Título original : Solaris
Idioma original : Polaco
Año de publicación : 1961
Valoración : está bien
Supongo que formo parte de ese público que accedió a la lectura de ciencia-ficción como consecuencia del visionado de ciencia-ficción. O sea, que la fascinación visual tiró de la curiosidad literaria, y esas secuencias de clásicos, con mayor o menor profusión de efectos especiales, ese espectáculo para los sentidos que fueron y son tantas películas, desde los 50, incluso antes, hasta hoy, definieron perfectamente los escenarios en que, los que así empezamos con el género, situaríamos esos libros en el proceso de su lectura.
Curiosamente, no fue así con Solaris. Ni he visto la mítica película original de Andrei Tarkovsky ni el, dicen, fallido remake de Steven Soderbergh. A pesar de lo cual, yo ya situaba los escenarios conforme avanzaba en la lectura del libro. Sí: la ciencia-ficción es, para los no especializados, un género cautivo de ciertos estereotipos. Algunos de los cuales constituyen para sus fanáticos tanto motivo de fascinación que para otros lo es de escepticismo. Esa sensación no me abandonaba leyendo este libro. Como lector más inclinado a géneros, digamos, más terrenales. No es un pretexto: géneros como éste, o el fantástico, han acercado a muchos a la lectura: los Lovecraft, Poe, Asimov, K. Dick son autores que hacen que muchos se inicien en ella. Pero había mencionado la palabra escepticismo: Solaris es la obra de mayor repercusión de las que escribió el polaco Stanislav Lem, escritor especializado en el género. Y supongo que lo es como consecuencia de su simbolismo.
Solaris es un planeta al que es enviado el científico Kris Kelvin, a una base espacial que gravita sobre un óceano, óceano al que se atribuye una condición genérica de enorme ser vivo (no sé por qué, pienso en la teoría Gaia), y la capacidad de generar seres humanos miméticos a aquellos que pueblan los recuerdos de los que están en el planeta. En el caso de Kelvin, el océano genera a Harey, émula de su mujer fallecida por suicidio.
Así que Kelvin no tarda en verse atrapado en el confuso juego de presencias en la base, con investigadores desaparecidos o enajenados, con seres cruzándose por los pasillos, como acompañantes generados, o aceptados, mentalmente, para compensar el desespero del confinamiento (no sé por qué, pienso en The shining). Este juego es, en un principio, el atractivo de la novela, que va dando pistas a través de las conversaciones entre los tres científicos reales que aún permanecen allí. De cómo asimilan el juego del planeta y de los personajes irreales que se han generado a su alrededor y cómo intentan hallar una explicación satisfactoria a esa situación. De cómo, contra toda lógica que no sea la onírica o la alucinatoria (no sé por qué, pienso en Levrero) se adaptan a un hábitat extraño y viciado.
Lem sume al lector en algunos momentos de lectura francamente difícil: un par de pasajes en la parte final de la novela son puras elucubraciones sobre las teorías que han urdido antiguos especialistas en la materia, pesados párrafos (no sé por qué, pienso en el capítulo de Cetología en Moby Dick) de explicación científica algo farragosa a la que no se puede negar, en su concepción, originalidad e incluso inventiva. Lem especula sobre la ciencia dedicada a estudiar el planeta, la solarística, y crea su propio léxico sobre los fenómenos que se producen. En algún momento, entre tanto ensayo de corte especulativo, el lector cree estar leyendo alusiones a la raza humana y a las deidades y a una serie de metaconceptos que voy a considerar propios del género y de la época: ciertos autores teorizaban sobre sociedades futuras y construían mundos utópicos, a veces a costa de tejer artimañas algo forzadas.
Este es el lastre de Solaris: su trama, sencilla y hasta excitante en su planteamiento (una especie de submundo alienador en el que cada uno acepta una realidad más reconfortante que la soledad) se complica y se torna confusa en medio de tanta mística a la, como lector, uno cree necesario buscarle segundas o terceras lecturas. Renunciando a la ligereza de las aventuras en el espacio, Lem nos sume en un complicado laberinto del cual yo, al menos, no he conseguido salir.
También de Stanislav Lem en ULAD: La investigación, Edén, Fiasco, El hospital de la transfiguración
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sábado, 6 de octubre de 2012
lunes, 5 de octubre de 2015
Stanislaw Lem: Edén
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Está bien
Teniendo
en cuenta que se le conoce como creador de mundos fantásticos –y no obstante verosímiles– fruto de su gran
capacidad imaginativa, y por mucho que pueda extrañar a los admiradores de sus obras
de ficción, Lem comenzó su trayectoria literaria escribiendo poesía y la acabó
realizando informes científicos, quehacer que le ocuparía los últimos veinte
años de vida, desde finales de los años 80.
Según sus
propias palabras, en esa primera época se consideraba una especie de Robinson
que tenía que fabricar todos los materiales él solito, pues: “lo que hacía
no estaba planificado ni inventado, de una forma especulativa, sin intención de
lucro y, menos aún, literario.” Pero su pasión por los avances de la
ciencia, los planteamientos éticos y el pensamiento filosófico le llevarían a
convertirse en el Lem que conocemos ahora.
Cuando
escribió esta novela, el escritor todavía estaba afianzando sus recursos y
materiales, orientándose en un género que precisa de pautas muy concretas y al
que él conseguiría imprimir su propia personalidad y darle una nueva dimensión,
que serviría de guía a los que le siguieron. Ya en Solaris, de 1961, la más famosa de su producción y llevada al cine
en el 72, se consolidaría por completo en el campo de la ciencia ficción.
En un
principio, sorprende el tremendo avance técnico que se ha producido en el
planeta desde que se publicó Edén. Y
eso a pesar de que Lem era un autor particularmente interesado por los últimos
descubrimientos de la ciencia. Veamos unos cuantos ejemplos para entender lo
primitivo que resulta hoy:
–La carga
de la nave es enorme, llevan hasta una biblioteca convencional a bordo. Es
lógico si pensamos que aún no había ordenadores y menos todavía libros
electrónicos, pero podían haber clasificado el saber en folios y prescindir de
las tapas, digo yo. Mesas aparentemente convencionales, no integradas
arquitectónicamente, planos de papel que, lógicamente, acaban rompiéndose… Los
procedimientos resultan rudimentarios hasta para el más profano en electrónica,
por ejemplo la frase “las bombillas se
balanceaban en sus cables” leído hoy y aplicado nada menos que a una nave
espacial casi produce escalofríos. (Todavía no existían los halógenos, pero quizá
sí los tubos fluorescentes).
-En
cualquier caso, notamos falta de máquinaria. Aunque, naturalmente, no puede
faltar un clásico del género, el robot, que él denomina autómatas, aquí y en
otras novelas suyas, y que carecen de voluntad y personalidad propia. Ni
siquiera existe ningún planteamiento al respecto como ocurre en otras obras del
género; el autómata es una mera máquina, eso sí, con multitud de funciones: el
hombre se limita a darle instrucciones y él le libera de los trabajos lentos y penosos.
Todo está concebido contando con ellos así que cuando les fallan –como ocurre
con los ordenadores ahora mismo – se produce el desastre.
-El lector
de hoy echa de menos hasta el podómetro, ya que tienen que calcular las
distancias a ojo cada vez que hacen un trayecto a pie. O baterías
independientes no conectadas a la red. O poleas eléctricas para levantar
grandes pesos. Claro que cuentan con el protector –mitad robot, mitad vehículo- que también
aparece en Fiasco.
Por otra
parte, la narración presenta un desequilibrio evidente, su estructura está muy
descompensada. Durante demasiados capítulos predomina la descripción, no
encontramos más que fantasía y técnica, (soy amante de las descripciones, así
que cuando a mí me parecen excesivas es que se han aburrido las ovejas), además
de una narración bastante tediosa, poco dinámica, lenta y rutinaria. Y no solo se
tarda en ir al grano, Lem apenas define a los personajes, quizá no lo necesite aquí
para sus fines, pero el conjunto resulta para mí demasiado frío. Empezando por
que los individuos –excepto uno, el ingeniero– ni siquiera tienen nombre
propio, se les distingue por su especialización técnica. Eso en general no es
malo ni bueno, pero en este caso concreto contribuye a acentuar la sensación de
frialdad. El doctor, sobre todo, y también el coordinador y el ingeniero son
los que resaltan, pero siguen estando muy desdibujados como personas, lo que
predomina es su papel profesional y lo que este puede influir en la mentalidad
de cada uno. El doctor representaría la conciencia ética, el ingeniero, Henryk, el poder de la técnica, el coordinador
la organización práctica. Aunque, ya cerca del final y en aras de la
verosimilitud, el autor altera algunos de estos roles.
