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jueves, 23 de marzo de 2017

Simon Wroe: El chef

Idioma original: inglés
Título original: Chop Chop
Año de publicación: 2014
Traducción: Sonia Tapia
Valoración: entre recomendable y está bien


Quien esto escribe ha tenido la fortuna de no vivir ninguna guerra (y, en realidad, ni siquiera hacer la mili); eso sí, he leído unos cuantos libros ambientados en tales circunstancias y, sobre todo, he visto "hondonadas" de películas bélicas, así que creo encontrarme en condiciones para identificar unos cuantos elementos característicos del género: honor, sacrificio, compañerismo entre individuos de orígenes diversos, solidaridad ante el enemigo común, despotismo e incompetencia de los mandos, humor cuartelero, testosterona a borbotones... y violencia, claro, el elemento que aglutina y da sentido (o sinsentido) a todo lo demás.

Teniendo en cuenta estas premisas, no dudo en adscribir a tal género la novela que nos ocupa hoy. De acuerdo, no se desarrolla en la selva de Vietnam o un lugar parecido, sino en un restaurante del londinense barrio de Candem. Y sus protagonistas no son un grupo de marines ni de lanceros bengalíes, sino unos cocineros, pero todos los demás elementos están presentes, incluyendo el estrés post-traumático o "fatiga de combate"... incluso el narrador resulta ser, como en tantas historias de guerra un tipo con menos cualidades marciales que sus compañeros pero que recoge lo sucedido debido a su formación y cualidades literarias: es decir, ejercería el mismo papel que Isaak Bábel en Caballería Roja (o, para entendernos mejor, el de Bufón en La chaqueta metálica o incluso ese otro pollo que Spielberg consigue hacernos despreciar en Salvar al soldado Ryan por su conocimiento de otras lenguas y su reticencia a asesinar soldados enemigos). En este caso el protagonista -narrador es Monóculo, un licenciado en literatura que entra a trabajar como pinche en el pub-restaurante Swan y es apodado así por sus inefables compañeros: Dave el racista, el impredecible Ramilov, el dubitativo Dibden o la hermosa y distante Harmony. Todos ellos comandados por el chef Bob, un auténtico virtuoso en humillar con imaginativo sadismo a sus subordinados, acostumbrados, por otra parte, a una relación profesional basada en los insultos y las burlas crueles (algo habitual en esos ambientes, al parecer).

Hasta este punto, la historia avanza sin demasiados problemas, como una novela de humor británico más o menos costumbrista y con un toque de negrura. pero he aquí que el señor Wroe decide añadir más ingredientes a su plato: faltas, remordimientos, redención, relaciones paterno-filiales, conflictos familiares, autoindulgencia, etc... hasta elaborar una "gloriana" (habrá que leer el libro para saber qué es eso... bueno, vale: se trata de un asado compuesto por diversas aves, embutidas unas en otras como una muñeca rusa) que amenaza con reventar por las costuras. Dicho de otro modo, y por seguir con las analogías culinarias: hay demasiadas frutas diferentes en esta macedonia o demasiados tipos de pescado en la bullabesa, para poder apreciar bien los distintos sabores. Y eso que la construcción de la novela es impecable, el estilo ágil y atractivo y los personajes, incluso los más secundarios, acaban por resultar entrañables. pero, de vez en cuando, también hay que dejar esponjarse al lector, como a los bizcochos. ¡Ah, porque la novela también habla bastante de cocina, claro! ; )

sábado, 11 de marzo de 2017

Jiro Taniguchi & Masayuki Kusumi: El gourmet solitario

Idioma original: japonés
Título original: Kodoku no gurume
Año de publicación: 1997
Traducción: Alberto Sakai
Valoración: recomendable


Fallecido recientemente, Jiro Taniguchi fue uno de los más destacados autores de manga -entendiendo el término en su sentido más amplio: cómic o incluso, como en este caso, lo que llamamos novela gráfica-; dotado de un estilo de dibujo elegante y detallado en grado sumo, muchas son sus obras destacadas, pero quizás llame la atención, por su originalidad y su argumento en principio sencillo, hasta el punto de poder parecer extravagante, El gourmet solitario, realizado junto con el guionista Masayuki Kusumi.

