblas toman el jardín y los hechos se precipitan, Teresa la matriarca ha cedido el protagonismo a Sofia, su hija, y el telón de fondo del agitado momento en que desenvuelve la novela (de los años 20 en adelante, II república, golpe de estado franquista, guerra civil) no toma ni siquiera un papel trascendente frente a toda la terrible sucesión de acontecimientos en que las tres mujeres, madre e hija y Armanda, sempiterna mujer al mando del servicio de la casa consiguen pervivir rodeadas de sus secretos, de las decisiones que preservarlos les obliga a tomar, y de ese aire viciado que se consolida dando vida a los objetos y al entorno, otorgando una presencia fantasmal a objetos, árboles, animales, en una especie de narración casi sobrenatural (la novela entera es un curso acelerado de uso del narrador omnisciente con resultados brillantísimos) que, en la tercera y última parte, se desboca de manera desenfrenada hasta llegar a ese último capítulo de puro goce: la rata que se pasea por los restos de la mansión en plena demolición.
Menudo tour de force. Y, para los que tengan la suerte de poder leerla en su idioma original, con un lenguaje difícil, barroco, rico en imágenes.
¿Por qué no, entonces, un imprescindible?
Porque la novela se encaja en un pasado que ahora mismo se nos antoja algo lejano. En unas situaciones que son inconcebibles en nuestro mundo de hoy. Hijos abandonados, cedidos para su crianza a personas de confianza, un personal doméstico servil, reverente, víctima de trato y abusos intolerables, figuras quizás apropiadas para el período y el entorno social escenario de la narración, pero cuyo lógico anacronismo puede aportar una situación, aunque sea una agradable inmersión, de alejamiento respecto a los parámetros de la realidad de la enorme mayoría de los lectores. Un obstáculo que merece la pena esmerarse en salvar, pero que hay que considerar antes de dejarse llevar por el entusiasmo: esta no es una lectura para todos los públicos. Ni falta que hace.


Más de Mercè Rodoreda: aquí

miércoles, 2 de enero de 2019

Agota Kristof: La hora gris o el último cliente. John y Joe

Idioma original: francés
Título original: L'Heure grise ou le dernier client. John et Joe
Traducción: Sergi Pàmies (edición en catalán)
Año de publicación: 1984 y 1972 (respectivamente)
Valoración: bastante recomendable

De vez en cuando, uno se da cuenta de que existen ciertas rarezas en la literatura que, por motivos que uno no alcanza a entender, no han tenido la repercusión que se merecen. Y es algo extraño cuando eso ocurre en la obra de Agota Kristof, para mí una de las voces más potentes de la literatura de finales del siglo XX y principios del XXI, y concretamente en este libro, muy desconocido en nuestra tierras (incluso diría que no está ni traducido al castellano). El libro que nos ocupa, de reducidísimo tamaño, contiene dos obras teatrales de la autora de «El gran cuaderno» (o de la trilogía «Claus y Lucas», entre otras grandes obras). Y aunque probablemente la obra teatral de la autora húngara sea poco conocida, es más que interesante y pido ya desde aquí que alguna editorial valiente se lance a editarla, pues creo que está descatalogada. Hecha la petición, vamos a la reseña de ambas obras.

La hora gris o el último cliente
En esta pequeña novela de teatro, la escritora abunda en sus relatos sobre el alma humana, sus pasiones, sus dudas, sus remordimientos. Fiel a su estilo duro y directo, en esta obra la autora nos traslada a una pequeña habitación donde una prostituta y su cliente tienen un encuentro, y sitúa la acción en el diálogo que se establece entre ambos. Así, el relato gira en torno al sentimiento de soledad, a la necesidad de afecto, pero especialmente de sentirse deseado y casi necesario, tratando de eludir la soledad, aunque sea a costa de comprar los servicios de una mujer que lo mantiene en vilo, atrapado en su dicotomía de casi odio a sí mismo por ser esclavo de esa necesidad que le lleva a volver al mismo lugar, aun sabiendo que es ficticio, irreal, forzado, falso. Y en el autoengaño de uno, ella aprovecha para dominarlo a su antojo, mientras sueña con una vida que ya no existe ni existirá, y maldice un pasado del que aún es esclava. Hay mucha soledad en este relato, a pesar de que los sueños les permitan escapar, aunque sea temporalmente, de la tragedia de sus vidas; en este ambiente desolado y triste la autora se desenvuelve a la perfección, pues domina perfectamente estos aspectos de la condición humana.

