Título original : 31 songs
Idioma original : inglés
Año de publicación : 2003
Valoración : está bien
Un día, propongo, hagamos una lista sobre los diez libros que mejor retratan la angustia del hombre contemporáneo superada la cuarentena. La cuarentena de años, no de días, quiero decir, malpensados. En esa lista, seguro, caerá alguno de los vitriólicos ejercicios de estilo de Houellebecq y, no muy lejos en la estantería, yo también apostaría por algún libro de Nick Hornby. Lo cual será algo recurrente: Alta fidelidad, primer gran éxito del escritor británico, estaba lleno de listas. De novias, de discos, de canciones, de músicos. Ya para rematar, para llevar al extremo esa afición, en 2003 Hornby publicó este libro, que es, bajo el pretexto de una lista, una especie de amago biográfico, y, a la vez, el resultado de su propia condición de cobaya del experimento de la middle-age crisis.
Hay que reconocer a Hornby originalidad en el planteamiento del libro: dedicar un artículo a cada una de una serie de 31 canciones que, en el momento de escribir el libro, consideraba influyentes en el transcurso de su existencia. Por diferentes motivos: no necesariamente declara admiración en todos los casos. Editoriales más pendientes de agotar los bolsillos de sus lectores hubieran publicado el libro junto a un CD con sus canciones o, incluso, con la voz de Hornby introduciendo cada uno de sus capítulos. El tono es íntimo, tan íntima como es la relación que las personas establecemos con las canciones que marcan nuestra vida. Lo que pasa es que el Hornby de sus mejores novelas, el de Cómo ser buenos o la misma Alta fidelidad, es un escritor algo más aguerrido, más valiente: no sé si porque puede escudarse tras la máscara de los personajes más identificables con su autor. Pero cuando pasa al primer plano, cuando es el ser humano frágil que comenta su existencia y la situación, por ejemplo, con su hijo autista, en ese momento, misteriosamente, su prosa baja algunos quilates. Sigue siendo cercana, y sigue transmitiendo la emoción del oyente ante la música, con sus matices y sus explicaciones apelando a lo indefinible, pero algo se cae por el camino. Puede que ello obedezca también a que la madurez de Hornby le está llevando a un cierto ablandamiento. Veamos, Hornby nunca fue el gamberro que es Irvine Welsh, y su prosa siempre mantuvo unos parámetros de amabilidad, tras la cual se transparentaba un sentido ácido y ligeramente resabiado, y justo esa combinación era la que daba brillantez a sus primeras obras, en las cuales, además, sintonizaba particularmente con filias y fobias en las que muchos lectores se veían reflejados.
Pero es lógico que la vida de un escritor no sea tan interesante como los personajes que crea, y que su existencia y sus pensamientos, desnudos de los aderezos y las licencias propios de la creación, aparezcan lánguidos y faltos de punch. También es lógico que Hornby, escritor de impacto global, se sienta tentado por escribir con sinceridad sobre sí mismo, y el recurso de hacerlo a través de las circunstancias personales que relaciona con cada una de las canciones es original y honesto. Pero el tono confesional no contrapesa la falta de riesgo y de interés general de sus circunstancias. Preferimos a tus personajes, Nick.
También de Nick Hornby en Un libro al día : Érase una vez un padre, Alta fidelidad, Cómo ser buenos
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martes, 16 de octubre de 2012
miércoles, 2 de octubre de 2013
Nick Hornby: Cómo ser buenos
Idioma original: inglés
Año de publicación: 2002
Título original: How to be Good
Valoración: recomendable
La opinión generalizada sobre Nick Hornby es que su carrera ha trazado una caída en picado desde, erm, "En picado". Lo cierto es que sus libros han dejado de suscitar el interés que solían, en especial debido a que su escritura, de algún modo, se ha vuelto acomodaticia y falta de agudeza. O quizás esa agudeza ha evolucionado hacia un espectro alejado del que le propició sus mayores éxitos. Para muchos, Hornby siempre será el escritor que se dio a conocer por esa especie de parábola de la eterna adolescencia que era Alta fidelidad una especie de novela pop cuajada de referencias que ahora se nos manifiestan algo alejadas. Pero para este que firma, su indudable cumbre es "Cómo ser buenos". Una novela en el sentido clásico, una trama algo aburguesada, amable , rozando el "para todos los públicos" pero con una carga crítica subliminal, que se inicia con un matrimonio que se rompe a través de una llamada telefónica.
Año de publicación: 2002
Título original: How to be Good
Valoración: recomendable
La opinión generalizada sobre Nick Hornby es que su carrera ha trazado una caída en picado desde, erm, "En picado". Lo cierto es que sus libros han dejado de suscitar el interés que solían, en especial debido a que su escritura, de algún modo, se ha vuelto acomodaticia y falta de agudeza. O quizás esa agudeza ha evolucionado hacia un espectro alejado del que le propició sus mayores éxitos. Para muchos, Hornby siempre será el escritor que se dio a conocer por esa especie de parábola de la eterna adolescencia que era Alta fidelidad una especie de novela pop cuajada de referencias que ahora se nos manifiestan algo alejadas. Pero para este que firma, su indudable cumbre es "Cómo ser buenos". Una novela en el sentido clásico, una trama algo aburguesada, amable , rozando el "para todos los públicos" pero con una carga crítica subliminal, que se inicia con un matrimonio que se rompe a través de una llamada telefónica.
