Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable
Como ya nos tiene acostumbrados, Sorj Chalandon utiliza la escritura para expulsar los demonios internos que le persiguen tras años de periodismo en países en conflicto. Y hace bien, a tenor del resultado conseguido en sus obras.
En esta novela el autor trata de exponer los conflictos existentes a finales del siglo XX en el Líbano, zona que cubrió cuando ejercía como corresponsal del diario Libération. De forma parecida a sus anteriores novelas, Chalandon se pone en el papel del protagonista para narrarnos su visión de lo que sucede en los territorios en conflicto, ya sea en Irlanda con sus novelas «Mi traidor» y «Regreso a Killybegs» o en el Líbano como ocurre con ésta.
La novela empieza situándonos en medio de una revuelta en París, en el año 1974. En ella coinciden Sam (un emigrante griego bregado en múltiples luchas por defender sus ideales e hijo de judíos perseguidos por los nazis), Georges (un joven idealista que de inmediato ve en Sam un ídolo y un ejemplo a seguir, por lo que representa y lo que luchó en su juventud) y Aurore (una joven, pocos años más joven que Georges, también activista de izquierdas y actriz).
Situados los personajes, la novela avanza rápidamente y nos cuenta que, al cabo de un año, Georges, narrador absoluto de la historia (y alter ego del propio Chalandon), se casa con Aurore, abandonando la lucha en la calle para formar parte de una compañía de teatro donde Sam ejerce de director. Así, sus reivindicaciones pasan de la lucha en las calles a transmitir sus ideales a través del teatro, y se unen a las causas sociales reclamando y ampliando sus derechos, ya no únicamente en aspectos de ámbito internaciones, sino también en causas más locales, dando soporte a los sindicalistas que se manifiestan reclamando más derechos laborales.
Años después, sus vidas se reencuentran tras una visita de Georges al hospital, donde Sam está ingresado por cáncer de pulmón, y con un pronóstico que le situa en sus últimos meses de vida. Mientras Georges lamenta la poca relación que han tenido en los últimos años, Sam le explica que finalmente ha conseguido encajar las piezas para representar «Antígona» en el centro de las tierras en conflicto de Oriente Medio. Su intención es representar la obra con actores de todos los bandos implicados en el conflicto: chiitas, palestinos, cristianos, drusos, maronitas, etc. En ese estado de salud frágil, y sabiendo que no lo queda mucho tiempo de vida, Sam le pide que sea él el que se encargue de representarla, con el objetivo de parar, ni que sea durante unas pocas horas, la guerra existente, uniendo en un mismo espacio los diferentes bandos compartiendo una misma representación teatral.
Chalandon utiliza la idea de la obra de teatro para situarnos en el centro del Líbano y, con el viaje de Georges al Líbano, para tratar de convencer a los distintos actores, nos sitúa en el corazón de cada uno de los territorios en guerra exponiéndonos sus ideologías. La intención es buena y está bastante lograda, aunque una mayor profundidad en la exposición de las diferentes convicciones y algo más de contexto histórico le hubieran añadido algo más de trascendencia. Aun así, el propósito y el resultado son suficientemente buenos para tenerte atrapado entre polvo, arena, noches de insomnio entre disparos constantes y olor de pólvora buscando un objetivo.
En momentos que pueden recordar a Maouawad por la visceralidad de las emociones sentidas en países donde la violencia es una compañera más del día a día, Chalandon nos ofrece la mirada de la guerra a través de los ojos de quien llega a un territorio con la paz en su interior. El autor es hábil describiendo la situación, la angustia, la incomprensión. La dificultad en convencer a los diferentes actores y los problemas encontrados en avanzar y sobrevivir en el territorio es claramente el punto fuerte de esta emotiva historia y su punto más logrado. El retrato que hace de la guerra es sobrecogedor, en una tierra poblada de ejércitos de diferentes ideologías, donde bajo los ojos de uno es enemigo todo aquel que no simpatice por su causa.
Narrado a través de las propias vivencias, Chalandon revive su experiencia e intenta liberar los recuerdos que le persiguen después de ver con sus propios ojos la crueldad y miseria del conflicto. El autor nos habla de la guerra, de la que ocurre y también la que se intuye; la devastación de los pueblos, la muerte de los cuerpos y la desesperanza de los vivos, o de lo que queda de vida en ellos. La dificultad de encontrar un encaje que satisfaga a todos, aunque con que el respeto y la tolerancia a las demás religiones e ideologías sería suficiente premio ante tal desafío. Hay momentos realmente intensos en el libro, especialmente cuando nos encontramos en pleno conflicto y sufriendo con el protagonista. Sin ninguna duda, esa es la mejor parte del libro que, aunque le cuesta coger ritmo y continuidad, una vez lo consigue te atrapa irremediablemente. La sensación que deja esta obra es la de un tremendo vacío, tan vacío como lo es la esperanza de aquellos que, a su pesar, siguen anclados en el territorio sin un futuro esperanzador.