John y Joe
En esta segunda pieza teatral, un encuentro entre dos amigos conforma la base de esta pequeña obra que trata, en apariencia, sobre una situación casi cómica, pero va mucho más allá si la analizamos en profundidad. Este relato se sostiene mediante un diálogo aparentemente absurdo (un diálogo de besugos, podríamos decir), aunque en realidad, la autora se sirve de tres escenas entre los dos protagonistas para tratar sobre la justicia, la amistad y la apariencia, pero también sobre el ansia de sentirse rico. Así, hablan sobre qué hace que los ricos sean ricos, qué les lleva a ello y, en la disquisición, los protagonistas quieren sentirse como tales. De esta manera, la competitividad y el absurdo abundan en el relato, pues viene a ser un diálogo sin ningún sentido hasta que ocurre algo. A partir de ahí, la obra trata sobre la relación entre ambos amigos, y en qué se basa en el fondo una relación amistosa, pues, por una situación no buscada, ponen a prueba su relación debido a la voluntad y deseo de aparentar ser personas más potentadas. La fábula, a través de una aparente absurdidad dialéctica, trata sobre la riqueza que radica en la propia relación, y en la insignificancia de la vida cuando únicamente se posee dinero. La pobreza de los ricos, o la riqueza de los pobres, que, en este último caso, a falta de recursos para disfrutar de otros placeres, buscan a alguien con quien compartir el tiempo, encontrando en ello lo que posiblemente sea una de las mayores riquezas.

Comparativamente, el primer relato es muy superior al segundo, en riqueza narrativa, en descripción, recreación, escenificación y ritmo, aunque cabe decir que el segundo tiene la particularidad de ser el primer texto publicado por la autora, y resulta sorprendente, pues, realmente, es de un estilo totalmente diferente al resto de su obra publicada. Ahí radica el principal interés en este relato, pues, a pesar de no tener la calidad a la que estamos acostumbrados en Kristof, sí se ve en él cierta maldad y un primer análisis sobre la condición humana que, a la larga, sería el objeto central del resto de su obra, siempre oscura, pesimista, triste y melancólica, pero de un inmenso interés literario.

También de Agota Kristof en ULAD: La analfabeta, Ayer, Claus y Lucas, El gran cuadernoNo importa

martes, 1 de enero de 2019

Ron Rash: Un pie en el paraíso

Idioma original: Inglés
Título original: One foot in Eden
Traducción: Pablo González-Nuevo
Año de publicación: 2002
Valoración: Recomendable

“Un pie en el paraíso” es una novela "tramposa". Ambientada en los años 50 y 70 en el sur profundo de los Estados Unidos (concretamente, en Carolina del Sur), en sus primeras páginas parece la clásica historia de intriga con su misteriosa desaparición, su triángulo amoroso, su sospechoso y su consiguiente investigación, pero hacia la página 70 el misterio se desvela, conocemos la identidad del asesino y lo que parecía una novela negra se convierte en una novela más psicológica.

En el aspecto formal, se trata de una novela "puzzle" compuesta por cinco capítulos, narrados cada uno de ellos por un personaje diferente (el sheriff, la esposa, el marido, el hijo y el ayudante del sheriff).

Los tres primeros capítulos, que transcurren en las semanas inmediatamente anteriores y posteriores a la desaparición y asesinato de Holland Winchester, cumplen una doble función: la construcción de los tres principales protagonistas a partir de sus situaciones personales, motivaciones, miedos, temores y secretos y la confección de un completo cuadro de los hechos a través de los puntos de vista e informaciones fragmentarias aportadas por los propios narradores / protagonistas.

En los dos últimos capítulos, que trascurren dieciocho años después y que son narrados por el hijo y el ayudante del sheriff, asistimos a la vuelta de un pasado del que resulta imposible escapar. Los acontecimientos que parecían sepultados vuelven a salir a la superficie, al mismo tiempo que el valle en el que trascurre la acción es inundado por la construcción de una presa (bonita imagen), y hacen que los protagonistas deban enfrentarse a los mencionados secretos y temores, siempre con un propósito de redención en el fondo.

Pese a que “Un pie en el paraíso” dista de ser una novela original (Faulkner asoma por todas partes) y a que ciertas reiteraciones, producto de la propia estructura de la novela, entorpecen en algunos momentos la narración, estamos ante una lectura de lo más entretenida y recomendable en la que destacan, fundamentalmente, la capacidad de Rash para transmitir en las descripciones de ambientes y paisajes la opresión y asfixia que ahoga a los protagonistas de la novela, su habilidad para mantener el interés y la tensión del relato a pesar de haber desvelado rápidamente el aparente misterio inicial y la construcción de unos buenos personajes, con mención especial para el de “el marido”.

En definitiva, "Un pie en el paraíso" es una novela muy cinematográfica, sólida y efectiva, en la línea de la tradición sureña de Faulkner, O'Connor y compañía. Aunque estas sean palabras mayores, claro.