sábado, 31 de octubre de 2015

Israel Centeno: Iniciaciones

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable

Hace días comentaba por Twitter mi extrañeza ante el relativo escaso peso de la literatura venezolana dentro de la escena actual. Lo hacía a cuenta de la lectura de este libro y obtuve algunas recomendaciones que, mil disculpas, me sonaban de todo menos familiares. Gustavo Pereira, Ana Enriqueta Terán, Juan Calzadilla o Luis Britto. Insisto, escasa repercusión y, por supuesto, sin haber accedido a sus obras, desconocimiento lógico y nula referencia, como si la escena venezolana, a diferencia de la argentina, la chilena o la colombiana, hubiera perdido fuelle en eso de aportar nombres a un muy hipotético star-system.

No es que Iniciaciones sea una de esas novelas que ponen patas arriba una escena, por eso. El simple empujón que me llevó a su lectura es su asequibilísima duración, el ignominioso hecho de que lecturas de 600 y 700 páginas me tienen apartado de la realidad, y mi malsana tendencia a merodear por los pasillos de la biblioteca y dejar que el azar plante ante mí un diamante en bruto, algo que me aleje de esa cómoda tendencia entre las novedades y las apuestas seguras que no suelen fallar (y, ejem, las porquerías que permiten canalizar mi sempiterno exceso de bilis). 

Iniciaciones parece jugar a ser una serie de relatos cortos (encabezados por un indescifrable tramo inicial, un arrebato sin signos de puntuación) que encajan en una novela, pero en realidad sí que alcanza cierta entidad sobre todo tras una cierta fase de digestión. Diversas voces de personajes con distintos grados de relación y cercanía familiar van narrando cada uno de los episodios, todos ellos involucrando esas iniciaciones, esos primeros escarceos sexuales, con sombras ilícitas o inmorales por todos lados, encuentros muchas veces inconclusos o hasta meramente imaginados, descritos con precisión poética, parquedad de detalles, elipsis intranquilizadoras y unas maneras que delatan que la especialidad de Centeno es el relato corto. Un estilo que transpira carnalidad y que puede que no sea siempre bien digerido por quienes se escandalizan con lo inmoral, así en cursiva, que de esos hay en todas partes y hasta en los dos extremos del arco parlamentario.

viernes, 30 de octubre de 2015

Paul Pen: El aviso

Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: entre recomendable y está bien

Comienzo con una pregunta capciosa: ¿nos encontramos ante el Stephen King español? Pongo lo de "capciosa" porque, evidentemente, resulta en todo punto injusto comparar a un escritor que publica su primera novela -aunque ahora ya tiene alguna otra- con otro de fama mundial que ha publicado decenas de ellas. Y en cuanto a calidad literaria, la de King tampoco es desdeñable y suele ser reivindicado fuera del ámbito de los lectores de best-sellers o los aficionados a las novelas de terror... Por otro lado, tampoco es descabellada la comparación; ésta no es la primera vez que se hace y el propio Paul Pen asegura que el de Maine es uno de sus escritores favoritos. Su influencia es indudable, en todo caso: igual que suele hacer King, Pen situa una historia con transfondo sobrenatural o al menos inexplicable, en medido de la vulgar cotidianeidad de la vida moderna; en este caso, entre los habitantes de un pueblo de la sierra madrileña. En fin, en realidad no soy el más indicado para seguir con la comparación, pues hace años que no leo nada de Stephen King -la mayor especialista de ULAD en este autor es mi compañera Izas-, pero ahí dejo este apunte, para quien quiera tenerlo en cuenta...
La historia que nos cuenta esta novela parte, ya digo, de la aparición de una circunstancia ominosa e inexplicable en la cotidianeidad de unos personajes casi indefensos ante lo que les sucede y, que ni siquiera aciertan a asimilarla; mucho menos a comprenderla. La narración se estructura en dos planos temporales que avanzan de forma paralela: uno, en el año 2000, cuando se produce un acontecimiento trágico pero, en apariencia, sin misterio alguno: el atraco a la gasolinera del pueblo. Años más tarde, en 2009, un niño llamado Leo, recibe unas advertencias anónimas que llenan de pavor su ya complicada vida (el pobre chaval es víctima de un bullying escolar continuado durante años). Y hasta aquí puedo contar para no destriparle la lectura de la novela a nadie (aconsejo además no echarle un vistazo a la contraportada del libro, para no enterarse de más de lo conveniente del argumento).
La novela está bien escrita, desde luego, con especial habilidad por parte del autor en mantener el suspense en ciertos momentos de la narración. Sin embargo, ésta también avanza, en otras ocasiones, a un ritmo algo lento y reiterativo-contraproducente, precisamente, para una novela de este tipo-; una de las causas de esta ralentización está creo, en la excesiva prolijidad al describir ciertos detalles, como son todos y cada uno de los gestos de los personajes (sus descripciones, en cambio, se apuntan tan sólo y se van completando con pericia de veterano en el oficio, a lo largo de la novela). también el hecho de que el elemento "inexplicable" vaya apareciendo de forma gradual, en vez de una forma más contundente y adrenalínica... (como ocurría precisamente en las novelas de King, según creo recordar). Por otra parte -y esto puede considerarse tanto un mérito como todo lo contrario- en toda la novela y sobre todo en algunos momentos nos sobreviene la impresión de estar leyendo un relato con cierto aire de guión cinematográfico.... incluso Pen resulta muy hábil insertando ciertos "trucos" típicos de guionista, como ir sembrando la historia de elementos aparentemente anodinos, pero que luego tendrán su importancia en el desarrollo de la misma (no sé cual es el nombre técnico exacto de este "truquillo"). Por supuesto, aquí también estoy jugando con ventaja: sé que Pen estudió Comunicación Audiovisual y ha trabajado como guionista de televisión... 
En cuanto al tratamiento de los personajes, ocurre algo parecido al ritmo narrativo: están todos muy bien trazados, con sus matices y evoluciones... excepto uno (y que tiene bastante importancia, por cierto), que resulta, si no plano, sí bastante monolítico en todo momento y desequilibra un poco el conjunto, creo yo. Aunque tal vez de lo que se tratara fuese de crear un cierto contrapunto, no sé...  que cada lector lo juzgue, si le parece.
¿Los aciertos de la novela? En mi opinión hay sobre todo tres grandes aciertos: primero que, a pesar de esa cierta morosidad reiterativa de algún momento, la última parte de la narración avanza a un ritmo cada vez más trepidante que te lleva en volandas hasta el final, dejando al lector, en este sentido, con un buen sabor de boca. En segundo lugar, circunscribir el desarrollo de la historia a esa localidad de la sierra madrileña, que en principio representa el ideal de la clase media: urbanizaciones de chalés y adosados, una universidad privada, parque acuático, idílico lago artificial... bien es cierto que, aparte de los nombres de los personajes, tampoco hay muchos más elementos que hagan situar la acción, de forma inequívoca, en España; la historia bien podría desarrollarse en un suburbio acomodado  de  París o Londres. O Kansas City. En cuanto al tercer gran acierto... creo que no lo voy a contar: que quien lea la novela piense en ello al llegar al final de la misma. 
Ahora bien, hay también un aspecto de este libro que, si bien no puede considerarse en absoluto un fallo narrativo, tal vez sí que sea un cierto demérito -según opiniones, por supuesto-; me refiero a un asunto que señalaba mi compañera Montuenga es la reciente reseña de No está solo: la utilización del sufrimiento de un niño -vale que ficticio- en la ficción literaria. Es cierto que el caso que nos ocupa no es para nada escabroso, pero aún así... ¿no es ésta una circunstancia que nos puede volver más insensibles aún hacia lo que les ocurre a los niños en la vida real? En fin, confieso que yo no me hubiera planteado nunca esta cuestión si no llega a ser por la reseña de mi compañera. Tampoco quiero condicionar a nadie: ahí lo dejo también, para quien quiera pensar en ello.


