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sábado, 23 de febrero de 2013

Stanislaw Lem: Fiasco

Título original: Fiasko

Idioma original: polaco

Año de publicación: 1987

Valoración: Muy recomendable



En las novelas de Stanislaw Lem, lo de menos es el género. Su mayor acierto, y a pesar del enorme entramado que construye a veces, radica en la verosimilitud, independientemente de si encaja o no en las coordenadas del mundo real tal como lo conocemos, porque es la coherencia entre elementos lo que le hace literariamente creíble. En este caso además, aunque se trate de ciencia ficción, el comportamiento de los personajes recuerda tristemente al de los terrícolas de todos los tiempos.

El argumento gira en torno a tres ingredientes: saltos temporales, dilemas éticos y especulaciones científicas. La acción comienza en siglo XXII, en Titán, satélite de Saturno –aunque enseguida se produce una fractura de casi dos siglos para continuar en un cohete, el Eurídice y, más tarde, en un apéndice de este, el Hermes– y atañe a campos científicos diversos. Se describe la estructura de las naves, la personalidad de los ordenadores que las gestionan, en particular del denominado irónicamente DEUS, bajo cuya responsabilidad se encuentra la tripulación, y cuyos procesos mentales, y hasta emotivos, se acercan tanto a los humanos que da miedo. A medio camino entre filosofía y ciencia, se muestran las similitudes y diferencias entre hombre y máquina:
La única diferencia real entre un hombre nacido de un padre y una madre y una máquina perfectamente humanizada sería el material de que estaban hechos: vivo y no vivo. El autómata humanizado sería tan listo –pero también tan inseguro, tan falible, tan esclavo de sus emociones– como un hombre”(*)
Sin olvidar las descripciones de la ruta del Hermes, su funcionamiento, las decisiones del capitán y los técnicos basándose en complicados razonamientos futuristas, las deducciones sobre el tipo de civilización del planeta Quinta y la fase técnica en que se encuentra, las persecuciones y batallas que tienen lugar en el espacio, la destrucción de su luna, o la detallada (pero críptica) imagen que uno de los pilotos ve al aterrizar.

Un curioso procedimiento para añadir realismo al conjunto consiste en enumerar errores humanos, indecisión, consecuencias no previstas, confusiones, rectificaciones, olvidos, fallos técnicos. Se diría que en el género estos no existiesen, que el futuro se presentase como un todo perfecto donde los aparatos no se estropean y nadie se equivoca jamás. Pero, sabemos por experiencia que eso no sucederá nunca. Poco a poco, nos vemos envueltos en una red de explicaciones que demuestran la sólida formación del autor, tanto en el campo de la física como de otras muchas disciplinas. La imaginación más calenturienta se alía con ellas de tal forma que resulta imposible separar una de otras salvo que uno sea también científico.

En lo que respecta a los avances médicos, podemos ver cómo se criogeniza y posteriormente se resucita a algunos personajes; en otros se induce el sueño para que puedan sobrevivir a velocidades que superan la del sonido. Lem lo explica así:

"Los técnicos del Eurídice, con los biólogos Davis y Vahradian, estaban ya durmiendo a la tripulación del Hermes –su sueño duraría muchos años– pero sin congelación ni hibernación. Se les sometía a embrionización, un proceso en el cual la persona regresaba a la forma de vida anterior al nacimiento, a una existencia fetal, o por lo menos asombrosamente parecida a ésta: sin respiración, bajo el agua." (*)

El protagonista, llegado de siglos atrás, ha de adaptarse a unos compañeros y a un tiempo que no le corresponden. En un principio, se siente ajeno a todo, solo cuando le es encomendada una misión importante consigue sentirse útil e integrarse. Este es el argumento utilizado por Parvis/Tempe para convencer al capitán de que debe formar parte de la expedición que se dirigirá a Quinta: “Al parecer a mí me gusta el peligro. De no ser así, llevaría unos doscientos años debajo de una lápida en la Tierra, porque habría muerto en la cama rodeado de una apenada familia”. (*). La combinación de cuestiones filosóficas y psicológicas, produce paradojas así.

Se multiplican los conflictos éticos bajo la atenta mirada del sacerdote. Este ha de adoptar un rol algo incómodo: velar porque se adopten las decisiones correctas manteniéndose neutral a la vez. Sin ir más lejos, la elección entre dos resurrecciones posibles, pero, fundamentalmente, su fallido intento de mediación en el angustioso proceso durante el cual los tripulantes del Hermes van eliminando los escrúpulos iniciales para dar prioridad a su testarudo propósito de conocer de primera mano la hermética civilización de Quinta. A pesar de la radical negativa de esta y arrastrados por la fuerza de los acontecimientos, se valen de las tretas necesarias para imponerse a ella, incluyendo la progresiva escalada de violencia, durante la cual, no solo los protagonistas, ni siquiera el lector logra calibrar la tremenda injusticia que se está cometiendo con los quintanos. Hasta el enigmático e inesperado desenlace, que justifica perfectamente el título.
(*) Traductora: Maribel de Juan

lunes, 5 de octubre de 2015

Stanislaw Lem: Edén

Título original: Eden
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Está bien

Teniendo en cuenta que se le conoce como creador de mundos fantásticos –y  no obstante verosímiles– fruto de su gran capacidad imaginativa, y por mucho que pueda extrañar a los admiradores de sus obras de ficción, Lem comenzó su trayectoria literaria escribiendo poesía y la acabó realizando informes científicos, quehacer que le ocuparía los últimos veinte años de vida, desde finales de los años 80.

