lunes, 31 de marzo de 2014

Émile Zola, Mark Twain, Rudyard Kipling, Saki: El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos

 Idioma original: francés e inglés
 Títulos originales: Le paradis des chats, Dick Baker’s cat, The Cat Who Walked by Himself, Tobermory
 Fecha de publicación: 2012
 Valoración: Está bien

 ¿Tienes que hacerle un regalo a alguien que es un amante de los gatos y no se te ocurre nada? Y hablo de un amante amante de los gatos de verdad, de esos amantes de los gatos que pueden estar horas y horas de reloj contándote los impagables ocurrencias, costumbres, caprichos y disparates de sus muy estimados mininos. Yo conozco a algunos cuantos así. Pero bueno, como siento una debilidad especial por estos animales elegantes, mimosos y ariscos a partes iguales, aguanto medianamente bien sus pequeñas y amables palizas.

 Y venga, que me lío, volvamos a la pregunta con la que comenzaba el post: ¿Tienes que hacerle un regalo a alguien que es un amante de los gatos y no se te ocurre nada? Don’t panic, el tío Ian os recomienda obsequiar a dicha persona con el librito que hoy reseña ULAD, El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos. Y si no tienes a nadie a quien regalárselo, pues cómpratelo para ti mismo, que merece la pena…

Se trata ésta de una obra muy breve, una preciosa edición ilustrada de Nórdica Libros que recoge cuatro relatos de cuatro tótems de la Literatura Universal (qué pomposo y convincente queda esto): Émile Zola, Mark Twain, Rudyard Kipling y Saki. Las originales ilustraciones que adornan el libro corren a cargo de Ana Juan, Elena Ferrándiz, Adolfo Serra y Javier Olivares. Este póquer de relatos gatunos presenta a los aludidos felinos como animales caseros pero con deseos de aventura (el de Zola, mi preferido); como astutos y orgullosos ayudantes de mineros (el de Twain); como protagonistas de fábulas en las que muestran su matizado carácter (el de Kipling), o como, en un delirio fantasioso, pequeñas y observadoras criaturas con el don de la palabra (el de Saki).

 En fin, olvidémonos de las imágenes fantasmagóricas o vengativas que autores como Poe dieron a estos peluditos animales y deleitémonos gracias a Nórdica Libros, con sus facetas más benévolas y simpáticas.

Y bueno, se le podría sacar más punta al asunto y hacer paralelismos con seres humanos o buscarle, nunca mejor dicho, tres pies al gato, pero creo yo que este bonito compendio ha sido hecho para ser leído en una tarde, dejarle a uno con una sonrisa en los labios y colocarlo después en uno de los lugares más visibles y desempolvados de la librería del salón.

domingo, 30 de marzo de 2014

Colaboración: La trabajadora de Elvira Navarro

Idioma original: español.
Año de publicación: 2014.
Valoración: muy recomendable.

La trabajadora ha de leerse como el relato de unos meses en la vida de una trabajadora en situación precaria en la periferia de Madrid; de manera que es la descripción de su situación lo que predomina sobre el nudo narrativo. No es conveniente utilizar el adjetivo "generacional" para referirse a la obra, tal vez La trabajadora no ostente ese estatus. Pero la voluntad de retratar la situación en la que viven muchos jóvenes y no tan jóvenes -de hacer una literatura periférica para los que estamos en la periferia- es digna de elogio.

Desde el comienzo, la perversión sexual de Susana ya nos indica que la novela va a desarrollarse en las afueras de lo convencional. Las afueras se materializan cuando la focalización se centra en Elvira, una trabajadora de una editorial que por el empeoramiento de su situación laboral ha de cambiar el centro de Madrid por Aluche, donde alquila una habitación a Susana. De la contradicción entre las expectativas de futuro, cimentadas en una extensa preparación académica y un amplio conocimiento cultural, y la realidad laboral precaria surge el conflicto en forma de ataques de ansiedad que Elvira experimentará a partir de su mudanza. Lo psiquiátrico -la ansiedad como la malaise del que se sabe empobrecido «- sirve como hilo conductor en la novela.

La falta de agencia en el entramado socio-económico y la falta de perspectivas de futuro se combaten de diversos modos en La trabajadora. Elvira, en un ejercicio de autoficción que recuerda el trabajo que la autora (Elvira Navarro) realiza sobre las periferias de las ciudades en su blog, da largos paseos nocturnos explorando el territorio suburbano de Madrid. Susana realiza sus propios collages de los mapas de la capital en los que reordena la ciudad a su voluntad; como si el conocimiento que deriva de la exploración y la ilusión de control que produce la cartografía imaginaria pudieran compensar la mencionada falta de agencia y el haber sido empujadas a la periferia urbana y laboral (habiendo sido "externalizada" en el caso de Elvira).

El acierto de las metáforas narrativas así como la solidez del discurso de Navarro acentúan el único problema de La trabajadora: su brevedad. Se echa de menos una mayor cantidad de páginas, que si bien un ejercicio autopoético en el último capítulo de la novela justifica, no logra compensar el deseo del lector.

Firmado: Paulo Kortazar.

sábado, 29 de marzo de 2014

Edward Lewis Wallant: El prestamista

Idioma original: inglés
Año de publicación: 1962
Título original: The pawnbroker
Traducción: Eduardo Jordá
Valoración: Muy recomendable

Curioso hecho, que el traductor de esta novela sea su prologuista y que el prólogo resulte ser ya un texto muy notable, para nada despreciable, de hecho constituya casi un capítulo introductorio que despierta poderosamente el apetito. Claro que la contratapa ya tiene a todo un Kurt Vonnegut hablando maravillas de este escritor fallecido con 36 años dejando un corto legado del que El prestamista es una muestra muy notable. Hubiera sido un digno miembro al lado de Roth, DeLillo o McCarthy, pero como eso no pudo ser, hagamos justicia y agradezcamos a Libros del Asteroide su traducción y publicación. 
A pesar de lo que su título y su muy neoyorquina portada puedan sugerir, El prestamista tiene muy pocos detalles de novela negra. Se trata, a tenor de lo que figura en el prólogo, de una de las primeras novelas que contó con el Holocausto como telón de fondo.
Wallant era realmente un escritor de primera fila: Sol Nazerman, protagonista del libro, es uno de esos personajes, como el Stoner de John Williams, que impregna cada página de la novela y deja huella en el lector.
Nazerman es un superviviente de los campos de concentración. Subsiste en Nueva York gracias a una casa de empeños que gestiona, merced a un extraño pacto con un mafioso que necesita blanquear dinero. Tiene un joven  y ambicioso empleado de color, Jesús Ortíz, y una familia postiza (la de su hermana, la suya pereció en los campos) a la que su trabajo mantiene. Única finalidad de su existencia, pues Nazerman se considera a sí mismo como un muerto. Su vida transcurre entre la gente desesperada que acude a su negocio a venderle los objetos más estrambóticos. Ladrones de poca monta, yonkies, viudas que le acarrean desde joyas, candelabros o una cortadora de césped, muchas cosas de procedencia más que dudosa por las que Nazerman ofrece implacablemente las sumas más irrisorias, consciente de la necesidad acuciante de quienes las venden y de la imposibilidad que se presenten a recuperarlas. La frialdad en los tratos es sólo un indicio más del carácter endurecido de Nazerman. Cruel porque ha experimentado la crueldad. El pasado de Nazerman aparece en sus sueños, en párrafos resaltados por la cursiva que son auténticos tragos para el lector sensible. El enorme mérito de Wallant es trazar esa curva desde la dureza y la inflexibilidad y obtener un curioso efecto casi de calidez. Vemos los objetos llenando los estantes de la tienda, contemplamos ese frío bazar de bienes de todas clases rematados a cambio de pura miseria, y andamos por esas calles, como anda Nazerman, como un auténtico zombie, como una estatua de cera a la que el calor humano parece incapaz de derretir.
Pedazo de novela.

Otros libros de Edward Lewis Wallant reseñados en ULADLos inquilinos de Moonbloom

viernes, 28 de marzo de 2014

Neil Gaiman: El océano al final de la carretera

Idioma original: inglés
Título original: The Ocean at the End of the Lane
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

Los aficionados a Neil Gaiman saben que el género rey de su obra (tanto en los guiones de cómics, como en las novelas y los cuentos) es la fantasía, y es también este género el que desarrolla en El océano al final de la carretera, su última novela (que en principio iba a ser un relato dedicado a su mujer) hasta la fecha.

En esta obra, Gaiman nos presenta a un hombre adulto que regresa al lugar en el que vivió cuando tenía siete años. A pesar de que apenas recuerda nada de su infancia, nada más llegar al sitio en el que estaba la que entonces era su casa (y que ya no existe, porque en dicho emplazamiento se levantan ahora casas adosadas), encuentra a una anciana, a quien reconoce como la abuela de Lettie Hempstock, la niña que vivía al final de la carretera, que aseguraba que tenía un océano donde él sólo veía un estanque y que fue algo más que su amiga.

