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sábado, 28 de enero de 2017

Mathias Enard: Habladles de batallas, de reyes y elefantes

Idioma original: francés
Título original: Parle-leur de batailles, de rois et d'éléphants
Año de publicación: 2010
Traducción: Robert Juan-Cantavella
Valoración: está bien

Como cualquier cocinillas aficionado sabe, a veces pasa que queremos elaborar un plato que se supone delicioso y para ello contamos con los ingredientes adecuados, seguimos las instrucciones de la receta al pie de la letra,respetamos los tiempos de cocción o lo que sea, etc... y aún así. el resultado, si ser incomible, no se acerca demasiado a lo que esperábamos. Para consuelo de los simples aficionados a los fogones, hay que recordar que esto le puede ocurrir incluso a los chefs de campanillas (o eso se dice); que un mal día lo tiene cualquiera, qué narices... 

Algo parecido puede que le ocurriera con esta novela corta al, por otro lado, sobradamente competente escritor Mathias Enard; contaba con una historia de partida de lo más sugerente: la posible estancia del genial artista Miguel Ángel en Costantinopla, en la primavera de 1506, para diseñar un puente sobre el Cuerno de Oro. Además, ingredientes suficientemente estimulantes y exóticos, tanto en lo que se refiere a la distancia histórica  (cinco siglos), como geográfica y cultural, pues la ciudad, aún no conocida como Estambul, en ese momento ya llevaba más de 50 años como capital del Imperio Otomano; "exotismo" que el orientalista de formación Enard conoce y maneja a la perfección, por lo demás. Sabores, olores y sonidos que desde Asia y África desembocaban en el Bósforo, bien diferentes de la tosquedad -se supone- reinante en Europa. El aderezo culto de la figura del poeta Mesihi de Prístina y, para ligar el guiso, una historia de pasión, traición y muerte que involucra a los principales personajes. Para evitar cualquier exceso barroquizante, Enard se decidió además por una técnica casi minimalista, uno diría que inspirada en la gastronomía nipona: capítulos cortos, tajos limpios, estilo sobrio, pinceladas de color de vez en cuando, pero con mimo y cuidado... por momentos, la novela recuerda en algo a la celebrada Seda, aun con un lirismo menos intrínseco y evidente, más bien externo a la historia que cuenta, si se quiere.

Caramba... ¿qué podía salir mal? Pues ni idea, pero me parece evidente que algo no salió bien del todo: la historia interesa en un principio, sí, pero al cabo de un cierto momento, pierde su fuerza, a pesar de que las andanzas del escultor florentino por Constantinopla se van haciendo más complejas (o se nos quiere hacer ver eso). La historia pasional, que, también debería ser el leit motiv que empuja la narración, queda deslavazada casi hasta el final y la ambientación, por fascinante que pudiera parecer en un principio, se ve algo maniatada, en mi opinión, por esa sobriedad que el autor trata de mantener a toda costa -y que en otros momentos funciona a la perfección, tampoco hay que negarlo-; el resultado es un plato... digo una novela algo sosa, con un sabor demasiado tenue, que se acaba leyendo más por su brevedad y su carácter anecdótico (aunque la visita de Miguel Ángel a la capital otomana sea, en principio, pura especulación), que por verdadero interés en la trama o en los avatares de los personajes. Y aún así, también es justo reconocer que el buen oficio de este escritor consigue que no se acabe viendo su lectura como un tiempo perdido, que haya momentos, a lo largo de toda la novela, de excelente literatura, que incluso al final, el lector (cuando menos, un servidor), sepa que, si bien no de modo inmediato, sí que acabará recordando este libro con cierta benevolencia, como una obra menor, fallida aunque no del todo -o no del todo lograda-, de un autor, por otra parte, de lo más interesante. Eso sí, también como una novelita que no da ni frío ni calor, que no es ni carne ni pescado... y eso que el emplatado también está logrado. Pero, lo siento, aquí falta chicha a la que hincarle el diente.


Otros títulos de Mathias Enard reseñados en Un Libro Al Día: ZonaBrújula

sábado, 21 de julio de 2012

Miguel de Cervantes: Los trabajos de Persiles y Segismunda

Idioma original: español
Año de publicación: 1617
Valoración: está bien

¡Cómo! ¿Una obra del ínclito, excelentísimo, ubérrimo Cervantes calificada solo con un "está bien"? ¿Una nueva herejía de estos desarrapados de ULAD? Pues sí, qué quieres que te diga. Y aun así creo que estoy siendo generoso, en atención a la importancia histórica de la obra y el autor, y a ciertas páginas muy especiales de las que hablaré más adelante.

Suele decirse (con bastante razón, probablemente) que el Quijote marca el inicio de la novela moderna. Y cabría pensar que el Persiles, publicado póstumamente, y escrito ya después del gran éxito quijotesco, continuaría esa misma línea del Ingenioso Hidalgo. No es así. El Persiles, como la Galatea, también de Cervantes, son novelas de géneros rigurosamente clásicos (novelas bizantina y pastoril respectivamente) y cuesta adivinar en ellas los rasgos (ironía, metaficcionalidad, complejidad simbólica de los personajes...) que alumbran al Quijote. Y sin embargo, era en estas obras, precisamente por su espíritu clásico, en las que Cervantes depositaba mayores esperanzas de alcanzar prestigio, inmortalidad y fama.

No es que en el Persiles falten aventuras para entretener al lector, sino todo lo contrario: las hay para dar y tomar. Como corresponde a la novela bizantina desde sus orígenes helenísticos, el argumento consiste en la lucha de dos amantes (Persiles y Segismunda) por reunirse y casarse y ser felices y comer perdices. Para ello, ocultos bajo los nombres falsos de Periandro y Auristela y fingiendo ser hermanos, emprenden una peregrinación a Roma durante la cual sufrirán (en sus propias carnes y en las de sus acompañantes) todo de tipo de infortunios: raptos, naufragios, enfrentamientos con piratas... En la primera mitad de la obra, situada en un norte de Europa mágico e irreal (el Persiles lleva por subtítulo "historia septentrional"), hay hasta hombres lobo y alfombras voladoras; la segunda mitad, situada en Portugal, España e Italia es más realista, aunque igualmente llena de aventuras "sin cuento", que diría el propio Cervantes.

Resulta curioso que una novela tan llena de acción resulte pesada; y sin embargo, es así. Es una sensación parecida a la que producen muchas películas de Hollywood, llenas de persecuciones y peleas pero que no consiguen atraparnos. Al Persiles, como a esas películas, le falta el interés de una trama central a la que se subordinen todos esos episodios secundarios de manera lógica y orgánica; le falta también una profundidad en los personajes que nos haga idenfiticarnos con ellos; en comparación con el Quijote, le falta también humor y un narrador con voz propia, elementos que siempre hacen la lectura más llevadera.

He hablado al principio (para dejar algo de suspense) de que había en el Persiles unas páginas muy especiales: me refería, obviamente, al prólogo y a la Carta al Conde de Lemos que encabezan la obra, páginas escritas por Cervantes muy pocos días antes de su muerte, cuando la sabía ya inevitable (había recibido ya la extremaunción, como cuenta en el texto), con una entereza, una serenidad y un sentido del humor conmovedores: "Tiempo vendra, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que se convenía. ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regozijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!".

Cuesta leer esta despedida de la vida sin emocionares; solo por esas páginas, merece el Persiles seguir siendo reimprimido, por los siglos de los siglos. Amén.

También de Miguel de Cervantes en ULAD: Don Quijote de la Mancha