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lunes, 6 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #1: Harper Lee: Ve y pon un centinela

Idioma original: inglés
Título original: Go set a watchman
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Ya sabéis que en ULAD a veces nos da por dedicar una serie de días a algún tema en concreto. Después de darnos cuenta de que faltaban en el blog algunos escritores (y escritoras) de renombre, decidimos dedicar una serie a aquellos autores y autoras que, por un motivo u otro, no están reseñados. Para corregirlo, hemos decidido iniciar la serie de «Nuestros autores olvidados».

En esta serie, que empieza con la presente reseña, no podía faltar Harper Lee, uno de esos casos atípicos dentro del mundo literario, pues hasta hace muy poco sólo se le conocía una publicación, ¡y qué publicación! Sí, estamos hablando de la autora de «Matar a un ruiseñor», escrita en 1960 y ganadora del premio Pulitzer al año siguiente. Al estilo de J.D. Salinger, no era muy aficionada a conceder entrevistas; tampoco se le conocía ninguna otra publicación, hasta que en 2015 se editó la obra que nos ocupa, escrita justo antes de la antes mencionada y estrechamente ligada a ella ya que contiene los mismos personajes y narra episodios que aparecen en el anterior libro. Pero mejor centrémonos y pongamos las cosas en contexto.

El libro empieza con su personaje protagonista, Jean Louise, volviendo de visita a su antigua casa, en el condado de Maycomb, después de largo tiempo viviendo en Nueva York. Allí se reencuentra con su padre, Atticus Finch, ya mayor, y con Hank, quien hace tiempo que siente atracción por ella y desea pedirle matrimonio. Así, la vuelta al pueblo en la que pasó su infancia nos devuelve escenas de la Jean Louise, o Scout, que ya conocimos a esas tempranas edades en «Matar a un Ruiseñor». Pero su vuelta al pueblo, una vez alcanzada la edad adulta, le devuelve una imagen diferente a la que ella recordaba, no únicamente en cuanto al entorno sino especialmente en la sociedad y en su propia familia. Las cosas en cambiado en Maycomb y el carácter difícil y combativo de Jean Louise, después de vivir en la gran ciudad unos años, choca con una sociedad que ha avanzado a otro ritmo; la visión idílica que albergaba de la sociedad de Maycomb contrasta con la realidad, y la obliga a tomar consciencia de una desoladora ausencia de derechos civiles y desigualdades para la comunidad negra. A medida que van pasando los días, va viendo la realidad social de un pueblo que ha cambiado desde que se fue y donde afloran cada vez más los conflictos raciales.

A pesar de una premisa potente y atrevida en los tiempos en la que la obra fue escrita, el resultado es un libro algo irregular; mientras que las épocas de juventud de Jean Louise no tienen excesivo interés ni aportan demasiado a la historia, la narración en el tiempo presente es potente, profunda, con una dirección clara y evidentes elementos de denuncia. Así, las cien primeras páginas son algo monótonas y sin demasiado interés, pero superado el tercio de libro y especialmente en los capítulos finales, se despliega la potencia de la narración y toda la carga histórica y social que la autora exhibe con gran virtuosismo de reflexiones, ritmo narrativo e interés para el lector. La imagen que deja es la de una sociedad dividida, temerosa a los cambios que se avecinan y aunque existe una justificada critica por cómo se posiciona ante los hechos, sí sirve para poner de manifiesto las dudas existentes en una sociedad que, con el paso del tiempo, acabaría venciendo las desigualdades de la época.

Así, la historia que nos narra la autora sirve para explicar la situación social en EE. UU. de mediados del siglo XX y ver cómo una sociedad que evolucionó a costa de utilizar a los negros teme haber perdido el control sobre ellos. Estamos a mitad de siglo XX, son tiempos de segregación racial, tiempos donde la comunidad negra va ganando terreno en la lucha sobre sus derechos; son los tiempos de Rosa Parks, de Martin Luther King, de reivindicaciones sociales que finalmente los llevarían a la consecución de la ley de los derechos civiles de 1964 y la ley de derecho al voto al año siguiente. La sociedad que nos muestra la autora es la que finalmente conseguirá que los derechos de la comunidad negra se acerquen definitivamente a los de los blancos.