Katie, pediatra de éxito, perfil profesional adecuado por antonomasia a la imagen del bien, engaña con un jovencito a su marido, agrio escritor que revela semana tras semana su descontento con el mundo a través de una columna en prensa. En medio de esa situación, le recrimina tanto su forma de ser como que haya hecho de su acritud su modo de ganarse la vida. La reacción de su marido, acoger a una especie de gurú del buen rollo, y mostrar súbitamente su lado más altruista, esa exigencia que su mujer le plantea.
Hornby se muestra en este libro en plenitud de facultades. Hace un dibujo perfecto de cada personaje, de esos eternos tipos tan de Hornby, inmersos (como él mismo, por cierto) en la mediana edad, con todas sus consecuencias. Hijos adolescentes en diversos grados de desarraigo, sociedades no enfermas, pero ya en proceso de incubación de diversos males, y el eterno dilema de cambiar para complacer a los demás, pero que ello resulte algo forzado. Como pasa con ciertos libros paradigmáticos entre los últimos 90 y el surgimiento de la crisis global, "Cómo ser buenos" basa su trama en algunas premisas que hoy nos pueden parecer excesivamente paradisíacas. El éxito profesional (por tanto, económico), como escenario en el cual las personas pueden desarrollar su personalidad sin cortapisas. El welfare state tan de la Inglaterra de Blair. Poco representativo nos parece hoy, rodeados de precariedad, empresas en reducción de plantillas, progresivo deterioro de las condiciones laborales. A pesar de lo cual Hornby se muestra crítico, no tan ácido como Houllebecq o Franzen (en este sentido, escritores más aguerridos y desinhibidos y por tanto, más certeros), pero sin duda muy eficaz en su puesta en escena. Sin devaneos de análisis a gran nivel, esa parodia del hombre que, buscando salvar su familia, pasa de la abyección y el egoísmo a un altruismo rozando lo esperpéntico, resulta ser una lectura dinámica, perfecta en su forma y nada superficial en su contenido, requisitos ambos que pueden no colmar las expectativas más exigentes, pero que sirven más que de sobra para disfrutar de su lectura.
También de Nick Hornby en UnLibroAlDía: Érase una vez un padre, 31 canciones, Alta fidelidad
También de Nick Hornby en UnLibroAlDía: Érase una vez un padre, 31 canciones, Alta fidelidad
domingo, 26 de febrero de 2017
Nick Hornby: Funny Girl
Idioma original: inglésTítulo original: Funny Girl
Año de publicación: 2014
Traducción: Jesús Zulaika
Valoración: recomendable
Nick Hornby es un escritor que, sin duda, cae bien. Para empezar, por la contagiosa bonhomía que desprenden sus libros y eso que con frecuencia analizan el siempre espinoso tema de las relaciones humanas; después, porque escribe a menudo sobre temas "molones" o por lo menos, caros a unos u otros de sus lectores: la música pop, el fútbol, el skateboarding... Por último, a sus lectores varones nos caen simpáticos, me temo, sus personajes masculinos más conocidos: hombres que ya han dejado la primera juventud pero se resisten a hacerlo, aferrándose con tozudez infantil a esas cosas que tan a menudo nos gustan (y nos sirven de ancla con un pasado que no queremos abandonar): la música pop, el fútbol, el skat... bueno, de esto último ya se encargan los años y los achaques de ponerte en tu sitio.
En Funny Girl, sin embargo, el personaje principal -y convincentemente retratado- es Barbara, una joven de físico espectacular, que a comienzo de la década de los 60, tras ganar el concurso de Miss Blackpool, se encamina a Londres para llevar a cabo su verdadero gran sueño: convertirse en una gran actriz cómica a semejanza de su idolatrada Lucille Ball. Tras unos decepcionantes comienzos, consigue el papel protagonista de una comedia televisiva para la BBC titulada -irónicamente, pues para entonces ya se ha puesto el nombre artístico de Sophie Straw- Barbara (y Jim), donde trabaja, además con sus guionistas, productor y actor favoritos de las comedias radiofónicos. La serie consigue no sólo un enorme éxito de público, sino ser, en cierta manera, la encarnación, siquiera momentánea, de los cambios sociales, culturales y hasta políticos que están ocurriendo en el Reino Unido (incluso podríamos hacerlos extensivos al resto del mundo occidental) durante esa década. Y Barbara/Sophie comienza a hacerse famosa, conocer gente famosa y vivir las ventajas e inconvenientes de ese "famoseo", cuando en realidad, lo que a ella más le complace y llena es llevar a cabo su trabajo rodeada de personas con las que congenia y se compenetra para conseguir el mejor resultado posible.
