sábado, 30 de abril de 2016

Patrícia Soley-Beltran: ¡Divinas!

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable para interesados

No me gustaría ser malinterpretado. El "recomendable para interesados" es el mínimo que debería exigírsele a un ensayo (más cuando se etiqueta como Premio Anagrama) si de lo que se trata es de dirigirse, de forma general, a un público no especializado. 
Uno lee ensayos porque los temas tratados suscitan interés o porque el autor es capaz, con su prosa y su estilo, de hacer que nos interese cualquier cosa de la que hable (me ha pasado con David Foster Wallace y las ferias de ganado). Pero hay que ser conscientes de que un texto ha de salvar el obstáculo de la especialización, del léxico propio de ciertos ámbitos profesionales, si quiere acceder a eso tan abyecto pero tan aplastantemente lógico del "todos los públicos". Y creo entender que ese título, ¡Divinas!,  y esa temática (el mundo de las modelos) son tan del dominio público que no podemos excluir a casi nadie. Con lo cual se piensa que el morbo está servido y que nos enfrentaremos, como si de Naomi Klein se tratara (o lo que Michael Moore solía ser), a un texto con algún tono de denuncia, sea esta solemne o sarcástica, con alguna pretensión seria de exponer situaciones y lograr que estas nos impacten. Pero este libro está demasiado cerca de ser una tesis doctoral. O de ser una simple exposición, siguiendo los cánones del ensayo, en las que se nos convence de unas cuantas cosas. Bastantes de las cuales intuimos. Como que las modelos, en su mayoría, son soldados de reemplazo al servicio de industrias como la moda o la cosmética salvo en célebres pero aislados casos en que acceden al estado de iconos globales. Patrícia Soley-Beltran insiste constantemente en su fortuna de haber vivido a los dos lados; como modelo en su día (una de las imágenes más emblemáticas de su carrera ilustra la portada), ahora como socióloga formada en Edimburgo que analiza ese fenómeno.
Yo no le pido a la autora que muerda la mano que le dio de comer. Pero todos los amagos acaban quedando en nada. Las modelos sufren y son obligadas, incluso en edades muy tempranas, a tristes existencias entre la soledad de suites de hotel y su presencia "decorativa en eventos". Los estándares aceptados y promocionados por la industria se concentran en un tipo determinado y se confina los demás a una cuota compensatoria de exotismo. Se las entroniza como triunfadoras a costa de sufrimiento y sacrificio físico y no se cuida su formación intelectual y la proyección de su futuro personal una vez acabadas sus cortas carreras. Se incentiva una falsa competencia o enemistad entre ellas por el cotizado cetro. Repito: muchas de esas cosas ya las suponíamos. Solo que verlas concentradas en un ensayo de más de 200 páginas me hacía albergar alguna esperanza de apelar a alguna reacción. Lejos de eso, Patrícia Soley-Beltran, que es socióloga y no periodista de investigación, evita todo sensacionalismo y da constancia de esta situación. También, enlazando con alguna otra obra suya, dedica ciertas páginas a hablar de la ignorancia casi premeditada de los medios hacia lo transgénero.
Uno espera que, como ensayo (supongo, no el primero) de una situación social todavía muy presente (quien no ha oído historias de cazatalentos que han abordado a adolescentes a la salida del colegio o en la cola del cine, enamorados de rasgos y diseñando prometedoras carreras), la perspectiva sea incisiva y no pudorosa y respetuosa. Hay modelos que han muerto y hay adolescentes que han enfermado y se han trastocado en esa dura competencia consigo mismas de emular a las Crawford, McPherson, Turlington, Moss, Lima, Bündchen, et al). Un ensayo que no hace más que constatar la grandeza del enemigo y la dificultad de cambiarlo o abatirlo, sin plantear qué posibilidades hay de cambiar esa cruel situación, me parece, como mínimo, una oportunidad perdida.

viernes, 29 de abril de 2016

Paul Smaïl: Vivir me mata

Idioma original: francés
Título original: Vivre me tue
Traducción: Ana Labra y Cristina Abril
Año de publicación: 1.997
Valoración: Recomendable


Hay clásicos por los que, como se dice comúnmente, no pasa el tiempo, y otros muchos libros que se han quedado viejos, quizá tuvieron su momento de gloria, pero los años han terminado por superarlos o arrinconarlos. Pero con este 'Vivir me mata' ocurre algo menos frecuente: que el paso del tiempo y las circunstancias le dotan de una perspectiva diferente.

La novela se publicó en 1.997, aunque en España no fue editado hasta 2.003 –al menos, la edición de El Cobre que es la que yo tengo. Se trata de un relato en primera persona de un chico de familia humilde, inmigrante de segunda generación en un barrio popular de París. Gente de origen árabe, de pocos recursos, pero que parece sólidamente afianzada en la sociedad, al menos en el sector –físico y sociológico- que digamos les ha tocado. Realmente, los sueños de los Smaïl parecen ausentes por completo, tragados por años de terca realidad; pero a falta de ilusiones, se diría que han conquistado un cierto grado de estabilidad, suficiente para vivir. Sin más.

Para Paul la cosa empieza a complicarse ya en la escuela, donde a los típicos episodios de matonismo se unen las primeras actitudes racistas. Y el chico, no contento con los problemas suscitados por el color de su piel, daba carnaza a sus agresores con algo todavía más dañino: su afición a la lectura. Vamos, un morito con pretensiones intelectuales, todo un caramelo para un grupo de macarras en busca de diversión.

Así se configura su mundo. Sin oportunidades para hace nada mejor, Paul pasa por un garito de boxeo (había que aprender a defenderse) y por distintos curros (había que sacarse algún dinerillo), todos en los estratos más bajos: repartidor de pizzas, gorila de una especie de prostíbulo, y hasta un fugaz paso por la librería de una señora con ínfulas de progre-paternalista. El único objetivo pasa a ser hacerse respetar en un entorno hostil, y a poder ser sin desatender del todo su pasión literaria. O sea, difícil. 

Se nos cuentan las cosas con un lenguaje directo, en buena parte dialogado, y entreverado de interjecciones en jerga y en árabe, con frescura y naturalidad. Pero lo más interesante me parece la posición del personaje en ese ambiente endogámico y deprimido: Paul es francés y se siente francés, como aquel personaje de Kureishi (‘Mi nombre es Karim Amir y soy inglés de los pies a la cabeza, casi.’) Pero, claro, tampoco es tonto, y sabe que su aspecto de mustafá siempre va a suponer un obstáculo para ser igual de francés que los blancos. Ante ello, no hay en principio agresividad o desesperación, sino un dolor sordo y una especie de obsesión con su propio cuerpo, su olor, su aliento, su sudor, como buscando dónde está la suciedad que le hace diferente.

De modo que se limita a sobrevivir con la dignidad que sea posible, alejado del estereotipo de rebelde con causa. Se puede admitir que el personaje se muestra algo idealizado, que el argumento a veces se deshilacha o se dan algunas situaciones facilonas, pero el relato alcanza su objetivo si damos por supuesto que éste era una reflexión, un toque de atención sobre la situación de estas nuevas generaciones de hijos o nietos de inmigrantes, que llenan barrios enteros en las grandes ciudades, sin terminar de integrarse en la cultura que les acogió.

Leído el libro en los primeros años del siglo, el texto tenía ese carácter descriptivo, poniendo el foco sobre un problema que ya venía haciéndose patente en forma de estallidos sociales ocasionales.

Pero en las últimas páginas aparece –creo que por única vez- la palabra ‘odio’, se materializa el recuerdo de episodios represivos especialmente duros, y asoman, muy tímidamente, casi de forma anecdótica, un par de alusiones a los integristas islámicos que empiezan a aparecer por el barrio. Con lo que, volviendo a lo que indicaba al principio, diez o quince años después de escrito, el libro se revela clarividente, porque es justo en ese escenario donde ha prendido finalmente la llama del fanatismo, con las consecuencias atroces conocidas por todos. 

P.D.: Casi es lo de menos que, por lo visto, el Paul Smaïl autor del libro no existe. En realidad, parece que se trata de un escritor francés llamado Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Lèger y otros varios seudónimos. Lo cual quizá decepciona un tanto, porque me había imaginado a ese Paul, culto y aguerrido, escribiendo en unas cuartillas el relato de ese trozo de su juventud mientras vigila con desinterés la puerta del burdel en que trabaja por las noches.

jueves, 28 de abril de 2016

Reprise: TochoWeek #8. Francisco Casavella: El día del Watusi

Idioma original: español
Año de publicación: 2002, 2009 para esta edición con correcciones
Valoración: bastante recomendable

La Primera Aclaración Preliminar: cuando propuse a los amos de todo esto lo de montar la TochoWeek, uno de mis objetivos era encontrar un pretexto para dejar de aplazar la lectura de esta novela. Cuestión que se agudizó con su reedición. No soporto ser tomado por oportunista.
La Segunda Aclaración Preliminar: esta edición que veis (la foto es de la deterioriada copia que ha pasado algún lustro que otro en mi estantería esperando su turno) ilustrando esta reseña es la de Destino. La que he leído, que es casi inencontrable. Ahí la tenéis, en Amazon a 400 euros. Yisus. Anagrama, supongo que por influencia de Silvia Sesé (anteriormente en Destino), la ha reeditado, añadiéndole prólogos y epílogos de algunos rendidos escritores barceloneses, y contribuye a engrandecer el mito de esta novela, en realidad una trilogía, casi 1200 intimidadoras páginas que son descritas (no unánimemente, la novela se llevó algún que otro palo en su día) como la Gran Novela de Barcelona, o de la Transición, o de lo que sea. Títulos que, alguno de ellos, ya habían sido otorgados a novelas de Mendoza o de Marsé. Pero (y perdonad la frivolidad, que creo que Casavella hubiera entendido) el hombre va y se nos muere. En 2008, 45 años y la flor de la vida. Muere un hombre y nace un mito. Qué gran titular, verdad. Y El día del Watusi se yergue como obra cumbre y las cosas toman ese cariz épico en el que hasta las notas disonantes son agradecidas como excepciones a la regla que es, ahora sí, la unanimidad. Y entonces qué tentador resulta dejarse llevar por ese escenario y mostrarse magnánimo, entusiasta. Así lo ponemos sencillo a quienes nos pueden hacer capturas de pantalla y recriminarnos nuestras concesiones , y nosotros nos defenderemos con nuestras excusas más socorridas. Que es más fácil encontrar cagarrutas, que de eso hay a patadas. O que los muertos no pueden defenderse y ese mínimo de elegancia lo tenemos, aunque quede tan poco moderno hacer alarde. En fin, tan lícito es hacer que la gente se aleje de malos libros como intentar que se acerque a los buenos. 