Este libro, que probablemente incluye detalles basados en la propia vida de la escritora (Finch era el nombre de soltera de su madre) fue encontrado hace pocos años y fue realmente la primera novela de su corta trayectoria literaria; es una lástima que el libro haya estado tanto tiempo perdido y no se haya editado hasta ahora ya que, probablemente, de haberlo hecho en esa época el impacto hubiera sigo aún mayor al ya causado. Estrechamente relacionado con «Matar a un ruiseñor», es interesante leerlos en el sentido inverso al que fueron escritos, es decir, leer primero «Matar a un ruiseñor» y luego éste, ya que de esta manera vemos la evolución del personaje de Atticus y de la sociedad como la ve la propia Jean Louise. El personaje de Atticus, antaño justo y ecuánime, evoluciona de igual forma a la que lo hizo la sociedad, y su evolución es clara si se leen los libros en el orden inverso en el que estuvieron escritos. Este cambio despertó bastante polèmica cuando se publicó el libro, aunque es algo infundado bajo mi punto de vista si tenemos en cuenta donde la auotora pone el foco de la narración.

Las casualidades del azar no únicamente han permitido leer los libros en el orden adecuado, según mi punto de vista, sino también han permitido recuperar una lectura olvidada. Ambas lecturas son perfectamente complementarias y, es más, podrían formar parte de un único libro que, en mi opinión, hubiera mejorado aún más la calidad e impacto de cada uno de ellos por separado, pues permitiría contemplar la historia de forma más amplia y más regular. En cualquier caso, se agradece la recuperación de ambas obras por su calidad literaria y por lo que exponen; especialmente en estos tiempos de cambios, de revoluciones, de exámenes de consciencia acerca de la sociedad que tenemos y que entre todos definimos, todas las reflexiones son bienvenidas si sirven para construir, a partir de ellas, un mundo mejor y más libre.

jueves, 6 de febrero de 2020

Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)

Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).

Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...

Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):

-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.

-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.

-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con  sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.

-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.

-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.



Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.

Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).


Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar  Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.


Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...


Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Reseña + entrevista. Xavi Ayén: La vuelta al mundo en 80 autores


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: lascivo

El perfil de Twitter. Algo más de una centena de caracteres donde muchos se afanan en colocar una especie de versión express de un CV vital, que les defina y les muestre de la manera más comprimida y exacta posible. El perfil de Twitter es la respuesta de cada uno a la pregunta tan ansiada. Háblame de ti mismo.
Pues bien. El perfil de Twitter de Xavi Ayén queda zanjado de forma escueta con una palabra. Periodista.

Y a eso lleva dedicándose unos cuantos años. Pero permitidme ampliar la información. Periodista dedicado a la cultura. Periodista entregado a la divulgación de la literatura. Periodista que se ha desplazado por el mundo para entrevistar a escritores. Muchos de ellos. Muchos muy importantes, y bastantes premios Nobel, como ya nos demostraba en un libro anterior: Rebeldía de Nobel. Vamos a reconocerlo: la mera imaginación de que a alguien le paguen por hacer una cosa así nos llena de envidia muy poco sana. Visitar a grandes escritores en las ciudades donde viven, incluso en sus propias casas. Más que entrevistar, como apunta el subtítulo, conversar.
Y para este libro se han escogido 80 de esas conversaciones, con un cierto criterio geográfico para que haya una representación de todos los continentes. La selección de 80 autores, ya que estamos en época de listas, contará con la presencia de nombres que a uno le gusten más o menos y siempre se echará en falta a alguien, pero dudo que nadie mínimamente interesado en la literatura encuentre menos de 40 o 50 autores que le gusten. Pero lo realmente fascinante es cómo Ayén hace que incluso lo que dicen autores por los que uno siente indiferencia nos resulte estimulante. Con lo cual, más de 500 páginas parecen pocas, y se leen con tal placer que se hacen cortas.

