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lunes, 27 de junio de 2016

Bruce Chatwin: Colina Negra

Idioma original: inglés
Título original: On the Black Hill
Año de publicación: 1982
Traducción: Eduardo Goligorsky
Valoración: Imprescindible


Creo que está claro que Bruce Chatwin fue uno de los mejores escritores británicos de su generación. Y no hablamos de una cualquiera, sino de la llamada "generación Granta", nacidos en la posguerra de la II G. M., que eclosionó en los años 80: los Martin Amis, Salman Rushdie, Julian BarnesGraham SwiftHanif Kureishi y demás luminarias de las letras contemporáneas. Cierto que a Chatwin no se le encuadra, a veces, junto con esta generación de escritores, quizás porque era algo mayor, nacido durante la guerra, y además empezó a publicar en los 70 (aunque también Amis o Rushdie). Pero sospecho que la razón principal es que a Chatwin se le suele considerar como un "escritor de viajes"... incluso como EL escritor de viajes, o al menos, quien revitalizó el género en su época. Lo que no deja de ser curioso, ya que en su no demasiado larga producción literaria tan sólo hay dos libros de ese género -que, de hecho, el consideraba como "novelas de viajes", amén, eso sí, de los muchos que aparecen en sus recopilaciones de artículos. Sin embargo, escribió tres novelas, e incluso dos de ellas, bastante "estáticas", por decirlo así: los protagonistas apenas se mueven de los lugares en donde han nacido (también es verdad que la primera que escribió, la tensa y ambiciosa El virrey de Ouidah es todo lo contrario: narra la vida y andanzas de un inquieto traficante de esclavos brasileño, en dos continentes diferentes).

La acción de Colina Negra, en cambio, apenas se mueve de una granja y sus alrededores en las Blacks Hills, las montañas que trazan la frontera entre Inglaterra y Gales. En  realidad, no es una granja, sino dos -La Visión y La Roca-, puesto que, como señala la que fuera editora de Chatwin, Susannah Clapp todo en esta novela es dual: hay dos granjas, dos países -Inglaterra y Gales-, dos sendas, dos religiones, el trasfondo de dos guerras... y, sobre todo, lo que cuenta es la vida de dos hermanos, mellizos además: Lewis y Benjamin Jones, que viven juntos casi toda su vida, casi pegados como siameses o como un matrimonio indisoluble e incestuoso. Chatwin les acompaña en toda su andadura, desde antes incluso de su gestación por parte de la sensible aunque tenaz- huérfana de un reverendo y un colérico campesino galés, hasta sus últimos días, muchos, muchísimos años después. Entre medias, el devenir  de unas vidas en las que no sucede -casi- nada extraordinario... o quizás lo que ocurre es que -casi- todo lo es. Unas vidas que transcurren en un ambiente y entre unos personajes que nos resultan eviternos, alrededor de los cuales, fuera de la Colina Negra, va sucediendo eso que llamamos Historia, algo que parece no filtrarse a la granja de los hermanos Jones o a su vecina La Roca. pero cuando lo hace, es de una forma abrupta y turbadora.

Dependencia, sexualidad, aislamiento, soledad, descubrimiento, maravilla, rivalidad, serenidad... todo las experiencias que viven los gemelos las narra Chatwin con su asombrosa prosa cincelada en frío, precisa pero elusiva, capaz de evocar un recuerdo, descubrir un ambiente o relatar una existencia entera en un corto párrafo. No puedo dejar de señalar, además, que este escritor se inscribe plenamente en la "tradición" de las letras británicas de hacer un uso exhaustivo y deslumbrante de los elementos botánicos y climatológicos; una tradición observable tanto en, por supuesto, Thomas Hardy como en David Nobbs, sin ir más lejos... tradición gloriosa, en su aparente modestia, añado.

Sin duda, una novela excepcional y, me atrevo a decir, ya todo un clásico de la literatura inglesa. No esperan más para leerla, se lo aconsejo (eso sí, la portada es horrenda, lo sé; mucho más adecuada es la de la edición que yo tengo, con una hermosa foto campestre de Henri Cartier-Bresson, pero no he podido encontrarla con cierta calidad en la Red ... Sorry!)

Otros libros de Bruce Chatwin reseñados en Un Libro Al Día: UtzLos trazos de la canción

martes, 16 de septiembre de 2014

Bruce Chatwin: Los trazos de la canción

Idioma original: inglés
Título original: The Songlines
Año de publicación: 1987
Traducción: Eduardo Goligorsky
Valoración: imprescindible

No puedo evitar lanzar un tweet de pre-aviso apenas leídas unas páginas. Este libro es especial, o es importante, o así, es lo que digo. Puede que apenas un par de párrafos sean suficientes para saberlo. Y no recuerdo bien cómo he dado con él. Habitual como soy de las estanterías de ficción, esta excelente narración está catalogada como literatura de viajes. Luego hay otras coincidencias: cierta persona conocida se va a vivir a Australia, aunque resulta que me entero de esto cuando el libro ya está en casa, esperando paciente el inexorable turno de lectura que he preestablecido hace semanas. Ese turno que establece alternancia de estilos, de autores, de tiempos de ubicación de acciones. Bah. Igual es una estupidez, tanta premeditación. Cuando una lectura te levanta de la silla gravitando dará igual cuales sean sus características en relación a la anterior o a la siguiente. Basta con que sea irresistible. Y sí, Chatwin escribe desde su experiencia, pero sus personajes reales son fascinantes, cómo los presenta y los describe, les hace superar a muchas ficciones. Y lo que cuenta. Veamos lo que cuenta. 
Difícil es definir ya qué es Los trazos de la canción. Obviamente es la crónica de un viaje, pero su estilo y su distribución por capítulos cortos lo adaptarían incluso a la condición de relato. Y el tono es personal, confidente, lo que cuadra con lo autobiográfico y, ya puestos, atribuyamos a Chatwin la cualidad de envolverlo todo en un muy leve halo como para situarlo cerca de la ficción.
Y aún más difícil explicar de qué versa y a qué viene ese título. Los aborígenes australianos establecían las fronteras de sus territorios y la situación de algunos de sus lugares sagrados en función de canciones por las que esos territorios quedaban definidos. Una tradición secular que impone a los colonizadores ciertas restricciones. Arkadi, ruso residente en Australia y, a la sazón, cicerone de Chatwin, ha de encargarse de negociaciones relacionadas con los emplazamientos del proyecto de una línea de ferrocarril teniendo en cuenta esa condición. Dialogando con los representantes de las comunidades aborígenes e intentando comprender la necesidad de preservar lo sagrado de esos territorios. Eso es un punto de partida, solamente, aviso.
Los trazos de la canción es una colosal aventura en modo real: los lugares que sirven de escenario a esa misión, desde tabernas de mala muerte a chozas precarias, a caravanas destartaladas, sin recurrir a fácil búsqueda de lo exótico, sin hacer turismo eco-yuppie, esos lugares los vemos y los olemos. Sus personajes, tan notables y tan diversos que no sería justo nombrar a éste y olvidar a aquél. Sin el recurso de lo entrañable o lo sentimentaloide, se nos muestran en su día a día. Pero eso no es lo único: sería muy fácil tirar simplemente de solvencia como escritor para describir mundos y lugares lejanos, lo que ya a simple vista es fascinante. Chatwin no se queda (quedaba, lamentablemente Chatwin falleció con 49 años, en 1989) ahí. Los trazos de la canción desarrolla capítulos que son auténticos catálogos de citas donde tiene cabida el pensamiento humano, donde se ahonda en aspectos antropológicos, nuestro comportamiento atávico como especie, dominante o no, la agresividad, la condición carnívora, las especies que nos precedieron, nuestras costumbres, el nomadismo, el sedentarismo. Oh sí. 335 páginas de libro total. Qué es eso de restringirlo a un estante de libros de viaje. Disfruten de Chatwin (yo voy a seguir haciéndolo, claro), disfruten de su magnífica escritura y de su sentido común expectante. De su facilidad para escuchar y transcribir lo escuchado a espléndidas páginas que nos transportan tan lejos, y tan cerca.