Por fin, pero
ya muy avanzado el argumento –a partir del descubrimiento de las tumbas y el
supuesto poblado medieval– y, en mi opinión excesivamente tarde, comienza a
plantear los dilemas éticos que le caracterizan, no directamente, claro, sino
formando parte de la acción. Debido a este retraso, quedan solo esbozados. Lem
muestra aquí una de sus grandes
preocupaciones: la comunicación entre los seres humanos y de estos con posibles
vidas extraterrestres, es decir, la comunicación en general. Dentro de ese
contexto, se interesa particularmente por la teoría de la información y -tan
tempranamente como en 1959– la considera tan primordial que la civilización de
Edén ha cifrado el desarrollo en sus premisas. Esto es lo que descubren los
seis científicos, y este descubrimiento, así como los dilemas morales que les
plantea y la decisión de no intervenir –en parte por egoísmo pero también por
sensatez, pues se sienten ignorantes e impotentes y son conscientes de que
harían más daño que bien a los habitantes del planeta– determina del desenlace
de la obra.
Es decir,
en línea con otras obras suyas, el autor presenta aquí a los humanos como seres
depredadores e ignorantes, que en lugar de preguntar o informarse por sí
mismos lo resuelven todo atacando. Quizá no les falten buenas intenciones, sobre
todo a algunos de sus personajes (pues suele manifestar cierto maniqueísmo)
pero su arbitrariedad y cobardía acaban haciendo aflorar, por regla general, su
instinto destructor.
Edén a la fuerza ha de ser una
obra interesante pues los planteamientos de su autor aportan siempre un plus de
trascendencia, pero, claramente, no está entre lo mejor de sus obras. Como sí
lo es Fiasco, reseñada aquí hace
tiempo y considerada por la crítica como la culminación de su madurez
literaria. Ambas tienen en común la búsqueda de vida inteligente pero el (relativo)
optimismo de Edén, donde los
astronautas consiguen ver, e interactuar, con los habitantes de otros mundos –si bien,
como es lógico, apenas logren intuir los rasgos que les definen– se reduce en la
mucho más realista Fiasco a ser detectados
por ellos o percibir ciertas señales y actitudes para, y a pesar de un interés
rayano en la obsesión, tener que alejarse con las manos vacías sin desentrañar
un irresoluble misterio que estremece y seduce por igual.
También de Lem: Fiasco, Solaris, La investigación
martes, 26 de diciembre de 2017
Stanislaw Lem: El hospital de la transfiguración
Idioma original: polacoTítulo original: Szpital przemienienia
Año de publicación: 1948
Valoración: Recomendable
A pesar de las irregularidades
de su obra, recomiendo visitar a Lem de vez en cuando. Por la humanidad que
transmiten sus novelas –comparable a alguien como Zweig, nada menos– por sus
incursiones en el conocimiento científico, por la solidez de sus argumentos y
por la sencillez y claridad con que narra. Esta es su primera novela escrita,
que no publicada por culpa del clima político de entonces. Y es que, además de
terminarla en fechas tan convulsas como 1948, está ambientada en los inicios de
la invasión nazi, cuando los polacos estaban empezando a comprender qué les
estaba ocurriendo. Una obra temprana en la que el autor ya demuestra su talento.
Es cierto que más adelante manejará las herramientas con mayor seguridad, pero el
resultado, más que correcto, adelanta las obsesiones y escenarios que luego
pondrá en marcha tomando la ciencia ficción como excusa. Atmósfera cerrada en las
que cada personalidad y las relaciones que tienen lugar entre ellas se perfilan
con tanta claridad como en un experimento de laboratorio, un exterior
amenazante y desconocido que produce curiosidad y temor a partes iguales, y las
conclusiones psico-sociológicas que podemos extraer de todo ello. A mí me ha
hecho pensar que si hubiese leído las otras novelas a la luz de esta hubiese
encontrado en ellas lo mismo que aquí. Simplificando mucho, claro, las SS
serían el mundo extraterrestre y los tripulantes de la nave espacial, la
Polonia invadida. En cualquier caso, no cabe duda de que, con el tiempo, Lem encontró
la fórmula ideal para unir sus inquietudes sociales y científicas a la vez que
camuflaba sus críticas con una envoltura aparentemente frívola.
Algo debía rondarle por la
mente al joven Stanislaw cuando, ya en las primeras páginas, el amigo del
protagonista intenta convencerle de que ingrese como médico en el psiquiátrico donde
él trabaja con argumentos tan pintorescos que “en vez de un sanatorio, pareció estar pintándole a su colega una
especie de observatorio extraterrestre…”. Uno de los capítulos se titula Lazos en el espacio, las descripciones
presentan un paisaje bello pero frío e irreal, como el producto de una
alucinación, los personajes, en cierto modo, se comportan como autómatas o “como actores de una comedia en la que ya
todo estaba decidido de antemano” y es que, palabras textuales, todos en el
hospital estaban locos, médicos incluidos. Tampoco sus personajes posteriores parecen
muy cuerdos pues ¿hay mayor locura que lanzarse al espacio, y más en aquella
época?
Aunque narrada en tercera
persona, solo la mirada de Stefan nos va descubriendo el mundo peculiar que le
rodea. Puede que el individuo más interesante –por enigmático y por mantener
con el protagonista los diálogos más sugerentes– sea el poeta Sekulowski, un
escritor conocido y reconocido que, a primera vista, reposa en el hospital por
voluntad propia, pero aunque Stefan lo tome como un oráculo, nunca estaremos
seguros del todo de que no se trate de un loco más, un loco ilustre que
disfruta de ciertos privilegios. Suele hablar sentando cátedra, sus opiniones son
bastante excéntricas y su comportamiento no muy ortodoxo, para acabarlo de
rematar, su conducta final corrobora esta tesis. Pero su rol va más allá: sirve
de recipiente a los balbuceantes pensamientos (quienes somos, de qué estamos
hechos, qué nos depara el futuro, en qué consiste el oficio de escritor, es
suficiente con tener talento para alcanzar el triunfo etc.) de un oponente en
proceso de formación. A través de él conoceremos de verdad a un Stefan que, probablemente,
funcione como alter ego del propio novelista.
Tras muchos capítulos de vida
contemplativa y diálogos plagados de teoría que de alguna forma recuerdan a La montaña mágica, el exterior se
introduce tras aquellos muros aparentemente impermeables y los acontecimientos
se precipitan. La fisonomía de las ciudades ha cambiado, la autoridad es otra,
la crueldad e insensibilidad de los invasores está fielmente descrita y las
reacciones que desencadena en los miembros del equipo –contagio inminente
incluido (se insinúa, incluso, el asunto de la selección de los más válidos)– acabarán
de retratarlos. Es entonces cuando la intriga cobra protagonismo y la pasiva
serenidad de la trama cede paso a una acción sin objetivo definido que, como en
las argumentos especulativos del autor, puede acabar de mil maneras.
sábado, 23 de febrero de 2013
Stanislaw Lem: Fiasco
Título original: Fiasko Idioma original: polaco
Año de publicación: 1987
Valoración: Muy recomendable
En las novelas de Stanislaw Lem, lo de menos es el género. Su mayor acierto, y a pesar del enorme entramado que construye a veces, radica en la verosimilitud, independientemente de si encaja o no en las coordenadas del mundo real tal como lo conocemos, porque es la coherencia entre elementos lo que le hace literariamente creíble. En este caso además, aunque se trate de ciencia ficción, el comportamiento de los personajes recuerda tristemente al de los terrícolas de todos los tiempos.
El argumento gira en torno a tres ingredientes: saltos temporales, dilemas éticos y especulaciones científicas. La acción comienza en siglo XXII, en Titán, satélite de Saturno –aunque enseguida se produce una fractura de casi dos siglos para continuar en un cohete, el Eurídice y, más tarde, en un apéndice de este, el Hermes– y atañe a campos científicos diversos. Se describe la estructura de las naves, la personalidad de los ordenadores que las gestionan, en particular del denominado irónicamente DEUS, bajo cuya responsabilidad se encuentra la tripulación, y cuyos procesos mentales, y hasta emotivos, se acercan tanto a los humanos que da miedo. A medio camino entre filosofía y ciencia, se muestran las similitudes y diferencias entre hombre y máquina:
“La única diferencia real entre un hombre nacido de un padre y una madre y una máquina perfectamente humanizada sería el material de que estaban hechos: vivo y no vivo. El autómata humanizado sería tan listo –pero también tan inseguro, tan falible, tan esclavo de sus emociones– como un hombre”(*)
Sin olvidar las descripciones de la ruta del Hermes, su funcionamiento, las decisiones del capitán y los técnicos basándose en complicados razonamientos futuristas, las deducciones sobre el tipo de civilización del planeta Quinta y la fase técnica en que se encuentra, las persecuciones y batallas que tienen lugar en el espacio, la destrucción de su luna, o la detallada (pero críptica) imagen que uno de los pilotos ve al aterrizar.
