domingo, 7 de mayo de 2017

Tochoweek II #7: Por el bien del Imperio, de Josep Fontana

Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: recomendable (incluso muy) para interesados

En 2011, cuando ya contaba con 80 años de edad, el conocido catedrático de Historia Económica Josep Fontana publicó este monumental "tochaco" sobre el devenir de la política internacional, y sobre todo estadounidense, desde el final de la II Guerra Mundial hasta ese momento (hay que señalar que no se trata del último libro que ha escrito este profesor: este mismo año se ha publicado El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 sobre la historia contemporánea de los últimos 100 años, es decir, desde la Revolución Rusa hasta ahora, y prestando más atención, en principio, a la Unión Soviética y derivados).

Es imposible resumir en pocas líneas las casi mil páginas del libro -para quien esté interesado, hay además otras 200 de bibliografía al respecto-, que abarca 70 intensos años de Historia mundial, con cientos de protagonistas y de hechos relevantes. Siendo muy concisos, diremos que el libro trata desde las consecuencias inmediatas del fin de la guerra -o antes incluso, a partir de las conferencias de Yalta, Postdam y la no menos decisiva de Bretton Woods-, el trazado del nuevo mapa europeo y mundial, y los primeros indicios de la "Guerra Fría" que se avecinaba, hasta la crisis y disolución de la Unión Soviética medio siglo más tarde. Asistimos al proceso de descolonización (no siempre pacífica o pocas veces) de los países de África y Asia al ascenso y corrupción de los regímenes laicos árabes, hasta llegar a la eclosión islamista y la "guerra contra el terror" por parte de las potencias occidentales. Vemos cómo en este "Primer Mundo" occidental se desarrollan las políticas sociales del "bienestar" hasta que el modelo entra en crisis en los años 70, provocando un involución social que propucia la contrarrevolución conservadora de Reagan y Thatcher, que ha determinado el triunfo (por el momento) de lo que Fontana llama "el capitalismo realmente existente". Y, sobre todo, asistimos a la interpretación de un guión en el que la temperatura de fricción entre las dos superpotencias sube cada vez más, se llega al boiling point durante los primeros años de la década de los 60 y el vapor resultante encontraría una válvula de escape -Vietnam, Afganistán...- hasta perder buena parte de la presión resultante. Y mucho más: el devenir de gigantes como China, Pakistán o la India; las disputas por el petróleo que pueden ser sólo la antesala de las que nos esperan en el siglo XXI por el agua y la tierra cultivable; las revoluciones culturales y la dificultad de cambiar los sistemas dominantes desde dentro...

De igual forma, Fontana le da un buen repaso a los dirigentes -norteamericanos, sobre todo- que han llevado las riendas de la política internacional durante estos 70 años: entre los presidentes republicanos, sale mejor parado Eisenhower (pese a ser el presidente que le dio el abrazo fraternal a Franco) que, desde luego, Reagan o ambos Bush; incluso a Tricky Dick Nixon, pese a sus conocidos defectos y los desmanes que auspició durante su mandato, le reconoce cierta visión global con su política de distensión. Por parte demócrata, quien mejor parado sale es Lyndon B. Johnson, aunque fuera el presidente que más implicó a su país en la guerra de Vietnam; habla mucho mejor de él que de su conservador antecesor Kennedy, Truman o Jimmy Carter (todos, sin embargo, hubieran quedado como preclaros hombres de Estado de de haber incluido a Trump en el libro... aunque también es cierto que el advenimiento de alguien como éste ya se veía venir con la implantación del "populismo republicano", vigente desde entonces, durante la campaña de Nixon). En el lado soviético, el autor reivindica sobre todo la figura renovadora de Jrushev y también lo que podía haber sido el truncado mandato de Andropov.

La tesis que sustenta toda esta obra de Fontana (muy similar a la de la serie de reportajes La historia no contada de EEUU de Oliver Stone, por si alguien la ha visto) es que todo el entremado de poder militar y político organizado por los gobiernos de Estados Unidos con el aparente propósito de enfrentarse al "peligro soviético" (y sus consecuencias. tanto conflictos en los que intervinieron directamente, como Corea y Vietnam, como el apoyo y patrocinio a dictaduras y autocracias por todo el globo: Guatemala, Persia, Indonesia, Grecia, República Dominicana, todo el Cono Sur...), sino que estaba encaminado a conseguir y mantener la hegemonía mundial norteamericana, expandiendo su ideología y por supuesto, favoreciendo sus intereses y negocios...en crear, en suma, un verdadero "Imperio americano"; la prueba está en que, en los últimos 25 años, transcurridos desde la desaparición de la URSS, la política exterior norteamericana ha seguido la misma dinámica -aun cambiando de escenarios- e incluso ha incrementado su presencia militar en el mundo (865 bases militares). Que durante todos estos años se hayan disparado de manera desorbitante los índices de pobreza y desigualdad ( y no sólo comparando el Tercer Mundo con los oaíses desarrollados, sino también entre la población de éstos), según los datos disponibles y que nos proporciona el profesor Fontana, puede ser considerado una casualidad o no (?); eso ya que lo dilucide cada cual... Pero, a ser posible, después de haber leído este libro.

sábado, 6 de mayo de 2017

TochoWeek II #6. La broma infinita, de David Foster Wallace

Idioma original: inglés
Título original: Infinite Jest
Año de publicación: 1996
Traducción: Marcelo Covián
Valoración: otro nivel

