Título original : Solaris
Idioma original : Polaco
Año de publicación : 1961
Valoración : está bien
Supongo que formo parte de ese público que accedió a la lectura de ciencia-ficción como consecuencia del visionado de ciencia-ficción. O sea, que la fascinación visual tiró de la curiosidad literaria, y esas secuencias de clásicos, con mayor o menor profusión de efectos especiales, ese espectáculo para los sentidos que fueron y son tantas películas, desde los 50, incluso antes, hasta hoy, definieron perfectamente los escenarios en que, los que así empezamos con el género, situaríamos esos libros en el proceso de su lectura.
Curiosamente, no fue así con Solaris. Ni he visto la mítica película original de Andrei Tarkovsky ni el, dicen, fallido remake de Steven Soderbergh. A pesar de lo cual, yo ya situaba los escenarios conforme avanzaba en la lectura del libro. Sí: la ciencia-ficción es, para los no especializados, un género cautivo de ciertos estereotipos. Algunos de los cuales constituyen para sus fanáticos tanto motivo de fascinación que para otros lo es de escepticismo. Esa sensación no me abandonaba leyendo este libro. Como lector más inclinado a géneros, digamos, más terrenales. No es un pretexto: géneros como éste, o el fantástico, han acercado a muchos a la lectura: los Lovecraft, Poe, Asimov, K. Dick son autores que hacen que muchos se inicien en ella. Pero había mencionado la palabra escepticismo: Solaris es la obra de mayor repercusión de las que escribió el polaco Stanislav Lem, escritor especializado en el género. Y supongo que lo es como consecuencia de su simbolismo.
Solaris es un planeta al que es enviado el científico Kris Kelvin, a una base espacial que gravita sobre un óceano, óceano al que se atribuye una condición genérica de enorme ser vivo (no sé por qué, pienso en la teoría Gaia), y la capacidad de generar seres humanos miméticos a aquellos que pueblan los recuerdos de los que están en el planeta. En el caso de Kelvin, el océano genera a Harey, émula de su mujer fallecida por suicidio.
Así que Kelvin no tarda en verse atrapado en el confuso juego de presencias en la base, con investigadores desaparecidos o enajenados, con seres cruzándose por los pasillos, como acompañantes generados, o aceptados, mentalmente, para compensar el desespero del confinamiento (no sé por qué, pienso en The shining). Este juego es, en un principio, el atractivo de la novela, que va dando pistas a través de las conversaciones entre los tres científicos reales que aún permanecen allí. De cómo asimilan el juego del planeta y de los personajes irreales que se han generado a su alrededor y cómo intentan hallar una explicación satisfactoria a esa situación. De cómo, contra toda lógica que no sea la onírica o la alucinatoria (no sé por qué, pienso en Levrero) se adaptan a un hábitat extraño y viciado.
Lem sume al lector en algunos momentos de lectura francamente difícil: un par de pasajes en la parte final de la novela son puras elucubraciones sobre las teorías que han urdido antiguos especialistas en la materia, pesados párrafos (no sé por qué, pienso en el capítulo de Cetología en Moby Dick) de explicación científica algo farragosa a la que no se puede negar, en su concepción, originalidad e incluso inventiva. Lem especula sobre la ciencia dedicada a estudiar el planeta, la solarística, y crea su propio léxico sobre los fenómenos que se producen. En algún momento, entre tanto ensayo de corte especulativo, el lector cree estar leyendo alusiones a la raza humana y a las deidades y a una serie de metaconceptos que voy a considerar propios del género y de la época: ciertos autores teorizaban sobre sociedades futuras y construían mundos utópicos, a veces a costa de tejer artimañas algo forzadas.
Este es el lastre de Solaris: su trama, sencilla y hasta excitante en su planteamiento (una especie de submundo alienador en el que cada uno acepta una realidad más reconfortante que la soledad) se complica y se torna confusa en medio de tanta mística a la, como lector, uno cree necesario buscarle segundas o terceras lecturas. Renunciando a la ligereza de las aventuras en el espacio, Lem nos sume en un complicado laberinto del cual yo, al menos, no he conseguido salir.
También de Stanislav Lem en ULAD: La investigación, Edén, Fiasco, El hospital de la transfiguración
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sábado, 6 de octubre de 2012
martes, 26 de diciembre de 2017
Stanislaw Lem: El hospital de la transfiguración
Idioma original: polacoTítulo original: Szpital przemienienia
Año de publicación: 1948
Valoración: Recomendable
A pesar de las irregularidades
de su obra, recomiendo visitar a Lem de vez en cuando. Por la humanidad que
transmiten sus novelas –comparable a alguien como Zweig, nada menos– por sus
incursiones en el conocimiento científico, por la solidez de sus argumentos y
por la sencillez y claridad con que narra. Esta es su primera novela escrita,
que no publicada por culpa del clima político de entonces. Y es que, además de
terminarla en fechas tan convulsas como 1948, está ambientada en los inicios de
la invasión nazi, cuando los polacos estaban empezando a comprender qué les
estaba ocurriendo. Una obra temprana en la que el autor ya demuestra su talento.