Según sus propias palabras, en esa primera época se consideraba una especie de Robinson que tenía que fabricar todos los materiales él solito, pues: “lo que hacía no estaba planificado ni inventado, de una forma especulativa, sin intención de lucro y, menos aún, literario.” Pero su pasión por los avances de la ciencia, los planteamientos éticos y el pensamiento filosófico le llevarían a convertirse en el Lem que conocemos ahora.

Cuando escribió esta novela, el escritor todavía estaba afianzando sus recursos y materiales, orientándose en un género que precisa de pautas muy concretas y al que él conseguiría imprimir su propia personalidad y darle una nueva dimensión, que serviría de guía a los que le siguieron. Ya en Solaris, de 1961, la más famosa de su producción y llevada al cine en el 72, se consolidaría por completo en el campo de la ciencia ficción.

En un principio, sorprende el tremendo avance técnico que se ha producido en el planeta desde que se publicó Edén. Y eso a pesar de que Lem era un autor particularmente interesado por los últimos descubrimientos de la ciencia. Veamos unos cuantos ejemplos para entender lo primitivo que resulta hoy:

–La carga de la nave es enorme, llevan hasta una biblioteca convencional a bordo. Es lógico si pensamos que aún no había ordenadores y menos todavía libros electrónicos, pero podían haber clasificado el saber en folios y prescindir de las tapas, digo yo. Mesas aparentemente convencionales, no integradas arquitectónicamente, planos de papel que, lógicamente, acaban rompiéndose… Los procedimientos resultan rudimentarios hasta para el más profano en electrónica, por ejemplo la frase “las bombillas se balanceaban en sus cables” leído hoy y aplicado nada menos que a una nave espacial casi produce escalofríos. (Todavía no existían los halógenos, pero quizá sí los tubos fluorescentes).

-En cualquier caso, notamos falta de máquinaria. Aunque, naturalmente, no puede faltar un clásico del género, el robot, que él denomina autómatas, aquí y en otras novelas suyas, y que carecen de voluntad y personalidad propia. Ni siquiera existe ningún planteamiento al respecto como ocurre en otras obras del género; el autómata es una mera máquina, eso sí, con multitud de funciones: el hombre se limita a darle instrucciones y él le libera de los trabajos lentos y penosos. Todo está concebido contando con ellos así que cuando les fallan –como ocurre con los ordenadores ahora mismo – se produce el desastre.

-El lector de hoy echa de menos hasta el podómetro, ya que tienen que calcular las distancias a ojo cada vez que hacen un trayecto a pie. O baterías independientes no conectadas a la red. O poleas eléctricas para levantar grandes pesos. Claro que cuentan con el protector –mitad robot, mitad vehículo- que también aparece en Fiasco.

Por otra parte, la narración presenta un desequilibrio evidente, su estructura está muy descompensada. Durante demasiados capítulos predomina la descripción, no encontramos más que fantasía y técnica, (soy amante de las descripciones, así que cuando a mí me parecen excesivas es que se han aburrido las ovejas), además de una narración bastante tediosa, poco dinámica, lenta y rutinaria. Y no solo se tarda en ir al grano, Lem apenas define a los personajes, quizá no lo necesite aquí para sus fines, pero el conjunto resulta para mí demasiado frío. Empezando por que los individuos –excepto uno, el ingeniero– ni siquiera tienen nombre propio, se les distingue por su especialización técnica. Eso en general no es malo ni bueno, pero en este caso concreto contribuye a acentuar la sensación de frialdad. El doctor, sobre todo, y también el coordinador y el ingeniero son los que resaltan, pero siguen estando muy desdibujados como personas, lo que predomina es su papel profesional y lo que este puede influir en la mentalidad de cada uno. El doctor representaría la conciencia ética, el ingeniero, Henryk, el poder de la técnica, el coordinador la organización práctica. Aunque, ya cerca del final y en aras de la verosimilitud, el autor altera algunos de estos roles.

Por fin, pero ya muy avanzado el argumento –a partir del descubrimiento de las tumbas y el supuesto poblado medieval– y, en mi opinión excesivamente tarde, comienza a plantear los dilemas éticos que le caracterizan, no directamente, claro, sino formando parte de la acción. Debido a este retraso, quedan solo esbozados. Lem muestra aquí  una de sus grandes preocupaciones: la comunicación entre los seres humanos y de estos con posibles vidas extraterrestres, es decir, la comunicación en general. Dentro de ese contexto, se interesa particularmente por la teoría de la información y -tan tempranamente como en 1959– la considera tan primordial que la civilización de Edén ha cifrado el desarrollo en sus premisas. Esto es lo que descubren los seis científicos, y este descubrimiento, así como los dilemas morales que les plantea y la decisión de no intervenir –en parte por egoísmo pero también por sensatez, pues se sienten ignorantes e impotentes y son conscientes de que harían más daño que bien a los habitantes del planeta– determina del desenlace de la obra.

Es decir, en línea con otras obras suyas, el autor presenta aquí a los humanos como seres depredadores e ignorantes, que en lugar de preguntar o informarse por sí mismos lo resuelven todo atacando. Quizá no les falten buenas intenciones, sobre todo a algunos de sus personajes (pues suele manifestar cierto maniqueísmo) pero su arbitrariedad y cobardía acaban haciendo aflorar, por regla general, su instinto destructor.