Ya estamos. Ya lo sé: valoraciones que nadie entiende. Va, pongámosle otras valoraciones: todas las valoraciones y ninguna, extenuante, inabarcable, necesario, panorámico, ditirámbico, ambicioso, colosal.
Todas valen: hasta alguna negativa. No se crea nadie que no he estado tentado de estampar este libro contra la pared en algún momento. Y se ha pasado algún día en la mesita, en la bolsa en bandolera, mientras servidor se entregaba a ese invento ULADiano de los Espaciadores, acusando, tarde o temprano, nostalgia que era curiosidad por lo que albergaban esos montones de páginas que siempre parecían estar pendientes. Y siempre he regresado, y el viaje, la paliza, la experiencia, el trayecto, ha valido la pena.
Pero nadie osará pensar que yo vaya a zanjar más de 1200 páginas (entre texto y notas tan extensas y complejas que, en algún momento, me vi obligado a usar hasta tres puntos de libro para controlar no perder ni un detalle) y vaya a hacerlo con tres o cuatro parrafitos.
Primero: hay mucha gente que no debe ni intentarlo con este libro. Por ejemplo, todos aquellos que sientan la mínima satisfacción literaria por finiquitar libros de Ken Follett y alardeen de ello, como si fuera un gran hito. Con todo el respeto; este no es su libro. Los que buscan sensibilidad poética tampoco lo tienen muy bien aquí: salvo improbables rimas consonantes con los nombres de los diversos compuestos químicos (casi todos participantes en alguna sustancia narcótica), la prosa de DFW es torrencial y arrolladora, en ocasiones casi de prospecto o de manual técnico o de memoria de calidades. Los escasos de paciencia, los ávidos de tramas que hay que descifrar, los maniáticos del minimalismo (minimalismo en una reseña sobre un libro de DFW, ay, que me parto de la risa), los que desprecian el valor de los detalles. 
La broma infinita, que toma su título del de una película en la filmografía amateur del padre del protagonista, es un agotador repaso por las incongruencias de la sociedad americana: una sociedad que extiende la competitividad a todos los aspectos de la vida y a edad muy temprana. Esos estudiantes expuestos a horas y horas de entrenamiento en una mediocre y convencional escuela de tenis, y que no encuentran otro modo de huida que el consumo desaforado y experimental de toda droga habida y por haber. Esa sociedad que ha llegado al paroxismo mercantil de encontrar patrocinadores comerciales para los años. 
Segundo: incluso descartando esos amplios sectores, nadie garantiza aquí que la experiencia sea agradable. Esta es la obra magna de ficción de un escritor cuyos ensayos de, pongamos, 50 páginas, ya eran ejercicios exhaustivos, ya eran colosales muestras de tomar un tema y sacarle hasta la última gota. DFW no es que escriba de espaldas al oyente: es que dice, como David Simon, que se joda el lector medio. O como diríamos algunos, la moderación está sobrevalorada. No es una broma (no es otra broma). El aluvión de opiniones sobre este libro es abrumador. Su anecdotario crece exponencialmente y me quedo apenas con algunos detalles. Como que se especula que solo el 10% del millón de ejemplares vendidos ha sido leído, como que existe una web (Brickjest.com) donde se han reproducido sus principales escenas con piezas de Lego, como que sus reseñas son muchas veces encabezadas por guías de lectura, para ayudar al lector en la experiencia. Esto pone muy complicado (pone imposible) ser original. Las 1.200 páginas (a un tipo de letra que se empequeñece para notas al pie y se hace minúscula en las notas de las notas al pie) representan, insisto, un desafío para resistencia y paciencias y mi consejo es obvio. Cederle al libro el ritmo que requiere y comprender que cualquier avance es importante, que la novela no hay que estudiarla y que todo el texto tiene algún aporte (las notas esconden más de una escena muy jugosa), pero que no hay Huevos de Pascua ni sorpresas argumentales y que el libro ya deja claro en su esencia que se precipita hacia un faux finàle. 
Porque la influencia más clara es Pynchon, claro. La trama surge de entre los matojos y los zarzales que Foster Wallace sitúa por doquier. Países que se han reconfigurado "exportando" territorio. Organizaciones terroristas con aroma a romanticismo. El tenis y su proyección como deporte individual sobre la vida real. Personajes crueles o víctimas de la crueldad. En casos extremos. Las siglas descabelladas, los personajes de nombres estrambóticos, que parecen mal escritos, la constante sensación de anarquía y de piezas que no encajan todavía. Y la lectura subliminal, claro. Aquí es imposible abstraerse a conocer sobre el futuro que le esperaba a Foster Wallace o incluso especular sobre las pistas que ahí dejaba. Las palabras depresión y suicidio y adicción están muy presentes. Los suicidios de las formas más extravagantes y repulsivas dejan en muy pulcro y discreto un ahorcamiento. Las notas contienen un vademecum de estupefacientes legales e ilegales del cual el autor parecía saber bastante. Las adicciones proliferan por doquier y la búsqueda del placer en sí misma o para mitigar la ansiedad acapara a las decenas de personajes. Protagonistas relativos, los Incandenza, una salingeriana familia cuyo patriarca, James (o cualquiera de sus diferentes motes) dirige la Academia Enfield de Tenis, donde Hal, uno de los hijos, despunta y convive con jugadores y toda clase de estupefacientes cuya detección en los controles rutinarios evitan a través de una red de tráfico de muestras "limpias" de orina. Pero escenas las hay a centenas, los saltos temporales son constantes (y difíciles de seguir, pero no hay que obsesionarse)  y Foster Wallace nos abate por saturación. Hay, ya lo he dicho, crueldad, mucha, escatología, humor negro a raudales y escenas truculentas, sórdidas, descriptivas de forma incómoda y a veces críptica (estoy seguro que en el libro hay por lo menos una centena de palabras inventadas), con todo el lujo de detalles que la extensión permite.
Alguien me dijo que el libro le había enternecido. A mí me sigue pareciendo que el mejor, el glorioso Foster Wallace está en sus relatos y en sus ensayos, pero estoy completamente seguro de que cualquier interesado en el curso de la literatura contemporánea ha de leer este libro, ha de obligarse a hacerlo o prometerse intentarlo, lo cual ya puede que constituya una declaración de principios (puede que uno de los blogs que debe haber se dedique a levantar testimonio de los intentos fallidos). No (opiniones encontradas las hay por doquier), por lo que se dice de la sensación de superioridad que puede derivarse de haberlo leído y creer (¡!)que se ha comprendido. Sino por la calidad intrínseca de la forma de escribir, que, comprendida su dificultad de digestión, aparece de forma constante. Frases extensas, párrafos intimidadores, tramos casi disuasorios (el fantasma del abandono pulula hasta la página 700 o así), todo lo que queráis sobre el hype y la exageración y sí, qué cojones, la reconsabida necrofilia. Pero, veinte años más tarde, tras montones de imitadores o inspirados (o iluminados) por él, tan actual que da rabia.