Es cierto que más adelante manejará las herramientas con mayor seguridad, pero el
resultado, más que correcto, adelanta las obsesiones y escenarios que luego
pondrá en marcha tomando la ciencia ficción como excusa. Atmósfera cerrada en las
que cada personalidad y las relaciones que tienen lugar entre ellas se perfilan
con tanta claridad como en un experimento de laboratorio, un exterior
amenazante y desconocido que produce curiosidad y temor a partes iguales, y las
conclusiones psico-sociológicas que podemos extraer de todo ello. A mí me ha
hecho pensar que si hubiese leído las otras novelas a la luz de esta hubiese
encontrado en ellas lo mismo que aquí. Simplificando mucho, claro, las SS
serían el mundo extraterrestre y los tripulantes de la nave espacial, la
Polonia invadida. En cualquier caso, no cabe duda de que, con el tiempo, Lem encontró
la fórmula ideal para unir sus inquietudes sociales y científicas a la vez que
camuflaba sus críticas con una envoltura aparentemente frívola.
Algo debía rondarle por la
mente al joven Stanislaw cuando, ya en las primeras páginas, el amigo del
protagonista intenta convencerle de que ingrese como médico en el psiquiátrico donde
él trabaja con argumentos tan pintorescos que “en vez de un sanatorio, pareció estar pintándole a su colega una
especie de observatorio extraterrestre…”. Uno de los capítulos se titula Lazos en el espacio, las descripciones
presentan un paisaje bello pero frío e irreal, como el producto de una
alucinación, los personajes, en cierto modo, se comportan como autómatas o “como actores de una comedia en la que ya
todo estaba decidido de antemano” y es que, palabras textuales, todos en el
hospital estaban locos, médicos incluidos. Tampoco sus personajes posteriores parecen
muy cuerdos pues ¿hay mayor locura que lanzarse al espacio, y más en aquella
época?
Aunque narrada en tercera
persona, solo la mirada de Stefan nos va descubriendo el mundo peculiar que le
rodea. Puede que el individuo más interesante –por enigmático y por mantener
con el protagonista los diálogos más sugerentes– sea el poeta Sekulowski, un
escritor conocido y reconocido que, a primera vista, reposa en el hospital por
voluntad propia, pero aunque Stefan lo tome como un oráculo, nunca estaremos
seguros del todo de que no se trate de un loco más, un loco ilustre que
disfruta de ciertos privilegios. Suele hablar sentando cátedra, sus opiniones son
bastante excéntricas y su comportamiento no muy ortodoxo, para acabarlo de
rematar, su conducta final corrobora esta tesis. Pero su rol va más allá: sirve
de recipiente a los balbuceantes pensamientos (quienes somos, de qué estamos
hechos, qué nos depara el futuro, en qué consiste el oficio de escritor, es
suficiente con tener talento para alcanzar el triunfo etc.) de un oponente en
proceso de formación. A través de él conoceremos de verdad a un Stefan que, probablemente,
funcione como alter ego del propio novelista.
Tras muchos capítulos de vida
contemplativa y diálogos plagados de teoría que de alguna forma recuerdan a La montaña mágica, el exterior se
introduce tras aquellos muros aparentemente impermeables y los acontecimientos
se precipitan. La fisonomía de las ciudades ha cambiado, la autoridad es otra,
la crueldad e insensibilidad de los invasores está fielmente descrita y las
reacciones que desencadena en los miembros del equipo –contagio inminente
incluido (se insinúa, incluso, el asunto de la selección de los más válidos)– acabarán
de retratarlos. Es entonces cuando la intriga cobra protagonismo y la pasiva
serenidad de la trama cede paso a una acción sin objetivo definido que, como en
las argumentos especulativos del autor, puede acabar de mil maneras.
martes, 21 de febrero de 2017
Kingsley Amis: Cuentos completos
Idioma original: inglésTítulo original: Complete Stories
Años de publicación: 2011 (como libro)
Traducción: Raquel Vicedo
Valoración: está bien
Me temo que para muchos lectores, al menos para los no británicos, el señor Kingsley Amis, de sonarles, no pase de ser el padre de la estrella del rock'n'roll de la literatura inglesa Martin Amis (un indicio algo chusco de lo que escribo: en la entrada de la wikipedia en español correspondiente a Kingsley Amis aparecía hasta hace poco una foto... de su hijo). Confieso que también para mí era apenas poco más que eso. Y sin embargo, el bueno de Sir Kingsley se había ganado su puesto en la historia de las letras inglesas desde los años 50, como representante del movimiento conocido como los Young Angry Men, los "jóvenes airados" que protestaban contra el orden establecido en la sociedad y la literatura británicas (aunque después se volviese menos airado o incluso airado con los que se decían airados. pero eso suele pasar...). Dispuesto a enterarme de primera mano de su valía literaria, me decidía leer, en vez de alguna de sus muchas novelas, este volumen -por lo demás grueso, aunque sólo cuente con veinticuatro relatos en él- de sus Cuentos completos.
Ordenados éstos cronológicamente, según parece, encontramos aquí un poco de todo: los tres primeros se desarrollan en el mismo ambiente, el batallón del Real Cuerpo de Señales en el que sirvió Amis durante la II G. M., y casi los mismos personajes... incluso se podría componer el núcleo de una novela con ellos. Después vienen otros tres, quizás de los mejores relatos de la recopilación (Sangre en las venas, Toda la sangre que hay en mí, Querida ilusión), en los que prima la ironía y el desengaño hacia diferentes aspectos de lo que se parece constituir una cierta visión amable del mundo: el paternalismo "progre" hacia los desfavorecidos, la automitificación del pasado juvenil o el ensalzamiento papanatas de obras literarias de calidad dudosa (supongo yo que estos relatos deben corresponder a la época en la que el autor se estaba distanciando de su pasado de comunista acérrimo y deslizándose hacia una derecha desengañada).
