miércoles, 7 de junio de 2017

Joyce Carol Oates: Memorias de una viuda

Idioma original: inglés
Tïtulo original: A Widow's Story: A memoir
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Encontré este libro buscando información para una entrada temática que publicaré por aquí dentro de poco; el título y el resumen me decían que encajaba con lo que estaba buscando, así que inmediatamente me lo compré en ebook, lo descargué y empecé a leer. Y seguí leyendo, hasta que tuve de parar, porque estaba a punto de echarme a llorar delante del ordenador, y no precisamente por tener los ojos cansados de la lectura.

Que conste que no suelo llorar nunca, o prácticamente nunca, con un libro o una película. ¿El final de Titanic? Meh. ¿El discurso de Schindler en La lista de Schindler? Meh. ¿El final de Amour de Haneke? Bueno, ahí sí que se me puso un nudo en la garganta. La última vez que recuerdo llorar por culpa de una obra de ficción fue cuando murió David el Gnomo, y aun así me tragué las lágrimas porque mi hermano mayor estaba cerca.

Y sin embargo, en la página 47 de Memorias de una viuda tuve que parar, porque me ahogaba.

El título describe muy bien el contenido de la obra: son las memorias de Joyce Carol Oates en relación con la muerte de su marido, Ray Smith, en 2008, a causa de una pneumonía y/o de una infección hospitalaria posterior. Un hombre sano, trabajador, feliz y cariñoso se siente levemente enfermo, ingresa en urgencias de un hospital provincial y una semana después ha muerto. ¿Cómo puede alguien asumir que en tan poco tiempo ha perdido al compañero de su vida, con el que compartió 47 años? ¿Cómo se puede seguir viviendo después de un golpe así?

Esa es la pregunta que parece querer responder Joyce Carol Oates con esta obra: el proceso de reajuste brutal que debe acometer para responder a esta nueva realidad, y la forma como la vida exige seguir siendo vivida (en términos casi meramente funcionales, primarios, instintivos), más allá del deseo romántico de "no sobrevivirnos el uno al otro" que reina en una pareja compenetrada como el de los Smith.


Y el recuento de estos días, meses, años, confusos y dolorosos se realiza con un pormenor casi inhumano: Memorias de una viuda no es una breve y punzante reflexión sobre la muerte, como Una pena en observación de C. S. Lewis; son casi 440 páginas de reconstrucción detallada de cada momento, de cada paso, de cada sentimiento. Las noches sin dormir en el hospital, el último mensaje del marido en el contestador, la reacción primera, la culpa, el trauma, la desesperación, las conversaciones (en persona y por email) con amigos, colegas, desconocidos, los trámites burocráticos tras el fallecimiento pero también los recuerdos de los días felices... Todo, absolutamente todo tiene cabida en esta recolección que no parece querer dejar ningún resquicio al olvido;y quizás sea esa su función, de hecho: a través de un recuerdo implacable, conseguir conocer de verdad a su marido. (Hablando de las memorias de otra escritora, también viuda, Oates dice que "combinan lo clínico con lo poético"; en sus propias memorias, se impone claramente el primer elemento).

Quizás precisamente por esta saturación del recuerdo, la obra pueda parecer algo excesiva: después de unas primeras cien páginas que dejan al lector, como a la autora (salvando las distancias, claro), en estado de shock, el relato entra en una fase más lenta, más repetitiva, más "burocrática". Ayuda a salvar la lectura el sentido del humor de Oates (cuyo destinatario es muchas veces ella misma), así como las reflexiones casi siempre afiladas que cierran muchos de los capítulos, dedicadas al proceso del luto y a la confrontación con la muerte, a la que se despoja de su halo mí(s)tico para convertirla en un trámite de una vulgaridad dolorosa en sí misma.



Desde luego, el libro no es tan potente y emotivo en las últimas trescientas páginas como en las cien primeras. Quizás esto se deba a que el momento del dolor máximo, la muerte del marido, se sitúa en esas páginas, y lo que viene después es el lento proceso de readaptación, en medio de una sensación de vacío existencial, de la viuda a su vida de viuda. Quizás se deba a que de hecho la agudeza brutal de esas primeras cien páginas es superior, y el resto del libro palidece en comparación. En cualquier caso, ese inicio, como decía antes, me ha conmovido como muy pocos libros lo han hecho anteriormente, y solo por ellas vale la pena leer estas confesiones desgarradas y valiosas, llenas de amor, dolor e inteligencia.

