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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Shintaro Kago: Novia ante la estación y otras historias

Idioma original: Japonés
Título original: 駅前花嫁
Traducción: Marc Bernabé
Año de publicación (del volumen): 2000
Valoración: Delirante

Novia ante la estación y otras historias compila catorce cómics breves (y un suplemento especial) del mangaka Shintaro Kago. Los cómics, salvo dos inéditos, fueron publicados originalmente entre los años 1998 y 2000.

Casi todos me han gustado. Además de tener el sello inconfundible de Kago (su iconoclastia tanto visual como temática, su predilección por el eroguro, sus juegos con el lenguaje del noveno arte, su humor...), se sienten bastante inspirados. 

Destacaría especialmente "Cajones ante la estación", "Grifos ante la estación" y "Piromanía ante la estación" por llevar hasta las últimas consecuencias sus premisas y conceptos, y "Excavaciones ante la estación" por la idea bizarra  en torno a la cual se articula. 

Asimismo, debo alabar el talento gráfico de Kago, ya que el nipón es capaz de comunicar con absoluta solvencia cosas de lo más descabelladas: desde los extravagantes mundos de "Reflejos ante la estación" y "Laberinto ante la estación", hasta la estandarización del formato y número de viñetas por página en "Cuadriculación ante la estación" y "Partículas ante la estación". 

Resumiendo: Novia ante la estación y otras historias deleitará sin duda alguna a los aficionados de Kago, quienes hallarán aquí el cóctel de horror, absurdo, bizarro, violencia, sexo, delirio, escatología, humor negro, crítica social, experimentación visual y juego metaliterario que tan famoso han hecho a este autor. Por otro lado, huelga decir que tanto lectores alérgicos al desmadre como moralistas de toda ralea deberían abstenerse de acercarse al genial mangaka japonés.


También de Shintaro Kago en ULAD: Aquí

martes, 1 de septiembre de 2026

Reseña Bipolar. Fernando Bonete: La hija del Fénix


Idioma original:
español

Año de publicación: 2026

Valoración: rancio

Si no conociera a Fernando Bonete...

Hubiera leído La hija del Fénix hasta la página 45 o 50, y abandonado entonces, ya algo desganado porque lo de la novela histórica no es lo mío, ni siquiera me habría dado la curiosidad como para interesarme sobre el enlace entre los dos pinturas que preceden al texto, cosa que ya, más o menos, la sinopsis se hubiera encargado de desvelar. Seguramente, tras una mirada bastante fugaz a la semblanza del actor, hubiera pensado otro más que se va a dedicar a la novela histórica. En cualquier caso, como son libros que suelen estar confinados a las mesas de las librerías de Planeta o de grandes superficies, difícil que me cruzara con este género y que coincidiera  encima el autor. Chao pescao.

Pero conozco a Fernando Bonete...

Que, claro, ha publicado esta novela, y en Espasa (subsidiaria de Planeta con firmas como Risto Mejide en su nómina) porque en su vida paralela como bookstagramer, o cómo narices querráis llamar a eso, alcanza ya cerca de setecientos mil (o 700 K) seguidores, muchos de ellos, meros curiosos, claro. Pero alguno seguirá sus recomendaciones a pies juntillas, y acumulando cientos de comentarios en sus posts (alguno de ellos, por lo de diversificar, hablando, lo juro, de los cinco mejores pasodobles, o las cinco películas más tristes) y elevado, con contratos publicitarios de por medio, las cursillas son mías, a la cima de la divulgación cultural conseguida, eso sí, por sus méritos, muchas veces con la burda estrategia de esconder la portada del libro hasta el final del reel, y a ser incluso saludado por los monarcas españoles, en una de esas extrañas y protocolarias recepciones. Desprende una imagen de yerno perfecto y dedica esta, su primera novela, a su familia, cómo no, no hay sitio alguno a referencias perniciosas. 

Claro que algún escéptico dirá que es que le tengo (o le tenemos, aquí somos asamblearios, argh, incluso en eso) envidia. Bueno, nosotros enseñamos la portada de buenas a primeras, y la valoración va pronto, no hay suspense que administrar, pues tanto no nos obsesionan ni los seguidores ni las visitas. Puede que pienses, Fernando, si nos lees, pero esto es una conjetura, qué pringaos que no monetizan, pero nos gusta la independencia (aclaro, la del blog) y no tener que rendir cuentas.

Bueno, centrémonos: lo del libro. Diría ya, a costa de mi última expresión: rendir cuentas ante el Altísimo. Porque la característica principal de La hija del Fénix es el rigor con el que Bonete* afronta el lenguaje, recargadísimo de toda clase de expresiones arcaicas, especialmente, justificado, en las especulaciones de diálogos o correspondencia, pero, injustificado, cuando, en varios momentos, el narrador aclara relatar desde un periodo más cercano a la actualidad y no al del siglo XVII en que se desarrollan los hechos. Esa es una primera y sustancial barrera, ya no las eternísimas últimas treinta o cuarenta, sino todas y cada una de las trescientas ochenta páginas del libro, que sufren de ese lenguaje impostado e incómodo, que seguramente el autor ha documentado, y al que no ayuda para nada su gusto por las frases eternas, su tendencia a barroquizar no solo lenguaje, sino construcción. Y creo que en el subgénero elegido para su puesta de largo, que es la novela histórica con aires eventuales de folletín, la legibilidad debería ser una premisa. 

Y no: esta biografía de una hija ilegítima de Lope de Vega que se confinó, por tal condición, en un convento y se dedicó a escribir, quedando mucha de su obra reducida a cenizas, mientras Lope de Vega seguía saltando de cama en cama (a pesar de su sacerdocio) y mendigando a la nobleza madrileña dinero, o favores, para poder mantener a su familia - a la suya y a todas las que eran obra de su inmensa tarea de fecundación - como novela resulta ser una mera exhibición bastante onanista. En algún momento Bonete pretende intercalar algún mensaje ligeramente reivindicativo, pero el encarcaramiento de su prosa lastra de forma absoluta cualquier tímida intención, oculta entre tanto ornamento, tanta ampulosidad, es tal la necesidad de mostrar lo mucho que ha investigado, que ha trabajado, que se ha documentado, que la novela se desmorona donde estas novelas deberían remontar: cautivando al lector, empujando a seguir.

En fin: Fernando Bonete ha elegido (a tenor de su bagaje lector entiendo que pudo manejar otras opciones) lo que es provechoso económicamente: ser un nuevo Pérez Reverte. Dice, en algún momento, que para atreverse a escribir se ha de haber leído mucho (Markson dijo que mil quinientos libros leídos por uno escrito: echad cuentas). Venderá unos miles, por supuesto. Su figura seguramente crezca, e incluso algún incauto le procure rendidas alabanzas, pues hay que encontrar salvadores de la literatura y nos conformamos con poco. Sus siguientes pasos puede que sean recomendar los estantes en que - tan ordenaditos - guarda sus libros, o quizás aconsejar el tono del estampado de sofá o de cortinas que mejor combinen con ellos. 

Una broma muy privada sería decir que es el Emilio Aragón de los prescriptores, si bien esto ya poca gente va a pillarlo. Pero es que es justo eso.

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 * No me quedaré con las ganas de parafrasear a Jarvis Cocker y decir I am not Fernando Bonete though I have the same initials.