Un curioso procedimiento para añadir realismo al conjunto consiste en enumerar errores humanos, indecisión, consecuencias no previstas, confusiones, rectificaciones, olvidos, fallos técnicos. Se diría que en el género estos no existiesen, que el futuro se presentase como un todo perfecto donde los aparatos no se estropean y nadie se equivoca jamás. Pero, sabemos por experiencia que eso no sucederá nunca. Poco a poco, nos vemos envueltos en una red de explicaciones que demuestran la sólida formación del autor, tanto en el campo de la física como de otras muchas disciplinas. La imaginación más calenturienta se alía con ellas de tal forma que resulta imposible separar una de otras salvo que uno sea también científico.
En lo que respecta a los avances médicos, podemos ver cómo se criogeniza y posteriormente se resucita a algunos personajes; en otros se induce el sueño para que puedan sobrevivir a velocidades que superan la del sonido. Lem lo explica así:
"Los técnicos del Eurídice, con los biólogos Davis y Vahradian, estaban ya durmiendo a la tripulación del Hermes –su sueño duraría muchos años– pero sin congelación ni hibernación. Se les sometía a embrionización, un proceso en el cual la persona regresaba a la forma de vida anterior al nacimiento, a una existencia fetal, o por lo menos asombrosamente parecida a ésta: sin respiración, bajo el agua." (*)
El protagonista, llegado de siglos atrás, ha de adaptarse a unos compañeros y a un tiempo que no le corresponden. En un principio, se siente ajeno a todo, solo cuando le es encomendada una misión importante consigue sentirse útil e integrarse. Este es el argumento utilizado por Parvis/Tempe para convencer al capitán de que debe formar parte de la expedición que se dirigirá a Quinta: “Al parecer a mí me gusta el peligro. De no ser así, llevaría unos doscientos años debajo de una lápida en la Tierra, porque habría muerto en la cama rodeado de una apenada familia”. (*). La combinación de cuestiones filosóficas y psicológicas, produce paradojas así.
Se multiplican los conflictos éticos bajo la atenta mirada del sacerdote. Este ha de adoptar un rol algo incómodo: velar porque se adopten las decisiones correctas manteniéndose neutral a la vez. Sin ir más lejos, la elección entre dos resurrecciones posibles, pero, fundamentalmente, su fallido intento de mediación en el angustioso proceso durante el cual los tripulantes del Hermes van eliminando los escrúpulos iniciales para dar prioridad a su testarudo propósito de conocer de primera mano la hermética civilización de Quinta. A pesar de la radical negativa de esta y arrastrados por la fuerza de los acontecimientos, se valen de las tretas necesarias para imponerse a ella, incluyendo la progresiva escalada de violencia, durante la cual, no solo los protagonistas, ni siquiera el lector logra calibrar la tremenda injusticia que se está cometiendo con los quintanos. Hasta el enigmático e inesperado desenlace, que justifica perfectamente el título.
(*) Traductora: Maribel de Juan
jueves, 10 de marzo de 2011
Stanislaw Lem: La investigación

Título original: Śledztwo
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable
Si la mayoría de las novelas de suspense se burlan un poco del lector ésta es una madeja que se enreda y desenreda constantemente. Los elementos inquietantes aparecen por todas partes, no se limitan al objeto de la investigación y, al contrario de lo que es habitual, la lógica no servirá de mucha ayuda para resolver los enigmas.
Pero nada de esto convierte a la novela en policíaca. La resolución del caso se halla al margen de las pistas y las cuestiones que plantea son sobre todo filosóficas. De forma que persiguiendo la verdad se desemboca en el absurdo y cuanto más caminamos más lejos nos hallamos de la meta. Estamos ante una compleja reflexión sobre la falsedad de las apariencias, la vulnerabilidad del ser humano, el engaño al que le someten los sentidos y el fracaso de los procedimientos científicos considerados fiables. Por eso, el recuento de unos hechos inconexos y absurdos, una desesperada búsqueda de la verdad de estos hechos – y de la verdad absoluta, de paso –consigue que los personajes desconfíen de lo que oyen y ven. La razón tampoco sirve: si enfoca demasiado cerca se pierde la perspectiva y si pretende abarcar mucho se desperdiga en los detalles.
El pronóstico del creciente poder de las máquinas con cerebro muestra al autor como el gran cultivador de ciencia-ficción que fue. Se basa en la capacidad de los cerebros artificiales para elaborar estrategias en el marco de la carrera armamentística de los dos bloques. El error consiste en atribuir a los ordenadores la capacidad de decisión y, a partir de ahí, predecir que las máquinas acabarían al mando del orden mundial. Lem – como muchos profetas de la emancipación de los robots–parece olvidar que las máquinas sólo ejecutan tareas automáticas porque los datos, su combinación y la intencionalidad con que les son suministrados son humanos siempre, que, aunque dichas máquinas sean capaces de realizar operaciones matemáticas a velocidad de vértigo, carecen de todo vestigio de conciencia de modo que, por mucha sofisticación que lleguen a adquirir, ésta procede de los hombres y nadie, por mucho que se empeñe, podrá insuflar dicha conciencia en los engranajes (o chips) de un artilugio mecánico.
Todo se reduce a un arbitrario, alucinado y alucinante viaje en busca de no sé sabe qué, porque no queda claro si lo que pretenden el detective Gregory y sus colegas es descubrir la verdad de los hechos, la propia identidad, su papel en el mundo o el significado de éste. Sospechosos, investigadores, secundarios y víctimas juegan roles intercambiables, todo es incierto, imposible de interpretar y tan irreal como un sueño. Es más, puede que hasta los sueños sean más consistentes que una realidad tan resbaladiza que llega a conducir a los personajes hasta la frontera de sí mismos.
También de Stanislav Lem en ULAD: Solaris, Edén, Fiasco, El hospital de la transfiguración
martes, 12 de febrero de 2019
Zoom: Ursula K. Le Guin: El día antes de la revolución
Idioma original: inglésTítulo original: The Day before the Revolution
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien
Los motivos que mueven a la gente a rellenar una página en blanco pueden ser de muchos tipos. Ursula K. Le Guin (1929-2018) fue una gran fabuladora y, sobre todo, una idealista que utilizó los géneros fantástico y especulativo para exponer su pensamiento. En el terreno de la ciencia ficción sigue en cierto modo la estela de Stanislaw Lem aunque con un enfoque más político. Confieso que no siento una admiración incondicional por ella, sí por su compromiso, pero literariamente hablando no acaba de convencerme. El universo que presenta, poblado de especies que evolucionaron a partir de la humana, refleja sus ideales (pacifistas, ácratas, feministas y ecológicos).
El día antes de la revolución se publicó primero en una revista dedicada al
género. luego formó parte de varias antologías. Narra el ocaso de la fundadora
de la sociedad odoniana, cuyos descendientes seguirán viviendo conforme a sus
ideas varias generaciones más tarde en Los desposeídos, una de sus novelas más célebres y mejor consideradas. Tal como
la autora explica en el prólogo: “Odo
apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un
relato, no sobre el mundo que construyó sino sobre sí misma.” Supongo que
un personaje tan importante, origen de toda una estirpe y promotora de una nueva
forma de convivencia, tenía la potencia necesaria para reclamar mayor atención.
Pero el resultado decepciona un poco, sobre todo por las expectativas que
genera en el lector, deseoso de conocer a la persona capaz de llevar a cabo una
hazaña como aquella.
Les adelanto que no van a
encontrar aventuras, ni asistirán al proceso que transformó radicalmente las
estructuras vigentes, conocerán solo a un pequeño grupo de adeptos que intenta
abrirse paso dentro de un contexto más amplio. Le Guin nos enfrenta a una Odo
exhausta, desilusionada y escéptica –ya que el proyecto no ha llegado aún a
triunfar del todo– en un escenario de decadencia personal, con un horizonte
mucho más realista que el argumento que le dio origen. Aquí lo que se plantea
no es una convivencia más justa sino si merece la pena trabajar incansablemente
durante toda una vida, sin tiempo para pensar en uno mismo ni para fijarse en
lo que hay alrededor, para acabar convertido en mero símbolo.