viernes, 5 de mayo de 2017

Tochoweek II #5: El hombre sin atributos, de Robert Musil

Resultado de imagen de el hombre sin atributosIdioma original: alemán
Título original: Der Mann ohne Eigenschaften
Año de publicación: 1930-1933-1943
Nº páginas: 1568
Valoración: Imprescindible (para consumir en pequeñas dosis)


¿Cuánto puede haber puesto un autor de sí mismo en una novela que le ocupó alrededor de treinta años y acabó convirtiéndose en el proyecto de su vida? No puede atribuirse carácter autobiográfico a El hombre sin atributos, pero me parece razonable afirmar que Ulrich, su principal personaje -en un contexto muy cercano a la novela coral- contiene muchos rasgos constatados de su autor y, probablemente, otros tantos de sus preocupaciones, forma de pensar y sentir y que, por tanto, habrá servido de modelo para construir a ese complejo y escurridizo, y por eso mismo sugerente, hombre sin atributos. Ya en las primeras páginas, se aclara el sentido de la expresión: según yo lo entiendo, califica a aquellas personas que se adaptan, mimetizándose, a la dificultosa complejidad de la vida moderna. Una vida que, según él describe, no difiere tanto de la que estamos viviendo. Es más, si sacásemos algunos párrafos de contexto se diría que se han escrito hoy mismo.
"Si se pudieran medir los saltos de la atención, el rendimiento de los músculos de los ojos, los movimientos pendulares del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un hombre para conseguir abrir brecha a través de la afluencia de una calle, es de presumir que resultaría -él así lo había imaginado al jugar a investigar lo imposible- una dimensión frente a la cual sería ridícula la fuerza que necesita Atlante para sostener el mundo. De ahí se podría deducir qué esfuerzo tan titánico supone el de un individuo moderno que no hace nada. El hombre sin atributos era en la actualidad uno de ellos."
Hay que leer con atención la novela para darnos cuenta de toda la ironía que contiene tras esas reflexiones tan circunspectas, pero en cuanto captamos la peculiar forma de expresarse de Musil reparamos en que su prosa está llena de guiños, paradojas, verdades a medias, así como alusiones caricaturescas a personalidades más o menos relevantes. Tras empaparme de su forma de ver el mundo y aun sabiendo que el proyecto le costó mucho tiempo y esfuerzo, creo adivinar cuánto se divirtió dando forma a este espectacular fresco de una sociedad que dejaría una profunda huella antes de esfumarse del todo.
Musil no tiene nada en común con esos escritores que se encierran en la torre de cristal y no tienen más vida que su obra. Fue a su modo un hombre de acción que, por otra parte y al estilo de los sabios renacentistas, acumuló toda clase de saberes. Interesado, al igual que su protagonista, por las disciplinas científicas, primero abandonó la Academia Militar para estudiar Ingeniería Mecánica, y luego su actividad profesional en el sector por los estudios de filosofía y psicología aplicada. Esto sin contar una Primera Guerra Mundial -responsable de su posterior interés por la política- que tuvo que vivir a la fuerza, y una segunda cuyo final no tendría la suerte de ver. Su personalidad era, pues, muy parecida a la de Ulrich, indefinida, sin atributos, con muchas vocaciones diferentes y ninguna que le caracterizase del todo.   
El hombre sin atributos -que fue prohibida por los nazis y supuso el exilio definitivo de su autor- muestra la efervescencia ideológica de la alta burguesía austriaca de preguerras, así como su afán por que el decadente Imperio Austrohúngaro -aquí llamado Kakania- recupere el protagonismo y la libertad de movimientos frente a la creciente hegemonía de la nación alemana.
Lo que finalmente conciben se reducirá a un conglomerado de ideas, proyectos y personas denominado Acción Paralela, bastante ambiguo en sus comienzos y nunca concretado del todo. A la corriente -que simboliza el fracasado objetivo de alcanzar la concordia entre naciones europeas por falta de un corpus ideológico, sólido y a la vez tan flexible que impida caer en dogmatismos- se le opone un grupúsculo juvenil seducido por el nacionalsocialismo que nunca llegará a hacerle sombra. En su núcleo encontramos a Gerda. la eterna aspirante a prometida de Ulrich. Pero el personaje femenino más relevante -al menos durante las primeras novecientas páginas-, quien concibe la Acción Paralela y presta sus salones como punto de encuentro, es una prima lejana de Ulrich, Hermelinda Tuzzi, más conocida por Diotima, casada con un oscuro y aburrido funcionario y, más o menos secretamente, enamorada de un tal Arnheim, de nacionalidad prusiana -rasgo que lo convierte en sospechoso-. acaudalado empresario, además de escritor y hombre de mundo que, al representar al hombre con infinidad de atributos, se convierte en el oponente del protagonista.
Entre Ulrich y cada uno de los personajes femeninos -incluida su hermana, de quien le apartaron cuando eran niños, su prima Diotima y Clarisse, amiga de la infancia casada hace tiempo- se establece una corriente de seducción que, como pasa con todo lo demás, nunca  veremos resuelto. Pero también es requerido como secretario y hombre de confianza por el correcto e ineficiente conde Leinsdosff responsable final de la Acción Paralela; requerido también, constantemente, por un grotesco general -único representante del ejército en la novela y con quien el autor se ceba a base de bien- que nunca logró aprender a montar a caballo y que se empeña en presentarse allí constantemente aunque nadie lo reclame nunca. Todo ello bajo la permanente sombra de Moosbrugger, asesino confeso y condenado a muerte, objeto oscilante de las preocupaciones de algunos personajes y símbolo de todo lo excesivo y amenazante que, sin embargo, induce a compasión.
El hombre sin atributos es una novela fría y meticulosamente construida, de lectura más bien complicada, que refleja fielmente una época. Aunque se publicó mucho más tarde, describe el ambiente que se respiraba en la Viena inmediatamente anterior a la guerra de 1914. Y lo hace a base de acumular detalles, de presentar situaciones, de mostrar los rasgos y actitudes de cada individuo, nada de facilitarnos las cosas -y facilitárselas a él mismo- elaborando sencillas síntesis de su visión particular. Lo que hace, en cambio, es construir un mundo, minuto a minuto y pedazo a pedazo, por eso necesitó tantas páginas y más tiempo del disponible. El proyecto, como sabemos, quedaría inacabado, pero si lo contemplamos a fondo y en conjunto, cabría preguntarse si estaba inconcluso ya desde el momento en que fue concebido, si en el caso de que Musil hubiese dispuesto de toda una eternidad para llevarlo a cabo, hubiese logrado poner punto final.