El argumento, ya digo, resulta en apariencia de lo más simple, y además redundante: este manga consta de 18 capítulos que tienen como único protagonista al señor Inokashira, un comerciante autónomo de piezas decorativas de importación que trabaja solo y por ello visita también solo a sus clientes o hace otro tipo de gestiones, por diferentes lugares de Tokio y de Japón. Cuando le aprieta la gusa, come allá donde esté y en los establecimientos que tiene a su disposición. en algunos casos son restaurantes, en otros, puestos callejeros, snack-bars o incluso, una noche que está trabajando a su oficina, baja a un súper 24 horas  a comprar víveres... el resultado es que se pone tibio, el amigo Inokashira. Porque el hombre es un verdadero gourmet: se pega sus buenas panzadas y es de lo más tiquismiquis a la hora de combinar esto con lo otro, según los parámetros de la gastronomía japonesa (más allá del sushi y los fideos yakisoba, que también, encontramos mamekan dulce de judías, yuba fresco al estilo de Kioto, donburi de anguila, shumai chinas, takoyaki de pulpo, gyoza o empanadillas... y muchas delicias más que hacen la boca agua a cualquier incauto lector de este manga *). Por lo general, hay que decir que queda bastante satisfecho de cada comida.

Claro, que nuestro protagonista no sólo come: también observa y mucho: los ambientes, las personas que se encuentra, los cambios que ha experimentado el lugar en el que se encuentra, recuerda momentos de su vida -de la que apenas se nos dan datos, en un principio-; además, se mete en situaciones comprometidas o simplemente embarazosas (también es cierto que para un japonés este adjetivo abarca un abanico muy amplio), disfruta en determinados ambientes y se tensa en otros... en definitiva, nos ofrece un panorama bastante completo de los pensamientos y sensaciones que puede llegar a experimentar un individuo viviendo momentos tan normales como pasear por un barrio o ciudad desconocida y comer fuera de su casa. Situaciones nada extraordinarias pero que, al encontrarnos solos, en cierta forma nos obligan a recolocarnos en el mundo, a tomar partido por una opción vital u otra, aunque sea tan sólo las de entrar a comer  en este o el otro local, atrevernos con un menú al que no estamos acostumbrados o entablar conversación con las personas con las que compartimos la barra del bar. Puede parecer una sarta de banalidades y quizás lo sean, pero el caso es que la maestría de Taniguchi y Kusumi logran que al finalizar el libro, tengamos la sensación de haber leído una obra llena de sentido y profundidad, una auténtica novela, que, como todas las buenas obras literarias, nos enriquece y hacer reflexionar sobre nosotros mismos, sobre el mundo, sobre la vida.

Hay una segunda parte, de los mismos autores: Paseos de un gourmet solitario. Ambas tiene también una evidente relación con otra obra de Taniguchi: El caminante.

* Para quien esté más interesado en el aspecto gastronómico del libro, dejo este enlace (aquí) de un revista que publicó una cena gastro-cómic-emotiva realizada en un restaurante japonés y basada en esta obra, claro.



viernes, 31 de octubre de 2014

[Libros y comida] John Lanchester: En deuda con el placer

Título original: The Debt to Pleasure
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1996
Valoración: Muy recomendable



Todavía me dura la sonrisa, y eso que voy a hablar de un libro siniestro cuyo inocente aspecto puede confundir incluso a algunos de los que han llegado hasta el final. No digamos a aquellos que han transitado por las primeras páginas y –quizá– encontrado insustancial lo que cuentan. Por ello, creo imprescindible advertir a quienes ni siquiera lo han tenido en sus manos que no se dejen engañar por la superficie. Puede que su protagonista no haya roto nunca un plato en el sentido literal del término, y doy fe de que ha manejado una gran cantidad de ellos a lo largo de su vida, pero convendrán conmigo en que la gente ejecuta acciones mucho más deleznables que destrozar la vajilla. Y disculpen que en este momento no considere oportuno enumerarlas.

La discreción es un requisito fundamental a la hora de comentar esta novela, hasta el protagonista advierte en el prólogo de que la mayor parte de nombres y lugares son supuestos. A mí, la verdad, me encantaría explayarme, analizarla en todos sus aspectos (y lo haría si creyese que todos ustedes la han leído ya), pero no tengo intención de destripársela. Como digo, con el pretexto de ofrecer una colección de comentarios sobre gastronomía contiene muchísimas capas, pero, adelanto: hace falta una lectura atenta, no solo para examinarlas todas, incluso para entender qué es, realmente, lo que nos está contando su autor.