Otras obras de Joyce Carol Oates en ULAD.

martes, 6 de junio de 2017

Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov

Idioma original: ruso
Título original: Братья Карамазовы (Brát'ya Karamázovy)
Traducción: Rafael Cansinos Assens
Año de publicación: 1.880
Valoración: Muy recomendable


Poniéndonos un poco solemnes, podríamos preguntarnos qué es una obra maestra, y las opiniones podrían multiplicarse sin fin: libros que trascienden fronteras y épocas, exposición de inquietudes y valores del ser humano, personajes intensos y poliédricos, dosis afortunadas de humor inteligente, talento a la hora de elaborar y estructurar una historia. Y así, sin medida, con los matices que cada lector aporta desde su experiencia o sus gustos. Visto así, ‘Los hermanos Karamázov’ reúne muchos de esos elementos, tal vez todos los citados y algunos más, así que veamos por qué (o por qué no) es una obra maestra, y que cada uno valore.

La última obra de Dostoyevski (lo de la grafía ya lo dejamos para otro momento) responde al arquetipo de la gran novela decimonónica rusa: muchísimas páginas (casi 1.200 en mi vetusta y venerable edición de Aguilar), personajes atormentados, el alcohol y la postración moral de la Rusia profunda, pasiones, crímenes y enfermedades, aspectos algunos de ellos muy relacionados con la propia vida del autor. El elenco lo encabeza Fiódor Pavlovich, el padre, un tipo egoísta y despreciable, histriónico y vicioso, uno de esos villanos absolutos que hubiera merecido estar en aquella semana que ULAD dedicó a estos pérfidos personajes hace ya unos años.  Y sus hijos, claro, que forman una especie de trinidad con vértices en aspectos clave de la condición humana: el desenfreno y la violencia (Mitia), el intelecto (Iván), la espiritualidad (Aliosha).

La primera parte de la obra (como un cuarto) se dedica a caracterizar a la familia Karamázov y a un buen número de personajes satélites. Aquí entran monjes, amantes, funcionarios o criados que no me detendré a enumerar, y que irán encontrando acomodo en el desarrollo de la acción. La presentación es siempre dialogada, con larguísimas parrafadas (aquí todo es larguísimo) que no oculto que pueden llegar a agotar al lector. Pero no nos rindamos tan pronto, porque el dibujo es perfecto y además muy necesario para entender con quién nos estamos manejando. Situados los actores, pasamos sin mucho preámbulo al ámbito de la reflexión filosófica y teológica, introducida mediante un estremecedor monólogo de Iván, que se prolonga otro centenar de páginas a través de la historia y muerte del stárets Zosima (una especie de santón), a quien Aliosha tiene como maestro. El texto adquiere una densidad considerable en torno a la culpa y al libre albedrío, dejando claro que estamos ante un libro profundo que toca cuestiones capitales.

Pero de repente tenemos un nuevo cambio de ritmo. Como se iba barruntando, las turbulentas relaciones entre los Karamázov sólo podían desembocar en una noche de locura. Nos encontramos de golpe ante una trama criminal en la que los acontecimientos se suceden sin pausa, desarrollándose la intriga de forma impecable, ágil, sobrecogedora. El lector sólo ve lo que Dostoyevski quiere que vea, y el viejo ruso coloca justo en el núcleo de la acción una pequeña elipsis, un breve apagón que por sí solo mantiene la tensión durante el resto del libro. En el torbellino de miedos y emociones, aquellos personajes tan lenguaraces del principio se van resituando, creciendo y ganando potencia y matices, lo mismo que los hermanos, en quienes descubrimos rasgos que sirven de contrapunto al retrato inicial. De tal forma que tanto protagonistas como secundarios son, cada vez más, personajes ricos y extraordinariamente definidos.

Los macabros episodios culminan en una bárbara juerga, y constituyen el tronco de la novela, que no desvelaré aunque resulta bastante conocido. Pero al mismo tiempo se nos presentan otras varias subtramas que se entrecruzan con la principal y sirven para plantear cuestiones laterales, desarrollar algunos personajes o jugar con ese ritmo irregular con el que tanto parece disfrutar Dostoyevski. Así que, tras la intensidad de las páginas anteriores, encontramos otro pequeño receso (lo de 'pequeño' es un decir, claro), en el que descubrimos por ejemplo algunos de los personajes infantiles/adolescentes más inquietantes que uno puede recordar, e incursiones en el mundo del delirio y los sueños, hasta con trazos de literatura fantástica.