jueves, 4 de mayo de 2017

TochoWeek II #4: Las benévolas, de Jonathan Littell

Idioma original: francés
Título original: Les Bienveillantes
Traducción: Maria Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2006
Número de páginas: 1200
Valoración: recomendable (para interesados en la 2ª Guerra Mundial)


La ingente obra objeto de esta reseña obliga a ir directos al grano debido a su gran extensión y al alto nivel de detalle que contiene. Vamos a ello.

Situémonos: Inicios de la Segunda Guerra Mundial. Un joven jurista, Maximilen Aue, debido a una situación circunstancial indeseada y con el fin de salir de un embrollo en el que se ve implicado, entra a formar parte de la SS en plena expansión de las fuerzas alemanas hacia el este. Sus tareas como oficial de enlace no son de carácter combatiente en el frente sino para servir a la SS estableciendo relaciones en los terrenos donde el ejército alemán ya está aposentado y posee el control. De esta forma su misión consiste en mejorar la «gestión» (eufemismo evidente) de los ciudadanos de las tierras ya conquistadas, ayudar a la SS a tratar con sus habitantes y proponer soluciones a los problemas de abastecimiento y utilización de mano de obra. De esta manera, el autor nos hace partícipes de los intereses económicos, fanatismos religiosos, e intereses partidistas que propiciaron el Holocausto siendo el teniente Aue testigo y parte activa de la aplicación de la ideología nacionalsocialista impulsada por el nazismo, y estableciendo un marco sociológico y económico que permitió y alentó esa locura. 

Narrada en primera persona a través de la figura de Aue, seguimos la evolución del personaje a lo largo de la guerra. Vemos como Aue empieza con claras (y obvias) dudas sobre la moralidad de las acciones cometidas por los servicios de inteligencia alemanes pero, poco a poco, y a base de ver una y otra vez escenas salvajes, se va volviendo insensible a ellas. Igualmente, justifica la «necesidad» de realizar tales acciones para lo que se supone un bien común para la población alemana y la supervivencia de su pueblo a la par que busca autojustificación por los actos de la SS. De esta manera el libro profundiza sobre la ideología del movimiento fascista y la forma de reafirmarse en esta ideología para justificar las acciones llevadas a cabo. La idea de que todo aquello que es bueno para el pueblo (alemán, se sobreentiende) es justo que sea realizado sustenta las atrocidades llevadas a cabo durante el Holocausto y les da cierta cobertura moral. De otro modo sería insoportable para sus vidas. Así, la novela trata un punto que será clave en toda su extensión: la justificación de los actos atroces en base a conseguir un mundo mejor para el pueblo alemán. Que el protagonista advierta desde un inicio que «no piensa pedir perdón por su pasado» y «no estoy arrepentido de nada; hice el trabajo que tenía que hacer, y ya está» es una declaración de intenciones que, sin lugar a dudas, demuestra el espíritu de la novela. 

Las preocupaciones del teniente son el alma de la novela, así como otro aspecto que aparece de forma frecuente: las dudas sobre su condición sexual. Con un despertar sexual cercano a su hermana gemela de la que se enamora, tiende a rehusar el contacto físico con las mujeres y se refugia ocasionalmente en relaciones con los hombres. Esta ambigüedad sexual tiene su consecuencia no solo en la dificultad manifiesta para las relaciones sentimentales sino también en pesadillas constantes. También ello afecta a su estado físico con graves problemas intestinales y de salud donde el autor no escatima en detalles si lo considera oportuno. Estos factores provocan que en esta novela haya escenas donde la crueldad es extrema, con descripciones en las que abunda una cantidad de detalles que te remueven la consciencia, con acciones descritas con exceso de momentos escatológicos. Todos estos elementos causan numerosos episodios oníricos al teniente Aue donde se manifiestan sus inquietudes y miedos. 