Además de su exquisita sutileza, En deuda con el placer se caracteriza por ser una novela híbrida, un texto que se alimenta de otros géneros. El más evidente, guía para cocineros y gastrónomos, también resulta más que discutible pues, con la excusa de la obviedad de lo que falta, presenta recetas a medio elaborar, además de largas y numerosas digresiones que descentrarían a cualquier cocinero en ciernes; y ante todo, no es seguro que puedan tomarse en serio (ni eso ni nada de lo que cuenta, luego veremos por qué). En definitiva, utiliza a su manera –y a pesar de estar dividido en menús apropiados para cada estación– un formato fundamentalmente autobiográfico que salpica, no solo con los consabidos comentarios sobre comida y bebida sino con numerosas anotaciones sobre diversos campos de la cultura y con los fragmentos de un irónico ensayo sobre cuestiones éticas (que para hablar con propiedad deberíamos denominar antiéticas) y es lo que aporta verdadera entidad a la obra.

Se trata pues de un relato centrado exclusivamente en el narrador y personaje principal, Tarquín Winot, un temperamento contundente. Conocemos detalles de su infancia inglesa, relativamente acomodada con oscilaciones de fortuna debido a la excentricidad de sus padres, y de la relación con su hermano mayor, artista precoz y talentoso fallecido poco antes. Le vemos, ya afincado en Francia, crecer ante un lector testigo de sus misteriosos y hedonistas tejemanejes. Al presentarse como un orgulloso degustador de delicias gastronómicas tan vanidoso como simple, consigue enternecernos, aunque solo en las primeras páginas. Claro que quien logra este efecto es, por descontado, Lanchester, el marionetista que mueve los hilos con toda la ironía de que es capaz, que es enorme. Él es quien nos convence de la ingenuidad de Winot, también el que, hábilmente, va desenredando la madeja. Por eso, a medida que avanza la trama, comprendemos que nuestra sonrisa nace de su habilidad y su retranca, en cambio, las maniobras de su criatura maldita la gracia que tienen.

Decía que el protagonista lo invade todo. No hay muchos más personajes: los padres, una estudiosa de arte y su marido, la doncella y el criado de sus padres. Estos últimos, y sobre todo Bartholomew, el hermano de Tarquín –sombra que planea sobre lo narrado, invadiéndolo todo, apropiándose en cierta forma de los hechos– contribuyen a modificar la personalidad del que narra mostrándolo a los lectores bajo una óptica completamente distinta.

Doscientas páginas. Llenas de chispa al principio, apasionantes a medida que vamos leyendo, divertidas siempre, que dan que pensar. Aunque –y esto no es un reproche, al contrario– nos abandonan demasiado pronto, en el punto culminante de la historia.

martes, 28 de octubre de 2014

[Libros y comida] Colaboración: El perfeccionista en la cocina de Julian Barnes

Idioma original: Inglés
Título original: The Pedant in the Kitchen
Año de publicación: 2003
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: Recomendable

¿Cómo reseñar un libro que hace de la lectura un momento de encuentro, intimidad, identificación y buen humor y sin embargo no devela ninguna novedad ni porta un valor literario indiscutiblemente alto? ¿Qué decir de un texto amable, que nos lleva de la mano, nos instruye y nos divierte, recrea nuestra imaginación y también nuestro paladar, pero al finalizarlo lo sentimos de todos modos prescindible? Veamos.

Julian Barnes nos regala en esta obra la narración del recorrido que su afición de cocinero doméstico le ha dado la oportunidad de realizar. Descubrimos así un aspecto simpático del renombrado escritor, que se posiciona ya desde el título como un exponente particular de esta actividad: un pedant —que el traductor transformó en perfeccionista en un intento poco eficaz de reflejar esa actitud entre pretenciosa y obsesiva al detalle que el autor relatará—. Así es entonces que describirá los avatares por los que transitó su experiencia culinaria, enumerando las dudas, los complejos y las confusiones a que dio lugar la búsqueda de instrucciones certeras en manuales, recetarios y libros de cocina... y no encontrarlas.