A El día del Watusi puede que le sobren páginas. Pero no me preguntéis cuántas ni dónde. Porque puede que os diga cada día una cosa. Porque puede ser una (o tres) novela(s) imperfecta(s). O un artefacto donde la forma (presentada en la guisa de una escritura perfecta, depurada, impecable detrás de un perfume acanallado) puede que en momentos eclipse (hasta devore) un fondo que, a veces, no muchas, parece un pretexto, como un soporte cuyo única finalidad es que se le cuelguen ornamentos. 
La historia detrás de esta Trilogía, empaquetada de forma espartana, parte del asesinato de Julia, joven hija de Celso, líder de la delincuencia local de un barrio barcelonés, Las Casitas, situado en Montjuïc, fea y roma montaña que se asoma al puerto, montaña que albergaba hace lustros un parque de atracciones que cerró y que aún alberga barrios curiosos. En la otra montaña emblemática de Barcelona, en ese Tibidabo que acabó dando nombre a alguna turbia compañía, allí encontramos en 1995 a Fernando Atienza, antihéroe y superviviente de mil batallas que recibe, de rostro anónimo, un peculiar encargo. Redactar un informe, sobre un tal Neyra, para un empresario que se encuentra encarcelado, por unos millones especulados, por algún malentendido de corruptelas, ya se sabe. Allá arriba, con la excelente vista de la ciudad a los pies, cualquiera aceptaría cualquier cosa. A cambio de dinero, aún más. Y Atienza empieza su relato, que abarcará tres novelas, aludiendo a aquel lejano día, 15 de agosto de 1971, en que recorrió la ciudad junto a Pepito El Yeyé para advertir al Watusi, celebridad local, de que se le culpaba de la muerte de Julia. Adolescentes de barriada cuyo sentido del deber surge de extraños códigos de honor, y un día que marca su existencia. Un día que arrastrará como motivo recurrente en las tres novelas, aunque solamente constituye el centro de la primera. La segunda, unos años después, nos muestra a Fernando en medio de las intrigas políticas que se sucedieron en los años inmediatos a la muerte de Franco, trabajando como chico para todo para un banco, metiéndose casi sin querer en la formación de una estrafalaria formación política promovida a toda prisa por una serie de prohombres apurados ante la posibilidad de que el establecimiento de las instituciones "democráticas" los aleje de sus prebendas. Todo el recorrido, casi 1.200 páginas, relato de Atienza, con sus historias con las mujeres, casi siempre envueltas de talante trágico, con su consistente paquete de personajes y escenas memorables, en las que su evocación del día del Watusi regresa y toma el poder, como un misterio desentrañable y como un hecho que es a la vez agujero negro y faro que ilumina. Cerca del final (unas nada desdeñables cien páginas finales) Casavella se nos enreda en una maraña de digresiones que, poco a poco y, no siempre con la coherencia exigible a un arquitecto de tramas, van resolviendo los enigmas. Os recuerdo: la forma aquí se impone, y aunque El día del Watusi no pueda ser tildado de ejercicio esteticista, sí que es, y creo que esto representa un gran colofón a la TochoWeek, un caso emblemático de novela de gran extensión: irregular, ambiciosa, difícil y exigente con el lector. Como obra de culto que se precie, dispondrá de admiradores rendidos y de detractores desde el escepticismo o incluso desde la heterodoxia. Yo prefiero confesar haberme quedado en un tibio medio camino, y que la posibilidad de una relectura ahora mismo me asusta  sobremanera, así que lo dejo ahí, en ese bastante recomendable, que es una opinión tanto producto del promedio entre sus picos y sus valles como de pura justicia literaria. Que, a estas alturas, aquí, vamos a creer poder administrar. Sin esperar a que nos den permiso.

También de Francisco Casavella en ULAD: Elevación, elegancia y entusiasmo

miércoles, 27 de abril de 2016

Óscar Esquivias: Andarás perdido por el mundo


Idioma original: Español
Año publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable


Recientemente decía Alberto Olmos en un artículo que en España hay dos escritores reconocibles como tales: Jon Bilbao y Oscar Esquivias.

Santi, en su reseña de "Strómboli", lo corroboró en lo tocante a Jon Bilbao.

Y ahora tocaba comprobar si Alberto Olmos también llevaba razón en lo referente al burgalés Óscar Esquivias. Ya habíamos comprobado las dotes del Esquivias novelista en su "trilogía dantesca" y ahora queríamos testear su versión "cuentista".

Pues bien. Los relatos (cuentos, historias o como prefiráis) que componen “Andarás perdido por el mundo” vuelven a poner de manifiesto la habilidad de Esquivias. Un escritor muy castellano, tradicional en las formas, con una prosa elegante y sobria y siempre en busca de la palabra precisa. Un muy buen escritor.

Los catorce relatos, escritos todos ellos por encargo y ya publicados con anterioridad en libros colectivos, revistas o antologías, se sitúan geográficamente en lugares tan variopintos como Madrid, África, Florencia, Rusia, Los Ángeles, París o, cómo no, Burgos y temporalmente abarcan desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Pero sí que poseen una serie de rasgos comunes. Principalmente los protagonistas, en su inmensa mayoría niños, adolescentes o jóvenes (¡cómo no se va a andar perdido por el mundo a esas edades!) y los temas, que son los inherentes a esos períodos de la vida, es decir, los descubrimientos, los extrañamientos, la frustración, el desengaño, el aprendizaje en su más amplio sentido.

El libro comienza de forma totalmente deslumbrante con cuatro relatos de un nivel, en mi opinión, altísimo.

“Todo un mundo lejano” narra de forma magistral la evolución de la fe religiosa de un grupo de jóvenes y las contradicciones entre esa fe y la sexualidad, con un final abrupto y sorprendente. La descripción del ambiente en el que se desarrolla el relato es de lo mejor de todo el libro. 

“Curso de natación” es un relato de apenas dos páginas que definiría con una palabra: desengaño.

“El chino de Cuatroca” es el relato barojiano-dickensiano del libro. Con su toque de costumbrismo y picaresca. En él asistimos a los intentos de un joven ecuatoriano por entrar en el mundo de los adultos en el Madrid del siglo XXI. 

Llegamos después a “La Florida”, otra de las joyas del libro. Un relato tierno y hermoso, con tintes autobiográficos, en el que un narrador adulto recuerda escenas familiares de su infancia que, con el paso de los años, revelan su verdadero significado.

Los cuatro siguientes, el místico “El joven de Gorea”, el homenaje a Leskov de “El príncipe Hamlet de Mtsensk”, acerca de las dudas y el desencanto juvenil, “Los chinos” y el gamberro “Temblad, filisteos”, pese a ser más que correctos, no llegan, en mi opinión, al nivel de los anteriores.

El libro remonta vuelo con “La última víctima de Trafalgar” y “La casa de las mimosas”.

“La última víctima de Trafalgar” es el relato más largo del libro (unas 40 páginas) y se trata de una divertidísima y disparatada historia con turbios profesores universitarios, enamoradizos y vengativos piratas de tiempos remotos y legajos históricos de dudosa procedencia. 

En “La casa de las mimosas” se retoman los temas de “Curso de natación” o “La Florida”, con, de nuevo, un narrador adulto que rememora su infancia y su descubrimiento del mundo de los adultos. Aunque en este caso el escenario pasa de Oña (en "La Florida) a Los Ángeles.

“Mambo” es un simpático relato breve por debajo de los dos anteriores.

“El mejor de los mundos” nos vuelve a traer a un joven desorientado y plagado de dudas, con África como telón de fondo.

Se cierra el libro con dos relatos que vuelven a elevarse por encima de la media del libro.

Uno es “El misterio de la Encarnación”, el relato proustiano de Esquivias, en el que la famosa magdalena del francés es sustituida por una nota de oboe. Nuevamente, asistimos en él a los descubrimientos y extrañamientos que el mundo de los adultos supone, en este caso, para un preadolescente.

El relato final, “El arpa eólica”, es una divertida y tenebrosa historia al más puro estilo de Edgar Allan Poe o de H.P. Lovecraft. En él, la música tiene un importante papel, como en muchos otros relatos del libro.

En resumen, una obra con un nivel medio muy alto en la que encontramos alguno de los mejores relatos publicados en lengua castellana en lo que llevamos de siglo (opinión muy personal, por supuesto). Y no, no  me hace falta haberlos leído todos.

Ahora bien, después de leerla, no sé si quedarme con el Esquivias novelista o con el Esquivias cuentista. No lo tengo claro.

Pero hay una cosa que sí tengo clara: en lo que se refiere a Oscar Esquivias, Alberto Olmos también llevaba razón.


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Tras  preparar la reseña y, en vista de la gran idea que tuvo Francesc en reseña de el libro de Javier Calvo "El fantasma en el libro", se planteó la idea de tener una pequeña charla con Óscar Esquivias.

Gracias a la amabilidad de Óscar, aquí la tenéis:

ULAD:  ¿Cómo surge la idea de recopilar en un único volumen estos 14 relatos ya previamente publicados pero que estaban un poco “perdidos por el mundo”?