Resulta también revelador cómo ciertos escritores se muestran tan fieles en sus opiniones al contenido de sus obras. Así que Houellebecq (Pregunta: ¿cree realmente, como su personaje, que los perros son más felices que nosotros? Respuesta: Indudablemente. Mucho más felices. Me sorprende que lo dude.) se muestra ácido y corrosivo, Vargas Llosa, medido, calculador y seductor. Almudena Grandes nos deleita con una convicción y una seguridad fascinantes, Ken Follett, con una chulería no exenta de flema, James Ellroy, con una descacharrante fanfarronería, y a Peter Handke no hay quien lo entienda en sus elucubraciones... Como podéis ver el abanico es amplio y una mera consulta sobre los autores incluidos (para no agobiar, añadid García Márquez, Knausgaard, Philip Roth, Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, etc.), es demostrativa de por sí del enorme poder de seducción de un texto así. Conversaciones relajadas donde surgen temas relacionados con su obra, pero también con su entorno y con la sociedad en que nace su obra. Siempre (alguna contada excepción resulta curiosa) con un tono tranquilo y colaborador, que pone de manifiesto que el prestigio de Ayén (capaz de entrevistar a García Márquez tras veinte años de silencio y de que este, en su última entrevista, le confesara que había dejado de escribir) va por delante a la hora de afrontar sus conversaciones. Y cada escritor, acompañado de un pequeño perfil enumerando algunas de sus obras más destacadas.
Una de esas obras que no queda en el estante una vez leída. Hay que consultarla y hay que referirse a ella, cosa que la convierte en única. De esos artefactos que no solamente se disfrutan por sí solos, sino que empujan a la búsqueda y a la indagación. De ahí lo de lascivo, aclaro. Por si acaso.

Con García Márquez. Foto: Kim Manresa
Además, su autor no ha encontrado impertinentes nuestras preguntas. A ver qué le va a preguntar uno a quien ha hecho preguntas a tal nómina de figuras. Lo hemos intentado, y el hombre ha sido todo amabilidad. Encima.

-¿Es Vd consciente de que, para un modesto blog literario como el nuestro, lo primero que suscita un libro como el suyo es una envidia colosal?
-No, hombre. Las entrevistas son lo mismo en cualquier sitio. Uno de los autores que aparecen, el asturiano Xuan Bello, ha creado un mundo colosal a partir de una aldea de unos cuarenta habitantes, donde él se crió. A veces leemos en los blogs entrevistas mejores que alguna del ‘New York Times’. En periodismo, es básica la mirada del autor. Dicho esto, sé que soy un privilegiado por haber contado con los medios de un gran medio de comunicación para poder trabajar, pero sin pasión no hay medios que valgan.

-No voy a comprometerle pidiendo detalles, pero ¿ha cambiado su opinión respecto a la obra de algún escritor - en el sentido que sea - por el hecho de conocerle?

-¡Sí, de muchos! Comprendí la importancia de la ciencia-ficción en el universo de la británica Doris Lessing, que veía antes como muy desligado de sus otras obras. Me impresionó la experiencia de cárcel prolongada y tortura que sufrió el indonesio Pramoedya Ananta Toer, a quien confinaron a una isla-prisión y le prohibieron escribir, pero él sobrevivió como escritor narrando historias oralmente a otros presos, lo que explica el tono de sus libros, que pueden leerse en voz alta. Y al revés también, no entiendo, por ejemplo, por qué se dio tanto bombo a muchos autores de novela negra mediocres, buena parte de ellos nórdicos.

-Me sorprende que dos "potencias" literarias como Argentina y la antigua URSS no estén representadas por escritores "puros". ¿Algún motivo especial?
-Está bien visto. Tenía que limitarme a 80 autores y, si ponía más nombres de un lugar, debía quitar otros. No es un canon realizado previamente, sino que es una selección espontánea y dinámica, que surge de la gente con que me he encontrado. He entrevistado a César Aira, Fogwill, Samanta Schweblin… pero eran textos muy centrados en los libros que venían a presentar, y he primado aquellas piezas que recorrían la trayectoria completa de un autor. Rusos no he entrevistado a tantos, lo confieso, aunque en una segunda edición podría ya incluir a Svetlana Aleksiévich, con quien estuve en su casa de Minsk.

-Deduzco del prólogo que hay abundante material que no ha encontrado ubicación en este libro. ¿Algún proyecto complementario en el futuro del que pueda hablarnos?

-Es frustrante eliminar a autores que admiras, pero un libro de 1.000 páginas tampoco hubiera sido buena idea (ya hice uno así sobre el boom latinoamericano). Este no debía pasar de 600. Claro que me gustaría publicar un día libros específicos: autores argentinos, catalanes, menores de 40 años, latinoamericanos, pero no estoy seguro de poder contagiar a ningún editor mi entusiasmo.

