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lunes, 7 de junio de 2010

Zoom: Felicidad clandestina, de Clarice Lispector

Idioma original: portugués
Título original: Felicidade clandestina
Fecha de publicación: 1971
Valoración: Muy recomendable

Una vez más, bienvenidos, pequeños míos, al rincón del tío Ian, vuestro iglú divulgativo y educativo. Hoy os presento otro de mis relatos preferidos, Felicidad clandestina, obra de una dama llamada Clarice Lispector, brasileña de adopción, ucraniana de origen.

Lispector, que pese a tener un apellido que bien podría pertenecer a un agente secreto inmerso en tejemanejes de la Guerra Fría, o a un jarabe para la tos, fue una exquisita escritora famosa por conceder a sus irrepetibles relatos una sensibilidad y una originalidad narrativa fuera de serie. Y además de escribir varias decenas de cuentos (lo que yo considero su especialidad), también se atrevió con la novela con igual éxito.

De todos modos, hoy me pondré con una de sus pequeñas piezas literarias, la que más me impactó del volumen de cuentos donde se encontraba recopilada. ¿Y que por qué ocurrió tal cosa? ¿Que por qué Felicidad clandestina me llegó tan hondo? Porque, siento repetirme, amiguitos y amiguitas de lo sublime, su argumento entronca peligrosamente con algo que a mí me ocurrió: algo que sufrí en mis propias y lozanas carnes al final de mi adolescencia.

Felicidad clandestina
tiene un argumento que se puede resumir así: hay una niña muy buena, muy guapa y muy enamorada de la literatura (sí, sí, no andamos desencaminados si pensamos en la bella Clarice Lispector en sus tiempos de infante), y hay otra niña, rechoncha, despelujada y rencorosa que la envidia y odia en silencio. El problema es que la segunda tiene un libro que la primera ansía leer por encima de todo, y la segunda, sabedora del tesoro que posee entre sus malignas manecillas, inicia un sádico juego con la guapa-buena-lista: hace a la pobre cría ir cada dos por tres a su casa con la promesa de que le dará el libro, pero nunca se lo termina de dar poniendo excusas. Y pese a que día tras día la guapa-buena-lista ve que su gozo está condenado a naufragar en un pozo, es tal su amor por el Libro Prometido, que no desiste, y sigue suplicando en silencio a la pequeña mostrenca propietaria que se lo preste. ¿Y que cómo acaba? Aaaaaah... Ese es el secreeetoooo... Leedlo:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/por/lispec/felicida.htm
Y ya está, ya he terminado. Siento no resolver la duda de qué es lo que me pasó a mí para sentirme identificado con lo que sucede en este relato. Tendría que retrotraerme a la época en la que deseé ser actor y recibía promesas de ser ayudado de parte de un presunto amigo...

Dios os guarde de los presuntos amigos, mis angelitos...Y no diré más: esa es otra historia que debe ser contada en otra ocación (Michael Ende dixit).

También de Clarice Lispector en ULAD: La pasión según G.H.

sábado, 22 de marzo de 2014

Clarice Lispector: La pasión según G. H.

Título original: A Paixao segundo G. H.
Idioma original: portugués
Traductor: Alberto Villalba Rodríguez
Año de publicación: 1964
Valoración: está bien

            Lo primero que pensé al leer este libro fue que, teniendo en cuenta el título y la portada que le pusieron en El Aleph, con esa ninfa durmiente y desmadejada, esperaba que nadie lo confundiera con una novela erótica softcore (lo digo porque yo saqué el ejemplar de una biblioteca pública y la bibliotecaria me miró como si me hubiera llevado las dichosas 50 sombras, pero con el juego de artilugios sexuales añadido), ya que se iba a llevar una sorpresa morrocotuda.

            Me explicaré contando el argumento de esta breve pero intensa novela, que en realidad es bastante conciso: una mujer atractiva, inteligente y exitosa (no cuesta mucho ponerle la figura de la propia Lispector) se queda sola en su apartamento de una gran ciudad brasileña, así que aprovecha para hacer limpieza.  En el cuarto de la criada, que en sí es como un mundo aparte dentro de ese piso, abre un armario y se encuentra allí, lozana y sonriente, una cucaracha. Del susto (hay que suponer que las cucarachas brasileñas deben de ser de tamaño familiar, más amedrentadoras que las de aquí, ya de por sí bastante repugnantes), cierra de golpe la puerta del armario, de tal manera que atrapa, chafándola, a la pobre cuca, que se queda allí agitando  patitas y antenas y segregando  un líquido blancuzco y asqueroso.

            La protagonista, en vez de huir, se queda allí sentada, contemplando la agonía del insecto, y esa contemplación le provoca un momento de revelación, una epifanía (que dicen ahora los modernos españoles y los convictos por asesinato de las películas americanas). Acaba identificándose, de alguna manera, con el bicho agonizante, lo que conlleva un proceso de despojamiento de su propia circunstancia como ser humano; esta deshumanización así sobrevenida es lo que ilumina a G. H. y le permite acceder y comprender la esencia de la realidad del mundo en el que viven ambas, cucaracha y señora brasileña. El tao, que diría Lao-Tse.

            De hecho, esta novela, aparecida en 1964,  se ha calificado como existencialista (era lo que se llevaba, entonces), pero yo creo que sobre todo muestra una influencia indudable del pensamiento taoísta. Y si resulta que no lo conocía (cosa que dudo), es que Lispector fue capaz de sintetizar ella sola, el corpus metafísico de una religión milenaria china. Sin ánimo de escandalizar a nadie, también veo evidente el paralelismo que se hace con algún aspecto de la religión cristiana (aunque Lispector era de familia judía), ya desde el propio título, que habla de “la Pasión” (en mayúscula en el título original); el momento de revelación de la protagonista sobreviene a partir de la identificación con el sufrimiento de otro ser vivo (sí, aunque sea una cucaracha) e incluso hay un momento que resulta un símil sacramental evidente (no quieran saber con qué). Sin olvidar el metafórico descenso a los infiernos y posterior “salvación” de la señora G.H.

            Todo esto contado de una forma algo reiterativa y hasta redundante, a pesar de la brevedad del libro. Bien es cierto que seguramente la autora buscaba de esta manera que el lector fuera tomando conciencia de una forma paulatina del proceso que se está produciendo en la conciencia de la protagonista.  También es innegable que Clarice Lispector escribía muy bien y de hecho, su voluntad de buscar los límites de las posibilidades del lenguaje proporciona momentos de una indudable excelencia literaria. Lástima que queden un tanto diluidos por una narración que a veces resulta tan agónica como el final de la propia cucaracha.

            Un libro, de todas formas, cuya lectura resulta interesante y hasta fascinante en algún momento. Eso sí: siempre que nadie se confunda con lo que se va a encontrar.

También de Clarice Lispector: Felicidad clandestina