jueves, 29 de octubre de 2015

Ignacio Martínez de Pisón: La buena reputación

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Con los premios literarios (me refiero a los que quieren mantener cierto prestigio y rigor crítico, no a iniciativas de autopromoción comercial como el Planeta) ya se sabe lo que pasa: unas veces aciertan y otras veces dan la nota de mala manera. Que valga lo mismo el Premio Nobel de Coetzee que el de Modiano es algo que no se termina de entender, y si algún día se lo dan a Murakami... Pero bueno, hoy hablamos de un Premio Nacional de Narrativa, y los Premios Nacionales de Narrativa suelen ser bastante fiables, por no decir que, por lo general, apuestan sobre seguro. Si vemos la lista de los últimos premiados, casi parece que estamos a leer el canon de Los Consagrados de la literatura española actual: Cercas, Marías, Chirbes... (Ninguna mujer en los últimos veinte años, por cierto...)

El premio a La buena reputación de Ignacio Martínez de Pisón está en esa misma línea de apostar por un valor seguro, no porque Martínez de Pisón esté a la altura de canonización casi unánime de Marías o Cercas, sino porque se trata de una novela clásica, muy clásica, lo que no quiere decir que sea una mala novela. De hecho, esa es la mayor crítica que se le puede hacer a la obra y a su autor (y a los que la han premiado): que se trata de una novela mucho más moderna que posmoderna; casi decimonónica, como han dicho ya otros críticos, por su objeto, por su técnica, incluso por su extensión.

Para empezar, La buena reputación cuenta la historia de tres generaciones de una misma familia. ¿Qué puede haber más decimonónico que contar la historia de tres generaciones de la misma familia? (Sí, Kirmen Uribe también hacía lo mismo en Bilbao-New York-Bilbao, pero con una técnica completamente diferente y mucho más actual). En este caso se trata de una familia de origen judío que reside en Melilla: los padres, Samuel y Mercedes; las dos hijas, Miriam y Sara, y más adelante, los nietos, Elías y Daniel. A cada uno de estos personajes (salvo Sara, por algún motivo) se dedica una de las secciones del libro,: "La novela de Samuel", "La novela de Mercedes", "La novela de Miriam, etc.

Quizás el tema más recurrente en el texto sea el de los orígenes y su relación con la identidad: Samuel es un judío muy poco apegado a su religión, pero aun así arriesgará su vida, su dinero y su salud para salvar a los que intentan huir de Marruecos; Mercedes hace todo lo posible por volver a Zaragoza, como Miriam, años después, hará todo lo posible por volver a Melilla. También la culpa, el remordimiento, la inocencia y la redención son cuestiones que parecen transmitirse de generación en generación, infectando a todos los miembros de la familia.

Quizás sea porque el exotismo los hace más atractivos, o porque tienen mayor carga épica, pero los capítulos que más enganchan son los dedicados a la estancia de la familia en Melilla, hasta que por miedo a una posible anexión a Marruecos deciden trasladarse a Málaga, y poco después a Zaragoza. A partir de ese momento, la familia se vuelve más anodina, los personajes más planos (salvo el tremendo personaje de Felisa, la criada, que sobresale como si tuviera más dimensiones que el resto) y el interés de la acción decae levemente. Técnicamente, no hay diferencia entre unas novelas y otras, más allá del cambio del cambio de foco de unos personajes a otros: la historia siempre nos es presentada por un narrador omnisciente levemente irónico pero en general poco interventivo, y con un estilo cuidado y libre de clichés, pero sin ornamentos de excesivos.

Por eso, nadie podrá decir que darle un premio a La buena reputación sea un error: es una buena novela, un novelon decimonónico en pleno inicio del siglo XXI, bien documentado, bien escrito, bien construido, que juega con un inteligente perspectivismo que no intenta ser efectista sino eficiente. (Samuel es un héroe en su propia novela; lo es mucho menos en la novela de su mujer). Lo que tampoco podrá decir nadie es que Martínez de Pisón haya revolucionado la novela española con esta obra; tampoco se lo proponía, seguramente.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Colaboración: El río del Edén de José María Merino

Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Con un argumento tan sencillo como el de un niño con síndrome de Down y su padre que transportan en una urna las cenizas de la madre al río, José María Merino construye una potente novela en la que se imbrican tradición y originalidad. Ya desde su mismo título se introduce el símbolo del río, un símbolo tan repetido que, como decía Umberto Eco, por tener tantos significados casi los ha perdido todos.

En la novela de Merino, es el río bíblico del Edén, pero también es el río primigenio en torno al cual se funda Macondo, "de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos de dinosaurio"; es el río heraclitiano del paso del tiempo, es el río manriqueño, es el río de la vida, es el río de leyenda del romancero, es el locus amoenus de las "corrientes aguas, puras, cristalinas" de Garcilaso y es el río observador indiferente al destino de los personajes como El Jarama de Ferlosio.