También de Bruce Chatwin en ULAD: UtzColina Negra

viernes, 14 de noviembre de 2014

Nicholas Shakespeare: Bruce Chatwin

Idioma original: inglés
Título original: Bruce Chatwin
Año de publicación: 1999
Traductor: José Manuel de Prada Samper
Valoración: muy recomendable (imprescindible para fans)

Ante todo, me atrevo a solicitar un aplauso para el autor de este libro: hay que tener valor para desarrollar una carrera literaria en Gran Bretaña, con tal apellido (a ver quién se atrevería a hacer lo mismo en España apellidándose Cervantes o Quevedo). Esta circunstancia, además, supone una amable ironía: el biografiado aquí, el escritor Bruce Chatwin, contaba que de niño solía visitar a unas tías-abuelas en Stratford-upon-Avon y las acompañaba a la iglesia, donde él mismo mostraba la tumba de William Shakespeare a los soldados aliados. Justo es que luego otro Shakespeare nos haga de guía en la visita del "mausoleo" de Chatwin (aún más metafórico, puesto que no está enterrado en ninguna parte).

Pido otro aplauso, además, en reconocimiento a la labor titánica llevada a acabo para esta biografía. No sólo por la extensión resultante (603 páginas, más notas y fotos), sino por la dificultad inherente para llevarla a cabo, pese a la colaboración de la viuda del biografiado y los numerosos testimonios de amigos, amantes, colegas, mentores y conocidos del mismo... Porque la de Bruce Chatwin quizá no fuera la vida más azarosa de un escritor en el azoroso siglo XX, pero seguro que sí una de las más inquietas y poliédricas: nacido en una familia de clase media de las Midlands, durante la II G. M., después del colegio no pasó por la universidad, sino que entró a trabajar como mozo en la casa de subastas Sotheby's. Allí, gracias a su legendario "buen ojo", pronto se convirtió en experto en arte y antigüedades (y en cebo sexual para los clientes) y con veintipocos años frecuentaba lugares, personas y ambientes de los más granado de la "sociedad internacional". Cansado de esta ocupación y (supuestamente) enfermo de la vista, comenzó a viajar, y a los 25 dejó la empresa para estudiar arqueología en Edimburgo... actividad que también abandonó cuando iba a comenzar una carrera profesional en esta disciplina. Pasó a trabajar para el Sunday Times, primero como asesor artístico y luego como reportero, llevando a cabo entrevistas y artículos brillantes sobre distintos aspectos de la actualidad de los años 70... Empleo que también desecharía para viajar a la Patagonia y escribir luego un libro sobre el viaje que ya se ha convertido en un clásico del género. A partir de ahí, comienza una carrera literaria que le proporcionó un éxito fulgurante y un reconocimiento creciente, hasta su muerte en 1989.

Aparte de esta variada actividad en tan distintos ámbitos, Chatwin fue posiblemente uno de los culos más inquietos de su época y, si bien resulte exagerado considerarlo como un "nómada" (una de sus obsesiones), sí que es cierto que se pasó la vida viajando por buena parte de los rincones del globo, por motivos profesionales o por propia inquietud. Por no hablar de una vida social también de lo más variopinta (en las páginas del libro, encontraremos desde miembros de la high-society a pintores, escritores, antropólogos... o pastores africanos y guías pashtunes). Con lo cual, se comprende aún más la dificultad de biografiar una existencia tan agitada e intensa.

Y aún así, la biografía resulta de una prolijidad abrumadora, casi excesiva. De hecho, creo que esta exhaustividad provoca una cierta distorsión en la visión que nos ofrece N. Shakespeare del personaje: en ocasiones, se nos presenta como un tipo chismoso, mixtificador, promiscuo, excesivamente esteta, más dilettante que erudito, agotador... (desde luego, no es una hagiografía); aunque los mismos testigos son los que también nos hablan de su encanto, originalidad, talento, excepcionalidad... Y el propio Shakespeare, para ser justo, también recoge -dentro de lo posible, claro- los momentos solitarios de estudio, de frenesí, de frustración y de hallazgos que acompañan a toda creación literaria. y que quizás fueran los más intensos en la intensa vida de Chatwin. Resultan en especial interesantes los capítulos en los que se explica cómo iba recogiendo los mimbres para tejer sus libros y también este proceso, propiamente dicho. Así como la otra cara de la moneda de la literatura: la dolorosa elaboración de su primer y fallido título, La alternativa nómada; un fracaso que le acompañaría hasta sus últimos días.

En todo caso, una biografía inmejorable para conocer a un personaje fascinante y, sobre todo, a un escritor inclasificable, pero no por ello menos imprescindible, más allá de modas o reivindicaciones.

lunes, 10 de febrero de 2014

Bruce Chatwin: Utz

Idioma original: inglés
Título original: Utz
Traductor: Eduardo Goligorsky
Año de publicación: 1989
Valoración: Muy recomendable.