O.E: Sucedió cuando me di cuenta, a finales del año pasado, que no iba a terminar pronto la novela en la que andaba (ando) enfrascado desde hace un lustro. Me dije: ¿Por qué no publicar ahora estos relatos que casi nadie conoce? Se lo comenté a mi editor y dos meses después el libro estaba en la calle.

ULAD: Imagino que habrá muchos más relatos por ahí dispersos o pendientes de publicar. ¿Por qué, entonces, estos 14 y no otros?

O.E: Porque estos catorce tienen en común ciertos elementos (la juventud, cierta idea del desamparo, la variedad de localizaciones, la voz masculina) que hacen que puedan integrarse con cierta coherencia dentro de un mismo ciclo narrativo. Los que quedaron fuera desentonarían, a mi juicio, dentro de este conjunto.

ULAD: Según comentas al final del libro, muchos relatos corresponden a determinados encargos para revistas, libros colectivos, etc. ¿Antecede el encargo al relato o el relato al encargo y lo que hay es una adaptación del relato a las circunstancias?

O.E.: Todos nacieron gracias a los encargos, en ningún caso reciclé un cuento preexistente. En mi caso, los encargos suelen disparar mi imaginación.

ULAD: Hay varios relatos de corte autobiográfico. Después de tantos años escribiendo, ¿sigue habiendo algo de pudor o de vergüenza a la hora de escribir ciertas cosas?

O.E.: Más que autobiográficos, algunos de los cuentos se ambientan en lugares que conozco muy bien, como el barrio de Gamonal de Burgos o el de Cuatro Caminos de Madrid, pero en ninguno de ellos cuento exactamente mi vida. Evito la llamada autoficción (género en el que hay obras que me entusiasman) porque siento cierto pudor no tanto a hablar sobre mí mismo como sobre los demás. Me parece que traiciono a las personas que quiero si narro episodios –aunque sean inocentes– en los que estuvieron involucradas. 

ULAD: En el libro hay un relato barojiano (“El chino de Cuatroca”), otro proustiano (“El misterio de la Encarnación”) y otro lovecraftiano (“El arpa eólica”). Como lector, ¿con cuál de estos tres monstruos de la literatura te quedas?

O.E.: Baroja es el autor al que mejor conozco de los tres. Es un escritor que me entusiasma y al que me siento muy afín. 

ULAD: El hecho de que la gran mayoría de relatos esté protagonizado por niños, jóvenes o adolescentes, ¿implica un especial interés por las situaciones y procesos que tienen lugar en estos períodos de la vida o es pura casualidad?

O.E.: Uno de los asuntos que me gusta abordar en mi obra es el autoconocimiento, especialmente en ciertos cuentos que se centran en un momento de epifanía de los personajes. Uno puede tener estas iluminaciones íntimas a lo largo de toda su vida, pero generalmente es en la juventud cuando se producen los descubrimientos vitales más importantes.

ULAD: Cambiando de tema. Eres un escritor joven, pero con una obra premiada, extensa y variada, que va desde la novela juvenil, la novela, el relato o incluso el ensayo. ¿En qué género te sientes más cómodo?

O.E.: Gracias por lo de joven. Creo que lo que mejor se me da es la novela y el cuento, o al menos son los géneros donde siento que he llegado más alto y para los que estoy mejor dotado.

ULAD: De toda tu obra, “Inquietud en el paraíso” es para algunos miembros del blog de lo mejor que se ha escrito en lengua castellana en el siglo XXI. Teniendo en cuenta que se publicó en la Editorial DeBolsillo (una de las “grandes”), ¿qué pudo fallar para que no te convirtieras en un escritor más conocido para el gran público?

O.E.: Yo no me quejo de la porción de éxito que me ha tocado, en absoluto. Por recordar a un autor aquí citado, hoy leemos y apreciamos a Baroja, lo consideramos un autor vigente e importante y los escolares lo estudian, pero a veces nos olvidamos de que, en su momento, los escritores más populares y que más vendían no eran él, Valle Inclán o Unamuno, sino el Caballero Audaz y otros de ese estilo. 

ULAD: Vinculado a lo anterior, ¿qué diferencias hay entre trabajar con una editorial grande y trabajar con otra más pequeña como Ediciones del Viento, con la que llevas ya muchos años?

O.E.: Supongo que una editorial pequeña es más ágil y flexible para decidir la publicación de un libro, mientras que en una grande todo se planifica con más tiempo y, según los casos, se interviene en el texto del autor para satisfacer las demandas de su público. Para bien o para mal, el texto que yo envío a la editorial es el mismo que aparece impreso.

ULAD: Hablando de Ediciones del Viento, hace poco vi en su web que “Andarás perdido por el mundo” ya va por su segunda edición. Todo un éxito (merecido, además). ¿A qué crees que puede deberse?

O.E.: No lo sé. Los libros de cuentos suelen pasar más inadvertidos y a mí mismo me ha sorprendido su éxito (su modesto éxito, tampoco es que se esté vendiendo como El código Da Vinci). Seguramente ha influido que hacía mucho tiempo que no sacaba ninguna novedad y mis pocos (pero animosos) lectores estaban ya impacientes.

ULAD: Por último, teniendo en cuenta la variedad de registros en la que te mueves ¿con que nos sorprenderás próximamente? ¿O lo dejamos en secreto?

O.E.: Tengo varios proyectos entre manos con sendos amigos que son grandes artistas, el ilustrador Miguel Navia y el fotógrafo Asís G. Ayerbe. Y luego debería terminar esa novela que llevo escribiendo desde hace un lustro (a este paso va a terminar antes ella conmigo). No sé cuál de todos estos proyectos nacerá primero, así que el primer sorprendido voy a ser yo mismo.

Otras obras de Óscar Esquivias en ULAD: Aquí




martes, 26 de abril de 2016

Colaboración: Re-reseña: Voces de Chernóbil de Svetlana Alexievich

Idioma original: ruso
Título original: Tchernobylskaia Molitva 
Año de publicación: 2005
Traducción: Ricardo San Vicente
Valoración: muy recomendable-imprescindible

No tengo yo la impresión de que el 26 de abril de 1986 esté ya a una distancia de 30 años de hoy. Será que uno empieza a hacerse mayor. Porque precisamente hoy, 26 de abril de 2016, hace exactamente 30 años de una de las mayores catástrofes de la historia. Pero si bien todo lo que conocemos de los horrores parece tener que ver con la guerra (el gulag stalinista, Auschwitz, etc) con Chernóbil, que está impregnado de todos los rasgos de la guerra (soldados, evacuaciones, explosiones, héroes,…) ha empezado –afirma Svetlana Alexievich– la historia de las catástrofes.

Svetlana Alexievich nos habla en este libro a través de las voces de los apestados de Chernóbil, a través de los nadies de Eduardo Galeano: "los hijos de nadie, los dueños de nada; los ningunos, los ninguneados; los que no son, aunque sean; los que no son seres humanos, sino recursos humanos; los que no tienen cara, sino brazos; los que no tienen nombre, sino número; los que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local; los nadies, que cuestan menos que la bala [y por supuesto, que la radiación] que los mata".

Todavía hoy en día si uno quiere recabar información sobre lo ocurrido podemos encontrarnos con frases como: "Hasta hoy no existen trabajos concluyentes sobre la incidencia real, y no teórica, de este accidente en la mortalidad poblacional". O como: "Solo una pequeña parte de los liquidadores se vieron expuestos a altos índices de radiactividad". Se llamaban "liquidadores" a los encargados de “liquidar” las consecuencias del accidente de Chernóbil. Según Svetlana sólo en las listas de los liquidadores de Bielorrusia constan 115.493 personas. Según los datos del Ministerio de Sanidad, desde 1990 hasta 2003 han fallecido 8.553 liquidadores. Dos personas al día. De aquí el extraordinario mérito de Svetlana Alexievich de contar Chernóbil dando voz a los nadies, a los que resulta imprescindible oír.

Una voz de nadie se pregunta para qué recuerda la gente, ¿para restablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar?:
Quería olvidar. […] Y creía que lo más horroroso ya me había sucedido en el pasado. La guerra. Que estaba protegido, que ya estaba a salvo. A salvo gracias a lo que sabía, a lo que había experimentado… Pero he viajado a la zona de Chernóbil. […] Y allí he comprendido que me veo impotente. Que no comprendo. Y me estoy destruyendo con esta incapacidad de comprender. […] A mí me destruye el futuro, no el pasado. ¿Para qué recuerda la gente? (p. 61)
Muchas de las voces nos hablan de las medidas de protección que se proporcionó a la población ante la radiación: 
Llegaron los primeros periodistas extranjeros. El primer grupo de filmación. Llevaban unos monos de plástico, con cascos y con botas y guantes de goma; hasta la cámara iba en una funda especial. Los acompañaba una de nuestras muchachas, la traductora. Ella iba con traje de verano y zapatillas. (p. 143) 

Las voces hablan también de los bomberos, los soldados, los muchachos llevados directamente del pupitre al cuartel, los trabajadores de fábricas llevados a la zona, de todos los héroes de los que se sirvió el Estado para hacer frente a la hecatombe:
Para dar en el blanco los pilotos [de helicóptero] abrían las ventanillas de las cabinas y apuntaban abajo, con qué inclinación entrar. ¡Las dosis eran de locura! (p. 211) 
¿Y los cuatrocientos mineros que taladraron el túnel de debajo del reactor? Hacía falta abrir un túnel para inyectar nitrógeno líquido en la base y congelar una almohadilla de tierra: así se dice en el lenguaje técnico. De otro modo, el reactor se hubiera desplomado en las aguas subterráneas. Mineros de Moscú, de Kíev, de Dnepropetrovsk. Y, en cambio, aquellos muchachos, desnudos, a 50 grados de temperatura, empujaban a cuatro patas las vagonetas. Allí dentro había aquellos mismos cientos de roentgen. Ahora se están muriendo. (p. 246) 