-Uno de los leit-motiv recurrentes en las entrevistas es la incompatibilidad entre escritor feliz y creador brillante. Pero muy pocos escritores de los entrevistados parecen lamentarse de la situación en que viven, al menos no se nos muestran, la gran mayoría de ellos, como seres atormentados ¿Puede que esa afirmación forme parte de ese ADN vanidoso atribuido a los creadores?
-Eso es lo que me dice Vargas Llosa: ningún gran escritor es feliz, y creo que en su caso es cierto. Cortázar, en el período más exultante de su vida, produjo sus peores obras. Y Gao Xingjian escribía mientras era prisionero de la Revolución Cultural. García Márquez se sentía un fracasado cuando emprendió ‘Cien años de soledad’… Pero es verdad, yo no generalizaría.

-Me gustan esas introducciones con leve aire de crónica, sobre todo en las descripciones de cómo se llega al sitio de la entrevista. ¿Veremos a un Xavi Ayén cronista o incluso a un autobiógrafo en el futuro?
-Ojalá lo vean. A ver si voy perdiendo la vergüenza…

-¿Puede recomendarnos algunos libros?

-Los mejores que he leído últimamente son ‘Por último, el corazón’ de Margaret Atwood, ‘Mumbo Jumbo’ de Ishmael Reed, ‘La música del hambre’ de J.M.G. Le Clézio y ‘El camino estrecho al norte profundo’ de Richard Flanagan.

-Nombres, queremos nombres. Un escritor que haya fallecido mientras Vd. planeaba entrevistar. Uno que se le esté resistiendo pero vaya a acabar cayendo, y alguno joven al que se vea entrevistando pasado un tiempo.
-Naguib Mahfuz y García Márquez me dieron la última entrevista de sus vidas. Me quedé sin entrevistar a Hilary Mantel, ya aterrizado en Londres, porque le dio un ataque paralizante de tiroides, algo que le sucede a menudo. Se me murió Harper Lee, la de ‘Matar un ruiseñor’, sin que la viera. Se me resiste Alice Munro… y a los jóvenes les entrevisto ya, por ejemplo a Miqui Otero, Laura Fernández, Antonio Ungar, Pablo Martín Sánchez… Ellos son el futuro.

-Y ya como periodista cultural, ¿cómo nos ve a los blogs: competencia, complemento, un ámbito diferente, o un entrañable grupúsculo de eternos discrepantes?
-Los blogs permiten un nivel de especialización que la prensa escrita no puede tener, y también pueden ofrecer mucha más cantidad de información sobre temas que los medios de gran tirada se ven obligados a tratar en poco espacio. No me imagino este trabajo sin documentarme en algunos buenos blogs. Formamos parte del mismo bosque y nos necesitamos mutuamente.

-¿Después de tantos años en esto, está de acuerdo con ese funesto panorama para la novela que describe, por ejemplo, Philip Roth?
-No, para nada. Yo creo que los adolescentes son grandes lectores, los de hoy más que mi generación. La gente, con la edad, tiende a idealizar el momento histórico en que fueron jóvenes. También le pasará a usted.

-¿Por qué esa mayoría abrumadora en la ficción? No hay apenas ensayistas.
-He primado la novela, sí. Soy un romántico que cree que es el género superior, lo siento por las excepciones, por Borges, Munro, Ferlinghetti, Fo… Pero, en general, si me pusieran una pistola en la cabeza y me dijeran que solamente iba a poder leer libros de un género el resto de mi vida, diría que novelas. ¿Usted no?

-¿Cuál es el criterio por el que uno se dirige a un escritor, aparte de los premios y las consabidas campañas promocionales?
-Por la lectura de su obra, ese es el mejor medio. No entiendo que autores maravillosos no consigan tener éxito, y que otros peores sí lo tengan. El mundo está loco pero, bueno, gracias a eso se siguen vendiendo periódicos.

-Apenas nos lee nadie. Puede ser sincero. En algún momento habrá sentido una irrefrenable pereza por conversar con alguien...
-¡Sí! No tanto de conversar sino de leerme su libro, pero somos profesionales ¿verdad? Gracias a eso, también suceden sorpresas agradables. Lo peor es cuando esa persona te pregunta: “¿Pero te ha gustado mi libro?”. Antes sufría mucho, ahora respondo: “La mejor parte es…” porque todo libro tiene siempre una mejor parte.

-Cierto: su libro tiene muchas mejores partes.