Para muchos, Bruce Chatwin fue un autor de libros de viajes, especialmente de uno, En la Patagonia, que sirvió para revitalizar el género, allá por los 70, y cuya fórmula, entre la minuciosa descripción objetiva y la observación subjetiva (e incluso íntima), ha sido imitada en infinidad de ocasiones. Bruce Chatwin se ha convertido, además, en la imagen icónica del viajero por antonomasia, del mochilero que ha estado en todas partes (literalmente) y ha dormido lo mismo en chozas o tiendas beduinas que en mansiones de la jet-set internacional.
Para otros, al menos en el mundo anglófono, Chatwin fue una figura literaria desaparecida demasiado pronto y, más aún, una figura social, que se codeaba con todo tipo de personalidades de la cultura, ya fuera la literatura, el arte o el periodismo…
Pero, sobre todo, y para lo que aquí nos ocupa, Bruce Chatwin fue un escritor deslumbrante, que es probable sólo llegará a mostrarnos un apunte de lo que podría haber dado de sí su talento antes de su temprana desaparición. Y, curiosamente, en mi opinión dio su mejor medida no sólo en sus libros y artículos sobre viajes, sino, ante todo, en dos de sus novelas, Colina negra y Utz. He escrito “curiosamente” porque para tratarse de un escritor que ha pasado a la posteridad como un viajero incansable, incluso excesivo en su inquietud (y que teorizaba él mismo sobre el nomadismo), estas dos novelas tratan sobre personajes que no se mueven en su vida, o muy pocas veces, de su lugar de residencia: la novela de la que habla esta reseña está protagonizada por Kaspar Utz, un barón checo de vago origen judío que en la Praga comunista se dedica a coleccionar figurillas y otros objetos de porcelana de Meissen. Con las que atiborra su exiguo apartamento mientras trata de torear a las autoridades del momento, que ven ese coleccionismo como una peligrosa desviación burguesa.
Con estos mimbres y con un narrador anónimo que acude a Praga interesado, en principio, en las legendarias colecciones del emperador Rodolfo, el autor traza una radiografía sobre la pulsión coleccionista (algo que interesaba sobremanera al propio Chatwin, que había trabajado en Sotheby's y padecido toda su vida el desgarro entre el ansia de despojamiento total, al que decía aspirar, y la irreprimible querencia esteta por los objetos de una belleza singular). Además, encontramos aquí el retrato de un personaje cuando menos ambiguo y esquivo, en todos los sentidos; una vindicación del individuo frente al totalitarismo cutre; una reflexión sobre la pervivencia de la cultura de la “Vieja Europa”, en medio del oprobio comunista (eso, entonces; hoy habría que preguntarse sobre su pervivencia en medio del oprobio turbocapitalista); una exploración de las raíces de esa vieja cultura, en ocasiones híbrida o, al menos, injertada de elementos sorprendentes. La idea del coleccionismo (y del arte en sí mismo) como un acto de idolatría y, por tanto, una blasfemia a la Divinidad. E incluso podemos encontrar en el libro una historia de amor, cuando menos singular.
Todo ello escrito en menos de 150 páginas, con una prosa de alta precisión y mientras el autor de la novela, gravemente enfermo, se estaba muriendo (y él lo sabía, claro); todo escrito, además, a partir de un par de semanas de estancia en Praga, repartidas a lo largo de 20 años... Puede que fuera una impostura, como algún crítico señaló cuando se publicó, pero es una impostura magnífica. A ver quien da más.


Otros libros de Bruce Chatwin en Un Libro Al Día: Colina NegraLos trazos de la canción


miércoles, 8 de mayo de 2019

María Gainza: El nervio óptico

Idioma: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Primera pregunta que se le puede ocurrir a quien tenga curiosidad por este libro, pero no tan claro si leerlo o no: ¿Se trata de una novela, como aparece en algunas sinopsis y reseñas, de un libro de cuentos, de autoficción o qué? 

Respuesta posible: El nervio óptico es una reunión de relatos escrito por la argentina María Gainza y que responden a un misma voluntad temática: todos ellos giran alrededor de alguna obra de arte pictórica, y, a partir de ésta, del pintor que la haya creado. Todos, además, están contados desde la perspectiva subjetiva de una narradora que parece ser la misma en todo el libro... o no -de igual manera que podría ser la propia Gainza, o no-; siempre se trata de una mujer aún joven, pero con ya bastante trayecto vivido, que se dedica a la crítica o al estudio del arte y que proviene de una familia acomodada, incluso patricia, pero venida a menos. Por tanto, si se considera cada capítulo como una narración independiente, sería un libro de relatos un tanto peculiar, pero si pensamos que la  narradora -y hasta cierto punto protagonista- es la misma en todos ellos, sí que podríamos considerar el libro una novela, incluso una partícipe de mi temida (¡ay!) autoficción.

Así pues, ¿estamos hablando de un libro de divulgación de obras de arte, un libro apara eruditos, una anecdotario sobre pintores? Pues de todo un poco, pero tampoco es nada de todo eso, en concreto. La/s narradora/s parte/n, ya digo, de obraas y vidas de artistas pictóricos, en ocasiones muy conocidos mundialmente -Courbet, Toulouse-Lautrec, el Greco- y en otras , poco más allá de las fronteras argentinas o hispanoamericanas para, desde ahí, enlazar sus observaciones y reflexiones al respecto con alguna historia que le haya ocurrido a ella , a alguien de su familia o amigos. Como explica ya en el primer relato, El ciervo de Dreux, "una escribe algo para contar otra cosa". Otra cosa, añado,  generalmente trágica o al menos triste, melancólica; no es un libro que, en general, irradie una alegría desbordante. agridulce, en todo caso...

Por otra parte, en la mayoría de los casos, aunque se hable de artistas "internacionales", sus obras a las que se hace referencia se encuentran en museos o colecciones privadas argentinas; en otros, son pintores de aquel país, que, al menos para mí me eran desconocidos hasta ahora (el pintor de batallas Cándido López, Augusto Schiavoni, Victorica...). También hay artistas que, pese a haber gozado de gran éxito en su momento, son considerados de segunda fila, por el tipo de pintura "de género" que realizaban: es el caso del pintor de cacerías, Dreux, el de ruinas Hubert Robert, el decorativista Sert - en este caso, la co-protagonista del relato es más bien su mujer, la extraordinaria Misia Godebska- o el exótico Foujita, retratista de gatos y mujeres.