Algunas voces narran el sentimiento del deber, del orgullo de ser un "buen comunista", no albergando duda alguna sobre lo que las autoridades contaban en el momento:
Desde el punto de vista de nuestra cultura, pensar en uno mismo es una muestra de egoísmo. Algo propio de los pobres de espíritu. Siempre encuentras algo que está por encima de ti. De tu vida. (p. 211) 
Algunas voces se atreven 19 años después –Svetlana Alexievich escribe este libro en 2005 – a criticar la incompetencia gubernamental:
Pero las autoridades callaban. Solo después de que se celebraran las fiestas [fiesta nacional del 9 de mayo], Gorbachov afirmó: “No se preocupen, camaradas, la situación está bajo control. Es un incendio, un simple incendio. No es nada grave. Allí la gente vive, trabaja”. Y nosotros lo creíamos. (p. 255)

En las sesiones de la comisión gubernamental se informaba simplemente, como si tal cosa: ”Para esto hay que perder dos o tres vidas. Y para esto, una vida”. Así de sencillo, como si tal cosa. (p. 246)
Se habla también de los programas de televisión que empezaron a proliferar haciendo ver a la población que todo era completamente normal; era sólo que las emisoras occidentales pretendían difundir el pánico. Se podía ver cómo se acercaba el dosímetro a distintos alimentos. Pero todo era un engaño. Los dosímetros militares de los que entonces disponía el ejército no estaban preparados para medir alimentos, sólo podían medir la radiación ambiental. Otros dosímetros no funcionaban porque no estaban cargados. Para que empezaran a contar, había que cargarlos con una dosis inicial de radiación. Semejante cantidad de mentiras sobre Chernóbil sólo había podido darse en los tiempos de Stalin. Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado.

Hablan otras voces de nadies situados aún más bajo en el escalafón de "apestados". ¿Pero existe tal posición? Sí, la de los tayikos del Pamir que son asesinados por los tayikos de Kuliab; la de los tayikos de Kuliab, que son asesinados por los tayikos del Pamir; la de los rusos perseguidos por los kirguises; la de los chechenos perseguidos por los rusos… Estos nadies se agarran (diría que como clavo ardiendo, pero puede parecer un chiste y no quiero hacer chistes) a la tierra ardiente, radiante de Chernóbil para sobrevivir (sí, no es una errata, he escrito "para sobrevivir"), no temen a la contaminación radiactiva, a quien temen es a los hombres, a la gente armada.

Muchas de las voces tratan de entender, no lo que significó, sino lo que significa Chernóbil, cómo vivir –y no morir– después de Chernóbil:
El acontecimiento aún se encuentra al margen de la cultura. Es un trauma de la cultura. (p. 145) 

El 26 de abril de 1986 sufrimos otra guerra más. Y ésta no ha acabado. (p. 219) 

Algunas voces nos hablan de los niños. Los niños que ya de muy pequeños conocen la palabra alopecia, porque muchos se han quedado sin pelo, sin cejas, sin pestañas. Los niños que se han acostumbrado a la idea de que no se pueden sentar en la hierba, no pueden coger flores, no pueden subirse a un árbol. Terribles voces que nos hablan de los niños tristes que no ríen, a los que no hay nada que les pueda asombrar o alegrar, que tienen conciencia de la muerte, que hablan y se preguntan sobre ella, que incluso saben que van a morir.

Y da mucha pena la gente del campo, porque han sufrido sin culpa alguna, como los niños. Porque Chernóbil no lo ha inventado el campesino, que tiene con la naturaleza un trato especial, de confianza, el mismo contacto de hace cientos de años. En los pueblos no entendían qué había pasado y querían entender a los científicos, a cualquier persona instruida, cual si fuera un sacerdote. En cambio no se les decía otra cosa que “Todo está bien. No pasa nada malo. Lo único es que antes de las comidas lávense las manos” (p. 290).

Si Remarque nos habla del horror de la Gran Guerra, que supuso una "generación perdida", si Günter Grass trata del sometimiento del individuo a las ideologías imperantes y el sentimiento de culpa del pueblo alemán tras la II Guerra Mundial, si Kertész reflexiona sobre la vida después de Auschwitz y Buchenwald, si Solzenistyn denuncia el gulag estalinista, Svetlana Alexievich nos cuenta a través de las voces de nadies –o voces que hablan en nombre de los nadies– este otro gran Horror, que tampoco nunca debió ocurrir, llamado Chernóbil. (A propósito, ¡existe una generación que ha vivido el gulag estalinista, Auschwitz y Chernóbil!)

A modo de advertencia, uno de los primeros capítulos, titulado "Una solitaria voz humana", en el que la esposa de un bombero narra su experiencia, es particularmente duro y puede desanimar a continuar la lectura. También lo son algunos pasajes que hablan sobre los niños. (Confieso haber llorado...). El libro es, en suma, desgarrador... pero necesario, porque necesario es conocer el sufrimiento de los nadies.

También de Svetlana Aleksiévich en ULAD: Voces de ChernóbilEl fin del 'Homo sovieticus'Los muchachos de zinc

Firmado: Fran Castillo Sánchez-Beato

lunes, 25 de abril de 2016

Francisco Ibáñez: 13, Rue del Percebe (edición integral)

Idioma: español
Año de edición: 2016 (por entregas, desde 1961 en la revista Tío Vivo)
Valoración: imprescindible

Decía Franco, ese hombre (al menos lo decía en aquella divertida película: Espérame en el cielo) que España era un cuartel. Bien, dado su peculiar sentido de la realidad, es de suponer que él lo viera así, pero se equivocaba: España -o cualquier otro país,nación o comunidad sobre esta Tierra- si se puede equiparar con algo es con una casa de vecinos. Bien que lo sabía el gran Francisco Ibáñez (como ante lo supo el no menos grande Joaquín Xaudaró o lo sabría después, como metáfora aún más general de lo que es la vida, el celebrado Georges Perec), que a partir del 6 de marzo de  1961, o sea, en el Pleistoceno medio , más o menos, comenzó a publicar esta serie de viñetas sobre un edificio de viviendas al que, misteriosamente, le había desaparecido la fachada, por lo que podíamos contemplar lo que ocurría en su interior, situada en la ya mítica dirección de la Rue del Percebe, nº13 (¿porque "rue" y no "calle"? Ni idea...).

He puesto que 1961 era el Pleistoceno -por favor, que no se me enfaden los nacidos antes de aquel año-, pero es que en comparación con la España y la Europa de ahora mismo, lo era. Veamos, sin embargo, si esta impresión no es engañosa: en nuestra casa de vecinos tenemos, en el piso inferior -en realidad, en plena calle-, aun tipo, don Hurón, viviendo en una alcantarilla y en el local comercial, a un tendero que no se corta en de engañar a su clientela. En el piso más alto, el ático, a un artista moroso que hace lo que sea para despistara sus acreedores -dicen que inspirado en el legendario Vázquez, compañero de Ibáñez en la editorial Bruguera-; ente medias, encontramos a un ladrón compulsivo, a un sastre poco escrupuloso con los encargos que le hacen los clientes, a una señora que regenta una pensión que más bien parece un "piso-patera", un ascensor cochambroso que no funciona.... ¿qué, se va pareciendo más a la realidad española actual? (un detalle en la última viñeta, correspondiente al año 2002, el ladrón fumándose un puro, le explica a un colega de profesión: "¡Quita , quita; ni robar carteras ni gallinas!¡Ahora estoy en el consejo de Administración del banco de Mindanao, Seychelles, Tortugaria!"... no quiero imaginar si la serie hubiese seguido hasta 2016...)

Bueno, no quiero ser malvado; también hay otros inquilinos cuyas aventuras -desventuras, en realidad- tiene un cariz más tierno o más locatis, pero menos ácido: la viejecita que acoge mascotas imposibles, el veterinario que se enfrenta a casos de lo más insólitos, el científico loco empeñado en crear monstruos, aunque le salgan muy poco terroríficos, la madre que tienen que lidiar con unos niños, estos sí que auténticamente pavorosos... o el ratón que tortura al gato de las formas más imaginativas y sádicas posible... bueno vale, éstos ya de "tiernos" tienen poco.

Con motivo del 80 cumpleaños de su autor-para quien no lo sepa, el padre de Mortadelo y Filemón, Sacarino, Rompetechos, etc...- se ha editado esta maravillosa edición integral con todas las historietas de 13, Rue del Percebe. Un acierto total que los fans de esta serie, los que nos destetamos leyendo Mortadelos, Tío Vivos o DDT no podremos sino agradecer siempre. otro acierto: ene sta edición integral no hay ni preámbulos ni epílogos escritos por alguna figura más o menos conocida de las letras o el tebeo... no hace falta, está todo en las viñetas inmortales de Ibáñez. ¡Quien, por cierto, ojalá cumpla muchos más!

Nota sobre la valoración: Tal vez a algún lector de este blog le llame la atención que la valoración de este libro sea la misma que la del Ulises, por mencionar la última reseña que ha firmado un servidor (por no recordar que la de Los reconocimentos, por ejemplo se queda "sólo" en muy recomendable). La razón es doble: por un lado, como ya se sabe, la valoración de los libros es competencia exclusiva de quien firma la reseña, aunque los compañeros del blog puedan no estar de acuerdo. Y sí, a mí me parece que esta recopilación es imprescindible, tanto para quien conoce y ha leído estas historietas como para quien no las conoce aún (incluso más para éstos últimos).

En segundo lugar, aunque pueda parecer fruto del capricho, yo al menos sopeso varios aspectos antes de atribuirle una valoración u otra al libro reseñado. Uno de ellos es su excelencia literaria o falta de ella; también la importancia para la literatura que puede haber tenido o tiene aún la obra reseñada. Pero no deja de ser importante también la vivencia personal, subjetiva, que tenemos los reseñistas -o tengo yo- con el libro reseñado. de hecho, eso es lo que hace que las valoraciones de este blog no pretendan ser un "canon" inamovible, sino propuestas de lectura, incluso consejos de amigos, creo yo... Y según este último criterio, no puedo considerar a esa recopilación sino como imprescindible.