Sospecho que cualquier otro escritor habría llevado a su protagonista, llegada a este punto, por los derroteros de la tragedia lacrimógena o bien de la farsa no menos desatada. Pero Hornby no (tranquilo todo el mundo que no voy a "spoilear" nada); él se limita a seguir con el desarrollo de su historia y de sus personajes con toda tranquilidad, con cierta levedad, incluso, de manera que hay momentos en los que hasta parece que a la novela le falta "sustancia". No es que no ocurran cosas, buenas y malas o que el autor carezca de la habilidad para que nos interesemos en sus criaturas; al contrario, sin hacer alardes descriptivos ni psicológicos, consigue que les conozcamos perfectamente, que empaticemos hasta con los que parecen menos proclives a ello y que cojamos cariño a todos ellos, que participemos en sus dichas y desdichas, sin que apenas nos demos cuenta de la excelencia de la narración que estamos disfrutando. Por otro lado, toca temas de cierta enjundia, como ese cambio de mentalidad que se produjo en una época determinada, el papel de la mujer en esos cambios, la anticuada estructura social de la nación británica... y sobre todo, trata del paso del tiempo y como éste modifica las expectativas que nos creamos sobre nosotros mismos. Pero la novela habla de todo esto sin hacer demasiado énfasis, incluso sin que nos demos cuenta de ello hasta que hemos pasado la página o terminado el capítulo...
Tal vez éste sea el mayor reparo que se le puede poner al libro (y resulta un tanto ridículo decirlo): todo fluye demasiado, es demasiado fácil, demasiado "pop", si se quiere (aunque tampoco es una historia que trate sólo sobre la época pop, por más que se desarrolle en el Swinging London)... y quizás sea debido a lo que podríamos llamar "vanidad del lector", pero de vez en cuando a uno le gusta no sólo leer grandes novelas, sino que haya momentos en ellas que no dejen dudas sobre lo buenas novelas que son, precisamente. Aquí, sin embargo, la historia, contada con un estilo ágil y sencillo, con diálogos brillantes pero de una ironía cómplice, que no apabulla, va calando en nosotros como una lluvia suave en la ropa, hasta que llega un momento en que nos damos cuenta de que estamos empapados de ella; es decir, encantados con lo que estamos leyendo. En fin, no deja de ser una objeción menor; tengo claro que, de momento, Mr. Hornby va a seguir cayéndome de lo más simpático.
Otros títulos de Nick Hornby reseñados en Un Libro Al Día: Alta fidelidad, Érase una vez un padre, Cómo ser buenos, 31 canciones
Sospecho que cualquier otro escritor habría llevado a su protagonista, llegada a este punto, por los derroteros de la tragedia lacrimógena o bien de la farsa no menos desatada. Pero Hornby no (tranquilo todo el mundo que no voy a "spoilear" nada); él se limita a seguir con el desarrollo de su historia y de sus personajes con toda tranquilidad, con cierta levedad, incluso, de manera que hay momentos en los que hasta parece que a la novela le falta "sustancia". No es que no ocurran cosas, buenas y malas o que el autor carezca de la habilidad para que nos interesemos en sus criaturas; al contrario, sin hacer alardes descriptivos ni psicológicos, consigue que les conozcamos perfectamente, que empaticemos hasta con los que parecen menos proclives a ello y que cojamos cariño a todos ellos, que participemos en sus dichas y desdichas, sin que apenas nos demos cuenta de la excelencia de la narración que estamos disfrutando. Por otro lado, toca temas de cierta enjundia, como ese cambio de mentalidad que se produjo en una época determinada, el papel de la mujer en esos cambios, la anticuada estructura social de la nación británica... y sobre todo, trata del paso del tiempo y como éste modifica las expectativas que nos creamos sobre nosotros mismos. Pero la novela habla de todo esto sin hacer demasiado énfasis, incluso sin que nos demos cuenta de ello hasta que hemos pasado la página o terminado el capítulo...
Tal vez éste sea el mayor reparo que se le puede poner al libro (y resulta un tanto ridículo decirlo): todo fluye demasiado, es demasiado fácil, demasiado "pop", si se quiere (aunque tampoco es una historia que trate sólo sobre la época pop, por más que se desarrolle en el Swinging London)... y quizás sea debido a lo que podríamos llamar "vanidad del lector", pero de vez en cuando a uno le gusta no sólo leer grandes novelas, sino que haya momentos en ellas que no dejen dudas sobre lo buenas novelas que son, precisamente. Aquí, sin embargo, la historia, contada con un estilo ágil y sencillo, con diálogos brillantes pero de una ironía cómplice, que no apabulla, va calando en nosotros como una lluvia suave en la ropa, hasta que llega un momento en que nos damos cuenta de que estamos empapados de ella; es decir, encantados con lo que estamos leyendo. En fin, no deja de ser una objeción menor; tengo claro que, de momento, Mr. Hornby va a seguir cayéndome de lo más simpático.
