miércoles, 30 de septiembre de 2015

Marian Engel: Oso

Idioma original: inglés
Título original: Bear
Año de publicación: 1976
Traducción: Magdalena Palmer
Valoración: recomendable

Obsceno. Adjetivo que le otorgaron en su tiempo a Oso.
Robertson Davies. Escritor canadiense que confesó su admiración por esta novela.
Alice Munro. Lo mismo.

Cuidado. Las historias de corte minimalista han de ser apenas sugeridas en cualquier reseña que se precie. Aunque no sean historias con desenlaces clásicos, por si acaso, Pero sólo la primera palabra de esta reseña ya es, acompañada de portada y sinopsis, poderosa sugerencia de por dónde van los tiros, y sería una pena que nos arriesgáramos a reducir este libro a eso. A una historia de morbo y escándalo.
Cuando el mayor valor es la sutileza y la naturalidad con que Marian Engel empaquetó la relación de Lou, bibliotecaria que acepta un trabajo por encargo, y el oso. El animal reside en un establo de la casa cuya biblioteca se va a encargar de documentar. Junto a otras misteriosas estancias, una curiosa estructura arquitectónica octogonal, baúles llenos de utensilios variados o de ropa antigua, junto a los libros, algunos antiguos y valiosos, el oso es un elemento más del inquietante entorno al que Lou acepta integrarse, en un aislamiento solo quebrado por esporádicos, pero significativos contactos. Pero la presencia del oso no solo impresiona a Lou en ese momento. Las notas de relevancia sobre la especie animal surgen de los lugares más insospechados. Los antiguos habitantes de la casa también estaban mucho por el oso. Nace cierta obsesión.
He de reconocer que no soy un gran entusiasta de las historias que se desarrollan en islas. Comprendo el poder que tiene para un  autor esa situación física compuesta de libertad que muta en claustrofobia. Pero son ya algunos los libros que se ambientan en esos parajes que no han llegado a llenar las expectativas generadas a priori: desde La piel fría hasta La isla de Stuparich, pasando por el especialista David Vann (quizás me anime algún día a repetir con Vann), parece que tiendo a pensar en situaciones diferentes. He de decir, por eso, que Oso no me ha decepcionado. Me ha gustado su ambiente insano, me ha gustado su tono decidido, un tono donde, y recuerden que 40 años atrás las cosas eran muy diferentes, la decisión femenina, la de una mujer joven, culta, resuelta, es libre, directa y desinhibida. Los detalles están de más, y el poder de la transgresión puede tomar una forma u otra, y recuerden, insisto, que se trataba no de escandalizar sino de inducir a la reflexión. Naturalmente Oso es susceptible de diversos análisis que sitúen cada uno de sus polos de atracción como símbolos representativos de hechos concretos, de colectivos, de personajes o incluso de miedos u obsesiones. Puede que ciertos círculos prefieran eso antes que aceptar que lo que nos acerca de primeras es el morbo. No creo, no obstante, que pueda considerarse una novela sexual o una novela zoofílica antes que lo que es en su fondo; un sugerente relato de comportamiento en una situación de soledad autoimpuesta. No creo que ese elemento deba eclipsar que Engel escribe de maravilla y que no lo hace para el escándalo ni para estar en el disparadero sino para narrar con libertad y sin ataduras. Las reseñas en la red, los comentarios, ya se han encargado de alimentar suficientemente la curiosidad. Pero nada mejor que la experiencia de su lectura, y uno ya puede comentar de primera persona. Son apenas dos horitas.
Magnífica edición de Impedimenta, por cierto: uno de esos objetos cuyo manoseo nos depara un extraño placer. Uh, dije extraño placer.

martes, 29 de septiembre de 2015

Anna Starobinets: La glándula de Ícaro. El libro de las metamorfosis

Idioma original: ruso
Título original: Икарова железа. Книга метаморфоз
Traductor: Fernando Otero
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

Esta reseña es especial, en cierto modo: es nuestra forma de unirnos a la campaña de solidaridad que ha organizado la editorial Nevsky para apoyar al marido de Anna Starobinets, Sasha Garros. No voy a explicar los detalles, que podéis leer en la web de la editorial; el resumen rápido es que todo lo que se compre en la página de Nevsky hasta final de mes (o sea, hasta mañana) será donado íntegramente a Sasha Garros para un tratamiento médico que necesita urgentemente. Me habría gustado programar esta reseña antes, pero solo ahora he podido recibir y leer el libro de Anna Starobinets.

Dicho esto, no me gustaría que se pensase que estoy siendo generoso con el libro de Starobinets por compasión o por caridad: La glándula de Ícaro es un gran libro de fantasía, terror, ciencia ficción o, usando un término de moda, "literatura weird". Los relatos que componen el volumen parten siempre de un planteamiento en el que hay por lo menos un elemento extraño, exagerado o grotesco, y lo desarrollan hasta su culminación lógica (teniendo en cuenta que esta lógica no es la de nuestro universo, sino la de otro muy parecido pero en el que operan leyes diferentes).

En "La glándula de Ícaro", los hombres (varones) pueden someterse a una operación que les extirpa una glándula vestigial culpable, se dice, de la violencia, la competitividad o las infidelidades conyugales; en "El parásito" se somete a un chico a un proceso hormonal para permitir que se produzca una metamorfosis semejante a la que sufren las mariposas; "La frontera" habla de medios de transporte que permiten viajar al pasado o al futuro; "Delicados pastos", sobre la posibilidad de "transmigrar" la conciencia a nuevos cuerpos para escapar de la muerte; en "Spoki", unas consolas de viodejuegos se extiende por todos los hogares, estableciendo con los niños un vínculo tan estrecho que sustituye el que tienen con sus padres o amigos.

En estos relatos se puede reconocer un patrón: la ciencia (o la tecnología), asociada con la ambición, la debilidad personal o la avaricia comercial, intenta alterar la naturaleza humana, con consecuencias terribles. No se diferencian mucho, en ese sentido, de muchas otras obras de ciencia ficción que representan miedos contemporáneos muchas veces asociadas al progreso y a su subordinación a intereses religiosos, políticos y sociales por encima de cualquier consideración ética o humanista.

Querría destacar sin embargo dos relatos que, en cierto modo, escapan a este patrón, y que son los que más me han gustado. En "Siti" se nos presenta a un escritor de Europa del Este que ha sido por fin aceptado para viajar a la ciudad de Siti (imposible no pensar en Nueva York, aunque el relato es acertadamente ambiguo a este respecto). Siti es una ciudad cruel, hermosa, maravillosa, terrible; todo el mundo quiere entrar en ella, aunque realmente no la conocen; y una vez dentro, todo el mundo es feliz, obligatoriamente feliz.

El otro relato es "El Lazarillo", el más onírico y grotesco de todos. En él, un guionista de películas y series de televisión es contactado por un productor y un director para un proyecto que no sabe exactamente cuál es. Pero la entrevista, que tiene lugar a la una de la mañana en un apartamento de lujo, comienza a torcerse cuando a uno de los entrevistadores se le empiezan a caer los dientes y al entrevistado le entran unas ganas terribles de comer frutos del bosque...

En estos dos relatos, creo, es donde Anna Starobinets se muestra más original y más perturbadora, donde deja mayor poso en el lector. Se trata, en cualquier caso, de una escritora muy interesante, y que merece ser seguida; yo creo que voy a comprarme otro libro suyo, antes de que termine el mes...

También de Anna Starobinets en ULAD: Una edad difícil

lunes, 28 de septiembre de 2015

Colaboración: La novela de la no-ideología de David Becerra Mayor

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: decepcionante

“Tierradenadie ediciones publica libros que no son mercancías”, me informa la contratapa de La novela de la no-ideología. Introducción a la producción literaria del capitalismo avanzado en España. La compré hace unos días en Amazon y publiqué el respectivo unboxing en una red social.

La novela de la no-ideología tiene tantas buenas intenciones, al menos, como para empedrar el camino al Infierno. Y es impiadoso, va a saco. De Anatomía de un instante, por ejemplo, dice que es “un ensayo de escasa calidad literaria que no hace más que repetir las lecturas realizadas por el autor sobre la Transición, sin aportar nada nuevo al conocimiento científico del tema”. De las novelas “españolas actuales”, las posmodernas, dice que son un “operador privilegiado de transmisión y legitimación ideológica [del capitalismo avanzado]”. A mí, personalmente, me cuesta creer que Juan José Millás o Lucía Etxebarria publican “operadores privilegiados” de transmisión ideológica, la verdad.

El autor no pretende ser original en el sustento teórico de su ensayo. En este sentido, un lector interesado en el tema no puede sorprenderse por la bibliografía y descripciones del estado de cosas actual que ocupan las primeras páginas: capitalismo avanzado; Hegemonía; cosificación; “fin” de la Historia; invisibilización/privatización del conflicto; muerte de los grandes relatos. El mundo en el que vivimos. La no-ideología es imposible, porque todo es ideología, todo es política. El que dice que es apolítico siempre es el conservador. Así funciona la Hegemonía. Y hasta acá, todo bien, ninguna queja.

Pero el problema es cuando uno se pregunta qué le aporta este ensayo al lector que no está interesado en el tema. O que no está convencido. No me cuesta trabajo imaginar al típico posmo leyendo este libro, sonriendo de costado, demasiado de vuelta de todo para tomarse la molestia de sentirse incrédulo, y musitando “qué pelotudez”.

No sé si tendrá motivos, pero sí argumentos.