Y digo que fue algo más porque la niña no sólo compartió con él juegos infantiles (algunos de los cuales tuvieron lugar en otro mundo y no eran en absoluto infantiles), sino porque le sirvió de refugio cuando las cosas se pusieron feas (cuando un hombre le robó el coche a su padre y se suicidó en el asiento trasero, cuando Ursula Monkton –que parecía humana y no lo era– llegó a su casa o cuando fue atacado por las alimañas, por ejemplo), porque le mostró muchos de los secretos que encierra este mundo (y el mundo al que sólo ella podía llevarlo) y porque le enseñó que nada (ni siquiera la gente que nos rodea o nuestros seres queridos) es nunca lo que parece a simple vista.

Pero, si Lettie y su familia fueron tan importantes en su vida, ¿cómo es posible que no haya recordado nada de lo ocurrido hasta ahora, que ha llegado al lugar en el que comenzó todo? La respuesta a esa pregunta se encuentra en las páginas de este libro, así que no diré más al respecto.

Pero sí diré que El océano al final de la carretera es un libro que merece la pena ser leído, porque nos cuenta una historia tan aterradora como dulce (lo habitual en Gaiman), porque muestra con gran verosimilitud cómo los hechos vividos durante la infancia marcan nuestra vida de forma indeleble, aunque no los recordemos, y porque, de la mano de su pequeño protagonista, toda persona que empiece a leer este libro se va a volver a sentir, otra vez, como el niño que un día fue. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva.

También de Neil Gaiman: El libro del cementerioObjetos frágilesEl cementerio sin lápidas

jueves, 27 de marzo de 2014

John Dickie : Cosa Nostra

Idioma original: inglés
Título original: Cosa Nostra
Traductor: Francisco Ramos
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

            En esta vida, cada cual tiene sus debilidades (por no decigangsters o el supuesto glamour (o falta del mismo) de la “honorable sociedad”, por encima de todo disfruto y admiro el rigor y la inteligencia a la hora de abordar un tema, sobre todo si éste es espinoso, como es el caso. Y rigor e inteligencia es lo que abunda en este libro de John Dickie.
r vicios) y la mía, lo confieso, son las historias de mafiosos, ya sea como tema literario, en formato película o serie de televisión. Ahora bien, por más que me pueda sentir atraído por el morbo de las historias de

            Para ello, el autor echa mano de las herramientas del historiador, más que de las del literato o incluso el periodista (no quiero decir que todos los historiadores hagan gala del mismo rigor, ni tampoco que no lo puedan hacer literatos o periodistas...) a saber: la documentación, la metodología y el sentido común. Y digo documentación porque, si bien es cierto, como comentaba Sciascia, que estamos hablando de una sociedad secreta de carácter criminal que, por su propia naturaleza, no deja ningún tipo de documento interno (a no ser que consideremos como tales los pizzini de Bernardo Provenzano, sobre los que ha escrito Camilleri), sí que existe, casi desde el primer momento de su aparición, en el siglo XIX, abundante documentación judicial (procesos, interrogatorios...), informes realizados  sobre el terreno por expertos, miles de noticias y artículos periodísticos sobre la Mafia, tanto en Italia como en Norteamérica, confesiones de mafiosos prominentes, como Buscetta, entrevistas con algunos de ellos (para los fans de Andrea Camilleri, no perderse el diálogo entre el viejo mafioso Gentile y un joven dutturedu, precisamente sobre lo que significa ser mafioso. No tiene desperdicio) y cientos de libros, entre ellos autobiografías de capos especialmente vanidosos.

            Haciendo gala de un estilo narrativo impecable, Dickie nos va desgranando todos los momentos de la historia de la Cosa Nostra, tanto siciliana como italoamericana (al menos, hasta que ambas se desligaron de forma definitiva), desde su aparición en la Conca d’Oro y Palermo, más o menos al mismo tiempo que el propio Estado italiano, su ligazón con la oligarquía local y su infiltración en los fascios campesinos;  las andanzas de la famosa Mano Negra, el establecimiento en Estados Unidos; la persecución por parte de Mussolini y el prefecto Mori; el post-fascismo y el alineamiento de la Mafia con la DC, el misterio del caso de Salvatore Giuliano, el enriquecimiento por medio del pelotazo urbanístico, en el llamado “saqueo de Palermo” ( ya vemos que en España ni siquiera hemos inventado eso); la eclosión del tráfico de droga a gran escala y el consiguiente desequilibrio de poder, origen de las “guerras mafiosas” de los años 60 y 80, que llevaron al poder en la Cosa Nostra siciliana a los militaristas corleonesi, capaces incluso de enfrentarse con el propio Estado, en vez de colaborar con él, como había hecho la Mafia hasta entonces. También habla de la aparición del movimiento anti-Mafia y de sus contradicciones (que llevaron incluso a cuestionar la honorabilidad de Leonardo Sciascia, uno de los primeros en denunciar en Italia el peligro que era la Mafia, cuando para la mayoría no pasaba de ser un tema folklórico… Esto también nos suena de algo, me temo). Aunque por desgracia, el libro fue publicado justo antes de la detención de Provenzano, el último capo di tutti i capi.

            Dickie rebate también algunas de las “leyendas” más habituales sobre la Cosa Nostra: el origen medieval de la organización (y del propio término “Mafia”), su supuesto "atraso";  su inserción dentro de la tradición y peculiaridad de la cultura siciliana; la ayuda que prestó la organización a las fuerzas aliadas, durante la liberación de Sicilia (y la realidad, una vez más, resulta menos colorista pero más inquietante)…

            En definitiva, una obra de investigación histórica exhaustiva e imprescindible para quien esté interesado en el tema. Y un libro magnífico, que cuenta un relato absorbente, también para quien no esté especialmente interesado. Muy recomendable.

También de John Dickie en ULAD: ¡Delizia!

miércoles, 26 de marzo de 2014

Barbara Comyns: La hija del veterinario

 Título original: The vet’s daughter
 Idioma original: inglés
 Fecha de publicación: 1959
 Valoración: Recomendable

 Otra pequeña joyita encontrada por casualidad curioseando en la biblioteca, otra escritora hasta ahora desconocida cuyos estilo y universo me han cautivado… Hablo de La hija del veterinario, de Barbara Comyns, un hallazgo que puedo comparar perfectamente con el que me supuso Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson, reseñado en este blog no hace demasiado. Y eso que Comyns y Jackson tenían varias cosas que las separaban (inglesa una, estadounidense la otra; mujer de ocupaciones y parejas diversas una; ama de casa asentada en un barrio residencial con su eterno marido la otra…).

Sin embargo, creo que ambas coinciden en la clase de ambiente que muestran en los citados libros: realidades aparentemente aburridas y monótonas en las que destacan de forma desconcertante sus protagonistas, dos personajes femeninos muy jóvenes que pese a tener todas las de la ley para ser tan aburridos y predecibles como el resto de sus vecinos, se revelan brillantes, apasionados, tozudos, carismáticos y dañinos consciente o inconscientemente. Narran en primera persona y de forma perversamente inocente sus poco usuales historias, y como terminan de hacerlo en no demasiadas páginas, dejan unas insoportables ganas de más. Como curiosidad, decir que los dos libros han sido comparados con la Carrie de Stephen King por la crítica, y yo no puedo estar más de acuerdo.

 Pero centrémonos en La hija del veterinario.

En esta novelita, Barbara Comyns cuenta la historia de una joven y triste muchacha, hija de, efectivamente, un veterinario (un veterinario déspota, violento e intratable) y una pobre mujer que se está muriendo. La hija del veterinario, bonita y muy tímida, vive prácticamente como una empleada doméstica en su propia casa y sólo tiene una amiga, una muchacha sordomuda que desea ser modista. Pero también tiene como apoyo al risueño “Ojitos”, el joven ayudante de su padre que está claramente enamorado de ella. Y el talento de Comyns queda bien demostrado ya desde estas primeras páginas.

 Quizás sea yo que soy muy sensible con ciertas cosas, pero leer cómo la moribunda, una desdichada y bonita chica de campo que prácticamente fue obligada a casarse con un tipo chulo y atractivo pensando que su vida sería un cuento de hadas, recuerda melancólicamente su sencilla vida anterior, me dejó con las lágrimas colgando. Sobre todo cuando se es conocedor de la vida marital que llevó la mujer, repleta de vejaciones y maltratos de todo tipo.