Otros títulos de Nick Hornby reseñados en Un Libro Al Día: Alta fidelidad, Érase una vez un padre, Cómo ser buenos, 31 canciones
sábado, 7 de agosto de 2010
Nick Hornby: Érase una vez un padre
Idioma original: inglésTítulo original: About a boy
Año de publicación: 1998
Valoración: Está bien
Will es un hombre que está más que satisfecho con su vida. Treinta y seis años, atractivo, sin problemas económicos (vive de los derechos de las canciones que compuso su padre hace décadas) ni ataduras ni responsabilidades. Está siempre a la última y se dedica, básicamente, a disfrutar de su suerte y a conquistar mujeres. Y, para ello, ha decidido inventarse un hijo y apuntarse a las reuniones de padres solteros/separados/divorciados, pues sabe que están llenas de mujeres vulnerables buscando hombres comprensivos y encantadores. Todo un plan. Allí conoce a Marcus, su antagonista, un niño de 12 años cuya madre, Fiona, una mujer separada y depresiva, está tan ocupada preocupándose por sus propios asuntos que es incapaz de ver que su hijo tiene problemas en el colegio y que es él el que acaba siempre cuidando de ella y no al revés.
Tras varios encuentros desafortunados, se establecerá una curiosa relación entre Marcus y Will, en la que no siempre tendremos muy claro cuál de los dos es el adulto y cuál el niño. Si bien Will intenta hacer de Marcus un chaval “guay”, éste trata de que Will asuma ciertas responsabilidades y actúe como se supone que debe hacer alguien de su edad. En definitiva, que madure un poco.
Llegados a este punto, parece que la historia va a evolucionar hacia el tópico que todos esperamos: Will y Fiona se enamoran, Marcus se convierte en un niño feliz y popular y todos viven contentos y rodeados de amor hasta el fin de sus días. Afortunadamente, no es así. Hornby ahonda en la relación establecida entre Will y Marcus y la aprovecha para sacar a la luz los problemas y las inquietudes que afectan a niños y adultos (que, muchas veces y salvando ciertas diferencias, suelen ser bastante similares), y lo hace sin caer en dinámicas del tipo “soy un adulto que lo tiene todo, pero no soy feliz y me deprimo” o “soy un niño marginado cuya vida va a cambiar totalmente en cuanto encuentre una figura paterna”.
Con un estilo directo y ameno, el autor desarrolla una historia interesante y cercana, donde los nuevos modelos de familia y el mundo de la niñez (o la preadolescencia) se presentan sin tópicos ni idealizaciones románticas y donde la vida real, con sus cosas buenas y sus cosas malas, resulta ser siempre más interesante que cualquier otra que podamos imaginar.
También de Nick Hornby en ULAD: Alta fidelidad, 31 canciones, Cómo ser buenos
Etiquetas:
escritores británicos,
escritores ingleses,
Está bien,
libros adaptados al cine,
libros en inglés,
novela,
siglo XX
miércoles, 12 de junio de 2013
Nick Hornby: Alta fidelidad

Idioma original: inglés
Título original: High Fidelity
Año de publicación : 1995
Valoración : Está bien
Título original: High Fidelity
Año de publicación : 1995
Valoración : Está bien
Un
título con doble sentido que alude tanto a la pasión musical del protagonista
como a los avatares de sus relaciones amorosas. Rob Fleming es un londinense de
35 años con un lema que ha gobernado su vida aunque quizá él no sea consciente
del todo: no eliminar posibilidades, dejar todos los campos abiertos. Eso, en
la práctica, significa no elegir, o hacerlo solo cuando resulta indispensable,
pues toda elección –como es obvio- acarrea una renuncia o varias.
Pero
lo malo de tener esa edad, cualquier edad, es que el cumpleaños está al acecho,
el próximo, el otro y el otro, y que, nos pongamos como nos pongamos, no
dejaremos de cumplir años nunca. Esto -que parece obvio, pero entenderlo a
muchos les ha costado décadas- es lo que da sentido a esta novela que, durante
un buen trecho, me pareció charlatana, superficial y obvia. Pero es que su
protagonista es exactamente así, y eso la convierte en coherente. Además se
muestra cobarde, acomplejado y obsesivo. Hablo de un tipo que no es
precisamente un genio, pero cuenta con
dos grandes pasiones que son su mejor patrimonio: la música y su novia. Y, por
más que se empeñe en mantenerse en una permanente indefinición, su personalidad
está tan consolidada como la de casi todo el mundo a esa edad.
Por
otra parte, permanecer abierto a todas las opciones posibles puede conducir a una
gran sensación de fracaso, sobre todo si se es consciente del paso del tiempo,
más aún si los que están próximos van tomando las riendas de su vida. Esa
frustración profesional (sin demasiado fundamento, pues Rob es propietario de
una modesta tienda de discos, más vocacional que comercial, y los conocimientos
musicales que demuestra le capacitan para tomar otros rumbos), junto a sus
constantes fracasos amorosos -que, como el tiempo se encargará de demostrarle no
existen más que en su cabeza- acabarán por sumirle en una crisis existencial
tan cargante para el lector como para él mismo. Y, a pesar de todo, Rob se hace
querer, por las chicas, por los amigos, por casi todo el que le trata, hasta
por los lectores cuando llegan a conocerle. En realidad, el que no se quiere
del todo es él a sí mismo.