En un nuevo cambio de registro, el desenlace se construye en una soberbia escena de literatura forense, llena de vaivenes, en la que, sin perder un segundo la tensión, las piezas van encajando, incluso algunas que parecían olvidadas desde el principio del relato, lo que dice mucho sobre la perfecta construcción de este enorme edificio literario. Según nos aproximamos al final, la capacidad del autor para sumergirse en la psicología de cada uno de los personajes adquiere dimensiones colosales, cualidad que por lo visto deslumbró al mismísimo Dr. Freud. 

Tampoco voy a ocultar que no es nada fácil comentar en unos pocos párrafos un libro de semejante intensidad y extensión, y menos sin incurrir en spoiler. No sé si ´Los hermanos Karamazov' es una obra maestra, pero seguro que se le acerca mucho. Y ¿por qué entonces le he birlado la etiqueta de Imprescindible? Pues, aparte de la posible racanería del reseñista, porque me parecería injusto para el lector, incluso con un componente casi de reproche, decirle que es imprescindible que se trague este enorme volumen de páginas, sumergido durante horas y más horas en los horrores y dilemas que propone Dostoyevski. Y, bueno, tampoco nos engañemos, quizá todas esas páginas son demasiadas, quizá don Fiódor debería haber sido capaz de contenerse un tanto. Y tal vez queda algún personaje que a mi modo de ver podría haber dado algo más de sí (sí, todavía más). Bueno, cuestiones secundarias, opinables, que aunque me hayan inducido a no darle nuestra máxima valoración, no impiden que el libro resulte inolvidable.

P.S. No creo que sea necesario conocer el idioma original para distinguir una buena o mala traducción, y en este caso no recomiendo para nada la del atronador Cansinos Assens, que no parece tener claro hasta qué punto ser o no literal, y tiende a quebrar el ritmo hasta el punto de obligarnos a releer muchas frases. Seguro que hay versiones mucho más atinadas.

Otras obras de Fiódor Dostoyevski en ULAD: El idiotaEl eterno maridoCrimen y castigoEl jugadorNoches blancas, Memorias del subsueloStepanchikovo y sus moradores

lunes, 5 de junio de 2017

Zoom: El sueño de Sultana, de Rokeya Sakhawat Hossain

Idioma original: Inglés
Título original: Sultana's dream
Año de publicación: 1905
Valoración: Muy curioso

Rokeya Sakhawat Hossain fue una escritora, activista social y defensora de los derechos de la mujer, nacida en 1880 en territorio del actual Bangladesh (en aquellos tiempos Imperio Británico). De religión musulmana, se crió y vivió en plena época del purdah, que establecía, entre otras cosas, la estricta separación, incluso en el ámbito doméstico, entre hombres y mujeres o la obligación de llevar velo desde los 5 años. Con apenas 16 años contrajo matrimonio con un hombre, viudo para más señas, 22 años mayor que ella y se trasladó a vivir a Baghalpur, en territorio de la actual India.

No me voy a extender más en su biografía. Daría para una entrada por sí sola. Unicamente me quedo con estas breves notas para situar el contexto en el que vivió y escribió Sakhawat Hossain, el cual determina su vida y su obra. Ejemplos de esta influencia en su vida son la fundación de la Asociación de Mujeres Musulmanas (1916) o la presidencia de la Conferencia de Educación de la Mujer Bengalí (1926), a través de las cuales promovió el acceso a la educación y al trabajo, como herramientas emancipadoras de a mujer.

En su obra, de la cual creo que solo se ha traducido al español el relato que hoy presentamos, esa obsesión por la situación de la mujer está absolutamente presente.

En el caso concreto de "El sueño de Sultana", estamos tanto ante una denuncia de la situación de la mujer como ante una llamada a estas para que tomen conciencia de su situación y de las posibilidades de emancipación que se abren a través de la educación. Escrito en inglés (el resto de su obra la escribió en bengalí) en 1905, se trata de un breve relato de apenas 20 páginas, escrito con una ingenuidad desarmante, que tiene la forma de "utopía feminista", de viaje a una sociedad en la que hombres y mujeres conviven, de forma pacífica, con sus roles cambiados. 