Y uno muy poderoso será que, a pesar de que el autor denuncia aquí y allá cosas como las “lecturas unívocas” de la realidad de las novelas analizadas, él no hace otra cosa que ofrecer su propia lectura unívoca de esos mismos textos. Así pues, los privilegiados operadores que analiza, siempre de los siempres, narran “[una] literatura sin conflictos”, “explicaciones psicologistas” de personajes que cometen la osadía de solucionar sus problemas personales sin solucionar los del mundo mientras tanto, “[excluyendo] toda forma de [la] política y [lo] social”, etcétera. Pero… ¿el lector no pintaba nada? ¿No habían dicho algunas cosas sobre ello, muy a cuento, tipos como Eco o Sartre?

Que les den a Sartre, a Eco y a los lectores. Los operadores privilegiados no son cirujanos, son carniceros. Como Jack el Destripador. Y es que de eso se trata editar libros que “son herramientas para la transformación social”, que hay que hacer crítica a martillazos. Y, por supuesto, que le pregunten a otro qué efectividad pueda tener publicar una “herramienta para la transformación social” que sólo puede convencer a los convencidos.

En este ensayo la novela posmoderna no es más que un “operador privilegiado de transmisión y legitimación ideológica”. En La novela de la no-ideología no hay lugar para el claroscuro, pero sí para la sombra. Para la que oscurece cualquier resquicio al debate o a la duda. ¿Qué puede pensar mi posmo de un libro sobre la posmodernidad en la que no hay lugar para la duda, sólo para la arenga?

Si mi posmo vuelve a murmurar “qué pelotudez”, no hará más que ser casi tan despiadado con David Becerra como él lo ha sido con los autores y textos objetos de su estudio.

Firmado: Fernando Daniel Bruno

domingo, 27 de septiembre de 2015

Luther Blisset: Q

Idioma original: italiano
Título original: Q
Año de publicación: 1999
Valoración: Muy recomendable

La historia es de sobra conocida, pero allá va otra vez: Luther Blissett no existe. O, mejor dicho, sí que existe, pero no el Luther Blissett que escribió este libro; el verdadero Blissett fue un jugador jamaicano de fútbol, que, tras su paso por el Watford, militó en el A.C. Milan -con no demasiado éxito, al parecer-, allá por lo primeros 80. Y que prestó su nombre (supongo que de forma involuntaria), para que se convirtiera en un seudónimo colectivo o alias multiusuario, utilizado en los años 90 por diversos artistas, activistas y performers, tanto en Europa como en América. Entre ellos, un grupo de escritores italianos que, a través del denominado "Luther Blissett Project", firmaron como tal toda una serie de escritos, entre los que destaca esta novela histórica, Q. Los miembros del LBP se suicidarían en Diciembre de 1999, de forma colectiva y simbólica, dando lugar a un nuevo proyecto, en el que firmarían esta vez como Wu Ming; es decir,"sin nombre" en chino. 

Una falsa autoría, entonces, o un nombre falso (no del todo, como ya hemos visto) que parece de lo más apropiado para firmar una novela de cuyos dos protagonistas y narradores tampoco conocemos los verdaderos nombres: uno de ellos es el propio Q -de Qoèlet o Eclesiastés-, un agente infiltrado del cardenal Carafa en medio de la vorágine reformista de la Alemania del siglo XVI. Por otro lado, Gustav, Lienhard, Gert, Lot, Hans, Ludwig o Tiziano (entre otros nombres), estudiante en Wittenberg, rebelde anabaptista, superviviente de Frankenhausen y Münster, estafador, comerciante, rufián, contrabandista de libros y profeta (entre otras ocupaciones). Siempre heterodoxo, de todas las formas posibles...

Q es, por tanto y para empezar, una novela histórica de excelente factura, que narra de forma prolija -sobre todo en su primera mitad- lo sucedido en aquellos años del siglo XVI en los que una rebelión, en principio eclesiástica, contra los abusos y corrupciones del poder del Papado de Roma prendería la mecha de la agitación social y política, aunque también la del fanatismo religioso más intransigente, que anegaría de sangre buena parte de Europa en los tiempos inmediatos y posteriores.

Q es, por supuesto, una novela política que trata de la posibilidad o imposibilidad de la utopía revolucionaria, sobre la utilización de la insurgencia contestataria por parte de unos poderosos contra otros y los apaños a los que llegan todos éstos a la hora de deshacerse de los sediciosos incómodos (recordemos que los autores que conformaban a Luther Blissett son de Italia, donde la trasologia se ha convertido en un arte, si no en una ciencia...).

Q es además una novela de aventuras, que nos lleva de un lugar a otro de Europa: desde los bosques de Alemania a las ciudades holandesas, de los campos de batalla a los laberintos acuáticos del Po o de los canales de la propia Venecia. De los Alpes a Constantinopla. También una novela de espías, aunque aquí no hay Telón de Acero, sino un muro construído con biblias y tratados religiosos, mientras que los radiotransmisores o los ordenadores hackeados son sustituidos por las imprentas, invento entonces reciente y revolucionario como no ha habido otro...

Y sobre todo, Q es una novela para disfrutar, como en los tiempos en los que leíamos -y sé que yo no era el único- a Salgari, a Walter Scott o a Dumas... Pura diversión.

Y que viva la heterodoxia...



Otros libros de Luther Bli... quiero decir de Wu Ming en Un Libro al Día: Manituana 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Colaboración: Obabakoak de Bernardo Atxaga

Idioma original: euskera
Año de publicación: 1988
Valoración: imprescindible

Cuando redacto estas reseñas suelo preguntarme si no cabría conocer también la opinión que se ha hecho de nosotros el autor o incluso los personajes. ¿Qué imagen tendrán, sobre todo estos últimos, de sus lectores? ¿Cómo se sintieron tratados, imaginados?

Cuento esto porque un servidor se cruzó con los habitantes de Obabakoak hace casi tres lustros y en un ámbito académico. Por aquel entonces (imagino que también ahora) Bernardo Atxaga era uno de los autores más leídos por los alumnos de los euskaltegis  y algunos de los relatos que conforman el volumen sirven aún hoy para conseguir un perfil  lingüístico o circulan en numerosos manuales de texto de la materia.  Me sedujeron en aquel momento, pero por una comprensible falta de competencia lingüística no me hice una imagen exacta de ellos ni del Macondo que conformaban, pues me fueron presentados fragmentadamente y a algunos los despaché como una asignatura.
Volver sobre este título ahora en castellano, revisitar Obaba, me ha servido para detenerme en  los detalles y hacer un análisis más sosegado de sus rincones.

Creo, para empezar, que el título no refleja el contenido. Al lector se le recibe en Obaba  pero, pasadas las primeras páginas, se le destierra: el caso más evidente es el de "Nueve palabras en honor de Villamediana". Llama la atención el desparpajo con que el autor nos coloca relatos admirables  ("Una grieta en la nieve helada", "De soltera", "Laura Sligo") pero que poco o nada tienen que ver con lo que se nos promete en la portada. Llama la atención en este sentido la versión cinematográfica de Montxo Armendáriz donde tenemos la ilusión de permanecer siempre en el mismo sitio.

Con "Jóvenes y verdes" creemos regresar de ese exilio; de hecho volvemos a recuperar emocionados el mismo tono del primer apartado, "Infancias". Será un lagarto (en algunas ediciones es la imagen de portada) quien nos conducirá hasta la última página. Sobre sus escamas coloca el autor auténticas joyas como "El criado del rico mercader".

El tío que el protagonista tiene en ese pueblo le sirve también de coartada para tanto trasiego: es en su casa donde se leen y se comentan las extraordinarias historias que, sin embargo, no discurren por sus calles.

Mantiene una calidad muy alta durante todo su desarrollo pero tiene momentos especialmente deslumbrantes ("A modo de autobiografía", "Finis coronat opus"…). A menudo uno cree estar leyendo a Cortázar ("Margarete y Heinrich, gemelos") y a Borges ("Wei Lie Deshang").  No en vano la obra esconde además un acertado ensayo sobre la legitimidad del plagio y se apoya continuamente en la metaficción. 

Vamos…  que se le puede perdonar que tengamos que andar haciendo y deshaciendo maletas.  

Otras obras de Bernardo Atxaga en ULAD: El hombre soloEsos cielosSiete casas en Francia

Firmado: Aster Navas

viernes, 25 de septiembre de 2015

Tom McCarthy: Residuos

Idioma original: inglés
Título original: Remainder
Año de publicación: 2006
Traducción: Andrea Vidal
Valoración: bastante recomendable