Las asociaciones que hace Gainza entre la obra o el artista y la historia paralela que nos cuenta son en ocasiones obvias, como en el primer relato o en El cerro desde mi ventana -a partir de una obra de Henri Rousseau- o en Ser "rapper" (se refiere a un tipo de fantasma, no a Eminem y compañía... bueno, ya me entendéis); en otras, la conexión nos lleva por caminos más enrevesados y también más curiosos o sorprendentes... ¿Puede tener alguna relación Gustave Courbet con la película Le llaman Bodhi? Pues sí. ¿Rothko con una prostituta que ejerce en un hospital? ¿Toulouse-Lautrec con un dorodango, esfera perfecta que en la tradición japonesa se amasa con barro? ¿El Greco con los "pitucones", jóvenes que se consideran prometedores, pero también las coderas que se cosen en chaquetas o jerseys? Pues parece que también...

Tercera pregunta: ¿entonces, merece la pena leer este libro?

Pues yo creo que sí, sin duda. No sólo porque está estupendamente escrito, con un estilo cuidado y ágil a la vez, sino que además hay relatos que remiten a otros escritores excelentes, como el ambiente ominoso de Gracias, Charly, que recuerda al de algún cuento de su compatriota Mariana Enriquez o el muy "chatwiniano" Las artes de la respiración, sobre la pianista y musa de tantos pintores Misia Godebska y un supuesto tío Marion, epicúreo y decadente... (aunque , en realidad, la sombra de Bruce Chatwin sobrevuela todo este libro, tan centrado en el arte y en historias más o menos peculiares de gente sin duda peculiar). Pero, sobre todo, el libro merece la pena porque es una indagación, errática e inconcluyente, si se quiere (pero como no podría ser de otra manera), sobre los entresijos del destino y las vicisitudes del alma humana. O viceversa.


Otros títulos de esta autora reseñados en Un Libro Al Día: La luz negra

lunes, 25 de marzo de 2019

Ricardo Martínez Llorca: Eva en los mundos

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Está bien / Recomendable

Hemos asistido recientemente a manifestaciones y actos multitudinarios con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Dentro de esos actos, y centrándonos en el ámbito literario, se encontraba la reivindicación de obras y autoras tradicionalmente relegadas a un segundo (o tercer) plano. Algunas de ellas aparecen en este volumen en el que Ricardo Martínez Llorca traza pequeñas semblanzas de trece escritoras (en general) y cronistas (en particular), sin entrar a valorar, al menos en profundidad, los motivos de ese olvido. Ese no es el objetivo de "Eva en los mundos". 

Inicialmente, estas breves biografías, de unas 10 - 12 páginas cada una, aparecieron en revistas como Frontera D, entre otras. Es precisamente su origen o intención inicial, de la que se derivan por tanto estructura y extensión, lo que hace que generen sensaciones contrapuestas. Por un lado, poseen la extensión justa para no abrumar a un posible lector huérfano de referencias previas sobre las autoras. Por otro, quizá queden un poco "cojas" para lectores que deseen profundizar en vidas y obras, aunque quizá su objetivo no fuera otro que despertar la curiosidad del lector. 

Ahora, ¿quiénes son estas escritoras de las que Martínez Llorca habla con tanta admiración? ¿Quiénes son estas mujeres, cronistas de viajes exteriores e interiores, merecedoras en opinión del autor de formar parte de un Olimpo copado por hombres como Kapuscinski, Chatwin o Pérez Reverte (vale, lo de Arturo es broma)?

Encontramos aquí mujeres de diferentes ideologías, épocas y continentes, aunque siempre precursoras y rompedoras respecto a aquello a lo que inicialmente parecían predestinadas. Por ejemplo, la española Sofía Casanova, católica y conservadora, que fue una de las primeras corresponsales extranjeras en la Revolución Rusa. O la también española, aunque al otro lado del espectro ideológico, Carmen de Burgos, mujer pacifista, feminista, sufragista y, sobre todo, periodista de combate. 

Europa aparece representada en la rusa Marina Tsvitaeva, poetisa de vida trágica y dolorosa marcada por el exilio, quien nos legó sus diarios de escritura apasionada como testimonio de la vulnerabilidad humana. O por la suiza Annemarie Swarzenbach, quien apenas vivió 34 años de una tristeza y desolación infinitas. O la recientemente galardonada Svetlana Alexievich, cronista de la dignidad frente al absurdo irracional, cronista de la guerra no como batalla sino como territorio en el que habitan humillados, ofendidos y desamparados de toda laya. O Edna O´Brien, cronista de la sociedad rural irlandesa.

América trae a Martha Gellhorn, más conocida por su breve matrimonio con Hemingway que por sus austeras crónicas desde la línea del frente en España, China, Vietnam o Normandía. También conocemos a Joan Didion, cronista de la contracultura y del sueño americano que vio su vida y su obra partidas por el dolor y la muerte.

Por último, Hayashi Fumiko, primera mujer que entró en Nanking tras la conquista japonesa y encargada de hablarnos de las perpetuas heridas de guerra en su "Diario de una Vagabunda", y Helen Garner, cronista de tribunales que centra su mirada en seres en los que la autorepresión deja de funcionar, se encargan de representar a Asía y Oceanía, respectivamente. 

En fin, alguna se me queda en el tintero. Importa, sí. ¿Para qué voy a negarlo? El espacio es breve y vuestra paciencia finita. Afortunadamente, la chispa que Martínez Llorca pretendía encender ha prendido y la curiosidad se ha disparado. El viaje en compañía de estas mujeres comenzará en breve. Seguro. Espero dar cuenta de ello aquí.

También de Martínez Llorca en ULAD: Luz en las grietas y Después de la nieve

sábado, 23 de marzo de 2019

María Gainza: La luz negra


Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

Me habían recomendado con entusiasmo a esta escritora, y, a falta de leer su anterior obra, El nervio óptico (tranquis: próximamente en Un Libro Al Día), me puse con la última que ha publicado, de no menos sugestivo título, La luz negra. ¿Dictamen al respecto? Pues regulinchi, amigos de ULAD, lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario... Me explico: 

La novela está compuesta como una carrera de relevos entre cuatro personajes femeninos bastante intensitos -sale también algún que otro hombre, pero pintan poco... en este caso, de forma literal- o que, si se prefiere, conforman una especie de partida de póker, o de bridge, o de parchís, qué más da... de lo que sea que las obligue a mantener en tensión los hilos trazados entre ellas para sostener la narración. Ésta, contada en primera persona, corre a cargo de una joven sin oficio ni vocación que entra a trabajar en el departamento de autenticación y valoración de obras de arte de un importante banco, donde tiene como mentora a la legendaria Enriqueta Macedo, que la inicia no sólo en los secretos de su profesión, sino también en otros asuntos más turbios que la rodean. A partir de esta relación y una vez establecida en el mundo del arte, la protagonista-narradora se centra hasta la obsesión en otras dos figuras de mujer: la pintora de origen austríaco Marietta Lydis -personaje real, hay que decir- y su contrapartida o complemetaria, La Negra, mítica falsificadora y protagonista del ambiente artístico y alternativo argentino de los años 60.