Quizá me hubiera gustado una mayor complejidad del relato, un mayor desarrollo de la forma de organización de la sociedad, etc. Imagino que la brevedad obedecerá al carácter "educativo o instructivo" del relato, a la necesidad de llegar a una mayor cantidad de lectores. En cualquier caso, se ofrecen unas pinceladas acerca de cómo se llega a ese cambio de roles y cómo se organiza esa sociedad utópica. Pero en esta reseña no las vamos a desvelar.

Os va a tocar buscar el libro. O, mejor dicho, el cuaderno. Porque, al tratarse de un breve relato, la editorial Palabrero Press ha tenido la original idea de editarlo en forma de texto introductorio de un precioso cuaderno que, a torpes reseñistas como yo, viene como anillo al dedo para ir tomando apuntes, haciendo borradores de reseñas o lo que cada uno estime conveniente.

domingo, 4 de junio de 2017

Rafael Bernal: Trópico

Idioma original: español
Año de publicación: 1946
Valoración: bastante recomendable

Rafael Bernal es un autor prácticamente desconocido fuera del ámbito de las letras mexicanas. Trópico es una de sus obras más destacadas, una serie de seis relatos ubicados en el Estado de Chiapas, todos ellos con protagonistas masculinos, todos ellos pertenecientes al entorno de las precarias explotaciones agrícolas de la zona, muchas de ellas latifundios propiedad de personajes de orígenes dispares y de comportamiento con tendencia a lo autoritario.
Bernal retrata casi siempre a anti-héroes enfrentados a momentos capitales de su existencia, y siempre lo hace con una escritura meticulosa y de una calidad exquisita. Son éstas unas 80 páginas, prologadas por el flamante ganador del Herralde, Juan Pablo Villalobos, en las que el respeto por el idioma es extremado, primera premisa que aporta un considerable valor. No es que reclame una lectura pausada en modo degustativo. Es que Bernal dice en todo momento lo que quiere decir y deja que el lector vaya componiéndose el cuadro y tomando sus decisiones. Lupe, cuento modélico con dos personajes contrapuestos, es un ejemplo excelso, historia de un hombre joven que se encuentra encarcelado y, a cambio de cierto dinero entregado al alcaide, es liberado para que trabaje para el Chino, hombre de negocios que lo ve como una pura mercancía. Veinte años de buen trabajador valora que va a obtener como rendimiento de su soborno. Pero Lupe no acepta ese destino y se rebela una y otra vez. O esa especie de semblanza auto-bombástica que es Tata Cheto, historia de uno de esos buscavidas tan propios de esa zona y esa época (mediados del siglo XX) que narra sin pretendida modestia su ascenso a la fortuna. Estos cuentos tienen algo de insano, como si las relaciones entre las personas que los pueblan solo pudieran plantearse en términos de terrible desigualdad. Son relatos de explotadores y explotados, piezas de orfebrería, perdonad tan cursi expresión, que tienen la capacidad de transmitir lo que es una existencia tranquila y monocorde a costa del mantenimiento del statu-quo. 
No parece haber mucha elección ante lo inexorable del destino (trabajo duro, miseria, existencia al límite de la dignidad) y cada una de las historias cortas hace su aporte a obtener esa conclusión.
Quede claro que la sombra de Rulfo es muy alargada y que estos cuentos son tan concluyentes en su universalidad como para que el lector se da cuenta que reflejan más realidades que la del México de la época, un país que aún no había sido tan condicionado por sus vecinos del Norte como ahora parece ser. Es México pero podría ser Guatemala u Honduras, son nativos y colonos porque allí funcionó así.

sábado, 3 de junio de 2017

Stratis Tsircas: Ciudades a la deriva



Idioma original: Griego

Título original: Ακυβέρνητες πολιτείες

Año de publicación: 1960, 1962, 1965

Traducción: Ioanna Nicolaidou, Vicente Fernández González, Leandro García Ramírez y María López Villalba

Valoración: Muy recomendable


Vaya por delante un recelo. Recomendar con efusión una trilogía sobre las peripecias de un puñado de exiliados griegos durante la II Guerra Mundial se parece muy mucho a un ejercicio de pedantería. En verdad, ¿a quién diablos le puede interesar hoy en día una narración así? Y, sin embargo, a mí me ha fascinado y me ha obligado durante un par de semanas a dedicarle todas las horas posibles para zambullirme en sus mil páginas. Porque lo que hay en Ciudades a la deriva, además de por supuesto personajes, situaciones, ambientes, tramas, aventura, conflicto, amores, traiciones y derrotas, es una mirada, un punto de vista, una perspectiva apasionada pero lúcida, militante pero honesta. Esta trilogía es el relato del fracaso de la izquierda griega por la hegemonía política en Egipto en la lucha contra la invasión nazi, que -una vez lograda su expulsión- se transformó en una Guerra Civil de la que también saldría derrotada militarmente. Para el lector interesado en la Historia, o la Política, o aquel rincón geográfico del Mediterráneo, Ciudades a la deriva está escrita con tanto ritmo, fuste y épica –“La lluvia ha arreciado y el mundo ha oscurecido.”- como para hacer de su lectura un ejercicio más que grato. Y recomendable.