Edén a la fuerza ha de ser una obra interesante pues los planteamientos de su autor aportan siempre un plus de trascendencia, pero, claramente, no está entre lo mejor de sus obras. Como sí lo es Fiasco, reseñada aquí hace tiempo y considerada por la crítica como la culminación de su madurez literaria. Ambas tienen en común la búsqueda de vida inteligente pero el (relativo) optimismo de Edén, donde los astronautas consiguen ver, e interactuar, con los habitantes de otros mundos –si bien, como es lógico, apenas logren intuir los rasgos que les definen– se reduce en la mucho más realista Fiasco a ser detectados por ellos o percibir ciertas señales y actitudes para, y a pesar de un interés rayano en la obsesión, tener que alejarse con las manos vacías sin desentrañar un irresoluble misterio que estremece y seduce por igual.

También de Lem: Fiasco, Solaris, La investigación

martes, 26 de diciembre de 2017

Stanislaw Lem: El hospital de la transfiguración

Resultado de imagen de el hospital de la transfiguracionIdioma original: polaco
Título original: Szpital przemienienia
Año de publicación: 1948
Valoración: Recomendable



A pesar de las irregularidades de su obra, recomiendo visitar a Lem de vez en cuando. Por la humanidad que transmiten sus novelas –comparable a alguien como Zweig, nada menos– por sus incursiones en el conocimiento científico, por la solidez de sus argumentos y por la sencillez y claridad con que narra. Esta es su primera novela escrita, que no publicada por culpa del clima político de entonces. Y es que, además de terminarla en fechas tan convulsas como 1948, está ambientada en los inicios de la invasión nazi, cuando los polacos estaban empezando a comprender qué les estaba ocurriendo. Una obra temprana en la que el autor ya demuestra su talento. Es cierto que más adelante manejará las herramientas con mayor seguridad, pero el resultado, más que correcto, adelanta las obsesiones y escenarios que luego pondrá en marcha tomando la ciencia ficción como excusa. Atmósfera cerrada en las que cada personalidad y las relaciones que tienen lugar entre ellas se perfilan con tanta claridad como en un experimento de laboratorio, un exterior amenazante y desconocido que produce curiosidad y temor a partes iguales, y las conclusiones psico-sociológicas que podemos extraer de todo ello. A mí me ha hecho pensar que si hubiese leído las otras novelas a la luz de esta hubiese encontrado en ellas lo mismo que aquí. Simplificando mucho, claro, las SS serían el mundo extraterrestre y los tripulantes de la nave espacial, la Polonia invadida. En cualquier caso, no cabe duda de que, con el tiempo, Lem encontró la fórmula ideal para unir sus inquietudes sociales y científicas a la vez que camuflaba sus críticas con una envoltura aparentemente frívola.
Algo debía rondarle por la mente al joven Stanislaw cuando, ya en las primeras páginas, el amigo del protagonista intenta convencerle de que ingrese como médico en el psiquiátrico donde él trabaja con argumentos tan pintorescos que “en vez de un sanatorio, pareció estar pintándole a su colega una especie de observatorio extraterrestre…”. Uno de los capítulos se titula Lazos en el espacio, las descripciones presentan un paisaje bello pero frío e irreal, como el producto de una alucinación, los personajes, en cierto modo, se comportan como autómatas o “como actores de una comedia en la que ya todo estaba decidido de antemano” y es que, palabras textuales, todos en el hospital estaban locos, médicos incluidos. Tampoco sus personajes posteriores parecen muy cuerdos pues ¿hay mayor locura que lanzarse al espacio, y más en aquella época?
Aunque narrada en tercera persona, solo la mirada de Stefan nos va descubriendo el mundo peculiar que le rodea. Puede que el individuo más interesante –por enigmático y por mantener con el protagonista los diálogos más sugerentes– sea el poeta Sekulowski, un escritor conocido y reconocido que, a primera vista, reposa en el hospital por voluntad propia, pero aunque Stefan lo tome como un oráculo, nunca estaremos seguros del todo de que no se trate de un loco más, un loco ilustre que disfruta de ciertos privilegios. Suele hablar sentando cátedra, sus opiniones son bastante excéntricas y su comportamiento no muy ortodoxo, para acabarlo de rematar, su conducta final corrobora esta tesis. Pero su rol va más allá: sirve de recipiente a los balbuceantes pensamientos (quienes somos, de qué estamos hechos, qué nos depara el futuro, en qué consiste el oficio de escritor, es suficiente con tener talento para alcanzar el triunfo etc.) de un oponente en proceso de formación. A través de él conoceremos de verdad a un Stefan que, probablemente, funcione como alter ego del propio novelista.
Tras muchos capítulos de vida contemplativa y diálogos plagados de teoría que de alguna forma recuerdan a La montaña mágica, el exterior se introduce tras aquellos muros aparentemente impermeables y los acontecimientos se precipitan. La fisonomía de las ciudades ha cambiado, la autoridad es otra, la crueldad e insensibilidad de los invasores está fielmente descrita y las reacciones que desencadena en los miembros del equipo –contagio inminente incluido (se insinúa, incluso, el asunto de la selección de los más válidos)– acabarán de retratarlos. Es entonces cuando la intriga cobra protagonismo y la pasiva serenidad de la trama cede paso a una acción sin objetivo definido que, como en las argumentos especulativos del autor, puede acabar de mil maneras.


Otros libros del autor: Fiasco, Edén, La investigación, Solaris

jueves, 10 de marzo de 2011

Stanislaw Lem: La investigación


Título original: Śledztwo
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable

Si la mayoría de las novelas de suspense se burlan un poco del lector ésta es una madeja que se enreda y desenreda constantemente. Los elementos inquietantes aparecen por todas partes, no se limitan al objeto de la investigación y, al contrario de lo que es habitual, la lógica no servirá de mucha ayuda para resolver los enigmas.