Que Javier Calvo proclamara a Tom McCarthy como casi su única referencia respetable del mundo literario contemporáneo me incitó poderosamente la curiosidad. Sé que Calvo suele exagerar, a veces deslumbrado, a veces para provocar ciertas reacciones. Pero su mensaje tiene calado y aquí me tienes, motivación manda, intriga se impone. Y esta Residuos es su ópera prima, y pasa de acumular rechazos de editoriales londinenses, a, años después, ser considerada por ciertas opiniones de peso como una importante novela. Lo que tiene la suerte, o la casualidad, o la oportunidad de contar con esos influyentes lectores.
Leo que es una novela de ciencia ficción, lo leo en la contraportada del libro, lo cual debería ser una referencia fiable. Pero no acaba de parecérmelo, conforme la leo. Pienso, sí, en un mundo distópico y diferente, pero no al uso. Naturalmente no me planteo desdecir a la editorial. Pero quizás esta definición limita el alcance de esta novela que, voy a soltarme ya, sí que coincido en encontrar original e importante. 
Nuestro protagonista no tiene nombre: un detalle relevante pues, de repente, parecerá que no tiene vida anterior. O que el único centro de su vida sea, aspecto inquietante, un viejo Ford Fiesta abollado aparcado en una calle cercana. Elige pasar a su lado o no, piensa en volver a conducirlo algún día pero antes ciertas cosas tienen que pasar. Nuestro protagonista ha sufrido un accidente. Algo ha caído de algún sitio y lo ha herido. Esa propia indefinición ya es otro elemento adicional. Podemos pensar si es algo físico o ha sido una circunstancia de la vida, si el dolor es físico o es emocional. Ha estado en coma. Es indemnizado por el accidente: recibe una importante, mareante suma de dinero. Pero existen condiciones: la principal es que no puede desvelar detalle alguno de lo que pasó. Otra cuestión: cómo en un mundo atravesado por el exceso de información y de comunicaciones alguien puede no compartir un hecho tan capital: una colosal suma que cambia la vida a un individuo de 30 años. Pero nuestro protagonista elevará la apuesta: en una especie de reverso del Show de Truman, elige emplear su dinero (administrado y aumentado por un bufete de brokers de tres generaciones llamados Younger & Younger, todo el paquete es un magistral juego de guiños) en intentar recrear un mundo previo al que quiere seguir vinculado. Busca un edificio, busca actores que ejecuten actos que le acercan a su pasado: señoras que frían hígado, hombres que toquen el piano y cometan errores que les obliguen a volver a empezar, motoristas que manipulan sus vehículos. Gatos negros y tejados rojos. Lo quiere todo al detalle. Pasa a tener el comportamiento errático y caprichoso de los adinerados; de los adictos al lujo y a lo superfluo. Vuelve loco al pintor intentando recrear color, textura, forma de una grieta tal como la recuerda. Conforme esa trama que combina tonos sartrianos, orwellianos y austerianos (incluso pynchonianos o lethemianos) avanza, siempre en la frontera de lo fantástico y lo excéntrico, uno se da cuenta de la otra píldora envenenada que McCarthy nos ha preparado: a qué grado de alienación estamos dispuestos a llegar con la única contrapartida del bienestar económico. La espiral es obsesiva, busca situaciones que invierte fortunas en re-crear y acaba consumándose en un final paranoico, enfermizo, quizás algo lento y prolongado en su desarrollo. Un pequeño y justificable inconveniente para todo el torrente de sugerente prosa que le precede.
No sé si Javier Calvo tiene razón en su tajante afirmación. Yo no voy a ser tan decidido, porque no soy mucho de la cuestión esa de generar exclusiones. McCarthy (este McCarthy) tiene, por lo menos por lo leído en Residuos una visión aguda y feroz de la civilización occidental y los valores implantados, sobre todo los vigentes antes de eso de la crisis. Lo tenía en 2001, cuando, dicen, escribió esta novela, o en 2006, cuando se publicó. Un mundo tan veloz en sus cambios no sé si alteraría radicalmente esta novela, no sé si su obra posterior cambia de rumbo o fortalece lo planteado aquí. No lo sé, pero la a menudo excitante (léase la palabra excitante en todo su abanico de significados) lectura de esta novela, ha hecho que el comprobarlo pase a ser, desde ahora, uno de mis objetivos principales.

También de Tom McCarthy en ULAD: Satin Island

jueves, 24 de septiembre de 2015

Philip Roth: Goodbye, Columbus

Idioma original: inglés
Título original: Goodbye, Columbus
Año de publicación: 1959
Traductor: Ramón Buenaventura
Valoración: Muy recomendable

Las primeras veces suelen ser determinantes para nuestras relaciones y actitudes futuras: así, si nuestra primera experiencia con alguien resulta frustrante o incluso desagradable, es probable que rehuyamos a esa persona o incluso el acto en sí; en cambio, si esa experiencia es altamente placentera, trataremos de repetir siempre que podamos con la misma pers... un momento, ¿¡de qué se creen que estoy hablando, malpensados!? Está claro que me refiero a libros y escritores; a qué, si no... (¡habráse visto qué mentes más calenturientas!). En fin, a lo que iba: como ya señalé en una reciente reseña, mi primera experiencia leyendo a Doctorow, por ejemplo, fue poco satisfactoria, y por eso no repetí con este autor hasta hace poco. Con Philip Roth, en cambio, me ocurre todo lo contrario: lo pasé tan bien la primera vez que leí una novela suya (por suerte, se trató de El lamento de Portnoy), que vuelvo a insistir una y otra vez con sus libros, aun siendo consciente de que difícilmente volveré a disfrutar tanto con uno (o incluso cuando quedo bastante decepcionado, como fue el caso con Engaño).

Y lo que tenemos aquí es, por otro lado, la primera experiencia como escritor -o al menos como escritor publicado- del entonces joven Philip Roth; una serie de relatos en los que ya podemos encontrar buena parte de los elementos que luego serán habituales en su narrativa: la ciudad de Newark (famosa precisamente por ser el hogar de Roth, de los Soprano y del Vengador Tóxico), la "juidicidad" -que no judaísmo-, entendiéndola como la identidad que cualquier individuo judío debe presentar frente al mundo y, sobre todo, frente a los demás judíos... aunque a los gentiles nos parezca ajeno, no es un mal tema para reflexionar, en estos tiempos que exigen la definición de nuestras identidades colectivas, frente a las individuales. También tratan sobre la hombría, que por supuesto no se refiere a la cualidad de ser un machote de pelo en pecho, sino la conversión del niño o joven en hombre (que luego puede ser "muy macho" o no). Y ante todo, encontramos ese sentido del humor, a ratos triste, otros socarrón o incluso  desbocado, que tan bien conocemos sus lectores...

El primero de los relatos, que da título al volumen -en realidad, más que un relato diríase una novela corta- no es, sin embargo, el más humorístico, aunque no falta la ironía un tanto burlona de Roth. Se trata de la crónica de un amor veraniego. joven judío -ya algo talludito para llamarle "chico"- de clase media más bien baja, conoce a chica judía de clase media más bien alta. Inician una relación, él conoce a la familia de ella, incluso se va a vivir a casa de ella y... bueno, no diré como acaba, pero sí que el tono final resulta bastante melancólico, incluso cruel. No pasa nada extraordinario, pero somos conscientes de haber asistido a un episodio decisivo en la vida de alguien. En los demás relatos, mucho más volcados hacia el humor y hasta la farsa, conoceremos a todo un compendio de personajes que viven de manera más o menos conflictiva su "juidicidad": el hereje de trece años Ozzy Freedman, el sufrido sargento Marx o el no menos sufrido pero mucho más desquiciado Eli Peck, el "fanático", En el único de los cuentos en los que no se hace mención a la condición judía de sus protagonistas, No se conoce al hombre por la canción que canta, podríamos decir que ésta se halla presente "por omisión", o por contraste con el origen siciliano del compinche del narrador de la historia. Aunque quizá esto sea hilar demasiado fino (¿un pensamiento demasiado rabínico, quizá?).

En fin, para terminar la reseña, permítanme un toque de pedante cursilería -o de pedantería cursi, si se prefiere-: yo ni soy judío, ni norteamericano ni he estado en Newark en mi vida (ni ardo en deseos de ir, la verdad). Pero diré, sin ánimo de molestar a nadie, que me siento más cercano a Philip Roth que a la mayoría de mis compatriotas, mis coetáneos o casi cualquiera de los que han sido educados en la misma religión que yo... Supongo que en eso consiste el secreto de los grandes escritores: hacernos sentir que sus palabras hablan no sólo por ellos mismos, sino también por nosotros.


Un montón de libros de Philip Roth reseñados aquí.




miércoles, 23 de septiembre de 2015

Colaboración: La hija del caníbal de Rosa Montero

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: recomendable

Más que la gravedad. La inercia es una fuerza mucho más poderosa y explica, además, la mayor parte de nuestras biografías. La hija del Caníbal es, sobre todo, un tratado sobre la inercia: la protagonista –tampoco nosotros, seamos sinceros- no ha encontrado el momento de apearse del tren en que la ha acomodado la vida, pero de repente las circunstancias, y su edad –los cuarenta-, la arrojan a las vías.

Lucía pierde, extravía, a Ramón, su marido, en unos urinarios. Como lo oyen. Ella espera expectante, vigilante, frente a ellos porque ambos deben tomar un avión a Viena en cuestión de minutos pero su esposo, incompresiblemente, no vuelve a salir por la puerta de aquellos baños.  A partir de ese comienzo tan insólito, la autora construye un relato que se dispersa: el volumen es, más allá de la historia nuclear del secuestro, una historia novelada del anarquismo en España, un análisis de las finanzas de los grupos terroristas, una denuncia de la corrupción generalizada,  un ensayo sobre las parejas de largo recorrido y los lazos paterno-filiales.

Acontecimientos y personajes rozan además la caricatura e incluso el surrealismo (en algunos momentos recuerda al Eduardo Mendoza de El misterio de la cripta embrujada) pero descoloca que esa perspectiva sea intermitente y que, repentinamente, el tono se vuelva inesperadamente grave.

Hay sin embargo, un detalle que hace a esta novela más que recomendable: a menudo asoma la Rosa Montero columnista y consigue persuadir, disuadir y hasta emocionar. Son numerosos los párrafos en que la periodista le da vueltas a lo divino y a lo humano con esa envidiable maestría que demuestra en los diarios. La ficción le sirve simplemente de caballete. También en el resto de sus títulos mezcla en mayor o menor medida y con mayor o menor fortuna, vida (documental) y literatura: recordemos La loca de la casa, El amor de mi vida, Historia del rey transparente...

Quizás mi lectura se haya visto en cierta medida condicionada, contaminada: cuando ya tienes cincuenta, te desconcierta que se hable de irreversibilidad o de decadencia física y vital con diez años menos.