A continuación el volumen nos ofrece otros cuentos que corresponden, en líneas generales, con relatos de ciencia-ficción, otro de los géneros que Kingsley Amis cultivó. Ahora bien, si el primero de ellos Algo extraño, que se desarrolla, en principio, en una remota estación espacial, podría ser considerado como de "ciencia-ficción clásica" (recuerda en algún momento al Solaris de Lem, los siguientes cuatro pertenecen directamente al género del cachondeo: se refieren a unos científicos que inventan una máquina del tiempo y la aprovechan para enterarse de qué va a ocurrir en el futuro con una de sus aficiones preferidas: las bebidas alcohólicas y espirituosas (ésta, la del bebercio, parece que también era una de las actividades favoritas de Amis, que incluso escribió varios libros sobre el tema). El duodécimo cuento también tiene una impronta ci-fi, pero al mismo tiempo entra dentro de otra categoría, la de los relatos "metaliterarios"; se titula Hemingway en el espacio y, como parece bastante evidente, se trata de una parodia de uno de los cuentos africanos del autor norteamericano, pero que se desarrolla en una cacería espacial. Bastante divertido.
Casi todo el resto de los relatos tiene también ese carácter "metaliterario "o "metahistórico". Encontramos desde un Dr. Watson que se dedica a resolver un misterio por su cuenta -y a su peculiar manera- o las aventuras de un agente literario secuestrado por razones misteriosas. E incluso un "metacuento", ¿Quién o qué era?, que se basa en una novela fantástica del propio Amis, El hombre verde. La sección "metahistórica" se ve representada por un relato en modo guionizado sobre la famosa carga de la Brigada Ligera en Balaclava y una ucronía sobre el comienzo -y en cierto modo , el fin- de la II Guerra Mundial, bastante conseguida. Aún así, el interés de todos estos cuentos, pese a estar escritos con la eficacia y pulcritud propias de este autor, es bastante relativo, al menos para el lector no anglófono y sin demasiados conocimientos sobre la historia y literatura británicas... Por ejemplo: ¿realmente es tan intrigante El secreto del Señor Barrett, sobre el padre de la poetisa Elizabeth Browning (y suegro de Robert, por tanto)? Pues para mí no, la verdad (aunque sólo soy un inculto dago...).
Entre este segundo bloque que constituye la mitad de los cuentos, también hay entreverados, cuatro relatos que no tienen este carácter "meta-lo que sea": La casa del promontorio y Boris y el coronel, del género de espionaje (parece que Amis estuvo involucrado, de una forma u otra, con la creación de las novelas de James Bond), aunque resueltas de forma harto diferente. La vida de Mason resulta ser un sugerente cuento onírico. Y, por último, Un tirón del hilo -tal vez el relato más ambicioso de todos- versa, a partir de la figura de un pastor anglicano que descubre que tiene un hermano gemelo, sobre el libre albedrío, la fe religiosa e incluso el espejismo que puede suponer -o no- la convicción en un destino humano.
Por acabar ya: un libro de relatos escritos con gran corrección, ironía y hasta brillantez en algunas ocasiones, pero a los que, en su mayoría, les falta ese toque, esa vuelta de tuerca (y no me refiero a la consabida sorpresa final o algo parecido), que convierten un cuento interesante en uno bueno o uno bueno en excelente. También es cierto que Kingsley Amis, según reconoce él mismo en el epílogo, destacaba más como novelista que como cuentista: la de la novela era su "distancia". En fin, pues habrá que leer alguna, a ver qué tal...
A continuación el volumen nos ofrece otros cuentos que corresponden, en líneas generales, con relatos de ciencia-ficción, otro de los géneros que Kingsley Amis cultivó. Ahora bien, si el primero de ellos Algo extraño, que se desarrolla, en principio, en una remota estación espacial, podría ser considerado como de "ciencia-ficción clásica" (recuerda en algún momento al Solaris de Lem, los siguientes cuatro pertenecen directamente al género del cachondeo: se refieren a unos científicos que inventan una máquina del tiempo y la aprovechan para enterarse de qué va a ocurrir en el futuro con una de sus aficiones preferidas: las bebidas alcohólicas y espirituosas (ésta, la del bebercio, parece que también era una de las actividades favoritas de Amis, que incluso escribió varios libros sobre el tema). El duodécimo cuento también tiene una impronta ci-fi, pero al mismo tiempo entra dentro de otra categoría, la de los relatos "metaliterarios"; se titula Hemingway en el espacio y, como parece bastante evidente, se trata de una parodia de uno de los cuentos africanos del autor norteamericano, pero que se desarrolla en una cacería espacial. Bastante divertido.