Como se ve, la ambientación -los entresijos artísticos, las falsificaciones, el underground porteño- resulta bastante sugerente, los personajes interesantes y de gran presencia, y el tema de fondo -la búsqueda de un modelo a imitar o al menos de referencia, incluso una figura materna, por parte de una joven- puede dar bastante juego... ¿por qué he escrito antes, entonces, que el resultado  de todo esto es más bien regulero? En mi opinión, lo que falla es la tensión que ya he mencionado; no sé si por falta de la misma o por un exceso de ella, porque la escritora ha apretado demasiado las clavijas. Pero el caso es que la dialéctica (si se me permite el palabro) entre fondo y forma que condiciona toda narración se ve aquí descompensada, como la cuerda de un instrumento mal afinada o un manzana de apariencia perfecta que resulta, al ser mordida, estar fofa... Quizás el problema se encuentre en el formato o extensión del libro: se trata de una novela corta, que busca la condensación narrativa, cuando la historia que cuenta, o al menos en algunos momentos, lo que pide es dejarse ir, creo yo.

Pero tampoco quiero dejar la impresión de que esta es una novela fallida del todo; aparte del interés que suscita el argumento, ambientado en los aspectos más escondidos del mundillo del arte -también, parece, los relatos de El nervio óptico, pero bueno, su autora ha sido crítica de arte, justamente-, hay un par de aspectos de la misma que resultan de lo más interesante: por un lado, además de la narración directa, se utilizan formas más o menos originales para hacer semblanzas o relatos de algún personaje...el catálogo de objetos de una subasta, la transcripción de un juicio, los testimonios a la fuerza fragmentarios de una serie de ancianos...

Por otra parte (y esto reconozco que es una debilidad personal mía), en el libro hay una evidente referencia a Bruce Chatwin, no sólo porque se le nombra, en un momento dado, sino porque el escritor inglés también estuvo muy vinculado al arte y el coleccionismo, al haber tenido su primera ocupación en la casa Sotheby's -donde hizo una carrera meteórica gracias a su, se supone, legendario "ojo" para detectar falsificaciones-, además de que es un tema recurrente tanto en muchos de sus artículos periodísticos como en su novela Utz. Pero también hay un claro aire chatwiniano en algunos momentos de La luz negra, tanto por el interés por las biografías de personajes independientes, pero que se ven agitados por las turbulencias del siglo XX, como en la fascinación por los objetos y las historias que llevan aparejados. Cierto que la prosa de Gainza es más cálida, no está tan cincelada en frío como la del británico (puede que sea a causa de las diferencias entre idiomas), pero la relación no deja de estar presente, y para bien, en mi opinión.

jueves, 1 de noviembre de 2018

BIblio-Necrophiliac Quest 2018:


¡Feliz día de Todos los Santos y, mañana, día de los Fieles Difuntos a todo el mundo! Sabemos que muchos de nuestros lectores son unos empedernidos necrófi... bibliófilos y, sin duda, más de uno aprovecha sus vacaciones para visitar el Pére Lachaise, la abadía de Westminster o, aunque sea, el cementerio de La Almudena (vale, o La Recoleta), en busca de las tumbas de sus autores favoritos. Bueno, tampoco hace falta ser tan friki: en los suplementos literarios y en los blogs abundan, y más en estas fechas, los reportajes sobre los sepulcros de muchos escritores y escritoras que han honrado a nuestra especie con su presencia y obra (incluso el escritor holandés Cees Nooteboom escribió el libro Tumbas de poetas y pensadores). ¡Veamos si tanta información nos ha aprovechado realizando este rápido y divertido test, nuestro Biblio-Necrophiliac Quiz, sobre las últimas moradas de algunos/as muy insignes literatos/as!


Quien acierte todas las respuestas podrá participar en el sorteo de una fabulosa, aunque escalofriante, velada espiritista a cargo del Profesor Eggbá, sacerdote de la religión yoruba, reconocido sanador de todo tipo de enfermedades, incluidos el SIDA, el ébola, la alopecia y las hemorroides, experto en hechizos de amor, salud y trabajo, y célebre médium, intermediario en la comunicación con los muertos, a voluntad y bajo pedido... (ya sé que tal currículum resulta asombroso, pero si no te fías de un folleto que te dejan en el limpiaparabrisas del coche, ¿de qué te vas a fiar?).

Pues en palabras del, en cambio, inmortal Peter Pan: Here we go! Prohibido, eso sí, consultar la wikipedia o similares; no seáis tramposillos. Ni tramposillas... ; )

1- Venga, una facilita para empezar: ¿En que hermosa localidad mallorquina (perdón por la redundancia) se halla la tumba del escritor Robert Graves (perdón por otra redundancia)?
A/ Palma
B/ Calviá
C/ Deiá
D/ Magaluf

2- ¿Qué dejan sus muchos admiradores, según marca la tradición, en el sepulcro parisino de Oscar Wilde?
A/ Cartas de amor
B/ Besos
C/ Lazos de cintas arco iris
D/ Cajas de ansiolíticos

3- ¿Y sobre la tumba de qué famosa escritora lo que se deja son corazones formados con piedrecitas?
A/ Marguerite Duras
B/ Colette
C/ Barbara Cartland
D/ Patricia Highsmith

4- Ya puestos: ¿junto a la tumba de qué escritor, un pelín dipsómano, una figura misteriosa dejó durante muchos años una botella de coñac, en cada aniversario de su nacimiento?
A/ Edgar Allan Poe
B/ Malcolm Lowry
C/ Charles Bukowski
D/ Ernest Hemingway

5- ¿En la lápida de qué otro exitoso escritor podemos ver grabado un drakkar o barco vikingo?
A/ Stieg Larsson
B/ Michael Crichton
C/ Edison Tesla Marshall
D/ Jorge Luis Borges

6- ¿Qué famoso/a escritor o escritora está enterrado/a en plena naturaleza, al pie de un haya centenaria?
A/ Virginia Woolf
B/ Lev Tólstoi
C/ Isak Dinesen
D/ Bruce Chatwin