La inercia, créanme; la inercia. Sin duda.  

martes, 22 de septiembre de 2015

Rodrigo Rey Rosa: Imitación de Guatemala

Idioma original: español
Año de publicación (conjunta): 2013
Valoración: recomendable

Las literaturas centroamericanas son bastante poco conocidas entre nosotros: si pensamos en Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá, nos vienen a la cabeza pocos nombres, aparte del fundamental de Miguel Ángel Asturias. Y sin embargo entre los escritores centroamericanos actuales hay algunos que vale la pena destacar; uno de ellos es Horacio Castellanos Moya, del que hemos reseñado ya unas cuantas obras, y otro es sin duda Rodrigo Rey Rosa, del que ya reseñamos Otro zoo y ahora nos atrevemos con esta Imitación de Guatemala.

En realidad, Imitación de Guatemala no es un libro en sentido estricto, sino la recopilación de cuatro novelas breves que fueron publicadas antes independientemente: Que me maten si... (1996), El cojo bueno (1996), Piedras encantadas (2001) y Caballeriza (2006). La contraportada las anuncia como "novelas policiacas" (quizás para atraer a lectores despistados fans de Camilleri o Mankell) pero lo cierto es que, si aplicamos una definición más o menos estricta de lo que es novela policiaca (un crimen misterioso, una investigación, un culpable), entonces solo la cuarta de las novelas se adecúa a esa definición; en las otras hay crimen, pero el interés no está en descubrir al culpable sino en estudiar todas las ramificaciones de una violencia estructural que recorre la sociedad guatemalteca.

Ese es, en realidad, el tema común a los cuatro textos que componen el libro: la violencia. (Por momentos, me parecía estar leyendo una especie de versión literaria de Relatos salvajes, aunque con menos humor; de hecho, Piedras encantadas se parece bastante a la sección "La propuesta" de la película). En Que me maten si... se trata de una trama de espionaje que intenta demostrar la implicación del ejército en las matanzas de indígenas; en El cojo bueno, de un secuestro que se complica; en Piedras encantadas, de un atropello fortuito en las calles de Ciudad de Guatemala; y en Caballeriza, de un incendio y un posible asesinato en una hacienda de cría de caballos.

Aunque se les ponga el rótulo de "novela policiaca", no son en absoluto novelas de lectura fácil, de esas que se compra en el aeropuerto para que te entretengan durante un vuelo de varias horas. Son novelas densas, fragmentarias, que exigen que el lector esté siempre atento a la aparición de nuevos personajes y nuevas tramas; cuentan historias de una violencia dura, seca y generalizada, y no ofrecen la reconfortante sensación final de que se ha recuperado el equilibrio del mundo con la captura del culpable, sino la desagradable certeza de que vivimos en un mundo podrido, aunque no queramos verlo. Pero que no sean lecturas fáciles no quiere decir que no sean necesarias, precisamente por acercarnos a una realidad, la centroamericana, a la que hemos cerrado los ojos durante mucho tiempo, o que hemos visto a través de lentes de idealización romántica.

Rey Rosa es un autor con una trayectoria larga ya en el mundo de la narrativa; esta Imitación de Guatemala da fe de que es un valor seguro de la literatura centroamericana.

También de Rodrigo Rey Rosa en ULAD: Otro zoo

lunes, 21 de septiembre de 2015

Laird Hunt: Neverhome (Ella era más fuerte)

Idioma original: inglés
Título original: Neverhome
Año de publicación: 2014
Traducción: Isabel Ferrer y Carlos Milla
Valoración: muy recomendable

Me desconcierta un poco esa decisión de añadir esa frase al título original, no traducido, de esta novela. Comprendo que se quiera inducir algún tipo de interés, pero soy de la opinión de que, en este poco multitudinario mundo literario, ciertas cosas caen por sí solas. Poca ayuda necesita una novela como ésta, una vez sus primeros lectores vayan cayendo seducidos, eso tan manido del boca-oreja habría de ocuparse del resto. Que es conseguir que la gente se entere de ciertas cosas. Ya puestos, hasta la faja mencionando al últimamente denostado Paul Auster está de más. Nada dice que haya de tener qué ver. A Auster le fascina esta novela, pero esta novela no tiene nada que ver con el surrealismo claustrofóbico de alguna de las suyas,
Los méritos de Neverhome son propios, pero hablando de libros es un poco inevitable aludir a referencias. Repaso mi reseña de La benévola, casi dos años han pasado ya, y observo ciertos comentarios que aún suscribo. Neverhome vuelve a ser una narración con un absoluto protagonismo femenino. Esta vez es Ash Thompson, nombre real Constance, mujer que se disfraza de hombre para batallar en la Guerra Civil de los Estados Unidos, la de los Confederados, la de la pugna de los estados secesionistas por mantener la esclavitud. Una guerra particularmente cruel, la que se disputa entre quienes convivieron. Casada con Bartholomew, decide que, por limitaciones físicas de su marido, es ella quien ha de ingresar en el ejército para defender ese escaso bagaje: una granja con unos cuantos animales y otros cuantos recuerdos de los que no siempre le disgusta alejarse. Ash Thompson, ya soldado varón en el ejército unionista, se convierte en un héroe, se convierte en Galante Ash, incluso alguien compone una canción que narra sus andanzas. Ash quiere preservar su secreto, pero en las guerras, lamentablemente, pasan muchas cosas, 
Hunt es capaz de encarnar a ese ser extraño en una situación extrema. Es capaz de transmitir esa lamentable igualación de género a la que acaba sumiendo esa continua convivencia con la violencia y el sufrimiento en su aspecto más sórdido. Hombre o mujer, Ash es allí solo un soldado y hace las cosas que se espera que los soldados hagan. Arrastra una precaria foto de Bartholomew, odia al enemigo y quiere acabar con él, ciegamente. Pero a la vez es capaz de sentir pena y empatía, de comprender que cada uno está donde le han dicho que esté. 
La fidelidad de la narración, que puntualmente detalla cuestiones históricas como la capitalidad de Richmond o la batalla de Antietam, puede remitirnos a algunas de las obras del recientemente fallecido Doctorow. Pero, como en La benévola, tanto la crudeza física y polvorienta del mejor McCarthy andan ahí, y todo el recorrido de la lectura tiene sobre sí esa sombra incómoda, surrealista, cercana a lo maligno que abarca la obra de Faulkner. Cada silencio es una especulación y cada pausa es una espera. Laird Hunt, fuera de su elección de esa época remota de la que nos separan media docena de generaciones, consigue transmitir una sensación muy contemporánea. La devastación, el desorden físico, el caos y la confusión, campan a sus anchas y arrinconan todo lo que se parezca a humanidad. 

También de Laird Hunt en UnLibroAlDía: La benévola

domingo, 20 de septiembre de 2015

Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano

Idioma: francés
Título original: Memoires d'Hadrien
Año de publicación: 1951
Traducción: Julio Cortázar (nada menos)
Valoración: Imprescindible

El reto planteado por un blog amigo, este verano (aquí) me llevó a recordar -y releer- estas magníficas Memorias de Adriano, de la otrora idolatrada, aunque también denostada por algunos -y nunca entendí por qué- Marguerite Yourcenar, autora franco-belga-estadounidense de un virtuosismo paralizante, sobre todo en lo que se refiere a la novela histórica, género de la que es una de las mejores cultivadoras. Estas memorias impostadas del emperador Adriano, en concreto, me maravillaron cuando las leí por primera vez, hace ya bastante tiempo, hasta el punto de que recuerdo haberlas devorado prácticamente en una noche en vela (también he de decir que fue en una época de exámenes, en la que yo estaba dispuesto a leer lo que fuera con tal de que no se tratara de los preceptivos apuntes). Por otra parte, después de leer, casualmente, varios libros en los que el componente religioso cristiano  estaba muy presente -de una forma u otra-, tenía necesidad de una dosis de sano paganismo; paganismo antropocéntrico, en realidad, pues en los primeros momentos de la concepción de estas Memorias estaba muy presente, según explica la propia Yourcenar, una reflexión extraída de la correspondencia de Flaubert:
                "Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre"...

Partiendo de la ambición de plasmar literariamente este momento, de "retratar a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo" (claro que como epítome de esa época no se nos muestra aquí un hombre cualquiera, ni otro personaje histórico de cierta relevancia, sino el mismísimo emperador del Imperio Romano, en el momento de su apogeo, el inteligente, culto y preclaro Adriano), la autora utiliza el recurso, imitado después profusamente, con mayor o menor fortuna (en alguna ocasión, con resultados excepcionales, como es el caso de Borja Papa, de Joan F. Mira), de las falsas memorias, dirigidas al que luego también sería notable emperador, Marco Aurelio.

Resulta imposible resumir todo lo que podemos encontrar en este libro. Por supuesto, los distintos episodios y vicisitudes de la vida de Adriano: infancia en Itálica -a un paso de la actual Sevilla-, educación helénica, experiencia en la guerra contra dacios y sármatas, trabajos e intrigas hasta hacerse con el poder imperial  y después, claro, su fructífera vida como gobernante, sus muchos viajes (fue sin duda el emperador que mejor conoció su Imperio, que recorrió de punta a cabo), su amor por el joven Antínoo... También lo que aprendió de sus mentores, de sus amigos y enemigos, y sus propias reflexiones, a las que Yourcenar da una voz harto elocuente (quizás algo afectada y hasta pedante... aunque, si no le permitimos tales defectos a un emperador romano, ¿a quién?). Pero quien lea la novela se va a encontrar mucho más que la semblanza de un personaje histórico: lo que hace aquí la autora es la reconstrucción, no sé hasta qué punto fiel, pero desde luego sí fidedigna, de toda una civilización. Y no me refiero tan sólo a su expansión territorial, sus gestas militares o sus logros técnicos y económicos... sino a la propia alma de su cultura, al espíritu que le insufló una vida que, casi podríamos decir perdura hasta el día de hoy. El libro nos sumerge en lo que fue la esencia de la Roma antigua, desde sus austeros orígenes tribales, moldeados después por la matriz helénica y enriquecidos por la aportación de todas las tierras, gentes y creencias con las que entró en contacto; en el corazón del Imperio, visto aquí, además como equivalente a la civilización, fuera de la cual no hay nada (en esto, en cambio, no puedo estar de acuerdo con la visión de Adriano/Yourcenar).