Casi todo el resto de los relatos tiene también ese carácter "metaliterario "o "metahistórico". Encontramos desde un Dr. Watson que se dedica a resolver un misterio por su cuenta -y a su peculiar manera- o las aventuras de un agente literario secuestrado por razones misteriosas. E incluso un "metacuento", ¿Quién o qué era?, que se basa en una novela fantástica del propio Amis, El hombre verde. La sección "metahistórica" se ve representada por un relato en modo guionizado sobre la famosa carga de la Brigada Ligera en Balaclava y una ucronía sobre el comienzo -y en cierto modo , el fin- de la II Guerra Mundial, bastante conseguida. Aún así, el interés de todos estos cuentos, pese a estar escritos con la eficacia y pulcritud propias de este autor, es bastante relativo, al menos para el lector no anglófono y sin demasiados conocimientos sobre la historia y literatura británicas... Por ejemplo: ¿realmente es tan intrigante El secreto del Señor Barrett, sobre el padre de la poetisa Elizabeth Browning (y suegro de Robert, por tanto)? Pues para mí no, la verdad (aunque sólo soy un inculto dago...).
Entre este segundo bloque que constituye la mitad de los cuentos, también hay entreverados, cuatro relatos que no tienen este carácter "meta-lo que sea": La casa del promontorio y Boris y el coronel, del género de espionaje (parece que Amis estuvo involucrado, de una forma u otra, con la creación de las novelas de James Bond), aunque resueltas de forma harto diferente. La vida de Mason resulta ser un sugerente cuento onírico. Y, por último, Un tirón del hilo -tal vez el relato más ambicioso de todos- versa, a partir de la figura de un pastor anglicano que descubre que tiene un hermano gemelo, sobre el libre albedrío, la fe religiosa e incluso el espejismo que puede suponer -o no- la convicción en un destino humano.
Por acabar ya: un libro de relatos escritos con gran corrección, ironía y hasta brillantez en algunas ocasiones, pero a los que, en su mayoría, les falta ese toque, esa vuelta de tuerca (y no me refiero a la consabida sorpresa final o algo parecido), que convierten un cuento interesante en uno bueno o uno bueno en excelente. También es cierto que Kingsley Amis, según reconoce él mismo en el epílogo, destacaba más como novelista que como cuentista: la de la novela era su "distancia". En fin, pues habrá que leer alguna, a ver qué tal...
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siglo XX
lunes, 5 de octubre de 2015
Stanislaw Lem: Edén
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Está bien
Teniendo
en cuenta que se le conoce como creador de mundos fantásticos –y no obstante verosímiles– fruto de su gran
capacidad imaginativa, y por mucho que pueda extrañar a los admiradores de sus obras
de ficción, Lem comenzó su trayectoria literaria escribiendo poesía y la acabó
realizando informes científicos, quehacer que le ocuparía los últimos veinte
años de vida, desde finales de los años 80.
Según sus
propias palabras, en esa primera época se consideraba una especie de Robinson
que tenía que fabricar todos los materiales él solito, pues: “lo que hacía
no estaba planificado ni inventado, de una forma especulativa, sin intención de
lucro y, menos aún, literario.” Pero su pasión por los avances de la
ciencia, los planteamientos éticos y el pensamiento filosófico le llevarían a
convertirse en el Lem que conocemos ahora.
Cuando
escribió esta novela, el escritor todavía estaba afianzando sus recursos y
materiales, orientándose en un género que precisa de pautas muy concretas y al
que él conseguiría imprimir su propia personalidad y darle una nueva dimensión,
que serviría de guía a los que le siguieron. Ya en Solaris, de 1961, la más famosa de su producción y llevada al cine
en el 72, se consolidaría por completo en el campo de la ciencia ficción.
En un
principio, sorprende el tremendo avance técnico que se ha producido en el
planeta desde que se publicó Edén. Y
eso a pesar de que Lem era un autor particularmente interesado por los últimos
descubrimientos de la ciencia. Veamos unos cuantos ejemplos para entender lo
primitivo que resulta hoy:
–La carga
de la nave es enorme, llevan hasta una biblioteca convencional a bordo. Es
lógico si pensamos que aún no había ordenadores y menos todavía libros
electrónicos, pero podían haber clasificado el saber en folios y prescindir de
las tapas, digo yo. Mesas aparentemente convencionales, no integradas
arquitectónicamente, planos de papel que, lógicamente, acaban rompiéndose… Los
procedimientos resultan rudimentarios hasta para el más profano en electrónica,
por ejemplo la frase “las bombillas se
balanceaban en sus cables” leído hoy y aplicado nada menos que a una nave
espacial casi produce escalofríos. (Todavía no existían los halógenos, pero quizá
sí los tubos fluorescentes).
-En
cualquier caso, notamos falta de máquinaria. Aunque, naturalmente, no puede
faltar un clásico del género, el robot, que él denomina autómatas, aquí y en
otras novelas suyas, y que carecen de voluntad y personalidad propia. Ni
siquiera existe ningún planteamiento al respecto como ocurre en otras obras del
género; el autómata es una mera máquina, eso sí, con multitud de funciones: el
hombre se limita a darle instrucciones y él le libera de los trabajos lentos y penosos.
Todo está concebido contando con ellos así que cuando les fallan –como ocurre
con los ordenadores ahora mismo – se produce el desastre.
-El lector
de hoy echa de menos hasta el podómetro, ya que tienen que calcular las
distancias a ojo cada vez que hacen un trayecto a pie. O baterías
independientes no conectadas a la red. O poleas eléctricas para levantar
grandes pesos. Claro que cuentan con el protector –mitad robot, mitad vehículo- que también
aparece en Fiasco.