Una vez analizada la historia, y si nos ceñimos a la propia escritura, es necesario informar al posible lector que el estilo narrativo no ayuda a abordar un libro de tal magnitud. Sus más de mil páginas y un número elevado de personajes con su cargo identificado en lengua original alemana no facilitan las primeras incursiones en el libro. Asimismo, la novela está repleta de nombres de personajes históricos reales con lo que sin duda refleja autenticidad, rigor y gran trabajo de documentación por parte del autor, pero dificulta su lectura, por densa. Es harto difícil no perderse con tanto baile de siglas, nombres y cargos (en su idioma alemán). Además, la complejidad de la obra se hace evidente con párrafos interminables sin apenas puntos y aparte, saltos temporales de improvisto sin especificarlos, conversaciones entre personajes sin marcar quien habla en cada momento (hasta escritos de forma continua en algunos casos). Todo parece indicar que el esfuerzo y trabajo que puso su autor al escribir una obra de tal magnitud quiere también que lo suframos (sí, «suframos») los lectores. Tampoco ayuda una narración en que, teniendo en cuenta que se basa en hechos históricos, no se indica prácticamente en ninguna ocasión en qué momento de la guerra nos encontramos. De esta forma, a menos que uno sea un erudito en el tema, es el contexto y los hechos los que nos ubican en el momento cronológico narrado. Este factor es posible que sea buscado expresamente por el autor para que nos centremos en el personaje y no en la narración de los hechos históricos pero, siendo conocedores de la historia, ayudaría cierta información cronológica para saber en que momento nos encontramos. Según mi punto de vista, este aspecto tiene en cierta parte algo de incoherencia puesto que, ¿cuál es la intención del escritor en dar tanto detalle de la guerra si no es para que nos situemos en ella? ¿Es únicamente con el fin de demostrar sus altos conocimientos? Tengo ciertas dudas respecto la respuesta ya que el nivel de detalle y la participación de personajes reales me hacen percibirlo como a un tratado histórico pero al no incluir el detalle del momento temporal de los hechos hace que lo vea como incompleto.

Dicho esto, una vez terminado el libro me deja con sensaciones encontradas. Sin duda interesará y hasta apasionará a los lectores amantes de la novela histórica ya que en esta obra abundan los detalles y la rigurosidad de la narración. Para lectores no tan amantes de la novela histórica, encontrarán interesante la parte de la lucha interna y moral sobre como justificar los actos perpetrados por sus protagonistas y la lógica aplicada para convencerse que hacen lo correcto. La parte negativa la dejo en la gran cantidad de datos y densidad de la obra (nada fácil para el lector), la escatología, los sueños que tiene con la hermana y el deseo hacia ella que, a pesar de aumentar carga emocional al personaje y justificar algunas acciones, interfiere negativamente en el desarrollo de la historia. 

A la hora de valorar el libro en su conjunto, me quedo con la valentía del autor en narrarnos la segunda guerra mundial desde el punto de vista de un oficial de la SS y, a pesar de las atrocidades perpetradas durante el Holocausto, tener la osadía de defender con ideas su punto de vista. Ya el propio autor destaca justo en el prólogo que entre los alemanes culpables del Holocausto y el propio lector no hay tanta diferencia, más allá de haber nacido en otro tiempo y otro lugar, apuntando que en caso de que al lector le hubiera tocado vivir esa situación habría hecho exactamente lo mismo. Jonathan Littell no pretende que Aue nos caiga bien, es un personaje retorcido, débil en apariencia pero inflexible en actos y las dudas que alberga sobre la moralidad de los actos se van diluyendo a medida que avanza la historia. La clave de la novela es acercarnos lo suficiente a un personaje capaz de cometer tamañas atrocidades para ver hasta qué punto estamos distanciados de su ideología. Con esta novela se lleva al lector a un punto donde le obliga a cuestionarse qué habría hecho él en esa sociedad. El autor retrata los hechos sin esconderse en eufemismos ni en intentos de suavizarlos. No se juzga al teniente Aue, se expone su visión. 

Littell cuestiona si en la actualidad podría volver a suceder lo mismo, si la humanidad es suficientemente fuerte moralmente para que no se repita la situación, si podríamos detener con nuestros actos individuales una masacre colectiva como la ocurrida. El mérito de la novela está ahí, en despertar conciencias, en acercarnos como lectores a un personaje cruel para que valoremos si, a día de hoy, toleraríamos y permitiríamos un acto parecido. Hay mucho debate en la novela, muchas cuestiones que quedan alojadas en el interior de cada uno, buscando el objetivo de poner al lector frente al espejo y sondearlo, para que al fin nos cuestionemos todos si podríamos caer otra vez en el mismo y trágico error.