Otros títulos de Francisco Ibáñez reseñados en Un Libro Al Día: Chapeau el Esmirriau, El antídoto

domingo, 24 de abril de 2016

Colaboración: TochoWeek #7. La familia Moskat de Isaac Bashevis Singer

Idioma original: yiddish
Título original: The Family Moskat 
 Año de publicación: 1950
Páginas: 816
Traducción del ingles: Juan José Guillén
Valoración: muy recomendable, difícil

La familia Moskat es un libro enorme. Enorme por su extensión: quinientas y pico páginas del formato pequeño y letras chiquitas, chiquititas, tan pequeñitas, tantas; ochocientas y pico páginas del formato grande con letras medianas, mini medianas, medio intermedias, casi pequeñas. Enorme por su argumento: la historia de la familia Moskat se extiende desde principios del siglo XX hasta la entrada de los nazis en Varsovia en 1939. Enorme por la forma aplicada a su argumento: historias amorosas y líos de familia se entremezclan en el transcurso de la Historia y el autor demuestra su formidable autoridad a la hora de dar a cada cosa su lugar. Enorme por la cantidad de personajes: encontramos a toda clase de gente y a gente de todas las clases, en una especie de caos ordenado, principales y secundarios en perfecta armonía.

Isaac Bashevis Singer, el autor de esta enorme novela, fue un escritor polaco de origen judío que emigró a Estados Unidos en 1935, cuando comenzó a vislumbrar la inclinación de Hitler hacia el voivodato de Pomerania, el territorio creado en el Tratado de Versalles para dotar a Polonia de un acceso al mar Báltico a través la desembocadura del río Vístula a cuenta del extinto Imperio alemán. Hijo y nieto de rabinos, vivió en el barrio judio de Varsovia, donde contempló en primera persona el creciente antisemitismo en forma de pogromos (destrucción y expolio de sus bienes por parte de la población polaca).

Bashevis Singer, que en 1978 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, escribió siempre en yiddish, y todas sus obras se enmarcan dentro de la narrativa realista. Como el propio Henry James definió: «El realismo es lo que de alguna forma o manera nos podríamos encontrar, mientras el romanticismo es algo que nunca encontraremos». En esta novela, Singer refleja muy bien las costumbres de la gente, la vida de la calle, el ruido de la ciudad y su movimiento perpetuo, la cultura tradicional, las escenas de familia, quizá porque tuvo el don de captar el secreto de la existencia, la variedad de las relaciones humanas y la discordancia de sus comportamientos. Los personajes pertenecen al escenario y este resulta esencial para ellos: los protege, les da un sentido, los explica, y eso produce una significación frente a todo lo que les rodea.

La novela puede parecer, en realidad, un incisivo documental sobre el mundo judío de Varsovia. Su enorme valor literario no eclipsa el valor de crónica de una sociedad demolida y arruinada como es la de los judíos de Polonia. Refleja también el eterno conflicto entre tradición y modernidad que subyace todavía hoy en el seno de la sociedad judía: los fieles chassidim, encerrados en sus practicas ancestrales, y los jóvenes defensores del Iluminismo, seguidores o simpatizantes del movimiento Haskalá, que es el movimiento de iniciación que intenta secularizar la vida judía y abrirse al exterior, germen del actual estado de Israel.

Así, quien se adentre en sus páginas, encontrará entre los personajes principales a Meshulam Moskat, el viejo patriarca, a Asa Bannet, un abatido y desorientado luchador en medio de sus dos esposas, al tío Abram, optimista trágico, o a Koppel, administrador de Meshulam, que crece y crece en su condición de secundario hasta casi protagonizar la novela. Todo está medido y cuidado, ningún detalle se muestra menor; Singer fue un artesano con vocación de artista, un prodigio de la recreación literaria que culmina en esta novela con la troupe de segundones: Abram Shapiro, marido de Hama, el yerno irreverente del patriarca Moskat; Adele, la hijastra de Meshulam; o Leah, la hija más joven, que vive enamorada de Koppel, casado y con hijos. Nadie está contento con nadie pero, mientras tanto, o, a pesar de ello, todos celebran el Sabbath, el Purim, la Januká, las mujeres se peinan con trenzas retorcidas hasta que se casan y se cortan el pelo para ponerse la tradicional peluca de matrona, los hombres se visten de negro y lucen largas barbas... Da igual, al final son incapaces de comprenderse unos a otros. Ni una relación feliz del todo, permanente o calma en sus paginas. Más de una vez, da la impresión de que Singer plasma una desilusión: nadie puede ser feliz en el amor, todos envilecen a la mínima de cambio, un cambio cruel y desgarrador.

Llegados a este punto, me veo incapaz de escribir esta reseña. Tal es su complejidad y las implicaciones que conlleva. Tómese el lector las líneas que anteceden como una aproximación sutil a la novela. Una novela inolvidable, magistral e inmensa. Y también difícil. Quien la lea quedará admirado de su capacidad para cruzar millones (¿millones?) de historias y personajes sin que sobre ni falte nada. Cualquiera que acepte el reto chocará de frente con una manifiesta escasez de razonamientos y explicaciones, pero gozará de la potencia expresiva de la mirada, una mirada que recorre por dentro a los personajes hasta darles una dimensión personal e histórica; Singer pertenece a esa clase de escritores para los que lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás.

Para terminar, una advertencia: la conciencia judía impregna el libro, pero no estamos ante un libro de carácter judío. Al menos, no solo. El poder de esta novela radica en su universalidad. Como en las grandes obras de los Grandes, es la esencia de la condición humana, no el lugar, la raza o la creencia, lo que la engrandece, idea que ya he intentado pincelar en líneas precedentes. Estoy seguro de que ustedes, ávidos lectores, serán capaces de apreciar su capacidad para llegar al corazón, como uno de esos relatos imprescindibles que nos atrapan desde la primera página.

También del mismo autor en ULAD: La destrucción de KreshevShosha

Firmado: Alex Azkona

sábado, 23 de abril de 2016

TochoWeek #6. Garth Risk Hallberg: Ciudad en llamas


Idioma original: inglés
Título original: City on fire
Año de publicación: 2016
Páginas: 976
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Valoración: muy recomendable

Cierta frase de Javier Calvo retumba en mi cabeza mientras sostengo, no sin esfuerzo, este libro, y a medida que avanzo en su lectura. Aquella de que los agentes literarios, o la industria literaria estadounidenses conseguían vendernos una y otra vez lo mismo. Entonces leo la contratapa que habla de uno de los personajes, escritor en busca de la Gran Novela Americana. Luego, el párrafo de Michiko Kakutani, un elogio bastante franco y contundente, que menciona la edad del autor. Para completar, entre las positivas y hasta entusiastas valoraciones del fajín, menciones a DeLillo, Foster Wallace, Tartt.
Más que Ciudad en llamas, parece la tormenta perfecta.
Y he de decir que las alusiones tienen sentido, aunque yo añadiría al injustamente denostado Franzen. Casi es, para mí, la influencia más palpable, pues estructura y estilo le son deudoras. Pero Franzen sitúa a sus personajes en escenarios alejados y en Ciudad en llamas todo ocurre en Nueva York. En un punto lejano, 1976, donde la convulsión impera. Incendios en edificios en barrios que serán oportunamente recuperados. El espíritu punk a punto de explosionar a los dos lados del Atlántico. Las clases privilegiadas, los barrios peligrosos, Central Park. Y el famoso apagón del 77.
Ópera prima. Aunque Hallberg ya se ha bregado en formato periodístico. Su escritura es, desde luego, poco propia de un principiante. Densa, elaborada, párrafos que exigen un ritmo pausado pues no dejan de suministrar información. Detalles que parecen triviales pero que participan en la construcción del ambicioso e imperial edificio (muy propio) en que, a medida que avanzamos en la lectura, notamos que se convierte esta novela. Así vamos comprendiendo todos sus ámbitos de alcance. El icono que es la ciudad en su conjunto. Y los personajes. William, heredero de familia de apellidos compuestos que da nombre a rascacielos. Que intenta renunciar a una cómoda vida sentado en Consejos de Administración. Optando por una existencia bohemia, austera y arriesgada, seducido por la efervescente escena punk de la ciudad. Mediados de los 70, recordemos, mediados de los 70 también, para que todo un heredero se embarque en una relación homosexual e interracial con Mercer, profesor, pero también escritor en ciernes. Regan, su hermana, sí ha aceptado esa vida aunque la haya adaptado a su personalidad dubitativa e insegura. William, seguidor del manual del hijo rebelde, ha montado, en la nerviosa escena local neoyorquina, una banda de música punk. Regan ha montado un matrimonio que es una pantomima y Keith, su marido, ha cruzado la barrera. Ha profanado el hogar conyugal con Sam Ciucciaro, su joven amante, hija de Carmine, artista pirotécnico acechado por la competencia. 

A Sam le han disparado dos veces en la cabeza en la Nochevieja de 1976. Desde la cama del hospital en que está en coma es uno de los centros de Ciudad en llamas. Y hay policías de apellido polaco y periodistas represaliados muy interesados en saber qué ha pasado. Las piezas se van disponiendo, pero esta no es una novela de misterio. La porquería saldrá de debajo de la alfombra, claro que sí.

Hacia la página 400 uno se da cuenta de que necesita leer esta novela o, mejor, que lo que esta novela va a aportarle va más allá de la trama es un conocimiento de la bulliciosa actividad de la ciudad, de su estructura social, de sus oscuros secretos y de sus crueles desigualdades. La sensación de resolución se cierne. Los capítulos iniciales, decenas de ellos, se suceden como escenas, deudoras del innegable sentido visual, Hallberg es muy brillante en la descripción de ambientes y en las pinceladas psicológicas de los personajes. Esa sensación de aceleración se agudiza al final. Presto a resolver no todo, si no lo relevante, el último tramo de la novela cambia de escenario a cada párrafo.