Merino participa de todos esos ríos para dotar de significados simbólicos al suyo, toma esas fuentes y las reformula en una historia en la que, a pesar de su envoltorio realista, no renuncia a introducir elementos fantásticos a través de las voces del padre, Daniel, y de su hijo Silvio. Merino tiene una gran habilidad para transformar un espacio real en algo mítico y mágico. Daniel cuenta a Silvio la historia de un tesoro escondido en el fondo del río y Silvio cuenta a Daniel la historia de unos extraterrestres cinematográficos y amistosos. Para Daniel, el río del Edén es el pasado y el recuerdo de su esposa. Para su hijo Silvio, es el lugar de la magia. Y las dos miradas se aúnan en complicidad.

No renuncia tampoco Merino a tratar uno de los grandes temas de la literatura fantástica, tan presente en su obra literaria: el tema del doble, de esos dos danieles que habitan en el interior del protagonista, que lo humanizan y provocan desde la antipatía a la comprensión, del Daniel que rememora su pasión amorosa por Tere y del Daniel que se arrepiente del daño causado. El protagonista realiza al remontar el río con su hijo el viaje más hermoso, que es, en definitiva, el del perdón a sí mismo, el de la aceptación de uno mismo y de los otros, el de la constatación de que en la mochila que se lleva después de una cierta andadura vital, caben las buenas acciones pero también el daño que a veces podemos llegar a hacer a quienes más queremos.

Antes he hecho referencia a El Jarama. Lo que en la novela de Ferlosio es contar lo que pasa en un tiempo y un espacio concretos, se convierte en la novela de Merino en un pasar del pasado al presente y ese día de excursión al río de Daniel y su hijo se alarga y multiplica en la memoria del lector a través de los instantes rememorados en la mente de Daniel en un monólogo en segunda persona. Se recuerda el flechazo inicial de Daniel con su esposa Tere, la separación, la ruptura, el reencuentro, la reconciliación, la paternidad vivida desde la decepción inicial del padre hasta el reconocimiento y el arrepentimiento con la muerte de Tere, la aceptación de sí mismo a través del hijo y de una memoria en la que no se escamotea ni lo bueno ni lo malo, ni los daños causados ni el amor dado y recibido.

Porque, en definitiva, ese es el gran tema de El río del Edén: el tema del amor en sus variantes de amor erótico, de amor materno y de amor filial. Para Daniel, durante esa excursión al río, se produce una epifanía: la revelación de que ha sido capaz de aceptar a su hijo, que es capaz de quererlo y de volver a amar a su esposa muerta a través del niño, que es capaz de aceptarse a sí mismo con todos los errores cometidos y con toda su escandalosa e imperfecta humanidad.

Finalmente, a Daniel le queda el río del Edén, donde va a depositar las cenizas de su esposa, y a los lectores nos queda el texto, ese fluir de palabras que se escurren entre los dedos, ese monólogo en segunda persona que atrapa y seduce y nos lleva entre los vericuetos de una historia de amor, celos, desengaño, traición y arrepentimiento.

Firmado: Federico Escudero

martes, 27 de octubre de 2015

Philip K. Dick: El hombre en el castillo

Idioma original: inglés
Título original: The Man in the High Castle
Año de publicación: 1961
Traducción: Manuel Figueroa
Valoración: Muy recomendable

La verdad es que me pirran las ucronías; ya saben: esas realidades alternativas pergeñadas a partir de un cambio en algún acontecimiento histórico, generalmente de orden bélico: qué hubiera pasado si Napoleón hubiese vencido en Waterloo o si los confederados hubieran logrado secesionarse de los Estados Unidos. Cosas se ese tipo... Y a los escritores de ucronías les pirra todo lo relacionado con la II Guerra Mundial, sus protagonistas, consecuencias y prolegómenos. Algunos ejemplos muy logrados son la estupenda Patria, de Robert Harris, la reveladora La conjura contra América -con un Lindbergh pro-nazi convertido en Presidente de los EEUU- de Philip Roth o en el caso español, la muy célebre, en su momento, En el día de hoy, escrita por Jesús Torbado, pero se dice que concebida por el astuto señor Lara -el primero-, que además le dio un premio Planeta en el 76 (todo un escándalo: ¡un premio Planeta encargado por la editorial...!).

En la realidad ucrónica que nos propone Dick, Alemania y Japón han ganado la guerra y se reparten  el mundo, grosso modo. Lo que eran los Estados Unidos de América han quedado divididos entre una entidad al este, depedendiente de Alemania y con un régimen político muy racista y bastante jerarquizado y otro protectorado, al Oeste -los Estados del Pacífico- dependientes del Imperio japonés, muy jerarquizado y bastante racista. En medio, a modo de conveniente colchón, los Estados de las Montañas Rocosas, más o menos a su bola, como antes de las guerra... Los alemanes, por su parte, después de seguir ejerciendo sus propósitos genocidas en los territorios conquistados, como África, se han lanzado a la exploración y colonización de otros planetas, mientras que los japoneses, más cautos, se preparan para una relación cada vez más gélida con sus antiguos socios. La novela se desarrolla sobre todo en San Francisco y en Colorado, mostrándonos las vicisitudes de una serie de personajes que resultan estar unidos entre sí a modo de cadena humana. Hay americanos, japoneses y alemanes. Vencedores y vencidos (y la actitud que toman algunos de éstos hacia su derrota resulta lúcidamente llena de sutilezas... No he leído la reciente Sumisión, pero por lo que dicen sus reseñas, sospecho que hay alguna concomitancia al respecto entre ambas novelas).

Aparecen además, dentro del libro, otros dos (y esto es lo más interesante, como ejercicio metaliterario): el I Ching chino o Libro de los cambios, cuyo sistema adivinatorio consultan muchos de los personajes (incluso parece que el propio autor lo utilizó para escribir esta historia... y no sólo él); y además, otra novela, también leída por casi todos los personajes, titulada La langosta se ha posado , donde  se narra ... una ucronía en la que Alemania y Japón han perdido la guerra -el "hombre en el castillo" al que alude el título es, precisamente, Hawthorne Abendsen, el autor de este otro libro dentro del libro-; se crea así un juego especular que, revelado poco a poco, no muestra toda su complejidad hasta el final de la novela (la que tenemos entre manos, no la otra) y que resulta algo confuso en algún momento, pero también muy satisfactorio, desde el punto de vista del lector poco acomodaticio.