 Finalmente, la madre de la protagonista muere (no es spoiler porque está contado y cantado), y entonces el pérfido veterinario se empareja con una mujerzuela de taberna con ganas de medrar y que tiene una relación amor/odio con la hija de su amante, hasta el punto que trata de emparejarla con un libidinoso y embustero tipo de la misma calaña que ella. Pero nuestra heroína conseguirá salir airosa de estos tejemanejes y de otras situaciones poco agradables a las que se irá enfrentando a lo largo de la novela, amor frustrado inclusive, y verá cómo el extraño don que tiene (he aquí el misterio de la función, ¿pista?, mirad atentamente la portada que acompaña a este post) se hace cada vez más poderoso…

En resumen: un libro lleno de magia, dolor y encanto y con un desenlace que le deja a uno parpadeando, de la mano de una sugerente escritora que perfectamente podría haber nacido y crecido en alguna casa de campo del sur de los Estados Unidos y haber sido etiquetada como gótica sureña. Cualidades, no le faltan.

También de Barbara Comyns en ULAD: Y las cucharillas eran de Woolworths

martes, 25 de marzo de 2014

Heinrich Böll: Opiniones de un payaso

Idioma original: alemán
Título original: Ansichten eines Clowns
Año de publicación: 1963
Traducción: Lucas Casas
Valoración: imprescindible

Empezando por lo obvio, habrá que reconocer que muchos situamos mentalmente las obras de los autores alemanes del siglo XX en función de su situación temporal respecto a las guerras. Un arquetipo que aún perdurará por un tiempo. Y no es que esta espléndida novela se recree en ello. O al menos no lo parece de primeras. Pero esperad. Cómo que no. 
Esa familia dispersa en la que todo parece abocado a una decadencia, incluyendo un joven payaso de veintisiete años que ya se proyecta hacia la cincuentena. Cuánta cuestión a la que sacar punta. Vaya lección de sutileza en la definición de la diáspora social que representa cada personaje de esta novela. Vaya proyección y con que fino estilete se clava el mensaje. Qué diferente, cuánto más eficaz es la velada crítica que el enfrentamiento abierto y casi colérico de Nietzsche. Por décadas que haya de diferencia qué distinto es el mensaje de Böll al de Nietzsche al hablar del catolicismo, en la forma, pero qué efectivo. 
No sólo sobre la cuestión religiosa, por eso, versan estas reflexiones. Seguro que segundas lecturas, o un conocimiento más profundo de la situación de Alemania en el periodo de postguerra, revelarían capas y más capas de esta excelente novela, edificada prácticamente desde la nada (Hans Schnier, joven payaso expuesto, entre otras desgracias, a la prematura decadencia de su incipiente carrera profesional y al abandono de su esposa, reflexiona sobre su situación y su entorno). No nos engañemos, tan parco argumento es sólo un pretexto para desmenuzar paso a paso toda una sociedad, una excusa para ir hacia atrás e ir estirando de un hilo que se enmaraña. Con unas escenas llenas de ironía y de incomoda carga: las conversaciones con el agente, con la amante de su padre, el último marco que va a parar al barro.
El payaso tiene una hermana fallecida en conflicto armado, un hermano seminarista, una madre rígida y estoica, un padre semi-ausente, una ex mujer convertida al catolicismo, un agente con un comportamiento casi autista; apuesto a que la efectiva narración de Böll ha asignado a cada una de esas figuras un rol que permita, conforme las reflexiones progresan, proyectarlo a gran escala. Así, acabamos comprendiendo un poco esa situación de país dividido, arrepentido, irritado, con diversos idearios que intentan apoderarse de ese vacío, de esa zona cero que dejan devastada por igual el nazismo y la derrota. Böll tiene leña para todos: para los dos grandes partidos que gobiernan Alemania desde hace décadas, para el catolicismo, para el capitalismo, para el funcionamiento social, para el empresariado (qué sutilmente se especula sobre el origen de las fortunas edificadas sobre empresas próspera), para, claro, ese proceso de arrepentimiento que duda entre el qué mal que hicimos y el qué mal que perdimos
Y todo ello con las disquisiciones de un payaso descontento por cómo han bajado sus honorarios.
Me quito el sombrero.

También de Heinrich Böll en UnLibroAlDía: Pero, ¿qué será de este muchacho?El honor perdido de Katharina Blum

lunes, 24 de marzo de 2014

Christopher R. Beha: Qué fue de Sophie Wilder

Idioma original: inglés
Título original: What happened to Sophie Wilder
Año de publicación: 2012
Traducción: Damià Alou
Valoración: muy recomendable

Puede que leer otra novela ambientada en cierto perfil de clase media residente en Nueva York venga a ser como ver otra película de Woody Allen. Lo que algunos encontrarán repetitivo y autorrecurrente otros lo considerarán una especie de etiqueta de prestigio a echar de menos. Igual que las tramas clásicas, que solemos tildar de repetitivas para a continuación quejarnos cuando alguien abusa de la experimentación.
Aunque habrá que reconocer que, a estas alturas, una novela cuyo foco principal es cómo su protagonista sufre un repentino y profundo interés por comportarse con coherencia respecto a la fe que ha abrazado nos resulta algo exótica. Y cómo esa coherencia condiciona sus actuaciones en su entorno cercano y en su día a día. No si se trata de religiones con vertientes que coquetean más con ciertos extremismos, pero sí con el catolicismo. Y eso es lo que le pasa a la Sophie Wilder de esta primera novela de este autor desconocido, que nos es presentada por la siempre aguerrida gente de Libros del Asteroide. Como al protagonista de Cómo ser buenos de Hornby, pero sin dejar prácticamente espacio para cierto sarcasmo - que aunque echo de menos no sé si encajaría aquí -, Sophie Wilder decide entregarse al bien e intentar una redención extrema, centrada en la persona de Bill Crane, suegro al que creía ausente, suegro al que su marido había apartado de su vida, pero persona a la que Wilder, joven escritora, decide dedicar una fase, entendemos que crucial, de su existencia.
Qué fue de Sophie Wilder es una novela brillante por afrontar una historia así sin juzgarla ni buscar aleccionar. De pasada, habla de cómo los escritores jóvenes buscan y encuentran inspiración. También de cierta juventud neoyorquina de clase media que vive a medio camino entre el frenesí de los personajes ochenteros de Easton Ellis y el recato decimonónico. Sophie Wilder no va a hacerse monja, pero su carnalidad está demasiado lejos de la voluptuosidad. Novela de reencuentro y de evocación de  romances de juventud, que adopta un tono amargo y solemne, con la presencia dura y constante del peso del compromiso con las creencias y su difícil equilibrio con las decisiones trascendentes  en la vida. Sophie Wilder va a la búsqueda de inspiración como escritora y la encuentra, casi por casualidad, en su entorno más inmediato. Mientras sus compañeros de generación novelan su rutina a base de modificar las situaciones y cambiar los nombres. La tensión narrativa, una última parte que plantea de forma elegante una trágica incógnita, todo ese tono sobrio, otorgan un regusto clásico a esta novela y la distancian de cierta literatura generacional, acercándola a los que optan por las historias bien escritas y estructuradas. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Peter Høeg: La señorita Smila y su especial percepción de la nieve

Idioma original: danés
Título Original: Frøken Smillas fornemmelse for sne
Año de publicación: 1992
Valoración: muy recomendable

Smilla Qaaviqaaq Jaspersen es una mujer que se sale de la norma (al menos, en lo que a protagonistas de novelas se refiere): hija de una inuit groenlandesa, tras pasar parte de su infancia en el país de origen de ésta fue obligada a mudarse a Copenhague con su padre, un acaudalado médico danés. Después de escaparse e intentar regresar a Groenlandia en varias ocasiones, terminó por aceptar su destino y vivir en Dinamarca, donde salió adelante como una experta en las características físicas de la nieve y el hielo. 

Es en este punto, cuando es una mujer adulta que debido a su origen vive una relación de amor-odio con el país en el que reside, cuando ocurre un hecho que cambiará su vida: un día descubre que su vecino, el pequeño Isaías, ha caído del tejado y ha muerto. A pesar de que la policía sostiene que la muerte del niño ha sido un accidente, las circunstancias de ésta y las características de la nieve harán que Smila sospeche que en realidad se trata de un asesinato. Comenzará entonces una investigación que la llevará de vuelta a Groenlandia y a través de la cual el lector conocerá más detalles sobre su vida, sobre la vida del pequeño Isaías (hijo de una mujer alcohólica y un hombre que murió hace años en extrañas circunstancias) y, sobre todo, sobre la nieve.

A pesar de que es una novela de suspense, Høeg aprovecha para hablar de otros temas, como la historia poscolonial danesa, cómo viven los groenlandeses en Dinamarca (donde, todo hay que decirlo, no parecen ser demasiado apreciados) o la "contaminación" cultural y sociológica que los inuit sufrieron cuando los europeos llegaron a su país.