7- ¿De qué eximio autor, gloria de las letras de su patria, no estamos por completo seguros de dónde yacen sus restos (o al menos todos sus restos)?
A/ Miguel de Cervantes
B/ Fernando Pessoa
C/ William Shakespeare
D/ Todos ellos

8- ¿Y, en cambio, qué otro poeta, no menos insigne, dispone para su descanso eterno de dos sepulcros, dos (aunque sólo repose en uno de ellos, como es lógico)?
A/ Dante Aligheri
B/ Walt Whitman
C/ Reiner Maria Rilke
D/ Pablo Neruda

9- ¿En la tumba de qué gran escritor del género fantástico podemos contemplar una escultura que representa, precisamente, a ese autor saliendo de su propia tumba, cual walking dead ansioso por merendarse nuestros cerebros?
A/ Jules Verne
B/ H. P. Lovecraft
C/ Bram Stoker
D/ Richard Matheson

10- ¿Junto a la tumba de qué conocido/a autor /a de novelas detectivescas, situada en el no menos célebre Poet's Corner de Westminster, sus seguidores tienen permiso, por su cumpleaños y siempre que vayan vestidos como los personajes de sus novelas, a tomar el té con sandwiches de pepino?
A/ Arthur Conan Doyle
B/ Agatha Christie
C/ Michael Innes
D/ Esto es un INVENT como el Big Ben de grande, porque yo estuve en Londres de viaje con el insti y no recuerdo que ninguno de ésos estuviese enterrado allí...

Y para los obse... eruditos del tema, bonus extra, ya para nota:

11- ¿El cantante de qué mítica banda de heavy-metal intervino recientemente en la inauguración de una nueva lápida en la tumba del poeta, pintor y visionario William Blake, de quien es devoto admirador?
A/ Ozzy Osbourne, de Black Sabbath
B/ Bruce Dickinson, de Iron Maiden
C/ James Hetfield, de Metallica
D/ Jon Bon Jovi, de... vale, olvidémoslo

Las respuestas correctas, después de la preceptiva visita al tío Marcel:



Respuestas lúgubre y aproximadamente correctas: 
1-C/  2-B/  3-A/  4-A/  5-D/  6- C/ 7-D/  8-A/  9-A/  10-D/  11-B/

Valoración de los resultados:
De 1 a 3 aciertos: Reconoced que habéis seguido el mismo método que os sirvió para aprobar (a la cuarta vez) el examen teórico del carnet de conducir: poner las respuestas a boleo. Hala, venga, idos a comer huesos de santo o panellets, que os van a aprovechar más...
De 4 a 7 aciertos: Pscháa... podría estar mejor, sinceramente. Tiene un pase, pero pensad que con un cuatro, ni siquiera aprobaríais una asignatura de la ESO. Ahora bien, sí que podríais liderar un partido político español, así que no todo está perdido.
De 8 a 10 aciertos: ¡Enhorabuena: sois unos auténticos biblionecrófilos/as! Cuando hacéis un viaje lo primero que vais a visitar son las librerías y los cementerios; os gusta disfrutar de la paz de los camposantos leyendo y paseando entre sus tumbas... Vale, tenéis pocos amigos y además os llaman cada vez menos, pero cuando llegue el apocalipsis zombi ya veremos si logran rehuiros, ya... (a no ser que os toque ser zombis de ésos que van despacico, que entonces sí. Sorry).
11 aciertos: ¿Once? ¿En serio? Ejem... ¿No sois un poco raritos/as, eh? Y mirad que de raritos en este blog sabemos bastante. Por favor, dejad de leernos, no sigáis Un Libro Al Día... y si tratáis de contactar con nosotros os denunciaremos por ciberacoso. Hacedle un favor a la sociedad y acudid a un psiquiatra, o a un exorcista o lo que sea.  O mejor no salgáis nunca de casa... aquí tenéis una página web para que os vayáis entreteniendo; os prometo horas y horas de diversión:
https://www.findagrave.com/


martes, 7 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #2 Martín Caparrós: El hambre

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Hace unos años mantuve una pequeña polémica en Internet, protagonizada por Eduardo Galeano. En un lado del ring, los defensores a ultranza de su coherencia como escritor y persona. Al otro, quienes no soportaban su pose afectada y la pretenciosidad de algunos de sus escritos. Servidor, moderando, y comprobando que no faltaba razón a unos y a otros: Galeano parecía estar en posesión de la Verdad Única y Absoluta y algunas de sus obras, repletas de buenas intenciones, se hundían pretendiendo explicar cómo funcionaba la humanidad, y eran auténticos tratados de la visión sesgada y la omisión.
Luego, caí postrado al leer Las venas abiertas de América Latina
Perdonad, uno se olvida a veces que esto no es su blog personal.
Pero es que leyendo El hambre, y a raíz de algún comentario personal cruzado por mail con mis escasos pero incuestionables amigos del cono Sur, me ha venido a la mente la idea de si Martín Caparrós no es un heredero involuntario de ese testigo. En lo bueno y en lo malo. En lo didáctico y en lo dogmático. Periodista, escritor, cronista empecinado en retratar las miserias, las injusticias, escarbar en su origen y no parar hasta que son conocidas, que suele ser un buen primer paso para que sean resueltas.
Uno no puede evitar, leyendo este colosal ensayo de más de 600 páginas, pensar en quienes han estado ya allí. Directa o indirectamente. Hace días, alguien cercano hablaba de la crónica como algo que "ni fú ni fá". Pues miren, a sable o a espada: a mí me gusta mucho la crónica porque es un género en el que uno se encuentra literatura sin buscarla adrede, y, si no, se encuentra relato de experiencia personal que, por lo que sea, uno no va a tener ocasión de vivir, y bueno, o suficiente, es saber de lo qué pasa por ahí en función de testimonios que a uno le generen confianza. Kapuscinski, claro, y Chatwin, Bowden, Carrión, Villoro, Jordá, el último Halfon, nada despreciable el paquete, señores. Un buen escritor viviendo un momento único e intransferible. ¿O es que los preferimos colgando fotos de platos de comida en el Instagram?
¿Dije comida? De eso trata, claro, El hambre. Y en tan colosal extensión, en tamaño ensayo nos encontramos, claro, un aluvión de cifras que son necesarias para tomar perspectiva. Cifras pequeñas, claro: el dólar con veinticinco que es la renta diaria disponible de los, esa ya es una cifra grande, más de mil millones de personas que no comen ni saben si comerán mañana. Las menos de 200 calorías que el frío cálculo nazi reservaba a los confinados en el ghetto de Varsovia versus el enorme gasto diario del ejército USA que sería suficiente para erradicar el hambre. Todos los datos ayudan porque Caparrós sabe administrarlos sin agobiar al lector, que puede constatarlos pues salen de la FAO y organismos similares., y porque Caparrós los alterna con los brillantes resultados de sus expediciones aventurándose en localizaciones varias de nuestro planeta azul. Níger, Bangladesh, India, Argentina, entre otros emplazamientos en los que se enfrenta y reporta sobre esa miseria y esa perentoriedad y toma testimonios ante los cuales uno, la verdad, debería ser de auténtico mármol de Ferrara para no inmutarse ante tanta desesperación y tan aparentemente sencilla de resolver, por el  puro ejercicio de distribuir con cierta equidad la riqueza. Pero Caparrós nos muestra una y otra vez el absurdo de no lograrlo, y siguen aflorando cifras: el porcentaje de comida que, en el Primer Mundo acaba en la basura por los motivos más peregrinos (desde caducar en un rincón de la nevera hasta desechar partes perfectamente comestibles haciendo experimentos de creatividad gastronómica. Y podrá recriminársele alguna licencia estilística como una cierta propensión al abuso de la pausa dramática o esa curiosa ausencia de la coma en ciertas enumeraciones, pero es una cuestión muy nimia cuando todo lo demás es tan brillante, tan interesante, tan razonable y tan necesario que las casi 700 páginas se hacen cortas.