Para terminar: El hombre del castillo, además de una magnífica novela, creo yo, es una obra política. Tal vez ya no dé esa impresión, pero sin duda lo era en el momento de su publicación y aún muchos años después; otra cosa es que a estas alturas se nos haya olvidado su motivación. Parece que por suerte, aunque quizá pequemos de incautos...


Otros libros de Philip K. Dick reseñados en Un Libro al Día:  ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ubik

lunes, 26 de octubre de 2015

Sandrone Dazieri: No está solo

Resultado de imagen de no esta solo dazieriIdioma original: italiano
Título original: Uccidi il padre
Año de publicación: 2014
Valoración: Está bien


Me produce auténtica repugnancia cualquier relato, cinematográfico o del tipo que sea, que utilice a menores para producir morbo. A este llegué sin saber muy bien de qué iba y, en realidad, –advierto con toda la intención– no existe, ni en primer ni en segundo plano, ningún contenido escabroso. Pero la sospecha se mantiene durante toda la novela y aunque finalmente nos enteramos de que no van por ahí los tiros, el hecho de que se mantenga –creo que deliberadamente– esa idea en la mente del lector me molesta y mucho.

Una familia decide pasar un día en el campo. Horas después, el padre aparece en la carretera desorientado, fuera de sí, con un desaliño propio de alguien que no está en sus cabales, sin saber dar razón de lo ocurrido. Cuando se encuentra el cadáver de la esposa y se confirma la desaparición del niño, es considerado presunto autor de los hechos y se le arresta sin más. Este es el punto de partida de una trama que, más que policíaca, debe calificarse de thriller. Aunque con todos sus inconvenientes, muy pocas de sus ventajas y algunas pretensiones que se quedan en eso.

En cualquier serie televisiva, –que es a lo que se asemeja, nada que ver con los clásicos del cine– una acción trepidante agiliza el relato, pero eso mismo expresado en palabras convierte las escenas en tediosas descripciones de actos irrelevantes, que al acompañarse de insustanciales diálogos convierte al conjunto en un puñado de gestos vacíos. Porque, mientras una y otra vez –sin aportar absolutamente nada al argumento– Dante enciende cigarrillos y Colomba sufre crisis de ansiedad, el destino de los niños, el modus operandi del crimen, las peripecias y el proceso psíquico que atraviesa el verdadero responsable o la relación entre los miembros de la banda desde esa lejana fecha de su pasado militar quedan en la zona de sombra, de forma que las cerca de 600 páginas reflejan una acción intrascendente y lenta. Se encuentran, además, repletas de tópicos que alguna vez acuñó la literatura, recogió luego el cine y ahora mismo son patrimonio de los telefilms más mediocres: investigadores curtidos pero traumatizados, escépticos, poco ortodoxos, retadores y rebosantes de conflictos privados. Aburre tanto verlos una y otra vez que pasamos enseguida a otra cosa, y hasta dejamos de preguntarnos qué motivo induce a los autores a seguir poniendo semejantes artefactos en marcha.

El tempo literario, su adecuado manejo, es uno de lo índices fundamentales para medir la calidad de una obra. En el último cuarto de la novela, cuando tiene que preparar el desenlace, justo cuando se arresta al famoso Alemán y para compensar el tiempo perdido en detalles irrelevantes, el narrador comienza a dar las explicaciones pertinentes a todo gas, con poca elaboración previa.

Hasta la elección del punto de vista me parece poco afortunada. No creo que la omnisciencia resulte apropiada para este formato en concreto, pues eso de entrar en los pensamientos y sentimientos de todo el mundo presta un aire bastante irreal a cualquier narración de intriga. Quizá en otros relatos más cinematográficos no importe, pero si aparte de la acción existe tanta introspección, tanto análisis psicológico, sería más acertado expresarlo a través de una sola mirada, o de varias, alternativamente.

Las personalidades no son muy verosímiles. Cuatro rasgos mal escogidos componen un estereotipo, no un individuo con visos de existir. Rovere, sin ir más lejos, a quien se idealiza para convertirle en el héroe que se sacrifica altruistamente, y que no hay quien se crea como podemos ver en esta hipérbole:
“Rovere estaba dispuesto a pasar por un trepa envidioso y mezquino, con tal de implicarla en aquello. Si no hubiera muerto, Colomba habría abandonado el juego, pero ahora sabía que debía recoger su herencia, por muy pesada que esta fuera.”
Todo muy aleccionador, sí.

La figura de Rovere se sublima al morir se mitifica, adquiere connotaciones paternas. Un padre contra otro, el dios malo contra el bueno, que pierde su debilidad al morir y pasar a un plano supra-terreno. Pero este tipo de explicaciones dan todo masticado al lector en lugar de presentarlo directamente para que este saque sus conclusiones.
“Colomba había perdido a su padre cuando era pequeña a causa de un infarto y siempre se había sentido atraída por las figuras masculinas fuertes, que de algún modo ocuparan su lugar.”
Claro que, el apelativo Padre, así con mayúsculas, en nuestra cultura está reservado a dios y solo a él. Se trata de una treta ingeniosa para imprimir su omnipotencia en nuestra mente. El Padre es el dios que todo lo puede. Primero solo lo cree Dante, pero transcurridas unas cuantas páginas nadie lo duda, no solo los personajes, hasta el lector ha llegado a convencerse. Por fin, un poco después del ecuador, Dazieri aborda su figura directamente y no a través de las conjeturas del reparto.

Uno de los aciertos más destacables es ese: el progresivo convencimiento que imprime en el lector acerca de su existencia; pasamos de la absoluta incredulidad a la duda y luego a una certeza sin fisuras que incluso olvida haber cuestionado alguna vez el asunto.  O que todo el proceso se realice al compás de los personajes. O algunos giros argumentales sorprendentes. O que esa relación tan tópica, la de Colomba y Dante, no se concrete finalmente en nada. Pero lo que considero el plato fuerte es la temática: corrupción, asociación ilícita, traumas infantiles, el crimen reiterado con la excusa de hacer avanzar la ciencia, la psicopatía en su vertiente de dominio absoluto de personas y otras muchas cuestiones igual de relevantes.