Hallberg apuesta fuerte con una primera novela de esta envergadura, de este alcance. Desde su planteamiento hasta el puro aspecto del libro, con sus interludios de curiosa maquetación y justificada presencia. Ambición no le falta, en tiempos donde esa malentendida moda del minimalismo hipster ha convertido en novelas cosas que no son más que relatos sobredimensionados. Hallberg merece los calificativos que se le otorgan, aunque me parezca mejor narrador que confeccionista de tramas y aunque, por ejemplo, (no sé si achacable a la traducción) los diálogos sean, en algún punto, planos y algo mejorables. Un misterio, cuál pueda ser el siguiente paso del autor, porque cualquier cosa puede parecer poco al lado de una novela que acapara el trabajo de una década. La repercusión, el factor sorpresa, ya los tiene. Ahora viene la cosa ésa de mantenerse.

viernes, 22 de abril de 2016

TochoWeek #5. Thomas Mann: La montaña mágica

Idioma original: alemán
Título original: Der Zauberberg
Traductor: Isabel García Adánez
Año de publicación: 1924
Número de páginas: 936
Valoración: Imprescindible, pero empachoso

En su magnífica reseña del Ulises de Joyce de hace unos días, Juan decía que "Joyce puso con este libro punto y final a toda la tradición narrativa occidental". Con permiso de Juan, me permito ampliar un poco esta afirmación para decir que, tras la Primera Guerra Mundial, una serie de autores llevaron la tradición literaria y narrativa europea hasta sus límites, por caminos distintos. Joyce publicó el Ulises en 1922; En busca del tiempo perdido se editó entre 1913 y 1927; Thomas Mann, que había publicado La muerte en Venecia en 1912, dedicó más de diez años a dar forma a su gran obra, La montaña mágica, que supone la culminación y el cierre de la novela como narración totalizadora, explicativa del mundo y del tiempo en el que fue escrita.

La estructura narrativa de La montaña mágica es la del Bildungsroman o novela de aprendizaje: el protagonista, Hans Castorp, llega a un entorno extraño y misterioso (un centro balneario para tuberculosos en la cumbre de las montañas suizas en el que su primo está ingresado) y durante su estancia allí, cada vez más prolongada, se verá expuesto a experiencias e influencias que contribuirán a formar su carácter y su pensamiento. En este proceso de aprendizaje tienen especial importancia el humanista Settembrini y el jesuita Naphta, que luchan por convertirse en los tutores o consejeros privilegiados del joven.

Son muchos los temas que esta novela tiene en común con La muerte en Venecia; de hecho, el plan inicial del autor era que La montaña mágica fuera una novela corta de carácter cómico que sirviera de contrapunto a la anterior. En ambos casos nos encontramos en un entorno enfermizo (la Venecia putrefacta, el sanatorio para tuberculosos), en el que la presencia de la muerte es constante e inminente. También el deseo, como fuerza vital opuesta a la muerte, tiene su lugar en la novela, personificado en este caso en Clawdia Chauchat, una joven rusa de rasgos exóticos, pero también en las crecientes aventuras lujuriosas del resto de los pacientes del sanatorio.

Más aún que un bildungsroman, La montaña mágica es una novela sobre el tiempo, y una novela de su tiempo. El tema del tiempo, y la forma en la que lo percibimos, atraviesa toda la novela, no solo en las discusiones del protagonista y en las digresiones del narrador, sino en la propia estructura de la novela: el primer capítulo narra las primeras tres semanas de estancia de Hans Cartop en el sanatorio; el segundo capítulo ya cubre algunos meses, y los dos últimos narran casi seis años de estancia. Las teorías de Bergson acerca de la relación entre tiempo y conciencia, y entre tiempo y acción, tienen aquí una aplicación directa.

Pero esta también es una novela sobre su tiempo, o sea, sobre el periodo de entreguerras. El limbo de lujo e inactividad en el que viven los personajes ha sido interpretado como una parodia de la burguesía europea de entreguerras, una burguesía diletante, improductiva, enfermiza. Y la lucha entre el humanismo idealista de Settembrini y el fanatismo de Naphta sería también la lucha entre el liberalismo y los crecientes extremismos que amenazaban con asolar Europa (y que, quince años más tarde, dieron lugar a la Segunda Guerra Mundial).

Es más fácil admirar La montaña mágica que disfrutarla, sobre todo si se intenta leer seguida. Por su complejidad, su densidad y el juego de temas y variaciones que propone, ha sido comparada a una sinfonía, y de hecho, como hablaba al principio, este es quizás el último intento de escribir una novela totalizadora, que contenga todo un mundo y al mismo tiempo la explicación (o explicaciones) de ese mundo. Pero casi mil páginas son muchas páginas, y como suele pasar en estos casos (como pasa en Moby Dick, como pasa en Guerra y paz), no todas son geniales. Hay escenas y personajes brillantes, y la ironía del narrador ayuda a disfrutar muchas de ellas. Pero no todas.

Confieso por eso sin ninguna vergüenza que he leído por encima unas cuantas páginas (las dedicadas a un repaso de la ciencia de la época, o varias de las discusiones entre Settembrini y Naphta) para evitar el empacho. Saltarse páginas es uno de los derechos del lector; y además Rosa Montero me comprende.

jueves, 21 de abril de 2016

TochoWeek #4. Marcel Proust: El mundo de Guermantes (En busca del tiempo perdido III)


Idioma original: Francés
Título original: Le côté de Guermantes
Traducción; Pedro Salinas y José María Quiroga Plá
Páginas: 744
Año de publicación: 1920-1921
Valoración: Muy recomendable


Si tuviera que elegir el “tocho de todos los tochos”, elegiría “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Compuesto, a su vez, de siete tochos, en los que las frases y los párrafos son, por lo general, nuevos “sub-tochos”. Quizá por eso, cuando llevaba leída ya la mitad del libro, apunté por ahí que iba avanzando por él a machetazos. Y es que la prosa de Proust tiene momentos en los que parece la más impenetrable de las selvas. Avanzas por párrafos y frases eternos, cada vez más retorcidos, densos, en los que has de volver atrás, coger impulso, pero sigues, a veces a duras penas, porque sabes que al final el esfuerzo merecerá la pena.

Total, que para celebrar la “TochoWeek”, vamos a reseñar el tercer tomo de “En busca del tiempo perdido”: “El mundo de Guermantes”, el cual, a su vez, se subdivide en dos partes separadas por un suceso trágico. Ja, ¿alguien decía que en las novelas de Proust no pasaba nada? Pues sí, en este libro, aunque no lo parezca, sucede algo.

Vayamos al grano.

Si los dos primeros tomos (“Por el camino de Swann” y “A la sombra de las muchachas en flor”) estaban ambientados en la infancia y adolescencia de Proust, en "El mundo de Guermantes" nos encontramos a un Proust ya en su juventud. Pese al paso del tiempo, los temas siguen siendo, básicamente, los mismos: el amor (como idealización de la persona amada y de lo que la rodea), la soledad, el arte, las relaciones sociales y, sobre todo, el tiempo y su influencia en la percepción de las cosas.

Pero el personaje evoluciona y aparecen nuevos temas, como la política, el antisemitismo o la homosexualidad. Prueba de esta evolución del personaje la encontramos ya al comienzo del libro. En él, tras regresar de su retiro con fines medicinales en Balbec, vuelve a disfrutar de la vida en la ciudad. Allí acude al teatro y tiene la oportunidad de ver actuar, de nuevo,  a la Berma, que tanto le había decepcionado (de tanto como había ansiado verla) en su adolescencia, quedando en esta ocasión completamente maravillado.

La verdad es que el comienzo del libro nos trae a Proust en estado puro, con unas detalladísimas y bellísimas descripciones de los palcos y de los ambientes del teatro. En estas páginas nos encontramos con un Proust absolutamente desatado.

Como hemos comentado, el amor vuelve a ser importante (recordemos que se trata de un amor más ideal que carnal). Si en los dos primeros tomos eran Gilberta y Albertina las adolescentes objeto de su amor no correspondido, en este caso es Oriana, duquesa de Guermantes, la mujer objeto de sus intentos de acercamiento. Intentos torpes y tímidos de acercarse a ella y al mundo del que forma parte y que precisarán de la colaboración de su amigo Roberto de Saint-Loup, pariente a su vez de la duquesa. A raíz de las relaciones que Saint-Loup mantiene con Raquel, prostituta de “a 20 francos”, Proust aprovecha para reflexionar sobre el amor, en otra de las partes más interesantes del libro.

Los citados intentos de acercamiento acaban con la entrada de Proust en los círculos aristocráticos, a través de la ya conocida marquesa de Villeparisis. En casa de ésta, asistirá a una reunión con multitud de personajes, entre ellos la duquesa de Guermantes (con la que apenas intercambia unas breves palabras), que entran y salen de la reunión, exponiendo sus puntos de vista sobre las relaciones sociales, el asunto Dreyfus, tan en boga en aquel momento, y la cuestión judía. Pero no os asustéis. No estamos ante un Proust político, ni mucho menos. Él es un mero testigo, sin más. Utiliza el “caso Dreyfus” únicamente para definir a los personajes.

Finaliza esta primera parte del libro con la salida de nuestro protagonista de la reunión y unos extraños comentarios por parte del barón de Charlus acerca de una “misión secreta” para él.

La segunda parte del libro comienza con unas de las más bellas páginas de todo "En busca del tiempor perdido", al menos hasta ahora. Son las que narran la enfermedad, agonía y muerte de la abuela (¡ay, esas freudianas relaciones entre Proust, su madre, su abuela y su sirvienta Francisca!). Sencillamente, son impresionantes.

Y tras un pequeño salto en el tiempo, Proust se reencuentra con una, en esta ocasión, servil Albertina, su amor de Balbec. Ese amor, para él, ha pasado a mejor vida, lo que no es óbice para que, cruelmente, se aproveche de Albertina (porque Proust era muy sensible, pero también un poco "golfo").