También
tiene suerte, o se la ha buscado sin saberlo. Porque es buena persona, sincero,
considerado y humilde y, si él no valora todo eso, habrá quien lo haga en su
lugar; también porque eligió una novia lista que acaba entendiendo lo que le
hace falta. Lo que les hace falta a los dos: entre otras muchas cosas,
cantidades ingentes de paciencia.
De
todo lo dicho se deduce, que el punto fuerte de la novela es la construcción
del personaje principal. El resto: secundarios desdibujados o planos, un
reflejo bastante confuso del ambiente que rodea a Fleming, reacciones que no
justifica. Hornby conoce perfectamente a Franklin y lo entiende más que de
sobra, por eso lo dibuja tan bien, de Laura conoce la superficie y no la
entiende en absoluto, aunque de ella logra un retrato entrañable, el resto
permanece difuso.
Aunque
abundan los celos, dolor o inseguridad, su argumento es amable y sencillo, no muestra
gran complicación de fondo ni de forma ni plantea excesivas tragedias. Eso le
convierte en reflejo genuino –aunque ligero- de la sociedad de las últimas décadas.
Conseguirá, además, que muchos se sientan identificados y constituye una más
que digna muestra de la narrativa más comercial, tanto escrita como cinematográfica.
No se puede negar que recoge una forma de vivir y pensar perfectamente
reconocibles y que conduce a unas conclusiones no por obvias menos necesarias.
martes, 12 de marzo de 2013
Quim Monzó: Mil cretinos
Idioma original: catalán
Título original: Mil cretins
Año de publicación: 2007
Valoración: recomendable
Título original: Mil cretins
Año de publicación: 2007
Valoración: recomendable
Quim Monzó es un ejemplo de esa generación de autores que empieza a publicar en catalán en la época de la transición, esa generación que, por el franquismo, no ha podido ser educada oficialmente en su idioma nativo, pero que, muerto el dictador, toma inmediatamente el relevo y la responsabilidad de reavivar una literatura tras décadas de persecución de su idioma.
Quizás, seguro, existan estudios que analicen la evolución de las temáticas a lo largo de la vida de los escritores. No sólo la cuestión de la inspiración o el modelado del estilo o la persistencia de algunos patrones. Porque se me ocurren pocos casos tan paradigmáticos como la obra de Quim Monzó. Que, desde los últimos años 70 en que empieza a adquirir cierta fama, con relatos algo surrealistas, dinámicos, físicos y carnales, hasta hoy, en que, con apenas 60 años, el otro día confesaba, en un brillante artículo estar "con un pie en el geriátrico", ha evolucionado de una manera tan patente.
El Quim Monzó sexual de 1994, el de El porqué de las cosas, se ha replegado. En Mil cretinos no queda nada de él, los vicios no es que se hayan abandonado, si es que ni se ha intentado: es que han quedado atrás, muchos ellos, por una cuestión casi física. Aquí el Monzó más airado, el de la ironía ácida, es el que toma el poder. Gruñón o, término intraducible del catalán, rondinaire; como cierto personaje en Cómo ser buenos de Nick Hornby. Monzó que, cuando se publica este libro, ha superado largamente la cincuentena, ya ha abandonado a los personajes jóvenes, modernos y ligeros de cascos que poblaban sus cuentos de los 80. Los relatos de este libro tienen que ver ya con residencias de ancianos, con madurez, con cercanía de la muerte y con cierta sensación amarga de vuelta de todo. Cosas que en ese momento ya forman parte del entorno vital del autor, Conceptos todos ellos que podríamos, por comodidad, rehuir, claro. Alguien recriminó hace un tiempo a Philip Roth que sólo escribía libros sobre ancianos. Monzó no llega a tanto. Pero sí está, en Mil cretinos, aposentado de lleno en circunstancias y escenarios crepusculares, agrios, escasamente complacientes con el lector y, en el fondo, malhumorados con todo en general. Vitalista a costa de quejarse de que lo bueno se acabe, esta colección de relatos demuestra que a Monzó ese terremoto que ha afectado a sus temáticas no le ha hecho abandonar su estilo directo y poco dado a las florituras. Me aventuro a esa conclusión tras una segunda lectura que me confirma su resentimiento, su enfado y una especie de pose encabronada ante los golpes de la vida y las consecuencias de la madurez. A Monzó se le nota aquí que le gusta mucho menos lo que ve por delante que lo que ha dejado atrás (Monzó tampoco es que haya sido Bukowsky, pero ha vivido lo suyo) y esa sensación, lo más alejado posible al color de rosa y al optimismo más insensato, puede que no nos resulte precisamente agradable. Pero es lo que hay: no culpemos a su autor por no poder haber evitado escribirlo.
También de Quim Monzó en Unlibroaldía: El porqué de las cosas
También de Quim Monzó en Unlibroaldía: El porqué de las cosas
jueves, 27 de diciembre de 2012
Julian Barnes: El sentido de un final
Idioma original: inglés
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable
Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...
Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.
El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.
Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...
Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...
También de Julian Barnes en ULAD: Aquí
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable
Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...
Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.
El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.
Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...
Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...