El resultado es una obra entretenida con altas dosis de intriga y un conjunto de retratos –interesantes aunque con un punto incoherente– que habría podido alcanzar altas cotas si Dazieri, tras construir la complicadísima trama, se hubiese molestado en pulirla.

domingo, 25 de octubre de 2015

Álvaro de Carvalhal: Los caníbales

Idioma original: portugués
Título originial: Os canibais
Año de publicación: 1865-6 en revista, 1868 como libro
Valoración: interesante

Probablemente los lectores españoles no conocerán a Álvaro de Carvalhal; no importa, tampoco lo conocen la mayor parte de los lectores portugueses. Para situarlo hay que decir que fue uno de los escritores involucrados en la llamada questão coimbrã, en la que un grupo de jóvenes  vinculados con la universidad de Coimbra se enfrentó con el núcleo de escritores que ostentaban el control del campo literario portugués; otros nombres quizás más reconocibles de este grupo son Antero de Quental, Teófilo Braga o Eça de Queirós. Pero Álvaro Carvalhal fue también uno de los primeros autores en escribir novela de terror o gótica en Portugal, lo que ya de por sí le vale un lugar en la historia literaria de su país. Los caníbales está considerada como su obra maestra, y es la más conocida, entre otras cosas porque fue adaptada al cine por Manoel de Oliveira en 1988.

La historia de "Los caníbales" (una novela corta o cuento largo que se lee de una sentada) es muy típicamente romántica, o mejor dicho, post-romántica, como luego explicaré: incluye un triángulo amoroso entre la hermosa y muy aristocrática señora doña Margarita; el Vizconde de Aveleda, el único hombre capaz de ganarse sus afectos; y el joven y celoso don João. La noche de bodas entre Margarida y Aveleda, en que culmina la acción, el nuevo marido revelará por fin a su nueva mujer el misterioso y terrible secreto que carga consigo. Curiosamente, esta es una de las pocas obras que conozco en las que el título es en sí mismo un spoiler, porque revela parcialmente el desenlace; y el título anterior, "La estatua viva", no es nada mejor en ese sentido...

Pero lo más interesante de esta obra, más allá del argumento supuestamente terrorífico e impactante (y en su época quizás lo fuera; ahora estamos acostumbrados a leer cosas parecidas o a verlas en películas en horario infantil) es el tratamiento irónico que el narrador da a los hechos, distanciándose constantemente de los tópicos románticos de la novela gótica (personajes idealizados, mansiones lóbregas, localizaciones exóticas, desenlaces terroríficos). La voz del narrador, que interrumpe constantemente la trama, sobre todo al inicio de cada capítulo, nos recuerda no solo que lo que estamos leyendo es literatura, sino que es literatura de género, regida por una serie de convenciones, y que estas convenciones son en muchos casos ridículas, pero oye, son las que son y hay que seguirlas.

Por eso esta obra debe considerarse como una especie de puente entre el romanticismo puro y el post-romanticismo, camino ya del realismo (recordemos que autores "realistas" como Dickens o Eça de Queirós publicaron también obras de terror); y esto encaja también con su posición como miembro del grupo de Coimbra, que postulaba, precisamente, la superación de los cánones románticos, ya agotados en la segunda mitad del siglo XIX. Por eso, más que por su supuesto carácter terrorífico, es interesante esta novela.

Por cierto, para quien consiga leer en portugués, la obra está disponible a través del Proyecto Adamastor, aquí.

sábado, 24 de octubre de 2015

Gesualdo Bufalino: Tommaso y el fotógrafo ciego

Idioma original: italiano
Título original: Tommaso e il fotografo cieco ovvero Il Patacrac
Año de publicación: 1996
Traducción: Joaquín Jordá
Valoración: está bien

¿Recuerdan ustedes -quienes nos lean desde españa seguro que sí; a los demás, ahora les explico-aquella serie de televisión de hace unos años, llamada Aquí no hay quien viva, que trataba de las aventuras y desventuras de los vecinos de un mismo inmueble? Salía un personaje llamado Emilio, el portero del edificio, que popularizó una expresión que se hizo célebre, lo de "un poquito de por favor"...
¿Recuerdan también, supongo, a esa especie de detective chiflado y sin nombre creado por el escritor Eduardo Mendoza, protagonista de varias de sus novelas?
¿Y conocen algunos de ustedes -espero que pocos- aquella infumable novela titulada Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, también de gran éxito hace unos años? El protagonista era un tipo que había decidido vivir como un ermitaño hedonista y jeta en un piso del centro de Barcelona (ayudaba el que su padre fuera millonario, claro), hasta que se veía envuelto en una misteriosa trama...
Bueno, ¿y a qué vienen este batiburrillo de alusiones, en vez de hablarnos del libro de Bufalino?, se preguntará más de uno de ustedes, con toda razón; el motivo es muy sencillo: lo que ocurre es que no tengo mucha idea de por dónde enfocar la reseña de esta novela, que me tiene un tanto despistado. Así que trato de explicarme por referencias, por peregrinas que parezcan...
Verán: resulta que el protagonista de la novela es un tal Tommaso Mulè, portero y encargado del mantenimiento de una torre de apartamentos en la periferia romana, conocida por el curiosos nombre de "Flower City". Tommaso, antiguo periodista, trabaja y vive allí, en condiciones no demasiado boyantes, buscando apartarse del mundanal ruido, a cuentas de una crisis existencial (?). Claro que el mundanal ruido lo tiene justo encima de su cabeza -él habita en el semisótano-, en forma de vecindario variopinto y hasta excéntrico, al que él no sólo no evita, como podríamos suponer, sino que frecuenta con un ánimo de lo más dicharachero, me parece a mí. Entre ellos se encuentra su mejor amigo, el ciego Tireisas -así le llama Tommaso-, fotógrafo de profesión que, merced a su ceguera, precisamente, se gana la vida haciendo retratos de boudoir (o sea, en plan picantón) a señoras burguesas casadas. Este fotógrafo se ve envuelto en un asunto turbio que afecta a influyentes personajes de la República Italiana y aquí es donde el amigo Tommaso se ve obligado a ejercer de investigador algo sui géneris, recordando, ya digo, (¿ven como todo tenía su explicación?) a aquel otro personaje de Eduardo Mendoza. En fin, que por ahí van los tiros...
El recurso a la coralidad de las casas de vecinos suele dar muy buen resultado tanto en la literatura como en el cine e incluso, como ya he mencionado, la televisión: ahí  tenemos la celebrada La vida, instrucciones de uso de Perec o la reciente La vida de las paredes, de Sara Morante, por poner un par de ejemplos. pero Bufalino lo malgasta, creo yo, obviando el mayor juego que podrían haberle dado algunos de los personajes. Tampoco aprovecha a fondo -y perdón por si alguien considera esto un SPOILER- las posibilidades de la trama detectivesca, que podría haber resultado bien jugosa; buena parte de la extensión de la novela se dedica, en cambio, a los interminables monólogos interiores, repletos de los pensamientos, elucubraciones y manías del portero del edificio (es verdad que la narración es en primera persona, pero aún así...) quien, por simpático que nos pueda resultar como personaje, acaba siendo bastante cargante, No sé si la excesiva verborrea se debe a que esta novela, la última escrita por Bufalino, se publicó de forma póstuma y no pudo recibir una corrección final por parte de su autor (no tengo ni idea, en verdad: es simple especulación).
En suma, que la novela me tiene más bien despistado, repito: por un lado, es indudable la calidad de la prosa de Bufalino y no digamos ya su evidente entusiasmo por por las virtudes -incluso terapéuticas- de la práctica literaria. Por otra parte, creo que la historia resultante está algo desequilibrada y desaprovechada, y algo parecido ocurre con los personajes, que podrían haber dado bastante  más de sí, en algunos casos; al final el protagonismo del narrador se lo come todo.
Un último apunte: el título completo del libro es Tommaso y el fotógrafo ciego o El catacroc (Il Patacrac en italiano). Existe una razón para este doble título, pero para entenderlo, hay que leer entera la novela. Para quien guste...