Por otra
parte, la narración presenta un desequilibrio evidente, su estructura está muy
descompensada. Durante demasiados capítulos predomina la descripción, no
encontramos más que fantasía y técnica, (soy amante de las descripciones, así
que cuando a mí me parecen excesivas es que se han aburrido las ovejas), además
de una narración bastante tediosa, poco dinámica, lenta y rutinaria. Y no solo se
tarda en ir al grano, Lem apenas define a los personajes, quizá no lo necesite aquí
para sus fines, pero el conjunto resulta para mí demasiado frío. Empezando por
que los individuos –excepto uno, el ingeniero– ni siquiera tienen nombre
propio, se les distingue por su especialización técnica. Eso en general no es
malo ni bueno, pero en este caso concreto contribuye a acentuar la sensación de
frialdad. El doctor, sobre todo, y también el coordinador y el ingeniero son
los que resaltan, pero siguen estando muy desdibujados como personas, lo que
predomina es su papel profesional y lo que este puede influir en la mentalidad
de cada uno. El doctor representaría la conciencia ética, el ingeniero, Henryk, el poder de la técnica, el coordinador
la organización práctica. Aunque, ya cerca del final y en aras de la
verosimilitud, el autor altera algunos de estos roles.
Por fin, pero
ya muy avanzado el argumento –a partir del descubrimiento de las tumbas y el
supuesto poblado medieval– y, en mi opinión excesivamente tarde, comienza a
plantear los dilemas éticos que le caracterizan, no directamente, claro, sino
formando parte de la acción. Debido a este retraso, quedan solo esbozados. Lem
muestra aquí una de sus grandes
preocupaciones: la comunicación entre los seres humanos y de estos con posibles
vidas extraterrestres, es decir, la comunicación en general. Dentro de ese
contexto, se interesa particularmente por la teoría de la información y -tan
tempranamente como en 1959– la considera tan primordial que la civilización de
Edén ha cifrado el desarrollo en sus premisas. Esto es lo que descubren los
seis científicos, y este descubrimiento, así como los dilemas morales que les
plantea y la decisión de no intervenir –en parte por egoísmo pero también por
sensatez, pues se sienten ignorantes e impotentes y son conscientes de que
harían más daño que bien a los habitantes del planeta– determina del desenlace
de la obra.
Es decir,
en línea con otras obras suyas, el autor presenta aquí a los humanos como seres
depredadores e ignorantes, que en lugar de preguntar o informarse por sí
mismos lo resuelven todo atacando. Quizá no les falten buenas intenciones, sobre
todo a algunos de sus personajes (pues suele manifestar cierto maniqueísmo)
pero su arbitrariedad y cobardía acaban haciendo aflorar, por regla general, su
instinto destructor.
Edén a la fuerza ha de ser una
obra interesante pues los planteamientos de su autor aportan siempre un plus de
trascendencia, pero, claramente, no está entre lo mejor de sus obras. Como sí
lo es Fiasco, reseñada aquí hace
tiempo y considerada por la crítica como la culminación de su madurez
literaria. Ambas tienen en común la búsqueda de vida inteligente pero el (relativo)
optimismo de Edén, donde los
astronautas consiguen ver, e interactuar, con los habitantes de otros mundos –si bien,
como es lógico, apenas logren intuir los rasgos que les definen– se reduce en la
mucho más realista Fiasco a ser detectados
por ellos o percibir ciertas señales y actitudes para, y a pesar de un interés
rayano en la obsesión, tener que alejarse con las manos vacías sin desentrañar
un irresoluble misterio que estremece y seduce por igual.
También de Lem: Fiasco, Solaris, La investigación
domingo, 5 de octubre de 2014
Arkadi y Borís Strugatski: Picnic junto al camino
Idioma original: ruso
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable
A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.
En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.
Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).
Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable
A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.
En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.
Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).
Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.
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ciencia ficción,
escritores rusos,
libros adaptados a videojuego,
libros adaptados al cine,
libros en ruso,
Muy recomendable,
novela,
siglo XX
martes, 11 de marzo de 2014
Colaboración: La casa de hojas de Mark Z. Danielewski (Primera aproximación)
Idioma original: Inglés.
Título original: House of Leaves
Año de publicación: 2000
Valoración: Imprescindible.
Es curioso que una de las obras más mencionadas en las listas literarias del 2013 en España se publicase en su idioma original en el año 2000, habiendo sido una de las obras de culto en los EE.UU. Gran parte de su importancia se debe, sin duda, a su complejidad como objeto cultural. Los juegos con la tipografía, la creación de figuras mediante la disposición de las palabras en las páginas además de un gran entramado intertextual la convierten en una obra muy atractiva. Y es por eso que hay que agradecer a Javier Calvo la traducción y a las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego la edición y el haberse aventurado en tal empresa.
En Casa de Hojas Danielewski utiliza el clásico recurso de objeto encontrado. Johnny Truant es un joven que malvive en Los Angeles entre fiestas, drogas y chicas. Todo cambia cuando llega a sus manos el manuscrito de Zampanò, un viejo ermitaño que trabajaba en la edición crítica definitiva del "Expediente Navidson", una película tan misteriosa como underground. El filme fue grabado por Jim Navidson, un fotógrafo de guerra que solicitó becas artísticas para instalar un complejo sistema de vídeo en su nueva casa en Virginia con el objeto de filmar el proceso de cómo él, su esposa Karen (quien edita la película) y sus dos hijos llenan de vida el lugar al que se han mudado. Todo bien hasta que una puerta aparece donde hasta entonces no había más que pared. Todo bien hasta que la misteriosa puerta lleva a un pasillo, y después a otro y ad infinitum. Volviendo a Truant, su vida da un giro y se vuelca en la edición del manuscrito - añadiendo sus propias anotaciones. Nacen de ahí las dos historias que conforman Casa de hojas: por un lado el análisis de la película filmada por Jim Navidson que hace Zampanò y por otro las vivencias angelinas de Johnny Truant.