“Ellos aceptaban sus azotes verbales, sumisos como niños agradecidos, como si ella fuera algún tipo de Madre Absoluta, el ídolo del Gran Útero Protector, ¡¿Ella?! Ella, que había minado los astilleros de Seissero y había insultado al primer ministro…”
La imagen de la impotencia:
una mente que reclama acción en un cuerpo que apenas responde. Los otros serían dueños de
su destino si se decidiesen a actuar pero, al parecer, la única que tiene agallas
carece ya de fuerza física. Le Guin no se conforma con mostrarnos la parte
humana, el relato es también la otra cara de la moneda de Los desposeídos. Si allí se mostraba la parte luminosa, aquí encontraremos
todo lo contrario: el mundo real, sin utopías.
Traducción de Enrique Maldonado
Ilustraciones de Arnal Ballester
De la misma autora: Los desposeídos, Planeta de exilio
lunes, 26 de marzo de 2018
PoetiZoom: Hasta aquí de Wisława Szymborska

Idioma original: polaco
Título original: Wystarczy
Año de publicación: 2012 - Entrevista, 2014
Traducción: Abel Murcia y Gerardo Beltrán
Valoración: recomendable
Dos circunstancias se aunaban para que yo no leyera este libro: primero, que soy un lector bastante deficitario (por no decir deficiente) del género lírico; en segundo lugar está que, si bien no llego a desconfiar del todo, me tomo con bastante escepticismo cualquier premio Nobel de literatura (hasta que se lo den a Murakami, por supuesto), como el que recibió Wisława Szymborska en 1996. Fallecida esta poeta en 2012, este pequeño libro, oportuna e irónicamente titulado Hasta aquí (puesto que el anterior fue Aquí), es una reunión póstuma de los últimas trece poemas que escribió o que al menos dio por acabados, junto con una conversación sobre ella y su obra que mantuvieron Javier Rodríguez Marcos, periodista que la entrevistó en alguna ocasión y sus traductores al español, y amigos de Szymborska, Gerardo Beltrán y Abel Murcia.
Ya digo que la poesía de esta poeta he de juzgarla por este librito (y por alguna otra cosa que he picoteado por ahí); me parece una poesía poco dada a la exaltación retórica, pegada a la observación de ciertos detalles, diríamos cotidianos -no sólo-, pero una observación un tanto sorprendida; a un humor bastante guasón, que a veces no se muestra hasta el último momento, de tal forma que deja un regusto a labio golpeado medio en broma, con un almohadón o un foulard, quizás, pero un poquito magullado, al fin y al cabo... En apariencia, es una poesía nítida, accesible, aunque tal vez con resortes ocultos que se intuyen sólo tras una segunda lectura.
En los trece poemas que componen este pequeño volumen -algunos muy cortos, media docena de versos, los más largos no llegan a dos páginas- encontramos, sin embargo, cierta variedad temática: algunos parten, precisamente de es contemplación de lo cotidiano, como ocurre en Alguien a quien observo desde hace un tiempo -sobre la albor de un barrendero-, Cadenas -un perro encadenado- o En el aeropuerto. En otros casos, se trata de una reflexión acerca algún elemento que forma parte de nuestras vidas, pero sobre el que no solemos pensar: Obligación -sobre la de alimentarse-, La mano o El espejo; aunque también sobre asuntos que se suponen mucho más fundamentales, como en A todos alguna vez.
Hay también lugar para la ironía metaliteraria -aunque en realidad la ironía está presente en todos los poemas, de una forma u otra- de Reciprocidad o A mi propio poema, e incluso para la ensoñación borgiana de El mapa o el divertido juego de fantasía a lo Stanislav Lem (vale, referencia facilona... pues a lo Calvino) de Confesiones de una máquina lectora. Y como no puedo acabar un PoetiZoom (aunque me arrepiento un poco de la etiqueta "Zoom", porque este libro es pequeño en extensión, pero grande en contenido), sin transcribir uno de los poemas de esta autora, me permito alargar aún un poco la reseña con el que es mi favorito, Hay quienes:
Hay también lugar para la ironía metaliteraria -aunque en realidad la ironía está presente en todos los poemas, de una forma u otra- de Reciprocidad o A mi propio poema, e incluso para la ensoñación borgiana de El mapa o el divertido juego de fantasía a lo Stanislav Lem (vale, referencia facilona... pues a lo Calvino) de Confesiones de una máquina lectora. Y como no puedo acabar un PoetiZoom (aunque me arrepiento un poco de la etiqueta "Zoom", porque este libro es pequeño en extensión, pero grande en contenido), sin transcribir uno de los poemas de esta autora, me permito alargar aún un poco la reseña con el que es mi favorito, Hay quienes:
Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y a su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.
Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por dónde.
Ponen el sello en las verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.
Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.
Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto
por la puerta señalada.
A veces los envidio;
afortunadamente se me pasa.
Otros títulos de Wisława Szymborska reseñados en Un Libro Al Día: Dos puntos, Aquí
lunes, 13 de marzo de 2017
Reseña + Entrevista. Álvaro Colomer: Aunque caminen por el valle de la muerte

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable
La guerra de Irak, y una cita bíblica tomada prestada para el título. Si eso no es apostar fuerte y seguro. Porque se está hablando mucho, y muy bien, de este libro. Y no es que Colomer vaya a inaugurar un género, pero sí que se le ve decidido a insuflarle algo de vida a eso que podríamos llamar novela bélica.
Desde luego a ese declive habrá ayudado que los escenarios de los nuevos conflictos (Kuwait, Irak, Siria) hayan obligado a reformular muchas cuestiones. La guerra moderna tiene otra épica; se libra en países que parecen enormes pabellones donde algunos contendientes acuden como si fueran futbolistas convocados a un campeonato. Y con público involuntario y, no olvidemos, frágil. El elemento débil que Kapuscinki siempre veía salir derrotado.
Desde luego a ese declive habrá ayudado que los escenarios de los nuevos conflictos (Kuwait, Irak, Siria) hayan obligado a reformular muchas cuestiones. La guerra moderna tiene otra épica; se libra en países que parecen enormes pabellones donde algunos contendientes acuden como si fueran futbolistas convocados a un campeonato. Y con público involuntario y, no olvidemos, frágil. El elemento débil que Kapuscinki siempre veía salir derrotado.
Nada más lejos de mi intención que banalizar esto. Uno de los dilemas morales más presentes aquí es el de los daños colaterales. O sea, los civiles en sus casas o por la calle haciendo sus vidas. Los internos en los hospitales donde se han apostado los francotiradores. Todo el atrezzo presente de forma involuntaria mientras los actores se lían a tiros y a cuchillazos y a cañonazos. Las tropas presentes se inclinan a un lado o al otro de esta cruel balanza. La de la integridad moral de evitar los daños y la de la integridad profesional de pagar el precio que sea para ganarse el jornal. Es una de las cuestiones que Colomer saca a la palestra en esta fascinante novela basada en hechos reales. Que a Irak los americanos no han ido a abrazar niños y entregar paquetes de arroz. Que las fuerzas de la Coalición (aquí, soldados españoles, estadounidenses y salvadoreños) han de actuar bajo una maraña de pautas de distintos orígenes. Órdenes de gobiernos en proceso de cambio, gobernantes temerosos de que una foto, un enfoque ambiguo en un artículo, unas declaraciones malinterpretadas, echen al traste todo el artefacto propagandístico (el de las armas de destrucción masiva y la foto de las Azores) que ha aportado coartada para sus duras decisiones. Ese equilibrio justifica otro de los dilemas planteados. Si una vez en el campo de batalla, en ese escenario donde todo va muy en serio, esas cuestiones deben dejarse atrás en aras de lo realmente importante. Derrotar al enemigo y hacerlo con el mínimo de bajas.
Hay planteamientos no tan diáfanos. Porque Colomer no se muestra abiertamente anti-belicista y eso no suele sentar muy bien a según quién. Como el hecho de que sea un escritor barcelonés sugiriendo en algún momento que la fuerza armada española (su conjunto: gobierno, mandos, tropa) no tuviera un comportamiento a la altura de lo que una situación así requiere. Terreno delicado hoy en día que está a mucha distancia del centro de esta novela. Que tiene muchas lecturas, incluso, para horror de algunos, el puro elemento escapista. Colomer lleva muy bien todo el elemento relacionado con la acción, y esa sensación presente desde 1990, la de la guerra que es un video-juego de carne y hueso. Esa fusión de tecnología y realidad se refleja constantemente en el texto y le aporta un dinamismo nada desdeñable. Claro que está la reflexión, la del soldado que echa de menos a su familia y que se siente más llamado a solventar sus batallas domésticas, está aquí y tiene sus páginas. Pero para horror de ciertos puristas Aunque caminen por el valle de la muerte también (también) tiene esa opción. La de la novela bélica de aventuras donde los rincones donde guarecerse, las balas, los cañonazos (¡esas onomatopeyas constantes!), los cuchillos seccionando cuellos, parecen estar ahí ante nosotros.