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miércoles, 15 de agosto de 2012
Ian McEwan: Solar
Idioma original: inglésTítulo original: Solar
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable
Aunque no se note, porque por aquí no he reseñado ninguno de sus libros, me confieso seguidor de Ian McEwan: me lo recomendaron cuando trabajaba en Irlanda, si no recuerdo mal, y lo primero que leí fue la archifamosa Expiación; luego cayeron El placer del viajero (traducción no demasiado ajustada al original The confort of strangers); Amsterdam, Chesil Beach y ahora este Solar. En general, McEwan me parece un escritor de mérito, sobre todo en el planteamiento de situaciones y en la descripción psicológica de sus personajes; la primera mitad de Expiación es modélica en ese sentido.
En Solar, McEwan ha ido por otro lado, más cómico, satírico, caricaturesca, con un toque de Nick Hornby o de Tom Sharpe (mucho más sutil, por supuesto). Por el transfondo científico de la trama y las particulares obsesiones (algunas de ellas sexuales) del personaje, también podrían encontrarse una cierta similitud con Las partículas elementales de Houllebecq. La novela nos presenta las desventuras de un tal Michael Beard, premio Nobel de Física por su única gran contribución al campo (la "Combinación Einstein-Beard"), que ahora vive de las rentas intelectuales y académicas, y que en su vida personal es incapaz de mantener una relación sentimental adulta. Actualmente, Beard se ve involucrado, casi contra su voluntad, en un Centro para el Estudio del Calentamiento Global.
A diferencia de otras novelas de McEwan mucho más estructuradas (una vez más, Expiación es el modelo), Solar da varios bandazos genéricos: comienza con ese toque de sátira cínica, pasa luego por un breve paréntesis policiaco, unos toques de espionaje industrial, algo de novela psicológica... y mucho, mucho, de novela humorística. Parece, en cierto modo, una novela-collage, lo que puede ser una decisión consciente del escritor o una consecuencia de cierta precipitación. Por ejemplo, el capítulo sobre el viaje de científico-artístico al Polo Norte, que es de lo más divertido de la obra y que, según parece, pudo ser la primera inspiración del tema central, tiene una unión muy tenue con todo el resto. O la historia, ya mil veces contada, del protagonista que cree que un extraño se está comiendo sus patatas fritas, cuando en realidad es él el que se está comiendo las patatas del extraño...
No voy a decir que Solar no sea una novela divertida: tiene capítulos muy buenos, y un anti-héroe protagonista de manual: físicamente desagradable, psicológicamente inmaduro, cínico, tramposo, torpe. Pero predomina la sensación de falta de nervio, de ausencia de estructura. Incluso la actitud hacia el cambio climático (el tema-excusa argumental) parece frágil: parece apuntarse por un lado a la posibilidad de que sea un negocio, una manipulación o un engaño, pero se ridiculiza por otro lado a los negacionistas y a los lobbies del petróleo. Lo que queda, al final, es el humor corrosivo que se come todo lo que toca: los afectos, la ciencia o la literatura.
También de Ian McEwan en Unlibroaldía: aquí
sábado, 8 de junio de 2019
Rob Sheffield: Vives en las cintas que me grabaste
Idioma original: inglésTítulo original: Love is a Mix Tape
Traducción: Carles Andreu
Año de publicación: 2007
Valoración: está bien
Los que tenemos cierta edad, tampoco mucha, creo, recordamos con nostalgia la época en que hacíamos recopilatorios en cintas de casete, seleccionando con cuidado un conjunto de canciones que nos gustaban. Algo parecido le ocurría al autor de este libro, columnista habitual de Rolling Stone, pero en este caso es algo mucho más triste: su mujer murió joven y, revolviendo cajas viejas, encuentra una cinta con títulos de canciones escritos a mano por ella. Y lo que ocurre en estos casos, solo hay que escuchar de nuevo esas canciones para que los recuerdos vuelvan, como si siempre hubieran estado ahí, esperándonos.
Porque, seamos honestos, ¿quién no ha grabado alguna vez una cinta con sus imprescindibles a la chica/o de nuestros sueños, tras horas de estudioso análisis sobre qué incluir y qué no, en tan limitado espacio? (Millenials, la tecnología del presente os ha quitado este placer, ¡que lo sepáis!) ¿Quién no ha hecho una recopilación de canciones para alguna fiesta, o para momentos adrenalínicos, para una velada romántica o incluso preparando un largo trayecto en coche? La nostalgia invade esos momentos de laborioso trabajo, para grabar una cinta de casete con esa doble pletina que sería nuestra salvación, con la cuál grabaríamos esa recopilación perfecta, encajando canciones, seleccionando el número de ellas para que en esos limitados minutos cupiera todo aquello que pretendíamos. Pero centrémonos, que los recuerdos me llevan por caminos interminables.
El autor parte de esa cinta encontrada para hablarnos de su vida y la que tuvo con su mujer, una relación vinculada inexorablemente a la música, formando un trío inseparable. El autor lo confirma afirmando, claramente, que «no teníamos nada en común, más allá de nuestra pasión por la música». Ambos apasionados por la música, ambos críticos de rock, escribiendo sobre música y participando en ella, pinchando canciones en emisoras locales. «Siempre había más música genial que tiempo para escribir sobre ella» (algo que, respecto a los libros, podríamos afirmar todos y cada uno de los miembros de ULAD, o también respecto a la música en nuestro blog hermano UDALS).