Pero nada de esto convierte a la novela en policíaca. La resolución del caso se halla al margen de las pistas y las cuestiones que plantea son sobre todo filosóficas. De forma que persiguiendo la verdad se desemboca en el absurdo y cuanto más caminamos más lejos nos hallamos de la meta. Estamos ante una compleja reflexión sobre la falsedad de las apariencias, la vulnerabilidad del ser humano, el engaño al que le someten los sentidos y el fracaso de los procedimientos científicos considerados fiables. Por eso, el recuento de unos hechos inconexos y absurdos, una desesperada búsqueda de la verdad de estos hechos – y de la verdad absoluta, de paso –consigue que los personajes desconfíen de lo que oyen y ven. La razón tampoco sirve: si enfoca demasiado cerca se pierde la perspectiva y si pretende abarcar mucho se desperdiga en los detalles.

El pronóstico del creciente poder de las máquinas con cerebro muestra al autor como el gran cultivador de ciencia-ficción que fue. Se basa en la capacidad de los cerebros artificiales para elaborar estrategias en el marco de la carrera armamentística de los dos bloques. El error consiste en atribuir a los ordenadores la capacidad de decisión y, a partir de ahí, predecir que las máquinas acabarían al mando del orden mundial. Lem – como muchos profetas de la emancipación de los robots–parece olvidar que las máquinas sólo ejecutan tareas automáticas porque los datos, su combinación y la intencionalidad con que les son suministrados son humanos siempre, que, aunque dichas máquinas sean capaces de realizar operaciones matemáticas a velocidad de vértigo, carecen de todo vestigio de conciencia de modo que, por mucha sofisticación que lleguen a adquirir, ésta procede de los hombres y nadie, por mucho que se empeñe, podrá insuflar dicha conciencia en los engranajes (o chips) de un artilugio mecánico.

Todo se reduce a un arbitrario, alucinado y alucinante viaje en busca de no sé sabe qué, porque no queda claro si lo que pretenden el detective Gregory y sus colegas es descubrir la verdad de los hechos, la propia identidad, su papel en el mundo o el significado de éste. Sospechosos, investigadores, secundarios y víctimas juegan roles intercambiables, todo es incierto, imposible de interpretar y tan irreal como un sueño. Es más, puede que hasta los sueños sean más consistentes que una realidad tan resbaladiza que llega a conducir a los personajes hasta la frontera de sí mismos.

También de Stanislav Lem en ULAD: SolarisEdénFiasco, El hospital de la transfiguración

martes, 12 de febrero de 2019

Zoom: Ursula K. Le Guin: El día antes de la revolución

Resultado de imagen de el dia antes de la revolucion amazonIdioma original: inglés
Título original: The Day before the Revolution
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien



Los motivos que mueven a la gente a rellenar una página en blanco pueden ser de muchos tipos. Ursula K. Le Guin (1929-2018) fue una gran fabuladora y, sobre todo, una idealista que utilizó los géneros fantástico y especulativo para exponer su pensamiento. En el terreno de la ciencia ficción sigue en cierto modo la estela de Stanislaw Lem aunque con un enfoque más político. Confieso que no siento una admiración incondicional por ella, sí por su compromiso, pero literariamente hablando no acaba de convencerme. El universo que presenta, poblado de especies que evolucionaron a partir de la humana, refleja sus ideales (pacifistas, ácratas, feministas y ecológicos).
El día antes de la revolución se publicó primero en una revista dedicada al género. luego formó parte de varias antologías. Narra el ocaso de la fundadora de la sociedad odoniana, cuyos descendientes seguirán viviendo conforme a sus ideas varias generaciones más tarde en Los desposeídos, una de sus novelas más célebres y mejor consideradas. Tal como la autora explica en el prólogo: “Odo apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un relato, no sobre el mundo que construyó sino sobre sí misma.” Supongo que un personaje tan importante, origen de toda una estirpe y promotora de una nueva forma de convivencia, tenía la potencia necesaria para reclamar mayor atención. Pero el resultado decepciona un poco, sobre todo por las expectativas que genera en el lector, deseoso de conocer a la persona capaz de llevar a cabo una hazaña como aquella.
Les adelanto que no van a encontrar aventuras, ni asistirán al proceso que transformó radicalmente las estructuras vigentes, conocerán solo a un pequeño grupo de adeptos que intenta abrirse paso dentro de un contexto más amplio. Le Guin nos enfrenta a una Odo exhausta, desilusionada y escéptica –ya que el proyecto no ha llegado aún a triunfar del todo– en un escenario de decadencia personal, con un horizonte mucho más realista que el argumento que le dio origen. Aquí lo que se plantea no es una convivencia más justa sino si merece la pena trabajar incansablemente durante toda una vida, sin tiempo para pensar en uno mismo ni para fijarse en lo que hay alrededor, para acabar convertido en mero símbolo.

“Ellos aceptaban sus azotes verbales, sumisos como niños agradecidos, como si ella fuera algún tipo de Madre Absoluta, el ídolo del Gran Útero Protector, ¡¿Ella?! Ella, que había minado los astilleros de Seissero y había insultado al primer ministro…”
La imagen de la impotencia: una mente que reclama acción en un cuerpo que apenas responde. Los otros serían dueños de su destino si se decidiesen a actuar pero, al parecer, la única que tiene agallas carece ya de fuerza física. Le Guin no se conforma con mostrarnos la parte humana, el relato es también la otra cara de la moneda de Los desposeídos. Si allí se mostraba la parte luminosa, aquí encontraremos todo lo contrario: el mundo real, sin utopías.