Conviene detener la crítica de la novela para explicar que el entramado metanarrativo de Casa de hojas se erige en varios niveles. Desde el nivel de la película grabada por Navidson (1), pasando por el manuscrito de Zampanò (2) y por la labor de editor y escritor (al sumar sus vivencias al manuscrito de Zampanò) que hace Johnny Truant (3) - y a este sistema podría añadírsele algún nivel más debido a lo enrevesado de la obra.
La novela es demasiado compleja como para hacer aquí un análisis exhaustivo de su contenido. Incluso su propio autor se encargó de introducir códigos en el texto y abrir hilos en foros de Internet para discutir sobre ellos. Empero, no está de más destacar la formación cinematográfica de Danielewski para, mediante la invocación de Andrei Tarkovsky, hablar dos de los temas clave en Casa de hojas. Para empezar existe la casa, una mansión encantada que funciona mediante sus propias reglas, una entidad otra (Solaris) con la que la interacción no ocurre en términos comprensibles por la mente humana. Se dispara así un mecanismo de fascinación por lo otro, la necesidad de conocer más sabiendo que el objeto de estudio es incomprensible.
Por otro lado, tenemos el mito del laberinto (Stalker) recuperado en los diversos laberintos que se forman en la novela. El más obvio es el que se abre en las entrañas de la casa de Navidson, aquel que es explorado sin poder llegar a ser cartografiado y que como todas las estructuras de su tipo contiene uno o varios minutaros. Pero existen también los laberintos figurados, como la literatura académica que rodea la interpretación del "Expediente Navidson" con todas las teorías y escuelas posibles: marxista, feminista, psicoanalítica, queer, ecologista, etc. Resumiendo, la academia es un laberinto del que se ríe Danielewski a la vez que se sirve de ella para explicar gran parte de su simbología.
Se trata de un mito acertado para completar un texto postmoderno como el de Danielewski. Porque la leyenda de Teseo representa el sujeto postmoderno a la perfección. Y así ocurre con Truant. Cuando no está perdido en el laberinto urbano de Los Ángeles, sin referentes con los que consolidar una identidad no esquizofrénica más allá del consumo de sustancias y de emociones efímeras, se encuentra perdido en un laberinto de información que se abre con el manuscrito de Zampanò. Sin los referentes académicos necesarios, este proceso de edición se convierte para Truant en una tarea titánica que lo extravía hasta el punto de enclaustrarlo en casa o convertirlo en víctima del pánico, imaginando que un monstruo lo persigue. De nuevo, el Minotauro.
El laberinto último no es otro que el libro en sí. La arquitectura es su tipografía, sus diversas citas y notas a pie de página, sus juegos de maquetación y sus códigos; el lector es el Teseo que la novela consigue atrapar hasta convertirlo en Minotauro.
También de Mark Z. Danielewski en ULAD: La espada de los cincuenta años, La casa de hojas (Segunda aproximación)
Título original: House of Leaves
Año de publicación: 2000
Valoración: Imprescindible.
Es curioso que una de las obras más mencionadas en las listas literarias del 2013 en España se publicase en su idioma original en el año 2000, habiendo sido una de las obras de culto en los EE.UU. Gran parte de su importancia se debe, sin duda, a su complejidad como objeto cultural. Los juegos con la tipografía, la creación de figuras mediante la disposición de las palabras en las páginas además de un gran entramado intertextual la convierten en una obra muy atractiva. Y es por eso que hay que agradecer a Javier Calvo la traducción y a las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego la edición y el haberse aventurado en tal empresa.
En Casa de Hojas Danielewski utiliza el clásico recurso de objeto encontrado. Johnny Truant es un joven que malvive en Los Angeles entre fiestas, drogas y chicas. Todo cambia cuando llega a sus manos el manuscrito de Zampanò, un viejo ermitaño que trabajaba en la edición crítica definitiva del "Expediente Navidson", una película tan misteriosa como underground. El filme fue grabado por Jim Navidson, un fotógrafo de guerra que solicitó becas artísticas para instalar un complejo sistema de vídeo en su nueva casa en Virginia con el objeto de filmar el proceso de cómo él, su esposa Karen (quien edita la película) y sus dos hijos llenan de vida el lugar al que se han mudado. Todo bien hasta que una puerta aparece donde hasta entonces no había más que pared. Todo bien hasta que la misteriosa puerta lleva a un pasillo, y después a otro y ad infinitum. Volviendo a Truant, su vida da un giro y se vuelca en la edición del manuscrito - añadiendo sus propias anotaciones. Nacen de ahí las dos historias que conforman Casa de hojas: por un lado el análisis de la película filmada por Jim Navidson que hace Zampanò y por otro las vivencias angelinas de Johnny Truant.