Ah, sí. La trama. Tres batallones conviven en un cuartel en Najaf: salvadoreños, españoles y norteamericanos, algunos de estos mercenarios de BlackWater (contratistas), cuando se produce un ataque a consecuencia de la detención de uno de los líderes de la insurgencia local. Los milicianos empiezan un intento de asalto. El cuartel es acosado y lo que parecía ir a ser una situación controlada se convierte en una batalla en toda regla. Hecho que fue silenciado en su momento (abril de 2004) con los atentados del 11-M recientes y con un gobierno cuyo relevo suponía un cambio de actitud hacia el conflicto. Porque siempre se dijo que no había intervención directa en combate. Que los muertos lo eran en accidentes, atentados, escaramuzas, incidentes aislados.
Colomer ha empleado en la confección de este libro una nutrida base de entrevistas y testimonios sobre un hecho silenciado. Lo ha hecho a pesar de oscuros intereses empeñados en que los hechos descritos no salieran a la luz pública, incluso a pesar del tiempo transcurrido. Parece ser que ha incordiado al poder establecido, al de entonces o al de hoy, qué más da. Y solo por eso ya he decir que cuenta con muchos puntos a favor. De los míos, casi todos. Porque esto es un librazo.
Y, además, su autor es otro que se apunta a la moda de responder nuestras impertinentes cuestiones.
Ah, sí. La trama. Tres batallones conviven en un cuartel en Najaf: salvadoreños, españoles y norteamericanos, algunos de estos mercenarios de BlackWater (contratistas), cuando se produce un ataque a consecuencia de la detención de uno de los líderes de la insurgencia local. Los milicianos empiezan un intento de asalto. El cuartel es acosado y lo que parecía ir a ser una situación controlada se convierte en una batalla en toda regla. Hecho que fue silenciado en su momento (abril de 2004) con los atentados del 11-M recientes y con un gobierno cuyo relevo suponía un cambio de actitud hacia el conflicto. Porque siempre se dijo que no había intervención directa en combate. Que los muertos lo eran en accidentes, atentados, escaramuzas, incidentes aislados.
Colomer ha empleado en la confección de este libro una nutrida base de entrevistas y testimonios sobre un hecho silenciado. Lo ha hecho a pesar de oscuros intereses empeñados en que los hechos descritos no salieran a la luz pública, incluso a pesar del tiempo transcurrido. Parece ser que ha incordiado al poder establecido, al de entonces o al de hoy, qué más da. Y solo por eso ya he decir que cuenta con muchos puntos a favor. De los míos, casi todos. Porque esto es un librazo.
Y, además, su autor es otro que se apunta a la moda de responder nuestras impertinentes cuestiones.
¿Y si cogiéramos todos esos testimonios que Vd. ha recogido y los publicáramos "a la Aleksiévich", surgiría algo muy distinto de lo que surge tras leer su novela?
-Sin duda. Al principio, cuando estaba haciendo la investigación, mi intención era escribir una no-ficción al más puro estilo Aleksiévich o, más concretamente, Jon Lee Anderson. Quería narrar mi propio viaje, mi propia investigación, mis propias impresiones. Porque 'Aunque caminen por el valle de la muerte' tiene una no-ficción oculta: lo vivido durante tres años de viajes a bases militares, a Irak, a casas particulares de mercenarios, a los cuarteles españoles... Realmente, las vicisitudes de esta investigación daban para un libro. Pero al final me incliné por una novela porque llegué a la conclusión de que, cuando tienes una historia realmente buena, una historia que todo el mundo debe conocer, has de acudir al género más popular de todos: la novela. La batalla de Najaf es un hecho histórico de una importancia capital para la historia contemporánea española y, cuando ya hube realizado las historias, entendí que mi misión tenía que ser conseguir que la conociera el mayor número de lectores posibles. En ese sentido, la novela sigue estando por encima de la no-ficción.
¿La literatura bélica está en desuso o es que no vemos clara la guerra que discurre ante nuestras narices?
-Los españoles no queremos ver las cosas que no nos gustan. Esta novela es una denuncia hacia una realidad evidente: después de las manifestaciones contra la guerra, cuando quedó claro que José María Aznar mandaría a las tropas dijéramos nosotros lo que dijéramos, la gente guardó las cacerolas y se desentendió del tema. De alguna manera, la población dijo: No voy a prestar atención a esta guerra porque estoy en desacuerdo con ella. Desde mi punto de vista, es un error enorme. Si uno es realmente pacifista, debe prestar mucha atención a lo que pasa en las guerras. Quedarse tumbado en el sofá no es ser pacifista; el auténtico pacifista se informa sobre la guerra para después saber contra qué está luchando. En ese sentido, creo que la sociedad española es hipócrita.
Un escritor catalán poniendo en tela de juicio la eficacia del ejército español, o supeditándola al artificio de una maquinaria burocrática superior. ¿No teme que le venga el tertuliano de turno a buscarle los tres pies al gato?
-Ya ha venido. Se han escrito algunos artículos que no dan una visión veraz sobre el contenido de mi novela y que han provocado aludes de e-mails en mi correo electrónico. Estoy comprobando que cada uno lee mi novela como quiere y opina en relación a sus propios pensamientos, no a los que la novela desprende. Quiero decir que algunos periodistas han escrito artículos en los que decían que yo acusaba al ejército español de cobardía, cuando en verdad mi novela es absolutamente política, apunta hacia el Ministerio de Defensa. Sin embargo, las malas interpretaciones que se hacen sobre mi novela hacen que los soldados o los altos mandos me escriban e-mails insultándome. Si leyeran mi novela no me insultarían, pero, como sólo leen los artículos sobre ella, pues se enojan. Es el problema clásico de este país, que se resume con la famosa cita de Stanislaw Lem: 'Nadie lee nada, y los que leen no comprenden lo que leen, y los que lo comprenden lo olvidan fácilmente'.
Si este país tuviera una mejor tradición lectora su libro debería levantar polvareda. ¿Y si los nombres de los personajes fueran los reales?
-Los nombres de los personajes no pueden ser reales porque todos los personajes tienen elementos de varias personas reales. Nadie puede decir: 'Yo soy este personaje'. En cuanto a la polvareda, estoy de acuerdo. Lo que narro en la novela tendría que alarmar y preocupar a toda la población. Y, de hecho, parece que lo está haciendo, porque ya hemos entrado en segunda edición y no hace ni un mes que la novela salió publicada.
Cita a Chaves Nogales y entre esas líneas he creído ver el reflejo de un libro relativamente desapercibido, Nuevo destino de Phil Klay ¿Influencias?
-Phil Klay fue un autor importantísimo para mí, pero en España salió publicado cuando yo tenía la novela ya muy avanzada. En ese sentido, creo que, en el universo anglosajón, me influyó mucho más Tim O'Brien ('Las cosas que llevaron los hombres que lucharon') o Oakley Hall (sobre todo 'Warlock', una novela sobre el Lejano Oeste que, sin embargo, me fue de gran utilidad para entender cómo se comportan los hombres en una situación armada). En cuanto a la tradición española, señalaré principalmente a Ramón J. Sender y Manuel Chaves Nogales.
En este mundo sobresaturado en lo audiovisual, todos parecemos haber estado ya en los frentes de las guerras recientes. Pero la batalla de Najaf parece estar bastante lejos de los militares aburridos de Generation Kill. ¿Reconoceremos un género en unas décadas y encontraremos nuestro John Wayne, o estas guerras ya son anónimas?
-La batalla de Najaf tendría que ser llevada al cine sin ningún género de dudas. En otros países ya habrían rodado varias películas tipo 'Black Hawk Derribado', de Ridley Scott. En España no hay mucha tradición de cine bélico, así que no sé si alguien se atreverá a rodarla. Quién sabe.
(Inciso: esta semana se ha estrenado, curiosamente, una película española llamada Zona hostil sobre un episodio de la guerra de Afganistán).
Me sorprende que en un momento dado las nacionalidades definen más a los personajes que ellos mismos. Salvadoreños: resueltos y con un líder claro. Estadounidenses: individuales y obsesionados por sus valores de referencia, sean familia o dinero. Y los españoles, pendientes de una autoridad superior a la que temen desobedecer ¿esta es su visión?
-Totalmente. Además, cada país tiene un estilo bélico. Los americanos están acostumbrados a ganar guerras y, por tanto, se comportan como si fueran los amos del mundo. Los salvadoreños todavía tienen fresca su guerra civil, probablemente la más salvaje de toda Latinoamérica, y siguen recordando cómo se gana una batalla, algo que se reflejó en Irak. Los españoles no hemos pegado un tiro en casi cincuenta años, así que no somos capaces de reaccionar sin que nos llegue la orden de arriba. Esto es algo que me dijeron los salvadoreños: 'El auténtico soldado sabe cuándo hay que saltarse las normas'. Está todo dicho.