En una sociedad en clara tendencia hacia los populismos, el crecimiento de la extrema derecha y la xenofobia, el mérito de la novela y el poso que nos deja queda perfectamente resumido en palabras encontradas en el propio libro:

«Ya se ha acabado la guerra. Y, además, hemos aprendido la lección; no volverá a suceder. Pero, ¿estáis completamente seguros de que no volverá a suceder? ¿Estáis tan siquiera seguros de que se haya acabado la guerra?»

miércoles, 3 de mayo de 2017

Tochoweek II #3: SPQR. Una historia de la Roma antigua, de Mary Beard

Idioma original: inglés 
Título original: SPQR. A history of ancient Rome
Año de publicación: 2015
Traducción: Silvia Furió Catellví
Valoración: bastante recomendable

Acabamos de pasar la Semana Santa católica o Pascua florida, esas fiestas religiosas que sirven de excusa, al menos en España, además de para procesionar con capirotes y comer torrijas, para que las televisiones programen películas del género llamado peplum o, más habitualmente, "de romanos": La túnica sagrada, por supuesto, pero también Ben-Hur, Barrabás o incluso Espartaco, a pesar de que tiene bien poco que ver con el cristianismo, dejando aparte el final del famoso esclavo y gladiador rebelde. El predicamento que aún tienen estas películas, así como otras más modernas o series de televisión, demuestran que al espectador contemporáneo le sigue fascinando la antigüedad grecolatina, que nos permite observarnos a nosotros mismos de una forma diferente, extraña pero reconocible, como si fuera un retrato, no ya en sepia, sino grabado en mármol, del tatarabuelo  al que no conocimos. También la fascinación (esta es una palabra que se repite mucho, inevitablemente, al hablar de las épocas y culturas pasadas) por una civilización a la que podemos ver nacer, desarrollarse, llegar a su máximo esplendor y luego fenecer... aunque en realidad, no lo hiciera, pues somos en buena medida sus herederos, ya digo.

Aunque, de hecho, en este libro sí que hay un cambio con respecto a la cronología habitual del "auge y caída del Imperio romano"; por lo general, se considera como fecha final del mismo, el 395 d. C., cuando se produce la división definitiva entre el Imperio de Occidente y el de Oriente -o entre los dos hijos del emperador Teodosio, si se prefiere-. Beard, en cambio acaba su libro en el 212, cuando Caracalla toma la decisión de convertir a todos los habitantes libres de su Imperio -y varones, se entiende-, en ciudadanos romanos de pleno derecho. La decisión de la autora no es arbitraria, puesto que uno de los ejes principales que se alarga a través de toda la obra, es la de la organización política del Estado romano y su traducción jurídica para sus ciudadanos. El comienzo del libro lo sitúa, claro, en los orígenes míticos de la ciudad, que ella analiza con detenimiento, a partir de las leyendas y los pocos hallazgos arqueológicos disponibles. De igual forma, coge con alfileres toda la etapa monárquica e incluso el comienzo de la república y no es hasta la época del conflicto entre los Órdenes -sociales- y los Escipiones, en el siglo II a. C., cuando ya le otorga una verosimilitud mayor a los antiguos historiadores o escritores de los que se nutre fundamentalmente el conocimiento que tenemos de esta civilización: Tito Livio, Salustio, Polibio, Flavio Josefo, Suetonio, Tácito, Plinio...

Hay que señalar, en todo caso, que este libro no es un manual al uso de Historia de la Antigua Roma ; se trata más bien de un ensayo sobre la construcción del Imperio Romano y las estructuras políticas, militares y jurídicas que lo hicieron posible -o incluso lo propiciaron-; naturalmente, Beard se detiene sobre todo en diversos momentos de inflexión o aceleración de este proceso, como fue el supuesto cambio político de monarquía a república, la  primera expansión territorial en el siglo II a. C., la segunda, a partir de las Guerras Púnicas -no podía seer de otra manera-, la época de las guerras civiles que acabaron con el régimen republicano -de hecho, el primer capítulo de libro está dedicado, en realidad, no a la posible fundación de la ciudad, sino al enfrentamiento entre Cicerón y Catilina, uno de esos "momentos estelares" de la historia de Roma-, el advenimiento de Octavio Augusto y la configuración del "Imperium" tal como lo solemos concebir -aunque el término tenía otras connotaciones antes-; después, por supuesto, los avatares de las diferentes dinastías imperiales hasta llegar, ya digo a Caracalla en el siglo III. No es tampoco que el pretender darle un sentido más general al devenir histórico impida que Beard se recree en biografías concretas o incluso anécdotas de sus protagonistas (tranquilos todos: no deja de mencionar las sabrosas aventuras del emperador Cayo, más conocido por Calígula...); al contrario, lo que ocurre es que éstas siempre están más encaminadas a dilucidar si la imagen que tenían de ellas los antiguos romanos -más o menos contemporáneos de los hechos narrados y de sus protagonistas- se corresponde o no y hasta qué punto con la realidad que podemos discernir desde el siglo XXI.

El libro, sobre todo, deja una impresión de que aquella sociedad y cultura de las que los occidentales, en gran medida venimos, eran en realidad mucho más abiertas y eclécticas de lo que solemos pensar, jerarquizada y dura sí, pero con un sentido de la oportunidad y del pragmatismo que permitían aprovechar todo lo que los pueblos exógenos a Roma -desde los sabinos o etruscos de su primera época a los cartagineses, griegos, celtas o partos después- ofrecían para engrandecer y perdurar el gran proyecto romano. A lo mejor hoy en día, desde  este proyecto en principio común que vivimos en Europa (no todos), alguien podría tomar nota.

También de Mary Beard en ULAD: Mujeres y poder

martes, 2 de mayo de 2017

Tochoweek II #2: La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

Idioma original: Español
Aó de publicación: 1981
Nº páginas: 720
Valoración: Sobrevalorado

El autor: Sobran las presentaciones. Uno de los mayores exponentes del boom latinoamericano, autor de imprescindibles como "La ciudad y los perros", premio Nobel de literatura en 2010, candidato a la presidencia del Perú, columnista, portada ultimamente de revistas del corazón, etc.