Y, por supuesto, nos ofrece multitud de reflexiones sobre infinidad de aspectos de la vida, el amor, las pasiones, el envejecimiento, la muerte... un auténtico compendio de sabiduría aparentemente indiscutible (luego ya, allá cada cual...); de ésos que permiten extraer frases que suenan estupendamente fuera de contexto... Ahí van algunos ejemplos:

          "...he llegado a la edad en la que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada."

          "El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros."

       "Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que se cree, pero sólo el éxito las pone de relieve".              

(¿Qué tal? La envidia de cualquier escritorcillo con ansias de fama y gloria, ¿no?)
         
Una novela y un personaje que ya se superponen al verdadero Adriano, hasta el punto de que, tras Yourcenar, será imposible pensar de otra manera en este emperador culto, conciliador y, aparentemente, más humanitario que la mayoría de sus predecesores. Y, en todo caso, si non è vero, è ben trovato. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

Colaboración: Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural de Robert E. Howard

Idioma original: Inglés
Título original: Worms of the Earth
Traductor: Santiago García
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable

Estuve un par de meses devorando ávidamente a Lovecraft. Me zampé su obra con tal intensidad que no sé cómo escapé a una sobredosis de horror cósmico. Una vez agotado todo el material de este autor me percaté de algo terrible: el regocijo de leer a Lovecraft por primera vez me quedaba a partir de ahora vedado. Recuerdo que en ese momento me sentí traicionado, aunque no puedo precisar quién o qué era el responsable de esa impresión. Pensé que no era justo, que alguien tendría que haberme avisado. ¿Qué iba a hacer? Ya había consumido todo lo que Lovecraft concibió. Me asaltó la ira. Culpé al escritor de Providence por haber quemado algunos de sus primeros relatos. De no ser por su caprichoso criterio, aquellas narraciones habrían dilatado mi placer un par de horas más.

Pero tranquilos todos los que estén en esta situación. Aquí os traigo una solución. Ya podéis dejar de acariciar todas esas ideas de suicidio. Afortunadamente, Lovecraft, como todos los grandes, hizo escuela. De eso me di cuenta peregrinando en busca de consuelo tras leer todo su trabajo. Y si bien yo había agotado toda la obra de su autoría, no la de aquellos que, seducidos por el maestro del horror cósmico, decidieron seguir su estela, continuar explorando los senderos que él había abierto y escudriñar los abismos que su febril imaginación llegó a atisbar. El Círculo de Lovecraft fue un movimiento literario compuesto por fanáticos de Lovecraft que complementaron su universo, su mitología, con relatos propios. Uno de los integrantes del Círculo fue Robert E. Howard, conocido por definir el género de brujería y espada en la literatura y por dar a luz a Conan el Cimerio. Este hombre también se dedicó a narrar otro tipo de historias, además de las relacionadas con la fantasía. A él debemos algunos de los mejores relatos de terror del siglo XX.

La antología Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural, reúne diecinueve historias recopiladas por la fabulosa editorial Valdemar. Todas y cada una de ellas alcanzan las cotas más altas de lo mórbido, lo grotesco, lo macabro y lo horroroso. Son un escaparate que exhibe sin tapujos la esencia de lo perturbador. Además, en algunas de estas narraciones se entremezclan elementos propios del subgénero de brujería y espada con el de horror cósmico. El resultado de semejante híbrido es completamente magistral.

Así que sí, en estos relatos puedes detectar la impronta de Lovecraft, pero no son producto de un torpe imitador ni la tímida pretensión de emular a otro escritor. Howard no llega a renunciar nunca a su estilo, aunque con él puede complacernos a nosotros, aquellos a los que ingenuamente pensamos que el fantasma del escritor de Providence nos había abandonado.

También de Robert E. Howard en ULAD: Las extrañas aventuras de Solomon Kane

Firmado: Oriol Vigil

viernes, 18 de septiembre de 2015

Colaboración: El diario de Edith

Idioma original: inglés
Título original: Edith´ diaryFecha de publicación: 1977
Valoración: Muy recomendable

Patricia Highsmith, creadora de mundos cotidianos bajo los que late la maldad que lleva al crimen, nos demostró que los límites entre el bien y el mal son bastante más sutiles que en las novelas policiales al uso. Nos introdujo en ambientes de clase media, en familias de matrimonios aparentemente bien avenidos, en la mente de personas normales, hijas del tedio y de la rutina, pero obsesionadas y desesperadas en el fondo, que se van deslizando poco a poco al crimen o a la locura.

Todo en las novelas de Highsmith se reviste de una maldad aterradora, precisamente por lo imprevisible. El paso de un universo de clase media americana, como el de los inicios de una película de Spielberg, al infierno se hace de una manera sutil. No es el enemigo que viene de fuera y que rompe la armonía. El enemigo viene de dentro, de los oscuros rincones de mentes retorcidas que no son tan diferentes a las nuestras. Sus personajes, aparentemente anodinos, superficialmente buenos, son bombas de relojería, gente modélica que no lo es tanto, que vive en familias felices de puertas para afuera pero con oscuros secretos.

El diario de Edith comienza con un ama de casa ejemplar, casada y con un hijo, que se muda de Nueva York a un pueblecito de Pennsylvania. Lleva un diario en donde anota los pormenores de su bien organizada existencia en la que solo hay dos inconvenientes: tener que acoger en la casa al tío casi inválido de su marido y su hijo Cliffie, que desde niño da muestras de una maquiavélica rebeldía que su despreocupado padre atribuye a cosas de la edad. 

Un acontecimiento trivial y nimio, el suspenso de Cliffie a los exámenes de acceso a la universidad, lo desencadena todo. Ese día, Edith escribe en su diario: “Cliffie se examinó conjuntamente hoy de varias asignaturas en Trenton para el ingreso a la universidad y cree que lo ha hecho bastante bien. Se trataba de álgebra, inglés, francés, geografía, historia y química. Si consigue una media de 80 ira quizá a Princeton.” Edith se agita inquieta en la silla, luego deja la pluma y el diario y se pone en pie. Lo que acababa de escribir es mentira pero, después de todo, ¿quién va a saberlo? Y ella se siente mejor después de haberlo escrito, menos melancólica, casi alegre de hecho.

Pero esa mentira engendra otras y bifurca la existencia de Edith (toda mentira engendra una pequeña disociación y para justificarla hay que crear otra y otra más) hasta que la vida real y la imaginaria de la protagonista se van apartando de manera enfermiza.

Su vida conyugal se tambalea, su hijo se convierte en un haragán alcohólico cuyo pasatiempo es masturbarse con un calcetín y el día a día de Edith se desliza entre bandejas subidas al tío enfermo. El diario que escribe, en sus inquietantes mentiras, casi parece un anticipo profético de la era Facebook puesto que, ¿qué es Facebook más que el escaparate de vidas aparentemente perfectas, un medio de promoción personal o una distorsión idealizada que en casos extremos puede conducir a la locura?
Edith reprime sus emociones, experimenta el abandono de su esposo y el desprecio de su hijo; solo su diario, escaparate ficticio de una vida mediocre, le ayuda a seguir adelante… o a ir directa al abismo.
Retrato de un matrimonio convencional fracasado, estudio de la soledad, análisis de una familia disfuncional, historia enmarcada en la más estricta cotidianeidad, El diario de Edith es una novela que, aunque menos famosa que las de la serie de Ripley, basta para reconocer a su autora como una gran novelista. 

El estilo de Highsmith es sobrio, casi periodístico, un escalpelo que penetra en las mentes de sus personajes. Actúa como una tijera de podar de un jardín debajo del cual se escondiera un cadáver. Como con toda gran ficción, después de leer El diario de Edith algo cambia en nosotros y en nuestra manera de ver el mundo. Quizá en las ensoñaciones aparentemente inocuas de nuestra vecina se esconda la semilla de la locura, quizá en esa casa con un jardín de setos bien podados habite la demencia. Lo perturbador está más cerca de lo que creemos.

Tal vez incluso habite dentro de nosotros mismos.

Todas las reseñas sobre Patricia Highsmith en ULAD: Aquí
Firmado: Federico Escudero

jueves, 17 de septiembre de 2015

Jean-Philippe Toussaint: Hacer el amor

Idioma original: francés
Título original: Fair l'amour
Traductor: David Martín Copé
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro a través de Mobas, que a su vez, creo, llegó a él a través de Granite&Rainbow, así que por lo menos simbólicamente es un libro que nos hemos ido pasando de mano en mano, o mejor, de boca en boca. A veces no termino de coincidir con ellas en gustos, como en el caso de El nadador en el mar secreto, que me gustó solo relativamente, pero en este caso creo que estoy más próximo a su opinión.

Hacer el amor es una disección: la de dos personas que viven los últimos momentos de una relación agonizante, un proceso doloroso, confuso, lleno de nostalgia y de dudas. "Romper", dice el narrador, "era un estado antes que una acción, un duelo antes que una agonía". Con Tokyo como escenario de fondo (me ha resultado imposible no pensar, muchas veces a lo largo de la novela, en Lost in translation), la pareja protagonista llora, se besa, discute, pasea bajo la nieve y, sí, por supuesto, hace el amor, con la certeza (¿certeza?) de que será la última vez que lo hagan.