Conviene detener la crítica de la novela para explicar que el entramado metanarrativo de Casa de hojas se erige en varios niveles. Desde el nivel de la película grabada por Navidson (1), pasando por el manuscrito de Zampanò (2) y por la labor de editor y escritor (al sumar sus vivencias al manuscrito de Zampanò) que hace Johnny Truant (3) - y a este sistema podría añadírsele algún nivel más debido a lo enrevesado de la obra.
La novela es demasiado compleja como para hacer aquí un análisis exhaustivo de su contenido. Incluso su propio autor se encargó de introducir códigos en el texto y abrir hilos en foros de Internet para discutir sobre ellos. Empero, no está de más destacar la formación cinematográfica de Danielewski para, mediante la invocación de Andrei Tarkovsky, hablar dos de los temas clave en Casa de hojas. Para empezar existe la casa, una mansión encantada que funciona mediante sus propias reglas, una entidad otra (Solaris) con la que la interacción no ocurre en términos comprensibles por la mente humana. Se dispara así un mecanismo de fascinación por lo otro, la necesidad de conocer más sabiendo que el objeto de estudio es incomprensible.
Por otro lado, tenemos el mito del laberinto (Stalker) recuperado en los diversos laberintos que se forman en la novela. El más obvio es el que se abre en las entrañas de la casa de Navidson, aquel que es explorado sin poder llegar a ser cartografiado y que como todas las estructuras de su tipo contiene uno o varios minutaros. Pero existen también los laberintos figurados, como la literatura académica que rodea la interpretación del "Expediente Navidson" con todas las teorías y escuelas posibles: marxista, feminista, psicoanalítica, queer, ecologista, etc. Resumiendo, la academia es un laberinto del que se ríe Danielewski a la vez que se sirve de ella para explicar gran parte de su simbología.
Se trata de un mito acertado para completar un texto postmoderno como el de Danielewski. Porque la leyenda de Teseo representa el sujeto postmoderno a la perfección. Y así ocurre con Truant. Cuando no está perdido en el laberinto urbano de Los Ángeles, sin referentes con los que consolidar una identidad no esquizofrénica más allá del consumo de sustancias y de emociones efímeras, se encuentra perdido en un laberinto de información que se abre con el manuscrito de Zampanò. Sin los referentes académicos necesarios, este proceso de edición se convierte para Truant en una tarea titánica que lo extravía hasta el punto de enclaustrarlo en casa o convertirlo en víctima del pánico, imaginando que un monstruo lo persigue. De nuevo, el Minotauro.
El laberinto último no es otro que el libro en sí. La arquitectura es su tipografía, sus diversas citas y notas a pie de página, sus juegos de maquetación y sus códigos; el lector es el Teseo que la novela consigue atrapar hasta convertirlo en Minotauro.
También de Mark Z. Danielewski en ULAD: La espada de los cincuenta años, La casa de hojas (Segunda aproximación)
Firmado: Paulo Kortazar.
sábado, 23 de febrero de 2013
Stanislaw Lem: Fiasco
Título original: Fiasko Idioma original: polaco
Año de publicación: 1987
Valoración: Muy recomendable
En las novelas de Stanislaw Lem, lo de menos es el género. Su mayor acierto, y a pesar del enorme entramado que construye a veces, radica en la verosimilitud, independientemente de si encaja o no en las coordenadas del mundo real tal como lo conocemos, porque es la coherencia entre elementos lo que le hace literariamente creíble. En este caso además, aunque se trate de ciencia ficción, el comportamiento de los personajes recuerda tristemente al de los terrícolas de todos los tiempos.
El argumento gira en torno a tres ingredientes: saltos temporales, dilemas éticos y especulaciones científicas. La acción comienza en siglo XXII, en Titán, satélite de Saturno –aunque enseguida se produce una fractura de casi dos siglos para continuar en un cohete, el Eurídice y, más tarde, en un apéndice de este, el Hermes– y atañe a campos científicos diversos. Se describe la estructura de las naves, la personalidad de los ordenadores que las gestionan, en particular del denominado irónicamente DEUS, bajo cuya responsabilidad se encuentra la tripulación, y cuyos procesos mentales, y hasta emotivos, se acercan tanto a los humanos que da miedo. A medio camino entre filosofía y ciencia, se muestran las similitudes y diferencias entre hombre y máquina:
“La única diferencia real entre un hombre nacido de un padre y una madre y una máquina perfectamente humanizada sería el material de que estaban hechos: vivo y no vivo. El autómata humanizado sería tan listo –pero también tan inseguro, tan falible, tan esclavo de sus emociones– como un hombre”(*)
Sin olvidar las descripciones de la ruta del Hermes, su funcionamiento, las decisiones del capitán y los técnicos basándose en complicados razonamientos futuristas, las deducciones sobre el tipo de civilización del planeta Quinta y la fase técnica en que se encuentra, las persecuciones y batallas que tienen lugar en el espacio, la destrucción de su luna, o la detallada (pero críptica) imagen que uno de los pilotos ve al aterrizar.
Un curioso procedimiento para añadir realismo al conjunto consiste en enumerar errores humanos, indecisión, consecuencias no previstas, confusiones, rectificaciones, olvidos, fallos técnicos. Se diría que en el género estos no existiesen, que el futuro se presentase como un todo perfecto donde los aparatos no se estropean y nadie se equivoca jamás. Pero, sabemos por experiencia que eso no sucederá nunca. Poco a poco, nos vemos envueltos en una red de explicaciones que demuestran la sólida formación del autor, tanto en el campo de la física como de otras muchas disciplinas. La imaginación más calenturienta se alía con ellas de tal forma que resulta imposible separar una de otras salvo que uno sea también científico.