Traducción de Enrique Maldonado
Ilustraciones de Arnal Ballester


De la misma autora: Los desposeídos, Planeta de exilio

domingo, 5 de octubre de 2014

Arkadi y Borís Strugatski: Picnic junto al camino

Idioma original: ruso
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable

A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.

En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.

Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).

Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.

jueves, 6 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La lista de la compra

  • Chuches, chocolatinas y pipas Facundo:
Todo Mortadelo (y todo Bruguera), el gran Guillermo el Travieso, auténtico rey de Inglaterra; Los tres investigadores, Verne, Stevenson, Conan DoyleLas minas del rey Salomón... la felicidad, según Borges.


  • Salsa de tomate y ketchup:
Agatha Christie (sobre todo Miss Marple, la abuelita que nadie quisiera tener), El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux, Los crímenes de la Rue Morgue de Poe, Chacal de Frederick Forsyth...


  • Carne y pescado:
Vázquez Figueroa (el favorito en las bibliotecas de las cárceles, también), Stanislaw Lem,  La ciudad de los prodigios  (un prodigio, en sí misma), Cien años de soledad, claro... y Un día  en la vida de Iván Denisovich  (no pregunten por qué)...


  • Fruta y verdura:
El diablo sobre las colinas de Pavese, que me pilló en el  momento tonto. Qué hago yo aquí de Chatwin, que me abrió los ojos al mundo; Ficciones, de Borges, que me abrió los ojos a los libros; Los tíos de Sicilia  de Leonardo Sciascia, que me enseñó que la literatura podía tratar no sólo de lo literario; El barón rampante de Italo Calvino, que me enseñó que una novela podía ser perfecta, en fondo, en forma e intención. Y divertida y maravillosa…


  • Vino y licores:
            A partir de aquí y hasta la fecha, barra libre. Y que dure.


martes, 21 de abril de 2009

J.G. Ballard: El mundo de cristal

Idioma original: inglés
Título original:
The Crystal World
Fecha de publicación: 1966
Valoración: Está bien

Este domingo moría J. G. Ballard, un escritor británico independiente y original, conocido fundamentalmente por novelas como Crash -adaptada en una polémica película de David Cronenberg- o El Imperio del Sol -que llevó al cine Steven Spielberg, y que está basada en gran medida en las experiencias infantiles del propio Ballard durante la Segunda Guerra Mundial-. Sin embargo, el género que Ballard más cultivó es el de la ciencia ficción, aunque una ciencia ficción distinta a la de Asimov, Stanislaw Lem, Philip K. Dick, etc., que presenta fundamentalmente mundos distópicos en proceso de desintegración o transformación.

El mundo de cristal es un ejemplo de este segundo tipo de novelas: Edward Sanders, un médico británico, es enviado a una región de África de difícil acceso, para ayudar a combatir una variante de la lepra. En el camino, sin embargo, descubre que se está produciendo un extraño e inexplicable fenómeno: la selva ha comenzado a cristalizarse, al igual que todo lo que la selva pueda contener: plantas, animales o personas.

Más sorprendente todavía que este planteamiento inicial es el desarrollo que Ballard hace tomar a la novela, centrándose en las reacciones de los personajes ante el fenómeno, tanto o más que en el fenómeno en sí mismo. Un enfoque más hollywoodiense, por decirlo de alguna forma, habría llenado la novela de acción, giros sorprendentes, personajes planos. Ballard apunta en dirección contraria: crea un conjunto de personajes secundarios con historias y personalidades complejas, que les hacen encarar de maneras diversas la amenaza de la cristalización, insistiendo además en el carácter ambiguo de la plaga: mata, porque elimina la vida, pero también preserva, porque detiene el tiempo.

El conjunto es una novela verdaderamente fascinante: algo así como La vorágine de José Eustasio Ribera, pero con efectos especiales.

Otras obras de J.G. Ballard en ULAD: La exhibición de atrocidadesLa sequíaRascacielosCrash

miércoles, 6 de abril de 2016

Michel Houellebecq: La posibilidad de una isla

Idioma original: francés
Título original: La possibilité d'une Île
Año de publicación: 2005
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: bastante recomendable