Statris Tsircas es el alias literario de Yanis Jatsiandreas (El Cairo, 1911/ Atenas, 1980), integrante como los poetas C.P. Cavafis o Yorgos Seferis de la nutrida colonia griega en el Egipto bajo dominio británico. Las novelas están basadas en un diario personal que Tsircas inició en 1945, traspapeló durante trece años y recuperó finalmente en 1959. El ciclo se inicia con El club, que transcurre en Jerusalén en junio de 1942, donde una multitud de refugiados busca cobijo ante el imparable avance del mariscal Rommel sobre Alejandría desde el Oeste; continúa con Ariadni, que recoge las vicisitudes de la militancia clandestina comunista entre diciembre de 1942 y junio de 1943 en El Cairo y finaliza con Bat, que relata desde Alejandría la rebelión en abril de 1944 de los militares griegos antifascistas contra la jerarquía político militar encabezada por el rey Jorge II y sustentada por Churchill, que no estaba dispuesto a que la Grecia post nazi escapase a su control. El episodio se saldó con unas decenas de víctimas mortales y unos veinte mil combatientes recluidos en campos de concentración

Ciudades a la deriva –el título sale de un verso de Seferis- es, por supuesto, el relato de un grupo de personas a la deriva: “El mundo parece a ratos un capazo lleno de cangrejos. Mordemos a nuestro prójimo, él nos muerde a nosotros y, en medio del embrollo, nos mordemos a nosotros mismos. Cuanto más nos duele, más apretamos. Me duele, decimos, pero a ese le voy a arrancar…”  Stratis Tsircas quiso dejar constancia de lo que pasó y para ello se vale de unos personajes de ficción metidos hasta el tuétano en una trama real. El protagonismo recae en Manos Simonidis, el único que usa la primera persona y que nos transmite el punto de vista del escritor. Simonidis tiene un enfrentamiento sistemático con uno de sus compañeros de organización, conocido como el Hombrecillo, que encarna el militante de aparato sin dudas ni remordimientos, para el que tener criterio propio equivale a desviacionismo, a pequeño burgués, a intelectualismo y para quien todo, absolutamente todo, debe sacrificarse en pos de los fines y ser sometido al inexorable rodillo de hierro de la Historia. La clave es que Straits Tsircas elabora su relato desde la lucidez subjetiva que evita el maniqueísmo, pues sabe situar su mirada exenta de condescendencia, de autoindulgencia y de fanatismo, partiendo de la premisa de que uno tiene sus razones aunque éstas puedan no ser las únicas razones válidas. Es decir, que no todo vale en la lucha por la emancipación; ni dejar de interesarse ni dejar de respetar al ser humano. Ni que decir tiene que la publicación de El Club en 1960 le valió a Stratis Tsircas su expulsión del Partido Comunista de Grecia.

Uno de los personajes ambiguos y descarnados, un espía británico, espeta a los combatientes griegos: “Pero aquí acaba la literatura. Le ruego que se lo diga, que lo consideren. Churchill va a tratarlos con enorme severidad. Quiere cauterizar con hierro candente este sarpullido, antes de que le cambie la forma de victoria que ha soñado”. Y así fue como pasó y la Historia nos dice que los nazis fueron expulsados y que Grecia no cayó del campo soviético, como quería Churchill. Pero el relato con minúscula de estas historias, de estos personajes lúcidos, derrotados y necesarios, bien merece la tinta que los mantiene vivos mientras tengan lectores.

viernes, 2 de junio de 2017

Yasmina Reza: Felices los felices

Idioma original: francés
Título original: Heureux les heureux
Año de publicación: 2013
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: recomendable