Si bien como historia de intriga La señorita Smila... es un libro de gran calidad (hay emoción, interesantes subtramas, los diferentes personajes están muy bien construidos, las pistas que deja caer el autor están debidamente dosificadas y dan la información justa...), hay varios aspectos que lo convierten en una obra realmente notable: por una parte, su protagonista, una mujer independiente, inteligente, fuerte, directa y audaz, que no se corta ante nadie y que mueve cielo y tierra para hacer lo que considera correcto. Y, por otra, sus conocimientos de la nieve y el hielo, cuyos nombres y características pueblan la novela y tienen tanta importancia en el desarrollo de la trama, que terminan por convertirse en un personaje más de la obra.

Por ese motivo, también, recomiendo leer este libro en invierno, pues sé que más de un lector interrumpirá la lectura para mirar por la ventana y pensar "¿Este tipo de nieve es tal o cual?" (sí, vale, yo lo he hecho, soy una friki). 

He descubierto de casualidad que hay una adaptación cinematográfica de este libro (Smila: Misterio en la nieve), pero no voy a ser yo quién la vea (ojo, que igual la película es buenísima, ¿eh? No lo sé), por dos razones: una, porque Julia Ormond no tiene mucha pinta de ser medio groenlandesa y dos (razón igual de subjetiva pero menos superficial que la primera): porque dudo mucho que en el film se pueda mostrar, como hace Høeg en este libro, todo lo que el invierno tiene que ofrecer.

sábado, 22 de marzo de 2014

Clarice Lispector: La pasión según G. H.

Título original: A Paixao segundo G. H.
Idioma original: portugués
Traductor: Alberto Villalba Rodríguez
Año de publicación: 1964
Valoración: está bien

            Lo primero que pensé al leer este libro fue que, teniendo en cuenta el título y la portada que le pusieron en El Aleph, con esa ninfa durmiente y desmadejada, esperaba que nadie lo confundiera con una novela erótica softcore (lo digo porque yo saqué el ejemplar de una biblioteca pública y la bibliotecaria me miró como si me hubiera llevado las dichosas 50 sombras, pero con el juego de artilugios sexuales añadido), ya que se iba a llevar una sorpresa morrocotuda.

            Me explicaré contando el argumento de esta breve pero intensa novela, que en realidad es bastante conciso: una mujer atractiva, inteligente y exitosa (no cuesta mucho ponerle la figura de la propia Lispector) se queda sola en su apartamento de una gran ciudad brasileña, así que aprovecha para hacer limpieza.  En el cuarto de la criada, que en sí es como un mundo aparte dentro de ese piso, abre un armario y se encuentra allí, lozana y sonriente, una cucaracha. Del susto (hay que suponer que las cucarachas brasileñas deben de ser de tamaño familiar, más amedrentadoras que las de aquí, ya de por sí bastante repugnantes), cierra de golpe la puerta del armario, de tal manera que atrapa, chafándola, a la pobre cuca, que se queda allí agitando  patitas y antenas y segregando  un líquido blancuzco y asqueroso.

            La protagonista, en vez de huir, se queda allí sentada, contemplando la agonía del insecto, y esa contemplación le provoca un momento de revelación, una epifanía (que dicen ahora los modernos españoles y los convictos por asesinato de las películas americanas). Acaba identificándose, de alguna manera, con el bicho agonizante, lo que conlleva un proceso de despojamiento de su propia circunstancia como ser humano; esta deshumanización así sobrevenida es lo que ilumina a G. H. y le permite acceder y comprender la esencia de la realidad del mundo en el que viven ambas, cucaracha y señora brasileña. El tao, que diría Lao-Tse.

            De hecho, esta novela, aparecida en 1964,  se ha calificado como existencialista (era lo que se llevaba, entonces), pero yo creo que sobre todo muestra una influencia indudable del pensamiento taoísta. Y si resulta que no lo conocía (cosa que dudo), es que Lispector fue capaz de sintetizar ella sola, el corpus metafísico de una religión milenaria china. Sin ánimo de escandalizar a nadie, también veo evidente el paralelismo que se hace con algún aspecto de la religión cristiana (aunque Lispector era de familia judía), ya desde el propio título, que habla de “la Pasión” (en mayúscula en el título original); el momento de revelación de la protagonista sobreviene a partir de la identificación con el sufrimiento de otro ser vivo (sí, aunque sea una cucaracha) e incluso hay un momento que resulta un símil sacramental evidente (no quieran saber con qué). Sin olvidar el metafórico descenso a los infiernos y posterior “salvación” de la señora G.H.

            Todo esto contado de una forma algo reiterativa y hasta redundante, a pesar de la brevedad del libro. Bien es cierto que seguramente la autora buscaba de esta manera que el lector fuera tomando conciencia de una forma paulatina del proceso que se está produciendo en la conciencia de la protagonista.  También es innegable que Clarice Lispector escribía muy bien y de hecho, su voluntad de buscar los límites de las posibilidades del lenguaje proporciona momentos de una indudable excelencia literaria. Lástima que queden un tanto diluidos por una narración que a veces resulta tan agónica como el final de la propia cucaracha.

            Un libro, de todas formas, cuya lectura resulta interesante y hasta fascinante en algún momento. Eso sí: siempre que nadie se confunda con lo que se va a encontrar.

También de Clarice Lispector: Felicidad clandestina

viernes, 21 de marzo de 2014

Zajar Prilepin: Patologías

Idioma original: ruso
Año de publicación: 2005
Título original: Patologii
Traducción: Marta Rebón
Valoración: muy recomendable

Funciona así. Te gusta mucho un libro, te gusta mucho y encima recorre y menciona territorios que tienes inexplorados. Entonces empiezas a acudir a sus referencias. Pues bien, yo estoy leyendo a Zajar Prilepin por las menciones que se hacen de él en la soberbia Limónov de Carrére. También leeré al propio Edward Limónov algún día. Ya no solamente por curiosidad literaria, sino también intrigado por conocer de primera mano la realidad de ciertas sociedades que nos parecen lejanas. Obviamente para el lector occidental ello representa un primer factor de atracción. Pues caemos aún en esa trampa, en asociar el desmembramiento de la URSS a un panorama de violencia, corrupción y crueldad generalizada, a una especie de enorme operación de recomposición de fronteras y reubicación de poderes, lucha de identidades y nostalgia del poder ostentado. A un fantasmagórico proceso de reempleo de fuerzas bélicas, de comandos especiales, de soldados de alta cualificación que, sin un enemigo externo, acabarán generando enemigos internos. Nacidos para matar.
Encima Zajar Prilepin tiene todo el pasado que otorga credibilidad y caché para quien pretenda escribir sobre un tema; sin haber cumplido los 40 ya tiene una formación como filólogo y un pasado como militar en las fuerzas especiales, y un presente como disidente político en la rocambolesca formación política en que coincidió con Limónov.
Patologías es un diario de campaña, una narración de una naturalidad escalofriante de lo que es el día a día en un conflicto bélico marcado por la desigualdad. La unidad rusa avanza como una apisonadora sobre los barrios chechenos, limpiando edificios, sin contemplaciones ni escrúpulos.
Lo que vemos en este libro no es la abulia ni la guerra burocrática de los soldados de series como Generation Kill. El paso de la unidad por los edificios jruschovianos se produce como si jugasen una partida de Tetris: ahora por aquí, ahora por allá, siguiente nivel, previo recuento de efectivos. La frialdad de la narración, en la que sólo en momentos puntuales (pero notables y memorables, gran mérito de Prilepin) se pone en tela de juicio todo ese teatro absurdo.
Quizás (y apostaría que se trata de elecciones poco acertadas por parte de la traducción) pueda argumentarse alguna expresión algo ingenua cuando el autor adopta metáforas. Pero esta novela se devora como los grandes reportajes de Kapuscinski, con fruición y sin respiro. Puede parecernos a ratos un relato de aventuras, con todos esos episodios armados y con poco hueco para una reflexión para la cual se dispone de escaso tiempo. A ratos creeremos que cierto episodio se hace largo o que ya estamos con lo mismo de todas las guerras: la mugre, la destrucción, el cansancio de la tensa espera. Pero así es  en realidad un conflicto extraño y desigual como el de Chechenia, con el bando perdedor que, sabiendo su condición de antemano, se conforma con resistir, dilatar el momento de lanzar la toalla y causar el mayor daño posible. 
Y en eso consiste la crónica del devenir cotidiano de Yegor Tashevski, integrante de una de esas unidades especiales que en primera línea y en plena jungla urbana. Entregado al día a día del conflicto, en lo que nos parece una rutina cercana a la desesperación, pero que traza en realidad una curva ascendente hacia el apocalipsis, a una escena final dantesca, enfermiza, pesadillesca, colofón idóneo para un libro que esconde un mensaje no siempre visible a flor de piel.

jueves, 20 de marzo de 2014

Elmore Leonard: Mr. Paradise

Idioma original: inglés
Título original: Mr. Paradise
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Año de publicación: 2004
Valoración: Recomendable

            Con permiso, comenzaré con una pequeña anécdota: Elmore Leonard, uno de los grandes autores de la novela negra norteamericana, falleció el 20 de Agosto del pasado año. Casualmente, yo, que nunca había leído una novela suya (aunque conocía quién era, claro, y había visto películas basadas en sus libros), había comenzado entonces una, por vez primera (quiero pensar que no hubo ningún efecto tipo “mariposa” entre ambos hechos… glups), así que, al conocer la luctuosa noticia, me tomé esa lectura como un homenaje al autor; un homenaje que resultó de lo más gozoso y divertido, porque la novela, que era Bandidos, me encantó y me lo pasé de maravilla con ella.