Habré reseñado libros de Houellebecq aludiendo a La posibilidad de una isla como su novela menos brillante. Pues resulta que al otorgarle una segunda lectura me veo obligado a matizar mis palabras. Porque aún careciendo de la inmediatez de Plataforma o el sentido de la oportunidad de Sumisión, las cualidades del Bretón Más Resabiado están, también en esta novela. ¿Queréis que diga que Houellebecq en ralenti es mejor que muchos otros en quinta a siete mil vueltas? Dicho queda, ea.
Pero resulta que La posibilidad de una isla combina dos facetas teóricamente contrapuestas: una estructura más osada de lo habitual, donde las vueltas atrás y adelante en el tiempo se conjugan con un relato a tiempo real, y una sensación común a la obra de Houellebecq (el hastío) pero con un resquicio hacia la esperanza (puede que esta sea, junto a Plataforma, su novela donde los personajes, aunque sea fugazmente, más experimentan la felicidad). Cuestiones que no resultan chocantes per se, sino porque constituyen excepciones en la obra del francés.
Esta novela se estructura como un vaivén entre dos diarios. El de Daniel1, cómico francés de éxito que se ha trasladado a vivir a Almería, a una zona que aún no ha sido alcanzada por el boom inmobiliario que ha llenado la costa andaluza de urbanizaciones. Daniel1 ha amasado una fortuna haciendo guiones de obras marcadas por su sentido de la provocación. Se atreve a llegar donde otros no y eso le ha procurado éxito a la par que ataques frontales. Pero está en su cuarentena y empieza a hacerse preguntas que no sabe responder. Y sus opiniones son bien poco agradables de leer. En unos cuantos párrafos iniciales muestra indiferencia ante el suicidio de su hijo y compara la figura de los animales de compañía con la visión de la mujer en antiguas civilizaciones. Siempre con la óptica de seres sencillos y a los que es fácil satisfacer y hacer felices.  A Daniel1 le van pasando cosas. Se separa de la madre de su hijo y se lía con una joven y guapa periodista de éxito que acude a entrevistarle. Unen sus destinos basándose en el éxito mutuo, pero Daniel1 sabe que esa libertad sexual que les une acabará por separarles. En un momento de debilidad, y por conocidos comunes, Daniel1 toma contacto con una secta, que celebra una reunión en Lanzarote (Lanzarote es, de hecho, el título de una de las primeras novelas cortas de Houellebecq, que parece una especie de borrador de esta de que hablamos). La secta tiene la clásica estructura de las sectas que acaban fatal. Un líder con aires de divinidad que se toma el derecho de pernada con la súbditas, una estructura empresarial basada en que los súbditos cedan su patrimonio para financiar la descabellada investigación de la secta consistente en la clonación de los adeptos para generar una nueva sociedad. Como es de prever, todo acabará como el rosario de la aurora.
Alternándose con el diario de Daniel1, cuerpo de la narración y ejemplo de trama houellebecquiana, Danieles de distintas numeraciones van hablando de sus experiencias siglos más allá de la existencia de su primer antecesor. Aquí es donde Houellebecq proyecta una sociedad futura donde cuando cada persona llega al final de su existencia "útil" es inmediatamente sustituída por un clon que es ella misma a los dieciocho años. Curioso: Houellebecq descarta infancia, adolescencia y vejez de las personas y las limita a su etapa de madurez laboral y sexual, Guiño a la sociedad competitiva donde somos sólo útiles como cotizantes o pagadores de impuestos. Los distintos Danieles evocan un mundo donde ha habido bastantes cambios: mares secados, ciudades desaparecidas, población drásticamente reducida. Sin acabar de tener claro por qué ha pasado todo esto, la novela acaba con una brillante parte final que recuerda (o al revés, habría que consultar fechas) a La carretera de Cormac McCarthy. Y ahí queda todo. No. Perdón. Daniel, el supuesto último Daniel, es acompañado por su fiel perro Fox, cuyas sucesivas muertes (pues el perro también ha sido clonado) son casi los únicos oasis en que Daniel siente algo parecido al dolor.

Curioso, pues, que todos los ingredientes que siempre han arrojado un resultado perfecto al combinarse aquí tengan un resultado algo inferior. Quizás aventurarse en algo parecido a lo que es la literatura de anticipación reste ritmo narrativo a un escritor que siempre ha sido un kamikaze del ritmo y las elipsis. O las partes de los diarios de los Danieles, siempre breves y siempre justificadas, pero con un tono alguna vez demasiado tendente a un misticismo ascético. Quizás el hábitat natural de Houellebecq es más la intriga social salpimentada con la obsesión por el sexo. Cuando Houellebecq se excede en su filosofía, aquí me recuerda más a Stanislaw Lem que a él mismo. En todo caso, quizás no su mejor libro, pero por encima, qué pena, de mucha, de demasiada gente.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