Hasta ahora no había leído nada de Yasmina Reza, autora célebre, por otra parte, por sus obras de teatro; he de decir que ha sido un agradable hallazgo, ya que no sorpresa. En este libro -no sé hasta qué punto llamarlo novela-, como en aquéllas, realiza una eficaz disección de las circunstancias, problemas y hasta miserias de esa subespecie humana que parece en especial bien adaptada al ecosistema francés, o incluso parisino, que es la llamada burguesía  ("clase media más o menos boyante" en el resto del mundo... aunque tampoco exactamente). Para ello le da voz a una serie larga de personajes, todos relacionados de alguna manera entre sí -parientes, amigos, amantes, etc...-, a cada uno de los cuales otorga la posibilidad e explayarse en un monólogo -alguno de ellos, en dos-  para que nos cuenten sus pensamientos íntimos, sus secretos , sus deseos y frustraciones... Porque, la verdad, la mayoría de ellos no parece demasiado feliz y sí abrumado, agobiado o aburrido por el peso de esto tan complicado y simple que es la vida.

En realidad, "felices-felices" -aprovecho para señalar que el título del libro viene de una cita de Borges y hay que interpretarlo como "bienaventurados los felices"- o incluso nada más que conformes con su suerte, sólo parecen estarlo, de alguna manera, los "secundarios" de la novela; es decir, aquellos que no nos interpelan de forma directa, sino que los conocemos a través de la mirada de otros personajes (quizá sea por eso): una madre enferma de cáncer o un hijo al que se le ha ido la chaveta y se cree Céline Dion... de hecho, debo decir que justamente los capítulos o "relatos" en los que aparecen estos secundarios son los que me han parecido más logrados.

Porque esa es otra: ¿se puede considerar éste un libro de relatos, más que una novela, por coral que sea? Pues en parte sí, ya que cada uno de los capítulos puede leerse por separado sin que pierda su entidad autónoma, aunque tal vez sólo adquieran todo su sentido cuando se den complementados por las voces del resto de los personajes. Máxime porque muchas cuitas que les afectan están relacionados con las desventuras sentimentales -ya sean intra o extramatrimoniales, porque aquí los cuernos forman un bosque-. O por la falta de ellas.

En todo caso, libro de relatos o novela, resulta de los más logrado, escrito con la suntuosa eficiencia de la que sólo es capaz la literatura francesa y que nos trae ecos de Carver, claro (también un poco de Quim Monzó), pero al que quizá le falte algún elemento más de sorpresa, alguna sacudida más al lector, de vez en cuando; los problemas de los burgueses o al menos los que nos suelen mostrar literatura y cine, son bastante previsibles, después de todo. Aún así, creo que merecerá la pena repetir, antes o después, con Yasmina Reza.



jueves, 1 de junio de 2017

Karl Ove Knausgård: Tiene que llover

Idioma original: Noruego
Título original: Min kamp. Femte bok.
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 2010
Valoración: imprescindible

El quinto volumen de «Mi lucha» nos narra catorce años de la vida del autor, empezando con un joven Knausgård a la edad de diecinueve años, en los días previos a su entrada en la Academia de Escritura. A pesar de la euforia por iniciar sus primeros pasos como escritor, la soledad con la que se encuentra a su llegada a Bergen le causa cierta sensación de desasosiego. En una localidad desconocida, se encuentra perdido en medio de la ciudad y las dudas azotan la aún adolescente personalidad de Karl Ove. Son momentos de desolación, de inquietudes y de incertidumbres. Es la edad de la postadolescencia, esa época donde nos tomamos cada acto, cada decisión, como si fuera la más importante de nuestra vida; como si aquello que elegimos no tuviera vuelta atrás y cada suceso signifique algo irreversible y trascendente. El autor nos lleva a esa época donde las inseguridades afloran en cada elección que escogemos, y tememos que la vida que deseamos se nos escape por no haber tomado las decisiones adecuadas. Una edad donde uno no encuentra su lugar en el mundo y se siente algo perdido pero, a la vez, una edad donde uno se siente capaz de todo a pesar de que las circunstancias te venzan día sí, día también. Son días de flirteo con las mujeres, la música y el alcohol, en una vorágine de euforia hasta que la realidad se encarga de provocar un aterrizaje no siempre deseado.