Toussaint escoge un tema difícil, por lo transitado que está ya el tema del (des)amor, y por la concentración del tema y de la acción en torno únicamente a la ruptura de la pareja (no hay digresiones, no hay apenas personajes secundarios, no hay tramas secundarias). Y sin embargo sale bien parado del esfuerzo, manteniendo la tensión de la trama, en parte con los vaivenes de los sufrimientos de los personajes, y en parte, también, gracias a un misterioso frasco de ácido clorhídrico que el narrador lleva consigo desde la primera línea, y que siempre planea sobre los personajes como una amenaza brutal (y simbólica).

Hacer el amor no esquiva ninguno de los aspectos propios del amor y el desamor: el sufrimiento egoísta, la mutua tortura de los rencores acumulados, la nostalgia de los inicios, los afectos subterráneos que se mantienen, el deseo que pide paso... De ahí que su lenguaje pase también de lo delicado, casi cursi (para mi gusto hay un exceso de "lágrimas ingrávidas" que "ruedan por la mejilla"), hasta lo brutalmente descriptivo ("Amanecía en Tokyo y yo le metía a Marie un dedo en el culo", termina la primera parte del libro).

Preciosa, por otra parte, la edición de la Editorial Siberia, con una imagen de portada que una vez más hace pensar en Lost in translation o incluso en Blade Runner.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Hilary Mantel: El asesinato de Margaret Thatcher

Idioma: inglés
Título original: The Assasination of  Margaret Thatchet
Año de publicación: 2014
Traducción: José Manuel Álvarez Flórez
Valoración: recomendable

En esta vida, cada cual hace lo que puede; es decir, lo que sabe o hasta donde le llega el talento. Un par de ejemplos: la anterior alcaldesa de Madrid le dedicó una plaza, en pleno centro físico y simbólico de la capital de España, a la mandataria británica Margaret Thatcher (en un alarde de coherencia, después colocaron a pocos metros de este lugar una estatua de Blas de Lezo, marino del siglo XVIII célebre por zurrarle la badana a los ingleses, precisamente; en fin, lo que la naturaleza no da, el barrio de Salamanca no lo presta...); en cambio, la afamada escritora Hilary Mantel, puesta a pensar en lo que había supuesto para ella la que fuera su Primera Ministra -a la que parece que tenía menos cariño que doña Ana Botella-, se le ocurrió hacer un relato sobre cómo podría haber sido su asesinato, allá por 1983 (por cierto, ¿se considera apología del terrorismo imaginar cómo podría haber sido un magnicidio -gracias por el término, Francesc- que, obviamente, no ha tenido lugar? En España, no me extrañaría que sí. En el Reino Unido, parece que no). Es decir, convirtió su opinión sobre Mrs. Thatcher -irritación, diríamos- en un motor de creación literaria y le salió un relato que, sin caer en el fácil efectismo ni en dramatismo alguno, mantiene vilo al lector hasta la última línea... literalmente. 

Este, sin duda, parece ser el relato estrella del libro, primero por lo llamativo de título y argumento, pero también porque es uno de los mejores. Y creo que el más optimista. El resto de los cuentos -me cuesta un poco llamarlos así, pero vale, en aras de la no reiteración- comparten, además de su excelente factura, la mirada femenina de sus protagonistas/narradoras, a excepción de uno, El QT largo, en el que el punto de vista femenino es, digamos, colateral... Nos ofrece, pues, un muestrario de tipos de mujer, que van desde el recuerdo de una niña curiosa o la escritora recluida por obligación (también hay otra escritora, pero ésta debe relacionarse con el mundo, también por obligación) a la turista en un país extranjero -e inquietante-, a la hija despechada o la criada asiática crudamente consciente de su desamparo. Porque la otra característica que reúne a casi todas las protagonistas de los cuentos es la consciencia de su vulnerabilidad y de las limitaciones que les son impuestas; limitaciones contra las que algunas se rebelan -de manera más o menos fructífera-, otras acatan como parte de las reglas de juego y otras tratan de sortearlas. Pero esas limitaciones y su percepción están presentes en todo momento; algo quizá no tan frecuente -o evidente- en los relatos con protagonistas masculinos.

Que Hilary Mantel es una escritora sumamente inteligente y perspicaz -es extraordinaria su atención a los detalles, por ejemplo- es algo evidente desde la primera página del libro. No menos evidente que escribe de forma magnífica, con un estilo claro y fluido pero rico y en absoluto simplista. Hay también una continua presencia de humor, por supuesto, aunque éste resulte más bien oscuro, mordaz y hasta inclemente con los personajes. Y hay un par de incursiones originales en el género de terror, si bien este elemento terrorífico se ve muy matizado por otro tipo de inquietud, más habitual y nada sobrenatural, que impregna casi todos los relatos del libro. Inquietud, desasosiego, desamparo. Pero también lucidez, ironía, inteligencia. Ésas son las sensaciones que me ha dejado el libro. Y que en las manos apropiadas la literatura puede sacar petróleo de cualquier parte. Hasta del recuerdo de Mrs. Thatcher.

martes, 15 de septiembre de 2015

Pilar Eyre: Mi color favorito es verte

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: prescindible

Una cuestión que me tiene mosqueadillo. Dicen, los contendientes a ciertos premios literarios son textos que se presentan bajo pseudónimo. Por lo del presunto amiguismo literario en los jurados, ya sabéis. Por lo de los amaños, ya sabéis. Yo me pregunto, entonces, cómo se ha hecho para que esta novela evite ser identificada, cuando es autobiográfica a más no poder, su autora se refiere a sí misma de forma constante y da constantes pistas ineludibles sobre su persona. Y no me lo explico, o, peor, me lo explicaría si dijera sí, estoy de acuerdo, todo está amañado y conchabado y el finalista del Planeta es solo un elemento más en la planificación orientada a la venta a porrillo. 
Sirva esto, por cierto, como primera maniobra de distracción hacia lo que, seguro, será tildado por muchos lectores como lectura indigna, pérdida de tiempo, desperdicio de papel y otros argumentos que comprendo, comparto, pero que rebato con una contundente y patética explicación. 
Es que de vez en cuando me apetece la carne cruda. Metafóricamente hablando. Y he de reconocer que, por ejemplo, en el autobombo de Mejide esperaba encontrar oculto algún talento para un cierto nivel de ironía imaginativa (no lo había: cero). He albergado esperanzas de que libros con una pinta horrorosa me depararan alguna sorpresa, algún pretexto, algún matiz, algún resquicio en el que en alguna circunstancia pudiera recomendar su lectura a algún lector. Pues bien: Mi color favorito es verte no va a ser, tampoco, el caso.
Para los marcianos: Pilar Eyre sale en Telecinco y ha escrito alguna cosa de novela histórica, o sobre monarcas españoles o sus familias o sus líos. Enough said.
Parece, confiesa en las páginas de este folletín, que este tipo de lecturas ya no venden un mango. Y que Ricardo, su editor, preocupado porque el mundo pueda perderse el talento de esta señora de pose elegante y cara, erm, recauchutada, la contacta para que escriba algo diferente. Este es el punto de partida del libro, y Eyre es aquí el reverso del héroe de Blitz. Ergo, la señora madura aburrida que seduce al corresponsal de guerra francés, más joven y vive un romance de alto octanaje. O se supone.
Problemón: 70 páginas son suficientes para que uno se canse de tanta tontería. Sobre todo de las que la autora intercala con la única finalidad de epatar. Peligroso pensar que el relleno puede justificar o compensar una trama que no es ni eso. Esta es una historia que se resume en cuatro frases. Eyre, famosilla, conoce a Sébastien, francés misterioso, retozan, él desaparece, ella se obsesiona, indaga sobre él. Amoríos de verano, versión senior. 
Para esto, desde luego, no se necesitan más de 300 páginas. La autora mete relleno a puntapala. Relleno del que irrita un poco: que si soy millonaria, que si tengo dos carreras, que si conozco gente muy importante, que si Llafranc, que si la Vía Augusta, que si un perro con nombre de guitarra, que si un hijo triunfador en el e-business, que si relojes de 90.000 euros. Todo ese aderezo, que lo único que viene a aportar es que ella es exactamente el tipo de público al que dirige sus libros (señoronas de mediana edad y alto poder adquisitivo aburridas entre inyecciones de colágeno o ácido nosequélónico y clubes de bridge en localidades de veraneo), y que constituye. muy a su pesar, el involuntario centro del libro, y, en última instancia, el lastre que lo hunde por completo. Sin menospreciar ciertos episodios y escenas, o el final, en el que dan ganas de preguntarle a la autora si toma a sus lectores por imbéciles.
No voy a atribuirle a Eyre la virtud de lo metaliterario. Lo de jugar con lo que es o no es real con el lector no incluye el mentir sobre las cosas, alterarlas con engaños para maquillar la historia, o hacerse la sofisticada. Por ahí no pasamos. Pilar Eyre no es Cercas. Sopas se ha de tomar, en su mejor momento, para tener capacidad narrativa y complicidad con el lector como el de Ibarhernando. No jodamos, Pili. Mi color favorito es verte es pura basura (tarde, pero me he soltado), porque la escritora considera que, imposibilitada por los motivos expuestos de generar el morbo sobre los actos de otros (famosos) se llega a pensar que a alguien puedan interesarle los suyos. Trampa, enorme, trampa que puedo perdonarle a Milena Busquets (y no demasiado, a mi reseña me remito) por su bagaje personal, pero que a la Eyre, perdonen, pues no. Dudo que la Busquets baje a esas catacumbas a las que la Eyre, por estrictas exigencias de facturación, desciende de mil amores.
Todo ello con una escritura forzada y dispersa, empeñada en reivindicarse, pero con una absoluta torpeza donde, en el afán de pinturrajear tanta insustancialidad de una patena literaria, disponemos de un ramillete de recursos siempre mal ubicados: construcciones cursis, metáforas tópicas, carnalidad mal entendida, sin darle a las cosas el nombre que tienen (no sea que alguien se escandalice), referencias culturales (poquitas, lo primero en que uno repara es que Pilar Eyre no lee demasiado) de una obviedad escandalosa.
Pilar Eyre se atribuye en varios momentos una condición de escritora de segunda fila. De hecho, lo repite constantemente a lo largo del libro: soy escritora, soy escritora. Lo dice ella, no yo. Su fila, por eso, no es la segunda: está un poco más atrás. En función de lo leído aquí, más cerca de la última

lunes, 14 de septiembre de 2015

Umberto Eco: Número Cero

Idioma: italiano
Título original: Numero Zero
Año de publicación: 2015
Traducción: Helena Lozano Miralles
Valoración: se deja leer