lunes, 10 de julio de 2017

Reseña + Entrevista. Ander Izagirre: Potosí


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Pues, por si no os habéis dado cuenta, voy a ponerme muy insistente en lo de declarar la crónica como uno de los géneros que veo con más futuro en la literatura. Los argumentos son variados y habrá quien los considere endebles, pero los veo de peso: la crónica no tiene un requisito de estilo tan elevado, pues depende mucho de lo interesante del contenido. Tampoco es tan exigida en la cuestión creativa, cuando la realidad empieza a ser tan crudamente superior a lo concebido por la mente humana. Y encima dispone de una coartada acorde a los tiempos que corren, con la falta de tiempo que nos acucia a muchos. Uno lee crónica y compatibiliza información, disfrute y hasta formación. Saber de otras partes del planeta o de otras partes de la sociedad en que vivimos. No es casualidad ese aluvión de programas televisivos en forma de reportajes donde asomarnos a la vida en otros entornos: compatriotas que se buscan la vida lejos de sus lugares de origen, experiencias profesionales de oficios arriesgados.
Por suerte, las opciones van aumentando, y las crónicas ya van superando el estereotipo de la bitácora de viaje o el reportaje periodístico y adoptando distintos cauces, y lógicamente el abanico de autores se enriquece, aunque haya que lamentar que algunos hayan desaparecido. Chatwin, Kapuscinski o Politkovskaia. Pero nos queda Alexiévich, Krakauer, Anderson, Aldekoa, Villoro, Carrión, muchos que olvido y algunos que espero descubrir en el futuro, como he descubierto a Izagirre presentado por la inquieta gente de Libros del KO, que ya me trajo a Fariña,  y he disfrutado de lo lindo. Con un texto bien estructurado y asequible, dinámico y elusivo de lo blandengue. Que arraiga en el pasado lo justo para enlazarse con el Galeano reivindicativo de Las venas abiertas de América latina, pero que se proyecta de forma contundente en el presente, para contarnos la historia de Alicia, otra de esas víctimas anónimas de todo el lodo que arrastra el proceso de colonización y descolonización. 
Todos conocemos la expresión vale un potosí. Pues Potosí es la ciudad de Bolivia organizada alrededor del enorme potencial minero de la zona. Explotación que ya empezó con el expolio de los metales preciosos (algún imbécil ha dicho que ese expolio fue compensado ampliamente con la aportación de los conquistadores: nuestra fe, nuestro idioma y nuestro sentido de la civilización) en los siglos XVI y posteriores, y que continúa hoy en día, cuando los metales que la zona minera alberga (estaño, por ejemplo) son explotados a destajo por trabajadores en condiciones precarias a las órdenes de compañías de intereses multinacionales sujetas a los vaivenes de los precios de las materias (vaivenes muchas veces predefinidos por turbios intereses especulativos, por necesidades de las cadenas productivas o por puras manipulaciones en los ciclos de demanda de éstas). Y toda esa economía local alrededor de esas explotaciones acompaña esa montaña rusa de contrataciones y despidos masivos, y qué mejor ejemplo que una mina donde generaciones trabajan y desgastan sus organismos en condiciones deplorables que son prácticamente garantía de severas afecciones físicas. Izagirre usa a esa niña obligada por las condiciones al trabajo para dibujar todo el panorama, un panorama demasiado complejo y rico en matices para destriparlo en una reseña. La clase de libros que fortalecen las convicciones de quien lo lea, a poco sentido común de que uno disponga, y la clase de libros (esto lo he dicho ya alguna vez, pero aquí es particularmente cierto) cuya lectura, sea por cabreo, indignación, confirmación de sospechas, etcétera, mejora a quien lo lee.

Y con un autor dispuesto a perder un ratito respondiendo alguna cuestión.


¿Esta clase de historias se buscan o le encuentran a uno?

Las historias no te caen del cielo mientras estás sentado en el sofá. El trabajo del periodista es salir a buscarlas. Luego es cierto que en esas historias, cuando les dedicas tiempo, aparecen asuntos inesperados, llamativos, interesantes, urgentes, que te hacen plantearte otros modos de trabajar: por ejemplo, pasar de un primer reportaje sobre una niña minera en el año 2010, a desarrollar todo un libro en 2017, porque esa niña es un personaje muy poderoso que rompe todos los moldes y que sirve para contar un mundo, el de las minas de Bolivia.
  
¿Qué piensa de ese establecimiento de vínculos emocionales ante tanto abuso y tanta injusticia? 

Que es inevitable, es humano y es el inicio del camino. La empatía te lleva a querer conocer las historias de los demás. Otra cosa es escribir: creo que Richard Ford decía que para escribir hay que tener una aguja de hielo en el corazón. No puede ser que las emociones te aplasten o te distorsionen demasiado la capacidad de observación.
  
¿Siente que condiciona el proceso creativo?

Por supuesto, pero es algo que hay que manejar, hay que acertar con las dosis: se necesita una implicación personal para interesarse por alguien, se necesita una distancia para escribir.

¿Se ayuda más con el teclado o con las manos?

Seguramente con las manos, pero hay que escribir como si sirviera. No se me ocurre otro modo de hacer lo poco que yo sé hacer.

¿Obtendrá alguna vez la crónica el lugar que se merece?