Por ello, en este libro autobiográfico hay muchísimas referencias a grupos musicales, pues aparecen The Replacements, Big Star y su «Thirteen» (¡cómo no!), The Smiths, Rolling Stones, Nirvana, Green Day, Bowie, REM, The Beattles, Marvin Gaye, Elvis Costello, Van Morrison, Bob Dylan, Roxy Music, Madonna, Ryan Adams, Garbage; el autor habla también de los inicios de su adolescencia escuchando Led Zeppelin, Van Halen, Fletwood Mac, Meat Loaf, Aerosmith, Lou Reed, Simply Red, Prince, Elton John... a los que, más adelante, seguirían los Lynyrd Skynyrd, Tom Waits, Beach Boys, Matthew Sweet, Red Hot Chili Pepers, Dexys Midnight Runners, Morrissey, Teenage Fan Club, y una lista interminable de grupos que a buen seguro muchos de los amantes de la música conocemos y ligamos directamente a nuestra propia vida.
El autor estructura el libro en clave retrospectiva y en orden cronológico, separando los capítulos en los sucesivos años y en las cintas que grabó en cada uno de ellos. A partir de esas canciones, reconstruye la historia de su vida y, en ese aspecto, la música lo pone fácil, pues coincido totalmente con el autor cuando afirma que «nada te conecta tanto al momento como la música». Es algo inevitable, siempre recuerdas dónde y con quién escuchabas esas canciones que te marcaron, especialmente (diría yo) en la adolescencia. No sé si seguirá siendo así en los jóvenes actuales, donde las cintas han sido sustituidas por listas de reproducción en plataformas como Spotify o Youtube, donde los grupos viven de sus singles y no de sus álbumes, unos álbumes que escuchábamos de manera repetida, una y otra vez, hasta sabérnoslos enteros, pues la oferta musical estaba íntimamente limitada a nuestros recursos económicos y la radio. Y esa limitación convertía el placer de escuchar música, nuestra música, en algo especial. Me gustaría creer que aún pasa eso, que aún esas personas que han descubierto la música en época digital sienten lo que nosotros, que la música llena sus vidas como hizo con las nuestras. Y mientras pienso eso, me doy cuenta que nos vamos haciendo mayores, pero... ¡qué bien lo pasamos!.
Lamentablemente, la historia que narra el libro no engancha. No sé si es por sus múltiples referencias a grupos musicales (no creo que sea el caso, adoro «Alta fidelidad», de Nick Hornby) o si es que la disrupción temporal de una historia narrada a base de recuerdos puntuales hace que la historia no atrape, pues uno pierde hilo, pierde sintonía y pierde conexión. El caso es que la narración es altamente distante, y uno va leyendo casi sin interesarse por su historia, únicamente por su música, e intentar encontrar en ella aquellas referencias que le trasladen a sus propios recuerdos, a su propia vida. Le falta emotividad, le falta sentimiento, y le falta capacidad de transmitir, a pesar de la tragedia narrada; únicamente encontramos algo que nos conmueva en la parte final, donde habla de la pérdida y lo que significa, lo que se lleva de nuestras vidas. En esa parte sí creo que el autor encuentra el tono narrativo esperado.
Por todo ello, finalizado el libro uno se queda con la sensación de que, a pesar de que el autor nos narrara esa parte de su vida, conocemos más bien poco sobre cómo es él, y cómo era ella, qué pensaban y sentían, y sabe mal, pues en un libro con una historia tan traumática y orientándolo de la manera en la que lo hizo el autor, parecía interesante y, sinceramente, esperaba bastante más, pues a excepción de algún momento puntual, deja bastante indiferente. Al final, más allá de alguna interesante reflexión puntual sobre la vida y la muerte, lo que esta lectura nos aporta es un conjunto de referencias a grupos musicales que, si bien tienen incidencia en la historia del protagonista, uno acaba el libro pensando no en el autor y su experiencia, sino en cómo esos grupos afectaron a nuestra propia vida y cómo siguen haciéndolo, cada día, y que nunca nos falten esas canciones que nos conmuevan y nos hagan sentir vivos, componiendo la banda sonora de nuestras vidas.
Porque, seamos honestos, ¿quién no ha grabado alguna vez una cinta con sus imprescindibles a la chica/o de nuestros sueños, tras horas de estudioso análisis sobre qué incluir y qué no, en tan limitado espacio? (Millenials, la tecnología del presente os ha quitado este placer, ¡que lo sepáis!) ¿Quién no ha hecho una recopilación de canciones para alguna fiesta, o para momentos adrenalínicos, para una velada romántica o incluso preparando un largo trayecto en coche? La nostalgia invade esos momentos de laborioso trabajo, para grabar una cinta de casete con esa doble pletina que sería nuestra salvación, con la cuál grabaríamos esa recopilación perfecta, encajando canciones, seleccionando el número de ellas para que en esos limitados minutos cupiera todo aquello que pretendíamos. Pero centrémonos, que los recuerdos me llevan por caminos interminables.