lunes, 13 de marzo de 2017

Reseña + Entrevista. Álvaro Colomer: Aunque caminen por el valle de la muerte


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

La guerra de Irak, y una cita bíblica tomada prestada para el título. Si eso no es apostar fuerte y seguro. Porque se está hablando mucho, y muy bien, de este libro. Y no es que Colomer vaya a inaugurar un género, pero sí que se le ve decidido a insuflarle algo de vida a eso que podríamos llamar novela bélica.
Desde luego a ese declive habrá ayudado que los escenarios de los nuevos conflictos (Kuwait, Irak, Siria) hayan obligado a reformular muchas cuestiones. La guerra moderna tiene otra épica; se libra en países que parecen enormes pabellones donde algunos contendientes acuden  como si fueran futbolistas convocados a un campeonato. Y con público involuntario y, no olvidemos, frágil. El elemento débil que Kapuscinki siempre veía salir derrotado.
Nada más lejos de mi intención que banalizar esto. Uno de los dilemas morales más presentes aquí es el de los daños colaterales. O sea, los civiles en sus casas o por la calle haciendo sus vidas. Los internos en los hospitales donde se han apostado los francotiradores. Todo el atrezzo presente de forma involuntaria mientras los actores se lían a tiros y a cuchillazos y a cañonazos. Las tropas presentes se inclinan a un lado o al otro de esta cruel balanza. La de la integridad moral de evitar los daños y la de la integridad profesional de pagar el precio que sea para ganarse el jornal. Es una de las cuestiones que Colomer saca a la palestra en esta fascinante novela basada en hechos reales. Que a Irak los americanos no han ido a abrazar niños y entregar paquetes de arroz. Que las fuerzas de la Coalición (aquí, soldados españoles, estadounidenses y salvadoreños) han de actuar bajo una maraña de pautas de distintos orígenes. Órdenes de gobiernos en proceso de cambio, gobernantes temerosos de que una foto, un enfoque ambiguo en un artículo, unas declaraciones malinterpretadas, echen al traste todo el artefacto propagandístico (el de las armas de destrucción masiva y la foto de las Azores) que ha aportado coartada para sus duras decisiones. Ese equilibrio justifica otro de los dilemas planteados. Si una vez en el campo de batalla, en ese escenario donde todo va muy en serio, esas cuestiones deben dejarse atrás en aras de lo realmente importante. Derrotar al enemigo y hacerlo con el mínimo de bajas.
Hay planteamientos no tan diáfanos. Porque Colomer no se muestra abiertamente anti-belicista y eso no suele sentar muy bien a según quién. Como el hecho de que sea un escritor barcelonés sugiriendo en algún momento que la fuerza armada española (su conjunto: gobierno, mandos, tropa) no tuviera un comportamiento a la altura de lo que una situación así requiere. Terreno delicado hoy en día que está a mucha distancia del centro de esta novela. Que tiene muchas lecturas, incluso, para horror de algunos, el puro elemento escapista. Colomer lleva muy bien todo el elemento relacionado con la acción, y esa sensación presente desde 1990, la de la guerra que es un video-juego de carne y hueso. Esa fusión de tecnología y realidad se refleja constantemente en el texto y le aporta un dinamismo nada desdeñable. Claro que está la reflexión, la del soldado que echa de menos a su familia y que se siente más llamado a solventar sus batallas domésticas, está aquí y tiene sus páginas. Pero para horror de ciertos puristas Aunque caminen por el valle de la muerte también (también) tiene esa opción. La de la novela bélica de aventuras donde los rincones donde guarecerse, las balas, los cañonazos (¡esas onomatopeyas constantes!), los cuchillos seccionando cuellos, parecen estar ahí ante nosotros.
Ah, sí. La trama. Tres batallones conviven en un cuartel en Najaf: salvadoreños, españoles y norteamericanos, algunos de estos mercenarios de BlackWater (contratistas), cuando se produce un ataque a consecuencia de la detención de uno de los líderes de la insurgencia local. Los milicianos empiezan un intento de asalto. El cuartel es acosado y lo que parecía ir a ser una situación controlada se convierte en una batalla en toda regla. Hecho que fue silenciado en su momento (abril de 2004) con los atentados del 11-M recientes y con un gobierno cuyo relevo suponía un cambio de actitud hacia el conflicto. Porque siempre se dijo que no había intervención directa en combate. Que los muertos lo eran en accidentes, atentados, escaramuzas, incidentes aislados.
Colomer ha empleado en la confección de este libro una nutrida base de entrevistas y testimonios sobre un hecho silenciado. Lo ha hecho a pesar de oscuros intereses empeñados en que los hechos descritos no salieran a la luz pública, incluso a pesar del tiempo transcurrido. Parece ser que ha incordiado al poder establecido, al de entonces o al de hoy, qué más da. Y solo por eso ya he decir que cuenta con muchos puntos a favor. De los míos, casi todos. Porque esto es un librazo.

Y, además, su autor es otro que se apunta a la moda de responder nuestras impertinentes cuestiones.

¿Y si cogiéramos todos esos testimonios que Vd. ha recogido y los publicáramos "a la Aleksiévich", surgiría algo muy distinto de lo que surge tras leer su novela?
-Sin duda. Al principio, cuando estaba haciendo la investigación, mi intención era escribir una no-ficción al más puro estilo Aleksiévich o, más concretamente, Jon Lee Anderson. Quería narrar mi propio viaje, mi propia investigación, mis propias impresiones. Porque 'Aunque caminen por el valle de la muerte' tiene una no-ficción oculta: lo vivido durante tres años de viajes a bases militares, a Irak, a casas particulares de mercenarios, a los cuarteles españoles... Realmente, las vicisitudes de esta investigación daban para un libro. Pero al final me incliné por una novela porque llegué a la conclusión de que, cuando tienes una historia realmente buena, una historia que todo el mundo debe conocer, has de acudir  al género más popular de todos: la novela. La batalla de Najaf es un hecho histórico de una importancia capital para la historia contemporánea española y, cuando ya hube realizado las historias, entendí que mi misión tenía que ser conseguir que la conociera el mayor número de lectores posibles. En ese sentido, la novela sigue estando por encima de la no-ficción.

¿La literatura bélica está en desuso o es que no vemos clara la guerra que discurre ante nuestras narices?
-Los españoles no queremos ver las cosas que no nos gustan. Esta novela es una denuncia hacia una realidad evidente: después de las manifestaciones contra la guerra, cuando quedó claro que José María Aznar mandaría a las tropas dijéramos nosotros lo que dijéramos, la gente guardó las cacerolas y se desentendió del tema. De alguna manera, la población dijo: No voy a prestar atención a esta guerra porque estoy en desacuerdo con ella. Desde mi punto de vista, es un error enorme. Si uno es realmente pacifista, debe prestar mucha atención a lo que pasa en las guerras. Quedarse tumbado en el sofá no es ser pacifista; el auténtico pacifista se informa sobre la guerra para después saber contra qué está luchando. En ese sentido, creo que la sociedad española es hipócrita.

Un escritor catalán poniendo en tela de juicio la eficacia del ejército español, o supeditándola al artificio de una maquinaria burocrática superior. ¿No teme que le venga el tertuliano de turno a buscarle los tres pies al gato?
-Ya ha venido. Se han escrito algunos artículos que no dan una visión veraz sobre el contenido de mi novela y que han provocado aludes de e-mails en mi correo electrónico. Estoy comprobando que cada uno lee mi novela como quiere y opina en relación a sus propios pensamientos, no a los que la novela desprende. Quiero decir que algunos periodistas han escrito artículos en los que decían que yo acusaba al ejército español de cobardía, cuando en verdad mi novela es absolutamente política, apunta hacia el Ministerio de Defensa. Sin embargo, las malas interpretaciones que se hacen sobre mi novela hacen que los soldados o los altos mandos me escriban e-mails insultándome. Si leyeran mi novela no me insultarían, pero, como sólo leen los artículos sobre ella, pues se enojan. Es el problema clásico de este país, que se resume con la famosa cita de Stanislaw Lem: 'Nadie lee nada, y los que leen no comprenden lo que leen, y los que lo comprenden lo olvidan fácilmente'.