-Sin duda. Al principio, cuando estaba haciendo la investigación, mi intención era escribir una no-ficción al más puro estilo Aleksiévich o, más concretamente, Jon Lee Anderson. Quería narrar mi propio viaje, mi propia investigación, mis propias impresiones. Porque 'Aunque caminen por el valle de la muerte' tiene una no-ficción oculta: lo vivido durante tres años de viajes a bases militares, a Irak, a casas particulares de mercenarios, a los cuarteles españoles... Realmente, las vicisitudes de esta investigación daban para un libro. Pero al final me incliné por una novela porque llegué a la conclusión de que, cuando tienes una historia realmente buena, una historia que todo el mundo debe conocer, has de acudir al género más popular de todos: la novela. La batalla de Najaf es un hecho histórico de una importancia capital para la historia contemporánea española y, cuando ya hube realizado las historias, entendí que mi misión tenía que ser conseguir que la conociera el mayor número de lectores posibles. En ese sentido, la novela sigue estando por encima de la no-ficción.
¿La literatura bélica está en desuso o es que no vemos clara la guerra que discurre ante nuestras narices?
-Los españoles no queremos ver las cosas que no nos gustan. Esta novela es una denuncia hacia una realidad evidente: después de las manifestaciones contra la guerra, cuando quedó claro que José María Aznar mandaría a las tropas dijéramos nosotros lo que dijéramos, la gente guardó las cacerolas y se desentendió del tema. De alguna manera, la población dijo: No voy a prestar atención a esta guerra porque estoy en desacuerdo con ella. Desde mi punto de vista, es un error enorme. Si uno es realmente pacifista, debe prestar mucha atención a lo que pasa en las guerras. Quedarse tumbado en el sofá no es ser pacifista; el auténtico pacifista se informa sobre la guerra para después saber contra qué está luchando. En ese sentido, creo que la sociedad española es hipócrita.
Un escritor catalán poniendo en tela de juicio la eficacia del ejército español, o supeditándola al artificio de una maquinaria burocrática superior. ¿No teme que le venga el tertuliano de turno a buscarle los tres pies al gato?
-Ya ha venido. Se han escrito algunos artículos que no dan una visión veraz sobre el contenido de mi novela y que han provocado aludes de e-mails en mi correo electrónico. Estoy comprobando que cada uno lee mi novela como quiere y opina en relación a sus propios pensamientos, no a los que la novela desprende. Quiero decir que algunos periodistas han escrito artículos en los que decían que yo acusaba al ejército español de cobardía, cuando en verdad mi novela es absolutamente política, apunta hacia el Ministerio de Defensa. Sin embargo, las malas interpretaciones que se hacen sobre mi novela hacen que los soldados o los altos mandos me escriban e-mails insultándome. Si leyeran mi novela no me insultarían, pero, como sólo leen los artículos sobre ella, pues se enojan. Es el problema clásico de este país, que se resume con la famosa cita de Stanislaw Lem: 'Nadie lee nada, y los que leen no comprenden lo que leen, y los que lo comprenden lo olvidan fácilmente'.
Si este país tuviera una mejor tradición lectora su libro debería levantar polvareda. ¿Y si los nombres de los personajes fueran los reales?
-Los nombres de los personajes no pueden ser reales porque todos los personajes tienen elementos de varias personas reales. Nadie puede decir: 'Yo soy este personaje'. En cuanto a la polvareda, estoy de acuerdo. Lo que narro en la novela tendría que alarmar y preocupar a toda la población. Y, de hecho, parece que lo está haciendo, porque ya hemos entrado en segunda edición y no hace ni un mes que la novela salió publicada.
Cita a Chaves Nogales y entre esas líneas he creído ver el reflejo de un libro relativamente desapercibido, Nuevo destino de Phil Klay ¿Influencias?
-Phil Klay fue un autor importantísimo para mí, pero en España salió publicado cuando yo tenía la novela ya muy avanzada. En ese sentido, creo que, en el universo anglosajón, me influyó mucho más Tim O'Brien ('Las cosas que llevaron los hombres que lucharon') o Oakley Hall (sobre todo 'Warlock', una novela sobre el Lejano Oeste que, sin embargo, me fue de gran utilidad para entender cómo se comportan los hombres en una situación armada). En cuanto a la tradición española, señalaré principalmente a Ramón J. Sender y Manuel Chaves Nogales.
En este mundo sobresaturado en lo audiovisual, todos parecemos haber estado ya en los frentes de las guerras recientes. Pero la batalla de Najaf parece estar bastante lejos de los militares aburridos de Generation Kill. ¿Reconoceremos un género en unas décadas y encontraremos nuestro John Wayne, o estas guerras ya son anónimas?
-La batalla de Najaf tendría que ser llevada al cine sin ningún género de dudas. En otros países ya habrían rodado varias películas tipo 'Black Hawk Derribado', de Ridley Scott. En España no hay mucha tradición de cine bélico, así que no sé si alguien se atreverá a rodarla. Quién sabe.
(Inciso: esta semana se ha estrenado, curiosamente, una película española llamada Zona hostil sobre un episodio de la guerra de Afganistán).
Me sorprende que en un momento dado las nacionalidades definen más a los personajes que ellos mismos. Salvadoreños: resueltos y con un líder claro. Estadounidenses: individuales y obsesionados por sus valores de referencia, sean familia o dinero. Y los españoles, pendientes de una autoridad superior a la que temen desobedecer ¿esta es su visión?
-Totalmente. Además, cada país tiene un estilo bélico. Los americanos están acostumbrados a ganar guerras y, por tanto, se comportan como si fueran los amos del mundo. Los salvadoreños todavía tienen fresca su guerra civil, probablemente la más salvaje de toda Latinoamérica, y siguen recordando cómo se gana una batalla, algo que se reflejó en Irak. Los españoles no hemos pegado un tiro en casi cincuenta años, así que no somos capaces de reaccionar sin que nos llegue la orden de arriba. Esto es algo que me dijeron los salvadoreños: 'El auténtico soldado sabe cuándo hay que saltarse las normas'. Está todo dicho.
¿Entrevistó a alguno de esos "soldados de fortuna" que parecen héroes de video-juego?
-Los entrevisté y estuve durmiendo en sus casas. Sé que la gente quiere verlos como asesinos sanguinarios y enloquecidos, pero lo cierto es que, en sus hogares, son personas normalísimas. Creo que la novela deja clara una de mis tesis: no hay gente buena o mala. Sólo hay comportamientos puntuales. Los mercenarios que estuvieron en Najaf apretaron el gatillo con demasiada facilidad. Pero no creo que eso se deba a que son más sanguinarios que otras personas. Creo que eso se debe a que no tienen normas a las que ceñirse. Si las tuvieran, hubieran sido más precisos y cuidadosos. Es por este motivo que no hay que llevar a mercenarios a las guerras. Porque no tienen normas.
¿Qué hay que cambiar en el mundo para que el pacifismo no solo tenga sentido, sino que tenga futuro? ¿Cree que reflejar esas realidades en la literatura va a aportar su granito de arena?
-Los antiguos asirios creían que el mundo había sido creado durante una guerra entre dioses y, en consecuencia, creían que la guerra era el estado normal de los seres humanos, ya que éramos hijos de la sangre. No estoy del todo de acuerdo en la idea de que seamos belicosos por naturaleza, pero tampoco creo en el buenismo de Rousseau. Dicho de otra forma: no creo que los seres humanos podamos ser pacíficos nunca. No, no lo creo en absoluto. Por otro lado, la literatura bélica sirve para reflejar una realidad que, en el siglo XXI, está ya apartada de nosotros. Los ejército están formados por voluntarios, lo que hace que el resto de civiles no veamos la guerra en primera persona (al menos en Occidente). Esto nos distancia tanto de la realidad, nos mete tanto en nuestra burbuja, que es necesario que los escritores cuenten esas historias. Sólo así la gente recordará que la guerra es un acontecimiento de naturaleza cruel, y no un espectáculo para rellenar minutos de telediario.
martes, 21 de febrero de 2017
Kingsley Amis: Cuentos completos
Idioma original: inglésTítulo original: Complete Stories
Años de publicación: 2011 (como libro)
Traducción: Raquel Vicedo
Valoración: está bien
Me temo que para muchos lectores, al menos para los no británicos, el señor Kingsley Amis, de sonarles, no pase de ser el padre de la estrella del rock'n'roll de la literatura inglesa Martin Amis (un indicio algo chusco de lo que escribo: en la entrada de la wikipedia en español correspondiente a Kingsley Amis aparecía hasta hace poco una foto... de su hijo). Confieso que también para mí era apenas poco más que eso. Y sin embargo, el bueno de Sir Kingsley se había ganado su puesto en la historia de las letras inglesas desde los años 50, como representante del movimiento conocido como los Young Angry Men, los "jóvenes airados" que protestaban contra el orden establecido en la sociedad y la literatura británicas (aunque después se volviese menos airado o incluso airado con los que se decían airados. pero eso suele pasar...). Dispuesto a enterarme de primera mano de su valía literaria, me decidía leer, en vez de alguna de sus muchas novelas, este volumen -por lo demás grueso, aunque sólo cuente con veinticuatro relatos en él- de sus Cuentos completos.