El autor parte de esa cinta encontrada para hablarnos de su vida y la que tuvo con su mujer, una relación vinculada inexorablemente a la música, formando un trío inseparable. El autor lo confirma afirmando, claramente, que «no teníamos nada en común, más allá de nuestra pasión por la música». Ambos apasionados por la música, ambos críticos de rock, escribiendo sobre música y participando en ella, pinchando canciones en emisoras locales. «Siempre había más música genial que tiempo para escribir sobre ella» (algo que, respecto a los libros, podríamos afirmar todos y cada uno de los miembros de ULAD, o también respecto a la música en nuestro blog hermano UDALS).
Por ello, en este libro autobiográfico hay muchísimas referencias a grupos musicales, pues aparecen The Replacements, Big Star y su «Thirteen» (¡cómo no!), The Smiths, Rolling Stones, Nirvana, Green Day, Bowie, REM, The Beattles, Marvin Gaye, Elvis Costello, Van Morrison, Bob Dylan, Roxy Music, Madonna, Ryan Adams, Garbage; el autor habla también de los inicios de su adolescencia escuchando Led Zeppelin, Van Halen, Fletwood Mac, Meat Loaf, Aerosmith, Lou Reed, Simply Red, Prince, Elton John... a los que, más adelante, seguirían los Lynyrd Skynyrd, Tom Waits, Beach Boys, Matthew Sweet, Red Hot Chili Pepers, Dexys Midnight Runners, Morrissey, Teenage Fan Club, y una lista interminable de grupos que a buen seguro muchos de los amantes de la música conocemos y ligamos directamente a nuestra propia vida.
El autor estructura el libro en clave retrospectiva y en orden cronológico, separando los capítulos en los sucesivos años y en las cintas que grabó en cada uno de ellos. A partir de esas canciones, reconstruye la historia de su vida y, en ese aspecto, la música lo pone fácil, pues coincido totalmente con el autor cuando afirma que «nada te conecta tanto al momento como la música». Es algo inevitable, siempre recuerdas dónde y con quién escuchabas esas canciones que te marcaron, especialmente (diría yo) en la adolescencia. No sé si seguirá siendo así en los jóvenes actuales, donde las cintas han sido sustituidas por listas de reproducción en plataformas como Spotify o Youtube, donde los grupos viven de sus singles y no de sus álbumes, unos álbumes que escuchábamos de manera repetida, una y otra vez, hasta sabérnoslos enteros, pues la oferta musical estaba íntimamente limitada a nuestros recursos económicos y la radio. Y esa limitación convertía el placer de escuchar música, nuestra música, en algo especial. Me gustaría creer que aún pasa eso, que aún esas personas que han descubierto la música en época digital sienten lo que nosotros, que la música llena sus vidas como hizo con las nuestras. Y mientras pienso eso, me doy cuenta que nos vamos haciendo mayores, pero... ¡qué bien lo pasamos!.
Lamentablemente, la historia que narra el libro no engancha. No sé si es por sus múltiples referencias a grupos musicales (no creo que sea el caso, adoro «Alta fidelidad», de Nick Hornby) o si es que la disrupción temporal de una historia narrada a base de recuerdos puntuales hace que la historia no atrape, pues uno pierde hilo, pierde sintonía y pierde conexión. El caso es que la narración es altamente distante, y uno va leyendo casi sin interesarse por su historia, únicamente por su música, e intentar encontrar en ella aquellas referencias que le trasladen a sus propios recuerdos, a su propia vida. Le falta emotividad, le falta sentimiento, y le falta capacidad de transmitir, a pesar de la tragedia narrada; únicamente encontramos algo que nos conmueva en la parte final, donde habla de la pérdida y lo que significa, lo que se lleva de nuestras vidas. En esa parte sí creo que el autor encuentra el tono narrativo esperado.
Por todo ello, finalizado el libro uno se queda con la sensación de que, a pesar de que el autor nos narrara esa parte de su vida, conocemos más bien poco sobre cómo es él, y cómo era ella, qué pensaban y sentían, y sabe mal, pues en un libro con una historia tan traumática y orientándolo de la manera en la que lo hizo el autor, parecía interesante y, sinceramente, esperaba bastante más, pues a excepción de algún momento puntual, deja bastante indiferente. Al final, más allá de alguna interesante reflexión puntual sobre la vida y la muerte, lo que esta lectura nos aporta es un conjunto de referencias a grupos musicales que, si bien tienen incidencia en la historia del protagonista, uno acaba el libro pensando no en el autor y su experiencia, sino en cómo esos grupos afectaron a nuestra propia vida y cómo siguen haciéndolo, cada día, y que nunca nos falten esas canciones que nos conmuevan y nos hagan sentir vivos, componiendo la banda sonora de nuestras vidas.
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lunes, 14 de abril de 2014
Biografías lectoras: ganadores (1)
Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez
Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.
Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.
Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.
Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.
Cada libro con su postal.
Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.
La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.
Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.
Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.
En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.
Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).
Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.
Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…
…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.
El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.
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