Por último, consigue, cuando menos lo deseaba ya, entrar en el círculo más íntimo de la duquesa de Guermantes. Acude, entre príncipes, duques, condes, embajadores..., a reuniones sociales de lo más elitista pero también de lo más mundano con sus charlas insustanciales, falsedades, cotilleos y envidias. Comprueba cómo ese mundo, en realidad, es completamente diferente al que él había imaginado, igual que ya le ha ocurrido con el amor o con el arte.

Concluye el libro de forma abrupta y sorprendente, con dos hechos:
Por un lado, el barón de Charlus, el de la extraña proposición al final de la primera parte, le retira inesperadamente su amistad.
Por otro, reaparece Swann, ya avejentado y enfermo, en casa de la duquesa de Guermantes.
Quizá me equivoque, pero da la impresión de que el barón de Charlus y Swann serán importantes en el siguiente tomo.

En definitiva, el libro contiene páginas absolutamente geniales como muchas descripciones (de personas y ambientes), la parte de la enfermedad y muerte de la abuela o las reflexiones sobre cómo influye el paso del tiempo y las circunstancias en nuestra forma de ver y sentir cosas como el amor, el arte o la propia vida. En ellas se manifiesta de forma clara la extremada sensibilidad de Proust.

Pero también contiene páginas bastante farragosas y extensas, como las dedicadas a las reuniones sociales, en las que el lector puede terminar agobiándose ante tanta genealogía y tanta vacuidad. De ahí que no lo haya calificado como “Imprescindible”, sino como “Muy recomendable”·

De todas formas, anímense. Lean a Proust. Poco a poco. Con calma. Como a los grandes tochos de la literatura, se le amará o se le odiará. No habrá termino medio.

Por mi parte, sé que seguiré con mi particular “año Proust”. Ya sólo quedan cuatro tomos. Me tomaré un pequeño descanso, pero “Sodoma y Gomorra” (otro tocho) espera.

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miércoles, 20 de abril de 2016

TochoWeek #3. Thomas Piketty: El capital en el siglo XXI

Idioma original: francés
Título original: Le capital au XXIe siècle
Traducción: Francisco J. Ramos y Ana Escartín
Año de publicación: 2.013
Nº páginas: 859 (libro+apéndice)
Valoración: Muy recomendable  (Imprescindible para interesados)

Karl Marx escribió El capital en 1.873, y 140 años después el economista francés Thomas Piketty publica este trabajo, que suscitó gran interés y cierto grado de polémica, no en vano el autor es conocido por sus investigaciones sobre la desigualdad y las grandes fortunas. En realidad, aunque obviamente los dos son libros de economía, el que intentaré comentar hoy no constituye ni una revisión ni una réplica del clásico, con el que apenas coincide en aspectos muy concretos, aunque tampoco excluyo que se haya dejado funcionar el efecto tractor de título tan famoso. 

Tras una muy amplia y clarificadora introducción, en las dos primeras partes se pone al lector en antecedentes sobre algunos de los grandes parámetros que definen las magnitudes económicas a nivel internacional: el crecimiento, tanto económico como demográfico, el binomio capital/renta y las relaciones entre rentas del capital y del trabajo –punto en el que se aproxima algo más a algunos de los conceptos trabajados por Marx. Todas estas cuestiones se analizan, interrelacionan y justifican mediante un universo de datos y gráficos, que nos indica a las claras que estamos ante un estudio serio y riguroso, que busca explicaciones globales en que fundamentar la tesis que expone después. 

Tiene además la virtud de entroncar con un enfoque histórico-político de muy largo plazo, que no sólo hace la lectura menos árida para el profano, sino que permite una visión integrada de los fenómenos económicos. Incluso se permite recurrir con frecuencia a textos literarios –es especial, Balzac y Austen- para ilustrar algunas situaciones sobre la estratificación social, lo que resulta llamativo y francamente se agradece. Y, por otra parte, se ofrece la posibilidad de ampliar aún más la información, remitiéndose al descomunal material contenido en la página http://www.piketty.pse.ens.fr/fr/capital21c (anexo técnico), buena muestra de cómo compatibilizar un texto en papel con los recursos de la tecnología.

Una vez fijados los conceptos básicos, Piketty entra de lleno en el alma del libro, que no es otra que las desigualdades generadas por el sistema. La idea central consiste en que en la esencia misma del capitalismo se encuentra el mecanismo por el que, en unas condiciones dadas, las desigualdades aumentan de forma cada vez más acelerada. Sin entrar en profundidades, se puede decir que estamos ante el supuesto en que el rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento, una realidad empírica que se cumple históricamente sin excepción. Dicho de otra forma, estamos ante esas estadísticas que periódicamente conocemos por los medios de comunicación, en las que vemos cómo un porcentaje ínfimo de la sociedad posee más de un tercio de la riqueza de un país, a veces incluso mucho más. Y no hablamos ya de dictadores subsaharianos o sátrapas postsoviéticos, sino de élites de Europa occidental y Estados Unidos, es decir, aquí y ahora.

Entrando en este tema, aunque sin abandonar su naturaleza técnica, el tono del libro empieza a cambiar ligeramente. Piketty no se limita a describir sino que se moja con las implicaciones sociales de estas desigualdades desbocadas, y hasta hace detonar algunas valoraciones que dejan claro que no está en la equidistancia:

‘La democracia real y la justicia social exigen instituciones específicas, que no son únicamente las del mercado, y que tampoco pueden limitarse a las instituciones parlamentarias y democráticas formales’

Y, planteado el problema, pasa a buscar soluciones. La única forma de corregir esta deriva –que en términos teóricos puede llevar al infinito, es decir, a la acumulación de todo el patrimonio mundial en manos de un puñado de individuos- reside en medidas fiscales y de control del capital. Las propuestas son a grandes rasgos 1) Un impuesto sobre la renta limpio de las exclusiones por las que se escapan las grandes fortunas, y recobrando la potente progresividad que ha perdido en las últimas décadas 2) Un modelo de tributación sobre el capital a nivel mundial, que el propio autor reconoce utópico a corto plazo, pero deseable como objetivo 3) El fin de los paraísos fiscales y de la opacidad sobre datos bancarios (vaya, una cosa que resulta, desde luego, de la máxima actualidad).

Es decir, que a lo largo de las casi 800 páginas (y miles de datos complementarios ofrecidos on line) se pone números, fechas y ubicación a esas intuiciones populares del tipo ‘los ricos son cada vez más ricos’, o a las informaciones, parciales y a veces poco rigurosas, que los medios transmiten de cuando en cuando y que aceptamos con desinterés y cierta resignación (estadísticas, datos de ONGs, listas Forbes). Pero se trata de realidades, muchas veces de magnitud más escalofriante aún de lo que pensamos, que tienen su origen en el propio sistema, y que son corregibles si hay voluntad para ello.

Es por tanto un imponente trabajo técnico, pero que no rehúye un importante grado de compromiso con el objetivo de combatir este desenfreno en las desigualdades, socialmente inaceptable. A nivel lector, tampoco nos olvidemos de que estamos ante un libro de economía, pero se advierte en él la voluntad de mantenerse más o menos cerca del gran público, adquiriendo así un cierto tono divulgativo que quizá los especialistas considerarán excesivo. Y si, aun sin perder el rigor, puede albergar la intención de provocar cierto debate, de ninguna manera es algo que se le pueda reprochar, porque aún queman los rescoldos de la crisis iniciada en 2.007, y no están tan lejanos los días en que los dirigentes políticos clamaban, presa del pánico, la necesidad de ‘refundar el capitalismo’.

Así que, si nos interesa indagar en este fenómeno económico que define nuestra sociedad en el principio del siglo XXI, el esfuerzo bien merece la pena.

martes, 19 de abril de 2016

TochoWeek #2. James Joyce : Ulises

Idioma: inglés
Título original: Ulysses
Año de publicación: 1922
Páginas: 976
Traducción: José María Valverde
Valoración: imprescindible