También de Sorj Chalandon en ULAD: Mi traidor, Regreso a Killybegs
En esta novela el autor trata de exponer los conflictos existentes a finales del siglo XX en el Líbano, zona que cubrió cuando ejercía como corresponsal del diario Libération. De forma parecida a sus anteriores novelas, Chalandon se pone en el papel del protagonista para narrarnos su visión de lo que sucede en los territorios en conflicto, ya sea en Irlanda con sus novelas «Mi traidor» y «Regreso a Killybegs» o en el Líbano como ocurre con ésta.
La novela empieza situándonos en medio de una revuelta en París, en el año 1974. En ella coinciden Sam (un emigrante griego bregado en múltiples luchas por defender sus ideales e hijo de judíos perseguidos por los nazis), Georges (un joven idealista que de inmediato ve en Sam un ídolo y un ejemplo a seguir, por lo que representa y lo que luchó en su juventud) y Aurore (una joven, pocos años más joven que Georges, también activista de izquierdas y actriz).
Situados los personajes, la novela avanza rápidamente y nos cuenta que, al cabo de un año, Georges, narrador absoluto de la historia (y alter ego del propio Chalandon), se casa con Aurore, abandonando la lucha en la calle para formar parte de una compañía de teatro donde Sam ejerce de director. Así, sus reivindicaciones pasan de la lucha en las calles a transmitir sus ideales a través del teatro, y se unen a las causas sociales reclamando y ampliando sus derechos, ya no únicamente en aspectos de ámbito internaciones, sino también en causas más locales, dando soporte a los sindicalistas que se manifiestan reclamando más derechos laborales.
Años después, sus vidas se reencuentran tras una visita de Georges al hospital, donde Sam está ingresado por cáncer de pulmón, y con un pronóstico que le situa en sus últimos meses de vida. Mientras Georges lamenta la poca relación que han tenido en los últimos años, Sam le explica que finalmente ha conseguido encajar las piezas para representar «Antígona» en el centro de las tierras en conflicto de Oriente Medio. Su intención es representar la obra con actores de todos los bandos implicados en el conflicto: chiitas, palestinos, cristianos, drusos, maronitas, etc. En ese estado de salud frágil, y sabiendo que no lo queda mucho tiempo de vida, Sam le pide que sea él el que se encargue de representarla, con el objetivo de parar, ni que sea durante unas pocas horas, la guerra existente, uniendo en un mismo espacio los diferentes bandos compartiendo una misma representación teatral.
Chalandon utiliza la idea de la obra de teatro para situarnos en el centro del Líbano y, con el viaje de Georges al Líbano, para tratar de convencer a los distintos actores, nos sitúa en el corazón de cada uno de los territorios en guerra exponiéndonos sus ideologías. La intención es buena y está bastante lograda, aunque una mayor profundidad en la exposición de las diferentes convicciones y algo más de contexto histórico le hubieran añadido algo más de trascendencia. Aun así, el propósito y el resultado son suficientemente buenos para tenerte atrapado entre polvo, arena, noches de insomnio entre disparos constantes y olor de pólvora buscando un objetivo.
En momentos que pueden recordar a Maouawad por la visceralidad de las emociones sentidas en países donde la violencia es una compañera más del día a día, Chalandon nos ofrece la mirada de la guerra a través de los ojos de quien llega a un territorio con la paz en su interior. El autor es hábil describiendo la situación, la angustia, la incomprensión. La dificultad en convencer a los diferentes actores y los problemas encontrados en avanzar y sobrevivir en el territorio es claramente el punto fuerte de esta emotiva historia y su punto más logrado. El retrato que hace de la guerra es sobrecogedor, en una tierra poblada de ejércitos de diferentes ideologías, donde bajo los ojos de uno es enemigo todo aquel que no simpatice por su causa.
Narrado a través de las propias vivencias, Chalandon revive su experiencia e intenta liberar los recuerdos que le persiguen después de ver con sus propios ojos la crueldad y miseria del conflicto. El autor nos habla de la guerra, de la que ocurre y también la que se intuye; la devastación de los pueblos, la muerte de los cuerpos y la desesperanza de los vivos, o de lo que queda de vida en ellos. La dificultad de encontrar un encaje que satisfaga a todos, aunque con que el respeto y la tolerancia a las demás religiones e ideologías sería suficiente premio ante tal desafío. Hay momentos realmente intensos en el libro, especialmente cuando nos encontramos en pleno conflicto y sufriendo con el protagonista. Sin ninguna duda, esa es la mejor parte del libro que, aunque le cuesta coger ritmo y continuidad, una vez lo consigue te atrapa irremediablemente. La sensación que deja esta obra es la de un tremendo vacío, tan vacío como lo es la esperanza de aquellos que, a su pesar, siguen anclados en el territorio sin un futuro esperanzador.
También de Sorj Chalandon en ULAD: Mi traidor, Regreso a Killybegs