viernes, 23 de octubre de 2015

Colaboración: Mala gente que camina de Benjamín Prado

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: está bien

Mala gente que camina apareció en España en 2006, cuatro años después de la emisión de Els nens perduts del Franquisme (del catalán: Los niños perdidos del Franquismo), documental que se puede ver subtitulado y/o doblado al castellano buscando un poco por ahí y por el cual una cantidad apreciable de españoles descubrieron que eso del robo de niños en la Argentina también había pasado en casa, mucho antes y de forma mucho más atroz. Realmente, a quien ya ha visto cosas como la serie de documentales de la TV3 de Cataluña, poco podrá aportarle esta novela que no sepa o intuya.

Porque Mala gente que camina es novela histórica, entre otras cosas. ¿Vale la pena, es útil la numerosa producción audiovisual y textual relacionada con la Guerra Civil y la Posguerra? Igual sí, igual no. Quién sabe. Hablando en plata, todavía lastra el futuro de España (de los españoles, mejor dicho) la impunidad más absoluta. O sea que por ese lado, parece que poquito. De todos modos, algo se está removiendo, pero honores y riqueza siguen ahí, impúdicos, helando el corazón y siendo sidos desde el futuro, que diría Heidegger.

Benjamín Prado construye su novela en una primera persona plagada de las típicas ingeniosidades de los detectives privados que descubren al asesino y se quedan con la chica. En esta novela hay más de una chica. Algo así como un triángulo amoroso. Y la historia avanza con la contundencia de un best seller, y eso que son más de 400 páginas. Pero se leen rapidísimo, doy fe. Un tema horrible y un tratamiento que no lo es de ninguna manera. Compensación y piedad, imagino, entre otras cosas (ríe y reirán todos).

Esto, más o menos, es lo que encontrará el lector, y ya sabe si será plato de su agrado. La trama detectivesca consiste en recuperar la biografía de una oscura e ignorada escritora, Dolores Serma (quien quiera spoilers, que googlee), cuya única novela, Óxido, es una alegoría de la expropiación de menores perpetrada por la Iglesia, el Estado y los ricos durante el Franquismo. El protagonista indagará, encontrará papeles, follará como conejo, analizará y descubrirá dos cosas: la Verdad y, además, que el Franquismo ensucia todo lo que toca. Incluso, en algunos tristes casos, a sus víctimas más directas.

Y no digo más.

Firmado: Fernando Daniel Bruno

jueves, 22 de octubre de 2015

Lawrence Durrell: Cuarteto de Alejandría: Justine

Idioma original: inglés
Título original: Alexandria Quartet: Justine
Año de publicación: 1957
Valoración: Muy recomendable

Es este un libro muy particular, o mejor, es una cuarta parte de un experimento literario muy particular: las cuatro novelas que componen el Cuarteto de Alejandría (Justine, Balthazar, Mountolive y Clea) componen un único universo narrativo, con un mismo conjunto de personajes y en un espacio común, la babilónica ciudad de Alejandría, en Egipto. De hecho, como el propio Lawrence Durrell explica en el prólogo, las tres primeras novelas de la tetralogía cuentan la misma historia desde tres puntos de vista distintos, mientras que la cuarta se sitúa seis años después y ofrece en cierto modo la conclusión de la trama. De hecho, esta experimentación técnica no solo aparece en el prólogo: también dentro de la novela se incluyen citas de otra novela ficticia que es, de alguna forma, un trasunto del propio Cuarteto de Alejandría.

Pero este juego de perspectivas no es lo único llamativo del Cuarteto de Alejandría o de esta primera novela de la serie: Justine es una obra hipnótica, laberíntica. Contada sin un orden cronológico, con saltos constantes en el tiempo en ambas direcciones, y sin apenas referencias cronológicas que permitan situar al lector, lo que ofrece es más un panorama de la decadente y sensual vida en Alejandría, que una trama propiamente dicha. El estilo lírico, sensorial y elíptico de Durrell, que exige inicialmente una cierta paciencia del lector pero que es un placer en sí mismo, también contribuye a esta sensación de estar leyendo más una fantasía que una ficción realista.

Esto no quiere decir que no haya una historia: en Justine se nos presenta la relación libre y abierta del narrador (un irlandés de nombre desconocido) con la dulce y simple Melissa, y con la ardiente y compleja Justine, una "judía histérica y decadente", como ella misma se describe en la obra, cuya capacidad para atraer a los hombres solo es superada por su capacidad de (auto)destrucción. Pero en realidad el argumento de Justine va mucho más allá del melodrama del triángulo amoroso: se nos habla también de Baltazhar, un judío obsesionado por la Cabala; del disoluto oficial consular Pombal, que le proporciona prostitutas sirias al narrador; de Nessim, el paciente marido de Justine... Un conjunto de personajes atrapados por la sensualidad y la confusión de Alejandría, incapaces de ser felices ni de encontrar un amor que no los destruya.