El libro: Sexta novela de Vargas Llosa, publicada en 1981. La novela supone una ruptura con toda su obra anterior, ya que toca por primera vez la novela histórica, género al que volverá posteriormente.

El contexto: La guerra, grotesca y absurda, de Canudos, hecho real ocurrido en el nordeste de Brasil en 1897. ¿Y qué fue "la guerra de Canudos"? Pues sucesivas incursiones militares para sofocar una sublevación de algunos de los más pobres entre los pobres contra la recién proclamada República. La sublevación tiene como telón de fondo, una vez más, la dicotomía tradición / modernidad, aunque esta vez se trata de una rebelion de marcado caracter religioso. En mi opinión, y salvando las distancias (que parece que las hay, y muchas), podría ser un antepasado lejano de la Teología de la Liberación.

La polémica: Al parecer, José Saramago acusó a Vargas Llosa de (mal) plagio. Según el portugués, "La guerra del fin del mundo" se trata de una mala imitación de "Los Sertones", obra sobre el mismo tema escrita en 1902 por Euclides da Cunha. Como dato curioso, Vargas Llosa dedica la novela a Da Cunha.

El argumento: Ni más ni menos que la recreación de la sublevación y de su represión. Un montón de personajes pasan por las páginas del libro en un intento por parte de Vargas Llosa por escribir una novela total. Total porque pretende abarcar todo tipo de personajes, situaciones y temas, desde política a religión, pasando por fe, locura, fanatismo, "acción y aventura", etc.

El estilo: Se va presentando a cada uno de los personajes, sus motivaciones, con una estructura no del todo lineal. La narración avanza, en terminos generales, de forma lineal, pero dentro de cada capítulo esta linealidad se rompe. Los diversos personajes van convergiendo o entrando y saliendo de escena a medida que avanza la trama.

La valoración: Pues, ¿qué queréis que os diga? Mucha gente sitúa este libro entre lo más destacado de la obra de Vargas Llosa, pero yo no lo veo nada claro. ¿Por qué?
Porque el libro se me ha hecho largo, pesado, por momentos repetitivo.
Porque la presentación de los personajes es demasiado extensa y, en algunos casos, esos personajes no son lo suficientemente importantes en la trama como para merecer tanto espacio.
Porque el personaje más interesante, "Antonio Conselheiro", apenas está desarrollado. Es, para mí, demasiado esquemático.
Porque algunos de los personajes son casi caricaturescos. Ya he comentado que parece pretensión del autor dibujar todo un catálogo de personajes, pero esto hace que algunos de ellos parezcan meros estreotipos. A bote pronto: Galileo Gall, Rufino, el coronel Moreira César o el propio barón de Cañabrava.
Porque las escenas bélicas son excesivamente reiterativas, sin aportar demasiado al desarrollo de la trama.
Por el tratamiento que se da a la sublevación. Creo que Vargas Llosa presta demasiada atención al componente "fanático-religioso". Obviamente, no tengo conocimientos como para valorar si esto fue así en la realidad o no, pero no se puede negar que la miseria extrema es caldo de cultivo para este tipo de situaciones y creo que es algo a lo que el autor no da la suficiente importancia.
Por el aspecto folletinesco de alguna de la situaciones del libro. Los celos, el honor, el orgullo, etc parecen, a veces, escenas de culebrón.

Pero...: No todo es negativo, claro está. En el lado positivo estaría, sobre todo, la sensación de irrealidad y de absurdo que logra transmitir, como en el momento de la muerte y el posterior entierro de Antonio Conselheiro. Además, de la misma manera que hay personajes estereotipados, hay otros que resultan mucho más logrados por su evolución durante la obra, por sus contradicciones. Hablo, fundamentalmente, del periodista miope que aporta la visión de ambos bandos.

En fin, que Mario Vargas Llosa escribe muy bien. Lo sé. A una persona que ha escrito "La ciudad y los perros" no se le olvida escribir. Pero escribir muy bien no implica que el libro sea muy bueno.  Y, en este caso concreto, creo que el afán totalizador de la novela pesa en su contra y hace que se prolongue en exceso y que alguno de sus más importantes personajes carezcan de profundidad.

Abiertos quedan los comentarios para que nos dejéis vuestra opinión.

lunes, 1 de mayo de 2017

TochoWeek II #1: La ciudad en la historia, de Lewis Mumford

Hace poco más de un año, alguien tuvo la ocurrencia de dedicar una semana monográfica a esos volúmenes descomunales que hacen lucir la estantería tanto como atan al lector a su sillón. Nació así eso que llamamos TochoWeek. Parece que hubo quien se quedó con ganas de más y, aunque unos sean capaces de devorar los tochos en una semana y a otros nos lleve mes y medio, aquí estamos, aceptando el nuevo reto, para presentar un nuevo desfile de esos libros imponentes, que no sabemos bien cómo sostener en las manos y terminan provocando agujetas. Aquí está pues la Tochoweek II.

Idioma original: inglés
Título original: The City in the History
Traducción: Enrique Luis Revol
Año de publicación: En castellano, 2.012 (escrito en 1.961)
Nº páginas: 1.168
Valoración: Está bien (pero hay que ponerle ganas) 


Podríamos definir a Lewis Mumford de varias formas. Tirando de tópico, se puede decir que es (era, más bien) un hombre renacentista, el erudito que huye de la especialización y se enfrenta a las disciplinas humanísticas (incluso a las técnicas) desde una perspectiva global, como partes de un todo que debe ser examinado en conjunto y no puede entenderse de otra forma. O podemos verlo como un pensador que, situado al margen de esas disciplinas, diríamos desde una especie de atalaya, se permite marcar el camino y criticar sin recato a los profesionales que desarrollan su actividad en las diversas áreas de conocimiento. Mmmm, esto ya me gusta menos. Aunque también podría ser válido aquello de ‘la mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos’.