Ordenados éstos cronológicamente, según parece, encontramos aquí un poco de todo: los tres primeros se desarrollan en el mismo ambiente, el batallón del Real Cuerpo de Señales en el que sirvió Amis durante la II G. M., y casi los mismos personajes... incluso se podría componer el núcleo de una novela con ellos. Después vienen otros tres, quizás de los mejores relatos de la recopilación (Sangre en las venas, Toda la sangre que hay en mí, Querida ilusión), en los que prima la ironía y el desengaño hacia diferentes aspectos de lo que se parece constituir una cierta visión amable del mundo: el paternalismo "progre" hacia los desfavorecidos, la automitificación del pasado juvenil o el ensalzamiento papanatas de obras literarias de calidad dudosa (supongo yo que estos relatos deben corresponder a la época en la que el autor se estaba distanciando de su pasado de comunista acérrimo y deslizándose hacia una derecha desengañada).
A continuación el volumen nos ofrece otros cuentos que corresponden, en líneas generales, con relatos de ciencia-ficción, otro de los géneros que Kingsley Amis cultivó. Ahora bien, si el primero de ellos Algo extraño, que se desarrolla, en principio, en una remota estación espacial, podría ser considerado como de "ciencia-ficción clásica" (recuerda en algún momento al Solaris de Lem, los siguientes cuatro pertenecen directamente al género del cachondeo: se refieren a unos científicos que inventan una máquina del tiempo y la aprovechan para enterarse de qué va a ocurrir en el futuro con una de sus aficiones preferidas: las bebidas alcohólicas y espirituosas (ésta, la del bebercio, parece que también era una de las actividades favoritas de Amis, que incluso escribió varios libros sobre el tema). El duodécimo cuento también tiene una impronta ci-fi, pero al mismo tiempo entra dentro de otra categoría, la de los relatos "metaliterarios"; se titula Hemingway en el espacio y, como parece bastante evidente, se trata de una parodia de uno de los cuentos africanos del autor norteamericano, pero que se desarrolla en una cacería espacial. Bastante divertido.
Casi todo el resto de los relatos tiene también ese carácter "metaliterario "o "metahistórico". Encontramos desde un Dr. Watson que se dedica a resolver un misterio por su cuenta -y a su peculiar manera- o las aventuras de un agente literario secuestrado por razones misteriosas. E incluso un "metacuento", ¿Quién o qué era?, que se basa en una novela fantástica del propio Amis, El hombre verde. La sección "metahistórica" se ve representada por un relato en modo guionizado sobre la famosa carga de la Brigada Ligera en Balaclava y una ucronía sobre el comienzo -y en cierto modo , el fin- de la II Guerra Mundial, bastante conseguida. Aún así, el interés de todos estos cuentos, pese a estar escritos con la eficacia y pulcritud propias de este autor, es bastante relativo, al menos para el lector no anglófono y sin demasiados conocimientos sobre la historia y literatura británicas... Por ejemplo: ¿realmente es tan intrigante El secreto del Señor Barrett, sobre el padre de la poetisa Elizabeth Browning (y suegro de Robert, por tanto)? Pues para mí no, la verdad (aunque sólo soy un inculto dago...).
Entre este segundo bloque que constituye la mitad de los cuentos, también hay entreverados, cuatro relatos que no tienen este carácter "meta-lo que sea": La casa del promontorio y Boris y el coronel, del género de espionaje (parece que Amis estuvo involucrado, de una forma u otra, con la creación de las novelas de James Bond), aunque resueltas de forma harto diferente. La vida de Mason resulta ser un sugerente cuento onírico. Y, por último, Un tirón del hilo -tal vez el relato más ambicioso de todos- versa, a partir de la figura de un pastor anglicano que descubre que tiene un hermano gemelo, sobre el libre albedrío, la fe religiosa e incluso el espejismo que puede suponer -o no- la convicción en un destino humano.
Por acabar ya: un libro de relatos escritos con gran corrección, ironía y hasta brillantez en algunas ocasiones, pero a los que, en su mayoría, les falta ese toque, esa vuelta de tuerca (y no me refiero a la consabida sorpresa final o algo parecido), que convierten un cuento interesante en uno bueno o uno bueno en excelente. También es cierto que Kingsley Amis, según reconoce él mismo en el epílogo, destacaba más como novelista que como cuentista: la de la novela era su "distancia". En fin, pues habrá que leer alguna, a ver qué tal...
A continuación el volumen nos ofrece otros cuentos que corresponden, en líneas generales, con relatos de ciencia-ficción, otro de los géneros que Kingsley Amis cultivó. Ahora bien, si el primero de ellos Algo extraño, que se desarrolla, en principio, en una remota estación espacial, podría ser considerado como de "ciencia-ficción clásica" (recuerda en algún momento al Solaris de Lem, los siguientes cuatro pertenecen directamente al género del cachondeo: se refieren a unos científicos que inventan una máquina del tiempo y la aprovechan para enterarse de qué va a ocurrir en el futuro con una de sus aficiones preferidas: las bebidas alcohólicas y espirituosas (ésta, la del bebercio, parece que también era una de las actividades favoritas de Amis, que incluso escribió varios libros sobre el tema). El duodécimo cuento también tiene una impronta ci-fi, pero al mismo tiempo entra dentro de otra categoría, la de los relatos "metaliterarios"; se titula Hemingway en el espacio y, como parece bastante evidente, se trata de una parodia de uno de los cuentos africanos del autor norteamericano, pero que se desarrolla en una cacería espacial. Bastante divertido.
Casi todo el resto de los relatos tiene también ese carácter "metaliterario "o "metahistórico". Encontramos desde un Dr. Watson que se dedica a resolver un misterio por su cuenta -y a su peculiar manera- o las aventuras de un agente literario secuestrado por razones misteriosas. E incluso un "metacuento", ¿Quién o qué era?, que se basa en una novela fantástica del propio Amis, El hombre verde. La sección "metahistórica" se ve representada por un relato en modo guionizado sobre la famosa carga de la Brigada Ligera en Balaclava y una ucronía sobre el comienzo -y en cierto modo , el fin- de la II Guerra Mundial, bastante conseguida. Aún así, el interés de todos estos cuentos, pese a estar escritos con la eficacia y pulcritud propias de este autor, es bastante relativo, al menos para el lector no anglófono y sin demasiados conocimientos sobre la historia y literatura británicas... Por ejemplo: ¿realmente es tan intrigante El secreto del Señor Barrett, sobre el padre de la poetisa Elizabeth Browning (y suegro de Robert, por tanto)? Pues para mí no, la verdad (aunque sólo soy un inculto dago...).
Entre este segundo bloque que constituye la mitad de los cuentos, también hay entreverados, cuatro relatos que no tienen este carácter "meta-lo que sea": La casa del promontorio y Boris y el coronel, del género de espionaje (parece que Amis estuvo involucrado, de una forma u otra, con la creación de las novelas de James Bond), aunque resueltas de forma harto diferente. La vida de Mason resulta ser un sugerente cuento onírico. Y, por último, Un tirón del hilo -tal vez el relato más ambicioso de todos- versa, a partir de la figura de un pastor anglicano que descubre que tiene un hermano gemelo, sobre el libre albedrío, la fe religiosa e incluso el espejismo que puede suponer -o no- la convicción en un destino humano.
Por acabar ya: un libro de relatos escritos con gran corrección, ironía y hasta brillantez en algunas ocasiones, pero a los que, en su mayoría, les falta ese toque, esa vuelta de tuerca (y no me refiero a la consabida sorpresa final o algo parecido), que convierten un cuento interesante en uno bueno o uno bueno en excelente. También es cierto que Kingsley Amis, según reconoce él mismo en el epílogo, destacaba más como novelista que como cuentista: la de la novela era su "distancia". En fin, pues habrá que leer alguna, a ver qué tal...