Si este país tuviera una mejor tradición lectora su libro debería levantar polvareda. ¿Y si los nombres de los personajes fueran los reales?
-Los nombres de los personajes no pueden ser reales porque todos los personajes tienen elementos de varias personas reales. Nadie puede decir: 'Yo soy este personaje'. En cuanto a la polvareda, estoy de acuerdo. Lo que narro en la novela tendría que alarmar y preocupar a toda la población. Y, de hecho, parece que lo está haciendo, porque ya hemos entrado en segunda edición y no hace ni un mes que la novela salió publicada.

Cita a Chaves Nogales y entre esas líneas he creído ver el reflejo de un libro relativamente desapercibido, Nuevo destino de Phil Klay ¿Influencias?
-Phil Klay fue un autor importantísimo para mí, pero en España salió publicado cuando yo tenía la novela ya muy avanzada. En ese sentido, creo que, en el universo anglosajón, me influyó mucho más Tim O'Brien ('Las cosas que llevaron los hombres que lucharon') o Oakley Hall (sobre todo 'Warlock', una novela sobre el Lejano Oeste que, sin embargo, me fue de gran utilidad para entender cómo se comportan los hombres en una situación armada). En cuanto a la tradición española, señalaré principalmente a Ramón J. Sender y Manuel Chaves Nogales.

En este mundo sobresaturado en lo audiovisual, todos parecemos haber estado ya en los frentes de las guerras recientes. Pero la batalla de Najaf parece estar bastante lejos de los militares aburridos de Generation Kill. ¿Reconoceremos un género en unas décadas y encontraremos nuestro John Wayne, o estas guerras ya son anónimas?
-La batalla de Najaf tendría que ser llevada al cine sin ningún género de dudas. En otros países ya habrían rodado varias películas tipo 'Black Hawk Derribado', de Ridley Scott. En España no hay mucha tradición de cine bélico, así que no sé si alguien se atreverá a rodarla. Quién sabe.

(Inciso: esta semana se ha estrenado, curiosamente, una película española llamada Zona hostil sobre un episodio de la guerra de Afganistán).

Me sorprende que en  un momento dado las nacionalidades definen más a los personajes que ellos mismos. Salvadoreños: resueltos y con un líder claro. Estadounidenses: individuales y obsesionados por sus valores de referencia, sean familia o dinero. Y los españoles, pendientes de una autoridad superior a la que temen desobedecer ¿esta es su visión?
-Totalmente. Además, cada país tiene un estilo bélico. Los americanos están acostumbrados a ganar guerras y, por tanto, se comportan como si fueran los amos del mundo. Los salvadoreños todavía tienen fresca su guerra civil, probablemente la más salvaje de toda Latinoamérica, y siguen recordando cómo se gana una batalla, algo que se reflejó en Irak. Los españoles no hemos pegado un tiro en casi cincuenta años, así que no somos capaces de reaccionar sin que nos llegue la orden de arriba. Esto es algo que me dijeron los salvadoreños: 'El auténtico soldado sabe cuándo hay que saltarse las normas'. Está todo dicho.

¿Entrevistó a alguno de esos "soldados de fortuna" que parecen héroes de video-juego?
-Los entrevisté y estuve durmiendo en sus casas. Sé que la gente quiere verlos como asesinos sanguinarios y enloquecidos, pero lo cierto es que, en sus hogares, son personas normalísimas. Creo que la novela deja clara una de mis tesis: no hay gente buena o mala. Sólo hay comportamientos puntuales. Los mercenarios que estuvieron en Najaf apretaron el gatillo con demasiada facilidad. Pero no creo que eso se deba a que son más sanguinarios que otras personas. Creo que eso se debe a que no tienen normas a las que ceñirse. Si las tuvieran, hubieran sido más precisos y cuidadosos. Es por este motivo que no hay que llevar a mercenarios a las guerras. Porque no tienen normas.

¿Qué hay que cambiar en el mundo para que el pacifismo no solo tenga sentido, sino que tenga futuro? ¿Cree que reflejar esas realidades en la literatura va a aportar su granito de arena?
-Los antiguos asirios creían que el mundo había sido creado durante una guerra entre dioses y, en consecuencia, creían que la guerra era el estado normal de los seres humanos, ya que éramos hijos de la sangre. No estoy del todo de acuerdo en la idea de que seamos belicosos por naturaleza, pero tampoco creo en el buenismo de Rousseau. Dicho de otra forma: no creo que los seres humanos podamos ser pacíficos nunca. No, no lo creo en absoluto. Por otro lado, la literatura bélica sirve para reflejar una realidad que, en el siglo XXI, está ya apartada de nosotros. Los ejército están formados por voluntarios, lo que hace que el resto de civiles no veamos la guerra en primera persona (al menos en Occidente). Esto nos distancia tanto de la realidad, nos mete tanto en nuestra burbuja, que es necesario que los escritores cuenten esas historias. Sólo así la gente recordará que la guerra es un acontecimiento de naturaleza cruel, y no un espectáculo para rellenar minutos de telediario.