El caso es que Mumford dedica la mayor parte de su extensa obra a reflexionar sobre el hombre moderno, su relación con la técnica y las máquinas, y el estado de nuestra civilización. En el caso de ‘La ciudad y la historia’ (por cierto, ¿no debería escribirse 'Historia' con mayúscula?) el eje sobre el que gira es la evolución de la ciudad desde la prehistoria hasta la actualidad (en realidad, hasta 1.961 cuando se escribió el libro), pero en definitiva lo que prevalece es esa visión integral y la búsqueda de una explicación totalizadora: el hábitat, la ciudad, es una creación humana y por tanto será reflejo de las factores que han determinado la evolución social del hombre. De esta forma, a poco de abrir el libro ya nos damos cuenta de que esto no se limita a la historia del urbanismo, sino que es un inmenso flujo de materias que incluye religión, antropología, psicología, estrategias bélicas, política, arte, economía, educación, sociología, ciencia, Derecho, arqueología. O sea, todo lo que tiene que ver con las ciencias sociales y sus aledaños.

Por otra parte, durante las aproximadamente 200 páginas dedicadas a Mesopotamia y Egipto ya intuimos que hay algo poco habitual: apenas tenemos datos concretos, y la exposición carece del rigor sistemático esperable en un libro de Historia. De la misma forma, sólo muy ocasionalmente encontramos el lenguaje prudente y condicional, habitual en los historiadores. Lo echamos de menos sobre todo al tratar sobre época antiguas sobre las que sólo hay datos fraccionarios, y expresiones como ‘podemos deducir que’, ‘todo parece indicar’, o ‘es posible que’ desaparecen en favor de una continua afirmación categórica. De manera que tenemos una tesis integral y completamente redonda, pero que parece más bien huérfana de datos concluyentes.

Seguimos pasando páginas (Grecia, Roma, la Edad Media) y el tono no cambia en absoluto. Como decía, no estamos ante un texto que se limite a la evolución histórica de la ciudad, sino que se extiende a la civilización en su conjunto, sus creencias, su modo de organización, sus conflictos o su estructura económica, todo está dentro. A estas alturas llama también la atención la fuerte subjetividad con que se conduce el autor: Mumford muestra su aversión general hacia el mundo romano –al que apenas concede mérito alguno- y se vuelca sin embargo en elogios sobre la etapa medieval, en particular a partir de una visión organicista de la ciudad, que contrasta con fuerza con la habitual imagen negativa que podamos tener de esta época (suciedad, pobreza, enfermedades, desorden). Todo ello, aparte de permitirse darle un buen repaso a Platón o Leonardo, por ejemplo.

Entre la Edad Media y la etapa contemporánea –diríamos hasta mediados o finales del siglo XIX- Mumford lo engloba todo dentro de un muy amplio concepto de Barroco, imponiendo una vez más un punto de vista sumamente peculiar. El Barroco pasa a ser algo así como el origen de todos los males modernos: consumismo, superficialidad, ostentación, alejamiento de la naturaleza. Todo ello se refleja en el trazado artificial y desproporcionado de las ciudades, pero también está relacionado con el poder de las monarquías absolutas, la pérdida de relevancia de los gremios o mil cosas más. Y las conocemos todas, una por una, sin mucho orden pero con detalle, faltaría más.

Llegamos a la última parte cuando aún quedan más de 300 páginas. Tocando las últimas décadas del siglo XIX Mumford se lanza a hablar de los suburbios residenciales, lo que hoy llamaríamos ‘Edge cities’. El análisis de este fenómeno es también sumamente exhaustivo, sin ahorrar elogios a su idea originaria pero sin recato ninguno a la hora de criticar su evolución posterior. Como en los momentos anteriores, son decenas y decenas de páginas dando vueltas a una y mil ideas, a veces repetidas, a veces vistas desde perspectivas diferentes o parecidas. La cosa desemboca en una visión algo apocalíptica de la megalópolis, que deriva –siempre de forma dispersa aunque insistente- en llamamientos frente a la proliferación nuclear, la burocracia tentacular, la omnipresencia del automóvil o el fin de la Humanidad, por ejemplo. Bueno, tampoco olvidemos que el libro se escribe en 1.961, una época donde estas cosas estaban muy a flor de piel.

El caso es que, aparte de dejarle a uno exhausto, el libro provoca algunas sensaciones extrañas. No es la exposición cabal, ordenada y contrastada de un texto universitario o científico, sino una construcción sumamente subjetiva -realizada, eso sí, a partir de una erudición que no admite dudas- en la que se presenta un planteamiento tan absoluto y compacto que coloca al lector en la incómoda situación de creerse o no una tesis de magnitudes colosales sin que se le haya facilitado material suficiente para valorar. Es decir, lo tomas o lo dejas.

Cierto es que a veces se agradece en un texto de este tipo algo de desorden, de improvisación o subjetividad, pero seguramente no tanto. Mumford tiene el enorme mérito de haber intentado –no sé si conseguido- formular esa tesis integral sobre la ciudad –y mucho más allá, sobre la civilización misma- pero parece que se deja vencer por una especie de incontinencia verbal, que desborda y desluce el resultado final. Puliendo un poco los datos, centrándose algo más en el tema y reduciendo el texto a la mitad, podría haber sido una obra muy notable.