No sé cuál es ese lugar. No tengo ninguna queja especial con el lugar de la crónica.

Y si no lo obtiene en el peculiar mundo literario, ¿se reconocerá esa valiosa inducción a la reflexión?

Es que no entiendo muy bien cuál es el supuesto de esta pregunta –una falta de reconocimiento-, ni qué quiere decir lo del peculiar mundo literario. Solo sé que la crónica es una herramienta valiosa para contar la realidad, que por supuesto debe servir para menear un poco los pensamientos y las ideas. Si no hablamos de los mecanismos que producen las injusticias, de sus beneficiarios, si solo contamos escenas emotivas del sufrimiento, estamos haciendo un exhibicionismo de las víctimas que suele tener recompensa pero no sé si sirve para algo.


¿Alguna influencia no reconocible que quiera destacar?

No, no creo que deba ser yo quien lo haga.

En general, o aplicado a este libro, cuando se escribe sobre estas situaciones, ¿uno empieza a mirar más quien viene a su espalda? 

No sé si te refieres a que me ataque alguien que queda mal en el libro o algo así. Bueno, yo planteo unas críticas y unos argumentos. El debate es libre y me expongo a críticas y contraargumentos.

El periodista/escritor/cronista haciendo preguntas incómodas tras una mesa o abordando en la calle, ¿es el nuevo detective global? ¿Es el descubridor que empieza a sembrar las semillas de lo conspiranoico o simplemente va entregando piezas del puzzle?

No entiendo bien la pregunta. El trabajo del cronista es antiquísimo: cuenta realidades poco conocidas para sus lectores, intenta explicarlas de la manera más completa y atractiva posible, y si es bueno, consigue abrir algunas buenas preguntas y cuestionar algunas de las formas en las que se organiza el mundo.

¿Otros proyectos?


Sí, pero muy verdes aún 😊

miércoles, 10 de diciembre de 2014

John Williams: Butcher's Crossing

Idioma original: inglés
Título original: Butcher's Crossing
Año de publicación: 1960
Traducción: Luis Murillo Fort
Valoración: muy recomendable


Es de esperar que al descubrimiento de una gran novela de un autor siga cierta corriente de recuperación de sus obras. Más cuando se trata de autores en lenguas foráneas: aflorarán las reediciones, las nuevas traducciones, las puestas en contexto de su obra. Irremisiblemente, es tan triste como cierto que, en ese alejamiento del centro del éxito nos acabemos encontrando con alguna novela que nos decepcione.
En este caso, respecto al enorme impacto de Stoner, este Butcher's Crossing de título intraducido, cinco años anterior, es, claro, diferente. Pero ya sabemos de la capacidad narrativa de Williams; ¿cabe esperar otro personaje del mismo calado, o aquí nos enfrentamos a algo distinto, a otra historia narrada de otra manera? o preguntar directamente ¿es Butcher's Crossing tan bueno como Stoner?
No querréis que os conteste directamente y dejéis de leer justo aquí.
Para empezar, el registro de Williams aquí es distinto, Más áspero, menos considerado con las formas, un estilo de lirismo crudo, tan fríamente descriptivo que resulta perturbador. Butcher's Crossing es el pequeño poblado compuesto por unos pocos comercios, hoteles, burdeles y casas, que sirve de punto de partida a una expedición de caza financiada por Will Andrews. Una especie de osada inversión para la que se rodea, o capta, a varios especialistas: cazadores, desolladores: todos ellos acaban componiendo una especie de organización empresarial donde, en un descabellado cuento de la lechera, todos hacen cábalas a cuenta de una enorme manada de búfalos que Miller, que se auto-impone como comandante de la misión, recuerda haber avistado hace casi una década. Cuentan con sacar una auténtica fortuna de sus pieles, a cuenta de una peregrina moda de la época (chaquetas de piel de búfalo que todo el mundo quiere llevar).
En clave de puro western, la expedición -hombres, víveres, caballos, bueyes, carro- se encontrará en situaciones extremas, en ida, estancia, y vuelta. Son unos meses que sitúan a cuatro hombres al margen de la civilización de la que proceden, un período en el que la convivencia, con las lógicas desavenencias, se vertebra en torno a esa finalidad común. Aquí es fácil comprender por qué se compara a este Williams con Melville o McCarthy (la solapa le atribuye condición de eslabón perdido entre ambos), pero yo hablaría también de Homero, y emparentaría a Williams con obras descarnadas de Kenneth Cook o Bruce Chatwin. La dureza en la descripción de algunas de las escenas, las relacionadas con las cacerías que pasan a ser anodinas jornadas laborales, la magnífica tensión conseguida en los momentos de mayor incertidumbre, la sensación claustrofóbica que aporta el espacio abierto, el encuentro con la naturaleza cruel e inexplorada. Bastante alejada, esta historia de un  año en la vida de un joven estudiante, de la epopeya vital de Stoner. Sí: demostración de la versatilidad de Williams.
Porque la respuesta es sí: Butcher's Crossing es tan bueno como Stoner.

También de John Williams en  UnLibroAlDíaStoner

jueves, 6 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La lista de la compra

  • Chuches, chocolatinas y pipas Facundo:
Todo Mortadelo (y todo Bruguera), el gran Guillermo el Travieso, auténtico rey de Inglaterra; Los tres investigadores, Verne, Stevenson, Conan DoyleLas minas del rey Salomón... la felicidad, según Borges.


  • Salsa de tomate y ketchup:
Agatha Christie (sobre todo Miss Marple, la abuelita que nadie quisiera tener), El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux, Los crímenes de la Rue Morgue de Poe, Chacal de Frederick Forsyth...


  • Carne y pescado:
Vázquez Figueroa (el favorito en las bibliotecas de las cárceles, también), Stanislaw Lem,  La ciudad de los prodigios  (un prodigio, en sí misma), Cien años de soledad, claro... y Un día  en la vida de Iván Denisovich  (no pregunten por qué)...


  • Fruta y verdura:
El diablo sobre las colinas de Pavese, que me pilló en el  momento tonto. Qué hago yo aquí de Chatwin, que me abrió los ojos al mundo; Ficciones, de Borges, que me abrió los ojos a los libros; Los tíos de Sicilia  de Leonardo Sciascia, que me enseñó que la literatura podía tratar no sólo de lo literario; El barón rampante de Italo Calvino, que me enseñó que una novela podía ser perfecta, en fondo, en forma e intención. Y divertida y maravillosa…


  • Vino y licores:
            A partir de aquí y hasta la fecha, barra libre. Y que dure.