Quizás no añade mucho al disfrute de la novela, pero no estará de más decir que hay un trasfondo autobiográfico en la trama: Durrell vivió en Alejandría entre 1942 y 1945, y allí conoció a una joven judía, Eve Cohen (en la novela aparece un personaje llamado Cohen, que compite con el narrador por los favores de Melissa) con la que se casó en 1947 y tuvo una hija, Sappho Jane. También será útil recordar que Lawrence Durrell era amigo cercano de Henry Miller y Anaïs Nin: sus exploraciones de la sexualidad con un espíritu abierto y desinhibido (aunque con una estética mucho menos explícita) los sitúan en la vanguardia de la lucha contra el puritanismo de la época - un puritanismo, dicho sea de paso, que ha vuelto con fuerza en nuestros días transformado en lo "políticamente correcto"-.

Justine, la primera parte del Cuarteto de Alejandría, es una experiencia lectora prácticamente única: hermosa, sensual, difícil al principio pero progresivamente cautivadora, crea todo un universo de personajes y sobre todo un entorno urbano casi mítico que atrae y repele al mismo tiempo. Para vivir la experiencia literaria completa, imagino, habrá que leer la tetralogía completa; pero no toda de una vez, porque puede ser empalagosa; poco a poco, con tiempo, saboreándola...

P.D.: Sí, Lawrence Durrell es el hermano de Gerald Durrell, el de Mi familia y otros animales.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Alexis Ragougneau: La madona de Notre-Dame

Idioma: francés
Título original: La Madone de Notre-Dame
Año de publicación: 2014
Traducción: Isabel González-Gallarza
Valoración: entre recomendable y está bien

Agradable sorpresa la de este polar de reciente hornada. Atrayente, en principio, por lo curioso y hasta insólito, de su "escena del crimen" (lo siento... son años viendo C.S.I.): nada menos que una capilla de la catedral más famosa, quizás de la cristiandad, la de Notre-Dame de París; sí, la de las gárgolas y la aguja de Viollet-le-Duc; la misma en la que Quasimodo trazaba sus piruetas de campana en campana o en la que no dejaron entrar a Enrique de Navarra a su propia boda; la catedral en la que Napoleón se coronó emperador a sí mismo... por poner sólo unos ejemplos de su leyenda. El día siguiente a la de la Asunción de la Virgen, en pleno agosto, aparece allí mismo, en una capilla del deambulatorio, el cadáver de una hermosa joven vestida de blanco. La investigación del crimen la llevarán a cabo, primero, una desastrosa pareja de polícías, Landard y Gombrowicz, junto a la arisca ayudante del fiscal Kauffmann -más tensa que la cuerda de un violín-, para pasar luego a manos de un curita -en todos los sentidos-, el padre Kern, sin duda el gran hallazgo de esta novela (nada que ver con el célebre padre Brown, por si alguien lo ha recordado). A su alrededor, toda una serie de personajes, cuando menos peculiares... sin llegar, claro está, a la excentricidad de los de Fred Vargas, cuya sombra, no obstante, sobrevuela alguna vez esta novela.

No voy a engañar a nadie: la trama policíaca de esta historia tampoco resulta como para tirar cohetes... Dejando aparte la correctísima y competente prosa, los puntos fuertes de la novela son, precisamente, el lugar donde se comete el crimen y alrededor del cual gira la investigación, y que se revela como un microcosmos fascinante, con su propia fauna y flora... un escenario que el autor conoce a la perfección, puesto que, al parecer trabajó de guía en Notre-Dame (por si alguien tiene algún reparo de tipo religioso, aclaro que, en mi opinión, la Iglesia, o al menos la Fe católica, son tratadas con gran respeto, pese a las evidentes connotaciones del caso); por otro lado, como ya he señalado, la aparición de una pléyade de personajes interesantes y bien dibujados; sobre todo el padre Kern y la ayudante del fiscal, aunque también es cierto que otros dan la impresión de haber sido un poco desaprovechados (el preso Djibril, por ejemplo, podía haber dado mucho más juego o el propio teniente Gombrowicz).

Porque esta novela deja una sensación contraria a lo que ocurre más frecuentemente con otras: uno piensa que habrían mejorado si los autores hubiesen hecho una buena poda antes de publicarlas. En el caso de La madona de Notre-Dame, en cambio, creo que habría merecido muchas más páginas, -el doble incluso, puesto que es una novela más bien corta-, para poder desarrollar con más desahogo la trama y la intervención de algunos personajes, ya digo... Una sensación agridulce, por tanto: la de haber disfrutado leyendo una novela policíaca bien escrita, pero también la lástima porque no resulte memorable, aunque podría haberlo sido.


martes, 20 de octubre de 2015

Luis Morales: Un amor como este

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: decepcionante

Decepcionante, sí, decepcionante. No se me ocurre adjetivo mejor para describir Un amor como este, la obra de Luis Morales dedicada a la relación entre el poeta Fernando Pessoa y su único amor (conocido), Ofélia Queiróz. La culpa, en parte, no es de él, sino de la faja que la Editorial Funambilista le ha colocado, y que habla de "la novela del único amor de Fernando Pessoa", o algo semejante. Pues no, señores, lo siento, pero esto no es una novela, o lo es solo en un sentido muy genérico, en el sentido de que "todo aquello a lo que se pone el nombre de novela, es una novela". Un amor como este es más bien un ensayo ficcionalizado, o una reconstrucción histórico-biográfico-imaginativa; se le puede llamar de muchas formas, pero novela... novela no.

Y de ahí viene la decepción, claro, porque uno compra el libro esperando encontrarse El cielo de Lima pero en versión lisboeta, y lo que hay es mucha documentación, mucha empatía con el poeta y con su mujer amada, pero muy poca literatura (lo que es doblemente decepcionante tratándose nada menos que del autor del Libro del desasosiego); el texto no tiene un alma propia, nunca pasa de ser más que una suma de cartas (las que los enamorados se intercambiaron en los dos periodos en los que fueron novios, o algo parecido) y algunos poemas de Pessoa, unidos por unas cuantas escenas inventadas, pero escritas sin demasiada gracia. Por momentos, el texto asume esta condición de ensayo divulgativo y se dedica a reconstruir la historia de Portugal o de Lisboa, o hace explícitas las fuentes en las que se ha basado; todo ello, con un formato narrativo y una voz literaria, podría haber dado lugar a una novela posmoderna, no hay duda, pero no es ese el caso.