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miércoles, 6 de abril de 2016
Michel Houellebecq: La posibilidad de una isla
Idioma original: francés
Título original: La possibilité d'une Île
Año de publicación: 2005
Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí
Título original: La possibilité d'une Île
Año de publicación: 2005
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: bastante recomendable
Habré reseñado libros de Houellebecq aludiendo a La posibilidad de una isla como su novela menos brillante. Pues resulta que al otorgarle una segunda lectura me veo obligado a matizar mis palabras. Porque aún careciendo de la inmediatez de Plataforma o el sentido de la oportunidad de Sumisión, las cualidades del Bretón Más Resabiado están, también en esta novela. ¿Queréis que diga que Houellebecq en ralenti es mejor que muchos otros en quinta a siete mil vueltas? Dicho queda, ea.
Pero resulta que La posibilidad de una isla combina dos facetas teóricamente contrapuestas: una estructura más osada de lo habitual, donde las vueltas atrás y adelante en el tiempo se conjugan con un relato a tiempo real, y una sensación común a la obra de Houellebecq (el hastío) pero con un resquicio hacia la esperanza (puede que esta sea, junto a Plataforma, su novela donde los personajes, aunque sea fugazmente, más experimentan la felicidad). Cuestiones que no resultan chocantes per se, sino porque constituyen excepciones en la obra del francés.
Esta novela se estructura como un vaivén entre dos diarios. El de Daniel1, cómico francés de éxito que se ha trasladado a vivir a Almería, a una zona que aún no ha sido alcanzada por el boom inmobiliario que ha llenado la costa andaluza de urbanizaciones. Daniel1 ha amasado una fortuna haciendo guiones de obras marcadas por su sentido de la provocación. Se atreve a llegar donde otros no y eso le ha procurado éxito a la par que ataques frontales. Pero está en su cuarentena y empieza a hacerse preguntas que no sabe responder. Y sus opiniones son bien poco agradables de leer. En unos cuantos párrafos iniciales muestra indiferencia ante el suicidio de su hijo y compara la figura de los animales de compañía con la visión de la mujer en antiguas civilizaciones. Siempre con la óptica de seres sencillos y a los que es fácil satisfacer y hacer felices. A Daniel1 le van pasando cosas. Se separa de la madre de su hijo y se lía con una joven y guapa periodista de éxito que acude a entrevistarle. Unen sus destinos basándose en el éxito mutuo, pero Daniel1 sabe que esa libertad sexual que les une acabará por separarles. En un momento de debilidad, y por conocidos comunes, Daniel1 toma contacto con una secta, que celebra una reunión en Lanzarote (Lanzarote es, de hecho, el título de una de las primeras novelas cortas de Houellebecq, que parece una especie de borrador de esta de que hablamos). La secta tiene la clásica estructura de las sectas que acaban fatal. Un líder con aires de divinidad que se toma el derecho de pernada con la súbditas, una estructura empresarial basada en que los súbditos cedan su patrimonio para financiar la descabellada investigación de la secta consistente en la clonación de los adeptos para generar una nueva sociedad. Como es de prever, todo acabará como el rosario de la aurora.
Alternándose con el diario de Daniel1, cuerpo de la narración y ejemplo de trama houellebecquiana, Danieles de distintas numeraciones van hablando de sus experiencias siglos más allá de la existencia de su primer antecesor. Aquí es donde Houellebecq proyecta una sociedad futura donde cuando cada persona llega al final de su existencia "útil" es inmediatamente sustituída por un clon que es ella misma a los dieciocho años. Curioso: Houellebecq descarta infancia, adolescencia y vejez de las personas y las limita a su etapa de madurez laboral y sexual, Guiño a la sociedad competitiva donde somos sólo útiles como cotizantes o pagadores de impuestos. Los distintos Danieles evocan un mundo donde ha habido bastantes cambios: mares secados, ciudades desaparecidas, población drásticamente reducida. Sin acabar de tener claro por qué ha pasado todo esto, la novela acaba con una brillante parte final que recuerda (o al revés, habría que consultar fechas) a La carretera de Cormac McCarthy. Y ahí queda todo. No. Perdón. Daniel, el supuesto último Daniel, es acompañado por su fiel perro Fox, cuyas sucesivas muertes (pues el perro también ha sido clonado) son casi los únicos oasis en que Daniel siente algo parecido al dolor.
Curioso, pues, que todos los ingredientes que siempre han arrojado un resultado perfecto al combinarse aquí tengan un resultado algo inferior. Quizás aventurarse en algo parecido a lo que es la literatura de anticipación reste ritmo narrativo a un escritor que siempre ha sido un kamikaze del ritmo y las elipsis. O las partes de los diarios de los Danieles, siempre breves y siempre justificadas, pero con un tono alguna vez demasiado tendente a un misticismo ascético. Quizás el hábitat natural de Houellebecq es más la intriga social salpimentada con la obsesión por el sexo. Cuando Houellebecq se excede en su filosofía, aquí me recuerda más a Stanislaw Lem que a él mismo. En todo caso, quizás no su mejor libro, pero por encima, qué pena, de mucha, de demasiada gente.
Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí
domingo, 5 de octubre de 2014
Arkadi y Borís Strugatski: Picnic junto al camino
Idioma original: ruso
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable
A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.
En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.
Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).
Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable
A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.
En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.
Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).
Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.
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siglo XX
martes, 15 de abril de 2014
Biografías lectoras: ganadores (2)
TOC, por David Villar Cembellín
El acto de leer, a estas alturas
lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque
mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio
de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como
pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad»,
que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la
Literatura.
Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde
comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a
edad temprana con las historietas de Pulgarcito,
un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer
al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la
colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón,
Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas
raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.
A posteriori —o paralelamente, no
recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba
casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo
fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la
colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que
nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres
investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor,
la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja
(mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc.
Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el
carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la
tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo
de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía.
Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la
SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba
con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…
Y en estas llegó mi pubertad,
llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de
otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi
adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin
de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana
si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de
repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas
en mi mano. ¡2000 pesetas!
—Son para sacarte el bono mensual para el
tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.
Y esas 2000 pesetas para el bono
mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu
DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa
de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía
ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia
misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré—
consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la
Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la
Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un
tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de
Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas
estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable
levedad del ser de Kundera, Por quién
doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de
Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La
buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un
buen fondo de armario.
Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me
marcó, que me tocó hondo, fue El club
de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra
menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo…
en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó
mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi
radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de
Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.
Y como quien no quiere la cosa,
crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y
más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino
de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí
mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas
crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de
cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics
que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The
Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin
duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace,
de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos
cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos
grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a
Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver
a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).
Y el tiempo prosiguió. Y con él
las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego.
Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y,
¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck
y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su
cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para
las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable
disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre
hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y
desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros
distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de
Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de
Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los
justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y
tantos…
La lista a estas alturas no es
interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante.
También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más
europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie
de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de
calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además,
con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he
disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik,
Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel
Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía
se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por
cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los
Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser
más triste, o quizá tan sólo más lastimero.
Pero a lo que vamos: con el
carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo
por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este
corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo
hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así,
quede dicho:
¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR
EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA
EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON
CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y
A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un
abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se
equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de
Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE
LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO
OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y
SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS
DESCUBRIMIENTOS!
jueves, 6 de marzo de 2014
Biografías lectoras: La lista de la compra
- Chuches, chocolatinas y pipas Facundo:
Todo Mortadelo (y todo Bruguera), el gran Guillermo el Travieso, auténtico rey de Inglaterra; Los tres
investigadores, Verne, Stevenson, Conan Doyle, Las minas del rey
Salomón... la felicidad, según Borges.
- Salsa de tomate y ketchup:
Agatha Christie (sobre todo Miss Marple, la abuelita que nadie quisiera tener), El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux, Los crímenes de la Rue Morgue de Poe, Chacal de Frederick Forsyth...
- Carne y pescado:
Vázquez
Figueroa (el favorito en las bibliotecas de las cárceles, también), Stanislaw Lem, La ciudad de los prodigios (un prodigio, en sí misma), Cien años de soledad, claro... y Un día en la vida de Iván
Denisovich (no pregunten por qué)...
- Fruta y verdura:
El diablo sobre las colinas de Pavese, que me pilló en el momento tonto. Qué hago yo aquí de Chatwin, que me
abrió los ojos al mundo; Ficciones, de Borges, que me abrió los ojos a los
libros; Los tíos de Sicilia de Leonardo Sciascia, que me enseñó que la
literatura podía tratar no sólo de lo literario; El barón rampante de Italo Calvino, que me enseñó que una novela podía ser perfecta, en fondo, en forma e
intención. Y divertida y maravillosa…
- Vino y licores:
A partir de aquí y hasta la fecha, barra libre. Y que
dure.
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