En lo que respecta a los avances médicos, podemos ver cómo se criogeniza y posteriormente se resucita a algunos personajes; en otros se induce el sueño para que puedan sobrevivir a velocidades que superan la del sonido. Lem lo explica así:
"Los técnicos del Eurídice, con los biólogos Davis y Vahradian, estaban ya durmiendo a la tripulación del Hermes –su sueño duraría muchos años– pero sin congelación ni hibernación. Se les sometía a embrionización, un proceso en el cual la persona regresaba a la forma de vida anterior al nacimiento, a una existencia fetal, o por lo menos asombrosamente parecida a ésta: sin respiración, bajo el agua." (*)
El protagonista, llegado de siglos atrás, ha de adaptarse a unos compañeros y a un tiempo que no le corresponden. En un principio, se siente ajeno a todo, solo cuando le es encomendada una misión importante consigue sentirse útil e integrarse. Este es el argumento utilizado por Parvis/Tempe para convencer al capitán de que debe formar parte de la expedición que se dirigirá a Quinta: “Al parecer a mí me gusta el peligro. De no ser así, llevaría unos doscientos años debajo de una lápida en la Tierra, porque habría muerto en la cama rodeado de una apenada familia”. (*). La combinación de cuestiones filosóficas y psicológicas, produce paradojas así.
Se multiplican los conflictos éticos bajo la atenta mirada del sacerdote. Este ha de adoptar un rol algo incómodo: velar porque se adopten las decisiones correctas manteniéndose neutral a la vez. Sin ir más lejos, la elección entre dos resurrecciones posibles, pero, fundamentalmente, su fallido intento de mediación en el angustioso proceso durante el cual los tripulantes del Hermes van eliminando los escrúpulos iniciales para dar prioridad a su testarudo propósito de conocer de primera mano la hermética civilización de Quinta. A pesar de la radical negativa de esta y arrastrados por la fuerza de los acontecimientos, se valen de las tretas necesarias para imponerse a ella, incluyendo la progresiva escalada de violencia, durante la cual, no solo los protagonistas, ni siquiera el lector logra calibrar la tremenda injusticia que se está cometiendo con los quintanos. Hasta el enigmático e inesperado desenlace, que justifica perfectamente el título.
(*) Traductora: Maribel de Juan
jueves, 10 de marzo de 2011
Stanislaw Lem: La investigación

Título original: Śledztwo
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable
Si la mayoría de las novelas de suspense se burlan un poco del lector ésta es una madeja que se enreda y desenreda constantemente. Los elementos inquietantes aparecen por todas partes, no se limitan al objeto de la investigación y, al contrario de lo que es habitual, la lógica no servirá de mucha ayuda para resolver los enigmas.
Pero nada de esto convierte a la novela en policíaca. La resolución del caso se halla al margen de las pistas y las cuestiones que plantea son sobre todo filosóficas. De forma que persiguiendo la verdad se desemboca en el absurdo y cuanto más caminamos más lejos nos hallamos de la meta. Estamos ante una compleja reflexión sobre la falsedad de las apariencias, la vulnerabilidad del ser humano, el engaño al que le someten los sentidos y el fracaso de los procedimientos científicos considerados fiables. Por eso, el recuento de unos hechos inconexos y absurdos, una desesperada búsqueda de la verdad de estos hechos – y de la verdad absoluta, de paso –consigue que los personajes desconfíen de lo que oyen y ven. La razón tampoco sirve: si enfoca demasiado cerca se pierde la perspectiva y si pretende abarcar mucho se desperdiga en los detalles.
El pronóstico del creciente poder de las máquinas con cerebro muestra al autor como el gran cultivador de ciencia-ficción que fue. Se basa en la capacidad de los cerebros artificiales para elaborar estrategias en el marco de la carrera armamentística de los dos bloques. El error consiste en atribuir a los ordenadores la capacidad de decisión y, a partir de ahí, predecir que las máquinas acabarían al mando del orden mundial. Lem – como muchos profetas de la emancipación de los robots–parece olvidar que las máquinas sólo ejecutan tareas automáticas porque los datos, su combinación y la intencionalidad con que les son suministrados son humanos siempre, que, aunque dichas máquinas sean capaces de realizar operaciones matemáticas a velocidad de vértigo, carecen de todo vestigio de conciencia de modo que, por mucha sofisticación que lleguen a adquirir, ésta procede de los hombres y nadie, por mucho que se empeñe, podrá insuflar dicha conciencia en los engranajes (o chips) de un artilugio mecánico.
Todo se reduce a un arbitrario, alucinado y alucinante viaje en busca de no sé sabe qué, porque no queda claro si lo que pretenden el detective Gregory y sus colegas es descubrir la verdad de los hechos, la propia identidad, su papel en el mundo o el significado de éste. Sospechosos, investigadores, secundarios y víctimas juegan roles intercambiables, todo es incierto, imposible de interpretar y tan irreal como un sueño. Es más, puede que hasta los sueños sean más consistentes que una realidad tan resbaladiza que llega a conducir a los personajes hasta la frontera de sí mismos.
También de Stanislav Lem en ULAD: Solaris, Edén, Fiasco, El hospital de la transfiguración
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