Y las propias cartas de Fernando y Ofélia merecen comentario aparte. Ya he dicho otras veces que, en general, esto de publicar las cartas privadas de los escritores me parece muy discutible, si no se obtuvo su permiso para ello. Sí, se obtiene mucha información de esas cartas; sí, se llega a conocer mejor la intimidad de los escritores, pero ¿y su intimidad, y su derecho a que no husmeemos entre su ropa interio? Las cartas de amor cruzadas entre Pessoa y Ofelia me dan la razón, porque son, como el propio Álvaro de Campos decía en un poema, absolutamente ridículas. Se llaman el uno al otro de "bebecito", "ibiscito", "niñita", se dicen que echan de menos sus besitos, que se van a dar azotes, que han sido malos, malos, MALOS por no llamar por teléfono o responder a una carta...

¿De verdad leer esas cartas nos ayuda a entender mejor al gran Pessoa?

En cualquier caso, del tono de estas cartas no tiene la culpa Luis Morales, las cartas son lo que son, y él las utiliza con toda fidelidad y respeto. Hay que agradecerle también (bueno, yo por lo menos se lo agradezco) sus esfuerzos por aproximar las culturas española y portuguesa, a través de su obra literaria, o de su página web "Por amor a Lisboa"; de hecho, en todas sus biografías Luis Morales que nació en "Cáceres, Península Ibérica". Pero estas buenas intenciones iberistas no evitan que Un amor como este sea una decepción. La gran historia de amor de Fernando y Ofélia (si es que realmente fue para tanto la historia, que a mí hasta me quedan dudas) espera todavía un novelista que la cuente.

lunes, 19 de octubre de 2015

Carlos Fuentes: Diana o la cazadora solitaria

Resultado de imagen de diana o la cazadora solitariaIdioma original: español
Año de publicación: 1994
Valoración: Está bien


Hasta a los grandes autores les cuesta arrojar a la papelera o dejar a medias esas obras que, aunque técnicamente irreprochables, no están a la altura de aquellas que les elevaron a la cumbre. Poemas y novelas prescindibles dentro de una producción concreta se encuentran en cualquier época, pero desde hace algunos años, y en lo que concierne a la novela, la presión editorial ha originado una literatura de relleno que desentona un poco con la brillantez del currículo. La estructura de Diana no parece muy meditada, su conjunto resulta bastante irregular aunque le salve en parte la brillantez de su prosa, la hondura de algunas reflexiones y, en general, el innegable oficio de Fuentes.

Lo que se recrea aquí es un fragmento de la biografía del novelista: la relación que mantuvo en la década de los 60 con la actriz Jean Seberg, fallecida prematuramente. Comienza idealizando su figura mediante una enumeración de cualidades, pero de forma tan distante y abstracta que más que el retrato de una amante parece una idealización artificial al estilo de aquellos poetas medievales que practicaban el amor cortés. Porque ni se relatan las incidencias de esos amores ni se muestra el carácter de Diana. Ni de nadie porque, en realidad, todos los personajes aparecen difuminados. Tras esa presentación, la novela se convierte en un híbrido de narración, ensayo y memorias que se alternan anárquicamente sin un criterio claro y sin llegar a profundizar en ninguno. Aunque las páginas más logradas son, sin duda, las que dedica a analizar cine, literatura, personalidades y episodios históricos

“¿Cuándo fueron inocentes los Estados Unidos? ¿Cuando explotaron el trabajo negro esclavizado, cuando se masacraron entre sí durante la guerra de secesión, cuando explotaron el trabajo de niños e inmigrantes y amasaron colosales fortunas habidas, sin duda, de manera inocente? ¿Cuando pisotearon a países indefensos como Nicaragua, Honduras, Guatemala? ¿Cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima? ¿Cuando McCarthy y sus comités destruyeron vidas y carreras por mera insinuación, sospecha, paranoia? ¿Cuando defoliaron la selva de Indochina con veneno? (…) Los hipócritas ingleses, los cínicos franceses, los orgullosos alemanes (los inculpados y autoflagelantes alemanes tan ayunos de ironía) los violentos (o lacrimosos) rusos, ninguno cree que su nación haya sido jamás inocente”
o el escenario político del momento
“… a las vorágines del asesinato de los Kennedy y de Martin Luther King, la muerte de decenas de miles de muchachos salidos de los pueblecitos rurales a las selvas asiáticas, los muertos de Vietnam, los soldados drogados, los muertos inútiles, para nada, menos mal que al frente no iban los muchachos blancos, sino los negros y los chicanos, la carne de cañón, y en el país un coro de mentirosos diciendo que estábamos conteniendo a China, salvando la democracia vietnamita, impidiendo la caída de los dominós… Jhonson, Nixon, los magnavoces de la hipocresía, la ignorancia, la estupidez…”
o su actividad como escritor
“Necesitaba mentirme como escritor para sobrevivir como hombre.”
Pero se trata de divagaciones dispersas aquí y allá, sin el rigor y la organización de lo estrictamente ensayístico pues forman parte del flujo de conciencia del personaje que, a su vez, transmite sus propias preocupaciones y juicios.

El texto languidece por momentos, eleva el vuelo a veces pero en su mayor parte no mantiene el interés demasiado. Esto es así hasta que empieza a presentirse el desenlace, justo después de un episodio –tan reiterativo como ambiguo– en que el protagonista intuye una infidelidad. Es entonces cuando Fuentes comienza a ser concreto: por fin presenta a Diana como emblema del movimiento opositor sucumbiendo a la persecución de una derecha radical y racista, asistimos a una escena que contiene información real sobre la situación conyugal del narrador, nos ilustra sobre el final de la activista informándonos retrospectivamente de las causas que lo motivaron, muestra sus pensamientos y sentimientos sin máscaras por medio. Ahora es cuando comprendemos las motivaciones del personaje, incluso esa indiferencia que motivó la ruptura entre ambos. Es decir, precisamente cuando la muerte aparece en escena el texto comienza a cobrar vida. Y así es como concluye, justo cuando empezaba a interesarnos.