Última novela, hasta la fecha, del eximio escritor y popular profesor de semiología (un momento... ¿era al revés?), el piamontés Umberto Eco, en la que se dedica a satirizar sobre los medios de comunicación escritos. La historia que cuenta, quizá algo rebuscada, es la siguiente: en el año 1992 -la fecha tiene su por qué-, un tal Colonna, ghost writer o "negro" de medio pelo es contratado para escribir la crónica de la puesta en marcha de un periódico, Domani, que en realidad no es sino un instrumento de presión, merced a la edición de varios y escandalosos "números cero" -no destinados a la difusión pública-, que pretende utilizar un empresario para ser admitido en los círculos más selectos de la economía italiana. Para ello, se contrata a un grupo de periodistas también de medio pelo, que se dedican a husmear en noticias pasadas aspectos que puedan ser comprometedores para el futuro... de según quién.

Este argumento, vagamente "chestertoniano", se ve enriquecido con muchos de los "lugares comunes" de la trasologia -o conspiranoica- italiana de la segunda mitad del siglo XX: el final de Mussolini, las intrigas vaticanas, la red Gladio, los atentados neofascistas, las Brigadas Rojas, los servicios secretos (de ahí la necesidad de situar la acción de la novela en el año 92)... elementos que, si bien pueden suscitar el interés de algunos lectores (el mío, por ejemplo), creo que resbalarán sobre la atención de la la mayoría; en el caso de los compatriotas del señor Eco, por excesivo conocimiento -y hasta cansancio, supongo- de todos estos asuntos; en el caso de los lectores de otros países, por todo lo contrario. El argumento, además, recuerda demasiado al de otra novela del mismo escritor, El péndulo de Foucault (ésa que mucho empezaron, pocos acabaron y a casi nadie gustó... aunque a mí sí, reconozco también), si bien en ésta de lo que se hablaba era de una conspiración esotérica desarrollada a lo largo de varios siglos -novela bastante anterior a El código Da Vinci , hay que decirlo, y de la que, no obstante, se burla- en vez de una trama política. Pero cierta similitud está ahí.

Tampoco es que esta trama se desarrolle de la manera más adecuada, por otro lado; más bien la novela, bastante corta, da la sensación de escasez, con líneas argumentales que debían ser, en principio, las más importantes (la gestación del falso periódico), truncadas o disueltas en una serie de explicaciones teóricas sobre el periodismo y la manipulación que se suele hacer de las noticias (con triquiñuelas no sé hasta qué punto eficaces, por ingenuas y/o sutiles... el dottore Eco debería echarle un vistazo a cierta prensa española para enterarse de lo que vale un peine). Pero el conjunto resulta mal desarrollado, con cierto desequilibrio entre lo fundamental y lo anecdótico. Pido perdón de antemano por esta pequeña maldad, pero en realidad, da la sensación de ser un proyecto de novela archivado desde hace 20 años (de ahí también la época en la que se data la acción) y que, siendo ya el autor de una edad avanzada, no quería desperdiciar...

En cuanto al contenido de la novela o su intención, ya digo que resulta de una cierta ingenuidad: la idea es hacer una sátira del papel de los medios de comunicación y de la elaboración de las noticias que nos tragamos como caramelos... también una crítica al público de esos medios -es decir, a todos nosotros-, capaces de consumir esas noticias sin descanso y sin memoria, por atroces o comprometedoras que sean, pero sin preocuparnos de profundizar en ellas (y en esto Eco tiene razón). Lo que ocurre es que a este respecto la realidad supera a diario cualquier ficción: lo de Número Cero parece un juego de niños en comparación con la manipulación que sufrimos cada día... y el cinismo con que la aceptamos. Eso, por no mencionar que desde el año 92 hasta ahora los medios de comunicación y el periodismo se han visto agitados por algún que otro cambio: los personajes de la novela, evidentemente no habían oído hablar de Internet... Quizá si este libro hubiese sido publicado hace 20 años, su impacto habría sido otro, mucho mayor, pero a día de hoy, se queda en una salva con pólvora mojada. Menos mal que, por lo menos, la prosa es fácil de leer y se ventila en una tarde. O dos.

Una novelita, si no desdeñable del todo, tampoco especialmente memorable. Se deja leer e incluso puede ser recomendable para los fans del autor y para estudiantes de Ciencias de la Información... los que suelan ir a clase, quiero decir; a los que se pasen la mañana en la cafetería de la facultad, leyendo la prensa diaria -aunque sea sólo la deportiva-, no les hace falta: de manipulación informativa y prácticas torticeras ya sabrán bastante.

Otros libros de Umberto Eco reseñados en Un Libro Al Día: Aquí

domingo, 13 de septiembre de 2015

William Gaddis: Los reconocimientos


Idioma original: inglés
Título original: The Recognitions
Año de publicación: 1955
Traducción: Juan Antonio Santos Rodríguez
Valoración: Muy recomendable

El auge de lo falso, favorecido por la relatividad de valores y precios, caracteriza en cierto modo al mundo moderno y posmoderno, pero es preciso poseer la erudición y la perspectiva de Gaddis para sintetizar primero y particularizar después los rasgos que identifican un momento histórico.
El plagio parece haber descendido a todos los ámbitos de la cultura favorecido por un pacto de silencio. Todos son cómplices, hermanados por el temor a ser descubiertos. La relatividad de valor y precio se refleja aquí en todos los aspectos posibles. Poetas que roban sin proponérselo, dramaturgos y cuentistas que escarban en las obras de más prosapia y las fusilan alegremente, reliquias prefabricadas de santos, pretendidas momias egipcias elaboradas con restos del cementerio local y hasta la mismísima Cleopatra reconstruida con los restos de un soldado árabe, pintores de éxito que venden lo pintado por otros, pintores novatos que usan como base lo que el marido de su amante desecha, obras de la escuela flamenca descubiertas al poco de ser pintadas en un taller clandestino, libros con portada artesana y todas las páginas en blanco publicados por nadie, falsificación de fichas de poker o de series enteras de billetes. Hasta las personalidades pueden ser ficticias aquí, como ese falso Hemingway que aparece de vez en cuando. Y el mundo de la crítica, que se presenta como un copia y pega en forma de juicios todoterreno y alusiones con pátina de autoridad. Hay un tono de guasa, muy discreta, más bien irónica, necesitada de lectores cómplices, que atraviesa todo el texto. El título Los reconocimientos alude al examen que reciben las obras antiguas tardíamente descubiertas y pone en tela de juicio un axioma generalmente aceptado: la combinación de expertos con técnicas modernas producen opiniones infalibles. La pregunta implícita es si existe el falsificador perfecto, aquel que no se conforma con reproducir lo obvio, que estudia a fondo materiales, procedimientos y hasta el espíritu de cada artista.
Quede claro que lo que Gaddis desaprueba del mundillo artístico no se reduce a las falsificaciones. Ataca la banalidad, la falta de rigor, menciona, incluso, la posibilidad de una producción novelística en cadena  –una idea bastante premonitoria–  y resume su opinión con estas palabras: “El arte (art) actual se escribe con f (de fart). Usted lo sabe. Todo el mundo lo sabe”. 
El autor lo considera un indicio más, pero muy claro, de un siglo decadente que camina hacia la autodestrucción. La esencia de la actual alarma por el futuro del planeta se condensa en un significativo párrafo a través de expresiones como “el humo circulaba por lóbulos de acero protegido por cavidades pleurales de granito”, “esparcirse en el vómito de mugre” o “pavesas, cenizas y arena, alquitrán, hollín y ácido sulfúrico… se posaban cada día sobre aquel barrio”.
No obstante, y como demuestra en su propia obra, el proceso creador en sí mismo inspira al novelista el mayor de los respetos. Lo metaliterario aflora constantemente, a veces incluso en forma de panfleto o manifiesto de las inquietudes literarias del autor filtradas por la mente de sus personajes. Encontramos también descripciones muy detalladas de la forma de trabajar de un genio de la pintura, o una carta de la poeta y talentosa náufraga que es Esme, y que constituye un delirante pero agudo tratado sobre la creación pictórica, o aproximaciones a su propia inspiración. Y lo que vemos cada vez es un rapto creador apasionado, evasión de la realidad, una mente confusa, incluso alucinada, pero concentrada y firme en sus decisiones.
Esta novela claramente coral –pese al vigor del personaje que conduce la acción a lo largo de unos cuantos capítulos–, con personalidades antológicas, como Gwyon, Recktall Brown, Otto, Esme, Valentine, Wyatt, el señor Pivner, entre otros, y un muestrario bastante exhaustivo de tics y tópicos sociales de entonces y de ahora, no olvida que toda época se fundamenta en las anteriores. De ahí que la cultura occidental, con sus raíces grecolatinas y cristianas filtradas por el Medievo, impregne sus páginas, dejando un regusto rancio a cosa arcaica y pasada de fecha. 
También ayuda a crear tal sensación la reiterada presencia del elemento religioso, que encontramos a lo largo de toda la novela; casi podríamos decir que a modo de catálogo: encontramos aquí desde las formas idólatras, mitraísmo incluido, a las que tiende el panteísmo del reverendo Gwyon, al rigor de la predestinación protestante -otro "reconocimiento", divino en este caso- o los rituales del catolicismo más enfermizo... incluso el aparente rechazo de la religión, aderezado por todo tipo de blasfemias, entre las que se revuelca el personaje de Anselm. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto el religioso es un tema fundamental para Gaddis o supone su propia falsificación irónica, un atrezzo que utiliza para que sirva de fondo y espejo al tema que realmente le interesa, el de la creación artística.
Al final de los años cuarenta –aunque tardaría en publicarse más de un lustro– un Gaddis de solo 27 años, alumbró esta obra prodigiosa que, lejos de perder vigencia y a pesar de su dificultad evidente, encaja a la perfección con el canon posmoderno. Porque está elaborada a base de retazos (de caracteres, escenas, vidas, conversaciones…), enfoca gran cantidad de aspectos y presenta un conjunto de fragmentos que componen un todo inconcluso. También porque, situándose entre el absurdo y la banalidad más absoluta y combinando procedimientos de manera muy personal, recrea una atmósfera altamente inquietante. A ello contribuye, sin duda, el exigente y desasosegante estilo de Gaddis, que obliga al lector a prestar toda su atención: abarrocado, conceptista incluso, en los párrafos descriptivos o que expresan el pensamiento de los personajes; en contraste, la extrema agilidad de sus diálogos (fabulosamente escritas las varias fiestas que suceden en la novela, por ejemplo), pero que exigen no menos atención para ser seguidos. Por suerte, acude a menudo en nuestra ayuda un sentido del humor que, aunque trágico o grotesco en ocasiones (el descacharrante episodio de la armadura o el robo de la pierna en el hospital, sin ir más lejos), hace más llevadera la lectura de la novela.
No podemos dejar de mencionar la presencia  de España en esta novela, el lugar donde se desarrollan varios de sus momentos más memorables. Según Gaddis, España era "un país para atravesar huyendo"... aunque claro, hay que situar esta frase en el contexto de la narración. Pero aún así, la semblanza que hace de este país no es demasiado halagüeño: pobreza, primitivismo y superstición, hasta componer un retrato casi digno del esperpento valleinclanesco. Cierto que estamos hablando de la España de los años cuarenta, en plena posguerra, pero cabe preguntarse cuánto de aquel país descrito por Gaddis ha desaparecido y cuanto pervive aún hoy en día, en pleno siglo XXI. Mejor no contestar.