Desde entonces, he leído media docena más de títulos de Elmore Leonard y en todos los casos me lo he pasado de miedo. Las novelas de Leonard, bastante alejadas de la novela negra hardboiled al uso (lo que no significa que no haya acción y violencia en ellas), están, sobre todo, sostenidas por diálogos chispeantes, en los que los personajes, además de hablar de deportes, de bebidas o relaciones sentimentales, sobre todo se cuentan anécdotas acerca de personajes que han conocido, ya sean compañeros policías o detenidos, o, en el caso de los delincuentes, tipos que compartían celda o patio de recreo en el trullo (con esta querencia por el diálogo, no es de extrañar que Tarantino adaptara una novela suya en Jackie Brown). Sin embargo, por bocazas que puedan resultar los demás, los protagonistas de sus novelas, ya sean polis o maleantes, suelen ser hombres tranquilos, reflexivos y con encantador tacto en el trato con las damas (y el consiguiente éxito entre ellas). Mujeres que, generalmente, y con  independencia de si se trata de policías, agentes inmobiliarios o modelos de lencería, por su parte no tienen un pelo de tontas y  son tan decididas o más que ellos (nada de “rubias tontas”, pues).

Además, y puede que esto sea lo más refrescante de sus novelas, en las tramas no hay planes criminales perfectamente diseñados o investigaciones de una sagacidad fuera de lo creíble. Al contrario, lo que encontramos es mucha improvisación y oportunismo, cuando no un cierto fatalismo ante el devenir de los acontecimientos. Y también mucho sentido del humor; una ironía suave que suele bañar toda la historia.

En la novela que nos ocupa, la trama gira en torno a un anciano abogado que se pirra por las animadoras. Alrededor, un desfile de criados ambiciosos, prostitutas de lujo, asesinos a sueldo, pandilleros mexicanos, detectives de Homicidios, confidentes… Toda una fauna que se puede encontrar, al parecer, en la decadente Detroit, la ciudad que le gustaba tanto a Elmore Leonard como para vivir y morir en ella. En este caso, el argumento, en un principio, parece un poco más “convencional”, más ajustado a lo que suele ser una novela policíaca que en otras historias de  Leonard. En un principio, digo, porque pronto lo previsible pasa a no serlo tanto y, a partir de cierto momento, ya no se trata de cual de los personajes se llevará el gato al agua porque es más listo que los demás, sino de quién resulta ser menos imbécil (eso, la estupidez manifiesta de los delincuentes, es un tema recurrente en las novelas de Leonard y, desde luego, le salva de cualquier acusación de complacencia o fascinación con respecto al crimen).

Ciertamente, es una lástima que Elmore Leonard ya no esté entre nosotros, pero, al menos en mi caso, tengo un consuelo, y para nada triste: he echado cuentas y me quedan todavía sin leer unas diez novelas suyas traducidas al castellano (eso, sin tener en cuenta las no traducidas, las del Oeste que escribió en sus comienzos e incluso la Enciclopedia Británica, para la que trabajó en los 50). Lo que estoy es de enhorabuena, qué narices… Y los que aún no lo hayan leído, también.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Colaboración: Douglas Sirk por Douglas Sirk, de Jon Halliday

Idioma original: Inglés.
Título original: Sirk on Sirk
Año de publicación: 1971
Valoración: Recomendable. Imprescindible para los interesados en el cine clásico.

“La cámara es lo más importante porque hay emoción en el cine.
Y el movimiento es emoción (motion is emotion)”
Douglas Sirk por Douglas Sirk

Nacido en Hamburgo como Detlef Sierk, nombre con el cual firma sus películas europeas de los años 30, Douglas Sirk posee una trayectoria vital tan azarosa como sólo puede tenerla un director de cine alemán de origen danés que viene al mundo en 1900. Después de iniciar su formación humanística en Munich, donde será testigo del ascenso y caída de la República Soviética de Baviera, comienza un periplo que le llevará de nuevo a Hamburgo, Bremen y Leipzig, durante el cual asiste al auge secreto del nacional-socialismo y de su propia y meteórica subida como director teatral, que terminará en un Berlín ya envenenado por el nazismo. Allí y al contrario que muchos maestros de su época que llegaron al cine por casualidad, Douglas Sirk escoge voluntariamente el arte de las imágenes animadas como medio de expresión, se convierte en el primer director de Alemania y huye finalmente a Hollywood entre los cantos de sirena del mismísimo Goebbels.

Es difícil encontrar un cineasta que dialogue con semejante mezcla de profundidad sobre su arte y sinceridad sobre su vida. Así, nos enteramos que él nunca fue un verdadero exiliado en los Estados Unidos. Es cierto que llegó, como todos sus compatriotas de la comunidad centroeuropea de Hollywood, escapando del nazismo, pero portaba ya una invencible atracción por la cultura popular norteamericana junto con un interés entomológico por la sociedad del país, de la cual se nutrió su obra posterior. Su proverbial encuentro en la Universal con los productores Ross Hunter y Albert Zugsmith, en la etapa postrera de su ciclo hollywoodiense, fue el hecho decisivo que permitió a Sirk hacer el cine que quería y por el que sus fanáticos siempre le estaremos agradecidos: Obsesión, Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Tiempo de amar, tiempo de morir, Ángeles sin brillo e Imitación a la vida aparecen como las piezas maestras de una colección de joyas que debe figurar en cualquier inventario del legado cinematográfico del siglo pasado.

El historiador irlandés Jon Halliday se sirve del método cronológico como guión de su cuestionario, por lo que quien quiera hallar información de primera mano acerca del ambiente intelectual de la República de Weimar, de la productora alemana UFA y su vinculación con el nazismo, de los métodos de producción en los estudios norteamericanos o del ascenso de estrellas como Rock Hudson no se verá defraudado. Sin embargo, de manera simultánea, tiene el acierto de poner en primer término el misterio fundamental de su cine: cómo de la materia de partida más imposible era capaz de realizar obras de arte, a qué suerte de recorrido estético las sometía. “Los ángulos de la cámara son las ideas del director. La iluminación, su filosofía”, afirma Douglas Sirk.

Por ello, más allá del indispensable testimonio de un cineasta sobre sí mismo, su vida y su época, el núcleo medular de “Douglas Sirk por Douglas Sirk”, lo que personalmente pienso que distingue a este libro de otras conversaciones similares, radica en ofrecer una lúcida interpretación sobre la naturaleza artística del cine comercial que él practicaba, extensible a todo el gran Cine de la época dorada de Hollywood. Si en el teatro de Shakespeare y Lope de Vega se encuentran la exigencia poética y la crítica social, pero también el respeto por las fórmulas escénicas convencionales que lo acercaban al público de su tiempo, el melodrama, concluye Sirk, es la fórmula convencional idónea para expresarse artísticamente, a la vez que llegar al público de la época que le tocó vivir.

Sus reflexiones sobre la relación entre el teatro de Eurípides y el cine comercial son igualmente interesantes, sin traspasar la línea de la pedantería, ni siquiera de la erudición. Así, el Happy end es una evolución natural del Deus ex machina, de la misma forma que la ironía euripidiana, en el sentido de paradoja no humorística, es la clave tonal de un cine que permite, gráficamente, situar un espejo delante de los personajes –y de los espectadores- para enfrentarlos a sus contradicciones.

Como inestimable apéndice, Halliday proporciona un riguroso inventario, ordenado cronológicamente, de todos sus proyectos y películas y, lo que es mejor, de todas las obras de teatro que montó en Alemania.

Douglas Sirk por Douglas Sirk, un libro histórico que encabezó la reivindicación crítica del cineasta, es también valioso por todo lo que no se encuentra en él. No hay inmodestia, no hay ajustes de cuentas, no hay fatuo desfile de figurones históricos, no hay el menor asomo de chismorreo. Sólo hay refinamiento, inteligencia, penetración, claridad y una concepción ilustrada de la cultura, típicamente centroeuropea, que se perdió para siempre después de la invasión de Polonia. Es un trabajo que debería sostener la vigencia de una obra cinematográfica viva y en permanente movimiento, que cincuenta o sesenta años después de haber visto la luz todavía admite un apasionante margen para lecturas dispares e incluso opuestas, puesto que, como su creador se encarga de recordar al final de este viaje, aún es mucho todo lo que el Cielo permite.