Es este punto de vista el que opera a lo largo de todo el texto como generador de situaciones desopilantes, por ejemplo divertidas disquisiciones acerca de cuáles son los límites que debemos ponerle a nuestra autoexigencia como intérpretes de una receta, o qué cantidad y tipos de libros de cocina deberíamos poseer.

Barnes nos sorprende con un nivel de conocimiento e información sobre el tema increíblemente vasto, especialmente acerca de publicaciones clásicas y de importancia histórica. Se permite mostrar que esta práctica lo ha llevado a entablar una especie de relación personal con los autores de los libros de cocina más tradicionales, llevándose mejor con unos que con otros, y confiando en cada cual según el plato que preparará. Los critica, los compara, los compensa, analiza su personalidad de acuerdo a cómo tratan al lector, y obviamente todo esto resulta enormemente entretenido.

Los capítulos se suceden haciendo foco en los tipos de platos, en la manera de comprar mercadería o en los tiempos que llevan distintos preparados, por nombrar algunos de los tópicos en los que Barnes se detiene, y cada uno es abordado con frescura y erudición variada, pero siempre con buen ritmo y gusto.

El libro finaliza sin más, dejándonos casi iguales, quizá con ganas de cocinar, y tal vez con la certeza de que volveremos en el futuro para reencontrar alguna sonrisa. Puede que sea un texto ideal para salir de una lectura fuerte o mientras esperamos una nueva y atrapante ficción. Eso sí: lectores completamente desinteresados en la cocina, abstenerse. Los demás están invitados a pasar un buen rato.

Otros libros de Julian Barnes en ULAD: Aquí

Firmado: Mr. io.

jueves, 25 de abril de 2013

Bee Wilson: La importancia del tenedor

Idioma original: inglés
Título original: Consider the Fork. A History of Invention in the Kitchen
Ilustraciones: Annabel Lee
Año de publicación: 2012
Valoración: muy recomendable


Nos guste o no cocinar y pasemos o no mucho tiempo en la cocina, es indudable que ésta es una de las estancias más importantes de una casa. Puede ser sólo el lugar donde se preparan y guardan los alimentos o también donde los miembros de una familia se reúnen para comer, pero lo cierto es que nunca le prestamos demasiada atención. Ni a la estancia ni a lo que hay en ella. No nos importa cómo ni qué se cocinaba hace décadas ni hace siglos y, sin embargo, los utensilios utilizados para ello son imprescindibles para entender qué y cómo comemos –y cocinamos– hoy en día.

Quien sí se preocupa por este tema es la historiadora Bee Wilson, experta en estudiar diversos aspectos de la alimentación, como ya ha demostrado en sus obras Sandwich, The Hive: The Story of the Honeybee and Us y Swindled: From Poison Sweets to Counterfeit Coffee - The Dark History of the Food Cheats. En esta ocasión, Wilson da un repaso a la historia de los utensilios necesarios para cocinar y comer (tenedores, cucharas, frigoríficos, cocinas, microondas, medidores, fiambreras, peladores, ralladores, hornos...), la cual es, a la vez, la historia de nuestras sociedades y de muchas de nuestras costumbres.

Desde el más delicado cuchillo para la mantequilla al tou chino, de las ollas a los hervidores de arroz, de la cocina de carbón a la vitrocerámica... Todo es objeto de estudio para la autora y, gracias a ello, descubrimos cómo el uso de los cubiertos cambió la anatomía de nuestra mandíbula, cómo la evolución de las cocinas ha tenido un papel importantísimo en la progresiva desaparición del servicio doméstico y cómo los avances en las técnicas y utensilios para la conservación de los alimentos han influído en nuestra salud e, incluso, en la economía mundial.

Puede que La importancia del tenedor no aclare todas nuestras dudas sobre los objetos que utilizamos a diario para alimentarnos, pero sin duda nos aporta muchísima información al respecto. Este libro resulta, además, una obra amena, divertida y llena de curiosidades que harán las delicias de cualquier aficionado a la cocina (tanto al que le gusta cocinar como al que únicamente le gusta comer) y que nos dejará con las ganas de hacernos con otra de las obras de la autora.