Superados esos primeros años, el autor sigue su evolución: empieza a leer clásicos, a interesarse en la filosofía y la historia; ya no lee para distraerse sino para descubrir, para enriquecer esa inquietud que ha despertado en su interior en forma de necesidad de conocimiento. Hay mucha literatura en este volumen; nos habla de Hamsun, Proust, Joyce como referencias, pero también menciona Thomas Mann o Stieg Larsson. El autor se empapa de ella para buscar su propio estilo, encontrar el camino hacia una habilidad que sabe que posee pero que no se manifiesta por más que lo intente. Es la edad crítica donde su don tiene que surgir, y el autor no duda en volcarse con ello, a pesar de tener un carácter que no siempre le va a favor. Así, somos testigos de su nacimiento y evolución como escritor, y de las grandes frustraciones evidenciadas tras múltiples rechazos.

Como es habitual, Knausgård sabe cómo describir la cotidianeidad y lo hace de forma que te rodea, te cerca, te sitúa en el centro de la historia y te arrastra hacia dónde quiere, como una espiral con la realidad como destino final. Su narración es envolvente hasta tal punto que te ubica en el centro y te detalla cómo siente, cómo ve, cómo oye para que tú veas su vida con sus propios ojos. Y así, en un acto reflejo,  te implica hasta tal punto que provoca que tú te enfrentes también a tus propias decisiones y revises tu pasado, juzgándote a ti mismo a través de sus experiencias. El autor llena los espacios con tantas partículas de realidad que cuando uno se da cuenta se ve rodeado de ellos y los absorbe, los asimila, los hace propios hasta que forman parte de uno mismo; compartiendo contigo su vida construye un puente sentimental que reduce la distancia entre escritor y lector, haciendo reflotar ciertas partes de uno mismo que, por vergüenza o por olvido, yacen adormecidas en nuestro interior. Enfrentándote a tu propio yo, consigue entrar en tu vida, porque con esa lucha que transmite pone un espejo delante de ti para que tú libres tu propia batalla.

En el que probablemente sea el volumen más duro de los publicados hasta ahora, Knausgård se abre al lector y nos muestra sus inseguridades como persona pero especialmente como escritor. Nos sitúa en su mundo y nos fuerza a que tomemos partido, casi a que lo sometamos a juicio, aún y sabiendo que es probable que no compartamos sus decisiones ni comportamientos. Es honesto en su intención, es valiente en su enfoque y es transparente como el agua de la lluvia del título al exponer su vida en diminutas gotas de realidad que, en pequeñas y constantes dosis, va llenando nuestro subconsciente hasta que consigue formar parte de nuestro propio mundo interior.

En este volumen somos testigos del Knausgård probablemente más descarnado, más crudo, evidenciando más aún la ausencia de florituras o adornos. Hay mucho exceso en este volumen, pero no en detalle sino en impulsividad. Cuando Knausgård lee, arrasa con todo. Cuando bebe, es incontrolable. Cuando ama, le hierve la sangre y se siente fuerte y vulnerable a la vez, con la idea del suicidio asomando tras los pasos en falso. Hay mucha soledad, mucho dolor, mucha agonía y desespero, mucha frustración en su incapacidad para conseguir escribir al nivel que él mismo se exige. Knausgard es exigente e incluso agresivo hacia sí mismo; no se permite los errores, aunque tampoco hace mucho por evitarlos. En una lucha constante contra él mismo, su autoestima muere y renace, de igual forma que su carácter frío se vuelve abierto y desinhibido con el alcohol mientras se hunde al poco tiempo en una resaca de desmoronamiento.

Así, asistimos al volumen que probablemente otorgue más sentido al título de esta magnífica obra: «Mi lucha». Una lucha constante contra él mismo, contra su personalidad, contra su carácter inestable, contra sus flaquezas y debilidades, contra su capacidad narrativa. La lucha del que sabe lo que hay que hacer pero que es imposible que lo consiga sin vencer el propio obstáculo que supone él mismo. La solución y el problema en uno mismo, el principio y el fin de su propio mundo. Y esa soledad, tan buscada por él mismo en múltiples escapadas. Una soledad que le enfronte con su propia obra.

Solo alguien con la destreza de Knausgård puede ser capaz de escribir más tres mil páginas sobre su vida y no únicamente hacer que disfrutes, sino que aún te quedes con ganas de más. Queda ya únicamente un volumen para completar la hexología. Cuando eso ocurra, cuando su obra termine, nos dejará un profundo abismo al que nos asomaremos de vez en cuando, quien sabe si para ver en el fondo la sombra de nosotros mismos.

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: La muerte del padre (y su contrareseña aquí), Un hombre enamorado, Fin