Firmado: Talibán

martes, 18 de marzo de 2014

Émile Zola: Thérèse Raquin

 Título original: Thérèse Raquin
 Idioma original: francés
 Fecha de publicación: 1867
 Valoración: Recomendable

 No es Thérèse Raquin un libro fácil de leer, y por lo que cuenta su autor, el mismísimo Émile Zola, en el prólogo que lo acompaña, tampoco fue fácil de leer en la época en la que fue publicado, en la segunda mitad del siglo XIX.

 Al parecer, el libro, ejemplo perfecto de la corriente naturalista (realismo más bien sucio, emocional y plagado de miserias, muy acorde con la época en la que surgió), fue acusado de salvaje, obsceno, y no sé cuántas cosas más… Y la verdad, es que puedo llegar a entender el revuelo que causó porque repito: Thérèse Raquin no es un libro fácil de leer.

En esta ocasión, Zola cuenta la historia de una pobre muchacha hija de un francés y una argelina que murió enseguida, y que es criada por su tía, una mujer humilde y generosa pero obsesionada con darle lo mejor a su enfermizo único hijo, Camille. Tanto, que prácticamente obligará a la silenciosa y aparentemente serena y conformista Thérèse a contraer matrimonio con él. Obviamente, a la joven, nada atractiva pero con mucha más vida de lo que su austera apariencia da a entender, verá en esta unión con un ser tan grimoso como su primo su única opción, pero todo cambiará cuando conozca a Laurent, un compañero de trabajo de su esposo (ambos trabajan en los ferrocarriles de Orleáns), que es justo lo contrario a él: masculino, muy atractivo, bravucón y un vago consumado que se las da de pintor pero que lo único que desea es vivir trabajando lo menos posible.

 La pasión de Thérese y Laurent brotará enseguida, desbocada e incauta, y Zola deja bien claro al lector que ello es debido a la desesperación de la joven, que se ha pasado la vida controlando sus emociones y deseos más ocultos. Tanto, que los amantes planearán un chapucero crimen para llevarse por delante al delicado Camille, sin saber que ese asesinato será su perdición…

En manos de otro autor de su época y dejando de lado el naturalismo, este libro podría haber sido una prima segunda de Madame Bovary sólo que con un asesinato premeditado y de consecuencias desastrosas, pero hablamos de Zola, por lo que el resultado es una historia repleta de descripciones de escenarios y seres humanos oscuras, hediondas, desesperanzadoras y un poco asfixiantes. Uno puedo llegar a ponerse en la piel de Thérèse y comprender su repulsión por Camille y la vida que le ha tocado en desgracia, pero es que la misma anti-heroína del libro echa para atrás. Ni siquiera Zola la dota de una belleza clásica y delicada que podría otorgarle (de forma injusta, pero es así) la simpatía del lector. Porque en Thérèse Raquin no existen la complacencia o la piedad: sólo es la historia de un grupo de personajes feos e indignos en un lugar y en una época duros y amargos.

 Y pese a todo, aunque “gustar” no sea un verbo que pueda utilizar a la hora de hablar de mis impresiones sobre este libro, no puedo hacer otra cosa que recomendarlo.

PD: el mes pasado estrenaron en los USA una versión para la gran pantalla de Thérèse Raquin. Con Elizabeth Olsen (no puedo imaginármela…) como Thérèse, Tom Felton (el rubio malo de Harry Potter) como Camille, Oscar Isaac como Laurent, y la gran Jessica Lange como la amable tía de Thérèse, otro extraño casting, en mi humilde opinión. Hubo otra célebre versión cinematográfica, con Simone Signoret, años ha.

lunes, 17 de marzo de 2014

Goran Petrović: Bajo el techo que se desmorona

Idioma original: serbio
Año de publicación: 2010
Traducción: Dubravka Sužnjević
Valoración: muy recomendable
Se dice que había un mesón que un avispado zapatero convirtió en hotel y que después se convirtió en un cine que fue finalmente nacionalizado y obligado a exhibir sólo películas comunistas. Se cuenta también que en este cine había unas treinta personas, cuando se cortó la proyección y se anunció que el mariscal Tito había muerto. Y es entonces (aunque, en realidad, es mucho antes) cuando la novela de Petrović empieza a tomar forma, pues de la mano de este cine y de la gente que en él se encuentra desarrolla el autor la(s) historia(s) que nos quiere contar.

Tanto el militar cuyo brazo se levanta de forma automática cuando quiere saludar a alguien como el profesor que decide evaluar su existencia al final de su vida y termina por suspenderse, pasando por el sastre que no puede evitar observar la perfección de los uniformes militares alemanes cuando está a punto de ser fusilado, las parejas que van al cine a meterse mano, el solitario que acude a observar a esas parejas, los amigos romaníes y sus dificultades para entender las películas o el viejo acomodador... éstos y muchos otros son los personajes que podemos encontrar en Bajo el techo que se desmorona y de los que el autor se sirve para ofrecernos una curiosa visión de la sociedad serbia.

Petrović utiliza para ello la prosa lírica a la que nos tiene acostumbrados, aunque abandona en esta ocasión el realismo mágico que caracteriza varios de sus otros libros para elaborar una novela más "realista" (escrito entre comillas, sí, a pesar de que los elementos mágicos están ausentes) y menos experimental, en la que podemos conocer las imperfecciones, contradicciones, defectos y virtudes de toda sociedad que haya tenido la desgracia de vivir el horror de la guerra y la dictadura.

Como nota curiosa, añade el autor al final del libro una especie de "diario de filmación" (como él lo llama), en el que describe cómo surgió la idea de que escribir lo que en origen fue un relato y todos los cambios y adiciones que éste sufrió hasta convertirse en la novela que es hoy en día. Una gran obra, en definitiva, que nos demuestra que Goran Petrović es uno de los grandes escritores europeos del presente y del pasado siglo, y que aún le queda mucho que contar.


domingo, 16 de marzo de 2014

William Gaddis: Ágape se paga

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2008
Título original: Agapé agape
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Valoración: consuma con responsabilidad

Malditismo implica ser esquivo con el público que ensalza tu obra, publicar de manera desordenada y errática, caer en adicciones, tener pasados misteriosos o abiertamente reprobables. Implica obras indescifrables alternadas con productos simples hasta rozar lo naïf, combinar cumbres, valles y simas, roces (por no decir enganchadas) con la crítica (a la que se desprecia o se ignora), confinamiento voluntario o forzado, recibir a fans con escopetas de cañones recortados (un plus sería llegar a dispararlas) y un largo etcétera.
Ágape se paga. Un título que se recicla, en un intento de traducción, en un palíndromo, cosa que es ya un primer guiño, antes de empezar a leer. Lo inesperado, lo que surge como reacción a lo casual; esa sería otra característica. Una especie de desvarío en que se mezcla todo lo que viene a la cabeza. Pues William Gaddis, a cuyo Gótico carpintero ya se le propinó aquí una severa y escéptica valoración de Bufff..., resulta ser la tercera pieza de ese cuarteto americano completado por Salinger, Pynchon y escriba su selección aquí............................ Vaya, un cuarteto de tres. Si es que estas cosas pasan.
El amigo Álex Azkona saldría corriendo al ver cómo se nos presenta Ágape se paga. Un único párrafo rígido, un bloque indisoluble de cerca de setenta páginas sin un solo punto y aparte, una extenuante frase encadenada y puntuada de modo esquizoide, que incluye un ensayo de fondo sobre la tecnología como sustitutivo o sucedáneo de la creación artística, con el pretexto de una especie de delirio alucinado acerca de la invención de la pianola (tema que regresa como un estribillo), y que se ramifica de modo desquiciado e inmisericorde en diversas líneas. Como buen texto referencial, la cuidada edición de Sexto Piso incluye un prefacio de Rodrigo Fresán y un postfacio de Joseph Tabbi. Al menos en una primera lectura, suelo huír de estas cosas, de estos aderezos que marcan ciertas lecturas como "tan importantes, pero que deben ser explicadas para ser disfrutadas", cosas que me vienen a recordar a esos maîtres que te explican la experiencia gastronómica, pero entiendo que se prepare al lector. 
El texto (a medio camino entre varios géneros, elegid: ensayo, monólogo, novela) contiene el atropellado pensamiento interior, sin el mínimo atisbo de respiro o edición, de Jack Gibbs (personaje de otra de las novelas de Gaddis) a base de idas y venidas sobre varios conceptos sumamente alucinados, como la pianola como paradigma del intento de automatización del arte, los yos extraíbles, evitar el stress, el deterioro físico propio de la edad avanzada (plasmado en sus obsesiones: pierde el lápiz, los papeles, se queja de todos sus achaques) y unos cuantos conceptos más sobre los cuales Gaddis edifica un texto a degustar respirando de tanto en tanto. Que no engañe el escaso número de páginas. Son todas cuesta arriba. 
Ésta es una lectura difícil, poco amigable, arisca, una experiencia que puede igual fascinar por sus innegables hallazgos (las menciones y referencias constituyen un poderoso estímulo) como irritar por su obvio aire surrealista y su desorden formal. Pero ante la que uno no debe arredrarse. Comprendo perfectamente que el bueno de Ian Grecco, tras 300 páginas con este hombre, volviera al refugio de su hogar en Malta y a su colección de pañuelos en cachemir para el bolsillo de la chaqueta.
Gaddis es uno de esos escritores que se ama o se odia y yo aún no he podido decidirme. Quizás alguno de sus novelones de 700 páginas me haga resolver la duda. Lo curioso es cómo permanece en la memoria su particullar estilo digresivo. Se queda en la memoria y uno se reconoce evocando su lectura, cosa algo perturbadora. Cosa sobre la que meditar. Mientras tanto, creo que, con la advertencia de que no se trata de un autor asequible, voy a inclinarme por recomendarlo. Y creo que bastante.