Nota final: Hemos valorado esta novela como "Muy recomendable" (aunque en las etiquetas está también la de "Imprescindible") no por su falta de calidad o importancia literaria, sino tan sólo porque consideramos que quizá no es una novela idónea para todo tipo de público. Pero sin duda a más de uno de sus lectores sí que les parecerá un libro imprescindible... ninguna objección, a ese respecto.


                                                                    Firmado: Montuenga y Juan G. B.


Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpinteroÁgape se paga

sábado, 12 de septiembre de 2015

Don Carpenter: Dura la lluvia que cae

Idioma: inglés
Título original: Hard rain falling
Año de publicación: 1966
Traducción: Ramón de España
Valoración: muy recomendable

Debe funcionar el filón de The Wire: porque lo de poner que el prólogo es de George Pelecanos bajo el título de esta novela es una obvia llamada para atraer a cierto público. Funciona, por eso. Y si esa es la razón que lleve a un número de personas a leer Dura la lluvia que cae, pues bien está lo que bien acaba. Porque esta es una novela excelente, una narración, como algún amable comentario anotó hace unas semanas, a la altura de No hay bestia tan feroz, en ese ejercicio duro pero fascinante de ponerse en la piel del delincuente de largo recorrido, e intentar experimentar sus actitudes hacia la vida. A Jack Levitt, protagonista, no le han dado demasiadas opciones. De orfanato a correccional, de correccional a cárcel, y cada nueva etapa una vuelta de tuerca en una existencia difícil, lejos de lo convencional, pero con una encomiable disposición a mantener la dignidad y a tirar hacia adelante. Sin planes a largo plazo, por supuesto.

Las cosas le suceden a Levitt con enorme naturalidad, y él, que insiste en ocasiones que no hace plan alguno, va tirando adelante como puede. Dura la lluvia que cae se divide en tres partes claramente espaciadas en el tiempo. La primera nos muestra a Levitt, abandonado por su padre, fallecida su madre a temprana edad, desenvolviéndose en su adolescencia en ambientes poco aconsejables. Garitos con mesas de billar, bares, burdeles. Con sus amigos, buscándose la vida en un día a día que no les plantea más dificultades que el obtener dinero para la siguiente cerveza, la siguiente comida o la siguiente noche en pensiones u hoteles cutres. Las amistades de conveniencia van y vienen, la picaresca de las apuestas en las partidas de diversas modalidades de billares, los pequeños y casi ingenuos escarceos con delitos de poca monta. En la segunda, el paso adelante está dado. Delitos con armas, golpes a licorerías, violencia, cárcel, condenas en convivencia con nuevos y antiguos compañeros de correrías. Sin opciones, con escasa expectativa de mejora, Levitt es trasladado y se reencuentra con Billy, colega de la infancia, bien dotado para el billar, otro buscavidas que, en un episodio memorable, demostrará hacia Levitt algo de lo que ha estado falto toda su triste existencia: alguien que se preocupe de él, alguien que le demuestre sentimientos. Su corta historia de amor homosexual, en la celda del condado de Balboa que comparten, resulta constituirse en el único conato de romanticismo de esta novela. Fuera de la cárcel, Levitt se intenta reintegrar en la sociedad. En medio de un tenso incidente, conoce a Sally, adinerada ex esposa de un actor de éxito, amor fou inmediato, cómplice sexual, por la que abrazará lo más parecido a una vida convencional, toda la que pueda tener un ex-presidiario. Un hijo, al que llamará Billy, un trabajo. facturas que pagar.

Dura la lluvia que cae es casi una bildungsroman de recorrido alternativo, donde Levitt, a través de la narración, me recuerda algo al Stoner de Williams: cede solo, en circunstancias especiales, ante su voluntad, pero casi siempre deja que sea un destino inexorable el que tome sus decisiones. Su instinto de supervivencia prevalece y cree que eso será suficiente para llegar a buen puerto. Todo lo bueno que su dura condición pueda tenerle reservado.

Una narración potente, por momentos brillante y en alguno ligeramente previsible, Carpenter es uno de esos autores, como Bunker, que merece la pena descubrir. Camuflados entre la nutrida escena literaria norteamericana del siglo XX, quizás condicionados por temáticas menos ambiciosas a priori que algunos coétaneos que les sobreviven (DeLillo, Roth), Carpenter murió a los 64 años, se quitó la vida, dicen, a causa de su deteriorada salud.

También de Don Carpenter en ULAD: Los viernes en Enrico´s

viernes, 11 de septiembre de 2015

Colaboración: El planeta americano de Vicente Verdú

Idioma original: español
Año de publicación: 1.996
Valoración: Recomendable

Con el paso de los años y una poderosa combinación de poder político, económico y militar, Estados Unidos ha terminado por conformar una entidad mitológica y, desde finales del siglo XX, el objetivo del planeta entero parece consistir en intentar copiarla. Aunque nos cabría la duda de en qué medida copiar el modelo es un deseo real o es una necesidad que nos es inoculada cada día.

Es esta aproximadamente la idea que vertebra el trabajo de Vicente Verdú, que señala cómo lo americano ‘se importa como un lote completo’, que incluye la forma de divertirse y de comprar, el éxito, la educación, los valores, toda una cultura, una forma de vida que asimilamos por ósmosis. Lo más llamativo es que el texto tiene casi veinte años de antigüedad, de forma que cabe plantearse hasta dónde ha llegado la colonización si ya hace dos décadas el fenómeno ya se formulaba con tal claridad.

A partir de aquí, el ensayo expone en qué consiste el American way of life, qué es exactamente todo eso que queremos imitar o que el entorno nos está imponiendo. Y aunque lógicamente hay un trasfondo crítico, el texto está lejos del sesgo panfletario que se le podría suponer a primera vista. El planeta americano es un recorrido por los principales rasgos del alma yankee: sus ciudades, su alimentación, sus obsesiones, el concepto de familia, el dinero. Naturalmente, estamos ante una reducción, se manejan arquetipos muy reconocibles, pero predomina la objetividad y el tono neutro, lo que, además en engrandecer la obra, favorece la nitidez de los planteamientos.

Con el estilo periodístico impecablemente ágil propio del autor, y cuajado de un sentido del humor tan atemperado que a veces solo se puede intuir, no se entra en excesivas profundidades, los datos no son prolijos ni se proponen reflexiones muy profundas. Hasta cabría decir que está escrito al estilo americano, claro y sencillo, aunque expuesto con coherencia europea. De esta forma, lo que sería un rosario de informaciones variopintas, anécdotas y comentarios, se va transformando en una exposición sólida, consistente sin perder amenidad o incluso ligereza, que va dejando como poso las ideas y sensaciones básicas que el autor desea transmitir.

Impagable el manejo de la hamburguesa como elemento retórico y soberbias las conclusiones de las últimas páginas, donde Verdú se moja de forma explícita por primera y única vez.

Y, tratándose de estos asuntos, a quien esto suscribe siempre le ronda la duda de cuándo empezaremos en Europa a celebrar el Día de Acción de Gracias, pavo mediante. Al tiempo.




Firmado: Carlos Andia