Permítanme comenzar con una breve digresión sobre lo que es "políticamente correcto" (lo que decimos cuando pensamos que nuestras palabras van a quedar registradas o tendrán alguna repercusión) y lo "socialmente correcto" (lo que pensamos que hay que decir ante la máquina de café de la oficina o acodados en una barra de bar, compitiendo por ser el más "cuñao"). Un ejemplo, para entendernos: políticamente correcto puede ser disertar sobre las vanguardias artísticas, visitar museos de arte contemporáneo y tener una reproducción de un cuadro de Kandinsky en la pared del salón. Socialmente correcto es decir que "eso lo hace mi hijo pequeño" ante el cuadro de Kandinsky o contar la anécdota apócrifa de la limpiadora de ARCO que confundió una obra expuesta con un cenicero... Pues algo así ocurre con el Ulises, uno de los libros más suceptibles -quizá el que más- de ser objeto del postureo gafapástico, por un lado, pero también del desdén y hasta la ira de indignados lectores que no consienten "que se les tome el pelo".
Aunque no sólo indignados pero desconocidos lectores, claro: hay una nutrida lista de escritores, desde D. H. Lawrence al sin par Paulo Coelho... (sí, me duele poner a éste en el misma categoría que los demás, pero es responsable de una frase preclara sobre la novela: "El Ulises de Joyce hizo mucho mal a la literatura, porque nadie lo ha leído y todo el mundo dice que lo ha leído"). Mi opinión favorita, sin embargo, es la de Virginia Woolf: "Es el esfuerzo de un estudiante nauseabundo reventándose los granos". ¡Olé, doña Virgi!
Por supuesto, de igual forma ha habido colegas suyos no menos destacados y agudos  que han admirado y ensalzado la obra de Joyce: T.S. Eliot -que se lo recomendó a la Woolf-, BorgesFaulkner o Nabokov... De entre todas las opiniones, yo me quedo con una sentencia del inteligente y sutil Anthony Burgess sobre Joyce: "... una vez leído y absorbido un solo ápice de la esencia de este autor, ni la vida ni la literatura vuelven a ser las mismas de nuevo".
Tal cual, Mr. Burgess. Porque lo remarcable del Ulises no es la historia que nos cuenta, la de un día determinado (el 16 de junio de 1904, el día que James Joyce tuvo la primera cita con su mujer Nora) en la vida de unos dublineses, por lo demás no demasiado notables: Stephen Dedalus, Leopold Bloom y su esposa Molly. Tampoco es importante que estos personajes sean un reflejo de los protagonistas de la Odisea de Homero: Telémaco, Ulises y Penélope, respectivamente (bien es cierto que alguna interpretación que a mí me parece con bastante sentido considera que Stephen es también un trasunto del Joyce joven y Leopold del Joyce maduro... de la edad a la que acabó este libro). Nada más alejado de lo heroico, sin embargo, que el tono de la novela: el capítulo en el que se nos presenta a Leopold, por ejemplo, acaba con el relato de una de sus evacuaciones  intestinales...
No es lo más destacable que la estructura del libro se base también en la Odisea, con cada uno de sus capítulos avanzando de forma paralela a los cantos de aquella, y traduciendo el mito clásico a la mucho más prosaica Dublín de hace un siglo.
No es lo más importante, aunque quizás sí memorable, que Joyce despliegue una pericia técnica sin igual en la literatura escrita hasta ese momento -no dudo que habrá quien encuentre algún precedente de esto o aquello; ya sabemos cómo son los estudiosos-, todo un derroche de estilo -estilos- que consigue plasmar el continuo flujo de pensamiento de los personajes a través del monólogo interior -"stream of consciousness"-; sin olvidar los juegos de palabras y de imágenes, a todos los niveles, las referencias clásicas y cristianas; sagradas, profanas y mundanas (realmente, la novela merece otra lectura deteniéndose con más sosiego en las anotaciones del traductor, para entender a fondo cada párrafo). Joyce consigue combinar sin complejos lo más soez con lo profundo del pensamiento, lo banal con lo transcendente, lo sexual y lo fúnebre... (¿Eros y Tánatos? Uf... mejor lo dejo aquí).
Lo importante, lo fundamental, es que Joyce puso con este libro punto y final a toda la tradición narrativa occidental, que comienza con Homero. Si la Odisea es el Alfa, el Ulises es el Omega, las columnas de Hércules de la novela; es el Apocalipsis de San James, el diluvio tras de mí, el apaga y vámonos. Hasta aquí hemos llegado y el que venga detrás que arree... Y no es que después de Joyce no se pueda escribir más novela, pero eso ya será -ya ha sido- otra cosa: caminar por senderos explorados; es el ferrocarril, la plantación y el resort con campo de golf, no la selva virgen (e incluyo lo que han hecho muchos epígonos de Joyce, algunos muy aventajados: Gaddis, Pynchon... aunque en este asunto, también quien golpea primero da dos veces). Tenía razón Burgess, desde luego y, maldita sea, aún sin pretenderlo, también Paulo Coelho, en cierto modo...
Pero hay más: Joyce es el niño que grita que no ve el traje del emperador, y desnuda a sus personajes, a sí mismo y a nosotros... señalando lo que de nosotros hay en Stephen, Leopold, Molly... que es mucho, me temo. Joyce no es un escritor simpático -lo que no excluye un peculiar sentido del humor-, no es clemente ni misericordioso, pero dice la verdad.
Último apunte: esta novela, más allá de odios y fervores, postureos y cuñadismos, no se puede calificar de otra forma sino como imprescindible. Pero, siguiendo un criterio contrario al de Los reconocimientos, aún por los mismos motivos, no se la puedo recomendar a nadie. Quien la lea, que sea por su cuenta y riesgo.


Otros títulos de James Joyce reseñados en Un Libro Al Día: DublinesesExiliados

lunes, 18 de abril de 2016

TochoWeek #1. Dorian Lynskey: 33 revoluciones por minuto

Idioma original: inglés
Título original: 33 revolutions per minute: A history of protest songs
Año de publicación: 2011
Páginas: 943
Traducción: Miquel Izquierdo
Valoración: imprescindible

Voy avisando: esta reseña viene cargada de superlativos.

El continente

Uno se encuentra en la librería sosteniendo un aparatoso kilogramo largo de portada negra en dos elegantes texturas, fajín rojo (abro el debate: ¿qué hacéis con los fajines mientras leéis un libro, o incluso después?) y las hojas igualmente con sus bordes en rojo, lo cual le da al conjunto un aspecto solemne, robusto, casi sagrado. Y ese "33" en blanco,  rotundo en la portada, con la tipografía que caracteriza las cuidadas ediciones de Malpaso. Billie Holiday, Bob Dylan, Bob Marley. 

Mi primer consejo: ¿a qué esperas para hacerte con este libro?

Primero, porque me temo que la gente de Malpaso sea consciente de los enormes costes de un libro así y haya optado por una primera edición corta. Después, porque pocos, poquísimos libros son capaces de ofrecerte lo que 33 revoluciones por minuto te ofrece. Que es, casi, la historia de los últimos 60 años de la humanidad desde la perspectiva de la música que la ha acompañado. La que no ha callado ni ha tenido miedo a expresar disensión. A alguno le salió bastante caro.

El contenido

Si hubiera justicia en el mundo, las canciones protesta no existirían. Bueno: en un mundo utópico nadie tendría algo tan importante de qué protestar como para componer una canción. Pero el mundo no es perfecto ahora, ni lo era hace 80 años. Que es cuando Dorian Lynskey sitúa en el tiempo la primera de las 33 canciones que sirven de hilo conductor a este descomunal viaje. Esa canción es "Strange fruit" y la cantaba Billie Holiday. Y jamás hubiera dicho a qué se refería esa expresión que titula la canción si no hubiera leído este libro. Sirva de ejemplo para cualquiera de los capítulos. Porque Lynskey es periodista musical y sus conocimientos son, lógicamente, enciclopédicos, pero en este libro no se trata de hablar de charts, de éxitos o de giras con taquillaje vendido. Trata de la música como manifestación cultural incrustada en la sociedad que la rodea y como ésta solía (en pasado, no es éste un ejercicio exento de cierta nostalgia) participar de alguna manera en esa situación, mostrar cierta influencia.
Con la lógica preponderancia (que no es más que un reflejo de su supremacía en los medios) de la música de los dos ámbitos geolingüisticos anglófonos - USA y UK, el repaso que le da Lynskey al fenómeno es inapelable. Pero no es un repaso acaparado por la cuestión musical. Si dijera que hasta ese aspecto queda relegado a un rol secundario no iría muy desencaminado. Cada capítulo es una pieza de la historia del escenario que ha generado esa música. Esa es la clave del valor que aporta ese libro no solo si a uno le interesan los músicos de los que se escribe. Porque para comprender a todos esos músicos valientes hay que entender muchas cosas. Y esas cosas pueden ser el poso racista aún implantado en la sociedad americana, la influencia de la política en los medios, la angustia del joven músico ante el sufrimiento de quienes le rodean. Este libro habla de Bob Dylan y de Bob Marley, de los Specials y los Public Enemy, de George Michael y de Rage Against the Machine, y de Radiohead, pero profundiza en la génesis de sus protestas. Vietnam, Reagan, Thatcher, Luther King, Pinochet, Sarajevo, Malcolm X, McCarthy, Nixon, Blair. Todo está ahí.
Como he dicho, y teniendo en cuenta que el libro data de 2011, y que estos cinco años, a pesar de la crisis, no han permitido que se vislumbre cambio alguno en esta tendencia, hay un cierto factor de nostalgia. La protesta no existe ya, o no es sencillo visualizarla en la música. En sus manifestaciones más divulgadas y mayoritarias. Son varios los factores que la han neutralizado. Por un lado, que algunos de los hechos contra los que se protestaba ya no son tan visibles o no nos parecen tan graves. Por otro, y ya entraríamos en conjeturas, que las propias discográficas han acabado conduciendo sus producciones hacia una uniformidad (seguro que dirán que en aras de la globalidad) que ha acabado confinando al músico militante a través de los mensajes de sus canciones hacia un rincón minoritario. La música de hoy en día pone por delante de cualquier otra temática las relaciones personales, el hedonismo o los mensajes comúnmente aceptados (y por tanto, también neutralizados), y la propia industria y los condicionantes económicos obran como implacable tamiz cuando no como barrera infranqueable. Se está tirando la toalla. Hasta algo como el hip-hop se ha dulcificado y ha moderado su mensaje para ser digerible por públicos ajenos a su mercado natural.
Lynskey no ahorra palos más o menos directos, por ejemplo, hacia John Lennon (hablando de abolir la propiedad privada sentado en un carísimo piano de una mansión o viviendo en un lujoso edificio en Manhattan). También tira de las orejas a bandas emblemáticas como U2. Todo razonado y objetivamente incontestable. 
Acabo con una reflexión. Culpemos a las descargas, al capitalismo, a la preocupante tendencia a la cultura de usar y tirar. Será por excusas. Pero qué lejos (distancia inabarcable y, me temo, recorrida de forma irreversible) está hoy todo el universo musical de generar artistas de impacto con sentido real del riesgo de protestar por lo que sea, sin miedo a sus consecuencias comerciales. Quizás asistir a un acto, firmar un manifiesto pulido e inofensivo, o ponerse una camiseta o una chapita. A lo sumo, adoptar una pose dilettante dejando que, en las filmaciones que suelen acompañar a los conciertos, se cuele alguna frasecita reivindicativa. Quizás el negocio musical ya no es tan lucrativo para asumir un compromiso que se extienda al riesgo físico. Quizás se ha tirado la toalla en aquello tan bonito de cambiar el mundo con las canciones. Pero la sensación, incluso varios años después que este monumental libro ha sido escrito, es que ya no hay apenas gente dispuesta a intentarlo.
Haceos con este libro. Leedlo. Guardadlo. Consultadlo. Ahora y en el futuro. Puede, espero que no, que eso de que habla sea, en poco tiempo, parte del pasado.