También de William Gaddis en ULAD: Gótico carpinteroLos reconocimientos

sábado, 15 de marzo de 2014

Gay Talese: Honrarás a tu padre

Idioma original: inglés
Título original: Honor Thy Father
Traducción: Patricia Torres Londoño
Año de publicación: 1971
Valoración: recomendable, si te interesa el tema

            Gay Talese es uno de los principales representantes, junto a Tom Wolfe, Norman Mailer y, sobre todo (o antes que todos) el gran Truman Capote, del llamado “Nuevo periodismo americano”, una corriente que, por sintetizar, en los años 60 y 70 comenzó a explicar la realidad de su tiempo, pero utilizando también para ello los recursos narrativos de la ficción, y cuya influencia decisiva se deja sentir incluso hoy en día tanto en el periodismo como en la literatura.

            Precisamente este libro es uno de los mejores ejemplos de este concepto. En él se cuenta la caída en desgracia de Joseph Bonanno, el capo de una de las familias mafiosas neoyorquinas y, paralelamente, el proceso de extrañamiento de su hijo Bill  hacia esa vida mafiosa que él había heredado. De hecho, la génesis de este libro tuvo que ver con la relación y posterior amistad que trabó Talese con Bill Bonanno, y es la figura de Bill y los vínculos tanto con su padre como su modo de vida, el eje a partir del cual se estructura (ya desde el título), todo el libro. Este personaje real nos remite de forma inevitable a otro inventado: el Michael Corleone de El Padrino. Es más, la novela de Puzo apareció en 1968, durante la época que se narra en el libro de Talese y en Honrarás a tu padre incluso se hace una referencia a ella (elogiosa), por parte de Bill Bonanno, posible inspirador de ese alter ego literario. La diferencia está en que el personaje de Michael Corleone, también por honrar a su padre, recorre el camino desde una vida “normal”, fuera de la Cosa Nostra, hacia la vida mafiosa, mientras que al Bill Bonanno real lo que le ocurre es lo contrario: lo que se cuenta es su tránsito desde su compromiso con la Mafia (es decir, ante todo con su padre), hasta su desvinculación con ésta.

            Todo esto escrito con la elegancia que caracteriza a Gay Talese (y no sólo como escritor). Quizás, eso sí, con una prolijidad que da un tono demasiado moroso, incluso apacible, teniendo en cuenta que habla de una banda de criminales. No sería de extrañar que esta morosidad algo anestesiante hubiera sido buscada ex profeso por el autor, que pasa de puntillas, con exquisita discreción, sobre los detalles más escabrosos de las actividades de estos entrañables mafiosos. Tampoco es que engañe a nadie, don Gay. Él mismo ha reconocido en muchas entrevistas que llegó a hacerse amigo, o al menos a merecer la confianza, de aquellos “hombres hechos” y que no hubiera sido correcto acusarles después en su libro de los delitos que sin duda cometían. Noblesse obligue.

            Lo que ya resulta más cuestionable es que Talese, hombre a todas luces inteligente y capaz de análisis profundos, se apunte a la tesis “buenista” sobre que la Mafia siciliana tiene su origen en una respuesta popular a los abusos por parte del poder político o a la ausencia de éste (más bien hay que ver a la Cosa Nostra de Sicilia como un instrumento de dominación, a través del ejercicio de la violencia, al servicio del poder establecido; eso sí, llegando a sustituirlo allí donde no llega o en los momentos en que ha estado inoperante). De igual manera, es evidente, sobre todo si se conoce alguna cosa sobre los hechos de los que se habla en el libro (aunque si no, también), es decir, la debacle de los Bonanno al frente de su propia “familia”, que lo que se cuenta es la versión que los protagonistas han querido trasmitir. Por tanto, es un relato ejemplarmente “mafioso” (tampoco pretendo insinuar que Talese estuviera conchabado o a sueldo de los Bonanno, claro), en el sentido de que sus personajes dan una versión no falsa, pero sí de una conveniente parcialidad y desde el punto de vista más adecuado a sus intereses; de hecho, Bill insiste más de una vez que la organización que su padre dirigía no resultaba muy diferente de una corporación industrial o financiera,por lo que tanto él como su padre, el llamado "Joe Bananas",  no serían más que altos ejecutivos o gerentes del equivalente a la Coca-Cola o la General Motors. Puede que tuviera razón, pero también es evidente que estaba siguiendo una estrategia más sofisticada, aunque también puede que más efectiva, que la de la famosa omertá. Y a la que la familia Bonanno resultó ser bastante aficionada: Bill, posiblemente motivado esta vez  por su falta de fondos, escribiría él mismo más tarde sobre su vida. Incluso co-escribiría más tarde una novela The good guys, junto a nada menos que el agente del FBI  Joseph Pistone, el famoso “Donnie Brasco” que se infiltró en la familia Bonanno en los 70.  También su esposa Rosalie (sobrina además de otro capo, Joe Profaci), publicaría sus memorias, tituladas de forma elocuente: Marriage Mafia.

Y hasta su propio padre, el capofamiglia Joseph Bonanno escribiría en 1983 una autobiografía vindicativa de su "honor" y su “tradición”. Y la estrategia no funcionó mal, ciertamente, pues acabó falleciendo a los 97 años, en su propia casa, de muerte natural. Pocos mafiosos pudieron decir lo mismo.


viernes, 14 de marzo de 2014

Antonio Lobo Antunes: Sobre los ríos que van

Idioma original: portugués
Título original: Sôbolos rios que vão
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Lobo Antunes ha dicho varias veces, en varias entrevistas, que lo que él escribe no son novelas, aunque se resiste a darles un nombre alternativo. Esta afirmación es discutible en algunos casos, por ejemplo en Esplendor de Portugal o Tratado de las pasiones del alma, que tienen una estructura novelesca más tradicional (unos personajes, uno o varios narradores, una cierta idea de trama). Pero en las obras más recientes de su autor, y muy especialmente en esta, no hay más remedio que darle la razón: esto no son novelas, son... otra cosa.

Sobre los ríos que van es un libro provocado por la enfermedad, pero que no tiene la enfermedad como tema central. En 2007, a Antonio Lobo Antunes le diagnosticaron un cáncer de colon, del que ya está afortunadamente recuperado. Esta novela (o lo que sea) reconstruye los días que el escritor pasó en el hospital, y el fluir de su conciencia que huye a los días apacibles de la infancia, la familia, el primer amor. El río del título (tomado de una traducción de salmo 137, Super flumina Babilonis, realizada por Luis de Camões) es el río metafórico de la vida, pero también un río concreto, el Mondego, al que el escritor iba de excursión con su padre.

Los dos tiempos y espacios en que transcurre el texto (el hospital en el que Lobo Antunes pasa sus días en 2007 y el pueblo del Norte de Portugal en el que el pequeño Antoninho pasó días felices) se mezclan en un continuo de sugerencias, relaciones y repeticiones que constituyen el tan personal estilo del autor. Más que una novela, en efecto, es una memoria, en el sentido más literal que se le puede dar al término: la reconstrucción del vagar de una mente que, en un momento de temor y frustración busca la seguridad y la confortación de la infancia.

Muchas de las obras de Lobo Antunes son autobiográficas hasta cierto punto (en particular, las primeras, en las que retrató sus años como médico militar en Angola y como psiquiatra en Lisboa); pero en esta obra nos acercamos a una etapa de su vida sobre la que por ahora no había escrito. Quizás por eso, por remontarse a la inocencia de la infancia desde la nostalgia de la vejez ("la infancia es un privilegio de la vejez", decía Benedetti) esta es una obra algo más luminosa, algo menos desesperanzada que otras de su autor. No es que el Portugal rural del salazarismo fuera idílico, sin duda, pero el escritor nos lo presenta como un tiempo de aprendizaje, de afecto, de deslumbramiento ante el mundo.

No deja de ser curioso que, ante la perspectiva de la enfermedad y la amenaza próxima de la muerte, Lobo Antunes nos haya dejado una elegía nostálgica de la inocencia infantil.

jueves, 13 de marzo de 2014

Milorad Pavić: El último amor en Constantinopla

 Idioma original: serbio
 Título original: Poslednja ljubav u Carigradu. Prirucnik za gatanje
 Fecha de publicación: 1994
 Valoración: Muy recomendable

Según Wikipedia (recurro a ella porque mis conocimientos de historia están cada vez más diluidos), "Las Guerras Napoleónicas fueron una serie de conflictos militares que tuvieron lugar durante el tiempo en que Napoleón I gobernó en Francia. Fueron en parte una extensión de los conflictos que estallaron a causa de la Revolución francesa y continuaron, a instigación y gracias al financiamiento de Inglaterra, durante todo el Primer Imperio francés". Podría añadir más datos, pero en este momento lo único que nos importa es que la historia que narra Milorad Pavić en El último amor en Constantinopla se desarrolla, precisamente, con el transfondo de estas guerras.

Entonces encontramos dos familias, los Opujic y los Tenecki, cuyos miembros tejerán una red de encuentros y desencuentros (unas veces, violentos; otras veces, románticos) que los llevará a Constantinopla, la ciudad en la que por fin descubrirán quiénes son y el por qué de sus destinos entrelazados. Para ello, el autor nos conduce por una narración en la que comparten páginas el humor y la tristeza, el amor y el odio o la fantasía y la realidad, siempre de la mano de una prosa llena de lirismo que hace que el lector se tome su tiempo en disfrutar no sólo el fondo, sino también la forma, y que le lleve cierto tiempo decidirse a pasar de página.

El último amor en Constantinopla es, además, lo que Pavić denominó una "novela-tarot" (y que se suma a sus anteriores creaciones: la novela-crucigrama –Paisaje pintado con té–, la novela-crepsidra –El interior del viento– y la novela-léxico –Diccionario jázaro–), pues puede leerse según el orden establecido por el autor o siguiendo el orden resultante de echar las cartas que se incluyen al final del libro y que se corresponden con cada uno de los capítulos del mismo.

No puedo más que recomendar cualquiera de las lecturas posibles: la convencional, primero, y las que proporcione la suerte, después. De esta manera, el lector puede disfrutar de múltiples lecturas diferentes, consiguiendo así distintas versiones con las que disfrutar de la misma historia. En cualquier caso, se lea como se lea y cuantas veces se desee, El último amor en Constantinopla es una novela que merece ser leída, tanto para disfrutar de buena literatura como para conocer a uno de los autores más importantes del siglo XX.




También de Milorac Pavić: Siete pecados capitales.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Mark Z. Danielewski: La casa de hojas (Segunda aproximación)

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2000
Título original: House of leaves
Traducción: Javier Calvo
Valoración: El libro, imprescindible
La novela básica, muy recomendable
El texto íntegro, recomendable, con ciertas reservas

Objeto

Que dos editoriales de prestigio se alíen para acometer la publicación de una novela ya es relevante. Que el traductor sea un brillante escritor como Javier Calvo eleva el listón, cosa que la elección como maquetador de otro novelista, Robert Juan-Cantavella no hace más que confirmar. Pues no debe haberles causado dolores de cabeza, desde la cuestión de mostrar en azul todas las veces que aparece la palabra casa, (bien en inglės bien en español), hasta la compleja estructura de los textos que aparecen como especies de poemas visuales. Todo muy impactante, advirtiendo al lector casual de que ése no es un libro cualquiera. Novela experimental y maquetación meticulosa. Arma de doble filo:  todo eso puede descender a la condición de atrezzo o de parafernalia o de envoltorio si luego lo literario no acompaña.

Terror

Más de una vez he comprobado escéptico como
 un libro definido como hilarante a mí no me ha provocado
 ni media sonrisa. Pues qué voy a pensar,
cuando se define como escalofriante o se otorga
un calificativo instantáneo de clásico del terror.
Espero levantarme a comprobar que la puerta está cerrada mientras lo leo o
espero soñar con ectoplasmas de pie delante de la cama o
espero levantar la vista si oigo un crujido en la terraza.
Que esta generación ya se toma a chirigota a todos
 cada uno de los monstruos clásicos
(desde el hombre lobo hasta Chucky o Freddy Krüger)
y que el verdadero terror ya lo tenemos viendo las noticias.
Que estamos curados de espantos.
Por tanto, cuidado con las expectativas que se generan,
expectativas que se materializan cuando
la primera hoja del libro contiene una decena de opiniones entusiastas,
y se nombra a King,
a Foster Wallace,
a Pynchon.
Que, ojo, no son todos, o no lo son declaradamente, escritores del género.

Pero

Al final, claro, uno debe despojarse de todo prejuicio, y leer el libro. Y juzgarlo por su esencia, si ello es posible entre tanto factor colateral (añadamos que ya ha salido en listas de lo mejor del año y ya se han publicado multitud de reseñas). Hace unas líneas que he mencionado a DFW. Las notas al pie, con numeración que alcanza los tres dígitos, con extensión que obliga a dejar migas de pan por el camino. Las tramas paralelas, los textos adicionales, todo un reto para el lector estajanovista que no quiere perder detalle. Esto sería el equivalente de esas ediciones especiales de películas que acaban llevando todo tipo de material. ¿Seremos capaces de deglutirlo todo o vamos a contentarnos con lo básico? ¿Hay muchos escritores capaces de mantener en vilo a sus lectores por más de 700 páginas? Obviamente (y más si al final este blog acepta mi propuesta y se publican aquí otras reseñas de este libro) habrá opiniones, y muy fundadas, para todos los gustos. Sí, ciertas partes aportan poco o nada al conjunto. Sí, los desvaríos (listas, citas inventadas, textos en otros idiomas) parecen no sumar. A pesar de lo cual, yo no quiero reivindicar una casadehojasfacildeleer. Si Danielewski lo concibió así yo no voy a enmendarle la plana.

Para eso están las novelas experimentales.

Pero el relato paralelo, el que discurre casi íntegro en las notas a pie, el de Johnmy Truant (empleado en un taller de tatuaje - guiño gótico/postmoderno) no tengo muy claro si complementa o interfiere, con su tono irreverente, carnal y asilvestrado, el desarrollo más convencional, más clásico, del Expediente Navidson, centro, este sí, absoluto de la obra, novela, esta sí, brillante, casi arrebatadora, impecable en su construcción, su tempo y su desarrollo. Pero, ensombrecida o enturbiada o estorbada por un exceso de información colateral que una primera lectura (al menos la mía), no manifiesta como necesaria, o al menos no justifica esa extensión y ese (estoy seguro que voluntario) caos visual que condiciona (alguno. más de uno, dirá lastra) la lectura.
Algunos dirán: y de qué manera.
Otros dirán, no, el centro de la novela es todo lo que rodea al Expediente Navidson.

Meollo

Will Navidson (Navy, fotógrafo de éxito con un hermano gemelo) y su esposa Karen (ex-modelo con problemas varios de personalidad) adquieren una casa a la que van a vivir con sus dos hijos, de cinco y ocho años. Allí pasan cosas raras e inexplicables para cuya (resolución? investigación?) piden ayuda a especialistas.
Lo cual no deja de ser una de esas viejas historias de aventurarse en lo desconocido.
Llena de oscuridad, pero acorde con los tiempos que corren.
Lovecraft, Clarke, Poe, Verne.

Fin del meollo.

Y no es que ello sea tan sencillo. Sin anticipar acontecimientos, sin ser tan bruto, sí que diré que el fenómeno editorial lastra (sí, ahora empleo la palabra), porque precondiciona y pone en alerta. El exceso y la saturación acaban desluciendo el conjunto, sobre todo si uno tiende a leer al uso convencional.



Aquí he dejado una enorme grieta que todo lo justifica, claro.




 En este mundo tan global (que estoy seguro que Danielewski satiriza con el aluvión de información presente, hasta con cómo estructura esta presencia), sólo un anacoreta llega a la lectura de La casa de hojas sin algo parecido a una predisposición o a un prejuicio.

Conclusión               algo                   (o                       bastante)                                                   frívola

Y aquí debo reconocer suscribir la opinión de Tongoy: mola tener este libro en el estante y enseñarlo a las visitas y mostrarles su trabajado capricho visual, y explicarles por encima la historia (véase Meollo) y su enorme repercusión y su potencial influencia.

Cómo puede uno no jactarse de tener este libro.
Igual, me temo, mola más tenerlo que el puro hecho de leerlo.